Ketone homologation via palladium-catalysed decarboxylative rearrangement
Nature, Published online: 03 September 2026; doi:10.1038/s41586-026-11091-5
Ketone homologation via palladium-catalysed decarboxylative rearrangementNature, Published online: 03 September 2026; doi:10.1038/s41586-026-11091-5
Ketone homologation via palladium-catalysed decarboxylative rearrangementNature, Published online: 03 September 2026; doi:10.1038/d41586-026-02765-1
Results from a small trial suggest a modified virus can instruct the immune system to wipe out disease-causing cells.Nature, Published online: 03 September 2026; doi:10.1038/d41586-026-02744-6
Study shows that psilocybin acts on nerves to prevent the painful condition called peripheral neuropathy.Nature, Published online: 03 September 2026; doi:10.1038/d41586-026-02517-1
India, Peru and Vietnam are rolling out policies that limit opportunities for scientists who fall foul of research-integrity guidelines.Nature, Published online: 03 September 2026; doi:10.1038/d41586-026-02781-1
Mice on GLP-1s also performed better on cognitive tasks than those on a calorie restricted diet . Plus, satellite images showed early warning signs of glacier collapse near the Nepal–Tibet border and the impact of people saying fewer words aloud.
El ligoteo es un fenómeno difícil de predecir. Una miradita, una sonrisa cómplice, un contacto visual que dura unos segundos más de lo esperado… Con el tiempo, lo que empezó como una interacción tímida puede transformarse en una relación funcional: dos personas que se entienden, coordinan sus rutinas y construyen una historia compartida.
Sabemos identificar con facilidad el principio y el final de esas historias. Lo difícil es explicar qué ocurre entre medias. No existe un manual universal ni una serie de pasos infalibles que funcionen en todas las relaciones. Cada encuentro depende de múltiples factores: afinidad, contexto, momento… y una buena dosis de imprevisibilidad.
En química y biología molecular ocurre algo sorprendentemente parecido.
Muchas moléculas, como proteínas o péptidos, pasan gran parte de su existencia encontrándose con otras moléculas en su entorno. Se acercan, prueban distintas orientaciones, se separan y vuelven a encontrarse. Es un proceso lleno de ensayo y error que recuerda bastante a una primera cita: nadie sabe muy bien cómo terminará la conversación, pero pequeñas señales pueden marcar la diferencia.
Este fenómeno se conoce como agregación. Durante la agregación, distintas moléculas empiezan a juntarse sin formar todavía una estructura bien definida. Son encuentros tentativos, agrupaciones inestables que pueden disolverse con facilidad. Como en cualquier noche de bar, la mayoría de estos encuentros no prospera demasiado.
Sin embargo, de vez en cuando ocurre algo distinto.
Cuando las condiciones –la concentración, la temperatura o el entorno químico– son adecuadas, las moléculas dejan de agruparse de forma aleatoria y empiezan a organizarse espontáneamente en estructuras ordenadas y estables.
Hablamos de uno de los fenómenos más fascinantes de la naturaleza: el autoensamblaje. Consiste en la capacidad que tienen componentes relativamente simples de organizarse por sí solos en estructuras complejas sin necesidad de un director externo. Es como si, tras la fase de ligoteo molecular, las moléculas decidieran formalizar la relación y construir algo juntas.
El secreto de este proceso está en las interacciones intermoleculares. Aunque no podamos verlas directamente, esas fuerzas actúan como las reglas invisibles del baile molecular. Algunas moléculas se atraen gracias a puentes de hidrógeno; otras interaccionan mediante fuerzas de Van der Waals; y, en muchos casos, las llamadas interacciones hidrofóbicas empujan a ciertos grupos químicos a mantenerse juntos para evitar el contacto con el agua.
En el fondo, todo depende de la compatibilidad. Algunas moléculas encajan bien porque sus cargas eléctricas se complementan; otras prefieren permanecer juntas porque comparten la misma aversión al agua. En química utilizamos nombres técnicos para estas interacciones. En el mundo de las relaciones humanas probablemente diríamos simplemente que “hay química”.
Cuando ese equilibrio de fuerzas se alcanza, el resultado puede ser extraordinario. A partir de componentes diminutos pueden surgir fibras nanométricas, láminas moleculares o redes tridimensionales capaces de comportarse como materiales completamente nuevos.
Este fenómeno no es una simple curiosidad científica. El autoensamblaje está en el corazón de muchos procesos fundamentales de la vida. Las membranas celulares, por ejemplo, existen gracias a la capacidad de ciertas moléculas lipídicas para organizarse espontáneamente en estructuras ordenadas. Muchas proteínas también dependen de este principio para adoptar la forma tridimensional que les permite desempeñar su función dentro de las células.
Pero, como ocurre en las relaciones humanas, no todas las historias de agregación tienen un final feliz.
En algunos casos, ciertas proteínas pueden agregarse de manera descontrolada y formar estructuras extremadamente estables… pero perjudiciales. Estas proteínas se ensamblan en fibrillas altamente ordenadas que se acumulan en el cerebro y están asociadas a enfermedades neurodegenerativas como el álzheimer o el párkinson. Son, por así decirlo, relaciones moleculares demasiado persistentes: estructuras que se forman con facilidad pero que luego resultan muy difíciles de deshacer.
Comprender cómo se produce esa transición, desde los primeros encuentros moleculares hasta estas estructuras altamente organizadas, es uno de los grandes retos de la biomedicina actual.
Paradójicamente, el mismo proceso que puede contribuir al desarrollo de enfermedades también representa una de las herramientas más prometedoras de la ciencia de materiales. Desde mediados del siglo XX, el autoensamblaje se ha convertido en un principio fundamental de la nanotecnología. Investigadores de todo el mundo estudian cómo diseñar moléculas capaces de organizarse por sí mismas para crear nuevos materiales, sensores, dispositivos electrónicos o sistemas de liberación controlada de fármacos.
En cierto modo, el objetivo es aprender el arte del ligoteo molecular.
Si los científicos logran comprender con precisión qué interacciones favorecen el autoensamblaje y cómo controlarlas, podrían diseñar moléculas que se organicen de forma predecible para construir materiales funcionales a escala nanométrica. Sería como dominar las reglas invisibles que transforman un encuentro casual en una relación estable.
Por ahora, ese conocimiento sigue siendo incompleto. Las interacciones que conducen al autoensamblaje son sutiles, dependen de múltiples factores y, en muchos casos, siguen siendo difíciles de predecir. Pero cada avance en su comprensión acerca un poco más a los científicos a descifrar este fenómeno.
Quizá, después de todo, las moléculas y las personas no sean tan diferentes. Ambas empiezan con interacciones aparentemente aleatorias. Algunas se disipan rápidamente, mientras que otras evolucionan hacia estructuras más estables. Y, en ocasiones, cuando todo encaja, surge algo nuevo, ordenado y funcional.
En química lo llamamos autoensamblaje. En la vida cotidiana, simplemente amor.
Este artículo fue finalista del Premio Luis Felipe Torrente de Divulgación sobre Medicina y Salud, organizado por la Fundación Lilly y The Conversation


Si hoy por hoy le cuesta confiar en los gobiernos, en los medios de comunicación o incluso en las instituciones, consuélese: no está solo. La desconfianza se ha convertido en uno de los rasgos más característicos de la sociedad actual.
No obstante, según los datos el barómetro Edelman, un estudio global que mide cada año el nivel de confianza pública en las distintas organizaciones e instituciones públicas y privadas, las empresas mantienen niveles relativamente estables de confianza. El 64 % de la población confía en las empresas en general (y el 78 % en su propio empleador), superando la confianza depositada en los gobiernos (53 %), los medios (54 %) e incluso las ONG (58 %).
Durante décadas, la comunicación corporativa ha defendido la importancia de la empresa que dialoga con sus públicos, que escucha, rinde cuentas y responde a las expectativas sociales. Sin embargo, el catedrático de Ética Domingo García-Marzá ha señalado que la legitimidad de la empresa no proviene solo de su capacidad de comunicar, sino de su disposición a someter sus decisiones a procesos de justificación pública basados en el diálogo ético con los grupos afectados.
En las empresas conviven personas con diferentes trayectorias vitales, valores y visiones del mundo, pero no por ello enfrentadas. Desde esta perspectiva, surge la idea de la empresa como un puente entre diferentes miembros de la sociedad. No para sustituir a las instituciones, sino para contribuir –por su capacidad de organización, influencia y generación de sentido– a recomponer la confianza social.
Esta concepción conecta con la ética cívica de la filósofa Adela Cortina, para quien las organizaciones forman parte del entramado moral de la sociedad y tienen la responsabilidad de promover valores compartidos que hagan posible la convivencia democrática. Como mediadora, la función de la empresa no será la neutralización del conflicto, sino crear las condiciones para un diálogo razonable entre partes que exponen sus diferencias.
Este papel mediador solo puede sostenerse sobre un propósito auténtico y compartido. Las investigaciones y análisis sobre el propósito en las organizaciones muestran que éste no es un recurso retórico, sino un marco normativo que orienta la toma de decisiones y refuerza la legitimidad social de la empresa.
Se puede entender el propósito de las empresas como una infraestructura ética, en la medida en que establece los criterios a partir de los cuales rinde cuentas ante la sociedad. De alguna manera, determina su carácter, su manera de ser en el mundo. Y, en línea con las ideas de Cortina, ese propósito solo es legítimo si se traduce en prácticas que respeten la dignidad de las personas y contribuyan al bien común.
El propósito debe actuar no sólo como faro común, sino como esencia de una identidad compartida, como elemento central de unión y afinidad. Cuando el propósito es creíble, conecta el desempeño económico con la responsabilidad social, y evita la deriva hacia el greenwashing y otras prácticas de maquillaje corporativo.
Para convertirse en un aglutinador social, la empresa no debe intentar cambiar las opiniones de la gente ni tomar partido en los debates políticos. Su papel es más práctico, y también más pedagógico. Basta con facilitar que personas con diferencias convivan, se escuchen y colaboren en objetivos comunes. Esto significa pasar de dialogar a crear puentes reales.
La empresa puede ser un foro privilegiado para la experimentación de un diálogo constructivo, en el que se enseñe a escuchar sin juzgar, a debatir sin descalificar y a buscar soluciones comunes. En el día a día, esta aspiración debe manifestarse en reglas internas pero, sobre todo, en una cultura corporativa que promueva reuniones en las que se reserve un espacio explícito para las objeciones, que facilite equipos transversales, que permita la colaboración entre personas con experiencias, valores y sensibilidades distintas, y que establezca canales seguros para plantear desacuerdos y críticas.
Leer más: ¿Cómo pueden las empresas motivar a sus empleados?
Para ello, es fundamental abundar en la formación de los mandos en la escucha activa, la mediación y la resolución de conflictos. También implica reconocer a quienes formulan preguntas incómodas y garantizar que toda aportación reciba una respuesta, aunque finalmente no sea incorporada. Así se crea un entorno de seguridad psicológica y se evita que la discrepancia se convierta en silencio en unos casos, o en confrontación violenta en otros. El diálogo no puede ser un principio abstracto, sino que ha de vivirse en las maneras de reunión, decisión, evaluación y resolución de conflictos.
En este sentido, el papel de los directivos es fundamental por su carácter de modelo. Deben dar ejemplo con la asunción del propósito corporativo en primera persona, con la consulta a los otros –sobre todo cuando tienen opiniones diversas– antes de la toma de decisiones importantes, y con el compromiso de responder con respeto a todo tipo de críticas.
El propósito de la empresa debe dejar de ser una simple frase bonita, un eslogan atractivo para la web, y ser inspirador de estas prácticas diarias.
Leer más: Los mandos intermedios también son líderes y deben comportarse como tales
Este debate adquiere una relevancia particular en el ámbito de la inteligencia artificial. Las empresas están liderando el desarrollo y la implementación de sistemas algorítmicos que influyen en el empleo, el consumo, la información y la toma de decisiones. Como advierte el filósofo Patrici Calvo, la ética de la inteligencia artificial no puede reducirse a códigos voluntarios, sino que debe integrarse en la gobernanza organizacional y en la cultura corporativa.
Desde esta perspectiva, la empresa mediadora tiene un papel clave. Debe actuar como garante de un uso responsable de la IA, incorporando principios de justicia, explicabilidad y responsabilidad en el diseño y despliegue de estas tecnologías.
La ética aplicada a la IA se convierte así en una extensión natural de la responsabilidad social empresarial y del propósito corporativo, un ejercicio en el que, de nuevo, las personas afectadas deben poder opinar sobre el impacto y las consecuencias de las acciones empresariales.
El capital de confianza del que hoy dispone la institución empresarial puede erosionarse si no hay coherencia entre su propósito y sus acciones, si la ética no está presente en la toma de decisiones, o si la tecnología se utiliza sin responsabilidad y pensamiento crítico.
Pero estamos también ante una oportunidad única. En un tiempo de polarización y desconfianza, la empresa mediadora, que siga un propósito corporativo ético y que se mantenga como un espacio de diálogo real y efectivo, puede contribuir a reconstruir los vínculos que sostienen la vida en común, los que mantienen unidas nuestras sociedades.
Como se apunta desde la ética cívica, el poder económico no es moralmente neutro, sino que implica siempre una responsabilidad hacia la sociedad de la que forma parte. Y ahora tiene la oportunidad de ejercerla adecuadamente.
Francisco Fernández Beltrán no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.


Es poco más que sorprendente que en apenas cinco meses se hayan sustraído tres de las colecciones de oro histórico más importantes de este país.
El primero de ellos fue el perpetrado en el Museo Arqueológico provincial de Badajoz, donde se robaron 149 monedas del tesoro de Villanueva de la Serena. Apenas tres meses después fue el turno del Museo de Albacete, donde en tiempo récord (dos minutos) se sustrajeron 200 monedas de oro. Y la pasada madrugada del 27 de agosto tuvo lugar el robo del segundo conjunto de orfebrería prehistórica más importante de Europa: el Tesoro de Villena. Esto ha hecho evidente que las medidas de seguridad de esos museos no funcionaron, o fueron insuficientes.
El plan de conservación preventiva que cualquier centro museístico debe implementar en su institución consiste en un conjunto de medidas orientadas a evitar que un bien cultural sufra ningún daño: es decir, anticiparse a los riesgos para evitar la pérdida de valor del objeto o su desaparición.
En España, el marco que regula estos planes preventivos tiene su origen en 2011, cuando el Instituto de Patrimonio Cultural (IPCE) aprobó el Plan Nacional de Conservación Preventiva. Dentro de este marco legal se sitúan de manera explícita el robo, expolio y vandalismo entre los riesgos a contemplar.
Sin embargo, ese propio documento admite que la planificación institucional para aplicar estos principios en el día a día de los museos sigue siendo muy rudimentaria en España; una autocrítica oficial que, releída quince años después, ayuda a entender por qué el marco existente sobre el papel no impidió lo ocurrido en Badajoz, Albacete ni Villena.
Tras analizar los datos publicados sobre las medidas de seguridad que protegían el Tesoro de Villena, es evidente que no ocurrió un fallo en cuanto a escasez de medios, pues el MUVI contaba con cámara acorazada, cinco anillos de alarma y certificación de nivel 3 de seguridad actualizada. Fueron la rapidez del asalto y la falta de vigilancia in situ las que le ganaron la partida a la respuesta de la policía local.
No se trata de hacer leña del árbol caído en estos momentos, pues estoy convencida de que los habitantes de este municipio ya se sienten bastante afectados por lo acontecido. El haber perdido su patrimonio y uno de los elementos más importantes de su identidad ya es una gran pérdida. Es momento de análisis, reflexión y aprendizaje, y para ello existen medidas preventivas que los conservadores llevan tiempo debatiendo y que ahora conviene reconsiderar.
Las réplicas en sala con los originales bajo custodia reforzada ya tienen precedente en España, pues existe desde hace décadas un sector altamente especializado en reproducciones arqueológicas de muchísima calidad. Aplican técnicas como la fotogrametría o el prototipado digital, con acabados que en ocasiones hacen muy difícil discernir el original de la réplica.
El propio MUVI expuso una réplica del Tesoro entre 2022 y 2024, mientras se terminaban las obras del museo definitivo. Un modelo similar es la Neocueva de Altamira, que desde 2001 sustituye el acceso a la cueva original, cerrada por conservación, y recibe anualmente más de 250 000 visitantes.
La catalogación exhaustiva de cada pieza es otra herramienta preventiva que no evita el robo, pero que puede evitar que el objeto sea vendido, y permite alertar a las autoridades para poder identificarlo y recuperarlo en el caso de que reaparezca en el mercado. Esta hipótesis es la que los expertos consideran más que plausible en los tres casos españoles.
Son varias las herramientas internacionales que ayudan en este cometido y que los gestores deberían conocer. Imprescindibles son la Base de Datos de Obras de Arte Robadas de Interpol, que reúne cerca de 57 000 objetos con información policial certificada, junto con su aplicación gratuita ID-Art, que permite a cualquiera comprobar con una fotografía si una pieza figura como robada. También el Art Loss Register, que tiene registrados más de 700 000 objetos y es consultado habitualmente por casas de subastas, aseguradoras y museos antes de adquirir una pieza.
El Consejo Internacional de Museos (ICOM), por su parte, elabora Listas Rojas por país y categoría de objeto, útiles para alertar sobre qué tipo de bienes corren mayor riesgo de expolio.
La formación del personal es otra pieza clave de esta cadena preventiva, desde la dirección hasta el equipo de restauración y conservación, pasando por el personal de sala y seguridad: todos ellos custodian, en distinto grado, la responsabilidad de proteger la colección. A esto se suma la necesidad de un presupuesto y unas condiciones laborales acordes, porque unos sueldos dignos también son, indirectamente, una medida de seguridad.
También se plantea una mejor distribución de la financiación entre museos estatales y municipales, ya que estos últimos custodian a menudo piezas de relevancia mundial con presupuestos muy inferiores a los de sus hermanos mayores.
Más vale prevenir que lamentar: es lo que les planteo cada año a mis alumnos del Grado de Conservación y Restauración de Bienes Culturales al iniciar mi asignatura de conservación preventiva. El día de mañana, muchos de ellos van a destinar su actividad profesional al cuidado y conservación de estas colecciones en los museos, y la responsabilidad que eso conllevará será enorme. Por eso también les insisto en que, como para todo en la vida, una buena preparación que les garantice diseñar un plan de conservación preventiva robusto y una buena dosis de sentido común será lo que marque la diferencia en su desempeño profesional.
Maria Victoria Vivancos Ramón no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
No larger than the head of a match, Potamopyrgus antipodarum doesn’t look very impressive. Few people visiting New Zealand’s Lake Alexandrina even notice the tiny gastropods littering the shores. The snail’s diminutive size, however, conceals a massive secret. Sometime in the recent past, its genome doubled. Instead of having two sets of chromosomes and two copies of every gene…

Em maio de 1952, João Guimarães Rosa (1908-1967) — médico, diplomata e autor de Sagarana (1946), então já incensado pela crítica — tangeu uma boiada por 220 quilômetros, dos gerais até os pastos da fazenda de um primo, em Araçaí (MG), perto de Cordisburgo (MG), sua terra natal. “Ele voltava de uma estada de três anos em Paris e estava morrendo de saudades do sertão”, conta Érico Melo, pós-doutor em literatura comparada pela Universidade de São Paulo (USP) e rosiano (especialista no autor mineiro) há mais de 20 anos.
Guimarães Rosa fez o percurso a cavalo, dormindo ao relento com vaqueiros, enquanto anotava observações em cadernetas — ou cahiers d’écrivain, como ele preferia —, que trazia atadas com barbante no segundo botão da “camisa-blusa”.
Essa travessia foi o “evento deflagrador” da escrita de Corpo de baile, volume que reuniria sete novelas, afirma Melo. Nos anos seguintes, uma narrativa concebida como a oitava, até então intitulada O diabo na rua, no meio do redemunho, ganhou vida própria e a saga de Riobaldo e Diadorim se materializou em Grande sertão: veredas. Os dois livros foram publicados, respectivamente, em fevereiro e julho de 1956.
As anotações dessa viagem estão reunidas em 157 páginas datilografadas, distribuídas em dois maços, que Rosa intitulou A boiada 1 e A boiada 2. “Ali há frases inteiras que ele reproduz nos dois livros”, diz Melo. Esses registros — que incluem algumas das cadernetas de viagem — estão entre os cerca de 20 mil documentos do Fundo João Guimarães Rosa, do Instituto de Estudos Brasileiros, da Universidade de São Paulo (IEB-USP), adquiridos da família do autor em 1973, dos quais 10 mil estão catalogados. A boiada 1 e 2 foram publicados em 2011 em edição fac-similar pela editora Nova Fronteira.
“Mas nem tudo do acervo de Guimarães Rosa está no IEB-USP. Os documentos que ainda estão com a família da esposa, Aracy de Carvalho Guimarães Rosa, são uma mina de ouro para estudiosos”, conta Melo. Foi ali que o pesquisador descobriu 12 folhas retocadas à mão do livro inacabado que levaria o título Boiada. Se concluído, seria um relato em primeira pessoa da expedição boiadeira de Rosa, em 1952. O fac-símile de uma das páginas de Boiada está reproduzido no artigo assinado por Melo e incluído na edição especial de 70 anos da obra, lançada pela Companhia das Letras em 16 de julho — na mesma data da publicação da edição original, em 1956.
As anotações da viagem, em 157 páginas datilografadas, integram o fundo João Guimarães Rosa do IEB-USP, acervo de cerca de 20 mil documentos, dos quais 10 mil estão catalogados
“Guimarães Rosa? Dá 2.500 anos para ele”
A edição comemorativa da Companhia das Letras é a 23a de Grande sertão: veredas. A primeira, lançada há sete décadas pela Livraria José Olympio Editora, com 594 páginas, recebeu os prêmios Carmen Dolores Barbosa e Paula Brito, ambos em 1957. Em 1961, Rosa ganharia o Machado de Assis pelo conjunto da obra.
Manuel Cavalcanti Proença (1905-1966), romancista e crítico literário, em Trilhas no grande sertão (1958), enxergou no romance uma superposição de planos: subjetivo, coletivo, telúrico e mítico. No mesmo ano, o tradutor, crítico e professor húngaro naturalizado brasileiro Paulo Rónai (1907-1992) escreveu em Encontros com o Brasil que o sertão emerge da obra de Rosa como símbolo do inconsciente, e a vereda, como símbolo da consciência. Antonio Candido (1918-2017), sociólogo, crítico literário e professor universitário, no ensaio O homem dos avessos (1962), definiu o livro como “o primeiro grande romance metafísico da literatura brasileira”.
O sucesso da obra de Rosa transbordou para o século 21. Em 2009, a crítica literária Walnice Nogueira Galvão, professora emérita da Faculdade de Filosofia, Letras e Ciências Humanas (FFLCH-USP), especialista em Euclides da Cunha, indagada pela Pesquisa FAPESP se haveria leitores para Cunha e Guimarães Rosa no futuro, respondeu: “Homero ainda dialoga conosco. Ao lermos Homero, estamos lendo o que chamamos de ‘grande literatura’. Guimarães Rosa? Dá 2.500 anos para ele também, que sempre haverá gente para ler e gostar.”
As sucessivas edições, o olhar perscrutante da crítica e o interesse de pesquisadores pelo romance de Rosa parecem atestar o vaticínio de Walnice Galvão. “Grande sertão: veredas é a obra literária brasileira mais importante do século 20 porque é um retrato perfeito do Brasil a partir da região central, do sertão”, diz Willi Bolle, crítico literário e professor de literatura alemã na FFLCH- -USP, autor de grandesertão.br: o romance de formação do Brasil, publicado pela Duas Cidades/Editora 34, em primeira edição, em 2004 e, em segunda edição, em 2023.
O livro, segundo Bolle, conversa com os principais retratos do país, a começar pela obra “matricial” de Euclides da Cunha, Os sertões (1902); passando por Gilberto Freyre, em Casa-grande & senzala (1933); Sérgio Buarque de Holanda, em Raízes do Brasil (1936); e Caio Prado Jr., em Formação do Brasil contemporâneo (1942). Bolle acrescenta a essa lista três outros “retratos”, posteriores à obra de Rosa: o de Raimundo Faoro, Os donos do poder (1958); o de Celso Furtado, Formação econômica do Brasil (1959), e o de Darcy Ribeiro, em O povo brasileiro: A formação e o sentido do Brasil (1995).
A obra “labiríntica” de Rosa, como Bolle diz, também dialoga com o grande público por tratar da questão do amor. “Como disse um professor de literatura de Berlim [Bolle é alemão], não existe grande obra literária sem a temática do amor. E de fato o amor de Riobaldo e Diadorim, no plano mais amplo, é o amor pelo povo do sertão e do Brasil, que se mostra na atenção que Rosa dá às falas do povo, criticando a falta de diálogo entre as classes dos letrados e as pessoas do povo.”
“Rosa continua lido e vivo”, afirma Luiz Roncari, professor titular da área de literatura brasileira da USP, e autor, entre outros, de O Brasil de Rosa (2004), cuja publicação contou com apoio da FAPESP, e Lutas e auroras (2018). No primeiro, Roncari investiga a genealogia dos três primeiros livros do autor e no segundo, as agruras, lutas e perdas de Riobaldo, a “parte negra” de Grande sertão: veredas.
“Como todo bom escritor, Rosa tinha também os olhos na ‘eternidade’, por isso não barateou a sua obra. Trabalhou para se firmar na Literatura Brasileira, que conhecia tão bem quanto a universal, pois era um homem culto, que tinha consciência da grandeza e complexidade do universo no qual queria entrar. Aí não havia lugar para a ingenuidade e o engano”, afirma Roncari.
Para Márcia Valéria Martinez de Aguiar, da Escola de Filosofia, Letras e Ciências Humanas da Universidade Federal de São Paulo (Unifesp), Grande sertão: veredas é um “poema de 600 páginas”. “É uma escrita complexa, ancorada no sertão, mas que transcende o sertão, uma mistura de real, de metafísica e de poesia, construída no texto pelo feiticeiro da palavra que era Guimarães Rosa, uma construção que encanta cada vez mais.”