Normal view

Crespo se quedó en la casa 

Estamos aquí, con la sensación de no ver la luz,
pero no verla es mejor.
Luces nunca tuvo nuestra casa.

«La casa» de Raúl Marchena y La Trovuntivitis.

Yo tuve una casa que olía a libro viejo, madera mojada y chispaetrén. Una casa siempre abierta en la que dormían los perros callejeros, los estudiantes, los excluidos. Allí escribimos poesía a cinco manos y cantamos una música que era solo nuestra. Hoy en la casa nos falta uno. Crespo murió.

Muchos nos fuimos a otras tierras. Otros, como Jorge Luis Crespo Jacomino, se quedaron hasta la muerte. Emigrar, morir, permanecer. Esos terminaron siendo los caminos de quienes alguna vez habitamos aquel espacio como si la vida durara solamente un día. A veces pienso que los que nos fuimos dejamos solos a los que se quedaron. 

Vuelvo entonces a esas fotografías en las que todavía estamos todos: sentados en el piso o en las gradas, los ladrillos rojos desgastados detrás, las paredes grafiteadas, las mesas de una madera eterna bañada cien veces en alcohol. En esas fotos todavía nadie sabe quién se irá, quién se quedará ni quién morirá primero. Pero Crespo parecía pertenecer a otra categoría: Crespo siempre estaba.

Estaba en el patio, en la barra, cargando algo antes de un espectáculo, acompañando una brigada artística que salía hacia algún pueblo, ayudando a recoger después de una función. Estaba con su equipo de música, recorriendo las calles de la ciudad, rodeado de perros callejeros que recogía y alimentaba cuando podía. Estaba conversando con un turista o acompañándolo a algún sitio y resolviendo con lo que después le dieran. Estaba cuando llegábamos y seguía estando cuando nos íbamos. Crespo siempre estaba. 

En una sección llamada «Los agradecidos», que finalmente no fue publicada en mi libro San Silverio del Mejunje, intenté contar la vida de los tantos personajes que habitaban ese espacio. Mientras reconstruía la historia de Ramón Silverio —el fundador del centro cultural que desde 1992 reunió en Santa Clara a generaciones de artistas, estudiantes y tribus urbanas excluidas— conversé con quienes parecían formar parte inseparable de la casa. Crespo fue uno de ellos.

«El Mejunje me ha dado energía para seguir viviendo. Yo tengo VIH desde hace 25 años», dijo entonces.

Jorge Luis Crespo Jacomino, figura icónica del centro cultural El Mejunje, en Santa Clara
Jorge Luis Crespo Jacomino, figura icónica del centro cultural El Mejunje, en Santa Clara (FOTO Tomada de Internet)

Había enfermado en los años en que Cuba internaba obligatoriamente en sanatorios a las personas diagnosticadas con VIH. Fuera de ellos, el miedo a la enfermedad convivía con el rechazo hacia quienes la padecían. Para Crespo, El Mejunje no fue solamente un sitio donde escuchar música: fue uno de los primeros lugares donde pudo volver a mezclarse con los demás. 

«La gente del sanatorio alargaba su vida cada vez que entraba por esa puerta». 

Quizá por eso, cuando pudo escoger dónde quedarse, escogió quedarse cerca. Crespo había llegado desde Ranchuelo conduciendo el ómnibus que hacía el recorrido hasta Santa Clara. En el último viaje tenía una hora y media antes de regresar. Salió a caminar para matar el tiempo; encontró El Mejunje, reconoció a varias personas que alguna vez habían subido a su guagua, y entró.

«El lugar me gustó mucho y me sentí como en familia. Ese día regresé a mi casa y cuando volví a hacer el viaje hacia Santa Clara, me quedé aquí para siempre».

Jorge Luis Crespo Jacomino, figura icónica del centro cultural El Mejunje, en Santa Clara
Jorge Luis Crespo Jacomino, figura icónica del centro cultural El Mejunje, en Santa Clara (FOTO Tomada de Internet)

Entre sus amigos lo llamábamos el primer «ocupa legal» de Santa Clara porque se había instalado en una casa cercana a El Mejunje y, con el tiempo, consiguió que le reconocieran aquel espacio. Era una casa precaria, sin electricidad, que se caía poco a poco, pero la comunidad que había encontrado alrededor del centro cultural terminó funcionando también como una red de supervivencia.

«Yo no vivo, yo estoy sobreviviendo. Trato de luchar por aquí, inventar por allá y comer donde sea, porque desgraciadamente la casa se está cayendo».

A veces Silverio lo dejaba dormir dentro de El Mejunje. Cuando llegaban los ciclones, Crespo también se quedaba allí. Recuerdo uno especialmente fuerte en Santa Clara: mientras la ciudad esperaba, Crespo decidió pasarlo en El Mejunje, cuidando aquel lugar como quien cuida algo que también le pertenece.

No era empleado en el sentido convencional de la palabra, pero hacía un poco de todo. Cargaba equipos, ayudaba en los espectáculos, acompañaba las giras y las brigadas artísticas por zonas rurales, recogía después de las funciones. Si había que mover algo, Crespo lo movía. Si alguien necesitaba ayuda, aparecía.

Pero su relación con El Mejunje tampoco era una historia edulcorada de salvación. Crespo bebía, se metía en broncas y podía ser insoportable. Una vez, durante una borrachera, utilizó la maceta preferida de Silverio como urinario. Silverio lo expulsó durante tres meses y una banda de rock, Adictox, terminó haciendo una canción sobre el episodio.

Crespo se reía al contármelo. «Ese viejito es mi papá, es mi dios. Silverio no habla casi, pero cuando te dice algo tienes que oírlo».

También recogía perros callejeros. «Ellos son como yo. Los entiendo». Hubo un tiempo en que siempre tenía alguno detrás. Cuando hice aquella entrevista ya no. «Ahora no tengo ninguno porque no hay comida ni para mí». Esa frase me resulta hoy mucho más difícil de leer. 

Cuando regresé a Cuba en febrero de 2025, lo encontré sentado en las pequeñas escaleras de El Mejunje que dan a la calle. Tenía a su lado el equipo de música con el que durante años había recorrido la ciudad, pero estaba mucho más delgado y débil que el Crespo que yo recordaba. La enfermedad ya era visible en su cuerpo. Seguía, sin embargo, en el mismo sitio. Había vendido aquella casa precaria y conseguido otro espacio justo enfrente de El Mejunje. Hasta para mudarse había encontrado la manera de no irse. 

Después vinieron el hospital, un padecimiento terminal, y una Cuba cada vez más difícil para alguien como él. He pensado mucho en cómo habrá atravesado los últimos meses: los apagones, la comida cada vez más cara, los medicamentos que faltan. Crespo había sobrevivido inventando por aquí y por allá, como él mismo decía, pero envejeció y enfermó en un país donde sobrevivir exige cada vez más recursos que él nunca tuvo. 

Jorge Luis Crespo Jacomino, figura icónica del centro cultural El Mejunje, en Santa Clara
Jorge Luis Crespo Jacomino, figura icónica del centro cultural El Mejunje, en Santa Clara (FOTO Tomada de Internet)
Jorge Luis Crespo Jacomino, figura icónica del centro cultural El Mejunje, en Santa Clara
Jorge Luis Crespo Jacomino, figura icónica del centro cultural El Mejunje, en Santa Clara (FOTO Tomada de Internet)

Pero tenía El Mejunje. Y quizá esa sea también una parte de esta historia. Mucho antes de que la crisis actual hiciera de las redes de solidaridad una forma cotidiana de supervivencia en Cuba, El Mejunje ya funcionaba así. Organizaba, acompañaba, recogía, daba refugio. La comunidad que había sostenido a Crespo cuando era un joven con VIH seguía allí cuando envejeció y enfermó. 

Una vez me dijo que sus días preferidos eran los domingos. Miraba El Mejunje desde la mañana, cuando llegaban los niños, hasta la tarde de los viejos y la noche de los travestis.

«Yo me pongo a mirar a esos viejitos bailando felices y me siento agradecido de vivir. Muchos viejitos de esos han muerto horas después de estar aquí gozando con sus amigos, y así me quiero morir yo. Yo quisiera morirme antes que Silverio porque no sé qué va a pasar después en esta ciudad».

Crespo murió primero. No sé cuánto sufrió al final ni cuánto de aquella Cuba pudo seguir soportando. Pero sé que permaneció prácticamente hasta el último momento frente al lugar al que llegó un día, por casualidad, mientras esperaba que saliera un ómnibus de regreso a Ranchuelo. Tenía una hora y media para matar el tiempo. Entró en El Mejunje y se quedó allí el resto de su vida.

La entrada Crespo se quedó en la casa  aparece primero en El Estornudo.

Feria del Libro 2026: El centenario de las apariencias

La 34 Feria Internacional del Libro de La Habana, que concluyó el pasado 16 de agosto, fue atípica de muchas maneras. No ocurrió en febrero, como siempre, porque el Estado cubano recortó presupuestos e insumos de todo tipo tras la captura Nicolás Maduro en Venezuela y las presiones estadounidenses sobre la economía nacional que vinieron a continuación. Después de cancelar el evento, las autoridades fijaron una nueva fecha: mediados de agosto; la semana del centenario del nacimiento de Fidel Castro. 

En vez de diez días en la Fortaleza de San Carlos de la Cabaña, la Feria duró seis días en los almacenes de Línea y 18, en el Vedado. Estos almacenes se utilizan a lo largo del año para distintos tipos de eventos, pero su capacidad disponible para acoger público y stands, sobre todo tratándose de una cita de tamaña envergadura, es mucho más reducida que la que ofrece La Cabaña. La Sala Teatro Ciervo Encantado, ubicada en la misma cuadra, funcionó también como sala de presentaciones.

La Feria duró seis días en los almacenes de Línea y 18, en el Vedado.
La Feria duró seis días en los almacenes de Línea y 18, en el Vedado.

El logo de la edición remitía a la charretera única de Fidel Castro: un libro abierto que simulaba el rombo rojo y negro del Movimiento 26 de Julio. Asimismo, el país invitado de honor fue Rusia. Una elección nada casual en momentos de tensión política y, al mismo tiempo, otra de las maneras del Gobierno cubano de imponer la imagen de Fidel en cada aspecto posible.

La cola para acceder, históricamente larga y agotadora, pasó a ser un mero trámite de pocos minutos. La calle 11 del Vedado, una vía de mucho tráfico, nunca se cerró para el evento. Los automóviles pasaban constantemente. Aun así, al tratarse de una cola corta la mayoría de los días, nunca se produjo un altercado.

***

El lugar, la fecha, la locación y el inmenso calor de agosto —tan distante del fresco de febrero— cambiaron por completo la experiencia de la Feria. El placer de andar, la excursión que implica cruzar la bahía para vivir y experimentar una jornada diferente desapareció este año. Durante seis días se transformó en un almacén de puntal alto y cerrado y en un parqueo bajo el sol que transmitían cualquier cosa menos un espíritu ferial. En la manzana donde radicaba la Feria había una gran cantidad de policías y patrullas, algo muy distinto a ediciones anteriores.

«Esto parece más un almacén con libros que una feria de verdad», dijo una muchacha mientras se abanicaba con el programa. «El año pasado al menos había sombra y se podía caminar.»

Feria del libro de La Habana / Foto: cortesía del autor
Feria del libro de La Habana / Foto: cortesía del autor

Al entrar, lo primero que encontrabas era un salón vacío e inmenso. En sus dos esquinas había algunos puntos de venta y, como bienvenida, una foto tamaño real de José Martí junto a otra de Fidel Castro. Las editoriales del primer salón eran pocas y todas relacionadas con entidades estatales: la editorial de los Bufetes Colectivos, la Editorial de Asuntos Martianos y otras del mismo corte. Más adelante se hallaban varias mesas con computadoras donde se podían adquirir determinados libros en formato e-book. Quien decidiera comprar uno de estos libros electrónicos, debía llevar encima una memoria flash o el cable USB de su teléfono.

En el segundo salón del gran almacén comenzaba la venta de cualquier cosa que no fuera literatura: discos, bisutería, inciensos, atrapasueños… Esos stands rodeaban un gran espacio semicerrado dispuesto para el país invitado de honor. Allí se concentraba una considerable cantidad de libros, en su mayoría clásicos rusos, todos de tapa dura y en perfecto estado de conservación. Solo había un inconveniente: esos ejemplares, dignos de cualquier coleccionista, estaban en ruso. La sección podía considerarse, al mismo tiempo, la más atractiva y la más inútil de toda la Feria.

Feria del libro de La Habana / Foto: cortesía del autor
Feria del libro de La Habana / Foto: cortesía del autor

Detrás del salón ruso se encontraba la zona de las editoriales provinciales. Estos puntos de venta albergaban, como cada año, títulos viejos con una o dos décadas de impresión; tiradas pequeñas que nunca tuvieron ni promoción ni distribución. Ejemplares que simplemente salen de una caja y se guardan luego a la espera del año siguiente. De todas las editoriales, La Luz, de Holguín, fue la que más libros presentó y también la que tenía un aire más fresco y títulos más recientes. La mayoría de las mesas ni siquiera contaban con un vendedor al frente que respondiera o atendiera al público.

El almacén se completaba con puestos de dominó y ajedrez para jugar, música constante que salía de diversos equipos de sonido y los ya conocidos stands de venta en divisa. En ellos se ofrecían afiches, mangas, cuadernos de colorear, rompecabezas, postales y libros de Wattpad manufacturados. Esta es, cada año, la zona con los libros y artículos más caros: muchos ejemplares costaban 30 dólares o, en su defecto, 20 mil pesos. Ahí también había una mesa de la Embajada de Irán y otra de la Embajada de Angola. Podías encontrar un libro de libro de colorear de Peppa Pig y justo al lado una máscara tribal africana.

***

Al salir del gran almacén, el visitante llegaba a una plaza-parqueo a la intemperie, del mismo tamaño que la zona anterior. Allí radicaban las decenas de puestos de venta de comida, la mayoría con neveras llenas de hielo a causa de los apagones constantes. En algunas partes, el barrio del Vedado padece cortes de luz diarios de más de 30 horas, y para la Feria no hubo un circuito cerrado. Aunque la franja donde radicó la Feria sufrió menos afectaciones en esos días, hubo igualmente apagones, por lo que tuvieron que usar plantas eléctricas y paneles solares en varias partes de la plaza-parqueo (la mayoría propiedad de los propios vendedores de comida). 

Feria del libro de La Habana / Foto: cortesía del autor
Feria del libro de La Habana / Foto: cortesía del autor

En el área se formaba otra cola, más lenta que la primera. La carpa azul, llamada oficialmente «Gran Librería», lanza todos los años los libros nuevos y más codiciados por el público, o más bien aquellos que la organización de la Feria considera como tal. Dentro de la carpa había títulos recién reimpresos como Hombres sin mujer, de Carlos Montenegro; antologías poéticas de Julián del Casal; varios textos de autores rusos —esta vez sí en español— y también El maestro y Margarita, de Mijaíl Bulgákov. Los libros de la carpa azul eran, en su mayoría, de la Editorial Letras Cubanas. Aunque estos ejemplares no tenían un diseño decente, con un encuadernado pobre y hojas de mala calidad, también eran muy baratos. Afortunadamente, no pocos jóvenes visitaban esta carpa.

«Lo estaba leyendo en digital, pero no soporto la pantalla», dijo un muchacho de unos veintitantos mientras salía con Los hermanos Karamazov bajo el brazo. «Me enteré de que aquí lo tenían en físico y vine directo».

 A un costado de la «Gran Librería» se alzaba una tarima donde un grupo de payasos actuaba frente a decenas de niños acompañados por sus padres. Porque la Feria, más allá de los libros, sigue siendo también una salida familiar: mucha gente llega, no compra un solo título y, aun así, encuentra la manera de pasar un buen rato entre el ruido, el calor y el movimiento constante.

Actividades paralelas en la Feria del libro de La Habana / Foto: cortesía del autor
Actividades paralelas en la Feria del libro de La Habana / Foto: cortesía del autor

A la derecha de la tarima había otro almacén, más pequeño que el primero. No quedaba del todo claro si se trataba de la Sección Infantil o solo de una parte de ella. En la Feria faltaban guías y señalizaciones que orientaran al visitante y uno simplemente se topaba con los puntos de venta. Otro área quedó destinada a presentaciones y talleres cuya acústica resultaba pésima: apenas se escuchaba, incluso con micrófono. Allí estaban los stands dedicados a la ciencia ficción: una mesa con artículos steampunk, espadas de papier maché, un «espiritista» leyendo el tarot… El personal, en su mayoría muy joven, mantenía un trato cercano con el público, en marcado contraste con la desgana inmensa que se percibía en los stands institucionales.

Algún que otro funcionario se paseaba por la Feria. Llegaban un rato, hacían acto de presencia, saludaban y luego se iban. El ministro de Cultura Alpidio Alonso y el exviceministro Fernando Rojas aparecieron en varias jornadas, siempre cerca de oficiales de la policía o de otros funcionarios, y siempre alejados de los feriantes.

***

Al cerrar el telón y recoger, queda la sensación de una Feria disminuida. No solo en días o en público, sino en ambición y en espíritu. La cita parece haberse organizado más por inercia y para cumplir con un calendario político que por convicción cultural. El calor, la improvisación, los libros que no se pueden leer, los que nadie atiende, la poca o nula promoción de escritores jóvenes, los precios desconectados de la realidad de la mayoría, la propaganda que se impone sobre la literatura y la distancia cuidadosa entre el lector y las entidades… todo eso pesa y supone un deterioro.

Feria del libro de La Habana / Foto: cortesía del autor
Feria del libro de La Habana / Foto: cortesía del autor
Feria del libro de La Habana / Foto: cortesía del autor
Feria del libro de La Habana / Foto: cortesía del autor

Y, sin embargo, todavía importa que la Feria del Libro exista, y es vital que se haya hecho este año, cuando lo que se proyectaba era su cancelación definitiva. En un país donde casi todo es escasez y espera, un espacio —por imperfecto que sea— dedicado a los libros y a la literatura, al lector y al escritor, conserva un valor esencial, pues se trata de uno de los pocos lugares en los que todavía puedes tropezar con una página, una conversación o con la simple posibilidad de llevarse algo impreso a casa.

El cubano, en medio de este caos, quiere y decide leer. Aunque el papel sea malo, el diseño sea pobre, y aunque haya que sudar bajo el sol de agosto para conseguirlo, abrir un libro en Cuba es todavía un gesto tenaz y un modo de reclamar un territorio propio dentro de la precariedad. Sigue siendo una forma de no entregarse del todo.

La entrada Feria del Libro 2026: El centenario de las apariencias aparece primero en El Estornudo.

Espiritualismo cruzado cubano. Una conversación con Mariella Chaviano

Conocí a Mariella Chaviano cuando experimentaba lo que la psicología denomina crisis de la adultez; la mística. Despertar espiritual y la astrología; el retorno de Saturno. Mis experiencias con psicólogos fueron terribles y sentía que no había una razón de fuerza mayor para que me encontrara de esa forma, más allá de la frustración de ser joven en un contexto tan opresivo como el cubano. Así que me volqué en la religión, pero no en una en concreto. Durante el 2023 frecuenté clases de astrología, de cábala y una escuelita de desarrollo espiritual en Guanabacoa, pero mi interés por las religiones no era ni la mitad del que había tenido mi madre.

Cuando cumplí siete años, recuerdo despertar una mañana con un estruendo enorme que venía del baño. Mi padre había perdido el conocimiento. Recuerdo los pedacitos de cerámica blanca, esparcidos por el suelo, del lavamanos que tardó años en ser reemplazado.

Mi padre perdió la memoria y casi en su totalidad el lenguaje articulado, como sucede en los eventos cerebro vasculares. En esos meses mi madre tiró sus santos a la calle. Me cuenta que, por lo sucedido con mi padre y por la frustración de no salir adelante económicamente, comenzó a replantearse la autenticidad de todo en lo que había creído.

Vale aclarar que mi madre fue iniciada en la Regla de Palo Monte con 25 años. Un Tata Nganga bastante conocido, después de conocerla, le dijo que tenía un don muy grande y que, por cuestiones de salud, debía ser rayada de inmediato. Lo que hasta el momento era una atracción terminó convirtiéndose en su religión. Ella me cuenta que, años después, en medio de su crisis de fe, decidió abrir su Osun: una copa de hierro coronada por un gallo que mi madre había recibido junto a los guerreros, un fundamento cuyo equilibrio debía vigilarse porque su caída anunciaba un peligro. Para su sorpresa, algo que debía estar preparado y consagrado estaba totalmente vacío. El babalawo le había mentido y aquello que reposaba en su altar no era más que un adorno de hierro.

Así mi madre comenzó su peregrinaje por las religiones. La vi intercambiar la saya larga del culto de los Testigos de Jehová por ropa blanca y campanitas que se usaban en los encuentros angelistas: un pequeño círculo de mujeres que se reunía en mi casa para invocar a los arcángeles. También recuerdo con cariño una casa-culto pentecostal en la calle Virtudes, en Centro Habana, donde el pastor ponía un pañuelo sobre las cabezas de los fieles. El pañuelo representaba el espíritu de Dios y los fieles comenzaban a temblar, a llorar e incluso podían hablar en lenguas cuando sentían su presencia. Aquellos movimientos me recordaban mucho a una bailarina de Oyá que había visto caer en trance en una fiesta de tambor.

A mis 25 años, con el impulso de volcarme a las prácticas religiosas, sentí que cerraba un ciclo que mi madre había abierto años antes. Percibí que nuestra curiosidad teológica estaba mal vista por algunos que podían catalogarnos como personas sugestionables, inestables o necesitadas de sentirnos en comunidad. Y quizá todo eso era cierto. La verdad es que la depresión pasó. Gradualmente logré comer con normalidad, conciliar el sueño y llené varias agendas de apuntes y entrevistas. Asistiendo a estas prácticas en La Habana del 2023, me di cuenta de que las comunidades que se habían generado alrededor de la fe sostenían a una sociedad civil fragmentada por la escasez y la emigración. Así conocí a jóvenes babalawos que aprendían a leer cartas astrales y médicos que practicaban Ho’oponopono: un modo de sanación basado en la repetición de palabras o frases asociadas al perdón, la reconciliación y la liberación emocional. En la diversidad de esas aulas improvisadas encontré lo más similar a una República que he experimentado.

Una madrugada encontré un grupo en Facebook: Espiritualismo Cruzado Cubano, que compartía varias publicaciones bajo una misma firma: Mariella Chaviano. En aquel entonces, Chaviano era conocida por su praxis como espiritualista y también por la transferencia de conocimiento que estaba ejerciendo con sus escritos en ese grupo.

Mariella Chaviano / Foto tomada de FB
Mariella Chaviano / Foto tomada de FB

Aunque había leído sobre el tránsito de la doctrina kardeciana por distintos países de América Latina, al intentar rastrear su llegada a Cuba me encontraba con una especie de vacío. La historiografía sobre las religiones de la isla parecía haber dirigido su atención, con mucha más fuerza, hacia la Regla de Ocha, el Palo Monte, el culto de la Sociedad Secreta Abakuá. No es que el espiritismo no estuviera allí. Al contrario: su presencia era innegable. Pero me resultaba difícil seguir el rastro de su tradición.

La doctrina espiritista de Allan Kardec llegó a Cuba en la segunda mitad del siglo XIX, en un momento en que las ideas sobre la comunicación con el más allá ya circulaban por Latinoamérica. Aunque el espiritismo moderno tenía una importante vertiente angloamericana, fue la corriente kardeciana, difundida desde Francia y España, la que encontró una particular acogida en la isla. Su concepción de la reencarnación y de la evolución progresiva de los espíritus entró en diálogo con nociones presentes en algunas religiones africanas. 

En Cuba, el espiritismo no permaneció como una doctrina pura: pronto comenzó a convivir y articularse con prácticas de raíz africana y con el catolicismo. De ese largo proceso de encuentros y reelaboraciones surgiría lo que posteriormente se ha denominado espiritualismo cruzado, una expresión cuya definición e historia continúan siendo objeto de discusión. El debate no se ha limitado a las revistas científicas. También ha encontrado un foro amplio en las redes sociales, donde religiosos, tanto dentro como fuera de la isla, han protagonizado discusiones extensas y, en ocasiones, acaloradas sobre la naturaleza y los límites de esta práctica.

En dichos debates han sido cruciales los escritos de Mariella Chaviano y su labor como gestora de redes, sea Encuentro Virtual sobre Espiritualismo Cruzado o la Unión de Médiums y Espiritualistas Cruzados sin Fronteras-AS. Su trabajo no solo ha contribuido a conservar una memoria del espiritualismo cubano, sino también a mantenerlo conectado con otras comunidades y redes espiritualistas internacionales.

Si pensáramos en un cordón imaginario que une a los practicantes del espiritualismo en América Latina, diría que la labor de Chaviano ha permitido que los cubanos no soltemos esas manos. Que permanezcamos dentro del cordón. Pidiendo. Halando.

Mariella, un aspecto que me interesa de tu práctica es que propones el término espiritualismo cruzado para referirte a una serie de prácticas que tienen lugar en Cuba y en la diáspora ¿Podrías explicarnos por qué consideras más preciso hablar de espiritualismo cruzado cubano en vez de espiritismo, y qué implicaciones tiene?

Este enfoque de que el espiritismo cruzado consiste en la fusión o sincretismo de algunos elementos de la doctrina espiritista fundada por Allan Kardec con elementos de catolicismo popular, y de las reglas congas y de Ocha-Ifá no es mío. Data de hace tiempo. Este es el concepto de lo que en Cuba se ha dado a llamar espiritualismo cruzado, que es más que una creencia espiritual popular o una forma de espiritualismo bastante alejada de lo que es el Espiritismo (doctrina codificada por Allan Kardec). O sea, este es un concepto establecido hace bastantes años por investigadores como José Millet, Rómulo Lachatañeré, Natalia Bolívar, don Fernando Ortiz, Iliana Hodge, Yalexi Castañeda (más recientemente).

La diferencia fundamental entre el Espiritismo y el espiritualismo cruzado está en que el Espiritismo es la ciencia que trata de la naturaleza, origen y destino de los Espíritus y de sus relaciones con el mundo corporal. El Espiritualismo es ciencia, filosofía y religión moral.

No tiene jerarquías religiosas, ni vestimentas especiales, ni adoración de dioses, ni rituales, ni objetos sagrados. Por su parte, el espiritualismo cruzado es una creencia espiritual popular y religiosa, posee ritos, cree en las divinidades, posee objetos sagrados. No es ciencia; es en realidad una práctica mediúmnica.

Nuestra propuesta solo incluye un cambio de nomenclatura y no de la praxis. Este cambio de nombre está motivado por la necesidad que existe de evitar el uso ambiguo de la palabra espiritismo para referirse a dos prácticas mediúmnicas diametralmente opuestas: la doctrina espiritista llamada Espiritismo y las corrientes espirituales surgidas en Cuba llamadas espiritualismo cruzado y espiritualismo de cordón.

Esta ambigüedad ha ocasionado más de una confusión y malentendidos. Diferenciar entre la doctrina espiritista codificada por Allan Kardec y las diferentes corrientes espirituales cubanas es una cuestión de prioridad y de identidad. Pues es sumamente importante que cada grupo mediúmnico se identifique con lo que realmente practica.

Consideramos que el término correcto es espiritualismo, ya que la palabra Espiritismo fue acuñada por Allan Kardec en su obra cumbre, El Libro de los Espíritus, en el año 1857, cuando planteó que «las palabras espiritual, espiritualista y espiritualismo tenían una acepción bien caracterizada, y darles otra nueva para aplicarlas a la doctrina de los espíritus equivaldría a multiplicar las causas de anfibología».

El espiritualismo es la doctrina surgida en New York en 1848 tras los eventos de Hydesville. De esta han surgido diversas corrientes religiosas donde predominan rituales y objetos sagrados. El espiritualismo puede incluir muchas corrientes filosóficas o religiosas que reconocen la existencia del alma, del espíritu o de una dimensión espiritual. Admite ritos, vestimentas especiales, sacerdotes, etc. Teniendo en cuenta todo lo anterior, consideramos que las corrientes espirituales originadas en Cuba se identifican más con el espiritualismo y no con el Espiritismo.

Es común que un médium se centre en su desarrollo individual y comparta con una comunidad durante el proceso, pero tú has ido más allá. ¿Cómo descubriste que tenías una misión en la divulgación del espiritualismo? ¿Cuáles son los desafíos de liderar, desde un contexto tan difícil como el cubano, iniciativas como la Organización sin ánimo de lucro para los Médiums y Espiritualistas Cruzados del Mundo y el Primer Festival de Médiums de Latinoamérica?

Una pregunta muy interesante. En el año 2019, un hermano mexicano, Juan Baltazar, tuvo la iniciativa de crear el grupo de Facebook Espiritismo Cruzado y me invitó a conducirlo como moderadora y luego como administradora. Allí estuvimos como administradores hasta el año 2024. Este grupo fue fundamental para mi superación espiritual. Guardo excelentes experiencias de esa época y actualmente sigo participando como miembro. Allí observé que muchos hermanos de Cuba y la diáspora desconocían en qué consistía la práctica mediúmnica cruzada, la confusión que existía entre Espiritismo y estas prácticas, el desconocimiento de la doctrina espiritualista y la necesidad de instruir y divulgar estas enseñanzas. En este grupo, en junio del 2024, realizamos el I Encuentro Virtual sobre Espiritismo Cruzado, que este año celebrará su 6.ª edición, por primera vez con el nombre de Espiritualismo Cruzado. En el grupo me llamaban «la maestra». Pienso que me adjudicaron este nombre porque escribí muchas publicaciones instructivas sobre la práctica.

Supe que debía divulgar la doctrina espiritualista después de participar en la XIV Jornada Universalista coordinada por el hermano Pedro Fernández Pérez, donde se impartió una conferencia sobre Espiritismo. Publicamos un resumen de esta actividad en Facebook y el escrito tenía errores. El hermano en ideal, Walter Pérez Vila, presidente de la Sociedad Espiritista Faro de Luz en Holguín, comentó que el post contenía información incorrecta y a partir de ahí me puse a estudiar la doctrina del Espiritismo y su divulgación.

En la clausura del V Encuentro Virtual sobre Espiritismo Cruzado, los estudiantes del primer grupo de estudios quisieron crear una organización para asociar a todos los médiums cruzados del mundo y me propusieron como presidenta. Ahí surgió y se aprobó esta asociación.

Los desafíos nos han dado fuerza y motivación para perseverar. Pudiera pensarse que la falta de electricidad fue el obstáculo mayor para celebrar este primer Festival. Sin embargo, esto es insignificante, cuando lo comparamos con las mentes obtusas de muchas personas, principalmente líderes espiritualistas. Muchos de los participantes buscaron alternativas para estar con conexión, se subieron a la azotea, se transportaron largas distancias.

En los últimos diez años se ha producido un éxodo masivo de cubanos en travesías extremas, muchos de ellos practicantes de la religión afrocubana. ¿Le resta fuerza a la práctica espiritual si sus rituales se realizan fuera de Cuba, teniendo en cuenta que figuras muy presentes en el imaginario del espiritismo cubano como Francisca, Ta José o los espíritus Congo tienen que ver con la historia del país y con la esclavitud?

No, cuando la práctica mediúmnica cruzada se realiza fuera de Cuba no pierde fuerza en ningún aspecto. Al contrario, en la mayoría de los practicantes se arraiga más la fe. Los Espíritus desencarnados, en general, gozan de libre albedrío y eso les permite presentarse a cualquier lugar donde sean evocados. Incluso si fuesen evocados por un cosmonauta en una nave espacial, hasta allí ellos se presentarían, pues en el Mundo Espiritual no existen fronteras políticas ni geográficas. 

Los Espíritus que mencionas son tradicionales dentro de la práctica porque son evocados directamente para fines específicos. Esto significa que existe en ellos simpatía por nosotros y lo que practicamos, o esa es la misión providencial. 

Por tales razones, adonde quiera que un médium cruzado evoca a estos Espíritus, ellos se presentarán a guiar, auxiliar o sanar según sea la necesidad. Mientras animaron carne, sufrieron la esclavitud, pero ya como desencarnados, mediante las oraciones, comprenden que no están ligados al sufrimiento del plano terrenal y paulatinamente van progresando.

En los últimos años parece haber una presencia cada vez más fuerte de mujeres que sostienen espacios de espiritualidad y comunidad, tanto en Cuba como en la diáspora. ¿Sientes que ser mujer ha sido un factor determinante en la visibilización de tu trayectoria?

En el campo del espiritualismo cruzado la mujer ha gozado de más aceptación y facilidades para el desarrollo y las manifestaciones mediúmnicas que el llamado sexo fuerte. Aprovecho la oportunidad para puntualizar que los hombres también son excelentes médiums cruzados. Como mujer no he tenido dificultades para desarrollar esta idea ni para divulgarla. Al contrario, he contado con el apoyo incondicional de varios hermanos de diferentes regiones del mundo. Las limitaciones más bien han ido enfocadas a las ideas y no a la persona. 

Existe aún en Cuba bastante regionalismo y división entre los médiums de las diferentes corrientes espirituales. Reticencia al cambio y mejoramiento de las prácticas ancestrales. Esto es más bien lo que he percibido a través del trayecto recorrido.

¿Cuando te encuentras en una situación complicada, a cuál de tus espíritus sueles recurrir?

Desde el primer escollo hasta el día de hoy, la conga Mamá Francisca Siete Sayas y lo que sigue ha sido el bastón que me ha sostenido, el escudo que me ha protegido y la lanza que me ha defendido. Mis ojos y mis oídos. Este Espíritu no solo hace por mí, también es un baluarte en la vida de muchos ahijados y hermanos de la fe que me conocen y que visitan mi casa religiosa.

La entrada Espiritualismo cruzado cubano. Una conversación con Mariella Chaviano aparece primero en El Estornudo.

Quiso derrocar a los Castro. Lleva 32 años preso y su hija nunca lo abandonó

La primera vez que Karen María León Alfonso vio a su padre tenía 16 años. Miguel Díaz Bauzá llevaba meses preso en la una cárcel de la Seguridad del Estado de Santa Clara y ella llevaba casi toda su vida sin verlo.

Miguel había salido de Cuba en 1980, cuando Karen tenía apenas un año y medio. Después, su madre biológica cayó presa y ella fue adoptada por una familia a la que, dice, amó y respetó hasta el último día de sus vidas. Ellos le dieron sus apellidos y nunca le ocultaron que tenía otro padre y otra madre.

Una tarde alguien le señaló la pantalla del televisor y le dijo: «¿Tú quieres conocer a tu papá? Míralo ahí».

En el noticiero aparecían las imágenes de Miguel y de otros hombres que habían llegado con él a costas cubanas. «Decían cosas que no eran agradables sobre él y sus compañeros. Saben cómo es aquí la política», dice Karen a El Estornudo. 

Miguel había desembarcado en Cuba en 1994 con un grupo procedente de Estados Unidos para organizar un levantamiento contra el régimen de Fidel Castro. Lo acompañaban entonces Armando Sosa Fortuny, Jesús Rojas Pineda, José Ramón Falcón Gómez, Pedro Visao Peña y Lázaro González Caraballo.

Fue detenido el 16 de octubre de aquel año y condenado luego a 25 años de prisión por varios delitos contra la seguridad del Estado. Tenía 51 años.

Un mes después de aquel noticiero, un hermano de Miguel llegó a casa de Karen para pedir permiso a sus padres adoptivos para llevarla a verlo. Miguel lo había pedido.

Fueron a Santa Clara. La llevaron a una pequeña sala de la policía política donde había solamente «un sofá, un aire acondicionado y una puerta».

Karen y su padre / Foto de cortesía
Karen y su padre / Foto de cortesía

Lo primero que Karen recuerda del encuentro es el olor de su padre. Después recuerda al «hombre imponente» que entró. «Era grande y fuerte, y sin nadie presentarnos se me vino encima me abrazó y me empezó a besar. Me llamaba “mondongo”». 

No fue un encuentro sencillo. «Realmente, fue un momento incómodo porque yo no conocía a esa persona que me abrazaba y me besaba».

Aquel fue el único encuentro que tuvieron en Santa Clara. Después del juicio, Miguel fue trasladado a una prisión de Camagüey para cumplir su condena y la relación quedó reducida, durante años, a las cartas.

Karen no tuvo entonces una infancia compartida que recuperar ni recuerdos de un padre que hubiera estado presente en su crecimiento. Tuvo que conocerlo al revés: primero vio al hombre acusado en la televisión nacional; después, al preso y, poco a poco, al padre.

En 2001, Miguel fue trasladado nuevamente a Villa Clara. Desde entonces, Karen es la que se ocupa de todas sus cosas.

Han pasado más de tres décadas desde aquel primer encuentro. La historia de Miguel se ha convertido en una de las más largas del presidio político cubano: 32 años encarcelado.

Karen aclara que siempre hablará «con la verdad» y subraya que Miguel es su padre biológico, pero que guarda en su «corazón el espacio de la palabra “papá”» para quien la adoptó. Aun así, explica que la relación entre ambos «se ha construido siempre desde el respeto y la admiración, con un cariño que ha crecido con el pasar de los años».

El expreso político Jorge Luis García Pérez (Antúnez), sostiene una foto de Miguel Díaz Bauzá / Foto: Roberto Koltun/Facebook.
El expreso político Jorge Luis García Pérez (Antúnez), sostiene una foto de Miguel Díaz Bauzá / Foto: Roberto Koltun/Facebook.

Los recuerdos con él son muchos, dice, aunque casi todos se han construido con rejas detrás. «No es muy placentero contarlos, pues todos son en prisiones y con un preso de su estirpe… ya te podrás imaginar».

Miguel, cuenta Karen, nunca ha dejado de ser fiel a sí mismo. «Él no dice malas palabras ni le gusta que las digan. Es muy correcto a la hora de dirigirse a cualquier persona. No tiene malas costumbres ni malos hábitos. Es de los hombres del siglo pasado, donde la educación era clave».

Según cuenta Karen, quienes compartieron prisión con él «lo describen como un hombre incómodo para las autoridades carcelarias». «Es un dolor de cabeza. No se le queda callado a nadie cuando de violaciones o de abuso se trata, contra él o contra cualquier preso». 

También busca a los más jóvenes. «Le gusta darles consejos, sobre todo para que no vuelvan a caer en prisión». 

Su manera de resistir, según Karen, tiene que ver con sus convicciones. «Su resistencia se la debe a sus principios y a su convicción sobre la justeza de su causa».

En la prisión de Camagüey, Miguel protagonizó un episodio que terminó alargando su condena. En 1999 participó en una protesta por las condiciones y los abusos contra los presos y fue condenado por amotinamiento a otros 20 años. Las dos causas se acumularon en una sola sanción de 36 años de privación de libertad, la que cumple actualmente. El 15 de octubre de 2030 terminaría la condena del preso político más longevo de la isla.

Tras ser juzgado por el amotinamiento, estuvo nueve años sin poder recibir visitas. 

Los 32 años de prisión también han pasado factura a su salud. Miguel padece hipertensión, diabetes y problemas renales, y, según su familia, las condiciones del penal dificultan que pueda mantener adecuadamente sus tratamientos. «También tengo vitiligo, que me ha caído después de viejo, no sé si es por el estrés», declaró Bauzá en una pasada entrevista.

Miguel Díaz Bauzá
Miguel Díaz Bauzá / Foto de cortesía

La furia por las injusticias

Karen conserva sus propias escenas sobre la resistencia de su padre. Una ocurrió en el penal conocido como «el Pre», en Santa Clara.

Ella vive a unos 60 kilómetros y aquel día llegó un poco más tarde de lo habitual, cuando los demás familiares ya habían entrado. Le dijeron que tendría que esperar hasta el horario de la tarde. Pero Miguel se enteró de que ella estaba afuera.

«Yo no sé de qué forma él se enteró que yo estaba ahí ni lo que él formó allá dentro. Pero unos 20 o 30 minutos después vino un oficial corriendo, nos preguntó si éramos la familia de Bauzá y sin revisarnos nos entró al penal».

Cuando lo vio, estaba furioso. «Tenía la respiración exaltada y estaba rojo como un tomate». Karen intentó calmarlo porque había niñas presentes. No funcionó.

Miguel esperó el momento oportuno y, «con las manos detrás y hablando casi en un susurro», enfrentó al guardia. Karen tuvo que intervenir.

«Como único se calmó fue cuando lo amenacé con irme y no volver nunca más». Ella sabe que fue dura. También dice que sabe por qué lo hizo.

Miguel estaba reclamando lo que consideraba una injusticia: que una mujer que viajaba desde lejos con dos niñas pequeñas tuviera que regresar a casa sin siquiera poder entrar a verlo.

No fue la única vez.

En otra visita, Karen llegó temprano. Pero una funcionaria le prohibió entrar porque llevaba una saya y, según le dijeron, no estaba permitida en el penal.

Karen intentó demostrar que debajo llevaba varias prendas. No fue suficiente.

«Le di todo a mis niñas y les dije que entraran ellas y yo las esperaba afuera». Otra vez, al rato, un oficial vino a buscarla y la dejó entrar. «Ese día la que estaba que “bufeaba” era yo».

Son escenas pequeñas frente a los 32 años de prisión. Pero en la memoria de Karen cuentan porque dicen algo del hombre al que ha aprendido a llamar padre.

Unas horas de libertad

Cuando Miguel recibe un pase y puede salir del centro penitenciario «Campamento la 2», en Remedios, Villa Clara, donde se encuentra recluido actualmente, el tiempo cambia. 

Entonces no está solamente el preso político ni el hombre que lleva décadas enfrentado a las autoridades. Aparece el abuelo.

Tiene dos hijos, cinco nietos y tres bisnietos.

Miguel Díaz Bauzá y sus nietos / Foto de cortesía
Miguel Díaz Bauzá y sus nietos / Foto de cortesía

«Cuando sale de pase, a él lo que le gusta es pasar el tiempo con sus nietos y bisnietos. Es un niño más en la casa a la hora de jugar con ellos». 

Después cocina. «Cuando no está con los niños se pasa todo el tiempo cocinando, le fascina». 

Esos momentos permiten asomarse a una vida que pudo haber sido otra. Una vida de padre, abuelo y bisabuelo que no transcurrió enteramente dentro de una prisión.

Cuando hablan, los temas también son otros. «Nos cuenta cómo fue su vida en Estados Unidos. Como fueron esos pocos años que vivimos juntos. Yo era un bebé y no me acuerdo de nada de esa época. Hablamos de cosas de familia, de objetivos, metas».

Y hay algo que Karen dice admirar especialmente. «Mi papá es un hombre de una convicción muy fuerte y profunda».

Dos lágrimas por un pueblo y un país que ya no existe

Caibarién, su pueblo natal, fue el lugar que Miguel dejó en 1980 y al que regresó décadas después, durante uno de sus pases. 

«No dijo nada al llegar. Se paró. Le corrieron dos lagrimones por el rostro. Contuvo el aire y seguimos caminando». 

Ya en casa, Karen le preguntó si había llorado de nostalgia. La respuesta fue otra. 

«Me dijo que le dio mucho dolor ver que el pueblo esplendoroso, la llamada Villa Blanca que dejó atrás, se había deteriorado tanto. Expresó que el lugar se podía comparar con un bombardeo de cualquier ciudad de la Segunda Guerra Mundial». 

Para entonces, el hombre que había salido de Cuba más de cuatro décadas atrás podía comparar dos fotografías del mismo lugar: la que conservaba en la memoria y la que encontraba frente a sus ojos, «destruido por el comunismo y la desidia», expresó.  

Miguel Díaz Bauzá en uno de sus días de pase  / Foto de cortesía
Miguel Díaz Bauzá en uno de sus días de pase / Foto de cortesía

Para Karen, también había una prisión nueva que observar: la del país entero. La situación de las cárceles se suma a la situación del país y a la imagen de Caibarién que Miguel encontró al regresar.

Pero, pese a todo, cuando sale de pase no parece buscar grandes cosas.

Busca tiempo.

Tiempo para hablar con su hija y los niños de casa.

Después de 32 años de prisión, esto es lo que Miguel quiere:

«Él tiene actualmente 83 años y termina su sanción en el 2030. Él solo quiere vivir en libertad, al lado de sus nietos y bisnietos. Vivir en un país democrático, donde cualquiera pueda pensar y actuar diferente en términos de política, y eso no sea un delito. Quiere terminar los días que le quedan al lado de su familia, en su isla, pero también aspira a poder vivir en una nueva Cuba donde la palabra comunismo o comunista no exista». 

Karen no puede recuperar los años que no ha estado cerca de su padre. Tampoco puede inventarse recuerdos que no tiene. Puede contar, en cambio, lo que sí construyeron: una relación cercana y sostenida durante años por cartas y visitas y que, con el tiempo, encontró otra forma de existir cada vez que Miguel cruza la puerta de la casa al salir de la cárcel.

Entonces el preso desaparece por unas horas.

Y está presente el padre que pregunta por su hija.

Y una familia que, después de más de tres décadas, todavía espera que Miguel pueda quedarse.

La entrada Quiso derrocar a los Castro. Lleva 32 años preso y su hija nunca lo abandonó aparece primero en El Estornudo.

Archipiélago por dentro

Las reacciones que ha suscitado la excarcelación de Luis Manuel Otero Alcántara y su llegada a los Estados Unidos son señas de una trágica realidad. La oposición cubana se le ha ido de las manos a la propia oposición, de modo que es incapaz de prestarle servicios a su causa última: a saber, el cambio de régimen en Cuba. Los unos porque dictan cómo debe ser la oposición y ahogan cualquier iniciativa que no entre en su canon; los otros, porque dedican buena parte de su atención y energía a combatir esa conducta.

El rencor, con sus altas y bajas, ha sido parte constitutiva de la oposición cubana. Dadas las circunstancias, no ha podido ser de otra forma. Digamos más, toda iniciativa de cambio político comienza con la indignación. La cuestión está en que esta evolucione hacia formas racionales, y quienes se impliquen en política tienen la responsabilidad de facilitar este proceso. Es lo que no sucede en Cuba, y ello da cuenta de la minoría de edad de su actual oposición.

Uno de los experimentos más interesantes, no solo de los últimos años, sino, a mi juicio, de la extensa y diversa historia de la oposición cubana, fue la plataforma de acción cívica Archipiélago. Esto no lo digo porque yo haya tomado parte. De hecho, como se verá, quien escribe fue apenas una «esquinita» de Archipiélago, como me dijera un agente de la Seguridad del Estado (SE).

Lo que sigue es mi experiencia. A partir de aquí, como Georges Perec, hablo de lo que «me acuerdo».

Llegué a Archipiélago por recomendación de dos amigos poetas, Javier L. Mora y Zulema Gutiérrez, hoy residentes en Polonia. Ellos ya integraban el equipo de moderación de la plataforma. Hacía años, en una noche holguinera de fiesta, yo había conocido a Yunior García. Vi una de sus obras teatrales y me agradó sobre todo por sus implicaciones políticas. Era directa, sin «metatrancas» ni florituras. Recuerdo que intercambiamos unas palabras breves y significativas. «Concuerdo con tus ideas», le dije. «Todo el mundo concuerda», me contestó, medio en broma medio en serio.

El equipo de moderación estaba compuesto casi únicamente por artistas e intelectuales. Según recuerdo, durante el tiempo en que yo estuve, casi siempre osciló entre los 20 y 25 miembros. Las mujeres eran mayoría, y varios compañeros venían del activismo LGBTIQ+. Los había de izquierdas y de derechas, algunos muy escorados. Recuerdo la indignación mía y de Daniel Triana cuando un compañero publicó en Facebook una loa a Pinochet. Recuerdo a alguien diciendo en cierta ocasión: «este grupo corre el riesgo de terminar en la izquierda, con la cual soy incompatible filosófica y políticamente».

Nos reuníamos en llamadas grupales de Telegram, casi a diario. En principio, la idea era tomar las decisiones de manera horizontal. «Cada decisión tomada en Archipiélago ha sido el resultado de un amplio y profundo debate entre un grupo de moderadores cubanos, de quienes me siento orgulloso. La democracia que ha nacido en ese grupo tan diverso me devuelve cada noche las esperanzas en el futuro de Cuba», publicó en cierto momento García. 

Todos los votos valían igual; sin embargo, había opiniones que valían más que otras y, en la práctica, arrastraban votos. El teatrólogo Habey Hechavarría era uno de los pesos pesados del grupo. No por imposición, sino por su inteligencia y lucidez. Y luego estaba el liderazgo de Yunior García. Recuerdo que, al fijar la primera fecha de nuestro objetivo principal, la Marcha Cívica por el Cambio, el régimen respondió anunciando unos ejercicios militares en la misma jornada. La opinión de que la Marcha debía retrasarse hasta el 27 de noviembre fue casi unánime. Era una fecha simbólica; escapaba de las jornadas de ejercicios militares; tendríamos más tiempo para prepararnos, etcétera. García propuso la idea de que no debía retrasarse, sino adelantarse para el 15 de noviembre de 2021. Recuerdo que lo hizo con entusiasmo y contagió a la mayoría. Yo voté por otro 27N. La votación arrojó el 15N.

En lo interno, creo que los mayores logros de Archipiélago fueron la conciliación de la diversidad y el sentimiento de camaradería, la seguridad de tener detrás un equipo dispuesto a desbarrancarse por ti. Recuerdo que fue molesto cuando la Seguridad del Estado me detuvo un día antes de la Marcha, pero puedo afirmar categóricamente que no sentí miedo. Confiaba en mis compañeros y sabía que mi detención activaba la estructura que habíamos construido. De eso se trata, de establecer vínculos, construir redes y canales de acción, comunicación y diálogo. Articularse. El error, a mi juicio, estuvo en no expandir esas estructuras, en no trabajar con las bases. Debimos salir a la calle a como diera lugar, poner el cuerpo, aun si nos costaba la prisión o la vida. Quizás por este motivo la gente no salió a marchar el 15N. No voy a culpar a un país por lo que hace o deja de hacer. Nosotros lanzamos una convocatoria que no se materializó. Algo debimos hacer mal.

Vale decir que en esos tiempos la presión fue horrible. Los tres agentes de la SE que me «atendían» iban a mi trabajo y la directora les cedía su oficina para que me interrogasen. Estando en un parque con mi novia de entonces, llegaban y le decían: «Préstamelo un momento». Cosas por el estilo… Amenazas y amenazas «profilácticas»… «para que no caigas preso». Días antes del 15N, recuerdo que un amigo dijo conocer a una señora cuyo hijo era de las Tropas Especiales. «Salgan a arrancarle la cabeza a quien proteste ese día», dice que le dijeron. Escuché muchas historias así. Camiones de Avispas Negras permanentemente en los parques. Ciudades militarizadas. Quien no ha tomado acción contra un régimen de estas características no puede imaginarse el peso que conlleva, o al menos no de manera precisa. Es una carga odiosa, pero se lleva con dignidad y uno hasta llega a tener la ingenua sensación de que está «a la vanguardia de la historia» o algo semejante.

Recuerdo que el 15N un compañero de Archipiélago me recomendó que no saliera. El día anterior, yo había sido obligado a firmar un documento en la prisión que contemplaba un mínimo de 15 años de privación de libertad si finalmente salía. De cualquier manera, tenía agentes de la SE apostados en cada esquina de mi casa. No hubiese llegado más allá de una cuadra. La Marcha fue un fracaso, pero estábamos dispuestos a continuar.

De pronto, Yunior García no aparecía. Aquello era más o menos usual, porque desde antes el régimen cubano le había cortado las vías de comunicación. No obstante, él siempre se las arreglaba para enviar un mensaje o conectarse desde otro teléfono. Al cabo de dos o tres días apareció en España. Que yo sepa, ningún compañero estaba enterado de lo que se había urdido. Paradójicamente, García había tomado, a título personal, la decisión más importante en la breve historia de Archipiélago. Y nosotros exigiendo una ridícula «fe de vida». «Fe de visa», comenzó a chotear la gente.

Las cuestiones personales o familiares no deben estar sujetas a inquisición, pero en este caso la probidad no solo de la plataforma, sino del movimiento opositor en Cuba estaba en juego. Era un tema personal —de Yunior García—y también nacional. Tuvo que elegir y a nadie se le puede exigir un liderazgo. Si yo fuera él, tendría un fantasma aguijoneándome la cabeza todos los días de mi vida, sobre todo al ver la deriva de Cuba.

Recuerdo aquella reunión, ya con García en Madrid. Ninguna explicación fue suficiente. El grupo implosionó y se anunció una baja tras otra. Quedamos algunos y luego hubo una serie de intrigas que no conocí. Me mantuve como parte del equipo, pero alejado.

Archipiélago naufragó; sin embargo, logró en su momento lo que hoy día es impensable. Basten los siguientes ejemplos para ilustrarlo. Silvio Rodríguez fue el «primero en enterarse» de la idea de Archipiélago. García se la comunicó durante un «fraterno» encuentro, poco después de las protestas del 11J. Un par de meses después, Ramón Saúl Sánchez, veterano opositor afincado en Miami y miembro del grupo radical Alpha 66, daba su apoyo a la plataforma. Con esto no quiero decir que no recibiéramos palos. Los hubo y muy duros. No obstante, el equipo trabajó desde una vocación ecuménica y consiguió atraerse las simpatías de un amplísimo rango de la oposición. Debo decir que los esfuerzos del compañero Leonardo Fernández Otaño y del ya mencionado Habey Hechavarría, ambos católicos, fueron claves en este sentido.

Como hizo Oswaldo Payá a principios de siglo, Archipiélago agotó las reglas del régimen cubano. Intentamos jugar dentro del marco legal y las autoridades rechazaron cada una de nuestras solicitudes. Obligamos al gobierno a pisotear su propia Constitución ante los ojos del mundo. Asimismo, Archipiélago basó su propuesta en el diálogo. ¿A qué otra cosa puede aspirar la oposición política? El eslogan «no al diálogo con la dictadura» es eso: un eslogan vacío, una estúpida entelequia. En algún punto habrá que sentarse a la mesa del diálogo; eso sí, bajo condiciones favorables para la oposición, como se hizo en Argentina, Chile, España o Europa del Este, incluso en Rumanía, después de muerto Ceaușescu, donde varios exmiembros del Partido Comunista fueron llamados al gabinete de transición encabezado por Ion Iliescu.

Y la visibilidad y el alcance de la plataforma fueron, indudablemente, muy amplios. El Noticiero de Televisión dedicaba todas las noches un segmento orwelliano a hablar de Archipiélago y sus moderadores, donde se llegaron a decir lindezas como que nos habían pagado siete millones de dólares, donde se construyó una patética historia de un personaje nombrado el «agente Fernando» que era tan idiota como para pintar a un Yunior García con la mano en el pecho diciendo algo como «consagro mi vida a la contrarrevolución». Nadie les creía. Le habíamos arrancado la hoja de parra a un régimen que ahora caminaba frente a todos como el rey del cuento de Andersen: desnudo. Pero eso fue todo. No fuimos capaces de pararle los pies.

Mirando hacia atrás, desde la distancia, creo que no estuvimos a la altura del juego. No solo García. El grupo nunca supo a cabalidad lo que estaba haciendo, la responsabilidad que tenía, e, incluso, creo que ni siquiera conocía muy bien el tablero en que jugaba. Queda el agradecimiento a todos por su valentía y su compromiso. Y queda la experiencia, que, como alguien dijo una vez, es tan cara que solo es posible pagarla con el tiempo.

La entrada Archipiélago por dentro aparece primero en El Estornudo.

❌