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Published — 13 September 2026 the conversation - Artículos, análisis, comentarios

El derecho a caminar: cómo garantizar por ley que los peatones puedan desplazarse a pie

Cristi Croitoru/Shutterstock

¿Quién no ha tenido alguna vez la sensación de que un simple paseo le aclaraba la mente? ¿De que, tras una caminata, tenía mejores ideas y podía tomar decisiones más acertadas? Sobre los “pensamientos caminados” han reflexionado filósofos de la talla de Aristóteles, Rousseau o Nietzsche. Caminar no es solo “la mejor medicina”, como nos diría el sabio Hipócrates, sino que sus efectos van más allá; tanto en el plano individual, como también en el colectivo, pues las relaciones “de a pie” son siempre más humanas. Bien lo saben los peregrinos del Camino de Santiago que con frecuencia dicen que “el Camino te da lo que te falta y te quita lo que te sobra”.

Con todos los parabienes que se derivan del acto de andar –y teniendo en cuenta que constituye para los seres humanos la forma de movilidad más natural y universal y, sin duda, la más ecológica–, ¿no debería recibir un tratamiento preferente por parte de los poderes públicos? Y, sin embargo, ¿por qué se dificulta tanto?

Uno tiene la sensación de que muchas de nuestras ciudades están más diseñadas para la circulación de los vehículos que para la de los peatones. Algunos trayectos son imposibles de realizar andando, ya sea por la carencia de aceras, por obras en las vías públicas que se eternizan o por encontrarnos con caminos que no tienen continuidad o están bloqueados o cercados.

Otros desplazamientos a pie resultan tremendamente incómodos debido a aceras demasiado estrechas, en mal estado o invadidas por terrazas de establecimientos de hostelería u otros elementos. O bien se nos fuerza a recorridos inadecuados, poco atractivos o ilógicos. Las agresiones y dificultades que sufrimos como peatones son incontables.

En una reciente publicación abordo en profundidad estas cuestiones desde una perspectiva jurídica y aporto una solución: que el acto de caminar sea considerado en el ordenamiento jurídico español como un auténtico derecho para las personas.

Multitud de transeúntes en una esquina de la plaza Cataluña de la ciudad de Barcelona
Peatones en una esquina de la plaza Cataluña, en Barcelona. EGT-1/Shutterstock

El derecho a caminar

Este derecho se conceptualizaría como el derecho que tiene cada individuo a desplazarse a pie de una manera segura y en condiciones adecuadas. Ello implicaría la capacidad para acceder a pie a cualquier punto de interés ciudadano, tanto en el ámbito urbano como en el interurbano y en el medio natural, así como a la propia estancia en los mismos. Iría acompañado, además, del reconocimiento de la prioridad de la movilidad peatonal frente a cualquier otra forma de transporte (lo que se ha venido a llamar el principio “el peatón, primero” en la pirámide jerarquizada de la movilidad), muy especialmente, respecto del uso del vehículo particular.

Las ventajas de configurar la movilidad peatonal como un derecho ciudadano son evidentes. En la situación actual, el mayor o menor respeto hacia los peatones depende, en gran medida, de la voluntad política de cada una de las Administraciones públicas. Sin embargo, el reconocimiento del derecho permitiría a cualquier ciudadano que considerara que se le está impidiendo llevar a cabo un itinerario a pie en condiciones adecuadas exigir que se le ponga remedio.

Si la Administración en cuestión no atendiera la petición, podría reclamar la tutela judicial para que los tribunales obligaran a revertir la situación. Las acciones judiciales serían ejercitables también ante cualquier comportamiento vulnerador del derecho procedente de un particular.

Al mismo tiempo, el derecho a caminar, dada su enorme dimensión colectiva, reforzaría la posición de las diferentes organizaciones defensoras de la movilidad a pie que existen en España. Les permitiría no solo interponer demandas judiciales para la defensa del derecho, sino también exigirles a los entes públicos políticas acordes con su respeto.


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Una ley reguladora de la movilidad a pie

Aunque no existe en la actualidad un reconocimiento explícito del derecho a caminar en el ordenamiento jurídico –ni en España ni, hasta donde me alcanza el juicio, en ningún otro país–, existen argumentos jurídicos sólidos para sustentar que podría ser construido por los propios jueces, a través de su jurisprudencia, atendiendo a alguna demanda judicial que lo reclame.

Téngase presente que con su consecución se hacen efectivos derechos fundamentales e intereses públicos previstos en la propia Constitución española. Muy especialmente, la libertad de circulación reconocida en su artículo 19. Esta conexión permitiría, incluso, que el derecho fuera amparado por el propio Tribunal Constitucional y que lo considerara uno más de los “derechos humanos”.

Pero la mejor manera de garantizar su cumplimiento sería desde el plano legislativo. Por ello, podría aprobarse una ley estatal para la movilidad a pie en España o, en su defecto, leyes autonómicas con el mismo objeto. Esta normativa, sobre la base de reconocer expresamente el derecho, forzaría a las Administraciones a elaborar políticas públicas dirigidas expresamente a posibilitar los desplazamientos a pie sustentadas sobre tres pilares fundamentales:

  • Primero, la construcción de ciudades caminables, esto es, hacer de las urbes espacios en los que los desplazamientos a pie sean no solo posibles, sino también seguros, prácticos, agradables y deseables.

  • En segundo lugar, la consagración del concepto de “vial completo”, que implica impedir que puedan construirse vías abiertas al tráfico rodado que no tengan resuelta previamente la movilidad peatonal y obliguen al peatón a caminar por la calzada. Ello debe conducir a prohibir la construcción de calles sin aceras –o sin bandas de exclusividad peatonal– y de carreteras carentes de arcenes practicables o soluciones similares.

  • Y, por último, el aseguramiento de la movilidad a pie en el medio natural, ya sea para conectar una población con otra, con fines recreativos, o bien para garantizar la visita a aquellos elementos de la naturaleza de relevancia (montes, playas, ríos, vías pecuarias, elementos patrimoniales de interés cultural, etc.), aun cuando se encuentren en propiedad privada.

La finalidad última de este cuerpo legislativo sería propiciar en la sociedad española una cultura del caminar que haga de este acto un comportamiento cotidiano en la vida de las personas.

En un mundo tan complejo como el actual, con los gravísimos problemas que las sociedades han de afrontar, podría pensarse que estas cuestiones son de menor calado. Sin embargo, la gestación de una cultura del caminar tiene un efecto transformador de alcance global pues contribuye a la construcción de comunidades más sanas, sostenibles y cohesionadas. En definitiva, una sociedad que anda es una sociedad que avanza.

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Juan Manuel Ayllón Díaz-González no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

La epilepsia es más común en países de bajos ingresos

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La epilepsia, que afecta a unos 50 millones de personas en el mundo, tiene un impacto muy importante en la salud pública: es una de las diez enfermedades neurológicas que suman un mayor número de años de vida con discapacidad.

Sin embargo, su distribución a nivel mundial es muy desigual. Según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), el 80 % de los casos se encuentran en países de ingresos bajos y medios. La OMS estima que en estos países se realizan 139 diagnósticos por cada 100 000 habitantes cada año, frente a los 49 por cada 100 000 en países de ingresos altos.

En cuanto al porcentaje de población que padece la dolencia, la tasa se sitúa en 5,49 por cada 1 000 personas en países ricos, mientras que asciende a 6,68 por cada 1 000 en países con ingresos medios y bajos. Esto provoca que la mortalidad asociada a la epilepsia sea mucho mayor en estos últimos.

El desigual acceso a los tratamientos

Uno de los motivos que explican esas diferencias tiene que ver con el acceso al tratamiento. En comparación con otras enfermedades, la terapia farmacológica para el control de las crisis epilépticas es relativamente barata. Por ello, el 60-70 % de las personas afectadas en países con altos ingresos consigue evitar las crisis recurriendo solo a la medicación.

Sin embargo, esto no ocurre en el resto del mundo. Se estima que la proporción de pacientes sin tratamiento o con un tratamiento inadecuado asciende en los países con ingresos bajos o medios a entre el 50 y el 75 %, mientras que en los países económicamente más favorecidos es solo del 10 %.

Además, el problema es que las pocas personas con acceso a los fármacos a menudo no pueden seguir correctamente el tratamiento por falta en la continuidad de la disposición de los fármacos o de una correcta supervisión.

Otra de las razones que explican esta gran desigualdad es que en los países con ingresos medios y pequeños hay mayor incidencia y menos prevención de los factores de riesgo, como las infecciones que afectan al cerebro (paludismo o neurocisticercosis), problemas durante el parto o los traumatismos craneoencefálicos.

Factores que ahondan la brecha

Las causas de esta brecha en el acceso a los tratamientos y la atención sanitaria son múltiples y pueden clasificarse en dos categorías principales: factores relacionados con el sistema de salud y factores culturales.

Los primeros apuntan a una desigualdad en la distribución de los servicios públicos (mejores en las zonas urbanas que rurales), una diferencia en la calidad de la atención médica pública frente a la privada y falta de personal sanitario especializado.

Pero además del impacto clínico, la epilepsia se acompaña en muchos lugares de un estigma social, lo que puede retrasar la búsqueda de atención médica o favorecer el recurso a tratamientos no médicos (medicina alternativa, curanderos, etc.), así como obstaculizar el acceso a la educación, al empleo y a la participación social. No obstante, algunos de esos impedimentos también pueden vincularse al trastorno cerebral subyacente a la epilepsia.

La mayor parte de las veces el estigma es ejercido por otras personas. A menudo, aún se cree erróneamente que las convulsiones son contagiosas, con las consiguientes reticencias a ayudar durante las crisis. En algunas áreas, las mujeres experimentan un estigma especialmente intenso, que reduce sus oportunidades de matrimonio y aumenta su vulnerabilidad a la discriminación, el abuso físico y la violencia sexual.

Acciones para mejorar el diagnóstico y el tratamiento

Abordar esta brecha en el diagnóstico y la atención de la epilepsia implica la combinación de acciones médicas, educativas y sociales que respeten las creencias culturales, así como los recursos locales y las prioridades de cada comunidad.

Algunas de esas acciones incluyen:

  • Fomentar las formaciones básicas especializadas en sanitarios de atención primaria, promoviendo la idea de que la epilepsia es una afección tratable.

  • Fortalecer los sistemas de atención primaria, garantizando el acceso a medicamentos esenciales para tratar las crisis.

  • Desarrollar programas de prevención en entornos sanitarios y educativos para conocer la enfermedad y saber cómo actuar ante una crisis.

  • Emprender acciones centradas en la intervención contra el estigma asociado a la enfermedad.

  • Desarrollar programas educativos para los pacientes basados en el autoconocimiento y autocuidado.

No solo hace falta crear conciencia social sobre la importancia de la epilepsia, sino también generar cambios legislativos, clínicos y educativos que permitan mejorar la calidad de vida de las personas afectadas. Con este objetivo, la Internacional Bureau for Epilepsy (IBE) ha creado la guía Advocate’s Toolkit for Making Epilepsy a Priority in Africa para impulsar proyectos de incidencia política y social relacionados con la epilepsia.

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Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

¿Se aprende mejor haciendo? Lo que dice la ciencia sobre las metodologías activas

Dragon Images/Shutterstock

Imaginemos dos aulas de primaria. En la primera, el profesor explica el ciclo del agua mientras el alumnado toma apuntes. La explicación termina y la clase continúa con el siguiente contenido.

En la segunda, la escena es muy distinta. A niños y niñas se les plantea un reto: diseñar un sistema para recoger y reutilizar el agua de lluvia en el colegio. Para conseguirlo deben investigar, calcular, debatir propuestas, construir una maqueta y defender su solución. Mientras resuelven un problema real, aprenden ciencias, matemáticas, comunicación y trabajo en equipo.

¿Qué grupo tendrá más oportunidades de comprender y utilizar lo aprendido? La investigación reciente sobre metodologías activas muestra que implicar al alumnado en tareas que requieren utilizar sus conocimientos puede favorecer el aprendizaje y el rendimiento académico.

Evidencias sobre las metodologías activas

Un solo estudio no basta para demostrar que una estrategia educativa funciona. La confianza aparece cuando investigaciones realizadas en distintos países y contextos llegan a conclusiones similares. Eso es exactamente lo que ha ocurrido con las metodologías activas.

Una revisión sistemática –un tipo de investigación que localiza, selecciona y analiza de forma rigurosa los estudios relevantes disponibles sobre una misma pregunta para obtener una visión global de la evidencia– examinó 36 investigaciones publicadas entre 2018 y 2024 sobre nueve metodologías activas.

Los resultados mostraron que estrategias como el aprendizaje cooperativo, el aprendizaje basado en proyectos y problemas, la gamificación, el aula invertida o el aprendizaje basado en indagación se asociaban con mejores resultados académicos, mayores niveles de motivación y una mayor satisfacción del alumnado en comparación con enfoques más tradicionales.

Otros estudios muestran que estos beneficios pueden observarse en distintas áreas de aprendizaje y que la incorporación de estrategias activas puede complementar la enseñanza tradicional. Además, estas estrategias pueden introducirse de forma progresiva, adaptándose a las características y necesidades de cada aula.

Otros beneficios más allá del rendimiento escolar

Pero sus beneficios van más allá del rendimiento académico. La investigación sobre metodologías activas también ha encontrado resultados favorables en aspectos como la motivación y la implicación del alumnado en su aprendizaje. Estos factores son relevantes porque aprender no consiste únicamente en obtener mejores resultados, sino también en encontrar sentido a aquello que se aprende.


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¿Cómo ponerlo en marcha?

Aunque el término metodologías activas pueda sonar técnico, la idea es sencilla: el alumnado deja de limitarse a escuchar para empezar a utilizar lo que aprende.

Imaginemos una clase de matemáticas. En lugar de resolver una serie de operaciones, la clase debe calcular el presupuesto de una excursión escolar. El alumnado compara precios, estima gastos, justifica sus cálculos y decide qué opción resulta más viable.

Lo mismo sucede en lengua y literatura. Después de leer una novela, el alumnado puede crear un pódcast donde analiza las decisiones de los personajes y defiende su interpretación utilizando evidencias del texto.


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En una clase de ciencias naturales sobre ecosistemas podemos partir de un problema cercano: averiguar por qué ha disminuido una especie de la zona y proponer medidas para protegerla a partir de los conocimientos trabajados en clase.

Y ni siquiera es necesario organizar siempre un proyecto. Tras explicar un fenómeno científico, puede bastar con plantear una situación inesperada: ¿qué ocurriría con esta planta si permaneciera varios días sin luz? A partir de ahí, el alumnado puede discutir posibles respuestas y justificar su conclusión.

El contenido no cambia; cambia la forma de aprenderlo. En lugar de limitarse a recordar información, el alumnado debe comprenderla, relacionarla con otros conocimientos y utilizarla en situaciones diferentes, dentro y fuera del aula.

Pero hay un matiz importante: las metodologías activas no eliminan las explicaciones del profesorado ni convierten todas las clases en proyectos. El docente sigue siendo quien diseña las actividades, acompaña el proceso y ayuda al alumnado a construir el conocimiento.


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¿Cómo aprovecharlas mejor?

La investigación educativa sobre pensamiento crítico en Primaria destaca la importancia de implicar al alumnado en actividades que permitan dialogar, plantearse preguntas y utilizar los conocimientos. Uno de los cambios más visibles se produce precisamente en su papel en el aula: de escuchar, recordar y reproducir contenidos a explicar, argumentar, relacionar ideas y resolver problemas.

Además, este tipo de aprendizaje ofrece oportunidades para desarrollar competencias como el pensamiento crítico, la colaboración y la resolución de problemas, especialmente cuando el alumnado debe analizar alternativas, debatirlas con otros y buscar conjuntamente una solución.

El desafío ahora es conseguir que ese conocimiento científico llegue a las aulas y a los docentes. Porque la mejor enseñanza no es la que ayuda a recordar una respuesta durante un examen, sino la que despierta la curiosidad, desarrolla el pensamiento crítico y ofrece las herramientas para seguir aprendiendo mucho después de haber abandonado el aula.

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Silvia Conde-Izquierdo no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

‘Sobremesa’, ‘flâner’ o ‘saudade’: la traducción no intercambia palabras sino que explica culturas

Terrazas en el Greenwich Village de Nueva York. rblfmr/Shutterstock

La traducción suele entenderse como un simple cambio de palabras entre lenguas. No obstante, los principales desafíos surgen cuando una lengua expresa conceptos o realidades culturales sin equivalente directo en otra. ¿Cómo traducir la diferencia entre te quiero y te amo? ¿Qué ocurre con palabras como sobremesa, agobio o botellón?

Las lenguas no son sólo comunicación, sino también cultura, y la traducción humana sigue siendo esencial para su comprensión.

No es un simple intercambio de palabras

“Tú, que sabes inglés, tradúceme esta frase” o “¿cómo se dice mariscar en alemán?”. ¿Cuántas veces hemos escuchado preguntas como estas? Todas ellas surgen porque la traducción suele concebirse como algo automático, un simple intercambio entre dos códigos.

Sin embargo, esta va mucho más allá de sustituir unas palabras por otras. Su objetivo es transmitir el significado, la intención comunicativa y el contexto cultural, procurando que el resultado suene natural para quienes lo leen o escuchan. Precisamente por eso, cuando disfrutamos de una novela traducida o vemos una película doblada, rara vez pensamos en el trabajo que hay detrás. Si la traducción funciona, suele pasar desapercibida.

Traducir conlleva interpretar, conocer bien las lenguas y las culturas implicadas y, muy a menudo, saber leer entre líneas. Es una operación lingüística, pero también un acto de comunicación y una forma de mediación entre mundos diferentes.

Las lenguas: una visión del mundo

En español se dice nieve, pero en maorí hablan de huka-rere, “uno de los hijos de la lluvia y el viento”. Cada pueblo y su forma de ver el mundo son únicos, y estas particularidades encuentran un reflejo en las lenguas que hablan.

La relación entre lengua, cultura y pensamiento ha sido ampliamente estudiada desde disciplinas como la lingüística cognitiva o la antropología lingüística. Aunque existe debate sobre hasta qué punto el lenguaje condiciona nuestra forma de pensar, sí hay un amplio consenso en que las lenguas reflejan la experiencia y el contexto cultural de sus hablantes. Esta influencia no solo se aprecia al comparar idiomas diferentes, sino también dentro de una misma lengua.

Un ejemplo muy ilustrativo se encuentra en estos versos de Federico García Lorca:

En la mitad del camino cortó limones redondos,

y los fue tirando al agua hasta que la puso de oro.

Para un lector español, la imagen resulta natural. Sin embargo, para lectores de otros países de habla hispana, la escena puede resultar confusa. Mientras en España los limones suelen asociarse al color amarillo, en gran parte de América Latina son verdes. El propio Gabriel García Márquez recordó esta diferencia al descubrir, durante un viaje a Europa, que “el diccionario tenía razón” y que allí esa fruta tenía, efectivamente, ese color.

Si una misma palabra puede evocar imágenes distintas dentro de una misma lengua, las diferencias son aún más evidentes cuando intervienen lenguas y culturas distintas. Es precisamente ahí donde el traductor debe demostrar su competencia y tomar decisiones.

Si no existe la palabra: los vacíos léxicos

Uno de los principales desafíos de la traducción son los vacíos léxicos, es decir, cuando una lengua dispone de un término concreto para expresar una idea, mientras que otra necesita recurrir a varias palabras para transmitir el mismo significado.

Es el caso de los verbos madrugar y trasnochar. En muchas lenguas no existe un equivalente directo, por lo que es necesario traducirlos mediante expresiones como “levantarse temprano” o “acostarse tarde” (o “estar despierto hasta muy tarde”, según el contexto).

Algo parecido ocurre con sobremesa. En español basta una sola palabra para referirse al tiempo de conversación que sigue a una comida, mientras que en otras lenguas es necesario describir la situación.

Sin embargo, la ausencia de un equivalente léxico no significa que esas realidades no existan. En muchos idiomas no hay un término exacto equivalente a veranear, estrenar o puente, aunque sus hablantes también tengan vacaciones de verano, vistan una camiseta por primera vez o disfruten de un fin de semana largo gracias a un día festivo.

Este fenómeno no es exclusivo del español. Todas las lenguas poseen palabras que condensan significados difíciles de expresar de forma tan concisa en otros idiomas. Es el caso de flâner, en francés, que alude al paseo sin rumbo y contemplativo asociado tradicionalmente a la vida urbana parisina, o de saudade, en portugués, utilizada para expresar una mezcla de nostalgia, añoranza y afecto por algo o alguien ausente.

Ante estos vacíos léxicos, el traductor debe recurrir a distintas estrategias: explicar el concepto mediante una perífrasis, encontrar un equivalente aproximado o adaptar la expresión al contexto para transmitir el mismo significado. El objetivo no es traducir cada palabra de forma aislada, sino conseguir que el receptor de la traducción comprenda la misma idea que el receptor del texto original.

Los ‘realia’: cuando el problema es cultural

Si los vacíos léxicos plantean un desafío lingüístico, los realia suponen un reto cultural. Se trata de palabras que designan objetos, instituciones, costumbres o fenómenos propios de una comunidad y que no tienen un equivalente directo porque la realidad a la que hacen referencia no existe en otras culturas (o no existe de la misma manera).

Uno de los ejemplos más conocidos es siesta, una palabra que ha acabado incorporándose a muchas lenguas como préstamo, conservando prácticamente su forma original. Algo parecido ocurre con botellón, que no solo denomina una reunión para beber alcohol al aire libre, sino un fenómeno social muy característico. Traducir esta palabra exige algo más que encontrar un equivalnte: requiere explicar el contexto cultural que la hace comprensible.

La lista de realia es muy amplia: palabras como tapas, flamenco, patio, oposiciones o jerez remiten a realidades profundamente vinculadas a la cultura hispánica. En estos casos, los traductores suelen optar por mantener el término original (es decir, utilizar un préstamo) y acompañarlo de una explicación que permita al lector comprender su significado.

Los realia ponen de manifiesto que traducir no consiste únicamente en trasladar palabras de una lengua a otra. En muchas ocasiones, el verdadero reto es hacer comprensible una realidad cultural para quienes nunca han formado parte de ella.

Por todas estas razones, la intervención humana sigue siendo fundamental, incluso en una época en la que los traductores automáticos han alcanzado un notable nivel de precisión. El sentido del texto depende a menudo del contexto, de las intenciones del autor, de los conocimientos compartidos con el destinatario o de referencias culturales implícitas que una traducción literal difícilmente puede captar. El humano es capaz de interpretar todos estos elementos y tomar decisiones para que el texto no solo sea correcto desde el punto de vista lingüístico, sino también adecuado desde el punto de vista cultural.

En definitiva, traducir consiste en hacer posible la comprensión entre distintas maneras de ver el mundo.


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Olga Popova es investigadora predoctoral FPU21/04296, afiliada al Área de Lingüística General (Departamento de Filología) de la Universidad de Cádiz. Asismismo, forma parte del Instituto Universitario de Investigación en Lingüística Aplicada (ILA) y del grupo de investigación Semaínein (HUM 147). Participa en el proyecto de I+D+i PID2022-139201OB-I00, financiado por MCIN / AEI /10.13039/501100011033/ y "FEDER Una manera de hacer Europa"; y, en el proyecto ANR-19-GURE-0001, financiado por Agencia Nacional de Investigación en el marco del programa “Francia 2030". Además, es presidenta de la Asociación de Jóvenes Lingüistas (AJL) y directora de la revista Estudios Interlingüísticos.

¿Tienen base científica las recientes medidas impuestas a Meta para proteger la salud mental de los menores?

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El histórico litigio contra Meta en Estados Unidos, que comenzó en 2023 y llegó a juicio en agosto de 2026, surgió a raíz de una ola masiva de demandas impulsadas por casi medio centenar de fiscales generales, distritos escolares y familias que denunciaban sus riesgos para la salud mental. El caso sorteó la inmunidad proporcionada por la Sección 230 de la Ley de Telecomunicaciones estadounidense, que libera de responsabilidad a los proveedores y usuarios de un “servicio informático interactivo” en relación con la divulgación de información proporcionada por usuarios de terceros.

Finalmente, el procedimiento concluyó con un acuerdo multimillonario y con la imposición de transformaciones estructurales directas que afectan a Instagram y Facebook y que podrían llegar a extenderse a otras plataformas y redes sociales, según ha declarado el fiscal general William Tong.

¿Están basadas estas medidas en evidencias científicas o son únicamente cambios “estéticos”?

Bloqueos automáticos temporales

En primer lugar, el acuerdo establece dos horas diarias de uso para menores de 18 años, junto con avisos periódicos para fomentar pausas y un uso más autorregulado. La evidencia científica respalda la idea general de limitar el tiempo de exposición a las redes sociales y favorecer pausas durante su utilización, aunque no permite considerar las dos horas como un umbral médico universal ni los avisos periódicos como intervalos científicamente establecidos. Algunos ensayos experimentales sugieren que reducir temporalmente el uso puede mejorar determinados indicadores de bienestar, en parte, a través de una mejoría del sueño. Sin embargo, los efectos dependen también de cómo y para qué se utilizan las redes.

En segundo lugar, se establecerán bloqueos automáticos durante la noche, en línea con la evidencia que relaciona el insomnio con una mayor presencia de síntomas de problemas de salud mental. Esta medida podría complementarse o sustituirse por otras más sencillas en el hogar, como evitar que los adolescentes utilicen el móvil en el dormitorio o dejarlo fuera de la habitación durante la noche.

En tercer lugar, se suprimirán las notificaciones emergentes –push notifications– en horario escolar. Aunque esta medida puede evitar el “efecto llamada”, debemos recordar que la revisión frecuente de las redes sociales ha sido relacionada con el fenómeno denominado Fear of Missing Out o FOMO –inquietud de estar perdiéndose experiencias que otras personas sí están viviendo, en este caso en las redes sociales–, el cual no desaparece eliminando las notificaciones.

Sin filtros estéticos ni recompensas

Por otra parte, la propuesta de eliminar los filtros estéticos evitaría que los menores se comparasen con una imagen de sí mismos modificada e inalcanzable, circunstancia que puede provocar problemas de autoestima o de imagen corporal. No obstante, si se siguen usando este tipo de filtros en las plataformas de sus referentes adultos, que suelen hacer vídeos conjuntos o salir en sus publicaciones, podrán seguir viéndose reflejados de manera irreal.

Además, también desaparecerá el botón de “Me gusta” en cuentas adolescentes, un gran reforzador de la publicación de contenido en redes. Aun así, ocultar el número de “me gusta” no elimina las interacciones sociales: los comentarios, seguidores, elementos compartidos o mensajes continúan proporcionando señales de aprobación y reconocimiento. Por tanto, es razonable pensar que la búsqueda de aprobación podría desplazarse hacia otras formas de interacción.

Verificación de la edad y control parental

Por último, debemos destacar dos medidas relacionadas con la privacidad y la seguridad.

La primera disposición es llevar a cabo un refuerzo de la verificación de edad. De hecho, ya se están desarrollando sistemas que no impliquen revelar a la plataforma la identidad, la fecha exacta de nacimiento u otros datos personales. No obstante, estas tecnologías todavía presentan retos relacionados con su precisión, los falsos positivos y negativos, la representatividad de los algoritmos y el equilibro entre seguridad y privacidad.

El objetivo es, por tanto, encontrar un punto medio entre una verificación suficientemente fiable para proteger a los menores y el principio de minimización de datos que exige la protección de la privacidad.

La otra medida implica desarrollar mejoras en los controles parentales, para que sean más accesibles y los tutores puedan desactivar tanto el feed algorítmico como la reproducción automática. En este caso, el empleo de cortafuegos automatizados puede ser muy útil, pero tampoco debemos olvidar la importante función presencial que deben tener padres y madres en la crianza.

Más allá de las redes

Las redes sociales ofrecen grandes oportunidades, tanto para personas adultas como para las más jóvenes, aunque también han demostrado su potencial para generar complicaciones. En el caso concreto de los adolescentes, estos retos se multiplican por tratarse de una población más vulnerable, que requiere, por tanto, una mayor protección.

Por supuesto, existen maneras de frenar los riesgos inherentes de las redes. Eso sí, su eficacia real tendrá que comprobarse después de su implantación, mediante datos sobre el comportamiento de los usuarios y evaluaciones independientes. Para ello, será muy importante la implicación de los progenitores, pero también la de los propios adolescentes, dado que la mayoría de las medidas pueden ser sorteadas o sustituidas por otras estrategias de uso. Por eso, por ejemplo, habrá que desarrollar mecanismos para identificar cuentas múltiples, pertenecientes al mismo menor, con las que se tratan de burlar los límites de edad.

Ante todo, debemos asumir que la relación conflictiva entre las redes sociales y la adolescencia va más allá de las medidas corporativas que puedan tomarse (las cuales, sin duda, juegan un papel fundamental). Continúa siendo crucial priorizar la alfabetización digital, tanto de los jóvenes como de sus progenitores y educadores.

Y, en este contexto, no podemos olvidar la importancia del ejemplo de los adultos: no solo importa cuánto tiempo pasamos frente a las pantallas, sino también cómo las utilizamos y qué comportamiento mostramos en ellas.

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Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

¿Por qué el estrés puede incrementar los síntomas del déficit de atención?

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Imaginemos que estamos en un restaurante y ordenamos un vaso de limonada. Su sabor ya está definido, lo hemos probado antes y su receta no cambia. No obstante, la cantidad de hielo que le agreguemos sí modificará la experiencia: puede hacer que el sabor se perciba más suave o menos intenso. Algo parecido ocurre en nuestro cuerpo en el caso del Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH).

La “receta” de base está en el ADN, pero otros factores pueden modular cómo se expresa. Uno de ellos es el cortisol, la hormona que regula la respuesta al estrés. No cambia esas instrucciones iniciales, pero sí puede influir en la intensidad con la que se manifiestan ciertos rasgos.

Esta relación no es igual para todas las personas

Siguiendo la analogía de la limonada, no todos los vasos son iguales: algunos son más grandes, otros más estrechos, y eso hace que la misma cantidad de hielo produzca efectos distintos. En términos biológicos, esas diferencias están en las variaciones genéticas que cada persona tiene.

En una investigación reciente con adultos jóvenes, nuestro equipo analizó cómo interactúan estos factores. Para ello, se estudiaron 120 personas entre los 18 y 24 años. Se midieron sus niveles de cortisol en dos momentos de la mañana, un periodo especialmente sensible para evaluar la respuesta del organismo al estrés, porque esta hormona experimenta un aumento natural tras despertar y después fluctúa a lo largo del día.

Además, se analizaron variantes genéticas previamente asociadas con el TDAH y se evaluaron sus niveles de impulsividad.

Los resultados muestran que el cortisol no actúa de manera aislada. Su efecto depende, en parte, del perfil genético de cada individuo y de características conductuales como la impulsividad. Es decir, no basta con tener una predisposición genética: la forma en que el cuerpo responde al estrés puede amplificar o atenuar la expresión de los síntomas.

Este hallazgo ayuda a entender por qué el TDAH no se manifiesta de la misma manera en todas las personas. Mientras algunos presentan mayores dificultades para mantener la atención, otros pueden experimentar niveles más altos de impulsividad o hiperactividad, incluso teniendo perfiles genéticos similares.


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¿Por qué importa esto en la vida diaria?

Para muchas personas con TDAH, las dificultades no se limitan a “prestar atención”. Se reflejan en situaciones cotidianas: seguir una conversación, organizar tareas, cumplir plazos o mantener la concentración durante una jornada académica o laboral.

Si el cortisol modula la intensidad de estos síntomas, la respuesta al estrés deja de ser un factor secundario. Momentos de alta exigencia, como exámenes, sobrecarga laboral o cambios en la rutina, podrían acentuar la impulsividad o la distracción en algunas personas más que en otras. Esto también ayuda a explicar por qué hay días “mejores” y “peores”. No siempre se trata de falta de esfuerzo o de motivación, sino de cómo interactúan factores biológicos que no son evidentes a simple vista.

Además, el cortisol no solo está relacionado con el estrés psicológico. También influye en el sueño, la energía y la regulación emocional. Cuando sus niveles no están en equilibrio, pueden aparecer dificultades para descansar bien, fatiga durante el día o mayor reactividad emocional, elementos que a su vez pueden agravar los desafíos asociados al TDAH.

Entender estas interacciones no implica reducir el TDAH al estrés, pero sí ampliar la perspectiva: no es solo una cuestión de atención o conducta, sino un fenómeno en el que intervienen procesos biológicos, psicológicos y contextuales.


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¿Qué podemos hacer con esta información?

Aunque los hallazgos no cambian por sí solos la forma en que se diagnostica o se trata el TDAH, sí invitan a ampliar su abordaje. Si la respuesta al estrés influye en la intensidad de los síntomas, entender y gestionar ese componente puede ser parte del enfoque. En la práctica, esto refuerza la importancia de estrategias que ya se utilizan en muchos contextos clínicos y educativos: mejorar la calidad del sueño, establecer rutinas estables y desarrollar herramientas para manejar el estrés cotidiano. No como soluciones únicas, sino como elementos que pueden ayudar a reducir el impacto de los síntomas.

También abre la puerta a enfoques más personalizados. Dos personas con características genéticas similares pueden experimentar el TDAH de forma distinta dependiendo de cómo responde su organismo al estrés. Integrar información biológica, conductual y contextual podría permitir intervenciones más ajustadas a cada caso. Es lo que conocemos como la medicina de precisión, y debería guiar los tratamientos futuros en general, no sólo para esta condición.

Más que ofrecer respuestas definitivas, este tipo de estudios contribuye a formular mejores preguntas: no solo debemos plantearnos qué causa el TDAH, sino cómo y en qué condiciones se expresa. Sin duda, la relación entre el estrés y el TDAH apunta a la necesidad de estudiarlo como un fenómeno complejo, donde distintos sistemas interactúan. Entender mejor estas relaciones no solo ayuda a explicar la diversidad de manifestaciones del trastorno, sino que puede orientar futuras estrategias de prevención y tratamiento.

La experiencia de una persona con TDAH es mucho más compleja que sólo algunas dificultades para prestar atención, lo que nos invita a ser más empáticos y comprensivos en su abordaje.

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Nicolás Garzón Rodríguez recibió fondos del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación de Colombia.

La mayoría de las galaxias nunca mueren, como los viejos rockeros

42 galaxias aleatoriamente escogidas del Siena Galaxy Atlas. Las imágenes ilustran la diversidad de colores y morfologías. CTIO/NOIRLab/DOE/NSF/AURA/J. Moustakas, CC BY

A los humanos nos gusta asignar etiquetas. Muy a menudo nos facilitan la vida, pero en otras tantas ocasiones causan problemas. Por ejemplo, cuando presuponemos determinadas características a todos los miembros de un grupo o cuando aparecen individuos que no terminan de encajar en el esquema. Esto también ocurre cuando hablamos de galaxias “vivas” o “muertas”.

El color de las galaxias

En este sentido, es habitual clasificar las galaxias como “rojas” o “azules” en función de la cantidad de luz que emiten en el rango visible.

Las estrellas más masivas emiten fotones de mayor energía. A pesar de su escaso número, son tan luminosas que confieren a las galaxias un color azulado. Viven durante muy poco tiempo, y en menos de cien millones de años desaparecen en hermosas explosiones de supernova.

Por el contrario, la inmensa mayoría de las estrellas tiene una masa más modesta, como nuestro Sol. Queman su combustible más despacio y son amarillentas o rojizas. No explotan y su vida es considerablemente más larga.

Una galaxia es “azul” cuando contiene un número apreciable de estrellas masivas. Estas se extinguen rápidamente, pero la galaxia las va reponiendo a medida que nacen nuevas generaciones. Si por alguna razón se interrumpe este proceso, la galaxia “muere” y su color se torna rojizo.

Envejecimiento cósmico

Es indudable que las galaxias “azules” forman estrellas. ¿Y las “rojas”? La mayoría de los estudios se refiere a ellas como “pasivas” o incluso red and dead (“rojas y muertas”), dando a entender que forman muy pocas estrellas o ninguna en absoluto.

Los firmantes de este artículo estamos firmemente convencidos de que la distinción no es baladí. Desde hace años defendemos que en realidad no existen dos tipos de galaxias. Unas forman más estrellas que otras, pero probablemente ninguna está completamente extinguida. Simplemente, el color cambia rápidamente cuando la fracción de estrellas jóvenes (de menos de cien millones de años) cae por debajo del uno por mil.

Irónicamente, la categoría intermedia “verde” es bastante “normal” (la moda estadística). Sin embargo, contiene muy pocas galaxias porque la franja de edades estelares que comprende es muy estrecha.

Por poner una comparación, la “pirámide” de población europea alcanza su máximo en torno a los cincuenta años. Si clasificamos a las personas más jóvenes de 49 como “azules” y a las más viejas de 51 como “rojas”, quedan muy pocos individuos en la categoría intermedia. Eso no implica que uno sea igual de joven hasta los cincuenta, y el día de su cumpleaños se levante viejo y achacoso (que, con todo, sigue siendo mucho mejor que muerto).

Nosotros creemos que con las galaxias ocurre exactamente lo mismo que en esta analogía: la mayoría envejece de manera gradual, y son únicamente las etiquetas que les asignamos las que cambian bruscamente. La población de las galaxias “rojas” es muy vieja, dominada por estrellas poco masivas, pero eso no significa que ya no nazca ninguna en absoluto.

Perder gas

Las galaxias obtienen el gas para formar nuevas estrellas del medio circundante. Para que mueran del todo, alguien debe robarles este combustible.

El culpable de tamaña fechoría puede estar escondido en su interior. Por ejemplo, la energía inyectada por un agujero negro supermasivo activo puede calentar el gas galáctico, impidiendo que se condense, o expulsarlo de vuelta al medio intergaláctico a gran velocidad.

Otra posibilidad es que a la pobre galaxia le haya tocado vivir en un entorno hostil. Si la temperatura del medio es muy alta, las galaxias más pequeñas no ejercen suficiente gravedad para atraer el gas y mueren por “inanición”. Al moverse a través del medio, el viento en contra puede ser tan intenso como para arrancarles el que traían consigo y convertirlas en galaxias “medusa”. Otros efectos, como las fuerzas de marea, pueden contribuir también a la pérdida de gas.

una galaxia y su cola de gas
Imagen de la galaxia medusa ESO 137-001. El gas que deja atrás forma pequeños tentáculos observables en luz visible, así como una gran cola (azul en la imagen) de gas caliente que brilla en rayos X. NASA, ESA, CXC/Wikimedia commons, CC BY

El resultado es siempre el mismo: cuando se agota el gas, ya no pueden formarse nuevas estrellas. La galaxia ha muerto.

Nacidas hace 100 millones de años

A partir de los colores observados por el satélite Euclid y telescopios terrestres en una muestra de decenas de miles de galaxias, hemos reconstruido la cantidad de estrellas nacidas entre los últimos cien y los últimos mil millones de años.

De nuestro estudio se infiere que la mayoría de las galaxias (en torno al 70 %) está “envejeciendo” tranquilamente. El ritmo al que estos objetos han formado sus estrellas no ha variado gran cosa entre ambas escalas de tiempo. Entre un 15 % y un 20 % llevan mucho tiempo “retiradas” y no podemos discernir si han formado pocas estrellas o ninguna. El 10 o el 15 % restante muestra indicios de “truncamiento”: se detectan estrellas más jóvenes de mil millones de años, pero en los últimos cien millones de años no ha nacido prácticamente ninguna. Algo ha tenido que ocurrir para que hayan pisado el freno.

diagrama
Diagrama de envejecimiento de las estrellas, con dos caminos evolutivos. Elaboración del autor, CC BY

Como muestra el diagrama, cuando una galaxia envejece gradualmente forma sus estrellas a ritmo más o menos constante. El porcentaje que ha nacido en los últimos mil millones de años es aproximadamente diez veces superior a los últimos cien. Cuando sufre truncamiento, en los últimos cien millones de años ha formado muchas menos de lo esperado.

En estos momentos estamos analizando una muestra mucho mayor (casi cincuenta millones de galaxias) extraída de los nuevos datos que se harán públicos en unos meses. Gracias a la mejor estadística, podremos determinar la fracción de galaxias de cada tipo con mayor precisión y estudiar en mucho más detalle cómo evoluciona con el tiempo y con la masa individual de la galaxia.

Sobre todo, será posible estimar a qué ritmo aumenta el número de galaxias retiradas debido al envejecimiento gradual y al truncamiento. Al relacionar ambos caminos evolutivos con otras propiedades físicas, como el diámetro de la galaxia o su composición química, obtendremos nuevas pistas sobre los malhechores que acaban con la formación estelar.

¿Seguirá siendo útil la distinción entre “envejecimiento” y “truncamiento”, o habrá que buscar nuevas etiquetas?

The Conversation

Yago Ascasibar recibe fondos de la Agencia Estatal de Investigación (MICIU/AEI/10.13039/501100011033) a través de la ayuda PID2025-174697NB-I00.

Pablo Corcho Caballero no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

Published — 12 September 2026 the conversation - Artículos, análisis, comentarios

La selección: así hemos cambiado desde el 11-S

El World Trade Center el 11-S tras el primer ataque a la Torre Norte. Library of Congress

Casi 3 000 muertos. Así, de un plumazo. Y más de 25 000 heridos. Todo, en menos de una mañana. Fue el atentado terrorista más mortífero de la historia y muchas de las personas que están leyendo estas líneas lo vivieron en directo aquel 11 de septiembre de 2001. Cómo olvidarlo…

¿Qué estaba haciendo usted cuando se enteró? ¿Lo recuerda? Todos lo hacemos, especialmente los que tenemos ya unos años, y más especialmente todavía quienes en aquel momento ya éramos periodistas.

Sabemos perfectamente cómo transcurrió aquel día y cómo aquellos impactos brutales de aviones sobre rascacielos impactaban también en nuestra cabeza y en cada uno de los poros de nuestra piel, en nuestros ojos, en nuestras entrañas. El horror en tiempo real. El salvajismo más aterrador en las pantallas de las televisiones de todo el mundo. En 25 años no lo hemos podido olvidar.

¿Cómo hemos cambiado desde entonces? ¿Cómo es hoy ese mundo en el que cuatro aviones fueron secuestrados por terroristas suicidas y dejaron al planeta absolutamente sobrecogido, impotente, en estado de shock? Desafortunadamente, no es mejor, especialmente el país que lo sufrió en su piel, donde la democracia ha dado marcha atrás. 25 años después de aquello, Estados Unidos ha perdido su estatus de democracia liberal plena por primera vez en la historia reciente.

El orden y la seguridad adquirieron una nueva dimensión aquel día. Y en su nombre algunos derechos humanos pendieron de un hilo que los ataques preventivos o las detenciones arbitrarias debilitaban cada día más. Y todos lo consentimos.

Los aviones y los aeropuertos, cómo no, se blindaron con controles exhaustivos, con cabinas de mando dependientes de unos protocolos especialísimos de apertura. Estados Unidos creó la Administración de Seguridad en el Transporte. En Europa se respondió con el Reglamento (CE) 2320/2002, que estableció la obligación de realizar inspecciones de seguridad a todos los pasajeros y equipaje de la bodega.

Pero la transformación no se quedó en los aeropuertos. El 11-S cambió nuestra manera de mirar el mundo. La amenaza terrorista pasó a formar parte del paisaje cotidiano y la llamada “guerra contra el terror” convirtió la seguridad en una prioridad capaz de justificar guerras, vigilancia y restricciones que antes habrían resultado difíciles de aceptar. Y los líderes de Al-Qaeda, Osama bin Laden y Ayman al-Zawahri, responsables últimos de aquel ataque, por fin cayeron.

Tres años después del atentado en Nueva York, otro día 11, pero esta vez de marzo, España sufrió el mayor ataque de su historia. El terror yihadista reapareció y puso su objetivo en el corazón del país, en Madrid, provocando el mayor atentado terrorista en Europa: 192 muertos y 1 856 heridos.

La literatura, el cine y otras expresiones culturales terminaron reflejando la nueva realidad que había dejado el 11-S, ocupándose del relato de lo que pasó: el atentado dejó de ser solo un acontecimiento para convertirse en un marco desde el que contar la guerra, la sospecha, las fronteras y el miedo.

También cambió Nueva York. Las Torres Gemelas desaparecieron del horizonte, pero su ausencia se convirtió en un nuevo símbolo de la ciudad. El vacío que dejaron sus huellas, convertido en memorial, recuerda que también la arquitectura puede convertirse en memoria colectiva.

El golpe tuvo consecuencias económicas, aunque menos profundas y duraderas de lo que podría sugerir la magnitud de la tragedia. Los mercados estadounidenses permanecieron cerrados varios días y algunos sectores, como el transporte aéreo y el turismo, sufrieron especialmente, pero la economía mundial acabaría demostrando que otros acontecimientos posteriores tendrían un impacto mucho mayor.

Quizá el cambio más profundo, sin embargo, ocurrió dentro de nosotros. Aquel día aprendimos que el miedo puede ser colectivo, instantáneo y global. Pero también que, frente a una catástrofe, junto al miedo aparecen la solidaridad, la gratitud y la necesidad de comprender. Veinticinco años después, quizá esa sea una de las pocas lecciones que merece la pena conservar.

The Conversation
Published — 11 September 2026 the conversation - Artículos, análisis, comentarios

Populists claim to speak for ‘the people’ – but who are they actually talking about?

CC7/Shutterstock

As support for populist movements surges around the world, the term has become something of a buzzword. It is used to describe very different movements and public figures in very different political contexts. These range from rightwing figures like Jair Bolsonaro in Brazil and Narendra Modi in India, to leftists like the US’ Bernie Sanders, Spain’s Pablo Iglesias and South Africa’s Julius Malema.

To further complicate this issue, scholars tend to work with different definitions of populism. Some see it as an ideology, others a type of discourse, or even a form of government. Despite these differences, most definitions agree on one core idea. Populism divides society into two opposing groups: the “pure people”, and the “corrupt elites”.

The concept of “the people” is the bedrock of populism, but we still know relatively little about what it actually means for supporters to see themselves as part of this group. A great deal of research has focused on populist parties and leaders themselves, including how they present their version of “the people” as morally superior to the corrupt elites. My own research looks at the other side, to find out what it means to the supporters who vote them into power.

An endlessly flexible concept

Some authors have argued that the vagueness of who “the people” are is actually a key element of populism’s strong appeal. Because the idea is broad and flexible, it can travel across countries and political ideologies, allowing different groups of voters to identify with it and imagine themselves as part of the same broader community.

This is not only the case for “the people” – terms like “establishment” or “elites” are used to similar effect to broadly identify those who are not “the people”.

This flexibility means that the people included in “the people” can vary considerably. Politicians can use the term to refer to those who share a particular cultural identity, as French rightwing populist Marine Le Pen does when she invokes it to promote policies giving priority to French citizens.

Similarly, others refer to it as directly overlapping with national groupings. Spain’s populist radical right party Vox, for instance, often claims to speak on behalf of “the Spanish people”.

Yet others, such as German populist Sahra Wagenknech – whose political position combines elements of the far left and right – use it to refer to economically disadvantaged groups, for instance advocating for those who have been “forgotten for years by politicians”, to promote higher wages and stronger social benefits.


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While the members of this imagined group can be completely different, populists across the spectrum present “the people” as a unified and morally good group whose interests are being ignored or betrayed by corrupt elites. Populist figures and parties cast themselves as the solution, a force that is uniquely capable of understanding and serving a downtrodden, neglected electorate.

It is just as important to pay attention to who politicians include in this imagined community as to who they exclude. On the right, this often runs along cultural or racial lines, while the left typically excludes wealthier social classes.

Populist politicians may even suggest that anyone who disagrees with them does not truly belong to “the people” at all. British populist and Brexit architect Nigel Farage expressed this in the most literal terms when he said “we’re the people. The Brexit party are the people”.


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Populist supporters

Previous research has measured how strongly individual voters identify with “the people”. However, to better understand what belonging to this group means, we also need to take a step back and look at the interpretations, emotions and experiences that supporters attach to this imagined community.

One way of doing this is to talk to supporters of different populist movements, in order to grasp their understandings about what membership in “the people” entails. Another way can be to look at communication among these supporters in online communities. These spaces offer geographically unbounded spaces to interpret political messages together, develop a shared sense of identity and belonging, and negotiate who is included in – and excluded from – “the people”.


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My own research has followed both of these lines. In a recent study, I analysed 6,000 online community interactions, as well as 33 in-depth interviews with right and left-wing populist supporters. The analysis showed that populist supporters identified with “the people” in three ways: through how they imagine the group, how they feel about it, and how they experience being part of it.

As suggested by previous research, supporters often imagine “the people” as hard-working, deserving, and morally legitimate. Right-wing supporters connect this identity with cultural belonging, while left-wing supporters emphasise working-class identity.

However, this identification is also strongly emotional. Supporters express close affection and loyalty toward their preferred populist politicians, while showing anger and fear toward elites, opponents and groups they see as threatening the community. They also express deep love and understanding for fellow members of “the people” – whether this community is more abstract, or made up of specific people they are in contact with online or offline.

They also experience “the people” through relationships and political participation. Interacting with other perceived members of “the people” creates belonging, validation and purpose, while political activity – whether offline at rallies and protests or online – can strengthen this sense of community and encourage further participation.

Taken together, this suggests that populist support is not only about political ideas or policies. Identification with “the people” works because the term’s flexibility allows politicians to frame it in compelling ways, and because supporters’ interpretations align with those political messages.

But it is also aspirational, offering a sense of community and belonging to those who get to see themselves as part of this group. It helps supporters feel that they belong, that they are understood by others, and they are connected to a shared purpose.


A weekly e-mail in English featuring expertise from scholars and researchers. It provides an introduction to the diversity of research coming out of the continent and considers some of the key issues facing European countries. Get the newsletter!


The Conversation

Clara Juarez Miro no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

Published — 10 September 2026 the conversation - Artículos, análisis, comentarios

¿Realmente ha resuelto OpenAI el “problema matemático del milenio” de Navier-Stokes?

El "problema del milenio" está relacionado con la velocidad de fluidos llamados "incompresibles" (un _jet_, como el que muestra la imagen). Wikimedia commons, CC BY

El 8 de septiembre de 2026, la empresa OpenAI anunció en su cuenta de X una solución a las ecuaciones de Navier-Stokes, uno de los siete “problemas matemáticos del milenio”, cuya resolución sería premiada por el Clay Mathematics Institute con la suma de un millón de dólares.

Para lograrlo, OpenAI empleó alrededor de 10 000 agentes de IA trabajando en paralelo durante 88 horas.

El problema del flujo “incompresible”

¿En qué consiste este problema y qué posibles consecuencias arrojan los resultados?

Las ecuaciones de Navier-Stokes intentan responder con matemáticas a una pregunta cuya respuesta es mucho más compleja de lo que puede parecer: de qué manera se mueve un fluido –como el agua–, el humo de un cigarro, etc.

El físico francés Claude-Louis Marie Navier derivó las ecuaciones en 1822 y el matemático irlandés George Gabriel Stokes les dio su formulación definitiva en 1845. De ahí que el nombre del modelo lleve sus apellidos.

El “problema del milenio” está planteado respecto a las ecuaciones Navier-Stokes “incompresibles”, es decir, referidas a fluidos que tienen una densidad constante, tan cotidianos como el agua, la sangre que corre por nuestras venas o la leche. En estos fluidos, el movimiento no altera su densidad, y por eso se llama flujo incompresible. Por el contrario, en fluidos como el aire la densidad sí se ve alterada con el movimiento.

Pero existe la posibilidad teórica de que, con el tiempo, el fluido incompresible se concentre tanto en un solo punto que la velocidad o la presión se vuelvan infinitas. Explotaría. No es algo que veamos en la realidad, pero sí en los modelos matemáticos. Estos puntos de velocidad infinita o presión infinita los llamamos “singularidades”.

Si algo se vuelve infinito en el mundo real, la ecuación “se rompe” y deja de funcionar para predecir el futuro.

¿Cuál es el problema del milenio que se plantea?

Lo que hay que resolver es si las ecuaciones dan lugar en algún momento a esas singularidades que llevarían a que la velocidad o la presión del fluido incompresible fueran infinitos, y estallara. Es lo que se conoce como el problema de existencia y regularidad de Navier-Stokes.

Demostrar la regularidad establecería que las ecuaciones de Navier-Stokes incompresibles están matemáticamente bien planteadas cuando las variables del fluido (como su velocidad o presión) cambian de forma continua, gradual y sin saltos bruscos ni picos.

Nadie ha presentado una demostración que haya sido aceptada oficialmente por la comunidad científica mundial. ¿Hasta hoy?

Cómo ganar el premio

La resolución, y llevarse el millón de dólares, requiere probar una de cuatro afirmaciones contempladas en el modelo matemático. Son las que el problema del milenio llama “afirmaciones A, B, C y D”, que se resumen aquí:

  • El primer reto es demostrar la regularidad global, es decir, probar que, para cualquier condición inicial suave (sin picos ni explosiones), si la fuerza externa es cero, la solución matemática permanece suave para todo instante de tiempo (afirmaciones A y B).

  • El segundo desafío es construir un modelo que pueda funcionar en aquellos casos en las que tanto las condiciones iniciales del fluido como las fuerzas externas son suaves, pero se producen singularidades; por ejemplo, una velocidad infinita (afirmaciones C y D).

Dónde se ha llegado

En el artículo de 166 paginas presentado por OpenAI, aparecen “supuestamente” demostradas dos de las cuatro afirmaciones que requerían ser probadas (C y D).

Dejando a un lado las acusaciones de plagio que ha recibido OpenAI, y suponiendo que los resultados son aceptados por la comunidad científica, ¿qué consecuencias tendrían?

De momento no ha sido revisado por científicos externos (algo que exige cualquier trabajo científico) y una revisión de esta importancia suele tardar meses.

Aparentemente, la demostración presentada por OpenAI indica que fluidos forzados (aquellos a los que se les aplica una fuerza externa, como la gravedad actuando sobre el agua) pueden desarrollar singularidades, es decir, un punto donde las reglas se rompen porque algo se vuelve infinito. Si dicha demostración es válida, que lo parece, les dan el premio.

Sin embargo, el trabajo de OpenAI no ofrece solución si se trata de fluidos no forzados y tampoco ha probado la existencia y regularidad de las soluciones de Navier-Stokes sin la intervención de fuerzas externas. Es decir, aunque ha resuelto dos de las cuestiones, otras quedan aún abiertas. Aún así, a priori podemos decir que se han cumplido los criterios del “problema del milenio”.

Falta por saber qué ocurrirá con el millón de dólares que promete el Mathematics Institute.

Una advertencia matemática

Por otro lado, que una ecuación diferencial, como es el caso del modelo Navier-Stokes, desarrolle una singularidad en tiempo finito es una señal de advertencia matemática: las hipótesis realizadas cuando se construyó el modelo han alcanzado su límite, y el modelo no es capaz de representar la realidad física bajo dichas condiciones extremas.

El misticismo alrededor de las ecuaciones de Navier-Stokes es solo la punta del iceberg de una de las cuestiones abiertas en física: el problema de la turbulencia.

Aún a día de hoy, matemáticos, físicos e ingenieros difieren en lo que significa encontrar una solución: para los matemáticos, sería demostrar su existencia, unicidad y regularidad global. Para los físicos, sería deducir teóricamente las leyes estadísticas universales, el comportamiento anómalo y la intermitencia a pequeñas escalas. Para los ingenieros, sería buscar modelos turbulentos y métodos computacionales precisos para predecir flujos aerodinámicos, geofísicos e industriales en un tiempo razonable (horas o minutos).

El problema de la turbulencia no se resolverá con un único descubrimiento deslumbrante o una fórmula cerrada única, sino cuando se logren explicar y conectar satisfactoriamente diferentes subproblemas matemáticos (como la regularidad), físicos (como la intermitencia) e ingenieriles (por ejemplo, los modelos turbulentos). Hasta entonces, aún queda trabajo por delante.

The Conversation

Víctor Javier Llorente Lázaro no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

¿Qué supondría para Europa la llegada al poder de la ultraderecha en Alemania?

AfD celebrando su victoria el pasado domingo. RTVE

La victoria de Alternativa para Alemania (AfD) en las elecciones de Sajonia-Anhalt del pasado domingo supone un nuevo salto cualitativo para la derecha radical-populista alemana. Según los resultados, con el 43,8 % de los votos, AfD ha quedado muy por delante de la centroderecha de la CDU (la Unión Demócrata Cristiana), que obtuvo el 17,2 %, mientras que la centroizquierda del SPD (el Partido Socialdemócrata) se situó en el 9,3 %. AfD no dispone, sin embargo, de mayoría absoluta: cuenta con 39 de los 83 escaños del Parlamento regional.

El cordón sanitario puede romperse

El cordón sanitario (Brandmauer) mantenido por los principales partidos alemanes dificulta su acceso al gobierno, pero esta vez existe una novedad importante. El BSW de Sahra Wagenknecht, formación populista de izquierda soberanista, ha obtenido cinco escaños y cuestiona abiertamente el aislamiento de AfD.

Aunque el BSW no plantea por ahora una coalición formal, su disposición a romper el cordón sanitario podría abrir a AfD las puertas del gobierno regional: sus cinco diputados, sumados a los 39 de AfD, proporcionarían una mayoría absoluta de 44 escaños. El resultado adquiere además especial relevancia porque el 20 de septiembre se celebrarán elecciones en Berlín y Mecklemburgo-Pomerania Occidental.

Conviene, al mismo tiempo, no exagerar la trascendencia inmediata del resultado. Sajonia-Anhalt tiene poco más de dos millones de habitantes y un peso económico relativamente reducido dentro de Alemania. No es Baviera ni Renania del Norte-Westfalia, dos Länder (estados federales) cuya dimensión demográfica y económica les confiere una influencia muy superior.

Unas elecciones regionales en Sajonia-Anhalt no van a cambiar por sí solas la política exterior de Berlín. Sin embargo, sí plantean una pregunta que trasciende ampliamente las fronteras del Land: ¿qué significaría para Europa una Alemania en la que AfD llegase algún día al Gobierno federal?

Posible giro franco-alemán hacia la derecha radical-populista

Las consecuencias serían potencialmente profundas. Alemania es la mayor economía de la Unión Europea y uno de los Estados imprescindibles para cualquier avance significativo de la integración. AfD defiende una concepción mucho más soberanista de Europa, se opone al actual apoyo militar a Ucrania y mantiene posiciones considerablemente más favorables a Rusia que los principales partidos alemanes.

Una Alemania gobernada por AfD no necesitaría siquiera abandonar la Unión Europea para transformarla. Desde dentro, podría utilizar su enorme peso político y económico para debilitar progresivamente consensos, normas y políticas comunes construidas durante décadas.

La combinación con una eventual victoria de la derecha radical-populista en Francia multiplicaría este efecto. Y no se trata de un horizonte lejano: la primera vuelta de las próximas elecciones presidenciales francesas tendrá lugar el 18 de abril de 2027 y, de ser necesaria, la segunda el 2 de mayo.

Si las dos principales potencias de la UE estuvieran simultáneamente gobernadas por fuerzas nacionalistas y soberanistas, el problema dejaría de ser la presencia de partidos euroescépticos en algunos Estados miembros y afectaría al propio núcleo francoalemán alrededor del cual se ha construido buena parte del proceso de integración europea.

Alemania se está rearmando

Existe además una dimensión que merece especial atención: Alemania se está rearmando. Tras décadas de contención militar, Berlín está acometiendo una transformación extraordinaria de sus capacidades de defensa.

Su presupuesto ordinario de Defensa asciende en 2026 a unos 82 700 millones de euros, a los que se añaden 25 500 millones procedentes del fondo especial para la Bundeswehr. El objetivo gubernamental es alcanzar aproximadamente el 3,5 % del PIB en gasto militar en 2029. Para facilitar este esfuerzo, Alemania reformó en 2025 su Constitución, permitiendo financiar, al margen de las restricciones ordinarias del “freno de la deuda”, el gasto en defensa y otras partidas de seguridad que excedan el 1 % del PIB.

La Alemania que está construyendo estas capacidades sigue siendo europeísta y firmemente comprometida con la OTAN. Su rearme se concibe fundamentalmente como una respuesta a la amenaza rusa y como una contribución a la seguridad colectiva europea. Por ello, incluso países como Polonia, históricamente sensibles ante el poder militar alemán, respaldan hoy un fortalecimiento de las capacidades europeas de defensa frente a Rusia y una cooperación más estrecha con Berlín.


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Pero las capacidades militares sobreviven a los gobiernos que deciden crearlas. Los tanques, sistemas de defensa aérea, infraestructuras y recursos presupuestarios que Alemania está adquiriendo hoy seguirán existiendo bajo futuros gobiernos. ¿Cómo percibirían Polonia y otros vecinos una Alemania mucho más poderosa militarmente si estuviera gobernada algún día por una fuerza nacionalista, soberanista, crítica con la integración europea y favorable a una relación diferente con Rusia? La cuestión puede parecer hoy remota, pero el resultado de Sajonia-Anhalt obliga al menos a plantearla.

El efecto AfD en los partidos tradicionales

En cualquier caso, AfD no necesita conquistar la Cancillería para influir sobre la política internacional alemana. El crecimiento sostenido de una fuerza que cuestiona el apoyo a Ucrania, la inmigración, determinadas políticas europeas y algunos compromisos internacionales puede modificar los incentivos electorales de los partidos tradicionales. Su influencia empieza cuando los demás partidos consideran necesario adaptar sus propias posiciones para evitar perder más votantes. El poder político no consiste únicamente en gobernar: también consiste en alterar los límites de lo que los demás consideran electoralmente posible.

Esto no significa que los partidos democráticos alemanes deban abandonar el cordón sanitario. Que AfD pueda utilizar su aislamiento para presentarse como víctima del sistema no constituye por sí solo una razón suficiente para normalizarla políticamente. Pero el Brandmauer no puede convertirse en un sustituto de la política.

Los partidos centristas y europeístas de Alemania –y del resto de Europa– necesitan abandonar polarizaciones improductivas que pueden proporcionar ventajas electorales a corto plazo, pero que dificultan la construcción de respuestas duraderas. Frente al populismo, excluir del poder no basta: hacen falta ideas, reformas y resultados. Eso exige recuperar la lógica de los pactos de Estado entre fuerzas políticas diferentes pero comprometidas con unos consensos básicos, para ofrecer respuestas creíbles a cuestiones como el crecimiento económico, la inmigración o la seguridad.

De esos resultados depende también la política exterior. Una Alemania capaz de liderar Europa, mantenerse firme frente a Rusia y seguir siendo un socio fiable dentro de la OTAN necesita capital político doméstico para poder hacerlo. Reconstruirlo mediante acuerdos y resultados concretos es, por tanto, una de las principales tareas geopolíticas de los partidos europeístas alemanes. Y debería ser también la consecuencia más importante de lo ocurrido en Sajonia-Anhalt.

The Conversation

Andrea Betti no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

25 años del 11-S: cómo ha cambiado nuestra percepción del terrorismo

Polvo y escombros en las inmediaciones de la Zona Cero. New York District Attorney's office/Wikimedia Commons, CC BY

Una máxima de las ciencias sociales es que las percepciones que tienen las personas sobre la realidad, con independencia de lo ancladas que aquellas estén en los hechos, tienen consecuencias reales y alteran dicha realidad. Por ello, 25 años después de los dramáticos atentados de Al-Qaeda contra las Torres Gemelas, examinaremos en este artículo la evolución, por un lado, de la percepción social sobre el terrorismo en España, y por el otro, de la naturaleza de esa amenaza.

El miedo al yihadismo

La percepción de los ciudadanos acerca del terrorismo ha cambiado en los últimos 25 años en base a cuatro ejes: el tipo de terrorismo que preocupa; el grado de preocupación que supone; la conexión que tiene con la polarización, y la fuente de la que proviene.

El tipo de terrorismo que hoy inquieta es el yihadista, en primer lugar, y el de extrema derecha, en segundo lugar, aunque mucho más lejanamente. Este rasgo no es exclusivo de España, sino que es compartido en los países occidentales.

Sin embargo, en España existe una particularidad muy importante: el terrorismo que seguía preocupando principalmente tras los atentados del 11-S era el de ETA. Tras su disolución, esta inquietud se ha ido disipando y la preocupación por la amenaza yihadista ha escalado hasta la primera posición.

Además, los estudios que se han realizado sobre el nivel de conocimiento del terrorismo de ETA de las nuevas generaciones indican que este es prácticamente inexistente.

El grado de preocupación también ha cambiado. Las encuestas del CIS ofrecen una perspectiva clara del patrón. Hasta 2005, el terrorismo era una de las principales inquietudes de los españoles, alcanzando cerca del 80 %. ETA era la principal preocupación. Pero, tras los atentados yihadistas en Madrid el 11-M de 2004, que dejaron 192 muertos y 1 856 heridos, el yihadismo también se veía como una amenaza.

A partir de entonces, y con la sola excepción de un pico de preocupación excepcional tras los atentados yihadistas de Cambrils (Tarragona) y de Barcelona en 2017, que dejaron 16 muertos y más de 120 heridos, el terrorismo ha dejado de preocupar a los españoles. Actualmente, menos del 2 % lo considera uno de los problemas importantes del país.

El peligro de la extrema derecha

En Europa, en general, y en España, en particular, la polarización y el terrorismo se consideraban dos fenómenos inconexos, a pesar de que en Estados Unidos se percibieran como emparentados. Esta perspectiva también ha cambiado. En los últimos años, en Europa y en España se ha comenzado a pensar que puede haber un eslabón que los une, especialmente en lo relativo al terrorismo de extrema derecha y a la polarización ideológica y de los afectos. A mayor distancia emocional entre grupos ideológicos, menos sensibilidad de unos hacia otros, más deshumanización y más posibilidad de captar personas resentidas que puedan emprender acciones violentas con fines políticos.

La percepción sobre la fuente de la que proviene el terrorismo y de los colectivos más susceptibles de ser captados y convertidos en terroristas ha variado. Al inicio del siglo XXI, los vascos y, más en particular, los nacionalistas vascos, eran percibidos como la fuente medular del terrorismo en España. ETA se nutría de ellos y la amenaza, por tanto, era interna.

Hoy, los migrantes del norte de África, los menores no acompañados y los musulmanes son los colectivos más estigmatizados, percibidos, además, como vulnerables ante los agentes de radicalización violenta.

La fuente, por tanto, es exterior. Los grupos más movilizados en ambos polos del espectro ideológico, aunque poco representativos, también perciben a las personas de ultraderecha (si se encuentran en el extremo izquierdo) o a las vinculadas al socialismo más militante (si encuentran en el polo derecho) como potenciales terroristas; o, al menos, como filoterroristas.

La pregunta lógica que se desprende de este análisis es la siguiente: ¿hasta qué punto se corresponden estas percepciones con la realidad?

Naturaleza de la amenaza

España y la Unión Europea, desde el 2015, tienen un sistema que evalúa el potencial de atentados terroristas basado en una escala de cinco niveles, siendo el primer nivel “riesgo bajo” y el quinto “riesgo muy alto”. Desde su creación, España se ha mantenido en el Nivel de Alerta Antiterrorista (NAA) 4: “riesgo alto”. Además, en momentos puntuales, como tras los atentados de 2017, la alerta ascendió a “Nivel 4 reforzado”.

Es importante tener en cuenta que el quinto nivel implica la presencia del ejército en las calles. Antes de 2015, la escala que usaban las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado era diferente, pero siempre se mantuvo en niveles bastante altos.

Los expertos creen que la amenaza terrorista está más cerca de España que nunca, aunque la población y los representantes políticos la subestimen. Esta apreciación se fundamenta en el hecho de que la presencia de grupos yihadistas en el norte de África ha crecido considerablemente.

Aquí radica una de las claves de por qué España y Europa se han mostrado tibios en la respuesta ante actitudes y comportamientos de Marruecos que pueden interpretarse como desleales: es un aliado esencial en la lucha antiterrorista y la contención geográfica de terroristas.

El tipo de amenaza real también ha cambiado. Durante la primera década del siglo XXI, ETA era la principal amenaza, aunque el terrorismo yihadista de corte internacional ya había ocupado un espacio propio. Actualmente, el terrorismo yihadista, tal como se ha indicado, constituye la principal amenaza.

Los servicios de inteligencia de España y Europa también alertan acerca del riesgo de atentados terroristas de extrema derecha, ya que existen ciertos grupos operando en Europa. El peligro, no obstante, es notablemente menor. Por último, dichos análisis también mencionan la operación de ciertos grupos ecologistas extremos que pueden haber estado planeando acciones reivindicativas violentas.

En cuanto a la procedencia del riesgo, los estudios indican que en España ha pasado de ser eminentemente interna (nacional), en tiempos de ETA, a ser externa, en lo que concierne al terrorismo yihadista. Sin embargo, este último está comenzando a ser un fenómeno endógeno, ya que el lugar y procedencia de quienes se radicalizan actualmente es mayoritariamente es España.

Menos terrorismo, pero más letal

Finalmente, cabe mencionar una paradoja en lo que respecta al terrorismo global: mientras que los índices reconocidos muestran una caída drástica del terrorismo en el mundo, en Occidente se ha producido un gran incremento en su grado de letalidad. Además, el Sahel, no tan lejos de Europa ni de España, se ha consolidado como el epicentro del terrorismo global.

Lo expuesto muestra que, aunque la percepción ciudadana de la amenaza que constituye el terrorismo ha cambiado y se ha reducido hasta casi desaparecer, esta percepción no se corresponde con la realidad. Los hechos son tozudos: el terrorismo en el mundo ha caído, pero en Europa es más letal que antes y el epicentro del terrorismo global, localizado en el norte de África, se sitúa cada vez más cerca del sur de España y, por lo tanto, de la Unión Europea.

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Sergio García Magariño no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

Sabor, salud, conexión social, creatividad… En busca de la receta de la felicidad gastronómica

Barra de un bar de San Sebastián (España). MikeDotta/Shutterstock

Comer es mucho más que alimentarse. El sabor, los aromas, la presentación de un plato, la compañía o incluso la historia que hay detrás de una receta pueden transformar una comida cotidiana en una experiencia memorable. ¿Podemos entonces hablar de una “gastronomía de la felicidad”? Y, en caso afirmativo, ¿podemos utilizarla para diseñar nuevas experiencias gastronómicas y turísticas?

Pocas actividades cotidianas movilizan tantos sentidos, recuerdos y emociones como comer. Un determinado aroma puede devolvernos a la cocina de nuestra infancia; un plato compartido puede convertirse en el centro de una celebración; y una receta tradicional puede conectarnos con la historia y la identidad de un territorio.

Por eso, cuando elegimos un restaurante ya no valoramos únicamente si la comida es buena o si el precio es adecuado. También importan la presentación del plato, el ambiente, el trato recibido, la originalidad de la propuesta y, cada vez más, cuestiones como el origen de los ingredientes, la sostenibilidad o su relación con unos hábitos de vida saludables.

Esta transformación ha abierto la puerta a un concepto todavía emergente, al que ya hemos hecho referencia al principio de este artículo: la gastronomía de la felicidad.

La felicidad no es un ingrediente

Hablar de gastronomía de la felicidad no significa que exista un alimento capaz de hacernos felices automáticamente. La relación entre alimentación y bienestar es bastante más compleja. Algunos nutrientes intervienen en procesos fisiológicos relacionados con el funcionamiento cerebral. El triptófano, por ejemplo, es un aminoácido esencial necesario para la síntesis de serotonina. También se estudia el papel de los patrones dietéticos, la microbiota intestinal y otros mecanismos en la relación entre alimentación y salud mental.

Pero reducir la felicidad que experimentamos al comer a una reacción química sería olvidar buena parte de lo que ocurre alrededor de la mesa.

Comemos con todos los sentidos. La investigación ha mostrado que elementos visuales como el color, la forma o la presentación pueden influir en nuestra percepción del sabor, aunque los efectos dependen del contexto. Y comer es, además, un acto social. Las personas que comen acompañadas con mayor frecuencia muestran, en diversos estudios observacionales, mayores niveles de satisfacción vital y vinculación.

Por tanto, un plato feliz no tendría por qué ser simplemente aquel que incorpora determinados ingredientes, sino aquel capaz de integrar nutrición, placer, creatividad, experiencia, sostenibilidad y conexión social.

Esta es precisamente la idea que inspira la gastronomía de la felicidad: aplicar los principios del happiness management (gestión de la felicidad) al ámbito de la restauración para pensar el bienestar como parte de la propuesta de valor gastronómica.

¿Cómo sabemos si un plato es feliz?

Aquí aparece un problema: la felicidad es fácil de mencionar, pero bastante más difícil de medir. Por ello, existe un marco conceptual que intenta traducir esta idea en elementos evaluables: el Índice de Alimentos Felices (IAF). Se trata de un modelo registrado como propiedad intelectual que se basa en tres grandes dimensiones:.

  • Valor intrínseco del plato: se pregunta por el propio plato: ¿tiene una composición nutricional adecuada?, ¿resulta visualmente atractivo?, ¿es creativo?

  • Valor empresarial: ¿existe una relación razonable entre precio y valor?, ¿el plato encaja con la identidad del establecimiento?, ¿su elaboración y presentación aportan algo diferencial?

  • Valor social y de bienestar: ¿utiliza productos de proximidad o temporada?, ¿incorpora prácticas responsables?, ¿es coherente con unos hábitos alimentarios saludables?

El modelo integra ocho indicadores y otorga mayor peso a las características intrínsecas del plato.

La cuestión relevante no es, por tanto, encontrar el ingrediente secreto de la felicidad. Es preguntarse qué combinación de elementos puede hacer que una experiencia gastronómica contribuya al bienestar de quien la disfruta y, al mismo tiempo, genere valor para el restaurante y su entorno.

Por ahora, este índice es una propuesta conceptual y no una escala empíricamente validada. Precisamente, su siguiente reto será comprobarlo en restaurantes reales, incorporar la percepción de consumidores y profesionales y determinar si sus indicadores y ponderaciones funcionan como esperamos.

Del concepto a las calles: la “Ruta de la Tapa Feliz”

Pero ¿cómo trasladamos todas estas ideas a algo que cualquier persona pueda experimentar?

Una posible respuesta es la “Ruta de la Tapa Feliz”, una iniciativa de la Red Universitaria de la Felicidad, que convierte un itinerario gastronómico en algo más que un concurso para elegir la tapa más sabrosa. Actualmente participan en esta red 30 investigadores doctores de 20 universidades de 8 países diferentes (Brasil, Colombia, Costa Rica, Ecuador, El Salvador, España, Reino Unido y México).

La iniciativa plantea implicar a establecimientos hosteleros, administraciones públicas, profesionales del sector, investigadores y ciudadanía. Los restaurantes diseñarían sus propias tapas incorporando creatividad, calidad, productos locales y elementos vinculados al bienestar, mientras los participantes recorrerían los establecimientos y valorarían las propuestas.

Así, además del sabor, pueden entrar en juego la calidad de los ingredientes, la presentación, la presencia de productos locales o la calidad del servicio. La propuesta contempla que la evaluación combine la valoración de un comité científico-profesional y la de las personas participantes en la ruta.

Pero hay otro elemento especialmente interesante: medir la experiencia. La ruta prevé recoger información sobre el bienestar percibido de quienes participan, e incluso sobre la experiencia de los trabajadores implicados en la elaboración y el servicio de las tapas. Esto permitiría transformar una actividad promocional en un pequeño laboratorio ciudadano de gastronomía, emociones y bienestar.

Una ruta gastronómica también puede construir destino

Una iniciativa así no tendría únicamente implicaciones para los restaurantes. Las rutas gastronómicas llevan a las personas a recorrer una localidad, descubrir nuevos establecimientos, probar productos locales y asociar sabores con lugares concretos. Por eso, también pueden convertirse en herramientas de promoción territorial.

En este caso, la propuesta persigue dinamizar la economía local, reforzar la colaboración entre restauradores, administraciones y ciudadanía, visibilizar la gastronomía del territorio e identificar el destino con experiencias positivas y de bienestar.

Y aquí quizá aparece la dimensión más interesante de la gastronomía de la felicidad: pasar de preguntarnos si una comida nos hace felices a preguntarnos cómo diseñar ecosistemas gastronómicos que generen bienestar.

Eso significa pensar en el consumidor, pero también en quien cocina y sirve. De hecho, la investigación en happiness management aplicada a la gastronomía ha mostrado que factores organizativos como el apoyo recibido o la calidad de las relaciones laborales también son relevantes para el bienestar de los chefs.

Entonces, ¿existe realmente la tapa feliz?

Todavía no podemos establecer científicamente una receta universal de la felicidad gastronómica. Probablemente nunca exista: aquello que para una persona evoca bienestar puede dejar indiferente a otra.

Y quizá ahí esté precisamente lo interesante. La felicidad gastronómica no está escondida en un ingrediente. Puede encontrarse en la combinación de un plato bien elaborado, una presentación atractiva, una historia que contar, productos vinculados al territorio, un servicio agradable y, sobre todo, una experiencia que merece ser recordada.

Una tapa no puede prometer hacernos felices. Pero sí puede intentar crear las condiciones para que disfrutemos un poco más.

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Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

La conservación en tiempos del cambio climático: cuando las especies invasoras pueden ser beneficiosas

La ilustración _Indio que recoge la Cochinilla con una colita de Venado_ (1777), de José Antonio de Alzate y Ramírez, documenta la extracción de cochinilla de la chumbera por parte de indígenas para la producción colonial de carmín. José Antonio de Alzate y Ramírez /Newberry Library, Vault Ayer MS 1031

Que una especie invasora desaparezca de un ecosistema debería entenderse como una victoria para la conservación. Al fin y al cabo, su eliminación implica la supervivencia de otras. Pero ¿y si existieran especies locales que llevan décadas, y hasta siglos, aprovechando las funciones que esa invasora desempeña?

Este es el dilema que plantean las chumberas, conocidas como tuneras en Canarias y como nopales en gran parte de América.

Llegadas de ese continente hace siglos, hoy figuran en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras y, sin embargo, algunas poblaciones han terminado formando parte de nuestros paisajes, ecosistemas, economía y cultura, como visibiliza la obra del pintor Manuel García Jiménez.

Cuatro pinturas de Manuel García Jiménez que muestran paisajes rurales con chumberas
Las chumberas son un motivo recurrente en la obra de Manuel García Jiménez, ‘el campesino’, reflejo de su arraigo en el paisaje cultural de La Axarquía malagueña. Manuel García Jiménez/Perea-García y Medina-Lorenzo (2026), CC BY-NC-ND

Su llegada de América

El género de suculentas Opuntia llegó a territorios españoles pronto en la historia del contacto europeo con América. Durante siglos proporcionaron alimento y forraje, sirvieron como barrera natural y sostuvieron la industria del carmín (un codiciado tinte) al albergar a la cochinilla Dactylopius coccus, especialmente en Canarias. En Andalucía y Murcia, los chumbos permanecieron como alimento popular y las chumberas pasaron a formar parte de la identidad del paisaje.

Pero si son invasoras, ¿no habría que eliminarlas?


Leer más: Cómo las especies invasoras remodelan silenciosamente los ecosistemas


Se nos adelantó la cochinilla

Las chumberas ya han casi desaparecido de la España peninsular. Otra especie de cochinilla diferente a la que se usa para extraer carmín, D. opuntiae, se introdujo en Murcia en 2007 y en pocos años sus poblaciones se desplomaron por gran parte de la Península. Esto se debe a que D. opuntiae, a diferencia de la cochinilla de la que se extrae el carmín, termina matando los matorrales de las chumberas.

Una chumbera con parches blancos de _D. opuntiae_
Las chumberas afectadas por D. opuntiae se marchitan, cubiertas por parches de seda, antes de desaparecer por completo. Mariano Ropero

La reacción local distó de ser celebratoria. Durante años, la prensa recogió pérdidas económicas entre familias que dependían de las chumberas y desprendimientos donde ayudaban a estabilizar el suelo. ¿Por qué la pérdida de una planta invasora no supuso necesariamente una mejoría? Esta pregunta obliga a pensar más allá de nuestras ideas más simples acerca de la conservación.

Una invasora puede competir con plantas autóctonas, alterar relaciones entre flora y fauna y perjudicar a especies endémicas con poblaciones pequeñas. En estos casos, controlar Opuntia puede ser la mejor opción. Pero sus efectos difieren considerablemente entre poblaciones.

Extirpar una especie perjudica a otras

La flora y fauna no entienden de nacionalidades, sino que se relacionan con otras especies según las funciones que desempeñan. En Nueva Tabarca, Alicante, varios escarabajos tenebriónidos encuentran alimento y refugio bajo Opuntia. Uno de ellos, Asida ricoi cobosi, solo fue encontrado en zonas cubiertas de esta chumbera. Los investigadores que lo detectaron advirtieron que eliminar estas plantas podría perjudicar a estas poblaciones de escarabajos y afectar posteriormente a la red trófica.

Un caso todavía más claro aparece en Sicilia. En plantaciones abandonadas de Opuntia ficus-indica, se ha documentado una regeneración natural de especies leñosas mediterráneas considerablemente mayor que en olivares abandonados o terrenos abiertos. En zonas amenazadas por la desertificación, las chumberas podrían así facilitar la recuperación de la vegetación.

En Canarias, un estudio mostró que las semillas de tunos seguían pudiendo germinar tras pasar por el aparato digestivo del lagarto tizón, endémico de Canarias, mientras que las de la cebolla almorrana menor, también endémica de las islas, podían verse perjudicadas. Esta interacción podría favorecer la expansión de las chumberas a costa de la hortaliza.

En un trabajo recientemente publicado en Discover Ecology nuestro equipo propuso, precisamente, evaluar cómo cada población afecta a la red de interacciones entre animales, plantas, terreno y personas. Sin embargo, la clasificación uniforme como “invasora” dificulta que esa evaluación se traduzca en una gestión igualmente flexible.


Leer más: La caña es una especie invasora, pero su uso controlado podría ser beneficioso


Beneficios de las chumberas en zonas áridas degradadas

Restaurar un ecosistema suele implicar tomar como referencia un estado anterior a su degradación. Si pudiéramos eliminar las Opuntia y restaurar comunidades autóctonas capaces de desempeñar las mismas funciones, el problema sería relativamente sencillo. Pero retirar una especie no garantiza recuperar aquello que había antes.

Con la aridificación debida al cambio climático y la actividad humana, algunas comunidades vegetales usadas como referencia para la restauración pueden resultar cada vez más difíciles de mantener. La paradoja resulta especialmente visible en lugares como la Axarquía malagueña. La comarca es uno de los principales polos europeos de producción de aguacate y mango. Y entre los años 2019 y 2024 sufrió una crisis hídrica extrema.

Mientras las chumberas han padecido un fuerte declive, la comarca ha apostado por cultivos mucho más exigentes en agua, como el aguacate, justo cuando la escasez hídrica exige usos del suelo resistentes a la sequía.

En esas condiciones, algunas chumberas pueden mantener cobertura vegetal, reducir la erosión y proporcionar biomasa con una demanda hídrica reducida. Y brindan todo ello mientras proveen beneficios económicos importantes. Por ejemplo, la demanda del carmín de la cochinilla sigue en auge, y se espera que suba aún más tras la prohibición de la Administración de Alimentos y Fármacos de EE. UU. de usar colorantes rojos sintéticos.

Además, regiones como la Axarquía no representan un paisaje prístino. Los paisajes mediterráneos del sur y sureste peninsular llevan milenios moldeados por la actividad humana, mucho antes de que las chumberas llegaran a Europa. Es posible que estas plantas estén realizando funciones que otras plantas no podrían cumplir en estos paisajes ya degradados.

Por eso, el ejemplo de las chumberas nos enseña que, quizás, haya llegado el momento de aceptar que no podemos volver al origen, y tampoco sea lo que debamos hacer. En el mundo que nos queda, en constante cambio, quienes nos invadieron pueden convertirse en las mejores aliadas.

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Juan Olvido Perea García es Profesor Distinguido en la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria gracias a fondos del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades.

La leche materna puede reducir la resistencia a antibióticos

almo Creative/Shutterstock

Durante los primeros meses de vida, el intestino infantil comienza a ser colonizado por miles de millones de microorganismos, un proceso que marcará la salud futura del bebé. Este periodo de la vida representa una ventana crítica del desarrollo, ya que, al mismo tiempo que se establece y madura la microbiota intestinal, también lo hacen el sistema inmunitario, el metabolismo y el neurodesarrollo. Factores como el tipo de parto, la alimentación o la exposición a antibioticos pueden modular estos procesos y dejar una huella duradera.

Bacterias resistentes a antibióticos en el microbioma

Entre los microorganismos colonizadores, aparecen las bacterias portadoras de genes de resistencia a los antibióticos. Estos genes presentes en la microbiota constituyen el resistoma.

Estas bacterias adquieren, así, la capacidad de sobrevivir a la acción de determinados medicamentos. Como consecuencia, las infecciones pueden ser más difíciles de tratar, se limitan las opciones terapéuticas y se favorece la persistencia y propagación de microorganismos resistentes, uno de los grandes retos de salud pública en las últimas décadas.

La buena noticia es que algunos factores tempranos pueden favorecer el desarrollo de un microbioma intestinal más saludable y limitar la presencia de genes de resistencia a los antibióticos. Entre ellos, destaca la leche materna, como hemos observado en dos estudios recientes en el Instituto de Agroquímica y Tecnología de Alimentos (IATA-CSIC).

María Carmen Collado, investigadora del Instituto de Agroquímica y Tecnología de Alimentos (IATA-CSIC), explica cómo los genes de resistencia a antibióticos pasan al microbioma del bebé.

La importancia de las bifidobacterias

El primero de estos trabajos, publicado en Nature Communications, asocia la lactancia materna exclusiva durante el primer mes de vida con una menor presencia y diversidad de genes de resistencia antimicrobiana en el intestino infantil. En el segundo, publicado esta semana en Cell Reports Medicine, damos un paso más, al identificar a los oligosacáridos de la leche humana o HMO (por sus siglas en inglés) como posibles actores de este efecto protector.

Para comprender mejor el proceso, analizamos muestras de leche materna y heces de 57 bebés de la cohorte MAMI, un proyecto de investigación desarrollado en la Comunitat Valenciana que estudia cómo distintos factores maternos y ambientales influyen en la microbiota y la salud infantil desde el nacimiento. Seguimos la evolución de la microbiota intestinal de estos bebés durante su primer año de vida y, posteriormente, validamos los principales resultados en una cohorte independiente de Países Bajos, formada por 199 bebés lactantes.

Las conclusiones mostraron una asociación clara entre lactancia exclusiva y un resistoma menos abundante y diverso. Parte de esta relación parece explicarse por el papel de las bifidobacterias, microorganismos característicos del intestino de los bebés alimentados con leche materna. En particular, algunas especies de Bifidobacterium están adaptadas para utilizar los HMO como fuente de energía, lo que favorece su crecimiento y su predominio en la microbiota intestinal infantil.

El efecto resulta especialmente interesante en los bebés nacidos por cesárea, un tipo de parto que puede modificar la colonización microbiana inicial. En el estudio, los bebés nacidos por cesárea que recibieron lactancia materna exclusiva durante el primer mes presentaron una carga de genes de resistencia comparable a la de bebés nacidos por vía vaginal y mucho menor que aquellos que no recibieron lactancia materna.

Por el contrario, una menor presencia de bifidobacterias se relacionó con mayor abundancia de microorganismos potencialmente patógenos portadores de genes de resistencia.

Componentes bioactivos en la leche materna

En nuestra siguiente investigación, comprobamos que la leche materna puede favorecer este ecosistema intestinal a través de los HMO, el tercer componente sólido más abundante de la leche humana. Estos oligosacáridos no son digeridos por el bebé, sino que sirven de alimento para determinados microorganismos intestinales, especialmente, las bifidobacterias.

En concreto, la presencia en la leche de dos HMO, la 2’-Fucosilactosa-2’FL y la 6’-Sialilactosa-6’SL, se asoció con menor cantidad de determinados genes de resistencia a los antibióticos en el intestino infantil.

Por otra parte, la composición de HMO varía entre mujeres y depende, entre otras cosas, de la genética materna. Un elemento clave es el llamado estado secretor, determinado principalmente por el gen FUT2. Las madres secretoras –aquellas que expresan el gen FUT2– producen un perfil de HMO diferente, caracterizado por una mayor presencia de oligosacáridos fucosilados como la 2’FL.

Los bebés de madres secretoras presentaron, además, una mayor abundancia de Bifidobacterium. Así, observamos que la genética materna, la composición de la leche y el desarrollo de la microbiota intestinal del bebé funcionan como tres elementos correlacionados.

De la nutrición a la prevención

La relevancia de estos hallazgos va más allá de la lactancia. Comprender cómo se configura el resistoma desde el nacimiento podría ayudar a desarrollar nuevas estrategias preventivas basadas en la microbiota y en componentes específicos de la leche humana.

Sin embargo, aún quedan preguntas por responder: qué mecanismos explican el efecto de cada HMO, qué ocurre a largo plazo y hasta qué punto estos procesos pueden modularse mediante intervenciones nutricionales. Por lo pronto, nuestros resultados refuerzan una idea cada vez más clara: la leche materna no solo nutre al bebé, también contribuye a construir y guiar el ecosistema microbiano que se establece al comienzo de la vida.

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Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

¿Están las universidades chinas mejor preparadas para la inteligencia artificial?

Entrada sur de la Universidad de Comunicación de China, en Pekín. Liblib/Wikimedia Commons, CC BY-SA

Mientras en Europa y EE. UU. debatimos sobre cómo adaptar tareas, enseñanzas, métodos de evaluación e incluso la composición de los planes de estudio al aterrizaje disruptor de la inteligencia artificial en la universidad, China, un país con más de 1 400 millones de habitantes y unas 1 365 universidades autorizadas a impartir grados, ha tomado medidas drásticas e inmediatas: entre 2021 y 2025 (ya antes de la irrupción de los chatbots de IA), las autoridades chinas pusieron en marcha 10 200 nuevos programas de grado y cancelaron o suspendieron la admisión en otros 12 200.

Pese a algunos titulares erróneos (que apuntaban a la creación de 22 400 carreras diferentes o a la eliminación del 30 % de los programas universitarios), lo cierto es que se trata de un ajuste del 30 % del sistema universitario, pues de un total de 62 800 programas (grados contabilizados de manera independiente por cada universidad que los imparte), 22 400 fueron o creados o eliminados (o dejaron de admitir alumnos).

Un ejemplo concreto: en agosto de 2025, la Universidad de Comunicación de China hizo pública la lista de las siete titulaciones que proponía suprimir. Es una universidad pública de Pekín especializada en periodismo, cine y medios. A diferencia de España, donde estos estudios suelen formar parte de una universidad generalista, el centro del país asiático está dedicado casi por entero a esos campos. Se suprimieron los programas de Comercio Internacional, Sociología, Estadística Aplicada, Contabilidad, Educación Político-Ideológica, Información Optoelectrónica y Automatización.

Aunque Traducción y Fotografía, otros dos programas existentes, no figuraban en aquella lista, sí formaron parte de una reorganización más amplia: el primero dejó de admitir alumnos y el segundo se integró en Rodaje y Producción Audiovisual, pues según las autoridades ya no se sostenía como una carrera completa.

El sistema universitario chino

El Ministerio de Educación chino cuenta cada grado en cada universidad que lo imparte. Si una carrera se ofrece en 50 universidades, suma 50 programas. Si una deja de admitir alumnos, registra una baja aunque las otras 49 mantengan la titulación.

Por ejemplo, Traducción dejó de admitir alumnos en la Universidad de Comunicación de China, pero sigue impartiéndose en 314 universidades según el último recuento disponible, de abril de 2025. Lo mismo ocurre con los programas de Economía, Sociología o Ingeniería suprimidos en ese centro: continúan disponibles en muchos otros.

Cancelar un grado y suspender la admisión tampoco son lo mismo. En el primer caso, el programa se elimina. En el segundo, deja de aceptar nuevos alumnos, pero continúa mientras terminan quienes ya están matriculados.

Las cifras del quinquenio agrupan ambas decisiones porque el ministerio no publicó el desglose completo. La revisión de 2024 sí permite separarlas:

Una reforma anterior a ChatGPT

La reforma empezó antes de la inteligencia artificial generativa, aunque la expansión de estas herramientas ha acelerado el proceso y lo ha hecho más visible.

En 2023, ya con ChatGPT en marcha, pero no como respuesta a ello, cinco ministerios fijaron el objetivo de reajustar cerca del 20 % de los programas antes de 2025 para adaptarlos a las nuevas tecnologías y a las necesidades regionales. Lo que hasta entonces eran ajustes puntuales pasó a ser un objetivo cuantificado que las universidades debían cumplir.

Un sistema muy dinámico

En China no son inusuales este tipo de medidas. El catálogo nacional de titulaciones se ha revisado en varias ocasiones en el pasado: en 1987, 1993, 1998 y 2012, es decir, aproximadamente una vez por década. Pero se ha acelerado desde 2020: a partir de ese año, se está actualizando todos los años.

Esta permanente revisión quedó establecida en el plan 2025-2027, aprobado por el Grupo Dirigente Central de Trabajo Educativo, un órgano del Partido situado por encima del Ministerio de Educación. Este órgano trabaja con una base de datos nacional que permite comparar los titulados disponibles con las necesidades de cada sector, señala programas con poca matrícula y acelera la autorización para la creación de nuevos grados estratégicos.

Las razones de los cambios

Tras estos cambios en los planes de estudios las autoridades esgrimen tres razones. La primera es laboral. China prevé 12,7 millones de titulados en 2026. En abril de ese año, el desempleo entre los jóvenes de 16 a 24 años que ya no estudiaban era del 16,3 %. El empleo es un factor fundamental en la revisión de la oferta universitaria, especialmente porque un estudio estimó que casi una cuarta parte de los titulados universitarios recientes trabajaba fuera de su especialidad.

La segunda es demográfica. En 2025 nacieron 7,92 millones de niños y la población disminuyó en 3,39 millones. El número de graduados actuales es el más elevado de la historia del país, pero las promociones posteriores serán mucho menores. Y con menos estudiantes, mantener programas sin demanda laboral resulta más difícil de justificar.

La tercera es estratégica. En China, la universidad se vincula a la política industrial del Estado. Se trata de un modelo educativo que combina una fuerte dirección estatal y una autonomía universitaria limitada. El Estado no financia todo el sistema, ya que una cuarta parte de las universidades son privadas y las públicas se sostienen también con matrículas y contratos de investigación, pero sí controla la autorización de nuevos grados, y esa es la palanca que utiliza para orientar qué titulaciones deben crecer.


Leer más: Por qué la geopolítica decide hoy el futuro de las universidades


Vía verde para crear titulaciones

Así, el Ministerio de Educación abrió una “vía verde” para autorizar carreras prioritarias sin esperar al calendario ordinario, gracias a la cual se estrenó en 2025 en seis universidades la titulación de Tecnología e Ingeniería de Baja Altitud, un sector que incluye drones, aeronaves ligeras y movilidad aérea.

Otras nueve universidades chinas abrieron en 2026 un grado en Inteligencia Incorporada: sistemas de IA integrados en robots y otras máquinas capaces de percibir su entorno y actuar. En 2024, Inteligencia Artificial fue el grado más implantado y llegó a 89 universidades.

¿Desaparecen las humanidades?

Curiosamente, y a pesar de lo que indicaron algunos medios cuando se anunciaron estos cambios, ninguna de las siete titulaciones suprimidas en aquella universidad pertenece a la rama de Artes y Humanidades, donde se enmarcan Filología, Literatura, Filosofía, Historia y Estudios Artísticos. Sí cayeron dos programas de Economía y Gestión, uno de Sociología, uno de Estadística, dos de Ingeniería y uno de Formación Ideológica. Entre ellos, Contabilidad, una de las carreras asociadas tradicionalmente al empleo seguro.

Los datos disponibles no muestran una sustitución general de las humanidades por la tecnología. El catálogo estatal incorporó en 2025 Estudios Regionales, Teatro Digital y Educación en Inteligencia Artificial. El plan también prevé reforzar las disciplinas básicas.


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¿Cambios profundos o nominales?

A menudo, los términos “inteligente” y “digital” se añaden a carreras existentes y modifican lo que se enseña. La Universidad de Comunicación de China abrió, por ejemplo, Arte de la Imagen Inteligente, donde rodaje y montaje conviven con programación y visión artificial.

En su plan figuran también estructuras de datos y aprendizaje automático: el oficio audiovisual permanece, pero el titulado sale sabiendo programar. Nombrar una carrera de este modo también implica decidir qué conocimientos se consideran útiles.

¿Funcionan estos cambios?

La capacidad de encontrar empleo de los titulados en grados de nueva creación como Inteligencia Artificial o Inteligencia Incorporada en 2026 no se puede conocer de momento: los primeros no se graduarán hasta 2028. Pero sí podemos valorar si el sistema chino es más ágil en sus reformas y por lo tanto responde de manera más rápida y más adecuadamente a las novedades tecnológicas.

En realidad, la rapidez para abrir titulaciones no es diferente en Europa. Sí lo es la capacidad de cerrarlas. Suprimir un grado con poca matrícula exige en el Viejo Continente acuerdos entre departamentos, universidades y agencias que rara vez prosperan, así que la oferta tiende a crecer y casi nunca a corregirse.

No obstante, no está claro que la demanda de empleo pueda preverse a cuatro años vista. Antes al contrario, se puede producir el “efecto telaraña”: responder a una escasez de trabajos actual puede producir en cuatro años, cuando los primeros egresados entran en el mercado laboral, una promoción excedente. Planificar haciendo pronósticos puede empeorar el desajuste con la demanda de empleo.


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¿Universidad o formación profesional?

Existen otras razones para observar esta agilidad con cautela. En primer lugar, el propio anuncio oficial de los cambios reconoce una limitación: crear una titulación no garantiza profesores preparados ni puestos de trabajo.

En segundo lugar, responder a un cambio real del mercado laboral tampoco debería llevarse al extremo de convertir la educación universitaria en una formación muy pegada al mercado con rápida caducidad: para esta formación más técnica existen los grados de formación profesional.

Finalmente, adaptarse no consiste en añadir “inteligente” al nombre de un grado, sino en decidir qué conocimientos deben durar y cuáles pueden cambiar en función de más factores que el de la demanda laboral en un momento concreto.

The Conversation

Lucía Espinosa-Campos no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

‘Grand Theft Auto VI’: por qué el mundo entero espera un videojuego

Lucia y Jason en una captura de pantalla de _Grand Theft Auto VI_. Rockstar Games

El 27 de agosto de 2026 ocurrió algo inédito: Netflix estrenó en exclusiva mundial el avance extendido de un videojuego. Durante seis horas Grand Theft Auto VI: An Extended Look estuvo únicamente disponible en esa plataforma y solo después de ese margen llegó a YouTube. El estreno más codiciado del audiovisual actual no es una película, sino un videojuego.

No es el único síntoma. Los analistas prevén más de 8 000 millones de dólares de ventas en su primer año, más que cualquier estreno de cine o de música de la historia. Su primer tráiler, en diciembre de 2023, tuvo 93 millones de visualizaciones en 24 horas y batió tres récords Guinness. El segundo, en mayo de 2025, alcanzó 475 millones de reproducciones en su primer día sumando todas las plataformas: el mayor estreno de un vídeo jamás registrado.

De un pequeño estudio escocés al mayor negocio del ocio

El primer Grand Theft Auto (1997) era un juego modesto, con vista desde arriba, creado por el estudio escocés DMA Design. Ya contenía la fórmula de la saga: una ciudad por la que moverse con libertad y una mirada gamberra sobre el crimen.

Pero fue GTA III (2001) el que cambió la historia del medio: su salto al 3D convirtió la ciudad en un espacio que se podía recorrer sin límites y fundó el género del “mundo abierto” (es decir, que el jugador puede moverse libremente por el mundo virtual) tal y como hoy lo conocemos. Para entonces el estudio ya pertenecía a la editora estadounidense Take-Two, que lo había comprado en 1999 y que en 2002 lo rebautizó como Rockstar North, el nombre con el que firma la saga desde entonces

Las dos entregas siguientes (que no computan en la numeración de los títulos) convirtieron la saga en una sátira de Estados Unidos. Vice City (2002) parodiaba el Miami de los ochenta de Corrupción en Miami y El precio del poder. San Andreas (2004) retrataba la California de los noventa, las bandas y la corrupción policial. Un estudio de la revista Games and Culture hecho con jóvenes jugadores de este último mostró que cada uno leía el juego según su propia realidad: lo que para unos era una caricatura exagerada, para otros era un retrato reconocible de su barrio o entorno.

GTA IV (2008) llevó esa mirada a su punto más sombrío introduciendo una nueva localización, Liberty City –su particular Nueva York–, y al personaje de Niko Bellic, un inmigrante de la Europa del Este que descubre que el sueño americano es otra estafa.

GTA V (2013) completó la fórmula con tres protagonistas que eran sendos retratos de Estados Unidos: Michael, un criminal retirado que descubre el vacío que se oculta en un chalé con piscina; Franklin, un joven negro que intenta prosperar en un sistema amañado, y Trevor, quien canaliza la violencia sin filtro que la sociedad americana prefiere no mirar. Con 230 millones de copias vendidas y más de 9 000 millones de dólares de ingresos, está considerado el producto de entretenimiento más rentable de la historia, por encima de cualquier película, disco o libro.

Por qué las expectativas son tan altas

El mundo entero espera con ansia la nueva entrega. La primera razón es la duración de la espera. Entre GTA V y GTA VI habrán pasado trece años, la mayor distancia entre dos entregas de la saga. Toda una generación de jugadores nunca ha vivido el estreno de un GTA.

La paradoja es que esa espera no vació el “mundo GTA” de jugadores, sino que lo llenó. GTA Online, la versión multijugador de GTA V, mantuvo activa (y pagando) a una comunidad de millones de personas durante más de una década. Es lo que la investigación llama un “tercer lugar”: un espacio de encuentro informal, como el bar o la plaza, donde se crean lazos sociales.

A ello se suma la estrategia de Rockstar, que ha dosificado la información: tres tráilers en tres años y silencio casi total entre ellos. Los retrasos (primero de 2025 a mayo de 2026 y después al 19 de noviembre de este año) se justificaron bajo la exigencia de calidad. La reputación de un estudio que nunca ha decepcionado en una entrega principal hizo el resto. En un entorno saturado de información, la escasez genera expectación.

Hay, por último, una novedad histórica. GTA VI vuelve a situarse en Vice City, la Florida ficticia de la saga, con una pareja protagonista al estilo Bonnie y Clyde: Jason Duval y Lucia Caminos. Lucia, una mujer latina, es la primera protagonista femenina de una entrega principal desde el juego original de 1997.

Dibujo de una mujer en chándal y con auriculares, sentada en una máquina de pesas.
Lucia Caminos, protagonista de Grand Theft Auto VI. Rockstar Games

Es un cambio relevante en una saga tradicionalmente masculina: un análisis de 31 años de personajes femeninos en videojuegos concluyó que las mujeres siguen relegadas, en su mayoría, a papeles secundarios. Que la saga más vendida del medio ponga ahora a una de ellas en el centro refleja cómo ha cambiado su público.

Qué se juega la industria

GTA VI funcionará como termómetro del sector. Saldrá a un precio récord para la saga: 79,99 euros la edición estándar y 99,99 la Ultimate, que incluye la misma historia, pero añade vehículos, armas, ropa y algunas actividades extra. Ambas serán una prueba de cuánto está dispuesto a pagar el mercado.

Pero el experimento más arriesgado es otro: no habrá versión en disco. La edición “física” será una caja con un código de descarga dentro. La decisión ha enfrentado a jugadores y compañía: impide revender o prestar el juego e introduce restricciones como el bloqueo regional en PlayStation 5. Esto significa que el código solo puede canjearse en una cuenta de la misma región en la que se compró, lo que impide importarlo de otro país. Es decir, un jugador que lo compre en España y lo canjee en España, podrá jugar después en todas partes. Pero si lo compra en España e intenta canjearlo en Estados Unidos, el sistema no le dejará.

Si el juego más esperado de la década prescinde del formato físico y triunfa igualmente, el resto de la industria podría seguir el mismo camino.

Y un último apunte sobre el momento que vivimos. Mientras buena parte de la industria presume de incorporar inteligencia artificial generativa, Take-Two, la empresa propietaria de Rockstar, alardea de lo contrario. Su consejero delegado, Strauss Zelnick, ha declarado que la IA generativa “no tiene ninguna participación” en GTA VI: sus mundos son artesanales, construidos “edificio a edificio, calle a calle, barrio a barrio”.

En plena era del contenido generativo, el mayor lanzamiento de la historia del entretenimiento se vende como un producto hecho a mano.


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Ricardo Fernández Rafael no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

Why cancer affects children differently to adults

fizkes/Shutterstock

When a family receives the devastating news that their child has cancer, one of the first questions they usually ask is “How is that possible, they’re just a child?”

The first thing to bear in mind is that there is no one to blame – in many cases, the causes of childhood cancer remain unknown or unclear. At such times, additional support provided to families by associations and other organisations is essential.

Although they share a name, childhood tumours cannot be regarded simply as an early form of adult tumours. They have different biological origins, affect different tissues, and do not follow the same clinical course. This means childhood cancers must be studied and treated as diseases in their own right.

While lung, colon, breast, prostate and stomach cancers are the most common in adults, the most frequent in children are leukaemia, brain tumours, lymphomas and neuroblastomas. These conditions affect different tissues and follow their own biological patterns.

Furthermore, children usually have a better prognosis than adults. Approximately eight out of ten children diagnosed with cancer will survive the disease. In the adult population, the overall survival rate is around 50%.

All of this means we must view childhood cancer as a distinct condition. But what causes it?

Genetics, not lifestyle

In adults, we know that tobacco, alcohol, obesity, certain infections and prolonged exposure to toxic substances play a key role in the development of many tumours. It is estimated that around 40% of cases in adults are the result of decades of exposure to risk factors.

But in children the situation is very different, as childhood cancers are rarely linked to lifestyle habits or environmental factors accumulated over many years. We now know that around 5–10% of diagnoses can be attributed to hereditary syndromes that predispose children to the disease, but this still leaves the majority of cases unexplained.

There is growing evidence that many of these conditions are caused by genetic and chromosomal abnormalities that arise during the early stages of development – and in some cases even before birth. These can lie dormant for years before leading to the onset of the disease.

All these differences have direct implications for clinical practice, influencing diagnosis, treatment strategies and patient outcomes.


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Differences with adults

A child is not just a small adult. Their immune system is still maturing, their organs are still developing, and the tissues in which tumours occur are very different from what we would expect in an adult.

Acute myeloid leukaemia is a good example. Historically, the models most commonly used to study it have been elderly patients, but a child’s bone marrow bears little resemblance to that of a 70-year-old. In older adults, bone marrow progressively loses its haematopoietic activity (the formation and development of blood cells) and becomes infiltrated by fatty tissue. In children, however, it is an extraordinarily active, mineral-rich organ that supports growth.

There is growing evidence that this microenvironment influences how tumour cells behave and how paediatric patients respond to treatment. Some leukaemia cells can hide in niches within the bone marrow, temporarily evade the action of drugs, and later become the source of a relapse. At this point, the survival rate drops rapidly.

Another key difference is that the symptoms of childhood cancer are often non-specific and can be misleading. We typically associate cancer in adults with the appearance of a lump or sudden weight loss, but in children the warning signs can be much more subtle. Persistent fever, excessive tiredness, recurrent infections, frequent bruising or bone pain are all warning signs.


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Beyond survival

The main aim of cancer treatment is to ensure the patient’s survival. However, if the patient is a child, the goal is not limited to survival alone – we have to minimise the effects of both the disease and treatments used to fight it.

Many of the current treatment options, such as chemotherapy or radiotherapy, can cause significant side effects. In an adult patient, these side effects can have different impacts depending on the stage of life at which the disease develops.

But when treatment is administered during childhood, it is inevitable to worry about its long-term consequences, which may last for decades. Fears range from – among many other things – an impact on growth and cardiac or endocrine function, to future fertility and quality of life in adulthood.

Many research groups are working to identify and understand these differences, with the aim of developing increasingly precise and personalised treatments. These will enable patients not only to survive their illness, but also to lead healthy, fulfilling lives.


A weekly e-mail in English featuring expertise from scholars and researchers. It provides an introduction to the diversity of research coming out of the continent and considers some of the key issues facing European countries. Get the newsletter!


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Lydia Begoña Horndler Gil receives research funding from ASPANOA, the childhood cancer association of Aragón.

40 años del asesinato de “Yoyes”: el castigo ejemplarizante de ETA

El 10 de septiembre de 1986, María Dolores González Katarain, alias Yoyes, de 32 años, paseaba con su hijo y otro niño de corta edad por Ordizia (Guipúzcoa), su localidad natal, que celebraba una feria agrícola.

El terrorista de ETA José Miguel Latasa Guetaria se la señaló al también terrorista Antonio López Ruiz (Kubati) y luego se alejó de allí. Kubati abordó a la mujer y a los niños en la avenida del Gudari, al lado de unos tractores. “¿Tú eres Yoyes?”, preguntó. Ella contestó que sí. “¿Sabes quién soy yo?”. “No”. “Soy de ETA y vengo a ejecutarte”, anunció Kubati.

Según la sentencia del caso, Yoyes se abalanzó sobre él, pero el pistolero le disparó dos veces, hiriéndole en la pierna y en el tórax. Una vez en el suelo, Kubati remató a su víctima con un tiro en la cabeza.

Portada del diario ‘El Correo’ (11 de septiembre de 1986). Diario 'El Correo'., FAL

No era una novedad que ETA asesinase a uno de sus exmiembros. Lo había hecho ya varias veces: Ignacio Olaiz Michelena en octubre de 1978, Jokin Azaola Martínez en diciembre de 1978, Tomás Sulibarria Goitia (Tomi) en junio de 1980, José Luis Oliva Hernández en enero de 1981, Miguel Francisco Solaun Angulo en febrero de 1984… La mayoría de los indicios apuntan a que el primero de la lista fue Eduardo Moreno Bergaretxe (Pertur) en julio de 1976. No obstante, el caso de Yoyes, por su condición de mujer y el papel protagonista que había ejercido, fue el más impactante de todos.

¿Quién era Yoyes?

Militante de ETA desde el curso 1972/1973, pronto participó en atentados. Por ejemplo, en octubre de 1973 su comando colocó 87 kilogramos de dinamita bajo un puente de San Sebastián para que explotara al pasar un autobús de guardias civiles. La carga no se activó porque fue descubierta por un par de niños.

A finales de ese año, una vez identificada por la policía, huyó a Francia, aunque volvió a cruzar la frontera para seguir operando en la clandestinidad. No conocemos al detalle su historial, pero sí algunos episodios. En julio de 1974 colocó una bomba en el automóvil del encargado de una constructora, que iba a estallar a la hora que solía arrancarlo. Dos testigos advirtieron a la Guardia Civil, que evitó el atentado.

En septiembre, Yoyes estaba integrada en un comando que preparaba en Bilbao un atentado con bomba paralelo a la operación contra la cafetería Rolando, en Madrid. No se llevó a cabo porque la Guardia Civil descubrió y detuvo a la mayoría de sus compañeros. Ella consiguió escapar.

El 13 de septiembre de 1974, a la hora de comer, dos miembros del Frente Militar de ETA colocaron una bomba en el interior de la cafetería Rolando. La explosión causó trece víctimas mortales. El Frente Militar no había consultado con la dirección de la banda, que temía que aquel atentado indiscriminado perjudicase su imagen. El debate interno sobre si asumir o no la autoría llevó al cisma de la organización. La mayoría de los integrantes del Frente Militar se escindieron para crear ETA militar (ETAm), rama por la que se decantó Yoyes.

El nuevo grupo renunció a la “lucha de masas” y se centró en la “lucha armada”. Debido a sus inquietudes y dotes intelectuales, Yoyes trabajó en su Oficina Política, llegando a convertirse en una de las colaboradoras más cercanas a su líder, José Miguel Beñaran (Argala). Así, ejerció de representante de ETAm en las reuniones de KAS y de Chiverta.

Cuando Argala fue asesinado en un atentado parapolicial en diciembre de 1978, ella ocupó su puesto al frente del aparato político. No obstante, la deriva ultranacionalista de la banda y su escalada terrorista (si sumamos todas las ramas de ETA, de 12 víctimas mortales en 1977 se pasó a 67 en 1978 y 80 en 1979) hicieron que en 1979 se desvinculara de la organización.

Yoyes emigró a México, donde estudió, trabajó y formó una familia. En 1985 viajó a Europa. Primero a Francia pero, como no consiguió una beca del Gobierno vasco para comenzar su tesis doctoral, decidió regresar al País Vasco. Su vuelta fue publicitada por la prensa, aunque ella se negó a hacer declaraciones.

Marcada como traidora

Eugenio Etxebeste (Antxon), dirigente de ETA refugiado en la República Dominicana, aseguró que “la vida sintética de la ‘Señora Dolores’ significa la muerte de la abertzale Yoyes”. La primera, “el nuevo ser que come y respira”, no era “más que un producto inanimado de la ciencia política imperialista”. Su “máximo castigo habrá de llegarle si antes no actúa la violencia revolucionaria, el día en que su hijo le arroje a su propia cara el desprecio de su traición”.

El colectivo de presos de ETA la “juzgó” y condenó a muerte. No tardaron en aparecer pintadas amenazantes en las que se acusaba a Yoyes de ser “traidora” y “chivata”.

En su diario anotó: “es una injusticia monstruosa la que hacen conmigo, ¡tengo un hijo!, quiero vivir, ¡lo tuve porque quería vivir!”. Acto seguido retrataba moralmente a la sociedad vasca a la que había regresado. “Muchos son culpables de esta injusticia, ¡demasiados! Hay otros que no, pero son impotentes ante ella. Hay también mucho silencio cómplice. Mucho miedo en la gente ante todo, ante su propia libertad…”. A pesar del ambiente hostil, rechazó la protección policial que se le había ofrecido.

¿Por qué la asesinó ETA?

Pese a lo que entonces se dijo, no se había acogido a la reinserción impulsada por el Gobierno, ya que no la necesitaba: carecía de causas pendientes gracias a Ley de amnistía de 1977. Al retornar de su exilio, Yoyes no hizo nada distinto de lo que desde 1976 habían hecho cientos de exintegrantes de la banda.

Cubierta de las memorias de Yoyes: ‘Desde su ventana’. Editorial Alberdania, FAL

Tampoco era cierto que, como le imputaban sus excompañeros, hubiese optado por “el peor de los caminos, el arrepentimiento, la traición y la colaboración política con los enemigos del pueblo vasco”. No hubo tal colaboración. Se trataba de una simple excusa.

Las razones de su asesinato eran otras. Por un lado, dado el alto cargo que había ocupado en la organización, Yoyes era una figura simbólica de primer orden. En ese sentido, el dirigente del brazo electoral de ETA, la coalición Herri Batasuna, Iñaki Aldekoa adujo que “cualquier ejército del mundo en un estado de confrontación no puede permitirse que uno de sus jefes de Estado Mayor aparezca paseando por territorio ocupado por el ejército contrario”. Entre otras cosas, porque demostraría que no había guerra alguna.

Por otro lado, como relata en su diario, Yoyes, antes de volver a España, se había reunido con dos dirigentes de ETA para obtener garantías de seguridad, pero solo obtuvo vagas promesas de ellos, uno de los cuales le recomendó quedarse en Francia. Su decisión de cruzar la frontera, la que ejerció como una mujer libre, fue interpretada como un desafío a la cadena de mando (eminentemente masculina).

Por último, la “ejecución” ejemplarizante de Yoyes suponía una advertencia a cualquier miembro de ETA que se plantease aceptar las medidas de reinserción que se habían puesto en marcha hasta entonces: primero, el proceso promovido por el partido Euskadiko Ezkerra y el Gobierno de Unión de Centro Democrático (UCD); y, más adelante, las del Gobierno socialista de Felipe González. El terror aplicado a los propios terroristas abortó aquella vía, que ETA entendía como un peligro para su supervivencia orgánica.

Detenido en 1987, Kubati fue encontrado culpable de trece asesinatos, entre ellos el de Yoyes. Fue condenado a penas que sumaban 1 210 años de cárcel, pero volvió a la calle a finales de 2013. Sigue vinculado a la izquierda abertzale ortodoxa. Por su parte, Latasa se separó de ETA en la cárcel, lo que le hizo objeto del acoso del nacionalismo radical.

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Gaizka Fernández Soldevilla no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

Qué tienen en común los países que sí han logrado reducir el suicidio

PeopleImages/Shutterstock

La adopción de estrategias nacionales de prevención del suicidio se ha convertido en una prioridad internacional, impulsada por el reconocimiento del suicidio como un problema de salud pública global y por la evidencia que demuestra que las intervenciones aisladas no son suficientes para revertir las tendencias de mortalidad.

Sin embargo, aunque más de 40 países han implementado iniciativas nacionales, entre ellos España, con su Plan de Acción para la Prevención del Suicidio (2025-27), los resultados son marcadamente desiguales. Mientras países como Finlandia, Noruega o Dinamarca han mostrado avances importantes, otros contextos con planes igualmente ambiciosos han observado un impacto limitado o inconsistente.

Esta heterogeneidad obliga a analizar no solo el contenido técnico de las estrategias, sino los procesos que determinan su aplicabilidad, coherencia, sostenibilidad y capacidad de adaptación a contextos socioculturales diversos.

Los elementos que explican la eficacia

Los países que han logrado mayores avances tienen en común algo fundamental: cuentan con estrategias que actúan a varios niveles y que combinan intervenciones universales, selectivas e indicadas, junto con acciones de postvención tras intentos y muertes por suicidio, dentro de un marco de coordinación y gestión coherente.

Las medidas más sólidas incluyen sistemas de vigilancia epidemiológica capaces de integrar información procedente de múltiples fuentes, la restricción del acceso a medios letales y campañas de comunicación que abordan explícitamente el estigma, utilizando enfoques culturalmente adecuados.

Estas acciones no actúan de manera aislada, sino que operan sobre determinantes amplios y modifican actitudes de la población, al tiempo que reducen las barreras estructurales para la búsqueda de ayuda.

Las estrategias más efectivas han priorizado intervenciones dirigidas a grupos específicos –adolescentes, migrantes, minorías étnicas, personas mayores aisladas, comunidades LGBTQ+ o población penitenciaria– mediante modelos comunitarios, redes de apoyo y programas adaptados cultural y lingüísticamente.

La evidencia muestra que la sensibilidad cultural y la adecuación contextual no son elementos accesorios, sino determinantes de la eficacia, especialmente en poblaciones históricamente excluidas de los sistemas o circuitos de ayuda.

Las acciones dirigidas a personas con riesgo elevado o con intentos previos constituyen un punto crítico. Los estudios coinciden en que el seguimiento intensivo tras un intento de suicidio y la incorporación de protocolos estructurados en atención primaria son dos de los mecanismos de mayor impacto. Asimismo, la formación de gatekeepers –personas clave capaces de identificar señales tempranas de riesgo y activar los recursos asistenciales adecuados– en entornos educativos, comunitarios y sanitarios facilita la detección precoz y la activación de circuitos asistenciales eficaces.

El análisis comparado evidencia que la mera existencia de un plan nacional, incluso cuando está basado en recomendaciones internacionales, no garantiza resultados. La diferencia entre estrategias efectivas y estrategias nominales radica en la forma de ponerlas en marcha.

La clave está en una buena coordinación

La coordinación de varios sectores es especialmente determinante: allí donde salud, educación, servicios sociales, justicia y medios operan de manera aislada, las intervenciones pierden coherencia y capacidad de impacto. Por el contrario, los países que han avanzado –como Noruega o Alemania– han desarrollado estructuras estables de gobernanza, con responsabilidades bien definidas, mecanismos de coordinación y sistemas de seguimiento integrados.

La disponibilidad de recursos humanos y financieros es otra variable crítica. Países como India, que aprobó hace pocos años su estrategia nacional, han debido reorientar su plan hacia un modelo de salud mental comunitaria debido a la escasez estructural de profesionales especializados. Este tipo de adaptación, lejos de debilitar la estrategia, la hace más realista y sostenible en contextos de recursos limitados.

A ello se suma la importancia de los sistemas de vigilancia. La obtención de datos fiables –que pueden incluir certificación forense rigurosa; registros multiagencia, es decir, sistemas en los que varias instituciones u organismos comparten y cruzan información sobre un mismo problema, o autopsias psicológicas– permite evaluar con precisión el impacto de las intervenciones y orientar decisiones de política pública.

Las desigualdades territoriales, la fragmentación institucional y el estigma cultural siguen actuando como barreras transversales. En Groenlandia, por ejemplo, la estrategia nacional ha situado la equidad territorial como eje central, reconociendo las distancias geográficas como una barrera estructural para el acceso a la atención.

Canadá, con su Plan Nacional de Acción 2024–2027, ha explicitado por primera vez mecanismos formales de colaboración multisectorial para corregir déficits de coordinación acumulados durante años.

Estas experiencias muestran que las barreras no se superan únicamente con prescripciones técnicas: requieren transformaciones estructurales.

La cuestión fundamental: cómo medir el impacto real

Uno de los desafíos más persistentes en la prevención del suicidio es la dificultad para atribuir descensos de la mortalidad directamente a la implementación de estrategias nacionales. La conducta suicida está influida por muchos factores –cambios sociales, fluctuaciones económicas, reformas sanitarias, dinámicas culturales o variaciones en la disponibilidad de recursos–, lo que complica el aislamiento del efecto específico de un plan nacional.

Precisamente por ello, los planes más maduros, como los de Suecia, Noruega, Finlandia y Australia, han incorporado sistemas de evaluación continua que permiten monitorear cambios antes de que se observen variaciones en la mortalidad. Estos sistemas incluyen indicadores intermedios como tiempos de acceso a servicios, continuidad asistencial, registro de intentos y medidas poblacionales de estigma. Este enfoque reconoce que la reducción de muertes es un objetivo a largo plazo, y que los indicadores de proceso permiten detectar si la estrategia está modificando los factores que, previsiblemente, acabarán influyendo en la mortalidad.

La capacidad de un país para revisar, ajustar y corregir su estrategia a partir de estos datos constituye un elemento central de efectividad. De hecho, las estrategias más exitosas no son las que acumulan más acciones, sino aquellas que establecen mecanismos explícitos de aprendizaje, retroalimentación y mejora continua, integrando datos procedentes de vigilancia epidemiológica, evaluaciones externas y análisis de desempeño.

No existe un modelo único, pero sí un conjunto de fundamentos que comparten las estrategias más robustas.

En cuanto a experiencias con resultados positivos, destacan los casos de Noruega, que ha logrado reducciones significativas mediante estrategias sostenidas desde 1995; Finlandia y Dinamarca, que combinaron restricciones de medios letales con expansión de servicios; Alemania, cuyo programa NAAD permitió reducir un 24 % los actos suicidas, y Países Bajos, que implementó el modelo SUPRANET Community, articulando gobernanza local y coordinación multisectorial.

Estas experiencias evidencian que la reducción de la mortalidad depende de planes de largo plazo, con objetivos realistas y estructuras de gobernanza capaces de sostener las intervenciones.

Cuando estos elementos se integran –calidad del diseño, coherencia en la implementación, gobernanza estable y evaluación continua–, la reducción del suicidio se convierte en una posibilidad concreta. En un fenómeno tan complejo, la consistencia estratégica y la planificación basada en datos son tan esenciales como las intervenciones específicas orientadas al riesgo.

La experiencia internacional deja, por tanto, una lección clara: prevenir el suicidio no consiste simplemente en acumular intervenciones. Requiere construir sistemas capaces de coordinarlas, sostenerlas, evaluarlas y adaptarlas en el tiempo.

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Elizabeth Suárez Soto no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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