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Una influencer, miles de likes y un juicio político: «Estar quieta no es opción para Anna Bensi»

Fue Caridad Silvente, una señora de pelo copioso y cano y rostro sereno, quien observó desde la cocina a dos hombres, «nerviosos y con intriga», arrimándose a la puerta de su casa en Alamar, al este de La Habana. Uno de los hombres se presentó como «oficial», pero nada en él sugería que lo fuera, excepto su actitud esquiva. No vestía de uniforme, ni con camisa de cuello almidonado, sino con chancletas azules, pantalón beige, pullover rojo copia de Guess, y nada en su vestimenta lo cubría tanto como la gorra de visera negra y las grandes gafas tornasol que procuraban esconder el rostro casi por completo. Tampoco era su intención mostrarse demasiado: hay gente que va tocando puertas, avergonzada de sí misma. Un detalle nada menor resaltaba sobre el atuendo: el bolígrafo enganchado al cuello del pulóver, como esos que los funcionarios de siempre llevan en las camisas de cuadros, para imponer respeto u obediencia, pero que en un pulóver copia de Guess era casi un chiste. El hombre mostró un carnet de la Policía Nacional Revolucionaria (PNR). «Dígame su nombre», le dijo Caridad. El hombre desvarió. «No, no, dígame su nombre», insistió Caridad. El hombre viró la cara y, sin mirar de frente a la señora, le dijo: «Yoel».

Un segundo hombre se mantuvo todo el tiempo de espaldas, mientras Yoel transmitía el mensaje: la Seguridad del Estado les encargó llevarle una citación a Caridad para el día siguiente, 11 de marzo, a las dos de la tarde. Luego los dos hombres se subieron a una moto, miraron a ambos lados y se perdieron en la carretera. Después, la hija de Caridad, la influencer de 21 años Anna Sofía Benítez Silvente, o Anna Bensi, exponía en sus redes sociales aquel encuentro, tras haber sido captado en video. Sabía que la amenaza a su madre era, en realidad, una amenaza directa a ella. «No les tengo miedo», dijo la joven en el clip. «No me intimidan y, sobre todo, no me voy a callar. Porque yo, simplemente, estoy ejerciendo mi derecho a expresarme. Abajo la dictadura, abajo el comunismo. Libertad para Cuba y libertad para todos los presos políticos. Patria y vida. Y claro, que Dios bendiga a Cuba».

Anna Bensi y Caridad Silvente / Foto tomada de Facebook
Anna Bensi y Caridad Silvente / Foto tomada de Facebook

Después del episodio, Anna Bensi siguió siendo la que hasta entonces era: una chica cristiana, que visita la iglesia los domingos, con hobbies como el canto, la guitarra, la lectura, la música y la escritura de guiones. Siempre ha sido, dice, «bastante tranquila». Le gusta permanecer en su cuarto. Terminó los estudios —primero en el Preuniversitario Vocacional Vladimir Ilich Lenin, y luego se graduó de técnico superior en prótesis estomatológica—, y desde hace un tiempo se había convertido en una de las principales creadoras cubanas de contenido de crítica social, con videos en los que denuncia los frecuentes apagones, la crisis de alimentos y la falta de libertades totales en la que viven los cubanos.

A oscuras, por las horas encadenadas sin electricidad, Anna se convirtió en una influencer cuando tenía todo en contra para que no lo fuera: la poca luz que garantizara la calidad de los videos, la escasa señal de Internet para compartirlos con los seguidores, y la vigilancia sistémica para poder decir lo que cree y piensa. «Últimamente he optado por grabar en el apagón porque, en primer lugar, se siente más real lo que digo y también me ahorra tiempo de estar esperando el día que se pueda grabar con electricidad», dice. «Claro, que también algunas veces, grabando en medio del apagón, se me ha apagado el móvil y no puedo seguir el video». De madrugada, le gusta escribir guiones a mano, cuando siente que nada a su alrededor le estorba, excepto «el calor y los mosquitos».

Casi cinco meses después de que los dos funcionarios de la Seguridad del Estado cubano tocaran a la puerta de su casa, las autoridades les hicieron saber que ambas, Anna y Caridad, serían llevadas a juicio por haber publicado en redes sociales el video del momento en que les llevaron la citación por escrito. Estaban acusadas de un delito contra «la intimidad personal y familiar», luego de que Yoel se sintiera expuesto y amenazado tras ver su rostro —que trató de esconder lo mejor posible— en las redes sociales. El artículo 393 del Código Penal cubano sanciona este delito con penas que fluctúan entre dos y cinco años de prisión.

«Hicimos todo para nuestra seguridad y para dejar constancia de lo que ocurrió en ese momento, ya que esos ‘policías’ vestidos de civil que se presentaron en mi casa entregando una citación de la Seguridad del Estado a nombre de mi mamá, realmente lo que parecían eran delincuentes”, asegura Anna. «Y cuando sabemos que nuestras convicciones no son agradables a la vista de la dictadura, pues más todavía tengo que exponer toda la represión que se sufre por pensar diferente».

El Gobierno cubano ya había tratado de intimidar a Anna Bensi de todas las formas posibles, pero la chica seguía haciendo sus videos, que acaparaban más likes, le agenciaron más seguidores, y por tanto, arrastraban el descontento de miles y miles de internautas que, en la práctica, eran los mismo que sufrían la adversidad cubana: la gente que pasa hambre, las madres separadas de los hijos, el enfermo que no tiene con qué curarse.

«Me encanta lo que hago», dice Anna. «Me encanta crear y dejar salir todo lo que siento. Hasta ahora mis convicciones gritan más alto que el miedo. No sé si realmente valga la pena y estoy segura de que un simple video no va a arreglar nada, pero es mi forma de desahogarme y denunciar mi día a día bajo este régimen comunista. Estar quieta no es opción para Anna Bensi. Lo mejor de todo esto es que lo hago porque me nace. Lo seguiré haciendo hasta que sienta que es lo correcto y lo que toca hacer en este momento; y cuando eso cambie, no será nadie más que yo quien influya en esa decisión».

Su convicción, que viene de alguien de apenas 21 años, un rostro bello y joven que expresa con gracia todo aquello de lo que las autoridades no se hacen cargo, ha descolocado al gobierno. Desde su primer video viralizado en octubre del año pasado, donde denunciaba la burocracia a la que se enfrentaba para obtener su título universitario, hasta los últimos, en los que compara a los gobernantes cubanos con la basura que inunda su barrio, o aquel en que come de un plato vacío, o el otro en que los llama «ciegos a conveniencia», no han dejado de amenazarla. Su primer interrogatorio llegó en abril de este año, cuando los funcionarios archivaron el caso por la divulgación del video a Yoel. Nadie olvida su primer interrogatorio.

Anna Bensi / Foto tomada de FB
Anna Bensi / Foto tomada de FB

«Primero entran a mi mamá para la oficina y después a mí. Luego de firmar, el instructor policial me dice que aún no me puedo ir, y veo que él sale de la oficina y en ese mismo momento entran tres agentes de la Contrainteligencia. Así fue como me sometieron a mi primer interrogatorio», cuenta. «Este interrogatorio duró aproximadamente casi dos horas y dejaron claro que, si seguía haciendo mis videos, estaba a nada de caer presa o tendría que salir del país. También insinuaron un reclutamiento para que trabajara para ellos y así callarme. A pesar de que ninguno de los presentes levantó el tono de voz, hubo tensión y declaraciones claras de intimidación y amenazas por parte de los agentes».

Ha habido dos ocasiones en que a Anna Bensi le han impactado particularmente las estrategias que el Gobierno inventa en su contra. Una, el día que citaron a su mejor amiga en marzo. «Fue cuando sentí que el régimen cubano había escalado a un nivel más imponente de represión. Ya no solo era yo, sino que estaban intimidando a mi círculo cercano y eso me envió un mensaje de alerta», dice. 

La segunda ocasión fue cuando su hermana decidió viajar a Cuba en abril por tres días para visitarlas a ella y a su madre. Siempre habían sido solo ellas tres, muy unidas. De hecho, cuando parte de la familia y los amigos le dieron la espalda a Anna, el día en que comenzó a crear contenido político, su hermana siempre estuvo ahí. «Ella pudo vivir la persecución constante por parte de la Seguridad del Estado. Estábamos pasando tiempo en familia luego de años sin vernos, a pesar de la amarga estancia sin electricidad, el calor y los mosquitos. Pero nada de eso les interesa a ellos y decidieron, la tarde anterior al día del vuelo de mi hermana, venir a citarla para hacerle un supuesto checking de su pasaporte. Y al otro día en la mañana, cuando llegamos al lugar, mi hermana fue separada de sus hijos pequeños y fue sometida a un interrogatorio donde la intimidaron y la amenazaron de muerte, con la vida de nuestra madre y la mía», sostiene Anna. 

El último interrogatorio llegó en julio, uno en el que permaneció retenida por casi once horas en la estación de la PNR de Alamar. Cuando salió de la estación, cerca de las 9 de la noche, parecía que había visto, por primera vez, el verdadero rostro desfigurado de un régimen. Querían impedirle asistir a una invitación del embajador estadounidense, Mike Jammer, por la celebración del 450 aniversario de la independencia de Estados Unidos en la sede de su consulado en La Habana. Así que la mantuvieron encerrada durante casi la mitad de un día, mientras su madre y algunos amigos esperaban afuera de la estación policial. Cuando pasó suficiente tiempo como para que la celebración hubiese acabado, y tras dejarle claro que en el juego del castrismo son ellos quienes ganan siempre, Anna Bensi salió ahogada en llanto de la estación policial.

«Fue un llanto de impotencia, tristeza y rabia», asegura. «Supongo que mi cuerpo se descongestionó de esa manera. También ver a un grupito de personas esperándome afuera de la estación, desde por la mañana hasta por la noche, me emocionó. No soy una persona que normalmente llore, pero nunca imaginé sentirme tan atada y vulnerable. Yo sabía por qué lo estaban haciendo y era injusto».

Una semana después, les notificaron a ella y a su madre que debían presentarse en un juicio del que aún desconocen la fecha, mientras permanecen bajo prisión domiciliaria. «Un proceso muy injusto porque no tiene ningún tipo de argumento sólido», dice la joven, quien admite estar preocupada. «Creo que siempre estará la preocupación por lo que pueda pasar ese día, pero confiamos en Dios plenamente. Sé que todo lo que acontezca será porque Él así lo ha permitido». A pesar de que varios abogados rechazaron defender su caso, ya ambas cuentan con uno, aunque son conscientes de que en Cuba «no existe la abogacía independiente y todos los que están ejerciendo en bufetes estatales responden, de alguna forma u otra, a los intereses y conveniencia de la Dictadura», sostiene Anna.

Mientras el tiempo pasa lento, como si la pesadilla del castrismo nunca fuera a terminar, Anna ha pensado en cómo se ve de aquí a unos años: no le interesa la política, asegura, «eso jamás me ha pasado por la cabeza porque tengo metas claras en las que sé que sería útil, y en ninguna de ellas está la política».

«Me encantaría verme con mi familia unida, llevando una vida tranquila, yendo a la iglesia, trabajando en algo que me apasione y me cubra las necesidades básicas; al menos para vivir como merece cualquier persona que lucha por salir adelante», dice. «Yo, en lo personal, me considero una simple joven cubana que expresa lo que siente y aboga por un cambio en su país. No me considero líder en lo absoluto, ni tampoco quiero serlo, aunque me da fortaleza que tantas personas se identifiquen con lo que digo. A lo largo de estos meses tan adversos me he sentido muy bien conmigo misma. Es muy reconfortante desahogarse en voz alta y ver que tantas personas se identifican con lo que dices. Y aun si nadie se identificara, también diría que fue bueno hacerlo, porque es como quitarse un peso de encima, es sentir que se está haciendo lo correcto».

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Degnis Bofill y Andy García, dos músicos frente a la maquinaria migratoria del gobierno de Trump

El 19 de agosto de 2026, Mara Delgado acababa de aterrizar en Montreal para visitar a unos amigos cuando recibió una llamada. Del otro lado de la línea estaba su esposo, el percusionista Degnis Bofill, quien regresaba a Miami tras cumplir compromisos de trabajo en Nueva York. Según relató Delgado, allí mismo, en la terminal del aeropuerto, lo esperaban agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE).

«Tampoco me podía derrumbar porque él estaba en el teléfono», contaría después Delgado al Miami Herald. «Yo le tenía que decir que todo iba a estar bien». Tomó el primer vuelo de regreso al sur de la Florida.

Cuatro días antes, en la costa opuesta, el pianista Andy García Palacios había vivido un episodio similar. Estaba a punto de abordar un vuelo cuando ICE lo detuvo en el Aeropuerto Internacional de Los Ángeles; según la propia agencia, los agentes lo localizaron durante «una operación de cumplimiento dirigida» y lo arrestaron.

Las detenciones de Bofill y García Palacios se inscriben en un contexto de ampliación de las detenciones y de la capacidad de custodia migratoria durante el segundo mandato de Donald Trump. Sus casos, amparados por trayectorias públicas y redes de apoyo sumamente visibles, muestran la vulnerabilidad de quienes quedan bajo custodia del sistema migratorio estadounidense.

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Degnis Bofill posee esa clase de carisma que altera la atmósfera de un lugar en cuanto cruza la puerta. Como buen percusionista, descubre el ritmo en todas partes y tiene la capacidad de hacer hablar a cualquier objeto que encuentre a su paso. Esa versatilidad y esa energía efervescente son las que le han permitido brillar lo mismo como parte de la alineación de Síntesis —con quienes obtuvo un Latin Grammy en 2022 al Mejor Álbum Folclórico por Ancestros Sinfónico—, que acompañando a Roberto Fonseca y Dave Weckl, o dando rienda suelta a la sabrosura de la música popular bailable cubana con su proyecto Golpes Libres.

Degnis Bofill / Foto: Romain Maurice / Getty Images
Degnis Bofill / Foto: Romain Maurice / Getty Images

Eso es la música de Degnis: la energía abriéndose paso a través del caos. Nació en 1987 en Manzanillo, ciudad portuaria del oriente cubano, y se formó en el conservatorio de Holguín, donde, según contó a la revista VoyageMIA, se levantaba a las seis de la mañana para alcanzar alguno de los pocos xilófonos y timbales que tenía la escuela; allí estudió piano y canto antes de decidirse definitivamente por la percusión. Esa misma vocación inagotable lo llevó después a recorrer comunidades rurales buscando niños con talento para conectarlos con recursos educativos, y a participar en OneBeat, el programa de intercambio musical financiado por el Departamento de Estado a través del cual llegó a Estados Unidos.

Su madre quería que fuera saxofonista, un detalle que su esposa recuerda con ironía cada vez que lo ve cargar hasta el auto su set completo de percusión. «Un saxofón no te ocupa medio carro», bromea ella. Asentado en Miami desde hace un par de años, su cotidianidad transcurre entre presentaciones nocturnas de fin de semana, su labor como terapeuta musical y un ajetreo doméstico que combina con el ejercicio y la autogestión de sus proyectos independientes («organizando la pincha», diría él). Hace apenas unas semanas lanzó el sencillo Camínate Miami, una oda guarachosa a la ciudad que lo acogió, y se encontraba en plena preparación de un álbum de estudio.

Andy García Palacios, de 30 años, comparte ese mismo pulso vital. Escucharlo remite de inmediato a la genealogía prodigiosa del piano cubano, esa línea directa que atraviesa a Lilí Martínez, Chucho Valdés y Harold López-Nussa. Hay una alegría contagiosa en su ejecución; toca como si estuviera jugando, exhibiendo ese effortless mastery del que hablaba el jazzista Kenny Werner. Enfrenta cada pieza con la curiosidad de un niño mañoso y la plena conciencia de que el conjunto siempre será superior a la suma de las partes. Esa visión colectiva se percibe en su integración a proyectos ajenos y alcanza su forma más nítida en el dúo García Brothers, que mantiene junto a su hermano menor, el baterista y percusionista Yandy García.

Andy organizaba descargas frecuentes en el Neme Gastrobar de Miami y acababa de grabar un disco con Luis Enrique que aún espera fecha de lanzamiento. Yandy, quien ha liderado las gestiones para su liberación, lo describe como su guía y ejemplo, advirtiendo que la detención dinamitó «nuestra música, nuestros planes y nuestras oportunidades profesionales».

El encierro de ambos artistas ha frenado en seco la vida de dos personas que solo respiran para la música.

Andy García / Foto tomada de redes sociales
Andy García / Foto tomada de redes sociales

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Los casos de Andy y Degnis comparten algunas similitudes. A los dos los defiende el mismo abogado de inmigración, Avelino González; ambos ingresaron al país tras ser admitidos por autoridades migratorias; y en los dos casos ICE los detuvo pese a que sus defensas sostienen que mantenían vías activas para regularizar su situación.

Durante seis décadas, la Ley de Ajuste Cubano hizo de los nacidos en la isla una excepción dentro del sistema migratorio norteamericano. El manual de adjudicación del Servicio de Ciudadanía e Inmigración (USCIS) exige ser nativo o ciudadano cubano, haber sido inspeccionado y admitido o parolado, y acumular un año de presencia física en el país. El mismo reglamento detalla de manera explícita que la sobreestadía o el trabajo sin autorización no descalifican al solicitante.

Según los registros de ICE, la autorización de permanencia de García Palacios venció el 27 de mayo de 2024. Fuentes cercanas al caso aseguran que solicitó el ajuste de estatus en el tiempo correspondiente, pero quedó atrapado en los retrasos administrativos y cambios de política que han ralentizado los trámites. Como explicó a Telemundo 51 el abogado González: «Andy aplicó a la residencia y, normalmente, el ajuste de estatus curaba este tipo de situación».

Migrantes abordado un bus para dirigirse a los centros de procesamiento de ICE. / Foto: Kako Escalona
Migrantes abordado un bus para dirigirse a los centros de procesamiento de ICE. / Foto: Kako Escalona

Bofill, por su parte, ingresó al país el 15 de abril de 2023 con una visa J-1 de intercambio cultural. Este documento puede estar sujeto al requisito de residencia de dos años en el país de origen al terminar el programa y, para evitar esa salida forzosa, la ley exige una exención justificada, ya sea por no objeción del gobierno de origen, por riesgo de persecución o por demostrar dificultad excepcional para un cónyuge o hijo ciudadano o residente permanente. Cumpliendo con la reglamentación, presentó una solicitud de asilo antes de que venciera su período autorizado de permanencia. Delgado ha dicho que el caso seguía pendiente y que todavía no había llegado a la primera entrevista cuando ICE lo detuvo. Bofill busca continuar el proceso fuera de la detención, pero esa petición activa no impidió su arresto. ICE lo describió públicamente como un inmigrante que incumplió los términos de su admisión; sin embargo, cuando Telemundo 51 pidió a la agencia que precisara qué términos había quebrantado un solicitante de asilo en pleno trámite, la agencia no respondió.

En términos generales, la ley permite solicitar asilo con independencia de la forma de entrada, aunque existen plazos, excepciones y causales de inelegibilidad; en la práctica, muchas personas son detenidas mientras sus casos se tramitan. Detener a alguien en esa situación no es una excepción del sistema, sino una práctica que se ha vuelto más frecuente. El Miami Herald documentó que los funcionarios vienen adoptando tácticas como arrestar a solicitantes de asilo y a cónyuges de ciudadanos estadounidenses con residencia en trámite mientras viajan dentro de Estados Unidos.

Un análisis reciente de The New York Times sobre los arrestos de ICE hasta el 5 de agosto —obtenido por el Deportation Data Project mediante una demanda de acceso a la información— confirma la tendencia. En julio, la inmensa mayoría de los arrestados eran personas acusadas de faltas migratorias civiles, sin cargos ni condenas penales; aquellos con antecedentes por delitos violentos representaron menos del 4%. Los perfiles que más engrosaron las listas son justamente los que antes no eran blanco de estas campañas: cónyuges de estadounidenses, titulares de un estatus temporal en proceso de revocación y personas que entraron legalmente y tramitaban su asilo.

Los registros de ese informe cerraron el 5 de agosto; de haberse extendido unos días más, Andy y Degnis hubieran pasado a engrosar la estadística.

A comienzos de este año, los operativos de ICE en Minneapolis —que dejaron un saldo fatal tras varios incidentes— provocaron un rechazo público que forzó un repliegue táctico de la agencia. Pero la campaña nunca se detuvo, simplemente bajó el perfil. Al asumir su cargo a inicios de 2026, la nueva cúpula del Departamento de Seguridad Nacional prometió una aplicación de la ley más silenciosa, pero más implacable. Un arresto en la puerta de embarque es una expresión concreta de esa promesa.

Actualmente la agencia mantiene agentes en al menos quince terminales aéreas del país, apostados en los mostradores de facturación y en las zonas de tránsito. El escáner de la tarjeta de embarque cruza los datos del pasajero con la información de la Administración de Seguridad en el Transporte (TSA), disparando alertas antes de que el viajero llegue a la puerta. Estas revisiones han alcanzado a los vuelos nacionales; documentos revelados por la prensa confirman que la Airlines Reporting Corporation, entidad controlada por las grandes aerolíneas, vendió registros privados de pasajeros a las agencias migratorias.

Este contexto ha llevado a los bufetes de inmigración a cambiar su consejo histórico, y hoy recomiendan a quienes tramitan un ajuste de estatus que eviten volar, incluso dentro del territorio nacional. Para cualquier trabajador es una molestia; para un músico es una restricción que compromete directamente su manera de ganarse la vida.

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Desde Miami, Degnis fue trasladado primero al centro de procesamiento de Miramar. En llamadas cortas y espaciadas le contó a Delgado que las condiciones allí eran muy duras. Ella declaró al Miami New Times que el entorno era horrible, diseñado meticulosamente para quebrar el ánimo de los detenidos. Durante los primeros días, él no pudo comer ni dormir. No fue hasta la noche del tercer día de su detención, ya trasladado al Krome North Service Processing Center, en Miami-Dade, que su nombre apareció en el localizador oficial de ICE. Recién al quinto día su esposa pudo formalizar la representación legal.

Lo primero que ella le advirtió cuando por fin la dejaron hablarle fue una instrucción vital: no firmes nada. La firma de una salida voluntaria puede cerrar o limitar de forma severa las vías de defensa migratoria, según la etapa del proceso y los documentos suscritos; y el antecedente reciente del reguetonero cubano Abel Díaz Rodríguez, El Chulo —arrestado en su casa de Miami en enero de 2026 y expulsado rumbo a México tras firmar ese documento—, es un precedente amargo.

Hace unos días, mientras Delgado respondía una entrevista para Noticias Telemundo Mediodía, tuvo que interrumpirla: «Me está llamando ahora mismo, tengo que irme, tengo que irme, tengo que contestar su llamada». Volvió después a cámara para decir que su marido mantenía el ánimo, que sabía que afuera tenía gente.

Sobre el caso de García Palacios los detalles son más escasos; su familia ha preferido blindar el proceso limitando sus declaraciones. Se sabe que fue enviado al Adelanto ICE Processing Center, en el desierto de California, un lugar en el que en mayo pasado los detenidos sostuvieron una huelga de hambre para protestar por sus condiciones, lo que llevó al fiscal general del estado a emitir una alerta pública sobre lo que ocurría intramuros.

El riesgo que corren las personas dentro de estos centros es real. En los primeros cuatro meses de 2026 murieron dieciocho personas bajo custodia de ICE, según registros compilados por organizaciones de vigilancia. Human Rights Watch y Physicians for Human Rights han documentado un aumento de muertes en custodia durante los primeros quinientos días del segundo mandato de Donald Trump, paralelo a un crecimiento del 77% en la población detenida. De esos muertos, cuatro eran cubanos: Denny Adán González, Aled Damien Carbonell-Betancourt, Isidro Pérez y Geraldo Lunas Campos.

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Desde que Trump reasumió la presidencia, ICE ha incorporado ocho mil nuevos empleados, alcanzando una fuerza operativa de 29 mil agentes. Bajo su custodia hay 66 mil personas, con la meta declarada de llegar a las 100 mil camas. En julio salieron del país al menos 329 vuelos de deportación, una cifra récord. «Tienen más agentes, más dinero, más espacio de detención, más socios locales y mejores sistemas», resumió Claire Trickler-McNulty, exfuncionaria de alto rango de la agencia. «Por fin están juntando todas las piezas para construir esta maquinaria de deportación».

Entre finales de 2024 y comienzos de 2026, los arrestos de cubanos ejecutados por ICE crecieron un 463%. A comienzos de este año, más de 42 000 ciudadanos de la isla acumulaban órdenes finales de deportación en Estados Unidos. Durante medio siglo, el origen cubano facilitó de manera extraordinaria la regularización para muchas personas; hoy, es una nacionalidad más, lista para engrosar las cuotas de detención.

Cubanos en protesta a las afueras del Versailles / Foto tomada de Internet
Cubanos en protesta a las afueras del Versailles / Foto tomada de Internet

Y si en algún momento un tribunal concluye que hubo un error de procedimiento y los deja en libertad, la narrativa oficial no lo asumirá como un atropello ni como una falla. En su lugar, lo definirá como un desajuste administrativo, un daño colateral dentro de una operación que la agencia considera un éxito rotundo. Ya lo dice el comunicado sobre García Palacios: fue una operación dirigida y el arresto se efectuó «sin incidentes», una formulación que reduce el arresto a su dimensión burocrática.

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La detención de ambos artistas provocó una movilización instantánea de la escena cultural. Las campañas de recaudación alcanzaron sus metas en horas; en el caso de Bofill la colecta supera actualmente los 55 mil dólares, y la de García Palacios reunió más de 49 mil antes de que se detuviera la recaudación, con más de seiscientos y ochocientos donantes, respectivamente. Además, han contado con el respaldo público de figuras como Chucho Valdés, Luis Enrique, Jesús Pupo, Eme Valdés, Carnota, Diana Fuentes, Alain Pérez y Telmary, quienes han pedido su liberación.

Sin embargo, debajo de muchas de esas muestras de apoyo en redes, la plaza pública virtual devolvió una imagen mucho más áspera. Hubo quien exigió conocer el estatus legal exacto de los músicos antes de emitir cualquier signo de empatía. Alguien estimó que, en tres años, el detenido bien pudo haber juntado dinero para pagar un abogado, igual que otros juntan para pagarle a un coyote. Y no faltó quien sentenció que todo aquel que no se ajuste a las leyes de un país ajeno merece ser deportado, con la excepción de Andy, «porque él sí es bueno, honrado y trabajador».

Una parte del exilio cubano —la misma que durante sesenta años vivió amparada por una excepcionalidad preestablecida— ha incorporado el vocabulario de la exclusión y ahora lo usa a discreción. Trazan una línea imaginaria, colocan del lado bueno a los «artistas dignos» que conocen, y niegan al resto la misma presunción de dignidad y defensa.

Del otro lado del estrecho de la Florida, los arrestos fueron cubiertos con inusual diligencia por la prensa estatal cubana, esgrimiéndolos como una carta de triunfo para su discurso de deslegitimación del gobierno estadounidense y explayándose en detalles que suelen omitir cuando abordan este tema. La esposa de Degnis Bofill lamentó que esa difusión pudiera ser instrumentada por el oficialismo, aunque aclaró que no tenía pruebas de ello. La fatiga del exilio, atrapada entre dos discursos estatales en conflicto, quedó resumida en el comentario de un usuario en redes: «Ambos gobiernos están empecinados en que no seamos libres».

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Bofill tiene un Latin Grammy a sus espaldas; a García Palacios lo respaldan titanes como Chucho Valdés y Luis Enrique. Ambos entraron a Estados Unidos con documentos en regla, cuentan con defensa legal de primer nivel y, detrás de cada uno, hay una comunidad capaz de movilizar decenas de miles de dólares en cuestión de horas.

Contar sus historias no es un ejercicio de elitismo, sino una forma de medir hasta qué punto la nueva maquinaria es indiferente al arraigo cultural. Si el prestigio, las redes de influencia y la solvencia financiera no bastaron para frenar el arresto ni acelerar la liberación, ¿qué ocurre con quienes atraviesan este mismo engranaje sin un abogado, sin figuras públicas que amplifiquen sus nombres y sin una comunidad que los respalde económicamente?

Como bien saben las familias involucradas, estos litigios son carreras de resistencia. García Palacios ya recibió una notificación para comparecer (notice to appear) ante un juez de inmigración, pero su defensa aún no había confirmado la fecha de la audiencia. El documento abre el calendario del proceso, aunque no constituye por sí mismo una orden de deportación. El abogado Avelino González sostiene que Bofill, por su parte, conserva el derecho a pedir fianza, avalado por la legalidad de su entrada al país, y ya ha presentado la solicitud, de la que aún aguardan respuesta.

Dos días antes de que ICE lo interceptara, Degnis subió a su cuenta de Instagram un video del backstage del rodaje de Camínate Miami. Se le ve meciéndose sobre la conga, rodeado de instrumentos; luego va al volante de un convertible con el paisaje deslizándose a sus espaldas —los rascacielos, el verde tropical, el agua turquesa—, cantándole a la ciudad donde había comenzado a rehacer su vida.

Mientras la burocracia avanza a su propio ritmo, los instrumentos esperan en silencio el regreso de sus dueños para volver a la vida.

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Crespo se quedó en la casa 

Estamos aquí, con la sensación de no ver la luz,
pero no verla es mejor.
Luces nunca tuvo nuestra casa.

«La casa» de Raúl Marchena y La Trovuntivitis.

Yo tuve una casa que olía a libro viejo, madera mojada y chispaetrén. Una casa siempre abierta en la que dormían los perros callejeros, los estudiantes, los excluidos. Allí escribimos poesía a cinco manos y cantamos una música que era solo nuestra. Hoy en la casa nos falta uno. Crespo murió.

Muchos nos fuimos a otras tierras. Otros, como Jorge Luis Crespo Jacomino, se quedaron hasta la muerte. Emigrar, morir, permanecer. Esos terminaron siendo los caminos de quienes alguna vez habitamos aquel espacio como si la vida durara solamente un día. A veces pienso que los que nos fuimos dejamos solos a los que se quedaron. 

Vuelvo entonces a esas fotografías en las que todavía estamos todos: sentados en el piso o en las gradas, los ladrillos rojos desgastados detrás, las paredes grafiteadas, las mesas de una madera eterna bañada cien veces en alcohol. En esas fotos todavía nadie sabe quién se irá, quién se quedará ni quién morirá primero. Pero Crespo parecía pertenecer a otra categoría: Crespo siempre estaba.

Estaba en el patio, en la barra, cargando algo antes de un espectáculo, acompañando una brigada artística que salía hacia algún pueblo, ayudando a recoger después de una función. Estaba con su equipo de música, recorriendo las calles de la ciudad, rodeado de perros callejeros que recogía y alimentaba cuando podía. Estaba conversando con un turista o acompañándolo a algún sitio y resolviendo con lo que después le dieran. Estaba cuando llegábamos y seguía estando cuando nos íbamos. Crespo siempre estaba. 

En una sección llamada «Los agradecidos», que finalmente no fue publicada en mi libro San Silverio del Mejunje, intenté contar la vida de los tantos personajes que habitaban ese espacio. Mientras reconstruía la historia de Ramón Silverio —el fundador del centro cultural que desde 1992 reunió en Santa Clara a generaciones de artistas, estudiantes y tribus urbanas excluidas— conversé con quienes parecían formar parte inseparable de la casa. Crespo fue uno de ellos.

«El Mejunje me ha dado energía para seguir viviendo. Yo tengo VIH desde hace 25 años», dijo entonces.

Jorge Luis Crespo Jacomino, figura icónica del centro cultural El Mejunje, en Santa Clara
Jorge Luis Crespo Jacomino, figura icónica del centro cultural El Mejunje, en Santa Clara (FOTO Tomada de Internet)

Había enfermado en los años en que Cuba internaba obligatoriamente en sanatorios a las personas diagnosticadas con VIH. Fuera de ellos, el miedo a la enfermedad convivía con el rechazo hacia quienes la padecían. Para Crespo, El Mejunje no fue solamente un sitio donde escuchar música: fue uno de los primeros lugares donde pudo volver a mezclarse con los demás. 

«La gente del sanatorio alargaba su vida cada vez que entraba por esa puerta». 

Quizá por eso, cuando pudo escoger dónde quedarse, escogió quedarse cerca. Crespo había llegado desde Ranchuelo conduciendo el ómnibus que hacía el recorrido hasta Santa Clara. En el último viaje tenía una hora y media antes de regresar. Salió a caminar para matar el tiempo; encontró El Mejunje, reconoció a varias personas que alguna vez habían subido a su guagua, y entró.

«El lugar me gustó mucho y me sentí como en familia. Ese día regresé a mi casa y cuando volví a hacer el viaje hacia Santa Clara, me quedé aquí para siempre».

Jorge Luis Crespo Jacomino, figura icónica del centro cultural El Mejunje, en Santa Clara
Jorge Luis Crespo Jacomino, figura icónica del centro cultural El Mejunje, en Santa Clara (FOTO Tomada de Internet)

Entre sus amigos lo llamábamos el primer «ocupa legal» de Santa Clara porque se había instalado en una casa cercana a El Mejunje y, con el tiempo, consiguió que le reconocieran aquel espacio. Era una casa precaria, sin electricidad, que se caía poco a poco, pero la comunidad que había encontrado alrededor del centro cultural terminó funcionando también como una red de supervivencia.

«Yo no vivo, yo estoy sobreviviendo. Trato de luchar por aquí, inventar por allá y comer donde sea, porque desgraciadamente la casa se está cayendo».

A veces Silverio lo dejaba dormir dentro de El Mejunje. Cuando llegaban los ciclones, Crespo también se quedaba allí. Recuerdo uno especialmente fuerte en Santa Clara: mientras la ciudad esperaba, Crespo decidió pasarlo en El Mejunje, cuidando aquel lugar como quien cuida algo que también le pertenece.

No era empleado en el sentido convencional de la palabra, pero hacía un poco de todo. Cargaba equipos, ayudaba en los espectáculos, acompañaba las giras y las brigadas artísticas por zonas rurales, recogía después de las funciones. Si había que mover algo, Crespo lo movía. Si alguien necesitaba ayuda, aparecía.

Pero su relación con El Mejunje tampoco era una historia edulcorada de salvación. Crespo bebía, se metía en broncas y podía ser insoportable. Una vez, durante una borrachera, utilizó la maceta preferida de Silverio como urinario. Silverio lo expulsó durante tres meses y una banda de rock, Adictox, terminó haciendo una canción sobre el episodio.

Crespo se reía al contármelo. «Ese viejito es mi papá, es mi dios. Silverio no habla casi, pero cuando te dice algo tienes que oírlo».

También recogía perros callejeros. «Ellos son como yo. Los entiendo». Hubo un tiempo en que siempre tenía alguno detrás. Cuando hice aquella entrevista ya no. «Ahora no tengo ninguno porque no hay comida ni para mí». Esa frase me resulta hoy mucho más difícil de leer. 

Cuando regresé a Cuba en febrero de 2025, lo encontré sentado en las pequeñas escaleras de El Mejunje que dan a la calle. Tenía a su lado el equipo de música con el que durante años había recorrido la ciudad, pero estaba mucho más delgado y débil que el Crespo que yo recordaba. La enfermedad ya era visible en su cuerpo. Seguía, sin embargo, en el mismo sitio. Había vendido aquella casa precaria y conseguido otro espacio justo enfrente de El Mejunje. Hasta para mudarse había encontrado la manera de no irse. 

Después vinieron el hospital, un padecimiento terminal, y una Cuba cada vez más difícil para alguien como él. He pensado mucho en cómo habrá atravesado los últimos meses: los apagones, la comida cada vez más cara, los medicamentos que faltan. Crespo había sobrevivido inventando por aquí y por allá, como él mismo decía, pero envejeció y enfermó en un país donde sobrevivir exige cada vez más recursos que él nunca tuvo. 

Jorge Luis Crespo Jacomino, figura icónica del centro cultural El Mejunje, en Santa Clara
Jorge Luis Crespo Jacomino, figura icónica del centro cultural El Mejunje, en Santa Clara (FOTO Tomada de Internet)
Jorge Luis Crespo Jacomino, figura icónica del centro cultural El Mejunje, en Santa Clara
Jorge Luis Crespo Jacomino, figura icónica del centro cultural El Mejunje, en Santa Clara (FOTO Tomada de Internet)

Pero tenía El Mejunje. Y quizá esa sea también una parte de esta historia. Mucho antes de que la crisis actual hiciera de las redes de solidaridad una forma cotidiana de supervivencia en Cuba, El Mejunje ya funcionaba así. Organizaba, acompañaba, recogía, daba refugio. La comunidad que había sostenido a Crespo cuando era un joven con VIH seguía allí cuando envejeció y enfermó. 

Una vez me dijo que sus días preferidos eran los domingos. Miraba El Mejunje desde la mañana, cuando llegaban los niños, hasta la tarde de los viejos y la noche de los travestis.

«Yo me pongo a mirar a esos viejitos bailando felices y me siento agradecido de vivir. Muchos viejitos de esos han muerto horas después de estar aquí gozando con sus amigos, y así me quiero morir yo. Yo quisiera morirme antes que Silverio porque no sé qué va a pasar después en esta ciudad».

Crespo murió primero. No sé cuánto sufrió al final ni cuánto de aquella Cuba pudo seguir soportando. Pero sé que permaneció prácticamente hasta el último momento frente al lugar al que llegó un día, por casualidad, mientras esperaba que saliera un ómnibus de regreso a Ranchuelo. Tenía una hora y media para matar el tiempo. Entró en El Mejunje y se quedó allí el resto de su vida.

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Feria del Libro 2026: El centenario de las apariencias

La 34 Feria Internacional del Libro de La Habana, que concluyó el pasado 16 de agosto, fue atípica de muchas maneras. No ocurrió en febrero, como siempre, porque el Estado cubano recortó presupuestos e insumos de todo tipo tras la captura Nicolás Maduro en Venezuela y las presiones estadounidenses sobre la economía nacional que vinieron a continuación. Después de cancelar el evento, las autoridades fijaron una nueva fecha: mediados de agosto; la semana del centenario del nacimiento de Fidel Castro. 

En vez de diez días en la Fortaleza de San Carlos de la Cabaña, la Feria duró seis días en los almacenes de Línea y 18, en el Vedado. Estos almacenes se utilizan a lo largo del año para distintos tipos de eventos, pero su capacidad disponible para acoger público y stands, sobre todo tratándose de una cita de tamaña envergadura, es mucho más reducida que la que ofrece La Cabaña. La Sala Teatro Ciervo Encantado, ubicada en la misma cuadra, funcionó también como sala de presentaciones.

La Feria duró seis días en los almacenes de Línea y 18, en el Vedado.
La Feria duró seis días en los almacenes de Línea y 18, en el Vedado.

El logo de la edición remitía a la charretera única de Fidel Castro: un libro abierto que simulaba el rombo rojo y negro del Movimiento 26 de Julio. Asimismo, el país invitado de honor fue Rusia. Una elección nada casual en momentos de tensión política y, al mismo tiempo, otra de las maneras del Gobierno cubano de imponer la imagen de Fidel en cada aspecto posible.

La cola para acceder, históricamente larga y agotadora, pasó a ser un mero trámite de pocos minutos. La calle 11 del Vedado, una vía de mucho tráfico, nunca se cerró para el evento. Los automóviles pasaban constantemente. Aun así, al tratarse de una cola corta la mayoría de los días, nunca se produjo un altercado.

***

El lugar, la fecha, la locación y el inmenso calor de agosto —tan distante del fresco de febrero— cambiaron por completo la experiencia de la Feria. El placer de andar, la excursión que implica cruzar la bahía para vivir y experimentar una jornada diferente desapareció este año. Durante seis días se transformó en un almacén de puntal alto y cerrado y en un parqueo bajo el sol que transmitían cualquier cosa menos un espíritu ferial. En la manzana donde radicaba la Feria había una gran cantidad de policías y patrullas, algo muy distinto a ediciones anteriores.

«Esto parece más un almacén con libros que una feria de verdad», dijo una muchacha mientras se abanicaba con el programa. «El año pasado al menos había sombra y se podía caminar.»

Feria del libro de La Habana / Foto: cortesía del autor
Feria del libro de La Habana / Foto: cortesía del autor

Al entrar, lo primero que encontrabas era un salón vacío e inmenso. En sus dos esquinas había algunos puntos de venta y, como bienvenida, una foto tamaño real de José Martí junto a otra de Fidel Castro. Las editoriales del primer salón eran pocas y todas relacionadas con entidades estatales: la editorial de los Bufetes Colectivos, la Editorial de Asuntos Martianos y otras del mismo corte. Más adelante se hallaban varias mesas con computadoras donde se podían adquirir determinados libros en formato e-book. Quien decidiera comprar uno de estos libros electrónicos, debía llevar encima una memoria flash o el cable USB de su teléfono.

En el segundo salón del gran almacén comenzaba la venta de cualquier cosa que no fuera literatura: discos, bisutería, inciensos, atrapasueños… Esos stands rodeaban un gran espacio semicerrado dispuesto para el país invitado de honor. Allí se concentraba una considerable cantidad de libros, en su mayoría clásicos rusos, todos de tapa dura y en perfecto estado de conservación. Solo había un inconveniente: esos ejemplares, dignos de cualquier coleccionista, estaban en ruso. La sección podía considerarse, al mismo tiempo, la más atractiva y la más inútil de toda la Feria.

Feria del libro de La Habana / Foto: cortesía del autor
Feria del libro de La Habana / Foto: cortesía del autor

Detrás del salón ruso se encontraba la zona de las editoriales provinciales. Estos puntos de venta albergaban, como cada año, títulos viejos con una o dos décadas de impresión; tiradas pequeñas que nunca tuvieron ni promoción ni distribución. Ejemplares que simplemente salen de una caja y se guardan luego a la espera del año siguiente. De todas las editoriales, La Luz, de Holguín, fue la que más libros presentó y también la que tenía un aire más fresco y títulos más recientes. La mayoría de las mesas ni siquiera contaban con un vendedor al frente que respondiera o atendiera al público.

El almacén se completaba con puestos de dominó y ajedrez para jugar, música constante que salía de diversos equipos de sonido y los ya conocidos stands de venta en divisa. En ellos se ofrecían afiches, mangas, cuadernos de colorear, rompecabezas, postales y libros de Wattpad manufacturados. Esta es, cada año, la zona con los libros y artículos más caros: muchos ejemplares costaban 30 dólares o, en su defecto, 20 mil pesos. Ahí también había una mesa de la Embajada de Irán y otra de la Embajada de Angola. Podías encontrar un libro de libro de colorear de Peppa Pig y justo al lado una máscara tribal africana.

***

Al salir del gran almacén, el visitante llegaba a una plaza-parqueo a la intemperie, del mismo tamaño que la zona anterior. Allí radicaban las decenas de puestos de venta de comida, la mayoría con neveras llenas de hielo a causa de los apagones constantes. En algunas partes, el barrio del Vedado padece cortes de luz diarios de más de 30 horas, y para la Feria no hubo un circuito cerrado. Aunque la franja donde radicó la Feria sufrió menos afectaciones en esos días, hubo igualmente apagones, por lo que tuvieron que usar plantas eléctricas y paneles solares en varias partes de la plaza-parqueo (la mayoría propiedad de los propios vendedores de comida). 

Feria del libro de La Habana / Foto: cortesía del autor
Feria del libro de La Habana / Foto: cortesía del autor

En el área se formaba otra cola, más lenta que la primera. La carpa azul, llamada oficialmente «Gran Librería», lanza todos los años los libros nuevos y más codiciados por el público, o más bien aquellos que la organización de la Feria considera como tal. Dentro de la carpa había títulos recién reimpresos como Hombres sin mujer, de Carlos Montenegro; antologías poéticas de Julián del Casal; varios textos de autores rusos —esta vez sí en español— y también El maestro y Margarita, de Mijaíl Bulgákov. Los libros de la carpa azul eran, en su mayoría, de la Editorial Letras Cubanas. Aunque estos ejemplares no tenían un diseño decente, con un encuadernado pobre y hojas de mala calidad, también eran muy baratos. Afortunadamente, no pocos jóvenes visitaban esta carpa.

«Lo estaba leyendo en digital, pero no soporto la pantalla», dijo un muchacho de unos veintitantos mientras salía con Los hermanos Karamazov bajo el brazo. «Me enteré de que aquí lo tenían en físico y vine directo».

 A un costado de la «Gran Librería» se alzaba una tarima donde un grupo de payasos actuaba frente a decenas de niños acompañados por sus padres. Porque la Feria, más allá de los libros, sigue siendo también una salida familiar: mucha gente llega, no compra un solo título y, aun así, encuentra la manera de pasar un buen rato entre el ruido, el calor y el movimiento constante.

Actividades paralelas en la Feria del libro de La Habana / Foto: cortesía del autor
Actividades paralelas en la Feria del libro de La Habana / Foto: cortesía del autor

A la derecha de la tarima había otro almacén, más pequeño que el primero. No quedaba del todo claro si se trataba de la Sección Infantil o solo de una parte de ella. En la Feria faltaban guías y señalizaciones que orientaran al visitante y uno simplemente se topaba con los puntos de venta. Otro área quedó destinada a presentaciones y talleres cuya acústica resultaba pésima: apenas se escuchaba, incluso con micrófono. Allí estaban los stands dedicados a la ciencia ficción: una mesa con artículos steampunk, espadas de papier maché, un «espiritista» leyendo el tarot… El personal, en su mayoría muy joven, mantenía un trato cercano con el público, en marcado contraste con la desgana inmensa que se percibía en los stands institucionales.

Algún que otro funcionario se paseaba por la Feria. Llegaban un rato, hacían acto de presencia, saludaban y luego se iban. El ministro de Cultura Alpidio Alonso y el exviceministro Fernando Rojas aparecieron en varias jornadas, siempre cerca de oficiales de la policía o de otros funcionarios, y siempre alejados de los feriantes.

***

Al cerrar el telón y recoger, queda la sensación de una Feria disminuida. No solo en días o en público, sino en ambición y en espíritu. La cita parece haberse organizado más por inercia y para cumplir con un calendario político que por convicción cultural. El calor, la improvisación, los libros que no se pueden leer, los que nadie atiende, la poca o nula promoción de escritores jóvenes, los precios desconectados de la realidad de la mayoría, la propaganda que se impone sobre la literatura y la distancia cuidadosa entre el lector y las entidades… todo eso pesa y supone un deterioro.

Feria del libro de La Habana / Foto: cortesía del autor
Feria del libro de La Habana / Foto: cortesía del autor
Feria del libro de La Habana / Foto: cortesía del autor
Feria del libro de La Habana / Foto: cortesía del autor

Y, sin embargo, todavía importa que la Feria del Libro exista, y es vital que se haya hecho este año, cuando lo que se proyectaba era su cancelación definitiva. En un país donde casi todo es escasez y espera, un espacio —por imperfecto que sea— dedicado a los libros y a la literatura, al lector y al escritor, conserva un valor esencial, pues se trata de uno de los pocos lugares en los que todavía puedes tropezar con una página, una conversación o con la simple posibilidad de llevarse algo impreso a casa.

El cubano, en medio de este caos, quiere y decide leer. Aunque el papel sea malo, el diseño sea pobre, y aunque haya que sudar bajo el sol de agosto para conseguirlo, abrir un libro en Cuba es todavía un gesto tenaz y un modo de reclamar un territorio propio dentro de la precariedad. Sigue siendo una forma de no entregarse del todo.

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Espiritualismo cruzado cubano. Una conversación con Mariella Chaviano

Conocí a Mariella Chaviano cuando experimentaba lo que la psicología denomina crisis de la adultez; la mística. Despertar espiritual y la astrología; el retorno de Saturno. Mis experiencias con psicólogos fueron terribles y sentía que no había una razón de fuerza mayor para que me encontrara de esa forma, más allá de la frustración de ser joven en un contexto tan opresivo como el cubano. Así que me volqué en la religión, pero no en una en concreto. Durante el 2023 frecuenté clases de astrología, de cábala y una escuelita de desarrollo espiritual en Guanabacoa, pero mi interés por las religiones no era ni la mitad del que había tenido mi madre.

Cuando cumplí siete años, recuerdo despertar una mañana con un estruendo enorme que venía del baño. Mi padre había perdido el conocimiento. Recuerdo los pedacitos de cerámica blanca, esparcidos por el suelo, del lavamanos que tardó años en ser reemplazado.

Mi padre perdió la memoria y casi en su totalidad el lenguaje articulado, como sucede en los eventos cerebro vasculares. En esos meses mi madre tiró sus santos a la calle. Me cuenta que, por lo sucedido con mi padre y por la frustración de no salir adelante económicamente, comenzó a replantearse la autenticidad de todo en lo que había creído.

Vale aclarar que mi madre fue iniciada en la Regla de Palo Monte con 25 años. Un Tata Nganga bastante conocido, después de conocerla, le dijo que tenía un don muy grande y que, por cuestiones de salud, debía ser rayada de inmediato. Lo que hasta el momento era una atracción terminó convirtiéndose en su religión. Ella me cuenta que, años después, en medio de su crisis de fe, decidió abrir su Osun: una copa de hierro coronada por un gallo que mi madre había recibido junto a los guerreros, un fundamento cuyo equilibrio debía vigilarse porque su caída anunciaba un peligro. Para su sorpresa, algo que debía estar preparado y consagrado estaba totalmente vacío. El babalawo le había mentido y aquello que reposaba en su altar no era más que un adorno de hierro.

Así mi madre comenzó su peregrinaje por las religiones. La vi intercambiar la saya larga del culto de los Testigos de Jehová por ropa blanca y campanitas que se usaban en los encuentros angelistas: un pequeño círculo de mujeres que se reunía en mi casa para invocar a los arcángeles. También recuerdo con cariño una casa-culto pentecostal en la calle Virtudes, en Centro Habana, donde el pastor ponía un pañuelo sobre las cabezas de los fieles. El pañuelo representaba el espíritu de Dios y los fieles comenzaban a temblar, a llorar e incluso podían hablar en lenguas cuando sentían su presencia. Aquellos movimientos me recordaban mucho a una bailarina de Oyá que había visto caer en trance en una fiesta de tambor.

A mis 25 años, con el impulso de volcarme a las prácticas religiosas, sentí que cerraba un ciclo que mi madre había abierto años antes. Percibí que nuestra curiosidad teológica estaba mal vista por algunos que podían catalogarnos como personas sugestionables, inestables o necesitadas de sentirnos en comunidad. Y quizá todo eso era cierto. La verdad es que la depresión pasó. Gradualmente logré comer con normalidad, conciliar el sueño y llené varias agendas de apuntes y entrevistas. Asistiendo a estas prácticas en La Habana del 2023, me di cuenta de que las comunidades que se habían generado alrededor de la fe sostenían a una sociedad civil fragmentada por la escasez y la emigración. Así conocí a jóvenes babalawos que aprendían a leer cartas astrales y médicos que practicaban Ho’oponopono: un modo de sanación basado en la repetición de palabras o frases asociadas al perdón, la reconciliación y la liberación emocional. En la diversidad de esas aulas improvisadas encontré lo más similar a una República que he experimentado.

Una madrugada encontré un grupo en Facebook: Espiritualismo Cruzado Cubano, que compartía varias publicaciones bajo una misma firma: Mariella Chaviano. En aquel entonces, Chaviano era conocida por su praxis como espiritualista y también por la transferencia de conocimiento que estaba ejerciendo con sus escritos en ese grupo.

Mariella Chaviano / Foto tomada de FB
Mariella Chaviano / Foto tomada de FB

Aunque había leído sobre el tránsito de la doctrina kardeciana por distintos países de América Latina, al intentar rastrear su llegada a Cuba me encontraba con una especie de vacío. La historiografía sobre las religiones de la isla parecía haber dirigido su atención, con mucha más fuerza, hacia la Regla de Ocha, el Palo Monte, el culto de la Sociedad Secreta Abakuá. No es que el espiritismo no estuviera allí. Al contrario: su presencia era innegable. Pero me resultaba difícil seguir el rastro de su tradición.

La doctrina espiritista de Allan Kardec llegó a Cuba en la segunda mitad del siglo XIX, en un momento en que las ideas sobre la comunicación con el más allá ya circulaban por Latinoamérica. Aunque el espiritismo moderno tenía una importante vertiente angloamericana, fue la corriente kardeciana, difundida desde Francia y España, la que encontró una particular acogida en la isla. Su concepción de la reencarnación y de la evolución progresiva de los espíritus entró en diálogo con nociones presentes en algunas religiones africanas. 

En Cuba, el espiritismo no permaneció como una doctrina pura: pronto comenzó a convivir y articularse con prácticas de raíz africana y con el catolicismo. De ese largo proceso de encuentros y reelaboraciones surgiría lo que posteriormente se ha denominado espiritualismo cruzado, una expresión cuya definición e historia continúan siendo objeto de discusión. El debate no se ha limitado a las revistas científicas. También ha encontrado un foro amplio en las redes sociales, donde religiosos, tanto dentro como fuera de la isla, han protagonizado discusiones extensas y, en ocasiones, acaloradas sobre la naturaleza y los límites de esta práctica.

En dichos debates han sido cruciales los escritos de Mariella Chaviano y su labor como gestora de redes, sea Encuentro Virtual sobre Espiritualismo Cruzado o la Unión de Médiums y Espiritualistas Cruzados sin Fronteras-AS. Su trabajo no solo ha contribuido a conservar una memoria del espiritualismo cubano, sino también a mantenerlo conectado con otras comunidades y redes espiritualistas internacionales.

Si pensáramos en un cordón imaginario que une a los practicantes del espiritualismo en América Latina, diría que la labor de Chaviano ha permitido que los cubanos no soltemos esas manos. Que permanezcamos dentro del cordón. Pidiendo. Halando.

Mariella, un aspecto que me interesa de tu práctica es que propones el término espiritualismo cruzado para referirte a una serie de prácticas que tienen lugar en Cuba y en la diáspora ¿Podrías explicarnos por qué consideras más preciso hablar de espiritualismo cruzado cubano en vez de espiritismo, y qué implicaciones tiene?

Este enfoque de que el espiritismo cruzado consiste en la fusión o sincretismo de algunos elementos de la doctrina espiritista fundada por Allan Kardec con elementos de catolicismo popular, y de las reglas congas y de Ocha-Ifá no es mío. Data de hace tiempo. Este es el concepto de lo que en Cuba se ha dado a llamar espiritualismo cruzado, que es más que una creencia espiritual popular o una forma de espiritualismo bastante alejada de lo que es el Espiritismo (doctrina codificada por Allan Kardec). O sea, este es un concepto establecido hace bastantes años por investigadores como José Millet, Rómulo Lachatañeré, Natalia Bolívar, don Fernando Ortiz, Iliana Hodge, Yalexi Castañeda (más recientemente).

La diferencia fundamental entre el Espiritismo y el espiritualismo cruzado está en que el Espiritismo es la ciencia que trata de la naturaleza, origen y destino de los Espíritus y de sus relaciones con el mundo corporal. El Espiritualismo es ciencia, filosofía y religión moral.

No tiene jerarquías religiosas, ni vestimentas especiales, ni adoración de dioses, ni rituales, ni objetos sagrados. Por su parte, el espiritualismo cruzado es una creencia espiritual popular y religiosa, posee ritos, cree en las divinidades, posee objetos sagrados. No es ciencia; es en realidad una práctica mediúmnica.

Nuestra propuesta solo incluye un cambio de nomenclatura y no de la praxis. Este cambio de nombre está motivado por la necesidad que existe de evitar el uso ambiguo de la palabra espiritismo para referirse a dos prácticas mediúmnicas diametralmente opuestas: la doctrina espiritista llamada Espiritismo y las corrientes espirituales surgidas en Cuba llamadas espiritualismo cruzado y espiritualismo de cordón.

Esta ambigüedad ha ocasionado más de una confusión y malentendidos. Diferenciar entre la doctrina espiritista codificada por Allan Kardec y las diferentes corrientes espirituales cubanas es una cuestión de prioridad y de identidad. Pues es sumamente importante que cada grupo mediúmnico se identifique con lo que realmente practica.

Consideramos que el término correcto es espiritualismo, ya que la palabra Espiritismo fue acuñada por Allan Kardec en su obra cumbre, El Libro de los Espíritus, en el año 1857, cuando planteó que «las palabras espiritual, espiritualista y espiritualismo tenían una acepción bien caracterizada, y darles otra nueva para aplicarlas a la doctrina de los espíritus equivaldría a multiplicar las causas de anfibología».

El espiritualismo es la doctrina surgida en New York en 1848 tras los eventos de Hydesville. De esta han surgido diversas corrientes religiosas donde predominan rituales y objetos sagrados. El espiritualismo puede incluir muchas corrientes filosóficas o religiosas que reconocen la existencia del alma, del espíritu o de una dimensión espiritual. Admite ritos, vestimentas especiales, sacerdotes, etc. Teniendo en cuenta todo lo anterior, consideramos que las corrientes espirituales originadas en Cuba se identifican más con el espiritualismo y no con el Espiritismo.

Es común que un médium se centre en su desarrollo individual y comparta con una comunidad durante el proceso, pero tú has ido más allá. ¿Cómo descubriste que tenías una misión en la divulgación del espiritualismo? ¿Cuáles son los desafíos de liderar, desde un contexto tan difícil como el cubano, iniciativas como la Organización sin ánimo de lucro para los Médiums y Espiritualistas Cruzados del Mundo y el Primer Festival de Médiums de Latinoamérica?

Una pregunta muy interesante. En el año 2019, un hermano mexicano, Juan Baltazar, tuvo la iniciativa de crear el grupo de Facebook Espiritismo Cruzado y me invitó a conducirlo como moderadora y luego como administradora. Allí estuvimos como administradores hasta el año 2024. Este grupo fue fundamental para mi superación espiritual. Guardo excelentes experiencias de esa época y actualmente sigo participando como miembro. Allí observé que muchos hermanos de Cuba y la diáspora desconocían en qué consistía la práctica mediúmnica cruzada, la confusión que existía entre Espiritismo y estas prácticas, el desconocimiento de la doctrina espiritualista y la necesidad de instruir y divulgar estas enseñanzas. En este grupo, en junio del 2024, realizamos el I Encuentro Virtual sobre Espiritismo Cruzado, que este año celebrará su 6.ª edición, por primera vez con el nombre de Espiritualismo Cruzado. En el grupo me llamaban «la maestra». Pienso que me adjudicaron este nombre porque escribí muchas publicaciones instructivas sobre la práctica.

Supe que debía divulgar la doctrina espiritualista después de participar en la XIV Jornada Universalista coordinada por el hermano Pedro Fernández Pérez, donde se impartió una conferencia sobre Espiritismo. Publicamos un resumen de esta actividad en Facebook y el escrito tenía errores. El hermano en ideal, Walter Pérez Vila, presidente de la Sociedad Espiritista Faro de Luz en Holguín, comentó que el post contenía información incorrecta y a partir de ahí me puse a estudiar la doctrina del Espiritismo y su divulgación.

En la clausura del V Encuentro Virtual sobre Espiritismo Cruzado, los estudiantes del primer grupo de estudios quisieron crear una organización para asociar a todos los médiums cruzados del mundo y me propusieron como presidenta. Ahí surgió y se aprobó esta asociación.

Los desafíos nos han dado fuerza y motivación para perseverar. Pudiera pensarse que la falta de electricidad fue el obstáculo mayor para celebrar este primer Festival. Sin embargo, esto es insignificante, cuando lo comparamos con las mentes obtusas de muchas personas, principalmente líderes espiritualistas. Muchos de los participantes buscaron alternativas para estar con conexión, se subieron a la azotea, se transportaron largas distancias.

En los últimos diez años se ha producido un éxodo masivo de cubanos en travesías extremas, muchos de ellos practicantes de la religión afrocubana. ¿Le resta fuerza a la práctica espiritual si sus rituales se realizan fuera de Cuba, teniendo en cuenta que figuras muy presentes en el imaginario del espiritismo cubano como Francisca, Ta José o los espíritus Congo tienen que ver con la historia del país y con la esclavitud?

No, cuando la práctica mediúmnica cruzada se realiza fuera de Cuba no pierde fuerza en ningún aspecto. Al contrario, en la mayoría de los practicantes se arraiga más la fe. Los Espíritus desencarnados, en general, gozan de libre albedrío y eso les permite presentarse a cualquier lugar donde sean evocados. Incluso si fuesen evocados por un cosmonauta en una nave espacial, hasta allí ellos se presentarían, pues en el Mundo Espiritual no existen fronteras políticas ni geográficas. 

Los Espíritus que mencionas son tradicionales dentro de la práctica porque son evocados directamente para fines específicos. Esto significa que existe en ellos simpatía por nosotros y lo que practicamos, o esa es la misión providencial. 

Por tales razones, adonde quiera que un médium cruzado evoca a estos Espíritus, ellos se presentarán a guiar, auxiliar o sanar según sea la necesidad. Mientras animaron carne, sufrieron la esclavitud, pero ya como desencarnados, mediante las oraciones, comprenden que no están ligados al sufrimiento del plano terrenal y paulatinamente van progresando.

En los últimos años parece haber una presencia cada vez más fuerte de mujeres que sostienen espacios de espiritualidad y comunidad, tanto en Cuba como en la diáspora. ¿Sientes que ser mujer ha sido un factor determinante en la visibilización de tu trayectoria?

En el campo del espiritualismo cruzado la mujer ha gozado de más aceptación y facilidades para el desarrollo y las manifestaciones mediúmnicas que el llamado sexo fuerte. Aprovecho la oportunidad para puntualizar que los hombres también son excelentes médiums cruzados. Como mujer no he tenido dificultades para desarrollar esta idea ni para divulgarla. Al contrario, he contado con el apoyo incondicional de varios hermanos de diferentes regiones del mundo. Las limitaciones más bien han ido enfocadas a las ideas y no a la persona. 

Existe aún en Cuba bastante regionalismo y división entre los médiums de las diferentes corrientes espirituales. Reticencia al cambio y mejoramiento de las prácticas ancestrales. Esto es más bien lo que he percibido a través del trayecto recorrido.

¿Cuando te encuentras en una situación complicada, a cuál de tus espíritus sueles recurrir?

Desde el primer escollo hasta el día de hoy, la conga Mamá Francisca Siete Sayas y lo que sigue ha sido el bastón que me ha sostenido, el escudo que me ha protegido y la lanza que me ha defendido. Mis ojos y mis oídos. Este Espíritu no solo hace por mí, también es un baluarte en la vida de muchos ahijados y hermanos de la fe que me conocen y que visitan mi casa religiosa.

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Quiso derrocar a los Castro. Lleva 32 años preso y su hija nunca lo abandonó

La primera vez que Karen María León Alfonso vio a su padre tenía 16 años. Miguel Díaz Bauzá llevaba meses preso en la una cárcel de la Seguridad del Estado de Santa Clara y ella llevaba casi toda su vida sin verlo.

Miguel había salido de Cuba en 1980, cuando Karen tenía apenas un año y medio. Después, su madre biológica cayó presa y ella fue adoptada por una familia a la que, dice, amó y respetó hasta el último día de sus vidas. Ellos le dieron sus apellidos y nunca le ocultaron que tenía otro padre y otra madre.

Una tarde alguien le señaló la pantalla del televisor y le dijo: «¿Tú quieres conocer a tu papá? Míralo ahí».

En el noticiero aparecían las imágenes de Miguel y de otros hombres que habían llegado con él a costas cubanas. «Decían cosas que no eran agradables sobre él y sus compañeros. Saben cómo es aquí la política», dice Karen a El Estornudo. 

Miguel había desembarcado en Cuba en 1994 con un grupo procedente de Estados Unidos para organizar un levantamiento contra el régimen de Fidel Castro. Lo acompañaban entonces Armando Sosa Fortuny, Jesús Rojas Pineda, José Ramón Falcón Gómez, Pedro Visao Peña y Lázaro González Caraballo.

Fue detenido el 16 de octubre de aquel año y condenado luego a 25 años de prisión por varios delitos contra la seguridad del Estado. Tenía 51 años.

Un mes después de aquel noticiero, un hermano de Miguel llegó a casa de Karen para pedir permiso a sus padres adoptivos para llevarla a verlo. Miguel lo había pedido.

Fueron a Santa Clara. La llevaron a una pequeña sala de la policía política donde había solamente «un sofá, un aire acondicionado y una puerta».

Karen y su padre / Foto de cortesía
Karen y su padre / Foto de cortesía

Lo primero que Karen recuerda del encuentro es el olor de su padre. Después recuerda al «hombre imponente» que entró. «Era grande y fuerte, y sin nadie presentarnos se me vino encima me abrazó y me empezó a besar. Me llamaba “mondongo”». 

No fue un encuentro sencillo. «Realmente, fue un momento incómodo porque yo no conocía a esa persona que me abrazaba y me besaba».

Aquel fue el único encuentro que tuvieron en Santa Clara. Después del juicio, Miguel fue trasladado a una prisión de Camagüey para cumplir su condena y la relación quedó reducida, durante años, a las cartas.

Karen no tuvo entonces una infancia compartida que recuperar ni recuerdos de un padre que hubiera estado presente en su crecimiento. Tuvo que conocerlo al revés: primero vio al hombre acusado en la televisión nacional; después, al preso y, poco a poco, al padre.

En 2001, Miguel fue trasladado nuevamente a Villa Clara. Desde entonces, Karen es la que se ocupa de todas sus cosas.

Han pasado más de tres décadas desde aquel primer encuentro. La historia de Miguel se ha convertido en una de las más largas del presidio político cubano: 32 años encarcelado.

Karen aclara que siempre hablará «con la verdad» y subraya que Miguel es su padre biológico, pero que guarda en su «corazón el espacio de la palabra “papá”» para quien la adoptó. Aun así, explica que la relación entre ambos «se ha construido siempre desde el respeto y la admiración, con un cariño que ha crecido con el pasar de los años».

El expreso político Jorge Luis García Pérez (Antúnez), sostiene una foto de Miguel Díaz Bauzá / Foto: Roberto Koltun/Facebook.
El expreso político Jorge Luis García Pérez (Antúnez), sostiene una foto de Miguel Díaz Bauzá / Foto: Roberto Koltun/Facebook.

Los recuerdos con él son muchos, dice, aunque casi todos se han construido con rejas detrás. «No es muy placentero contarlos, pues todos son en prisiones y con un preso de su estirpe… ya te podrás imaginar».

Miguel, cuenta Karen, nunca ha dejado de ser fiel a sí mismo. «Él no dice malas palabras ni le gusta que las digan. Es muy correcto a la hora de dirigirse a cualquier persona. No tiene malas costumbres ni malos hábitos. Es de los hombres del siglo pasado, donde la educación era clave».

Según cuenta Karen, quienes compartieron prisión con él «lo describen como un hombre incómodo para las autoridades carcelarias». «Es un dolor de cabeza. No se le queda callado a nadie cuando de violaciones o de abuso se trata, contra él o contra cualquier preso». 

También busca a los más jóvenes. «Le gusta darles consejos, sobre todo para que no vuelvan a caer en prisión». 

Su manera de resistir, según Karen, tiene que ver con sus convicciones. «Su resistencia se la debe a sus principios y a su convicción sobre la justeza de su causa».

En la prisión de Camagüey, Miguel protagonizó un episodio que terminó alargando su condena. En 1999 participó en una protesta por las condiciones y los abusos contra los presos y fue condenado por amotinamiento a otros 20 años. Las dos causas se acumularon en una sola sanción de 36 años de privación de libertad, la que cumple actualmente. El 15 de octubre de 2030 terminaría la condena del preso político más longevo de la isla.

Tras ser juzgado por el amotinamiento, estuvo nueve años sin poder recibir visitas. 

Los 32 años de prisión también han pasado factura a su salud. Miguel padece hipertensión, diabetes y problemas renales, y, según su familia, las condiciones del penal dificultan que pueda mantener adecuadamente sus tratamientos. «También tengo vitiligo, que me ha caído después de viejo, no sé si es por el estrés», declaró Bauzá en una pasada entrevista.

Miguel Díaz Bauzá
Miguel Díaz Bauzá / Foto de cortesía

La furia por las injusticias

Karen conserva sus propias escenas sobre la resistencia de su padre. Una ocurrió en el penal conocido como «el Pre», en Santa Clara.

Ella vive a unos 60 kilómetros y aquel día llegó un poco más tarde de lo habitual, cuando los demás familiares ya habían entrado. Le dijeron que tendría que esperar hasta el horario de la tarde. Pero Miguel se enteró de que ella estaba afuera.

«Yo no sé de qué forma él se enteró que yo estaba ahí ni lo que él formó allá dentro. Pero unos 20 o 30 minutos después vino un oficial corriendo, nos preguntó si éramos la familia de Bauzá y sin revisarnos nos entró al penal».

Cuando lo vio, estaba furioso. «Tenía la respiración exaltada y estaba rojo como un tomate». Karen intentó calmarlo porque había niñas presentes. No funcionó.

Miguel esperó el momento oportuno y, «con las manos detrás y hablando casi en un susurro», enfrentó al guardia. Karen tuvo que intervenir.

«Como único se calmó fue cuando lo amenacé con irme y no volver nunca más». Ella sabe que fue dura. También dice que sabe por qué lo hizo.

Miguel estaba reclamando lo que consideraba una injusticia: que una mujer que viajaba desde lejos con dos niñas pequeñas tuviera que regresar a casa sin siquiera poder entrar a verlo.

No fue la única vez.

En otra visita, Karen llegó temprano. Pero una funcionaria le prohibió entrar porque llevaba una saya y, según le dijeron, no estaba permitida en el penal.

Karen intentó demostrar que debajo llevaba varias prendas. No fue suficiente.

«Le di todo a mis niñas y les dije que entraran ellas y yo las esperaba afuera». Otra vez, al rato, un oficial vino a buscarla y la dejó entrar. «Ese día la que estaba que “bufeaba” era yo».

Son escenas pequeñas frente a los 32 años de prisión. Pero en la memoria de Karen cuentan porque dicen algo del hombre al que ha aprendido a llamar padre.

Unas horas de libertad

Cuando Miguel recibe un pase y puede salir del centro penitenciario «Campamento la 2», en Remedios, Villa Clara, donde se encuentra recluido actualmente, el tiempo cambia. 

Entonces no está solamente el preso político ni el hombre que lleva décadas enfrentado a las autoridades. Aparece el abuelo.

Tiene dos hijos, cinco nietos y tres bisnietos.

Miguel Díaz Bauzá y sus nietos / Foto de cortesía
Miguel Díaz Bauzá y sus nietos / Foto de cortesía

«Cuando sale de pase, a él lo que le gusta es pasar el tiempo con sus nietos y bisnietos. Es un niño más en la casa a la hora de jugar con ellos». 

Después cocina. «Cuando no está con los niños se pasa todo el tiempo cocinando, le fascina». 

Esos momentos permiten asomarse a una vida que pudo haber sido otra. Una vida de padre, abuelo y bisabuelo que no transcurrió enteramente dentro de una prisión.

Cuando hablan, los temas también son otros. «Nos cuenta cómo fue su vida en Estados Unidos. Como fueron esos pocos años que vivimos juntos. Yo era un bebé y no me acuerdo de nada de esa época. Hablamos de cosas de familia, de objetivos, metas».

Y hay algo que Karen dice admirar especialmente. «Mi papá es un hombre de una convicción muy fuerte y profunda».

Dos lágrimas por un pueblo y un país que ya no existe

Caibarién, su pueblo natal, fue el lugar que Miguel dejó en 1980 y al que regresó décadas después, durante uno de sus pases. 

«No dijo nada al llegar. Se paró. Le corrieron dos lagrimones por el rostro. Contuvo el aire y seguimos caminando». 

Ya en casa, Karen le preguntó si había llorado de nostalgia. La respuesta fue otra. 

«Me dijo que le dio mucho dolor ver que el pueblo esplendoroso, la llamada Villa Blanca que dejó atrás, se había deteriorado tanto. Expresó que el lugar se podía comparar con un bombardeo de cualquier ciudad de la Segunda Guerra Mundial». 

Para entonces, el hombre que había salido de Cuba más de cuatro décadas atrás podía comparar dos fotografías del mismo lugar: la que conservaba en la memoria y la que encontraba frente a sus ojos, «destruido por el comunismo y la desidia», expresó.  

Miguel Díaz Bauzá en uno de sus días de pase  / Foto de cortesía
Miguel Díaz Bauzá en uno de sus días de pase / Foto de cortesía

Para Karen, también había una prisión nueva que observar: la del país entero. La situación de las cárceles se suma a la situación del país y a la imagen de Caibarién que Miguel encontró al regresar.

Pero, pese a todo, cuando sale de pase no parece buscar grandes cosas.

Busca tiempo.

Tiempo para hablar con su hija y los niños de casa.

Después de 32 años de prisión, esto es lo que Miguel quiere:

«Él tiene actualmente 83 años y termina su sanción en el 2030. Él solo quiere vivir en libertad, al lado de sus nietos y bisnietos. Vivir en un país democrático, donde cualquiera pueda pensar y actuar diferente en términos de política, y eso no sea un delito. Quiere terminar los días que le quedan al lado de su familia, en su isla, pero también aspira a poder vivir en una nueva Cuba donde la palabra comunismo o comunista no exista». 

Karen no puede recuperar los años que no ha estado cerca de su padre. Tampoco puede inventarse recuerdos que no tiene. Puede contar, en cambio, lo que sí construyeron: una relación cercana y sostenida durante años por cartas y visitas y que, con el tiempo, encontró otra forma de existir cada vez que Miguel cruza la puerta de la casa al salir de la cárcel.

Entonces el preso desaparece por unas horas.

Y está presente el padre que pregunta por su hija.

Y una familia que, después de más de tres décadas, todavía espera que Miguel pueda quedarse.

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Archipiélago por dentro

Las reacciones que ha suscitado la excarcelación de Luis Manuel Otero Alcántara y su llegada a los Estados Unidos son señas de una trágica realidad. La oposición cubana se le ha ido de las manos a la propia oposición, de modo que es incapaz de prestarle servicios a su causa última: a saber, el cambio de régimen en Cuba. Los unos porque dictan cómo debe ser la oposición y ahogan cualquier iniciativa que no entre en su canon; los otros, porque dedican buena parte de su atención y energía a combatir esa conducta.

El rencor, con sus altas y bajas, ha sido parte constitutiva de la oposición cubana. Dadas las circunstancias, no ha podido ser de otra forma. Digamos más, toda iniciativa de cambio político comienza con la indignación. La cuestión está en que esta evolucione hacia formas racionales, y quienes se impliquen en política tienen la responsabilidad de facilitar este proceso. Es lo que no sucede en Cuba, y ello da cuenta de la minoría de edad de su actual oposición.

Uno de los experimentos más interesantes, no solo de los últimos años, sino, a mi juicio, de la extensa y diversa historia de la oposición cubana, fue la plataforma de acción cívica Archipiélago. Esto no lo digo porque yo haya tomado parte. De hecho, como se verá, quien escribe fue apenas una «esquinita» de Archipiélago, como me dijera un agente de la Seguridad del Estado (SE).

Lo que sigue es mi experiencia. A partir de aquí, como Georges Perec, hablo de lo que «me acuerdo».

Llegué a Archipiélago por recomendación de dos amigos poetas, Javier L. Mora y Zulema Gutiérrez, hoy residentes en Polonia. Ellos ya integraban el equipo de moderación de la plataforma. Hacía años, en una noche holguinera de fiesta, yo había conocido a Yunior García. Vi una de sus obras teatrales y me agradó sobre todo por sus implicaciones políticas. Era directa, sin «metatrancas» ni florituras. Recuerdo que intercambiamos unas palabras breves y significativas. «Concuerdo con tus ideas», le dije. «Todo el mundo concuerda», me contestó, medio en broma medio en serio.

El equipo de moderación estaba compuesto casi únicamente por artistas e intelectuales. Según recuerdo, durante el tiempo en que yo estuve, casi siempre osciló entre los 20 y 25 miembros. Las mujeres eran mayoría, y varios compañeros venían del activismo LGBTIQ+. Los había de izquierdas y de derechas, algunos muy escorados. Recuerdo la indignación mía y de Daniel Triana cuando un compañero publicó en Facebook una loa a Pinochet. Recuerdo a alguien diciendo en cierta ocasión: «este grupo corre el riesgo de terminar en la izquierda, con la cual soy incompatible filosófica y políticamente».

Nos reuníamos en llamadas grupales de Telegram, casi a diario. En principio, la idea era tomar las decisiones de manera horizontal. «Cada decisión tomada en Archipiélago ha sido el resultado de un amplio y profundo debate entre un grupo de moderadores cubanos, de quienes me siento orgulloso. La democracia que ha nacido en ese grupo tan diverso me devuelve cada noche las esperanzas en el futuro de Cuba», publicó en cierto momento García. 

Todos los votos valían igual; sin embargo, había opiniones que valían más que otras y, en la práctica, arrastraban votos. El teatrólogo Habey Hechavarría era uno de los pesos pesados del grupo. No por imposición, sino por su inteligencia y lucidez. Y luego estaba el liderazgo de Yunior García. Recuerdo que, al fijar la primera fecha de nuestro objetivo principal, la Marcha Cívica por el Cambio, el régimen respondió anunciando unos ejercicios militares en la misma jornada. La opinión de que la Marcha debía retrasarse hasta el 27 de noviembre fue casi unánime. Era una fecha simbólica; escapaba de las jornadas de ejercicios militares; tendríamos más tiempo para prepararnos, etcétera. García propuso la idea de que no debía retrasarse, sino adelantarse para el 15 de noviembre de 2021. Recuerdo que lo hizo con entusiasmo y contagió a la mayoría. Yo voté por otro 27N. La votación arrojó el 15N.

En lo interno, creo que los mayores logros de Archipiélago fueron la conciliación de la diversidad y el sentimiento de camaradería, la seguridad de tener detrás un equipo dispuesto a desbarrancarse por ti. Recuerdo que fue molesto cuando la Seguridad del Estado me detuvo un día antes de la Marcha, pero puedo afirmar categóricamente que no sentí miedo. Confiaba en mis compañeros y sabía que mi detención activaba la estructura que habíamos construido. De eso se trata, de establecer vínculos, construir redes y canales de acción, comunicación y diálogo. Articularse. El error, a mi juicio, estuvo en no expandir esas estructuras, en no trabajar con las bases. Debimos salir a la calle a como diera lugar, poner el cuerpo, aun si nos costaba la prisión o la vida. Quizás por este motivo la gente no salió a marchar el 15N. No voy a culpar a un país por lo que hace o deja de hacer. Nosotros lanzamos una convocatoria que no se materializó. Algo debimos hacer mal.

Vale decir que en esos tiempos la presión fue horrible. Los tres agentes de la SE que me «atendían» iban a mi trabajo y la directora les cedía su oficina para que me interrogasen. Estando en un parque con mi novia de entonces, llegaban y le decían: «Préstamelo un momento». Cosas por el estilo… Amenazas y amenazas «profilácticas»… «para que no caigas preso». Días antes del 15N, recuerdo que un amigo dijo conocer a una señora cuyo hijo era de las Tropas Especiales. «Salgan a arrancarle la cabeza a quien proteste ese día», dice que le dijeron. Escuché muchas historias así. Camiones de Avispas Negras permanentemente en los parques. Ciudades militarizadas. Quien no ha tomado acción contra un régimen de estas características no puede imaginarse el peso que conlleva, o al menos no de manera precisa. Es una carga odiosa, pero se lleva con dignidad y uno hasta llega a tener la ingenua sensación de que está «a la vanguardia de la historia» o algo semejante.

Recuerdo que el 15N un compañero de Archipiélago me recomendó que no saliera. El día anterior, yo había sido obligado a firmar un documento en la prisión que contemplaba un mínimo de 15 años de privación de libertad si finalmente salía. De cualquier manera, tenía agentes de la SE apostados en cada esquina de mi casa. No hubiese llegado más allá de una cuadra. La Marcha fue un fracaso, pero estábamos dispuestos a continuar.

De pronto, Yunior García no aparecía. Aquello era más o menos usual, porque desde antes el régimen cubano le había cortado las vías de comunicación. No obstante, él siempre se las arreglaba para enviar un mensaje o conectarse desde otro teléfono. Al cabo de dos o tres días apareció en España. Que yo sepa, ningún compañero estaba enterado de lo que se había urdido. Paradójicamente, García había tomado, a título personal, la decisión más importante en la breve historia de Archipiélago. Y nosotros exigiendo una ridícula «fe de vida». «Fe de visa», comenzó a chotear la gente.

Las cuestiones personales o familiares no deben estar sujetas a inquisición, pero en este caso la probidad no solo de la plataforma, sino del movimiento opositor en Cuba estaba en juego. Era un tema personal —de Yunior García—y también nacional. Tuvo que elegir y a nadie se le puede exigir un liderazgo. Si yo fuera él, tendría un fantasma aguijoneándome la cabeza todos los días de mi vida, sobre todo al ver la deriva de Cuba.

Recuerdo aquella reunión, ya con García en Madrid. Ninguna explicación fue suficiente. El grupo implosionó y se anunció una baja tras otra. Quedamos algunos y luego hubo una serie de intrigas que no conocí. Me mantuve como parte del equipo, pero alejado.

Archipiélago naufragó; sin embargo, logró en su momento lo que hoy día es impensable. Basten los siguientes ejemplos para ilustrarlo. Silvio Rodríguez fue el «primero en enterarse» de la idea de Archipiélago. García se la comunicó durante un «fraterno» encuentro, poco después de las protestas del 11J. Un par de meses después, Ramón Saúl Sánchez, veterano opositor afincado en Miami y miembro del grupo radical Alpha 66, daba su apoyo a la plataforma. Con esto no quiero decir que no recibiéramos palos. Los hubo y muy duros. No obstante, el equipo trabajó desde una vocación ecuménica y consiguió atraerse las simpatías de un amplísimo rango de la oposición. Debo decir que los esfuerzos del compañero Leonardo Fernández Otaño y del ya mencionado Habey Hechavarría, ambos católicos, fueron claves en este sentido.

Como hizo Oswaldo Payá a principios de siglo, Archipiélago agotó las reglas del régimen cubano. Intentamos jugar dentro del marco legal y las autoridades rechazaron cada una de nuestras solicitudes. Obligamos al gobierno a pisotear su propia Constitución ante los ojos del mundo. Asimismo, Archipiélago basó su propuesta en el diálogo. ¿A qué otra cosa puede aspirar la oposición política? El eslogan «no al diálogo con la dictadura» es eso: un eslogan vacío, una estúpida entelequia. En algún punto habrá que sentarse a la mesa del diálogo; eso sí, bajo condiciones favorables para la oposición, como se hizo en Argentina, Chile, España o Europa del Este, incluso en Rumanía, después de muerto Ceaușescu, donde varios exmiembros del Partido Comunista fueron llamados al gabinete de transición encabezado por Ion Iliescu.

Y la visibilidad y el alcance de la plataforma fueron, indudablemente, muy amplios. El Noticiero de Televisión dedicaba todas las noches un segmento orwelliano a hablar de Archipiélago y sus moderadores, donde se llegaron a decir lindezas como que nos habían pagado siete millones de dólares, donde se construyó una patética historia de un personaje nombrado el «agente Fernando» que era tan idiota como para pintar a un Yunior García con la mano en el pecho diciendo algo como «consagro mi vida a la contrarrevolución». Nadie les creía. Le habíamos arrancado la hoja de parra a un régimen que ahora caminaba frente a todos como el rey del cuento de Andersen: desnudo. Pero eso fue todo. No fuimos capaces de pararle los pies.

Mirando hacia atrás, desde la distancia, creo que no estuvimos a la altura del juego. No solo García. El grupo nunca supo a cabalidad lo que estaba haciendo, la responsabilidad que tenía, e, incluso, creo que ni siquiera conocía muy bien el tablero en que jugaba. Queda el agradecimiento a todos por su valentía y su compromiso. Y queda la experiencia, que, como alguien dijo una vez, es tan cara que solo es posible pagarla con el tiempo.

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