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Published — 7 September 2026 the conversation - Artículos, análisis, comentarios

Los migrantes en el discurso periodístico ceutí: ¿víctimas o villanos?

Migrantes marroquíes en las calles de Ceuta el pasado 30 de agosto. RTVE

A lo largo del mes de agosto, Ceuta se ha convertido en el escenario de un episodio migratorio de dimensiones excepcionales. Más de 70 000 personas accedieron irregularmente a la ciudad entre finales de julio y principios de agosto, a nado o bordeando a pie el espigón fronterizo con Marruecos. Durante las semanas siguientes las llegadas, los fallecimientos, la seguridad y la respuesta institucional ocuparon (y siguen ocupando) buena parte de la actualidad local.

En este contexto, la prensa ha desempeñado un papel fundamental a la hora de contar lo sucedido. Para convertir los acontecimientos en noticia, el periodista debe decidir qué cuenta, qué destaca y cómo denomina a los actores implicados. Esto no significa que invente los hechos, sino que todo relato periodístico implica una forma de organizar y presentar la información. Esta cuestión adquiere especial importancia cuando hablamos de migración, porque las palabras y expresiones utilizadas influyen en la imagen que se ofrece de las personas migrantes y de quienes intervienen en estos sucesos.

El lingüista Teun A. van Dijk ha estudiado ampliamente este fenómeno. Una de sus propuestas más conocidas es el llamado “cuadrado ideológico”, que ayuda a explicar cómo el discurso puede presentar de manera diferente al grupo con el que nos identificamos –“nosotros”– y a otros grupos que percibimos como externos –“ellos”–. En los discursos sobre inmigración, esta distinción puede situar a la sociedad receptora en el primer grupo y a las personas migrantes en el segundo.

Según los trabajos de Van Dijk, esta forma de presentar a unos y otros puede manifestarse de varias maneras: se pueden destacar aspectos negativos de “ellos”, asociándolos con la ilegalidad y la falta de adaptación, mientras se resta importancia a aspectos positivos como sus aportaciones sociales o económicas.

Del mismo modo, pueden destacarse aspectos positivos de “nosotros”, relacionados con la solidaridad, la tolerancia o la ayuda, y atenuarse otros negativos, como el racismo, la discriminación o los prejuicios.

El análisis de las noticias

Para analizar el discurso de la prensa ceutí, examinamos las noticias publicadas entre el 30 de julio y el 31 de agosto en la sección “Frontera” de dos periódicos locales: El Faro de Ceuta y Ceuta Actualidad. Al revisar las expresiones que aparecen con mayor frecuencia, encontramos “entrada masiva”, “crisis migratoria” o “atención humanitaria”.

El análisis cualitativo muestra que las personas migrantes no aparecen representadas siempre de la misma manera. Por una parte, encontramos formulaciones relacionadas con el desbordamiento y la amenaza. Por ejemplo: “Es el reflejo de lo que siempre se ha llamado invasión. ¿Cómo va a soportar Ceuta esta presión?”“.

En este caso, términos como "invasión” o “presión” ponen el foco en el impacto de la llegada de miles de personas y presentan a los migrantes como un colectivo numeroso que desborda la ciudad.

Sin embargo, en las mismas noticias también encontramos expresiones que acercan al lector a sus circunstancias individuales: “Algunos han rebuscado entre contenedores de basura en busca de algo que comer” o “Hay chicos que quieren volver y niños que preguntan por sus madres”.

Las personas son las mismas, pero cambia la forma de mostrarlas: ya no aparecen únicamente como parte de un grupo que llega y desborda la ciudad, sino como personas con hambre, miedo y vínculos familiares.

En otras noticias, la atención se centra en las consecuencias humanas de la migración, como en el siguiente ejemplo: “Existe otra realidad que crece con el paso de las horas: la de las familias que desconocen qué ha ocurrido con sus seres queridos después de que intentaran cruzar a nado o por vía marítima hasta la ciudad autónoma”.

En este caso, el foco deja de estar en el grupo y se acerca a las personas y a sus historias: personas desaparecidas y familiares que esperan noticias. Estos ejemplos muestran que los migrantes no aparecen siempre de la misma manera en la prensa ceutí. En ocasiones se presentan como una colectividad que cruza, presiona o desborda y, en otras, como menores, familias o personas concretas en situaciones de vulnerabilidad.

Una realidad con muchos protagonistas

Dicho lo anterior, nuestro análisis muestra algo más. La entrada irregular no es el único foco de las noticias publicadas por ambos periódicos, ni los migrantes son sus únicos protagonistas. Durante el mes de agosto aparecen de forma recurrente otros temas: la gestión de la frontera, las relaciones entre España y Marruecos, las exigencias a los responsables políticos y las reacciones de los propios ceutíes.

Esta variedad de asuntos muestra que las críticas no se concentran en un único actor. En las noticias analizadas aparecen distintos protagonistas a los que se responsabiliza de determinados problemas o actuaciones. Así, encontramos referencias a cargos políticos, a la actuación de las autoridades marroquíes y a comportamientos incívicos de grupos de la propia ciudad.

Los datos y el análisis de los dos periódicos locales muestran, por tanto, una realidad más compleja que una simple división entre dos grupos enfrentados. Preguntarnos si los migrantes son únicamente “víctimas” o “villanos” puede dejar fuera buena parte de esta complejidad: los distintos actores que intervienen, las responsabilidades que se les atribuyen y las diferentes situaciones que conviven en un mismo acontecimiento.

El análisis de las noticias muestra precisamente que la forma de presentar a los distintos protagonistas cambia según el aspecto de la realidad en el que se pone el foco. Así, víctima y villano no son tanto dos respuestas como dos formas posibles de mostrar una realidad mucho más amplia.

The Conversation

Realicé un periodo de prácticas de 3 meses en el periódico mencionado Ceuta Actualidad (en 2018).

La paradoja antártica: nunca supimos tanto sobre el continente helado, pero quizá no sabemos lo necesario

Base Antártica Española Juan Carlos I. UTM-CSIC

En 1959, en plena Guerra Fría, 12 naciones se sentaron a negociar el futuro de un continente en el extremo sur del planeta y casi completamente cubierto de hielo. El resultado fue el Tratado Antártico, un acuerdo internacional que estableció que la Antártida debía ser un continente dedicado a la paz y la ciencia.

Aquel tratado creó un sistema de gobernanza único para un lugar único. Décadas después, para reforzar su protección ambiental, se firmó en Madrid el llamado Protocolo al Tratado Antártico sobre Protección del Medio Ambiente o Protocolo de Madrid. En él se declaró la Antártida como una reserva natural dedicada a la paz y la ciencia, prohibiendo la explotación de recursos minerales, salvo con fines científicos.

En la actualidad, el tratado cuenta con 58 miembros y su conservación depende de la cooperación internacional y la capacidad de alcanzar acuerdos entre países. Durante más de 60 años, este sistema ha mantenido el continente helado como un espacio excepcional de cooperación científica internacional.

Hoy en día, la Antártida está más vigilada que nunca. Satélites, bases científicas, barcos oceanográficos, sensores remotos y campañas internacionales producen cada año una enorme cantidad de datos sobre el hielo, el océano, el clima y sus ecosistemas. Sabemos más que nunca sobre su fauna, el retroceso del hielo y la contaminación.

Sin embargo, más ciencia no significa necesariamente mejores decisiones.

En un estudio publicado recientemente en People and Nature, planteamos precisamente esta paradoja: la investigación actual en el continente helado produce una gran cantidad de información, pero no siempre genera el conocimiento necesario para guiar su protección.


Leer más: La huella química de los humanos en la Antártida


Un caso reciente: la pesca de kril

La península antártica es una de las zonas donde coinciden con más intensidad la pesca de kril –pequeños crustáceos marinos– y la presencia de especies que dependen de él, como pingüinos, focas, peces y ballenas. Por eso, a la hora de regular la pesca no basta solo con fijar un límite total de capturas. Si una parte demasiado grande de esta actividad se concentra en una zona especialmente sensible, el riesgo ecológico puede aumentar aunque el cupo total no se haya superado.

Para reducir ese riesgo, desde 2009 la medida CM 51-07 distribuía espacialmente el límite precautorio de captura de kril entre varias subáreas de pesca. Por ejemplo, el límite total para el Área 48 era de 620 000 toneladas por temporada, pero la subárea 48.1, que abarca gran parte de la península antártica, tenía un cupo específico de 155 000. Ese reparto buscaba evitar que la presión pesquera se concentrara excesivamente en esta región a la vez frágil, productiva y codiciada por la actividad pesquera.

En 2024, la Comisión para la Conservación de los Recursos Vivos Marinos Antárticos, el organismo internacional que regula la pesca en el océano Austral, se reunió para decidir si mantenía ese reparto espacial del cupo de kril. La medida expiró y no se renovó.

En consecuencia, desde la temporada de pesca de 2025, ya no está distribuido el límite de captura de kril entre esas subáreas de pesca. Su expiración se debió a la dificultad de alcanzar un acuerdo entre los países miembros del tratado con la información científica disponible. Este caso mostró hasta qué punto la gestión de la Antártida depende de contar con una base científica sólida, compartida y útil para apoyar decisiones colectivas.

Un pequeño crustáceo semitransparente flotando sobre una roca
Kril antártico. Tarpan/Shutterstock

Una protección bajo presión

Cuando los datos no son suficientes, no son comparables o no se traducen en acuerdos sólidos, las decisiones pueden acabar reflejando más los bloqueos políticos y los intereses económicos que el principio de precaución.

Hoy, esto importa especialmente porque hay una fecha en el horizonte: 2048. El Protocolo de Madrid, que prohibió la explotación de recursos minerales salvo con fines científicos, podría ser revisado a partir de ese año. Se espera que en el futuro el continente sea físicamente más accesible que cuando se diseñó su actual marco de protección. Las proyecciones indican que las zonas libres de hielo podrían aumentar alrededor de un 25 % hacia finales de siglo, aumentando su accesibilidad y modificando los intereses geopolíticos y económicos sobre el territorio.

Si llegamos a posibles debates sobre recursos minerales, presencia humana o nuevas formas de explotación sin una ciencia integrada, sostenida y aceptada como base común, la protección de la Antártida podría depender más de negociaciones políticas que de una evaluación sólida de los riesgos.


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La opacidad epistémica antártica

En nuestro trabajo usamos el concepto de “opacidad epistémica” para describir una situación aparentemente paradójica: puede haber muchos datos científicos y, aun así, faltar una visión clara, integrada y útil para tomar decisiones.

La opacidad surge cuando la información existe, pero está fragmentada. Cuando los estudios no son comparables entre regiones. Cuando los datos científicos disponibles no responden directamente a las preguntas que deben resolver quienes toman decisiones. O cuando la información científica existe, pero no llega de forma integrada, comprensible y útil a los espacios donde esas decisiones se toman.

En la Antártida, este problema no se debe a la falta de buena ciencia. La investigación antártica ha producido descubrimientos fundamentales para entender el planeta. El problema está en cómo se organiza, financia, coordina y utiliza esa ciencia. Un estudio reciente sobre seguimiento a largo plazo en la Antártida mostró, por ejemplo, que más del 60 % de las investigaciones se centran en megafauna carismática, como pingüinos y mamíferos marinos.

La solución no es simplemente producir más artículos científicos. Es generar conocimiento más integrado, mantenido en el tiempo y conectado con las necesidades de conservación y gobernanza. Esto implica reforzar los seguimientos a largo plazo, armonizar protocolos, coordinar observatorios, compartir datos y asegurar que las regiones y procesos menos visibles también formen parte de la agenda científica.

Afortunadamente, la comunidad científica antártica no es ajena a este problema. En los últimos años han surgido iniciativas internacionales que avanzan en esa dirección: mayor coordinación entre programas, integración de datos, identificación de prioridades comunes y esfuerzos para conectar mejor la ciencia antártica con la toma de decisiones. Son pasos importantes. Pero ¿serán suficientes y llegarán a tiempo?


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Lo que ocurre en la Antártida no se queda allí

La Antártida no está tan aislada como solemos pensar. En la temporada 2024–25 recibió 118 491 turistas, una cifra impensable hace pocas décadas.

No podemos seguir viviendo de espaldas a este continente. Lo que pasa en el resto del planeta llega hasta allí en forma de calentamiento, contaminación, presión pesquera, turismo o enfermedades emergentes. Y lo que ocurre allí puede repercutir en el resto del mundo a través del clima, el océano, el nivel del mar y la biodiversidad.

Mirar hacia la Antártida ya no es solo una cuestión científica o geográfica. Es una forma de preguntarnos si sabremos proteger algo antes de perderlo.

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Virginia Morandini no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

Mercurio, el enigma cósmico que resolvió Albert Einstein

Cartografía de Mercurio realizada por la Mariner 10 en el periodo 1974‑1975 Mariner 10, Astrogeology Team, U.S. Geological Surve, CC BY

A lo largo de la historia de la ciencia, Mercurio ocupa un lugar de honor: durante siglos, sus características orbitales resultaron inexplicables para la física clásica. Hasta que llegó Albert Einstein.

Visto desde la Tierra, Mercurio ofrece sorpresas constantes. Al girar en una órbita interior mucho más corta y rápida que la nuestra, este planeta adelanta periódicamente al nuestro. Durante los días en que se produce este sobrepaso, parece frenar en el firmamento, invertir su trayectoria y desplazarse en sentido contrario respecto al fondo de estrellas fijas, para luego retomar su curso habitual.

Es el mismo efecto visual que experimentamos al adelantar a un vehículo más lento en la autopista: aunque ambos avanzamos, la diferencia de velocidad hace que el otro coche parezca retroceder. Este movimiento retrógrado sucede tres o cuatro veces al año y dura unas tres semanas en cada ocasión. Es solo una ilusión óptica provocada por la perspectiva.

Un día dura el doble que un año

Sin embargo, las verdaderas rarezas de Mercurio ocurren en su propia física. El planeta completa una órbita alrededor del Sol en solo 88 días terrestres, lo que lo convierte en “el bólido” del sistema solar, viajando a 170 000 km/h en promedio. Su órbita es la más excéntrica de todos los planetas: en el perihelio se acerca a solo 46 millones de km del Sol y en el afelio se aleja hasta casi 70 millones de km. Desde su superficie, nuestra estrella se ve enorme, ocupando un disco con un diámetro angular tres veces mayor que el que vemos en la Tierra.

A pesar de su velocidad orbital, rota sobre su propio eje a un ritmo muy lento: un día sidéreo (una vuelta completa respecto a las estrellas) dura 58,6 días terrestres. Mercurio está atrapado en una resonancia orbital 3:2, es decir, girando tres veces sobre su eje por cada dos vueltas que da al Sol.

El resultado para un hipotético habitante de su superficie es desorientador: el tiempo transcurrido entre un amanecer y el siguiente –el día solar– no son 58 días, sino 176 días terrestres. Es decir, en Mercurio un día dura exactamente el doble que un año.

El fenómeno del amanecer doble

Esta combinación de rotación lenta y traslación rápida genera un fenómeno digno de la ciencia ficción: el amanecer doble. En ciertos lugares de la superficie, el Sol sale por el horizonte, se detiene, retrocede, se oculta casi por el mismo sitio y vuelve a salir poco después. En el lado opuesto ocurre un anochecer doble.

Esto sucede durante los días previos al perihelio, cuando la velocidad de traslación supera momentáneamente a la de rotación y, vista desde la superficie, hace que el movimiento aparente del Sol se invierta durante ocho días terrestres.

La anomalía de la órbita y la solución de Einstein

Más allá de sus amaneceres, la excéntrica órbita de Mercurio ocultaba el mayor enigma de la astronomía del siglo XIX. El planeta muestra una precesión lenta en su perihelio: el punto más cercano al Sol no se repite exactamente en el mismo lugar, sino que dibuja una forma de roseta a lo largo de los siglos.

La física clásica de Isaac Newton explicaba la mayor parte de este bamboleo por el tirón gravitatorio del resto de los planetas, pero las cuentas no cuadraban: quedaba un minúsculo desvío de 43 segundos de arco por siglo sin justificar. Incapaces de dudar de Newton, los astrónomos de la época, liderados por el matemático francés Urbain Le Verrier, concluyeron que la causa debía ser la gravedad de un planeta desconocido, aún más cercano al Sol y oculto por su resplandor, al que bautizaron como Vulcano.

Vulcano jamás existió. En 1915, Albert Einstein publicó las ecuaciones de la relatividad general y demostró que esa precesión anómala era la consecuencia directa de cómo la enorme masa del Sol curva el tejido del espacio-tiempo a su alrededor.

Como Mercurio está tan cerca del Sol, la intensidad de la curvatura hace que la fuerza efectiva de la gravedad sea ligeramente superior a lo que predecía la ley del cuadrado inverso de Newton. Esta curvatura extra modifica la trayectoria de la órbita en cada vuelta, haciendo que el punto más cercano al Sol (el perihelio) avance un poco más en cada revolución.

Cuando Einstein aplicó sus nuevas ecuaciones de campo para calcular el efecto de esta curvatura sobre la órbita de Mercurio, obtuvo exactamente la cifra sobrante: 43 segundos de arco por siglo. No necesitó añadir parámetros ajustables ni inventar un planeta oculto (Vulcano); el valor surgió de manera natural a partir de la geometría del espacio-tiempo.

Mercurio se convirtió así en la primera prueba triunfal de la relatividad, años antes de que el célebre eclipse solar de 1919 confirmara la teoría a escala global.

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Javier Armentia no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

Por qué es tan difícil llegar a Mercurio: el desafío de la misión BepiColombo

Recreación artística de la sonda espacial BepiColombo en configuración de crucero, con Venus de fondo, en su camino a Mercurio. ESA/ATG medialab, CC BY

Mercurio es el planeta más cercano al Sol y también uno de los grandes desconocidos del sistema solar. Hablamos del planeta de los amaneceres dobles y otros extremos impensables que desafían a la ciencia. Sin embargo, es uno de los más olvidados en la exploración espacial; fundamentalmente, porque alcanzarlo es épico.

Solo tres misiones espaciales han logrado visitarlo. La primera, Mariner 10, de la NASA, realizó tres sobrevuelos entre 1974 y 1975. La misión mostró una superficie muy parecida a la de nuestra Luna y un gigantesco cráter: la Cuenca Caloris, uno de los más grandes conocidos, con 1 550 km de diámetro. La Mariner 10 encontró que Mercurio tenía un débil campo magnético, como la Tierra.

La segunda, también estadounidense, se denominó MESSENGER (acrónimo de MErcury Surface, Space ENvironment, GEochemistry, and Ranging) y entró en órbita en 2011. Además de descubrir hielo en el fondo de los cráteres de las regiones polares, encontró pruebas de un pasado de vulcanismo activo, la evidencia de que tenía placas tectónicas aún en movimiento y el posible origen de su campo magnético: un núcleo externo de hierro fundido.

La misión MESSENGER también descubrió las llamadas depresiones irregulares o hollows: oquedades brillantes formadas por la pérdida de materiales volátiles. Su existencia desconcertó a la comunidad científica, pues se asumía que un planeta tan próximo al Sol habría perdido todos estos compuestos durante sus etapas tempranas.

BepiColombo, la colaboración de Europa y Japón

La tercera de las misiones, que en estos momentos está cumpliendo el desafío de la conquista de Mercurio, es BepiColombo, de la Agencia Espacial Europea (ESA) y la Agencia Japonesa de Exploración Aeroespacial (JAXA). Consiste en dos módulos espaciales científicos independientes: Mercury Planetary Orbiter (MPO), módulo de la ESA enfocado en estudiar la superficie, geología, composición e interior del planeta; y Mercury Magnetospheric Orbiter (MMO/Mio), el módulo de la JAXA dedicado a analizar el campo magnético y la magnetosfera de Mercurio.

Ambos orbitadores operarán rodeando el planeta a diferentes altitudes y ángulos para estudiarlo desde el espacio. Ninguna parte de la misión está diseñada para posarse sobre la superficie.

BepiColombo acaba de dar un paso muy importante con la exitosa separación del Mercury Transfer Module (MTM), el módulo que durante los últimos ocho años ha proporcionado al conjunto la energía y la propulsión necesarias para completar su complejo recorrido hasta el planeta. Aún a más de tres millones de kilómetros de su objetivo, la llegada no ocurrirá en un solo instante, sino a través de un proceso gradual de maniobras que se extenderá a lo largo de unos seis meses.

Próximas etapas de la misión BepiColombo. ESA

Ni los soviéticos en su gran época de la carrera espacial ni la Federación Rusa desarrollaron misiones a Mercurio. En la actualidad, la Academia China de Ciencias lo ha incluido en sus planes a medio plazo, posiblemente con alguna misión durante la siguiente década.

El difícil camino a Mercurio

Que un planeta tan cercano haya sido tan poco explorado no es casualidad. Llegar a Mercurio es, paradójicamente, más difícil que viajar a Júpiter o Saturno. En su viaje de 7,2 años hacia el planeta más interno del sistema solar, BepiColombo sobrevolará la Tierra una vez, Venus dos veces y Mercurio seis veces antes de entrar en órbita alrededor de Mercurio.

Para alcanzar los planetas exteriores, una nave se aleja del Sol y gana energía potencial, a expensas del empuje de sus propulsores. Pero para ir a Mercurio la nave cae hacia la gravedad solar, acelerando constantemente y aumentando su velocidad, de manera que deberá frenar para dejarse atrapar por el pequeño planeta. Eso requiere un gasto monumental de combustible, algo carísimo e impensable. Por eso las misiones emplean la gravedad de otros mundos como freno cósmico.

BepiColombo ha realizado nueve sobrevuelos –uno a la Tierra, dos a Venus y seis al propio Mercurio– para ralentizar su marcha antes de la inserción orbital final.

Mercurio es un rompecabezas para la ingeniería espacial, también, por sus altísimas temperaturas. La cercanía al Sol somete a los instrumentos a temperaturas extremas que rozan los 430 °C durante el día, exigiendo escudos térmicos de alta tecnología.

Sin estaciones, pero con hielo en la sombra

Si planeáramos una guía de viajes espaciales, les recomendaríamos buscar un buen cráter para presenciar el amanecer doble. Eso sí, con vestimenta protectora adecuada porque las temperaturas diurnas alcanzan los 430 °C. Por la noche caen hasta los -183 °C. Mercurio es también extremo en esto: es el planeta con mayor amplitud térmica de todo el sistema solar.

A diferencia de la Tierra, el eje de la rotación de Mercurio es casi perpendicular al plano de la eclíptica, con apenas 0,027 grados de inclinación frente a los 23,5 terrestres. Esto significa que Mercurio carece de estaciones, frente a lo que sucede en otros lugares del sistema solar.

La luz solar incide siempre con la misma inclinación según la latitud. En las regiones polares, el Sol apenas se asoma rozando el horizonte. Esto permite que el fondo de los cráteres más profundos permanezca en una sombra eterna. Y allí, en las zonas más frías del planeta más cercano al Sol, los instrumentos astronómicos han confirmado la presencia de hielo de agua.

Geología de impactos, cuencas y cavidades

Si pudiéramos extraer el núcleo metálico de Mercurio, nos encontraríamos con que representa cerca del 75 % del diámetro total del planeta. Su enorme densidad sugiere que estamos ante un gigante de hierro envuelto en una delgada corteza rocosa. Recordemos que su masa es solo el 5,5 % de la terrestre, aunque su densidad media es muy alta: 5,43 g/cm³, prácticamente la misma que la de la Tierra.

Su superficie, azotada por el impacto de meteoritos, guarda similitudes con la Luna, pero atesora rasgos geológicos propios impresionantes.

Auroras invisibles que tocan el suelo

Aunque pequeño, Mercurio posee un campo magnético global (del orden del 1 % del terrestre). El origen y la geometría de este campo traen de cabeza a la geofísica planetaria: en teoría, un mundo tan pequeño debería haberse enfriado y solidificado completamente hace miles de millones de años, apagando el dinamo interno que genera el magnetismo. Su eje magnético está desplazado unos 480 kilómetros al norte respecto al centro geográfico del planeta. Esta asimetría insólita provoca que el escudo magnético sea mucho más débil en el hemisferio sur, dejando esa mitad del globo desprotegida y expuesta de lleno al castigo del viento solar.

De haber tenido atmósfera, Mercurio sería un lugar extraterrestre espectacular para observar auroras boreales.

Durante el primer sobrevuelo de la sonda BepiColombo en 2021, sin embargo, los instrumentos revelaron un fenómeno insólito: los electrones de la magnetosfera caen precipitados directamente contra las rocas de la superficie, emitiendo rayos X. No son auroras que brillen en el cielo, sino emisiones que emergen directamente del suelo.

Este hallazgo, respaldado por investigaciones publicadas en la revista científica Nature Communications, demuestra cómo la interacción magnética genera estos fenómenos aurorales de rayos X.

Se espera que la misión BepiColombo revolucione nuestro entendimiento sobre Mercurio, y que desentrañe misterios clave como el origen de su campo magnético, su inusual densidad interna y la composición geológica de su superficie.

Aunque la nave entrará en órbita de mercurio el próximo 21 de noviembre, el envío constante de resultados comenzarán formalmente el 6 de abril de 2027. Seguiremos sus pasos.

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Javier Armentia no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

Cómo evitar las micotoxinas en los alimentos que comemos: lo que dice la ciencia

Cereales y verduras suelen tener micotoxinas, aunque no deberían llegar a nuestra mesa si sobrepasan los límites establecidos por los el sistema de control sanitario. Sarah Chai/Pexels, CC BY

Las micotoxinas son compuestos tóxicos producidos de forma natural por diversas especies de hongos. Podemos encontrarlas en alimentos tan cotidianos como el pan, la pasta, el café, el cacao, los frutos secos o algunas especias.

Aunque nos exponemos a ellas de forma habitual, los sistemas de control alimentario en Europa mantienen sus niveles bajos y seguros. Pero ¿qué podemos hacer en casa? ¿Sirve de algo cocinar los alimentos? ¿Los productos ecológicos tienen más micotoxinas? ¿Hay alimentos que conviene evitar? La evidencia científica ofrece respuestas que, a menudo, contradicen la intuición.

Difíciles de eliminar por completo

Aspergillus, uno de los géneros de hongos micotoxigénicos más relevantes. Se observan al microscopio las hifas, que son los filamentos que componen el moho, y los cuerpos fructíferos, que parecen flores, donde se forman las esporas para la reproducción. Igor Siwanowicz/Howard Hughes Medical Institute

Las micotoxinas pueden crecer sobre los cultivos antes de la cosecha o durante el almacenamiento. Aparecen, sobre todo, en productos de origen vegetal: cereales, pan, pasta, arroz, maíz, frutos secos, café, cacao, especias, frutas desecadas o cacahuetes. También pueden estar en zumos y bebidas alcohólicas. Y es prácticamente imposible evitarlas totalmente.

En España y en el resto de la Unión Europea, existe un sistema de protección que combina el autocontrol de la industria alimentaria con inspecciones oficiales y sistemas de alerta rápida para retirar los lotes que superan los límites legales. Gracias a ello, la inmensa mayoría de los alimentos comercializados cumplen la normativa.

Eso sí, los estudios muestran que la mayoría de la población española presenta rastros de distintas micotoxinas o de sus metabolitos en la orina. Aunque no debemos confundir presencia con riesgo. En la gran mayoría de los casos, los niveles se encuentran muy por debajo de las dosis preocupantes.


Leer más: Nuevo estudio: muchas mujeres podrían vivir con toxinas de hongos procedentes de alimentos


¿Los alimentos ecológicos tienen más micotoxinas?

Podría pensarse que la menor utilización de fungicidas favorecería la presencia de hongos en los cultivos ecológicos. Pero los estudios no muestran diferencias consistentes entre alimentos ecológicos y convencionales. En algunos trabajos, se detectan concentraciones superiores en productos ecológicos, sobre todo, en zumos y bebidas y, en otros, ocurre lo contrario.

También se han visto leves diferencias entre alimentos integrales o refinados, y de producción artesanal o industrial. Pero no son consistentes ni relevantes, ya que todos los alimentos deben cumplir la normativa, independientemente del tipo de procesado.

¿Sirve cocinar para eliminarlas?

En general, no. Las micotoxinas son moléculas sorprendentemente resistentes al calor. Hornear pan, cocinar pasta o recalentar alimentos en el microondas apenas modifica su presencia.

Algunos procesos industriales más agresivos, como la extrusión o tratamientos alcalinos, sí consiguen reducir algunas micotoxinas. Sin embargo, esa desaparición no siempre equivale a una detoxificación real. En algunos casos, lo que ocurre es que se transforman en otros compuestos cuya toxicidad aún se está investigando.

Lo que sí podemos hacer en casa

Aunque no podamos detectar las micotoxinas a simple vista en casa, sí podemos evitar que los hongos crezcan en nuestros alimentos.

La primera medida consiste en conservar los productos de despensa en lugares frescos y secos. La humedad favorece el desarrollo de los mohos y aumenta la probabilidad de que estos produzcan nuevas toxinas durante el almacenamiento doméstico.

Por otro lado, si un alimento presenta moho visible, lo recomendable es desecharlo. Cortar la parte afectada no suele ser suficiente en alimentos blandos como pan, fruta o mermeladas.

También es recomendable adquirir siempre los alimentos a través de comercios fiables, donde los controles de calidad son sistemáticos.


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¿Conviene dejar de comer ciertos alimentos?

Algunos estudios detectan que personas con dietas pobres en frutas y verduras presentan menos biomarcadores de micotoxinas. Pero esos mismos patrones dietéticos se asocian a un mayor riesgo de enfermedades cardiovasculares, obesidad o cáncer. En conjunto, la evidencia indica que mantener una dieta variada y rica en vegetales es mucho más beneficioso para la salud que intentar evitar por completo los alimentos que pueden contener trazas de micotoxinas.

De modo que la mejor estrategia sigue siendo una dieta variada y equilibrada. Así, evitaremos exponernos en exceso a una sola fuente posible de contaminación. Además, el consumo de verduras puede protegernos de los efectos tóxicos de estos compuestos.

En el caso de los niños pequeños, que comen más en relación a su peso, el riesgo es mayor si se les expone prematuramente a alimentos como el pan, las galletas o la pasta. Por eso, los límites legales de micotoxinas para los alimentos infantiles son más restrictivos.

Algo parecido ocurre con el cacao. Un estudio reciente, realizado en España, detectó aflatoxinas en este alimento con relativa frecuencia, especialmente en el cacao en polvo. Los autores concluyeron que, en niños con un consumo elevado, la exposición podría justificar un seguimiento más estrecho y apoyar futuras medidas regulatorias.

La prevención empieza mucho antes de llegar a nuestra cocina

Las decisiones que más reducen la exposición a micotoxinas no se toman en casa, sino en el campo y a lo largo de toda la cadena alimentaria. La gestión agrícola, las condiciones de almacenamiento, los controles analíticos y la legislación constituyen las principales barreras frente a estos contaminantes.

Como consumidores, nuestro papel es más sencillo: conservar correctamente los alimentos, desechar aquellos con moho visible, comprar en establecimientos de confianza y mantener una dieta variada. Perseguir una exposición nula no solo es imposible, sino que podría llevarnos a abandonar alimentos cuyo beneficio para la salud es mayor que el riesgo que representan estas sustancias cuando se mantienen dentro de los límites establecidos.

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Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

Cáncer infantil: una excepción a las reglas

fizkes/Shutterstock

Cuando una familia recibe la noticia de que su hijo tiene cáncer, una de las primeras preguntas que suele hacerse es: ¿cómo es posible si es un niño?

Lo primero que conviene saber es que no hay culpables. Y lo segundo, que la causa de lo que ha pasado es, en muchos casos, una incógnita. En ese momento, además de la atención sanitaria, el apoyo que procuran a las familias asociaciones como ASPANOA o Cáncer infantil resulta fundamental.

Con sus propias reglas biológicas

Aunque compartan la palabra “cáncer”, los tumores infantiles no pueden considerarse una versión adelantada de los de los adultos. Su origen biológico, los tejidos que afectan y su evolución clínica son diferentes, lo que obliga a estudiarlos y tratarlos como enfermedades con identidad propia.

Mientras que en los adultos predominan los cánceres de pulmón, colon, mama, próstata o estómago, en la infancia los más frecuentes son las leucemias, los tumores cerebrales, los linfomas o los neuroblastomas. Se trata de patologías diferentes que afectan a tejidos distintos y que siguen reglas biológicas propias.

Distribución porcentual de los principales tipos de cáncer infantil. Fuente: Fundación Villavecchia.

Además, el pronóstico suele ser mejor que en muchos tumores de adultos. Aproximadamente ocho de cada diez niños diagnosticados con cáncer sobrevivirán a la enfermedad. En la población adulta, considerando todos los tipos de cáncer en conjunto, la supervivencia ronda el 50 %.

Todo ello nos obliga a entender el cáncer infantil como una entidad independiente. Y es ahí donde surge la primera pregunta: ¿por qué aparece?

No influyen los hábitos

En los adultos sabemos que el tabaco, el alcohol, la obesidad, determinadas infecciones o la exposición prolongada a sustancias tóxicas desempeñan un papel fundamental en la aparición de muchos tumores. Se estima que cerca de un 40 % de los casos en adultos suele ser la consecuencia de décadas de contacto con factores de riesgo.

Pero en los niños la situación es muy diferente, ya que rara vez los cánceres infantiles están relacionados con hábitos o factores ambientales acumulados durante años. A día de hoy sabemos que alrededor de un 5-10 % de los diagnósticos pueden atribuirse a síndromes hereditarios que predisponen a sufrirlos, pero esto deja sin explicar la mayoría de los casos. Tampoco parece fácil atribuirlos simplemente a la “mala suerte”.

Cada vez existen más evidencias de que muchos tienen su origen en alteraciones genéticas y cromosómicas que aparecen durante las primeras etapas del desarrollo –e incluso antes del nacimiento en algunas ocasiones– y que pueden permanecer silenciosas durante años antes de dar lugar a la enfermedad.

Todas estas diferencias tienen consecuencias directas en la práctica clínica, condicionando el diagnóstico, las estrategias terapéuticas y la evolución de los pacientes.

Diferencias con los adultos

Un niño no es un adulto pequeño. Su sistema inmunitario está madurando, sus órganos están desarrollándose y los tejidos donde aparece el tumor son muy distintos a lo que esperaríamos en una persona adulta.

La leucemia mieloide aguda es un buen ejemplo. Históricamente, los modelos más utilizados para estudiarla han sido pacientes de edad avanzada, pero la médula ósea de un niño poco tiene que ver con la de una persona de 70 años. Mientras que en el adulto envejecido la médula pierde progresivamente actividad hematopoyética (formación y desarrollo de células sanguíneas) y se infiltra por el tejido adiposo, en los niños constituye un órgano extraordinariamente activo, diseñado para sostener el crecimiento y con una alta mineralización.

Cada vez hay más evidencias de que ese microambiente condiciona cómo se comportan las células tumorales y cómo responden a los tratamientos los pacientes pediátricos. Algunas células leucémicas pueden encontrar refugio en nichos específicos de la médula ósea, escapar temporalmente a la acción de los fármacos y convertirse más tarde en el origen de una recaída, momento en que la tasa de supervivencia baja rápidamente.

Otra diferencia añadida es que los síntomas del cáncer infantil suelen ser poco específicos y pueden confundirse. Mientras que muchas personas asocian el cáncer en adultos con la aparición de un bulto o una pérdida de peso repentina, en los niños las señales de alarma pueden ser mucho más sutiles. Fiebre persistente, cansancio excesivo, infecciones recurrentes, hematomas frecuentes o dolores óseos son algunas de las manifestaciones que pueden activar las alarmas.

Cuando la supervivencia no es el único objetivo

Además, cuando pensamos en los tratamientos contra el cáncer solemos asumir que el objetivo principal es lograr la supervivencia de la persona afectada. Sin embargo, si el paciente es un niño, el objetivo no se reduce solo a la supervivencia, sino a reducir al máximo los efectos asociados tanto a la enfermedad como a los tratamientos utilizados.

Muchos de las opciones terapéuticas actuales, como la quimioterapia o la radioterapia, pueden producir efectos secundarios importantes. En un paciente adulto, estas secuelas pueden tener un impacto diferente debido al momento vital en el que aparece la enfermedad. En cambio, cuando la terapia se administra durante la infancia, es inevitable preguntarse qué consecuencias tendrá décadas después: ¿afectará al crecimiento?, ¿condicionará la función cardíaca o endocrina?, ¿podrá limitar la fertilidad o la posibilidad de tener hijos en el futuro?, ¿influirá en la calidad de vida cuando el paciente alcance la edad adulta?…

Muchos grupos de investigación trabajamos para conocer y comprender esas diferencias, con el objetivo de desarrollar tratamientos cada vez más precisos y personalizados que permitan a los pacientes no solo superar la enfermedad, sino desarrollar una vida plena y completa. Porque vivir no debería limitarse a sobrevivir.

The Conversation

Lydia Begoña Horndler Gil recibe financiación para su investigación por parte de ASPANOA, la asociación que atiende a los niños con cáncer en Aragón.

Cómo enseñar reanimación cardiopulmonar en la escuela de manera eficaz

Matej Kastelic/Shutterstock

Un adolescente que se desploma durante un partido, una madre que se desvanece en una celebración familiar o un abuelo que se derrumba en el parque mientras juega con su nieta… Son situaciones poco frecuentes, pero cuando ocurren hay algo que puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte: la actuación de quienes están presentes en los primeros minutos.

En España, más de 30 000 personas sufren cada año una parada cardiaca fuera del hospital. En estos casos, reconocer la emergencia, llamar al 112 e iniciar maniobras de reanimación cardiopulmonar (RCP) puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte.

No hay duda de que los niños pueden aprender estas habilidades, y de hecho la mayoría de los currículos educativos los incluyen, como hemos comprobado en una investigación reciente. Pero el reto es cómo enseñar la RCP para que los conocimientos adquiridos se traduzcan en confianza, disposición a actuar y capacidad de respuesta cuando alguien necesita ayuda.

La escuela, el lugar con mayor potencial

Desde hace años, la Organización Mundial de la Salud y el Consejo Europeo de Resucitación impulsan iniciativas como Kids Save Lives, que promueven la enseñanza de la reanimación cardiopulmonar en la escuela desde edades tempranas. La razón es sencilla: ningún otro lugar tiene la capacidad de llegar a toda una generación.

Las campañas dirigidas a adultos son necesarias, pero suelen ser voluntarias y alcanzan a un número limitado de personas. La escuela ofrece algo diferente. Todos los niños pasan por ella y se encuentran en una etapa ideal para aprender habilidades que pueden acompañarlos durante toda la vida.

No se trata de formar sanitarios. Se trata de formar ciudadanos capaces de ayudar.


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¿Son demasiado pequeños para aprender?

Algunas personas dudan de si aprender estos mecanismos de reanimación puede ser algo demasiado complejo o les traslada demasiada responsabilidad a los niños. La respuesta es no.

Tan pronto como desde los 6 años, los escolares pueden aprender a reconocer una emergencia, pedir ayuda, comenzar con las compresiones e incluso utilizar un desfibrilador. Aunque los más pequeños no siempre tienen la fuerza necesaria para realizar compresiones de alta calidad, sí pueden aprender los pasos esenciales para poner en marcha la cadena de supervivencia.

Además, la escuela no solo transmite conocimientos. También ayuda a desarrollar actitudes, valores y comportamientos. Igual que enseñamos educación vial o hábitos saludables, podemos enseñar a actuar ante una emergencia.


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De la teoría a la práctica: actuar cuando llega el momento

En la enseñanza de la reanimación cardiopulmonar no basta con transmitir conocimientos: hay que conseguir que los estudiantes se impliquen, practiquen y, sobre todo, se sientan capaces de actuar cuando se enfrenten a una emergencia real.


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Uno de los principales obstáculos para intervenir ante una parada cardiaca no es la falta de información, sino el miedo a hacerlo mal. Miedo a equivocarse, a hacer daño o a no saber reaccionar bajo presión.

Por eso, el verdadero desafío consiste en encontrar metodologías que permitan aprender mejor, recordar durante más tiempo y aumentar la confianza para intervenir cuando sea necesario.

Las metodologías activas pueden desempeñar un papel importante en este proceso. Estrategias como las simulaciones, los retos o la gamificación convierten al alumnado en protagonista de su aprendizaje. En lugar de limitarse a escuchar, los estudiantes toman decisiones, resuelven problemas y practican en situaciones que se parecen a las que podrían encontrar en la vida real.


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Ventajas de la ‘gamificación’

La gamificación utiliza elementos propios de los juegos, como misiones, desafíos o historias, para aumentar la participación del alumnado. Esto no significa convertir la RCP en un juego ni restar importancia a la gravedad de una emergencia.

Un estudio reciente con estudiantes de secundaria españoles comparó ambos enfoques y encontró que, aunque las habilidades técnicas resultaron similares entre grupos, quienes habían aprendido jugando mostraron más confianza, mayor intención de actuar ante una emergencia real y menos desmotivación que quienes recibieron una clase tradicional.

El verdadero reto ya no es si los niños pueden aprender RCP, sino cómo enseñarles de una forma que aumente esa confianza y esa disposición a actuar cuando alguien necesite ayuda. Porque en una emergencia no basta con saber qué hacer. Hay que atreverse a hacerlo.

Y quizá la mejor forma de conseguirlo empiece jugando en las aulas.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

Aunque no llegue a formar Gobierno, el partido ultraderechista AfD sacude el tablero de la política alemana

El partido de extrema derecha Alternativa para Alemania (AfD) ha causado conmoción en toda Alemania –y en el mundo entero– al arrasar a la oposición en unas elecciones regionales celebradas este fin de semana. Pero ¿será realmente capaz este partido de gobernar?

En unas elecciones que registraron una participación récord, la AfD obtuvo más del 44 % de los votos en el estado oriental de Sajonia-Anhalt. Esto supone más del doble del resultado en las elecciones regionales de 2021.

Sin embargo, como es habitual en la política alemana, la AfD no ha alcanzado la mayoría absoluta y necesitaría formar una coalición con otro partido para gobernar, aunque por un margen muy estrecho.

Tradicionalmente, los principales partidos políticos alemanes, tanto de izquierda como de derecha, se han comprometido a mantener un “cortafuegos” o “cordón sanitario” entre la AfD y el Gobierno. Esto significa que ninguno de ellos formaría una coalición con el partido de extrema derecha.

No obstante, el resultado ha amenazado con dar un vuelco a la política alemana, que desde la Segunda Guerra Mundial había logrado impedir que un partido de extrema derecha volviera al poder.

La AfD ha obtenido más votos que cualquier otro partido en Sajonia-Anhalt en más de diez años. Se trata de la misma formación que el organismo gubernamental encargado de salvaguardar la democracia alemana ha calificado oficialmente de partido de extrema derecha debido a sus “numerosas declaraciones antimusulmanas, racistas y antisemitas”.

La preocupación ahora es qué presagia esta elección regional para futuros éxitos de la ultraderecha.

¿Por qué le ha ido tan bien a la AfD?

Los analistas políticos llevan mucho tiempo tratando de presentar a la AfD como un fenómeno de Alemania Oriental (y siguen haciéndolo). Pero esto es solo una parte de la historia.

En las últimas elecciones federales de 2025, la AfD fue el segundo partido más votado en muchas circunscripciones alemanas. Y en casi todas las encuestas nacionales de este año, se ha situado en cabeza como la formación política más popular del país.

Incluso una coalición de los partidos históricamente más fuertes de Alemania –la Unión Demócrata Cristiana (CDU), el Partido Socialdemócrata (SPD) y los Verdes– tendría dificultades, según las encuestas actuales, para formar un Gobierno federal en la actualidad.

Es revelador que este giro hacia la extrema derecha en Sajonia-Anhalt se haya producido a expensas de la CDU, que lidera el actual Gobierno federal alemán bajo el mandato del canciller Friedrich Merz. Como dejó claro una encuesta a pie de urna realizada tras las elecciones, el 88 % de los votantes del estado consideraba que, si el Gobierno de Merz hubiera aplicado mejores políticas, la AfD no tendría tanta fuerza en el estado.

Por su parte, Merz ha cometido el error de intentar llevar a un partido de centro-derecha que gozaba de gran popularidad bajo el liderazgo de Angela Merkel mucho más hacia la derecha, en un intento por ganarse a los votantes descontentos. Sin embargo, en lugar de apaciguar a los votantes desilusionados de la AfD, Merz simplemente ha incorporado los argumentos de la extrema derecha a la corriente principal, lo que ha llevado a algunos votantes conservadores a apoyar a la AfD.

A pesar de la clara postura antimigratoria de la AfD, estas elecciones no fueron meramente un referéndum sobre la inmigración, como algunos querrían presentarlas.

De hecho, solo el 16 % de los votantes en las encuestas a pie de urna afirmó que era su principal preocupación. La economía y la educación ocupaban los primeros puestos en la lista, y a la inmigración le seguían de cerca la falta de infraestructuras y servicios básicos y la falta de oportunidades laborales.

Los votantes de Sajonia-Anhalt sentían que su calidad de vida se estaba deteriorando y culpaban no solo a los migrantes, sino también a los políticos del establishment y a aquellos a quienes denominan colectivamente die Bonzen —los “peces gordos” que se han enriquecido durante la crisis del coste de la vida—.

¿Es posible una coalición?

El único partido que podría formar una coalición con la AfD sería el partido minoritario Alianza Sahra Wagenknecht (BSW). El BSW es una formación fundada por un antiguo miembro de Die Linke (La Izquierda), aparentemente un partido socialista democrático.

Sin embargo, desde que abandonaron La Izquierda, los integrantes del BSW han relegado casi por completo sus anteriores convicciones socialistas democráticas y se han vuelto cada vez más nacionalistas.

De hecho, se han desplazado tanto hacia la derecha que, tras las elecciones de Sajonia-Anhalt, el BSW planteó inmediatamente la posibilidad de una coalición con la AfD, haciendo hincapié en sus “puntos en común”.

Por su parte, la AfD se mantiene firme en su negativa a aceptar cualquier gobierno de coalición. En su lugar, amenaza con obligar al estado de Sajonia-Anhalt a convocar nuevas elecciones en un intento por conseguir una mayoría absoluta.

Esto no es del todo descabellado, ahora que el partido está a un paso de lograrlo: bastaría con que un partido menor, como el BSW, quedara por debajo del umbral electoral del 5 % necesario para obtener un escaño en el Parlamento regional para que la AfD consiguiera la mayoría absoluta.

¿Un resultado exclusivamente alemán?

Aunque las oscuras sombras del pasado nazi siguen marcando la percepción exterior del comportamiento de los votantes en Alemania, su giro hacia la derecha no se produce en el vacío. La desilusión con la democracia liberal está creciendo en otros lugares de Europa y más allá.

En Italia, la ya de por sí derechista primera ministra, Giorgia Meloni, se encuentra actualmente bajo la presión de partidos aún más extremistas. Reform UK, contrario a la inmigración, sigue obteniendo buenos resultados en las encuestas en el Reino Unido. Y la eterna amenaza para la democracia liberal en Francia, Marine Le Pen, es la favorita para las elecciones presidenciales del año que viene.

Las condiciones que han permitido el auge de la AfD en Alemania no son, por tanto, en absoluto únicas. Se está produciendo a escala mundial una erosión más profunda de las normas democráticas que está permitiendo que las formas más extremas de nacionalismo ultraderechista se conviertan en opciones elegibles.

Queda por ver qué podría significar esto para cuestiones de importancia mundial como la unidad de la Unión Europea, la guerra en Ucrania y el futuro de la OTAN en Europa.

The Conversation

Matt Fitzpatrick recibe financiación del Australian Research Council.

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