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Published — 16 September 2026 the conversation - Artículos, análisis, comentarios

Más horas en el aula no bastan: cómo mejorar las prácticas de los futuros maestros

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La primera vez que un estudiante del Grado en Educación Primaria o de Educación Infantil se pone delante de una clase descubre algo que ningún manual teórico puede reproducir por completo: explicar un contenido es sólo una mínima parte del trabajo como docente. También hay que saber interpretar silencios, sostener la atención, responder a ritmos distintos y personalizar el aprendizaje, resolver conflictos y modificar sobre la marcha una actividad que no funciona.

Este aprendizaje “situado” es la razón de ser del prácticum (o prácticas formativas) que forma parte de la formación de los futuros maestros. Es un periodo en el que los universitarios entran en centros educativos y aprenden la profesión acompañados por docentes en ejercicio y por tutores de la universidad.

No es un paréntesis entre asignaturas ni una prueba final para comprobar si alguien sirve o no sirve para enseñar: está concebido como el eje que conecta los conocimientos académicos aprendidos en la universidad con las decisiones reales del día a día del aula.

El ‘prácticum’ hoy

En España, los grados de Educación Infantil y Primaria tienen 240 créditos. Las normas que regulan Educación Infantil y Educación Primaria reservan 50 créditos al prácticum, incluido el trabajo de fin de grado. Las prácticas son presenciales, se realizan en centros reconocidos mediante convenios y cuentan con una doble tutoría: un tutor del centro educativo y un profesor universitario.

Los periodos de prácticas pueden repartirse entre varios cursos o concentrarse en los últimos; suelen incluir varias fases, desde la observación del centro y del aula hasta el diseño, desarrollo y evaluación de intervenciones didácticas. El estudiante participa en reuniones, conoce la relación con las familias, atiende la diversidad y elabora memorias, diarios o portafolios para analizar su experiencia.

Sobre el papel, el modelo reúne los elementos esenciales. El problema aparece cuando la estancia se reduce a acumular horas, imitar al tutor o producir una memoria desconectada de lo vivido. También cuando la universidad y la escuela apenas intercambian información o los tutores carecen de tiempo y reconocimiento para acompañar.

La calidad importa más que la duración

Un estudio reciente con participantes de Educación Infantil y Primaria confirma que el prácticum ayuda, especialmente, a aprender a gestionar el aula y atender las diferencias individuales. Pero también detecta una concepción demasiado centrada en aplicar técnicas, que deja en segundo plano la reflexión crítica, la responsabilidad profesional y la capacidad de comprender por qué una decisión funciona en un contexto y no en otro.

Por eso, ampliar las prácticas puede ser útil, pero no basta. La mejora exige al menos cuatro cambios.

1. Comenzar desde primero

Desde los primeros cursos deberían alternarse experiencias breves de observación y colaboración con periodos posteriores de mayor responsabilidad. Así, las preguntas que nacen en la escuela regresan a la universidad, y la teoría vuelve al aula convertida en una hipótesis que puede probarse y revisarse.

2. Profesionalizar la mentoría

El segundo es profesionalizar la mentoría. No todo buen maestro sabe automáticamente formar a otro. Los mentores necesitan selección, preparación específica, tiempo para observar y conversar, criterios compartidos y reconocimiento profesional. La investigación sobre supervisión reclama precisamente modelos colaborativos y una retroalimentación sistemática.


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3. Una alianza también formativa

El tercero es sustituir la relación administrativa entre instituciones por una alianza formativa. La universidad y la escuela han de acordar qué debe aprender el estudiante, qué responsabilidades asumirá y cómo se evaluará su progreso.

Visitas conjuntas, seminarios con las tres partes y rúbricas comunes evitarían que el tutor escolar y el estudiante transmitieran expectativas contradictorias.

4. Actuaciones reales

El cuarto es evaluar actuaciones reales, no solo documentos finales. Planificar una secuencia, enseñarla, recoger evidencias, recibir observaciones y volver a intentarlo genera más aprendizaje que describir retrospectivamente lo sucedido. El vídeo, el portafolio y el análisis de incidentes críticos pueden ayudar, siempre con garantías de privacidad y una finalidad formativa.

Una responsabilidad compartida

El debate en España ya se mueve en esta dirección. El nuevo Libro Blanco de Educación Primaria y el Libro Blanco de Educación Infantil plantean prácticas progresivas, redes de centros acreditados y una mentoría más profesionalizada. Convertir esas ideas en realidad requerirá financiación, coordinación y tiempo reconocido para quienes tutorizan.


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El prácticum será eficaz cuando deje de depender de la suerte de encontrar un buen centro o un mentor especialmente generoso. Aprender a enseñar exige practicar, pero sobre todo practicar acompañado, recibir retroalimentación y pensar críticamente sobre la propia acción.

La cuestión no es cuántos días pasa un futuro maestro en una escuela o las horas que habla con el profesor de la universidad, sino qué aprende allí, cómo lo aprende y quién asume la responsabilidad de ayudarle a aprenderlo.

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Carles Perea Rodríguez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

¿Se acaba la migraña cuando termina el dolor? La psicología del miedo entre una crisis y otra

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Una persona con migraña recibe una invitación para cenar el sábado. Le apetece ir, pero aparece una duda: “¿Y si ese día me da una crisis?”. Llega el sábado y se encuentra bien. Horas antes de salir nota una ligera presión en la cabeza. Quizá no sea nada, pero empieza a observarla: “¿Está aumentando? ¿Será el principio? ¿Y si voy y tengo que volverme?”. Finalmente, cancela.

Aunque la crisis no llega, su sábado ya ha cambiado.

Lo que ocurre entre crisis y crisis

La migraña es una enfermedad neurológica, pero convivir con su imprevisibilidad también puede influir en lo que pensamos, sentimos y hacemos cuando no la sufrimos. Solemos medirla contando los días de dolor, un número que no siempre refleja todo su impacto.

Se denomina carga interictal al potencial impacto que sufre una persona entre una crisis y la siguiente. Concretamente, la literatura científica señala que la ansiedad ante la posibilidad de un nuevo ataque puede reducir la actividad cotidiana y la calidad de vida. Aceptar un viaje, quedar lejos de casa o comprometerse con un plan futuro puede resultar más difícil cuando no sabemos cómo nos encontraremos ese día.

Por eso, además de preguntarnos qué hay que hacer cuando la migraña se manifiesta, podemos plantear otra cuestión: ¿qué se ha dejado de hacer por miedo a tenerla?

Un radar encendido

Ese temor no es absurdo. Tiene una función protectora: nos ayuda a anticiparnos a aquello que podría hacernos daño. Precisamente por eso buscamos reducir la incertidumbre, y una forma intuitiva de llevarlo a cabo es intentar detectar la crisis antes de que llegue.

El problema puede aparecer cuando, para sentirnos más seguros, empezamos a buscar continuamente señales que nos permitan anticiparla. Una ligera presión en la cabeza que otro día quizá habría pasado inadvertida ahora plantea una duda: ¿estará empezando un ataque?

Comprobamos. Volvemos a comprobar. Nuestro cuerpo se convierte en una especie de radar que busca señales de lo que podría ocurrir.

También cabe compararlo con un detector de humo demasiado sensible: necesitamos que nos avise cuando hay fuego, pero si suena cuando hacemos una tostada, terminamos atentos a la alarma aunque no haya ningún incendio. Algo parecido puede ocurrir con la hipervigilancia: conocer nuestro cuerpo no es lo mismo que vivir pendientes de él.

Al final, vigilar tampoco nos da la certeza que buscamos, porque seguimos sin saber si la crisis llegará. Entonces podemos recurrir a otra estrategia: evitar.

Dejar de hacer cosas “por si acaso”

Cuando aparece la incertidumbre, evitar tiene una ventaja inmediata: “mejor no voy”, “mejor no viajo”, “mejor no hago planes”… Al cancelar, sentimos alivio. Y nuestro cerebro aprende de aquello que reduce el malestar: si eludir una situación me hace sentir más seguro ahora, será más fácil volver a esquivarla la próxima vez. No es una respuesta absurda, ya que funciona a corto plazo.

El problema surge cuando ese “por si acaso” empieza a extenderse. Primero puede ser una cena; después, un viaje, y más adelante, quizá dejemos de hacer determinados planes con antelación.

Con estas conductas de evitación, el círculo empieza a completarse: miedo → vigilancia → interpretación de amenaza → evitación → alivio. Y aparece una paradoja: intentamos evitar que la migraña nos quite un día y podemos terminar cediéndole días en los que ni siquiera apareció.

Cuidarse o evitar

Pero ¿significa esto que una persona con migraña debería dejar de cancelar planes o ignorar las señales de su cuerpo? No, porque vivir con este trastorno también exige adaptarse. Descansar durante una crisis, modificar una actividad o cancelar algo cuando realmente no podemos hacerlo puede ser una forma adecuada de cuidarnos.

Pensemos en dos decisiones:

  • “Hoy no voy porque tengo una crisis y necesito descansar”.

  • “No voy a organizar nada para el próximo sábado porque podría darme una crisis”.

En ambos casos podemos acabar en casa, pero psicológicamente no está ocurriendo lo mismo. Mientras que en el primer supuesto respondemos a una necesidad presente, en el segundo intentamos protegernos de una posibilidad futura.

La diferencia no siempre será sencilla, pero podemos hacernos una pregunta: ¿responde esta decisión a lo que necesito ahora o principalmente a lo que temo que pueda pasar?

Recuperar la capacidad de elección

Entonces, si no podemos eliminar la incertidumbre y tampoco se trata de ignorar nuestro cuerpo, ¿qué aporta la psicología? No puede garantizar que no llegue otra crisis ni pretende eliminar el miedo, pero sí puede ayudarnos a responder de otra manera cuando aparece.

Las intervenciones psicológicas forman parte del abordaje complementario de la migraña. Incluyen, por ejemplo, técnicas de relajación y regulación de la activación, atención plena (mindfulness), estrategias para trabajar con pensamientos y emociones difíciles o intervenciones conductuales dirigidas a reducir la evitación y recuperar actividades importantes.

El objetivo es aprender a reconocer cuándo el miedo está intentando protegernos y cuándo esa protección empieza a limitarnos. Esto no significa afirmar que la migraña es una alteración psicológica, porque, como ya apuntamos más arriba, se trata de una enfermedad neurológica. No se trata de vivir sin miedo a la próxima migraña, sino algo más realista: que, cuando ese miedo aparezca, no siempre sea él quien decida.

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Vanesa Pérez Bencomo no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

Los populistas afirman hablar en nombre de “el pueblo”, pero ¿a quiénes se refieren realmente?

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A medida que crece el apoyo a los movimientos populistas en todo el mundo, el término se ha convertido en una especie de palabra de moda. Se utiliza para describir movimientos y figuras públicas muy diferentes en contextos políticos muy distintos. Estos abarcan desde figuras de la derecha, como Jair Bolsonaro en Brasil y Narendra Modi en la India, hasta figuras de la izquierda, como el estadounidense Bernie Sanders, el español Pablo Iglesias y el sudafricano Julius Malema.

Para complicar aún más esta cuestión, los estudiosos tienden a utilizar diferentes definiciones de populismo. Algunos lo consideran una ideología, otros un tipo de discurso, o incluso una forma de gobierno. A pesar de estas diferencias, la mayoría de las definiciones coinciden en una idea fundamental. El populismo divide a la sociedad en dos grupos opuestos: el “pueblo puro” y las “élites corruptas”.

El concepto de “el pueblo” es la piedra angular del populismo, pero aún sabemos relativamente poco sobre lo que realmente significa para sus seguidores verse a sí mismos como parte de este grupo. Gran parte de la investigación se ha centrado en los propios partidos y líderes populistas, incluyendo cómo presentan su versión de “el pueblo” como moralmente superior a las élites corruptas. Mi propia investigación analiza el otro lado, para averiguar qué significa para los seguidores que votan por ellos para que lleguen al poder.

Un concepto infinitamente flexible

Algunos expertos han argumentado que la vaguedad sobre quiénes se consideran “el pueblo” es, en realidad, un elemento clave del fuerte atractivo del populismo. Al tratarse de un concepto amplio y flexible, puede traspasar fronteras e ideologías políticas, lo que permite a diferentes grupos de votantes identificarse con él e imaginarse a sí mismos como parte de una misma comunidad más amplia.

Esto no solo ocurre con “el pueblo”, sino también con términos como establishment o “élites” que se utilizan con un efecto similar para identificar de manera general a quienes no forman parte de “el pueblo”.

Esta flexibilidad implica que los miembros de ese grupo pueden variar considerablemente. Los políticos pueden utilizar el término para referirse a quienes comparten una identidad cultural concreta, como hace la populista de derechas francesa Marine Le Pen cuando lo invoca para promover políticas que dan prioridad a los ciudadanos franceses.

Del mismo modo, otros lo consideran directamente superpuesto a las agrupaciones nacionales. Vox, por ejemplo, suele afirmar que habla en nombre de “el pueblo español”.

Sin embargo, otros, como la populista alemana Sahra Wagenknech –cuya posición política combina elementos de la extrema izquierda y la extrema derecha–, utilizan el término para referirse a grupos económicamente desfavorecidos, por ejemplo, defendiendo a aquellos que han sido “olvidados durante años por los políticos”, para promover salarios más altos y prestaciones sociales más sólidas.


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Aunque los miembros de este grupo imaginario pueden ser completamente diferentes, los populistas de todo el espectro político presentan a “el pueblo” como un colectivo unificado y moralmente bueno cuyos intereses están siendo ignorados o traicionados por élites corruptas. Las figuras y los partidos populistas se presentan a sí mismos como la solución, una fuerza que es la única capaz de comprender y servir a un electorado oprimido y desatendido.

Es tan importante prestar atención a quiénes incluyen los políticos en esta comunidad imaginaria como a quiénes excluyen. En la derecha, esto suele seguir líneas culturales o raciales, mientras que la izquierda suele excluir a las clases sociales más ricas.

Los políticos populistas pueden llegar incluso a sugerir que cualquiera que no esté de acuerdo con ellos no pertenece en realidad a “el pueblo”. El británico artífice del Brexit Nigel Farage lo expresó en los términos más literales cuando dijo: “Nosotros somos el pueblo. El Partido del Brexit es el pueblo”.


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Los seguidores populistas

Investigaciones anteriores han medido el grado de identificación de los votantes individuales con “el pueblo”. Sin embargo, para comprender mejor qué significa pertenecer a este grupo, también debemos dar un paso atrás y analizar las interpretaciones, emociones y experiencias que los simpatizantes asocian a esta comunidad imaginada.

Una forma de hacerlo es hablar con miembros de diferentes movimientos populistas, con el fin de comprender su visión. Otra forma puede ser analizar la comunicación entre ellos en comunidades en línea. Estos espacios ofrecen un entorno sin límites geográficos para interpretar conjuntamente los mensajes políticos, desarrollar un sentido compartido de identidad y pertenencia, y negociar quién está incluido –y quién excluido– en “el pueblo”.


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Mi propia investigación ha seguido estas dos líneas. En un estudio reciente, analicé 6 000 interacciones en comunidades en línea, así como 33 entrevistas en profundidad con simpatizantes populistas de derecha e izquierda. El análisis reveló que se identificaban con “el pueblo” de tres maneras: a través de cómo imaginan al grupo, cómo se sienten respecto a él y cómo experimentan el hecho de formar parte de él.

Tal y como sugieren investigaciones anteriores, los seguidores suelen imaginar a “el pueblo” como trabajador, merecedor y moralmente legítimo. Los partidarios de la derecha vinculan esta identidad con la pertenencia cultural, mientras que los de la izquierda hacen hincapié en la identidad de la clase trabajadora.

Sin embargo, esta identificación también es profundamente emocional. Los seguidores expresan un gran afecto y lealtad hacia sus políticos populistas preferidos, al tiempo que muestran ira y miedo hacia las élites, los oponentes y los grupos que consideran una amenaza para la comunidad. También expresan un profundo amor y comprensión hacia los demás miembros de “el pueblo”, tanto si esta comunidad es más abstracta como si está formada por personas concretas con las que están en contacto, ya sea en línea o en el mundo físico.

Asimismo, experimentan el grupo a través de las relaciones y la participación política. La interacción con otras personas que perciben como miembros genera un sentimiento de pertenencia, validación y propósito, mientras que la actividad política –ya sea en persona, en mítines y manifestaciones, o en línea– puede reforzar este sentido de comunidad y fomentar una mayor participación.

En conjunto, esto sugiere que el apoyo populista no se reduce únicamente a ideas o políticas concretas. La identificación con “el pueblo” funciona porque la flexibilidad del término permite a los políticos enmarcarlo de formas convincentes, y porque las interpretaciones de los simpatizantes coinciden con esos mensajes políticos.

Pero también es una fuente de aspiración, ya que ofrece un sentido de comunidad y pertenencia a quienes llegan a verse a sí mismos como parte de este grupo. Ayuda a los seguidores a sentir que pertenecen a algo, que los demás los comprenden y que están conectados a un propósito común.

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Clara Juarez Miro no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

Los récords del turismo comprometen el agua cuando y donde más escasea en España

Veraneantes en una playa de Torrevieja, Alicante. Alex Tihonovs/Shutterstock

Cada año, España bate su récord de turistas. Los 58,1 millones de visitantes hasta julio –otro récord pulverizado– apuntan a que en 2026 rebasará los 100 millones de turistas. Son buenas noticias para las grandes cifras macroeconómicas. Más turistas implica un mayor crecimiento del PIB y del empleo. El sector turístico es un motor de la economía española. Se estima que ha supuesto en el año 2024 un 12,6 % del PIB, una cifra superior en un 109 % a la de 2021, y generó más de 2,7 millones de puestos de trabajo, el 12,3 % del empleo total.

Pero todos esos logros a escala de país no siempre coinciden con la percepción ciudadana. Cuando se orientan cada vez más hacia la demanda turística, los centros urbanos se transforman, perjudicando a la población local. Los barrios pierden su alma al mismo ritmo que las ciudades de todo el mundo adquieren un extraño parecido entre sí.

La presión turística puede terminar desplazando a los propios habitantes. Los precios de la vivienda –que también baten récords– aumentan y cada vez más inmuebles se destinan al alojamiento turístico. Cambia la vida cotidiana: desaparecen comercios de proximidad, sustituidos por negocios orientados al visitante; el ruido y la actividad constante dificultan el descanso y los espacios de encuentro y convivencia se convierten progresivamente en escenarios para el consumo turístico. El descontento ha llegado al extremo de alimentar movimientos contra el turismo masivo y de extender el término turismofobia.

Mayor consumo de agua cuando más escasea

En el plano medioambiental, esta presión turística se traduce, entre otros impactos, en desertificación y, más específicamente, en el deterioro y declive de los recursos hídricos de las zonas áridas. El grueso de turistas visita España en el peor momento del año hidrológico y se siente especialmente atraído por las zonas áridas, es decir, aquellas en las que menos llueve y más agua se evapora, con lo que su balance hídrico es muy pobre.

Mapa que muestra la aridez en las diferentes regiones de España por colores, de verde a rojo (mayor aridez).
Índice de aridez medio en España para el periodo 1991-2020. Beguería et al. (2025)/Atlas de la Desertificación de España, CC BY-SA

Pasado el mes de junio, las reservas hídricas van menguando y es entonces cuando se llenan miles de piscinas y la población de muchos municipios aumenta considerablemente.

No se trata de un consumo de agua extraordinario si lo miramos a escala de país. El turismo apenas representa una pequeña fracción del abastecimiento urbano –alrededor de 130 hm³ al año, aunque este dato no considera las viviendas de uso turístico–, que a su vez representa el 17 % del consumo de agua (frente al 77 % del uso agrario, unos 22 000 hm³ al año). Sin embargo, al concentrarse en el momento y en los territorios más desfavorables desde el punto de vista hídrico, su incidencia a escala local puede ser mucho mayor de lo que refleja su peso en el consumo total de agua del país.

Las áreas más afectadas

El turismo se concentra principalmente en el litoral mediterráneo, Andalucía atlántica, Canarias y las grandes urbes de Madrid y Barcelona. Estos territorios forman parte de las zonas con un estrés hídrico extremadamente alto, que ocupan un 43 % del país. Este índice representa la ratio entre el total de agua utilizada y el total de recursos renovables y fluctúa entre 1 (poco estrés) y 5 (máximo estrés) de acuerdo al porcentaje de agua extraída anualmente.

Así, en los territorios con estrés hídrico 5 (supone extraer más del 80 % del agua renovable disponible), y durante cualquier período mínimo de sequía, el aumento repentino del consumo (como el causado por turismo) o alteración en la calidad del agua se traduce directamente en una crisis severa de desabastecimiento.

Algunos datos hablan por sí mismos de la presión a la que están sometidos territorios donde no sobra el agua. El 63 % de los municipios con más de un millón de pernoctaciones se encuentran en zonas con un estrés hídrico alto o extremadamente alto, y otro 35 % en zonas con estrés medio-alto. Además, el 69 % de las pernoctaciones entre junio y septiembre –el período más vulnerable desde el punto de vista del suministro de agua– tiene lugar en estas zonas sometidas a mayor estrés hídrico.

Si comparamos la población de los municipios (dato de 2020) con la media anual de turistas que reciben (período 2020-2025), nos encontramos con cifras difíciles de creer. Por ejemplo, Jávea (Alicante), con 20 016 habitantes, recibe una media de 283 590 turistas al año; Ciutadella (Menorca) recibe 15,8 veces más turistas que habitantes (30 588 frente a 485 069) y Roses (Girona), 16,8 veces más (19 807 frente a 332 793).


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Sin duda, esta avalancha de personas contribuye a la economía local, pero también conlleva impactos ambientales que, en muchas ocasiones, pueden ser irreversibles.

A ello se añade la apuesta por un modelo urbano disperso en muchos destinos turísticos, asociado a la búsqueda de una supuesta mayor calidad de la oferta, pero que implica un mayor consumo de recursos naturales, especialmente suelo y agua. En un adosado o un chalet, el consumo de agua puede multiplicar por cuatro o cinco el de un modelo de ciudad compacta.

También hay que considerar la proliferación de piscinas individuales, con ratios inferiores a 20 habitantes por piscina en muchas provincias del litoral mediterráneo, muy por debajo de la media nacional.

Lista y mapa que muestra el número de habitantes por piscina en las provincias españolas
Habitantes por piscina en las provincias españolas. IGN-CNIG

Dunas, lagunas y ríos alterados

Además de añadir presión a unos recursos hídricos ya de por sí raquíticos, estas cifras del turismo han ido acompañadas del deterioro de buena parte de la franja litoral. Bajo el cemento, las urbanizaciones, los alojamientos turísticos, los campos de golf y las infraestructuras han quedado sepultados ecosistemas dunares y lagunas costeras desde los años sesenta del pasado siglo, al tiempo que se han alterado los desagües naturales del territorio.

Ramblas, rieras y torrentes reaparecen con fuerza durante los temporales de otoño e invierno, con su dinámica torrencial, poniendo de manifiesto las consecuencias de una ocupación poco ordenada del territorio.

La orientación del turismo hacia zonas áridas coincide, en realidad, con los lugares que la población general también ha elegido para vivir. Una gran parte de la población española y el grueso de los turistas que nos visitan se concentran en las zonas dotadas con mejores infraestructuras de todo tipo, las cuales están, en general, en zonas áridas.


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Aunque en el imaginario colectivo las zonas áridas se tienen por territorios pobres y despoblados, en los que el viento arrastra salicornios como en las películas del Oeste, lo cierto es que el 80 % de la población española vive en zonas áridas, una tendencia que se ha ido reforzando con el paso de los años.

Madrid y Barcelona, por ejemplo, se asientan en zonas áridas, como ocurre con otras grandes capitales y con buena parte del litoral mediterráneo. No debe sorprendernos si tenemos en cuenta que el 67 % de España es árido.

La desertificación –y, en este caso, el turismo masivo– debe abordarse desde la planificación territorial, mediante un conjunto de medidas que permitan ajustar las demandas a los recursos disponibles y utilizarlos de manera eficiente, sin olvidar que una parte de esos recursos debe quedar reservada para el sostener las funciones vitales de la naturaleza, imprescindible para nuestra supervivencia y bienestar.

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Jaime Martínez Valderrama ha recibido fondos del proyecto ATLAS financiado por la Fundación Biodiversidad del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico (MITECO) en el marco del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia (PRTR)

Javier Martí Talavera ha recibido fondos del proyecto ATLAS financiado por la Fundación Biodiversidad del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico (MITECO) en el marco del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia (PRTR)

Jorge Olcina Cantos ha recibido fondos del proyecto ATLAS de la Desertificación en España, financiado por la Fundación Biodiversidad del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico en el marco del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia (PRTR)

Juanma Cintas recibe fondos del proyecto ATLAS de la Desertificación en España, financiado por la Fundación Biodiversidad del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico en el marco del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia (PRTR)

Fernando Gallardo Olmedo no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

Cómo el partido de extrema derecha alemán AfD está tratando de ganarse el voto de aquellos a quienes promete deportar

El 6 de septiembre, el partido de extrema derecha Alternativa por Alemania (AfD) obtuvo el 43,8 % de los votos en Sajonia-Anhalt, más del doble del 17,2 % de la CDU (Unión Demócrata Cristiana de Alemania). La participación fue del 77,8 %, la más alta en la historia de las elecciones libres del estado. El partido basó su campaña en un programa que incluía una campaña de deportación y remigración, así como el recurso a “todas las vías legales” para limitar la expresión islámica.

Sajonia-Anhalt es un estado alemán mayoritariamente rural, con una población inmigrante muy reducida y escasos incentivos para dirigir la campaña a este colectivo. Si bien el resultado récord de la AfD en esta región tuvo poco que ver con el voto de los inmigrantes, la situación será muy diferente cuando Berlín acuda a las urnas el 20 de septiembre.

Una encuesta de opinión publicada el 10 de septiembre sitúa a la AfD en camino de obtener el 18 % de los votos de la capital, el doble de su resultado del 9,1 % de 2023. Esto situaría al partido a tres puntos del líder en una carrera muy reñida, en una ciudad donde el 42,3 % de los residentes es inmigrante.

Aunque la AfD logró ganar en Sajonia-Anhalt sin el voto de los extranjeros, no puede permitirse ignorarlos en Berlín.


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A la caza del voto inmigrante

La AfD lleva años tratando de captar el voto de los inmigrantes, con contenidos en TikTok y en turco dirigidos principalmente a personas de origen ruso y turco. Se trata de comunidades de inmigrantes establecidas desde hace tiempo, muchas de las cuales son ciudadanos alemanes con derecho a voto.

La formación se dirige a ellas con un mensaje que algunos expertos han calificado de tranquilizador: vosotros, las comunidades ya establecidas, no sois el problema; los recién llegados sí lo son.

Sin embargo, la campaña en turco de la AfD no se está traduciendo en votos. Un análisis de julio de 2026 del Centro Alemán de Investigación sobre Integración y Migración (DeZIM) reveló que los votantes de origen inmigrante consideraban a este partido como el que tenía menos posibilidades de ser elegido de entre todos los grupos.

Otro informe del DeZIM ha puesto de relieve la caída de la participación electoral entre los votantes de origen turco, de Oriente Medio y del norte de África, lo que se interpreta como una posible señal de alerta de un distanciamiento a largo plazo del sistema de partidos en su conjunto.

Un estudio de 2025 sobre las preferencias de voto de los inmigrantes en toda Alemania situaba a la AfD en un 19 %, en tercer lugar, por detrás de la CDU y el SPD (Partido Socialdemócrata de Alemania). Sin embargo, era el partido más fuerte entre los votantes de origen polaco y entre los repatriados de etnia alemana. Así pues, la agrupación sí que consigue votos de los inmigrantes, pero no, por el momento, entre los turcos alemanes a los que está cortejando este mes.

No obstante, estos votantes arrastran un agravio que la corriente dominante no ha abordado. Los directores de DeZIM han documentado lo que denominan “competencia por el reconocimiento”: la forma en que los grupos tratados como de segunda clase acaban comparándose y enfrentándose entre sí, y no contra quienes los clasifican así.

El politólogo Özgür Özvatan ha analizado esta dinámica en el contexto de la pertenencia turco-alemana, donde a menudo se persigue y se logra el avance, pero este no siempre se traduce en una aceptación generalizada y duradera por parte de la sociedad mayoritaria.

Recompensar el buen comportamiento

Hay algo estructural detrás de esto, y no se limita a Alemania.

La extrema derecha tradicional definía la pertenencia por descendencia, lo que conlleva un límite inherente. Su electorado potencial era fijo y se reducía con cada naturalización, mientras que cada inmigrante era un adversario permanente.

Lo que se ha extendido por todo el continente desde 2015 es un diseño político diferente, en el que la pertenencia se gana a través de la conducta. El discurso actual de la extrema derecha no siempre es étnico o cultural; ahora el mensaje es: trabaja duro, adáptate, sigue las normas y podrás pertenecer. Cualquiera, sea migrante o no, puede cruzar esta frontera gracias a su comportamiento.

El territorio francés de ultramar de Mayotte ilustra este modelo con mayor claridad. Mayotte, un territorio insular del océano Índico, es musulmán en un 95 %, pero en 2022 otorgó a la candidata de extrema derecha Marine Le Pen su mejor resultado en el país, con un 42,89 % de los votos en la primera vuelta, frente al 2,77 % de 2012.

Los investigadores del proyecto MIGRAF interpretan esto como un intento deliberado del partido de Le Pen, el Rassemblement National (RN), de eliminar la cuestión racial de su mensaje en ultramar: en la isla, el RN no ataca al islam, sino a los migrantes procedentes de las cercanas islas Comoras.

Que los musulmanes franceses voten a Le Pen en contra de los migrantes musulmanes podría parecer impensable. Sin embargo, tiene sentido si se tiene en cuenta cómo ha cambiado la frontera de la pertenencia. La cuestión no es quién eres, sino en qué lado de una frontera burocrática te encuentras.

La extrema derecha española toca una melodía similar, pero en una clave diferente. En un discurso pronunciado en Gran Canaria en 2018, el líder del partido de extrema derecha Vox, Santiago Abascal, estableció una distinción entre diferentes tipos de inmigrantes: los procedentes de América Latina, que comparten gran parte del idioma, la religión y la visión del mundo de España, y los procedentes de países islámicos.

Vox construyó un proyecto internacional en torno a esta excepción, bautizado como la “Iberosfera”. Los analistas lo han interpretado como una forma de “hispanismo étnico”.

Suecia es quizás el país que más lejos ha llegado en este sentido, con su decisión de dar mayor importancia jurídica a la conducta o al modo de vida de los migrantes. La Ley de Extranjería sueca, que entró en vigor el 13 de julio de 2026, permite a la Agencia Sueca de Migración denegar o revocar los permisos de residencia por motivos de “conducta deficiente”: un comportamiento que no infringe ninguna ley, pero que contraviene las normas que la sociedad desea defender.

Los expertos en derecho han señalado que este criterio es demasiado vago para aplicarse de forma predecible o equitativa.


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La aceptación es voluble

Una propuesta política de este tipo depende de que los votantes y miembros de un partido de extrema derecha acepten una excepción a sus principios. El apoyo a una idea así es difícil de mantener y, en España, ha provocado una profunda división en la base de Vox.

En agosto de 2019, una patronal pidió que se contrataran trabajadores en el extranjero, preferiblemente de América Latina. Un diputado de Vox por Málaga respondió tuiteando que le daba igual si el relevo demográfico “venía vestido con chilabas o portando machetes”, y posteriormente borró la publicación.

La polémica se prolongó en el partido durante años, pero en enero de 2026, Vox eliminó discretamente “Latinos por Abascal” de su página web, una campaña lanzada tres años antes para captar a los votantes hispanos de España.

La pertenencia condicional tiene una vida útil corta. Funciona como mecanismo de captación, pero cuando la base se radicaliza más allá de ella, las personas que en su día fueron bienvenidas vuelven a ser clasificadas como lo que eran antes. España lleva dos años de ventaja a Alemania en este ciclo.


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La AfD se deja el mismo margen de maniobra, aunque, tal y como están las cosas actualmente, su posición no está clara. Su programa para Sajonia-Anhalt sitúa la “remigración” en el centro, pero el partido insiste en que el término abarca únicamente el retorno legal de extranjeros sin derecho a permanecer en el país, rechazando la deportación de ciudadanos alemanes de origen inmigrante por considerarla inconstitucional.

Sin embargo, los juristas constitucionales que analizan el texto de Sajonia-Anhalt ven una política de expulsión basada en una concepción étnica del pueblo. A ninguno de los votantes a los que se busca este mes –ya sea en Sajonia-Anhalt o en Berlín– se le ha explicado claramente qué definición se aplicará.

Cuando Berlín acuda a las urnas, algunos votantes de origen inmigrante decidirán que la advertencia no va dirigida a ellos, sino a otra persona. Como mínimo, provocar esa decisión es precisamente el objetivo de la estrategia de la AfD.

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Deniz Torcu no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

¿Cuánto pesa un microbio?

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Si hubiera que seleccionar dos adjetivos para describir a los microbios me quedaría con alucinantes y necesarios. Saber que representan entre el 50 % y el 90 % de la biomasa de los océanos nos da una idea de su ubicuidad. La masa de las células microbianas de las aguas del planeta iguala al peso de 240 mil millones de elefantes africanos. Un gramo de suelo superficial puede contener más de mil millones de células de bacterias y de arqueas, billones de virus, decenas de miles de protozoos y microalgas y 200 metros de hifas fúngicas.

A pesar de la mala fama y de que la opinión pública acostumbra a vincular a los microorganismos con amenazas biológicas e infecciones graves, la mayoría de ellos o bien son beneficiosos o nunca han roto un plato. De las más de un billón de especies estimadas, solo algo más de 1 400 especies, incluyendo bacterias, virus, hongos, protozoos y helmintos, son patógenas para el ser humano. Esta cifra representa menos del 1 % del total de las especies de microorganismos conocidas y es una fracción insignificante de la biodiversidad microbiana planetaria.

Si seguimos analizando las cifras resulta que, en la escala biológica humana, el cuerpo funciona como un ecosistema complejo donde habitan cerca de 40 billones de bacterias, cifra que supera a los 30 billones de células propias del organismo. Esta convivencia armónica resulta vital para digerir fibra, sintetizar vitaminas o adiestrar al sistema inmune, entre otras muchas cuestiones.

Esenciales pero menospreciados

Si nos centramos en el terreno de la medicina y la farmacología, los microbios constituyen una fuente primordial de moléculas terapéuticas. El estudio del microbioma intestinal abre perspectivas innovadoras en la lucha contra afecciones inflamatorias crónicas, desórdenes metabólicos y diferentes tipos de cáncer. Además, el uso de virus capaces de destruir bacterias de forma selectiva resurge como una herramienta médica prometedora ante la proliferación de cepas patógenas resistentes a los antibióticos.

Los microorganismos también nos dan de comer. Por un lado, porque la producción alimentaria y el desarrollo agrícola dependen de la actividad microbiana del suelo. Por otro lado, son indispensables para elaborar pan, quesos, bebidas fermentadas, yogur, vitaminas, enzimas, bioplásticos, biocombustibles y un sinfín de productos más.

En cuanto a la salud del planeta, los microorganismos son aliados clave tanto en la mitigación del cambio climático como en la economía circular, que busca reducir el desperdicio y maximizar el uso eficiente de los recursos.

El animálculo

Si todo lo que los humanos necesitamos para sobrevivir está íntimamente ligado a la actividad de los microbios, parece lógico que les dediquemos una fecha especial en el calendario. El 17 de septiembre de cada año celebramos el Día Internacional de los Microorganismos (International Microorganism Day), una iniciativa global que persigue cambiar la percepción pública desmitificando la idea de que los microorganismos son únicamente patógenos causantes de enfermedades, concienciar sobre su función crítica en el medio ambiente, destacar sus aplicaciones industriales y biotecnológicas, promover la educación y la vocación científica y rendirles un necesario homenaje histórico.

La fecha conmemora un hito fundamental en la historia de la ciencia: el día en el que el comerciante holandés Antonie van Leeuwenhoek envió una célebre carta a la Royal Society de Londres en la que describía por primera vez un organismo unicelular, que llamó animálculo, observado a través de microscopios rudimentarios diseñados y creados por él mismo.

Van Leeuwenhoek fue un pionero, un científico del más alto nivel que en una de sus cartas, fechada el 12 de junio de 1716, escribió:

“Mi trabajo, al que me he dedicado durante mucho tiempo, no fue impulsado por el aplauso que ahora disfruto, sino principalmente por una sed de conocimiento que, según percibo, reside en mí más que en la mayoría de los hombres

Reconocer la labor incesante y el valor extraordinario de los microorganismos permite cambiar una percepción fundamentada en el temor por una mirada de respeto hacia quienes sostienen la vida en la Tierra y el bienestar de los seres vivos.

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Raúl Rivas González no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

Meta is changing Instagram and Facebook to protect teens’ mental health. Are the new measures backed up by science?

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The recent landmark ruling against Meta in the United States was the result of a lawsuit filed in 2023 which went to trial in August 2026. It was brought by nearly fifty attorneys general, school districts and families, who alleged that the company’s social media platforms, which include Instagram and Facebook, pose serious risks to mental health.

The case ended in a $18 billion dollar settlement, and imposed direct structural changes on the way Instagram and Facebook operate. These could eventually extend to other platforms and social media networks, according to Attorney General William Tong.

Here, we will look at the scientific basis for each of the new measures.

Automatic, temporary blocks

Firstly, the agreement sets a limit of two hours’ use per day for under-18s, alongside regular reminders to encourage breaks and more self-regulated use.

Scientific research supports the general idea of limiting time spent on social media and encouraging breaks while using it. However, this does not make the two-hour limit a universal medical threshold, nor are the regular reminders scientifically established intervals.

Some experiment-based studies suggest that temporarily reducing usage may improve certain aspects of wellbeing, partly through improved sleep. However, the effects also depend on how and why social media is used.

Secondly, automatic restrictions will be put in place during the night, in line with evidence linking insomnia to mental health problems. However, this measure can be supplemented (or even replaced) by simpler measures at home, such as preventing teenagers from using their mobile phones in their bedrooms, or keeping phones out of the bedroom at night.

Thirdly, push notifications will be disabled during school hours. While this measure may limit direct calls for attention, frequent checking of social media has been linked to FOMO (Fear of Missing Out) – the anxiety of missing out on experiences that other people are having. This does not disappear simply by turning off notifications.


Leer más: Spending too much time on social media and doomscrolling? The problem might be FOMO


No more ‘beauty’ filters

The proposed removal of cosmetic filters would prevent young people from comparing themselves to a modified and unattainable image of themselves, which can lead to self-esteem or body image issues. However, if these types of filters remain available on adult accounts – where images of teenagers may be shared – young people could still be exposed to them.

The “Like” button will also disappear from teenagers’ accounts – a major incentive for posting content on social media. Even so, hiding the number of likes does not eliminate social interactions. Comments, followers, shares and messages will still provide signs of approval and recognition, and teenangers could simply shift towards these other forms of interaction.

Age checks and parental controls

There are two significant measures relating to privacy and security.

The first of these is stronger age verification. Systems are already being developed that do not require users to disclose their identity, exact date of birth or other personal data to the platform. However, these technologies still present challenges with regard to accuracy, false positives and negatives, the reliability of algorithms, and the balance between security and privacy.

The aim is to strike a balance between verification that protects minors and the data minimisation principle, whereby platforms safeguard privacy by taking only the minimum amount of data that they need.

The other measure involves improving parental controls, to make them more accessible and enable parents to disable algorithmic feeds and autoplay. In this case, the use of automated firewalls can be very useful, but they are not a substitute for active parental involvement.


Leer más: Is social media addictive? How it keeps you clicking and the harms it can cause


Beyond social media

Social media can be hugely beneficial for both adults and younger people, but it can also cause problems. Teenagers are more vulnerable to social media’s potential harms, and therefore require greater protection.

Of course, there are ways to mitigate social media’s inherent risks, but we can only know how effective they are after they have been implemented, using data on user behaviour and independent evaluations.

This means parents’ involvement will be crucial, but so too will that of teenagers themselves, since most measures can be circumvented. Mechanisms will need to be developed to, for instance, identify multiple accounts belonging to the same child, which could be used to get around age restrictions.

First and foremost, we must recognise that the problematic relationship between social media and adolescence goes beyond any measures corporations may take. While these are vital, we must also prioritise digital literacy, both for young people and for their parents and educators.

In this context, adults can set an extremely important example. It is not just a question of how many minutes we spend in front of screens, but also of how we use them, and how we behave while doing so.


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El debate de tomar carbohidratos en pruebas de resistencia: ¿hasta qué punto marcan la diferencia?

La ingesta de carbohidratos puede influir decisivamente en el rendimiento físico de los corredores de pruebas de ultrarresistencia como el maratón. Gorodenkoff/Shutterstock

Hoy, las carreras de larga distancia viven un auge sin precedentes. La creciente popularidad de disciplinas como el maratón, el triatlón y el Ironman ha vuelto a a poner en cuestión cuál es el verdadero peso de los carbohidratos en estas pruebas de resistencia.

Así, una revisión reciente publicada en Endocrine Reviews planteaba que los atletas pueden mantener un alto rendimiento con una ingesta muy baja de dichos nutrientes a largo plazo, siempre que se respete un periodo de adaptación de al menos cuatro semanas.

Lo más llamativo de su propuesta es que sugiere que las pautas actuales (60-90 gramos de carbohidratos por hora) podrían estar sobreestimando las necesidades reales. Según el trabajo, cantidades muy inferiores, de apenas 10 g/h, serían capaces de prevenir la fatiga prematura por hipoglucemia (niveles de azúcar demasiado bajos) y maximizar la capacidad de resistencia.

Mantener la glucosa para evitar la “pájara”

Este enfoque aporta un valor significativo al devolver el protagonismo al hígado y al mantenimiento de la glucemia en la famosa “pájara”, ese descenso brusco del rendimiento físico.

Durante un ejercicio prolongado, los músculos necesitan un aporte constante de glucosa para seguir funcionando. Así, cuando su nivel en sangre desciende demasiado, pueden aparecer debilidad, mareo y la pérdida repentina de rendimiento. El hígado desempeña un papel fundamental en este proceso, ya que ayuda a mantener estable el azúcar que circula por nuestro organismo.

Sin embargo, conviene entender qué tipo de estudio tenemos delante. Se trata de una revisión narrativa, no de una revisión sistemática: los autores no han reunido y analizado de forma exhaustiva todos los trabajos disponibles, sino que han seleccionado investigaciones para proponer una interpretación basada en cómo funcionan los distintos procesos del organismo. Es, por tanto, un marco conceptual interesante que ofrece una nueva forma de entender el papel de los carbohidratos, pero no una síntesis definitiva de toda la evidencia disponible.

El factor determinante no es el nivel competitivo

El problema surge cuando este debate se traduce en recomendaciones simplificadas. Con frecuencia se plantea como una diferencia entre atletas de élite y deportistas populares, pero desde el punto de vista fisiológico esa distinción es secundaria. El factor realmente determinante es la intensidad relativa del esfuerzo.


Leer más: Cuando se gasta la pila: qué es el peligroso síndrome de deficiencia energética relativa en el deporte


Un corredor que busca bajar de las tres horas en un maratón o un triatleta amateur que prepara un Ironman (que consiste en completar 3,86 km de natación en mar abierto, 180 km de ciclismo y un maratón a pie) pueden competir durante largos periodos a más del 80–85 % de su capacidad aeróbica máxima (VO₂máx). A esa intensidad, el metabolismo energético presenta características muy similares independientemente del nivel competitivo del atleta.

Diversos estudios clásicos de fisiología del ejercicio han demostrado que cuando la intensidad supera aproximadamente el 75–80 % del VO₂máx, la producción rápida de la molécula ATP (principal fuente de energía para las células) depende en gran medida de la oxidación de carbohidratos. En este contexto, el metabolismo no distingue entre un dorsal profesional o uno popular: responde únicamente a la demanda energética impuesta por el esfuerzo.

Esto explica por qué muchos principios derivados de la investigación en atletas de élite pueden trasladarse, con las adaptaciones pertinentes, al contexto de deportistas recreativos que compiten cerca de su máximo nivel individual.

¿Dónde están los límites? De Eliud Kipchoge a Kilian Jornet

Un ejemplo ilustrativo de estos límites fisiológicos se observó en el desafío INEOS 1:59 Challenge, donde el atleta keniano Eliud Kipchoge completó un maratón en menos de dos horas. Sostener un ritmo cercano a 21 km/h durante casi 120 minutos implica correr alrededor del 90–95 % del VO₂máx, una intensidad en la que la disponibilidad de carbohidratos resulta determinante para mantener la producción energética necesaria.

De hecho, la estrategia nutricional formó parte integral del rendimiento. Durante la carrera se utilizaron bebidas con carbohidratos administradas de forma planificada para mantener la disponibilidad energética y evitar caídas de glucemia. Más que “ahorrar” carbohidratos, la estrategia consistía en utilizarlos de forma eficiente para sostener una intensidad extrema.

A esto se suma que, en mayo de 2026, el fondista también keniano Sabastian Sawe batió en Londres el récord de maratón, dejando la marca en 1 hora, 59 minutos y 30 segundos. ¿Cuánto carbohidrato consumió Sawe? Aproximadamente 115 g/h.

Porque incluso en pruebas de ultrarresistencia, donde la intensidad media suele ser menor, el papel de los carbohidratos sigue siendo relevante. Atletas como el español Kilian Jornet han descrito cómo su enfoque nutricional ha evolucionado hacia una mayor ingesta de esos nutrientes durante la competición, acompañado de un entrenamiento específico del sistema digestivo para mejorar su tolerancia.

Porque la ultrarresistencia moderna no consiste simplemente en mantener un ritmo bajo durante muchas horas. En momentos clave –subidas exigentes, descensos técnicos o cambios de ritmo finales–, el organismo necesita una disponibilidad rápida de energía. En estos escenarios, la capacidad de mantener niveles adecuados de glucosa y glucógeno (la forma en que se almacena la primera en el hígado y los músculos) puede resultar decisiva tanto para el rendimiento físico como para la claridad cognitiva.

Superando las recomendaciones: los 120 gramos por hora

Frente a la propuesta de los 10 g/h, investigaciones recientes en corredores de élite que han realizado un entrenamiento específico han mostrado que ingestas de 120 g/h no solo pueden ser tolerables, sino que se asocian con una menor carga interna y menor daño muscular posterior a la carrera en pruebas exigentes.

Un elemento clave que a menudo se omite en el debate es que el intestino también se entrena. La literatura científica sobre entrenamiento gastrointestinal demuestra que el tracto digestivo es adaptable y que la exposición repetida a altas cargas de carbohidratos mejora la tolerancia, el vaciado gástrico y la absorción a los mismos. No se trata solo de cuánto se ingiere, sino de si el organismo está preparado para procesarlo.

La pregunta correcta

La revisión publicada en Endocrine Reviews acierta al sugerir que parte del beneficio de los carbohidratos es evitar la hipoglucemia, pero identificar un mecanismo no equivale a establecer una pauta universal. En pruebas de más de dos o tres horas, especialmente cuando el objetivo es competir cerca del máximo nivel individual, la disponibilidad de esos nutrientes marca la diferencia en la capacidad de sostener la intensidad, responder a cambios de ritmo y optimizar la recuperación.

En definitiva, el debate no debería centrarse en si los carbohidratos son un mito, sino en responder de forma individualizada: para quién, en qué prueba, con qué intensidad relativa y con qué objetivo competitivo.

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María Isabel Buceta Toro no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

¿Por qué algunos espacios naturales en África y Asia se conservan sin leyes?

Imaginemos un frondoso bosque en el norte de Etiopía. Mientras el paisaje circundante ha sido deforestado para el pastoreo, este pequeño enclave permanece intacto, como una isla de biodiversidad. No hay guardaparques armados ni vallas electrificadas; lo que protege a estos árboles es la presencia de una iglesia en su centro y la creencia de la comunidad de que el lugar es la morada de lo divino.

Estos espacios, conocidos como sitios naturales sagrados (SNS), son probablemente la forma más antigua de protección del hábitat en la historia de la humanidad. Sin embargo, a pesar de su importancia crítica, la ciencia de la conservación suele tratar “lo sagrado” como una caja negra: algo que funciona para proteger la naturaleza, pero que no terminamos de entender.

Un estudio que hemos llevado a cabo investigadores de la Universidad Pontificia Comillas ha revelado qué significa “lo sagrado” y qué implica para la conservación de la naturaleza.

Más allá del “prohibido pasar”

Durante mucho tiempo, los gestores de áreas protegidas han visto lo sagrado de forma puramente instrumental. Para muchos científicos, “sagrado” es simplemente un sinónimo de tabú: una serie de reglas y prohibiciones que impiden el uso de recursos. Es lo que algunos autores denominan “ambientalismo accidental”: la naturaleza se conserva no porque haya un plan de gestión, sino como un efecto secundario de la devoción religiosa.

Pero lo sagrado es mucho más que una lista de prohibiciones. Tradicionalmente se ha tendido a pensar en lo sagrado como lo opuesto a “lo profano”. Esta visión binaria, muy propia de la mentalidad occidental, sugiere que para que algo sea sagrado debe estar separado de los humanos, casi como una “naturaleza virgen”.

Sin embargo, los estudios en comunidades indígenas de Asia y África muestran una realidad distinta. Para muchos, lo sagrado no es una línea que separa espacios, sino una red de relaciones. En lugares como las montañas del Tíbet o los bosques de la India, lo sagrado es donde lo humano, lo natural y lo sobrenatural se encuentran en un diálogo constante.

Las cuatro caras de un lugar sagrado

Para entender mejor esta complejidad, podemos mirar lo sagrado a través de cuatro dimensiones clave:

1. Construcción. Lo sagrado se “fabrica” a través de mitos, historias y la presencia física de templos o tumbas de santos que irradian su santidad al paisaje.

2. Defensa. Aquí entran los famosos tabúes. El miedo al castigo de una deidad, como ocurre en los bosques indios de Kerala y el temor a la ira de las deidades serpiente, actúa como un guardián invisible del ecosistema.

3. Identidad. Estos sitios son símbolos de orgullo comunitario. Ser el guardián de un monte sagrado otorga estatus y cohesión social.

4. Habitabilidad. A diferencia de un parque nacional moderno que a veces expulsa a los residentes, los sitios sagrados son lugares para ser habitados. Se protegen mediante rituales, ofrendas y un respeto profundo, no mediante la exclusión total.


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Lo sagrado no es estático: cambia y se transforma

Nuestro trabajo muestra cómo lo sagrado no es algo congelado en el tiempo. Al igual que los ecosistemas, las creencias están en constante flujo a través de tres procesos:

  • Desacralización. La modernización, la migración y, a veces, la expansión de religiones monoteístas puede erosionar las creencias antiguas, dejando los sitios vulnerables a la explotación.

  • Resacralización. Sorprendentemente, están naciendo nuevos sitios sagrados. Desde bosques protegidos por movimientos neopaganos en Estonia hasta santuarios marianos en España que recuperan nombres vinculados a la naturaleza, como la Virgen del Pino o de la Cueva, el ser humano sigue buscando sacralizar su entorno.

  • Mutación. A veces, las creencias no mueren, sino que cambian de forma. En Kazajistán, por ejemplo, antiguos rituales animistas sobreviven hoy bajo una capa de oraciones islámicas.

El riesgo de la “mirada occidental”

Una de las conclusiones del estudio advierte sobre un peligro importante: imponer una única visión de lo sagrado. Si el conservacionismo solo valora los sitios que encajan en un determinado ideal de “naturaleza prístina”, podría ignorar lugares que son vitales para las comunidades locales pero que no parecen “salvajes” a ojos externos.

Además, tratar lo sagrado solo como una herramienta de gestión puede ser contraproducente. Si los habitantes locales sienten que sus creencias están siendo “secuestradas” por políticos o científicos para fines ajenos, el vínculo espiritual que protegía el lugar podría romperse.


Leer más: Cambiemos (a mejor) nuestra relación con la naturaleza para frenar la crisis ambiental


Un puente hacia una nueva conservación

La gran lección de los Sitios Naturales Sagrados es que la conservación más efectiva es aquella que reconoce que naturaleza y cultura son inseparables. En un momento de crisis climática y pérdida de biodiversidad, quizás el camino no sea solo crear más reservas cercadas, sino aprender de las comunidades que llevan milenios viendo en un árbol, un río o una montaña algo más que un simple “recurso natural”.

Reconocer la pluralidad de lo sagrado no es solo un ejercicio académico: es una necesidad política y ética. Para proteger la salud del planeta, debemos empezar por respetar las diversas formas en que los seres humanos nos sentimos vinculados a él.

Al final, quizás lo que hace que un bosque sea sagrado no sea solo la presencia de una deidad, sino nuestra capacidad de reconocer que hay valores que están mucho más allá de la utilidad.

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Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

¿Qué he hecho yo para que Google me recomiende esto?

Las noticias que aparecen en Google Discover responden a nuestros intereses, calculados mediante algoritmos que desconocemos cómo funcionan exactamente. Tada Images/Shutterstock

Si forma parte de los más de 500 millones de usuarios que usan a diario el feed de noticias de Google, seguramente se haya encontrado, sin haberlo buscado activamente, con algún titular que prometía revelarle la receta secreta de Ferràn Adrià, la hora a la que se acuesta Pilar Rubio a sus 46 años, el nuevo producto de Mercadona o el coche que a partir de 2026 iba a permitirle decir “adiós” a la ITV.

Cuando hablamos de Google, solemos pensar en su icónico buscador: la barra sobre un fondo blanco que se instaló en nuestro lenguaje con el verbo “googlear” se ha ganado la posición de árbitro en nuestras sobremesas y es el producto estrella que vertebra los cuantiosos ingresos publicitarios de Alphabet.

De “buscar” a “encontrar” sin pedirlo

Pero, con el paso de los años, Google ha consolidado otro servicio que pasa del clásico “buscar” al algorítmico “encontrar”. Se trata de un sistema de recomendación de contenidos similar a la interfaz que comparten muchas redes sociales, aunque sin comentarios, retuits o interacciones visibles de otros usuarios.

Este producto se llama Google Discover y, a diferencia de otros servicios del ecosistema de Google como Maps, Drive o Fotos, no cuenta con una aplicación concreta que podamos descargar: sencillamente se encuentra preinstalado en los teléfonos Android, como un elemento consustancial más de la interfaz al que se suele acceder deslizando hacia la izquierda desde la pantalla principal.

La gran pregunta –sobre este y cualquier otro sistema de recomendación como el que pueden utilizar las polémicas Instagram y Facebook, Netflix, YouTube o hasta las presuntamente inocentes Vinted y Wallapop– es cómo decide qué contenidos le recomiendan. ¿Qué ha hecho usted como usuario para merecerlos en su teléfono?

Ni algoritmo ni fórmula mágica

Cuando los usuarios o creadores intentamos explicar el funcionamiento de las plataformas que nos recomiendan contenidos como Twitter, Facebook, Instagram, YouTube o Spotify, desarrollamos imaginarios algorítmicos, cotilleos o creencias infundadas. Algunos intentan, incluso, entrenar o manipular al “algoritmo” a partir de estas reconstrucciones.

Lo cierto es que no existe un solo algoritmo ni una gran ecuación que podamos controlar. Los sistemas de recomendación como Google Discover son más bien una gran infraestructura algorítmica opaca. Es decir, un circuito de instrucciones informáticas escondidas en una caja negra metafórica de la que Google ha revelado pocos detalles.

El resto de las piezas del puzle provienen de los esfuerzos profesionales por descifrar cómo funciona y de la literatura científica, que ha observado su impacto en ámbitos como el periodismo. Pero, siendo honestos, no podemos leer los ingredientes de su composición como quien lee la etiqueta de un bote de kétchup o champú.

Un embudo digital para captar la atención

La documentación oficial define Google Discover como un feed personalizado basado en los intereses del usuario, según su actividad en la web y aplicaciones. En los estudios científicos publicados por los propios ingenieros de Google se ha revelado como un sistema industrial de recomendación de contenidos. Mientras, la investigación académica independiente lo sitúa en la intersección entre la recuperación de información y la curación algorítmica.

Para explicar por qué Google Discover le enseña ciertos contenidos sin saber exactamente cómo funciona, podemos comparar la arquitectura típica de un sistema de recomendación con las evidencias e hipótesis que tenemos sobre el producto de Google.

Una metáfora útil es la del embudo dividido en etapas. En internet se publican diariamente millones de contenidos de toda clase: artículos web, vídeos largos, publicaciones de redes sociales o resúmenes de inteligencia artificial. ¿Cómo sintetiza esa inmensa variedad a una lista diseñada a medida para usted?

Elegibilidad

Al igual que en Google Search (el buscador), el primer paso es la indexación. Google mantiene un inventario donde rastrea internet y aplica un primer filtro para descartar todo lo que no cumple sus políticas. De ahí que el contenido que infringe las normas de seguridad quede fuera desde el principio. Por ejemplo, publicaciones que busquen reclutar personas para una organización terrorista o imágenes de torturas sin contexto periodístico. Pero superar este filtro solo significa que un contenido es elegible, no una plaza asegurada.

Lo que buscamos habla de nosotros

Para reducir ese universo inicial, el sistema necesita encontrar qué contenidos pueden encajar mejor con nuestros intereses. En el caso de Google Discover, lo hace identificando qué elementos concretos (entidades) están presentes en sus búsquedas o interacciones –Ferràn Adriá, Pilar Rubio, Mercadona o la ITV–, para relacionarlos entre sí. Así, puede interpretar qué búsquedas o lecturas desagregadas forman parte del mismo interés y organizarlo en temas y subtemas más amplios.

Cuando nuestros intereses ya están “fichados”, el sistema necesita traducirlos a un lenguaje con el que comparar y encontrar contenidos afines a gran escala. En el caso de Google Discover, la hipótesis de analistas profesionales como Damien Andell es que se utilizan representaciones matemáticas llamadas embeddings.

Estos vectores convierten los grupos de entidades (familias o clusters) y sus intereses en coordenadas de un mismo tablero, como en el juego de hundir la flota: cuanto más próximos están dos puntos, mayor es su afinidad.

Qué pasa cuando hace clic, ‘me gusta’ o ‘zoom’

Una vez localizadas esas familias de contenidos, el embudo vuelve a estrecharse en los modelos predictivos. Aquí la inteligencia artificial del sistema intenta adivinar cómo reaccionaríamos ante cada una de las opciones. En este sentido, el trabajo de los ingenieros de Google describe once objetivos predictivos, de los que explicita siete: cinco positivos (que hagamos clic, que marquemos “me gusta”, que respondamos positivamente a una encuesta y que hagamos clic para ver detalle y que cliqueemos para expandir el texto) y dos negativos (la desestimación o dismissal y el bloqueo definitivo del contenido).

Cuando todas esas predicciones están sobre la mesa, el sistema tiene que resolverlas para ordenar los candidatos. Lo habitual es combinarlas en una única puntuación, dando más peso a unas señales que otras (como cuando en una evaluación la teoría “vale” 0,6 puntos y la práctica 0,4 de la nota final). Un artículo puede tener muchas probabilidades de que hagamos clic en él, pero también de que acabemos bloqueándolo; otro puede despertar menos curiosidad inmediata, pero generar señales más positivas. Discover tiene que resolver ese cruce para decidir qué aparece antes y qué después. Pero Google no ha publicado cómo combina esas predicciones.

En muchos sistemas de recomendación, una vez ordenados los candidatos, una última criba puede introducir criterios como diversidad, frescura o equidad, para evitar, por poner un caso, que las cinco primeras tarjetas o contenidos sean todas sobre el mismo producto de Mercadona.

Un bucle sin fin

Estamos al final del embudo y Google Discover ya ha decidido qué enseñarle, pero el proceso no se detiene aquí: el sistema se retroalimenta, es decir, observa las señales que genera explícitamente (cuando bloquea una fuente o le da “me gusta” a un contenido) e implícitamente (cuando se detiene a leer un artículo o pasa al siguiente).

Estos nuevos datos vuelven al sistema para entrenar y actualizar el modelo: las recomendaciones generan interacciones, las interacciones producen nuevos datos y esos datos alimentan futuras recomendaciones.

No sabemos con exactitud qué ensalada de señales ha invitado a Ferràn Adrià, Pilar Rubio o cualquier nombre propio al feed de su teléfono. Sí sabemos que el sistema es una ruleta que no se detiene y que se alimenta de su historial, de su ubicación y de pequeños comportamientos cotidianos que quizá resulten imperceptibles para usted mismo, pero que son la fuente de datos que riega todo este enorme sistema de recomendación.

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El laboratorio escolar: un lugar fundamental para evaluar la competencia científica de niños y niñas

Monkey Business Images/Shutterstock

Un estudiante puede memorizar la ley de Ohm, resolver una ecuación y obtener una buena nota. Pero ¿sabe elegir el material adecuado, montar un circuito, medir sin alterar el sistema, detectar un dato extraño y explicar qué ha ocurrido? Para averiguarlo no basta con otro ejercicio escrito: hay que observarlo mientras trabaja.

Recuperar el laboratorio escolar no consiste, por tanto, en volver a una enseñanza del pasado: es una vía fundamental para enseñar y evaluar de forma más completa la competencia científica real.

Competencias invisibles

Más allá de conocer conceptos, la competencia científica consiste en ser capaz de formular preguntas, proponer hipótesis, diseñar procedimientos, controlar variables, registrar datos, interpretar resultados y construir conclusiones basadas en pruebas.

Es verdad que estas capacidades pueden aparecer en un examen. Por ejemplo, podemos pedir al alumnado que ordene los pasos de una investigación o que interprete una gráfica. Sin embargo, una prueba escrita ofrece una imagen incompleta, ya que no permite comprobar bien cómo toma decisiones ante un montaje que falla, cómo corrige una medición, cómo utiliza los instrumentos o cómo modifica una explicación cuando los datos contradicen su idea inicial.

La competencia científica se demuestra cuando somos capaces de conectar teoría y pruebas, formular hipótesis, mantener registros, controlar el experimento y justificar las conclusiones. Si queremos evaluarlas de forma completa, conviene observar también al estudiante mientras las pone en práctica, no solo preguntar qué haría el estudiante en una situación imaginada.


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Evaluar el diseño, ejecución y reacciones a un experimento

El laboratorio puede convertirse en un espacio privilegiado de evaluación. Mientras un grupo investiga por qué cambia el periodo de un péndulo, separa los pigmentos de una hoja o analiza la acidez de distintas muestras, el docente puede recoger evidencias que una prueba convencional deja fuera.

No se trata de calificar si “el experimento ha salido bien”. En ciencia, un resultado inesperado también puede generar aprendizaje. Lo importante es observar cómo se ha planteado el problema, si el procedimiento permite responderlo, cómo se han tomado las medidas, qué decisiones se han adoptado y hasta qué punto las conclusiones están respaldadas por los datos.


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Para ello pueden combinarse una rúbrica de observación, el cuaderno de laboratorio, las tablas y gráficas obtenidas, una breve conversación con el grupo y una explicación individual final. Así se evita que la nota dependa solo del informe más bonito o del alumno que escribe mejor. También se obtiene una evaluación más rica de la autonomía, la colaboración, la seguridad y la capacidad de argumentar.

No todos los experimentos son iguales

Defender el laboratorio no significa aceptar cualquier práctica. Una actividad en la que el alumnado sigue una receta, copia una tabla y obtiene el resultado que ya aparece en el libro puede servir para aprender una técnica. Pero difícilmente permite comprender cómo se construye el conocimiento científico.

Las revisiones recientes sobre el trabajo de laboratorio muestran que sus resultados dependen de la finalidad de la actividad, del grado de indagación y de la intervención del profesor. Manipular materiales debe ir acompañado de preguntas, predicciones, discusión y análisis. Las manos tienen que trabajar, pero también la mente.

Esto tampoco implica dejar al alumnado solo ante un problema completamente abierto. La indagación guiada suele ser una alternativa más razonable: el docente plantea un reto, proporciona apoyos y reduce progresivamente la ayuda. Un estudio reciente con estudiantes de secundaria encontró mejoras en destrezas como observar, medir, clasificar, interpretar datos, formular hipótesis y experimentar mediante actividades de laboratorio basadas en este enfoque.

Pensar como científicos

La experimentación no es el único origen ni el único método de la ciencia. La ciencia también avanza mediante la observación, la modelización, la comparación, el debate y la revisión de explicaciones. Pero el laboratorio reúne muchas de estas prácticas en una situación concreta: obliga a pasar de una idea a una decisión, de una medida a una interpretación y de una afirmación a una prueba.

Esa experiencia enseña algo que un resultado cerrado suele ocultar: los datos contienen incertidumbre, los instrumentos tienen límites y los errores no siempre son fracasos. Aprender ciencias supone comprender conceptos, pero también entender cómo sabemos lo que afirmamos saber.


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¿Cuánta ciencia sabe un estudiante?

Recuperar el laboratorio exige tiempo, materiales, formación docente, grupos manejables y una evaluación que valore realmente lo que allí sucede. Si las pruebas decisivas solo premian la memorización y la resolución de ejercicios, el trabajo experimental seguirá ocupando un lugar secundario.

Para saber si un estudiante sabe hacer ciencia, aunque sea a escala escolar, hay que darle la oportunidad de preguntar, medir, equivocarse, revisar sus ideas y defender una conclusión basada en pruebas. Más allá de los notables o sobresalientes en los exámenes, lo cierto es que no podemos afirmar que evaluamos la competencia científica de manera completa si nunca observamos al alumnado investigar. Por eso resulta tan recomendable recuperar los laboratorios escolares y enseñar a chicos y chicas a manejarse en ellos con criterio y seguridad.

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Luis Alonso González no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

La justicia robotizada ya está aquí, pero regulada para que juzgar siga siendo una potestad humana

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La idea de una justicia robotizada ya no pertenece al terreno de la ciencia ficción ni constituye una novedad. En países como China o Gran Bretaña, los tribunales se sirven, al menos desde 2024, de algoritmos para dictar condenas.

En España, la inteligencia artificial (IA) también ha irrumpido con fuerza en el ámbito judicial. Algo que está dando lugar a un intenso debate acerca de sus implicaciones éticas y jurídicas. En marzo de 2025 se anunció que Cataluña iniciaría un plan piloto en diversos juzgados para evaluar el empleo de sistemas de IA destinados a agilizar la redacción de resoluciones judiciales.

Marco regulador

La IA ha llegado a todos los sectores de actividad y el ámbito jurídico no ha sido una excepción. Consciente de esta realidad y del creciente interés que despierta esta tecnología disruptiva, el Consejo General del Poder Judicial ha considerado necesario establecer un marco regulador para el uso que jueces y magistrados pueden hacer de ella en el ejercicio de sus funciones.

En enero de 2026, el pleno del máximo órgano de gobierno de la judicatura aprobó la Instrucción 2/2026 sobre la utilización de sistemas de IA, con el objetivo de fijar criterios y principios que orienten el empleo de sistemas expertos. El fin último es evitar un uso incontrolado de las herramientas, que pueda comprometer derechos y libertades fundamentales.

El modo en que los profesionales del derecho utilizan la IA merece una especial atención y constituye una cuestión que debe preocupar a la sociedad. La inquietud resulta aún mayor cuando una decisión de enorme trascendencia –como la resolución de un conflicto mediante sentencia– puede verse condicionada por la utilización de esta tecnología por parte del juzgador.

Lo que la IA aporta

Bien empleada, la IA ofrece un extraordinario potencial para mejorar la administración de justicia. Entre otras funciones, permite resumir, copiar y redactar textos, transcribir interrogatorios, optimizar la búsqueda de legislación y jurisprudencia aplicable, apoyar razonamientos jurídicos, reforzar la fundamentación argumentativa, facilitar la interpretación de las normas y contribuir a una aplicación más eficiente del derecho.

Pero surge una cuestión inevitable: ¿debe el juez informar sobre la utilización de IA generativa como herramienta de apoyo para elaborar y dictar sus resoluciones? Por razones de transparencia, honestidad, ética y, en última instancia, de seguridad –no solo jurídica–, cabe sostener que sí. El magistrado, al igual que cualquier otro profesional que recurra a esta tecnología, debe advertir con naturalidad y sin complejos que se ha servido de ella en el desempeño de su labor.

Un caso práctico

Esta cuestión ha comenzado ya a plantearse en la práctica judicial. En un caso reciente, uno de los letrados sospechó que la sentencia había sido elaborada con ayuda de IA al apreciar un uso excesivo de párrafos reproducidos de escritos procesales anteriores y de resoluciones judiciales. Sobre esa base, solicitó que el tribunal aclarase el modo en que se había redactado.

La Sala de Apelación de la Audiencia Nacional rechazó la pretensión por considerarla improcedente. A su juicio, la petición resultaba “inaceptable”, pues no descansaba sobre indicios objetivos de utilización de IA, sino únicamente sobre sospechas o conjeturas carentes de respaldo fáctico.

La sala evitó pronunciarse acerca de si el juez tiene o no el deber de revelar el empleo de estas herramientas en la elaboración de sus resoluciones. No obstante, sí dejó sentado un principio de indudable relevancia: mientras no existan elementos objetivos que permitan acreditar el uso de IA, no procede someter una sentencia a una suerte de “auditoría tecnológica”. Tampoco se puede exigir al órgano judicial que revele el algoritmo utilizado, el código fuente, los metadatos o el prompt (instrucción) que, en su caso, hubiera empleado.

Alucinaciones, sesgos e intereses opacos

Aún queda mucho camino por recorrer para conocer el verdadero alcance que tendrá la tecnología digital en el ámbito de la Justicia y, en particular, para determinar cómo y en qué medida jueces y tribunales recurrirán a los asistentes de IA generativa en la elaboración de sus resoluciones. Es previsible que sigan apareciendo casos de abogados sancionados por citar en sus escritos sentencias inexistentes, fruto de las ya conocidas “alucinaciones” de la IA. Del mismo modo, tampoco cabe descartar que algunos jueces y magistrados sean objeto de actuaciones disciplinarias por hacer un uso inadecuado o poco ortodoxo de estas herramientas.

Hoy por hoy, no parece que la sociedad esté preparada para aceptar que la función jurisdiccional pueda delegarse en las máquinas. Juzgar y hacer ejecutar lo juzgado constituye una responsabilidad de rango constitucional que, tradicionalmente, se ha entendido como una tarea profundamente humana, artesanal, racional y sustentada en dosis imprescindibles de humanismo, sensibilidad y psicología. Difícilmente puede concebirse que semejante cometido quede, sin más, al albur de sistemas gobernados por algoritmos opacos y controlados por quienes concentran el poder tecnológico.

Conviene no perder de vista que los sistemas algorítmicos presentan, entre otros rasgos, dos características especialmente preocupantes: la opacidad –el conocido efecto de la “caja negra”– y la posibilidad de incurrir en sesgos. Ambos factores pueden traducirse en decisiones discriminatorias y ocasionar perjuicios al justiciable, que podría verse sometido a una resolución discutible en su fundamentación o, en el peor de los escenarios, manifiestamente injusta. Especialmente, si la IA que auxilia al juzgador resulta poco fiable, insegura o técnicamente defectuosa.

Instrumento auxiliar

La incorporación de sistemas dotados de inteligencia artificial a los entornos de trabajo ha de someterse al escrutinio de la legalidad, de la deontología profesional y de los principios normativos de la Unión Europea, que velan por una IA ética y confiable. Esto garantiza que su empleo permanezca bajo el control efectivo del profesional.

Corresponde a este asumir la responsabilidad de utilizarla de forma diligente y como un instrumento auxiliar al servicio de su criterio. De lo contrario, existe el riesgo de convertir el algoritmo en una pretendida panacea y relegar la vívida figura del juez humano para sustituirla por la de un frío juez robot.

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Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

Cómo lograr mejores fármacos contra infecciones

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Las tasas de incidencia y mortalidad de las enfermedades parasitarias humanas se han reducido en un 90 % globalmente, incluidas la malaria en África y enfermedades tropicales desatendidas (ETD) como la enfermedad del sueño. En conjunto, 58 países ya han eliminado al menos una ETD.

En cuanto a la leishmaniosis visceral, aunque la información es dispersa e imprecisa, Brasil es actualmente el país más afectado, con la tasa de letalidad más alta. Mientras, su letalidad se ha reducido drásticamente en India, tradicionalmente el país con mayor número de casos.

Todo esto se ha logrado a pesar de que en este momento existen 50 conflictos bélicos y, como consecuencia, más de 117,3 millones de personas desplazadas, la mayoría en regiones donde la incidencia de las ETD es mayor. El éxito se ha obtenido gracias a la implicación de actores internacionales y nacionales, junto al empleo de métodos de diagnóstico precoz más precisos. De igual manera, un mejor conocimiento de la epidemiología de las enfermedades ha permitido establecer campañas de prevención de la transmisión y planes terapéuticos.

Fármacos que no son perfectos

La reducción de esta carga se ha logrado empleando fármacos bien conocidos desde hace bastante tiempo. Por ejemplo, en el caso de la leishmaniosis visceral en la India, el medicamento estrella es AmB. La enfermedad del sueño se ha vencido con diferentes combinaciones de fármacos, como la pentamidina, el melarsoprol (un antiguo fármaco arsenical), el fexinidazol y el DFMO. Por su parte, la enfermedad de Chagas se aborda con nifurtimox y benznidazol, dos compuestos comercializados desde el siglo pasado (1965 y 1971, respectivamente).

No obstante, aún existen 1 400 millones de personas que requieren intervenciones para el control de las ETD, cuyo tratamiento –-principal método de control– dista de ser ideal.

La toxicidad asociada a la mayoría de los fármacos disponibles, su eficacia subóptima, cuando no reducida, necesidad de hospitalización en algunos casos, elevado precio de las presentaciones más eficaces y seguras, y el riesgo permanente de la aparición de resistencias son una persistente espada de Damocles que amenaza el progreso en el control de estas enfermedades.

Tampoco ayuda, en muchas ocasiones, el contexto: migraciones, cambio climático y epidemias. Además, la amplia aceptación de nuevos marcos conceptuales –One Health, Ecohealth y Planetary Health– ha puesto de relieve la necesidad de controlar la toxicidad de los medicamentos para el medio ambiente.

¿Nuevas tecnologías para crear mejores medicamentos?

En este escenario, pocos sectores productivos han mostrado mayor apertura que la industria farmacéutica a la incorporación de nuevas tecnologías: biología molecular, inteligencia artificial, machine learning, diseño “in silico”.

Esta estrategia, sin embargo, no ha resultado en una mejora significativa de los resultados en el descubrimiento de fármacos. De hecho, la innovación en la industria farmacéutica se ha reducido. La escasez de nuevos principios activos en todos los campos terapéuticos –y, de forma particular, en los antiparasitarios-– es una realidad en la medicina humana y veterinaria.

Hacia modelos más eficaces

Las ventajas de aplicar nuevos métodos, notablemente la IA por su enorme potencial para “descubrir” huecos en la investigación o ampliar el espacio químico explotable para sintetizar nuevos compuestos, son indudables. Al mismo tiempo, los bioensayos con moléculas y los métodos clásicos han demostrado ser razonablemente eficaces. Una combinación juiciosa de nuevas tecnologías y enfoques clásicos parece ser la estrategia más sensata.

Por otro lado, el diseño y descubrimiento de fármacos es una tarea multidisciplinar, en la que deben participar científicos de todos los campos relevantes, incluidos químicos sintéticos, farmacólogos, químicos médicos, bioinformáticos, tecnólogos farmacéuticos y especialistas en salud animal y humana, así como patólogos y bioquímicos, entre otros.

Factor humano: la importancia de la cooperación

Esta cooperación no es frecuente en el ecosistema académico estándar, debido a factores humanos profundamente arraigados: un cambio necesario debería considerar al resto de grupos más como compañeros con los que compartir el mismo objetivo común de conseguir un tratamiento eficaz, y no como rivales de medios y recursos.

Otro obstáculo está relacionado con la gestión de la investigación: ausencia de programas universitarios, falta de financiación plurianual, presión de publicación para la promoción científica y distorsión de los objetivos más relevantes – por ejemplo, cuando la financiación no se relaciona con la importancia real de las enfermedades, sino con las publicaciones en el área–.

Para paliar estos problemas, las herramientas de cooperación, como los proyectos conjuntos y las redes de investigación (por ejemplo, las acciones COST en la Unión Europea) podrían resultar valiosas, si se gestionaran de forma equilibrada. Sin embargo, su corta duración, la escasez de recursos y su orientación predominantemente académica limitan su eficacia. Asimismo, los centros académicos de descubrimiento de fármacos podrían ser una buena opción, siempre que se enfoquen en las necesidades terapéuticas reales.

La ciencia como empresa social

No menos importante es tener en cuenta que la ciencia es una empresa social y que la participación de la sociedad es un requisito indispensable, ya que la mayor parte de la investigación se financia con fondos públicos. Esto implica incluir la rendición de cuentas en el diseño y la ejecución de los proyectos.

Así, la implicación de la sociedad civil y el abandono de las actividades de investigación centradas en la publicación de artículos son pasos necesarios para el éxito de la estrategia de desarrollo de fármacos. No olvidemos que el objetivo principal es frenar las enfermedades que amenazan la salud y la vida de las personas y tienen un enorme impacto en la producción ganadera y el bienestar animal.

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Published — 14 September 2026 the conversation - Artículos, análisis, comentarios

How Germany’s far-right AfD is courting the voters it promises to deport

On September 6, the far-right Alternative for Germany (AfD) took 43.8% of the vote in Saxony-Anhalt, more than double the Christian Democratic Union of Germany (CDU)‘s 17.2%. Turnout was 77.8%, the highest in the state’s history of free elections. The party campaigned on a platform that included a deportation and remigration offensive, and pursuing “all legal avenues” to limit Islamic expression.

Saxony-Anhalt is a broadly rural German state, with a very small migrant population and minimal incentive to campaign to them. While the AfD’s record-breaking result in Saxony-Anhalt had little to do with migrant voters, things will be very different when Berlin goes to the polls on September 20.

An opinion poll published on September 10 puts the AfD on track for 18% of the capital’s vote, double its 9.1% result from 2023. This would put AfD within three points of the lead in a neck-and-neck race, in a city where 42.3% of residents have a migration background.

While the AfD was able to win Saxony-Anhalt without migrant voters, they cannot afford to ignore them in Berlin.


Leer más: Even if it doesn’t form government, the far-right AfD has shaken Germany’s political establishment to the core


Courting the immigrant vote

The AfD has been chasing the immigrant vote for years, with TikTok and Turkish-language material mainly aimed at people with Russian and Turkish roots. These are long-settled immigrant communities, many of whom are German citizens with voting rights. The AfD targets them with a message that some experts have characterised as one of assurance: you, the established communities, are not the problem, the new arrivals are.

However, the AfD’s Turkish-language campaigning is not turning into votes. A July 2026 panel work from The German Center for Integration and Migration Research (DeZIM) found the AfD rated the least electable of all parties by voters with a migration background.

Another DeZIM report has highlighted the falling turnout of voters with Turkish, Middle Eastern and North African roots, reading it as a possible warning of longer-term estrangement from the party system as a whole.

A 2025 study on migrant voting preferences throughout Germany put the AfD at 19%, third behind the CDU and SPD. It was, however, the strongest party among voters of Polish origin and among ethnic German resettlers. So the party does win migrant votes, but not currently among the German Turks it is courting this month.

These voters do, however, carry a grievance the mainstream has not addressed. DeZIM’s directors have documented what they call “competition for recognition”: the way groups treated as second-order end up in comparison and conflict with one another, and not against the people ranking them.

Political scientist Özgür Özvatan has traced this dynamic in Turkish-German belonging, where advancement is often pursued and achieved, but does not always turn into widespread, lasting acceptance from mainstream society.


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Rewarding good behaviour

Something structural sits beneath this, and it is not confined to Germany.

The older far right defined belonging by descent, which has a built-in ceiling. Its potential electorate was fixed and shrank with every naturalisation, while every migrant was a permanent opponent.

What has spread across the continent since 2015 is a different political design, where belonging is earned through conduct. Today’s far-right messaging is not always ethnic or cultural, the message now is: work hard, assimilate, toe the line, and you can belong. Anyone, migrant or otherwise, can cross this boundary through their behaviour.

The French overseas territory of Mayotte shows this design at its clearest. An island territory in the Indian Ocean, Mayotte is 95% Muslim, but it gave far-right candidate Marine Le Pen her best result in the country in 2022, with 42.89% of the first-round vote, up from 2.77% in 2012.

Researchers on the MIGRAF project see this as Le Pen’s Rassemblement National (RN) party deliberately stripping race from its message overseas: on the island, RN does not attack Islam, it attacks migrants from the nearby Comoro Islands.


Leer más: Populists claim to speak for ‘the people’ – but who are they actually talking about?


French Muslims voting for Le Pen against Muslim migrants might seem unthinkable. However, it makes sense if you consider how the boundary of belonging has changed. The question is not who you are, but which side of a bureaucratic boundary you stand on.

Spain’s far right plays a similar tune in a different key. Speaking in Gran Canaria in 2018, leader of the far-right Vox party Santiago Abascal drew a distinction between different kinds of immigrant: those from Latin America, who share much of Spain’s language, religion and worldview, and those from Islamic countries.

Vox built an international project around this exception, dubbed the “Iberosfera” (Iberosphere). Analysts have interpreted it as a form of “ethnic Hispanicism”.

Sweden has perhaps moved the furthest here, in its decision to place greater legal emphasis on migrants’ conduct or way of life. The Swedish Aliens act, which came into force on July 13, 2026, allows the Swedish Migration Agency can refuse or revoke residence permits on grounds of “deficient conduct”: behaviour that breaks no law but contravenes rules society wishes to uphold.

Legal scholars have highlighted that the standard is too vague to be applied predictably or equally.


Leer más: Immigration in Sweden: how the country went from one of Europe’s most welcoming, to one of its most restrictive


Acceptance is fickle

A political offer of this kind depends on a far-right party’s voters and members accepting an exception to their principles. Support for such an idea is difficult to maintain, and in Spain, it has caused a deep rift in Vox’s base.

In August 2019, an employers’ association called for recruiting workers abroad, preferably from Latin America. A Vox deputy from Málaga responded by tweeting that it made no difference whether demographic replacement “came wearing Djellabas or carrying machetes”, then deleted the post.

The row ran through the party for years, but in January 2026, Vox quietly removed “Latinos por Abascal from its website, a campaign launched three years earlier to capture Spain’s Hispanic voters.

Conditional belonging has a short shelf-life. It works as a recruitment device, but when the base radicalises past it, the people who were once welcomed are reclassified as what they were before. Spain is two years ahead of Germany on this cycle.

The AfD leaves itself the same room for manoeuvre, though as things currently stand, its position is not clear. Its Saxony-Anhalt programme puts “remigration” at the centre, but the party insists the term covers only the lawful return of foreigners with no right to remain, rejecting the deportation of German citizens with a migration background as unconstitutional.

However, constitutional lawyers reading the Saxony-Anhalt text see an expulsion policy resting on an ethnic idea of the people. No voters being courted this month – whether in Saxony-Anhalt or in Berlin – have been clearly told which definition will apply.

When Berlin goes to the polls, some voters from migrant backgrounds will decide the warning is not meant for them, but for somebody else. If nothing else, producing that decision is what AfD’s strategy is meant to do.


A weekly e-mail in English featuring expertise from scholars and researchers. It provides an introduction to the diversity of research coming out of the continent and considers some of the key issues facing European countries. Get the newsletter!


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Deniz Torcu no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

Suecia: casi empate en la democracia de los 700 millones de papeletas

Carteles de los candidatos a las elecciones parlamentarias de Suecia en una calle de la ciudad Helsingborg. Alexanderstock23/Shutterstock

En Suecia se imprimen alrededor de 700 millones de papeletas para unos ocho millones de electores. Es decir, más de 80 papeletas por cada ciudadano con derecho a voto. La cifra parece absurda, hasta que uno llega al país escandinavo como observador electoral y descubre que las papeletas no son un residuo analógico de otros tiempos, sino el epicentro de un sistema electoral muy robusto.

Por primera vez, Suecia estableció en estas elecciones, celebradas el pasado domingo, un sistema de acreditación para organizaciones de observación electoral internacional. Fuimos recibidos por la Autoridad Electoral Sueca (Valmyndigheten) y pudimos conocer de primera mano las fortalezas que la propia institución atribuye a su sistema: descentralización, transparencia y, sorprendentemente, muchos elementos manuales.

En tiempos de inteligencia artificial, voto electrónico, deepfakes, blockchain y sofisticados sistemas de ciberseguridad, resulta casi contraintuitivo escuchar que una de las fortalezas de un sistema electoral moderno es que buena parte siga siendo manual. Pero tiene mucho sentido.

Las papeletas se imprimen, se distribuyen, se recogen y se cuentan. El escrutinio es público y cualquier ciudadano puede observar cómo se realiza. No hay una gran caja negra tecnológica que produzca el resultado: existen personas, papel, urnas y procedimientos. Y, sobre todo, una gran cultura democrática.

La confianza pública en el sistema electoral es extraordinariamente alta, cercana al 80 %. La participación electoral también lo es: 87 % en 2018 y 84 % en 2022. Es decir, más de ocho de cada diez suecos votan, y aproximadamente ocho de cada diez confían en que el sistema electoral funciona. Parece una buena combinación

También preguntamos a más de una docena de voluntarios en las mesas electorales por qué estaban allí. Si bien la jornada es remunerada, y la responsabilidad de las mesas corre a cargo de estudiantes y jubilados, la respuesta fue invariable: por la democracia.

Por último, otra cifra llama la atención: 349. En 1973, el Riksdag o Parlamento de Suecia tenía 350 parlamentarios y los dos bloques en liza quedaron exactamente empatados: 175 contra 175. Algunas votaciones tuvieron que resolverse por sorteo, en el llamado “Riksdag del sorteo”. La solución fue quitar un diputado.

Solo un escaño de diferencia

Medio siglo después, el fantasma vuelve a aparecer: el pronóstico actual sobre el resultado de las elecciones que se celebraron el 14 de septiembre coloca al bloque de centro izquierda, encabezado por la socialdemócrata Magdalena Andersson, en 175 escaños, frente a 174 de la derecha. No era es empate de 1973, pero se le parece mucho.

Los socialdemócratas vuelven a ser, pues, la mayor fuerza política y Andersson aspira a regresar al puesto de primera ministra, pero tendrá que construir una mayoría parlamentaria viable. El conservador Ulf Kristersson, líder del Partido Moderado, es el primer ministro desde 2022. No obstante, el resultado definitivo todavía está pendiente del recuento final, que debería anunciarse este miércoles.

En Estocolmo nos cruzamos con la joven socialdemocracia, clave en la renovación de esta opción política. En uno de los centros de observación nos topamos con su “familia”: jóvenes, entusiastas, vibrantes. La vieja rosa socialdemócrata ha sufrido una evolución casi cubista y la de los jóvenes aparece transformada en un símbolo multicolor. La renovación también se expresa gráficamente.

En general, los carteles electorales son sobrios, ordenados, y muy parecidos entre sí. No se percibe una gran batalla estética por diferenciarse. Pero los cierres de campaña mostraron que Suecia no vive al margen de las corrientes que atraviesan a las demás democracias occidentales.

La derecha populista hizo de Donald Trump un protagonista explícito de su campaña. Durante el cierre electoral aparecieron muñecos Trumpies y hasta un enorme letrero luminoso flotando sobre el agua. Trump está a miles de kilómetros de Estocolmo, pero también hizo campaña allí. Aún así, o quizás por ello, el porcentaje de votos obtenido por el partido populista de derecha (Sweeden Democrats) descendió poco más de 3 puntos a nivel nacional.

Observamos Rinkeby, un suburbio de Estocolmo donde la inmigración forma parte visible de la vida cotidiana. Muchos de sus habitantes tienen raíces musulmanas y en países del Cuerno de África. Es precisamente el tipo de lugar en el que uno esperaría que un partido construido alrededor de una identidad religiosa y cultural específica encontrara su espacio natural. Ese partido es Nyans.

Pero ni siquiera allí consiguió convertir esa concentración de población inmigrante y musulmana en una representación política significativa a escala nacional. El asunto es interesante porque Nyans había obtenido en 2022 algunos de sus mejores resultados precisamente en Rinkeby, un 21,9 % de los votos, convirtiéndose en una fuerza electoral muy relevante en el distrito. Esta vez, sin embargo, en los resultados preliminares Nyans ya ni aparece entre las fuerzas individualizadas.

El contraste ya resulta elocuente: allí donde Nyans había encontrado un nicho electoral favorable, la política vuelve a concentrarse en los partidos nacionales.

La imagen idílica de Suecia quedó atrás

Después de observar las elecciones suecas, uno podría quedarse con el dato más llamativo: 175 contra 174. O con Donald Trump flotando sobre el agua. O con los 700 millones de papeletas. Suecia ya no es aquella imagen idílica de la socialdemocracia nórdica que durante décadas exportamos como modelo; también aquí hay populismo, polarización, inmigración, guerras culturales y partidos identitarios. Lo que distingue a Suecia no es que haya conseguido evitar esos problemas, sino que sus instituciones sigan funcionando bien a pesar de ellos.

700 millones de papeletas parecen una extravagancia analógica. Pero quizás sean exactamente lo contrario: una tecnología institucional extraordinariamente sofisticada basada en algo muy sencillo: la transparencia y un sistema electoral que el ciudadano puede ver y tocar. Que pueda comprobar, contar, y si hace falta, recontar. Así, cuando termina el conteo, confía en el resultado. Quizás esa sea la verdadera sofisticación de una democracia: hacer tan transparente el proceso electoral como para que cualquiera pueda entenderlo.

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Carmen Beatriz Fernández no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

¿Es posible un sólido que fluya? Los supersólidos ganan terreno

Anastasiia Guseva/Shutterstock

Una piedra sobre la mesa conserva su forma. El agua, en cambio, se adapta al vaso y, si se derrama, fluye libremente. Desde pequeños aprendemos a separar el mundo en categorías estancas y predecibles: lo sólido por un lado y lo líquido por el otro. Por eso, imaginar un sólido que pueda fluir sin dejar de ser sólido suena casi como una trampa o un truco de magia.

Pero ¿existen realmente? En nuestra vida cotidiana la respuesta es un rotundo no. Sin embargo, la física cuántica lleva décadas demostrando que las intuiciones funcionan muy bien a nuestra escala, pero se quedan cortas al describir la materia en condiciones extremas.

Ahí, algunas formas de materia pueden combinar un patrón espacial ordenado y movimiento sin fricción: los supersólidos

Desde fuera, un supersólido no parece un objeto cotidiano que cambie de forma o empiece a escurrirse. De hecho, las evidencias más claras de supersolidez se han obtenido principalmente en experimentos realizados a temperaturas extremadamente bajas y están formados por nubes de átomos ultrafríos. Lo extraordinario no es su aspecto, sino la manera en que esos átomos se organizan y responden colectivamente. Si un supersólido combina propiedades que parecían incompatibles, significa que nuestras categorías clásicas para describir la materia no son tan rígidas como creíamos.

No es miel, ni vidrio, ni pantallas LCD

Antes de adentrarnos en la rareza cuántica, conviene aclarar un malentendido común.

En la naturaleza existen materiales que parecen habitar en la frontera del mundo sólido y líquido. Así, la miel fluye con exasperante lentitud, la arena se comporta a veces como un fluido granular, el vidrio carece del orden regular de un cristal y los cristales líquidos de nuestras pantallas LCD combinan orden molecular con movilidad. Pero un supersólido no es nada de eso.

No hablamos de un sólido blando, ni de un líquido sumamente viscoso, ni de un cristal que está empezando a derretirse. La realidad cuántica es más extraña: hablamos de un sistema que reúne dos propiedades que normalmente nunca aparecen juntas. Por un lado, posee un patrón espacial ordenado, como el de un cristal. Por otro, una parte de sus átomos puede fluir sin fricción, como ocurre en un superfluido. Es decir, mantiene el orden característico de un sólido sin renunciar a una de las propiedades más sorprendentes de algunos fluidos cuánticos.

Distribuciones de densidad en un sólido ordinario, un superfluido y un supersólido. El celeste representa zonas de menor densidad atómica; el azul/verde intenso, alta densidad. El supersólido combina un patrón espacial ordenado con coherencia colectiva entre las regiones densas.

El líquido que se desplaza sin viscosidad

Para entender qué tiene de extraordinario un supersólido, primero hay que conocer la superfluidez.

En un líquido común, sus partículas chocan entre sí y con las paredes del recipiente, disipando parte de la energía en forma de calor. Esa resistencia interna al movimiento se llama viscosidad. En un superfluido, en cambio, una fracción del sistema puede desplazarse sin viscosidad y mantener el movimiento sin perder energía del modo habitual. Esto produce comportamientos que parecen imposibles a nuestra escala.

Un superfluido puede atravesar conductos extremadamente estrechos, circular durante mucho tiempo sin frenarse e incluso trepar por las paredes del recipiente formando una película muy fina. No es simplemente un líquido que fluye con facilidad: es un estado cuántico colectivo, en el que muchas partículas comparten una misma fase y se comportan de manera coordinada.

En 1970, el físico Anthony Leggett formuló de manera explícita la pregunta que daba título a su artículo: Can a Solid Be “Superfluid”? (“¿Puede un sólido ser también ‘superfluido’?”). Casi al mismo tiempo, otros trabajos teóricos mostraron que un sistema cuántico podía mantener un patrón cristalino y, a la vez, permitir un flujo sin viscosidad. Así nació el concepto de supersólido.

El largo y pedregoso camino del helio

Durante 40 años, el candidato natural para encontrar un supersólido fue el helio-4. No era una elección caprichosa: al enfriarse y comprimirse, el helio forma uno de los cristales cuánticos más extremos que conocemos. El entusiasmo estalló en 2004, cuando los físicos de la Universidad Estatal de Pensilvania E. Kim y M. H. W. Chan hicieron oscilar una muestra de helio sólido y observaron que una pequeña parte parecía no acompañar por completo el movimiento del recipiente.

Una posible explicación era que esa fracción se comportaba como un superfluido dentro del sólido. Pero el helio resultó ser un terreno mucho más resbaladizo de lo esperado. Con el tiempo, surgieron dudas sobre si aquellas señales demostraban realmente la supersolidez o si podían explicarse por defectos del cristal, impurezas, interfaces o cambios en la elasticidad del propio material. La idea seguía siendo posible, pero hacía falta un sistema más controlable para demostrarla con claridad.

La revolución de los imanes atómicos

La evidencia más limpia no llegó del helio, sino de una tecnología revolucionaria: los gases cuánticos ultrafríos. En estos sistemas se usan láseres y campos magnéticos para atrapar átomos en el vacío, enfriándolos hasta casi detenerlos. Tras varios experimentos pioneros que crearon estructuras ordenadas usando luz, una evidencia mucho más clara llegó con los llamados gases dipolares, compuestos por átomos que actúan como minúsculos imanes.

En 2019, varios laboratorios lograron observar una situación que hasta hacía poco parecía imposible: estos imanes atómicos se organizaban espontáneamente en una fila de gotitas ordenadas, como un sólido, mientras que el conjunto conservaba la capacidad de actuar como un fluido cuántico. Poco después, la observación de sus oscilaciones colectivas confirmó que no eran simplemente gotitas independientes, sino partes conectadas de un mismo estado supersólido.

¿Por qué importa romper los moldes?

En el colegio nos enseñan que la materia se presenta como sólido, líquido o gas, y más adelante incorporamos otros estados, como el plasma. Los supersólidos muestran que estas categorías son útiles, pero no siempre suficientes: en el mundo cuántico, una misma fase puede combinar propiedades que a nuestra escala parecen incompatibles.

Bajo condiciones extremas, el universo se vuelve paradójico. Estudiar estos sistemas intermedios no es solo un capricho teórico: entender cómo conviven el flujo perfecto y la rigidez ayuda a explorar otros estados cuánticos de la materia, incluidos ciertos superconductores no convencionales, así como escenarios extremos como la corteza de las estrellas de neutrones.

Al final, la cuántica nos demuestra que una pregunta aparentemente absurda puede convertirse en la llave de una nueva frontera científica.

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Sebastian A. Suarez recibe soporte de RYC2023-042682-I y PID2025-168612NA-I00, financiado por MCIU/AEI/10.13039/501100011033 y por la ESF+.

Nahir Vadra García no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

Teatro del Oprimido: como analizar la desigualdad en escena

Laboratorio con Licko Turle, del Teatro del Oprimido, en el Museo de Antioquía en Medellín, Colombia. Museo de Antioquía, CC BY-NC-SA

Hace casi un año, empecé a asistir a clases de teatro. Soy filósofa así que se preguntarán qué me lleva a actuar por primera vez en mi vida adulta.

Todo empezó con mi interés por la teoría del punto de vista (TPV).

Pertenencia y comprensión crítica

La TPV es una postura influyente dentro de la filosofía feminista. Parte de la observación de que, si queremos entender mejor la marginación y la opresión, es mejor escuchar a quienes pertenecen al grupo en cuestión. Por ejemplo, para enterarse de cómo es el ambiente para las mujeres en una empresa, lo intuitivo sería hablar con las empleadas.

Pero además, según la TPV, lo importante no es (solo) que alguien pertenezca a algún grupo social y tenga ciertas experiencias –que sea una mujer, un inmigrante o tenga alguna discapacidad– sino que tenga un punto de vista, es decir, que tenga una comprensión crítica del mundo social que se genera a partir de la experiencia.

Por ejemplo, se puede ser mujer y percibir el mundo desde este género sin tener necesariamente una perspectiva feminista del mismo. Digamos que una cosa es ser consciente de todas las tareas que una hace dentro de la pareja y otra verlas como “una labor emocional injusta que forma parte de las desigualdades sociales”. Este punto de vista no se da por hecho, sino que se logra mediante la concienciación.

Cuando leía sobre la concienciación, imaginaba un círculo en el que las personas de un grupo de interés se sentaban, intercambiaban largas historias personales y las analizaban. Sin embargo, al aprender sobre ciertas prácticas de las artes escénicas, me di cuenta de los límites de esa concepción.

En particular, me interesé por el Teatro del Oprimido (TdO).

Darle protagonismo a los oprimidos

El Teatro del Oprimido fue desarrollado por el dramaturgo Augusto Boal en Brasil en los años setenta y desde entonces se ha expandido globalmente. Es una práctica en la que, en vez de actores profesionales, son los grupos oprimidos quienes actúan en sus propias narrativas sobre la opresión guiados por facilitadores. El fin es generar una mayor comprensión de la opresión a nivel del individuo, del grupo y de la sociedad. En muchas actuaciones del TdO, la audiencia puede intervenir, hacer sugerencias y contribuir a la actuación. De hecho, en palabras de Boal, no son espectadores, sino espect-actores.

El TdO utiliza diversas herramientas centradas en el cuerpo. Cada sesión empieza con juegos y ejercicios seleccionados para calentarlo, prestarle atención y fomentar la confianza y la intimidad dentro del grupo. Como académica que vive dentro de su cabeza, esto resultó especialmente importante.

Una de las técnicas esenciales es el “teatro imagen”, en la cual los participantes crean imágenes con su propio cuerpo y moldean el de los demás hasta crear una postura y una escena. Otra es el “teatro foro”, cuyo fin es el de solucionar problemas reales. Cuando se presentan escenas que plantean una cuestión práctica, la audiencia puede hacer sugerencias y actuarlas para ver cómo funcionan. Se trata de una reconfiguración importante de la forma que puede tomar la deliberación política.

Varias personas rodeadas de carteles discuten, sentados en la calle, sobre un texto.
Práctica del Teatro del Oprimido realizada por el Colectivo No'j en Guatemala. Colectivo No'j /Flickr, CC BY-NC-SA

Conocí el TdO gracias a una amiga y enseguida lo conecté con la epistemología del punto de vista, ya que su objetivo es usar el teatro para reflexionar sobre las experiencias de opresión y generar una comprensión política más profunda. Por ejemplo, una de las actividades que llevamos a cabo en clase consistía en crear escenas a partir de propuestas como “la opresión” y “el poder”.

Esto implicaba prestar atención a la fisicidad del poder y a cómo se posicionan en el espacio quienes dominan. Luego –y esto fue lo importante– nos reunimos y la profesora nos preguntó qué nos sugería aquello. Dentro del grupo hubo momentos que resultaron bastante personales, y uno en concreto fue muy emotivo.

Mejoras en la comunicación

Una de las ventajas que tiene el Teatro del Oprimido como modo de concienciación se ve en el lenguaje.

Yo vivo en España, pero soy británica (en broma me autodenomino “la guiri del departamento”). Aunque no se está oprimido por ser de habla inglesa –más bien al contrario– aprender español de adulta me hizo afrontar bastantes retos y me dio una idea de los obstáculos a los que pueden enfrentarse los inmigrantes menos privilegiados que yo. Puedo imaginarme entonces cómo, para muchas personas, un círculo de intercambio de historias feminista puede parecer intimidante.

Así, la aplicación de técnicas no lingüísticas para generar comprensión me llamó la atención porque es una buena forma de incluir a personas con niveles diferentes de pericia en el idioma dominante.

Diferentes chicas se mantienen en posturas estáticas mientras otra va colocándolas.
Imagen de una sesión introductoria al Teatro del Oprimido y al teatro imagen. Cristina Domínguez/Flickr, CC BY-NC-SA

Por ejemplo, en una actividad, empezamos con la propuesta de “poder”. Una mujer hizo con mímica gestos de estar fabricando algo. Luego, otra se colocó detrás de ella como si sostuviera un portapapeles, monitorizándola. Me uní a la escena y me arrodillé al lado de la primera mujer. En conjunto, la escena trasladaba las complejidades de las dinámicas de poder. Los oprimidos también pueden ser opresores y el poder suele estar estratificado, como argumentaron persuasivamente las mujeres racializadas en respuesta al feminismo blanco. Se trata de una idea compleja, pero expresarla rápidamente resulta más fácil cuando puede hacerse simplemente colocándose de rodillas.

Por supuesto, la comunicación se ha vuelto mucho más asequible gracias a los avances tecnológicos. Pero si recurrimos solo a ellos corremos el riesgo de perder de vista el cuerpo. Como precisamente el hecho de que ciertos tipos de cuerpos han sido marginados e ignorados constituye parte de lo que queremos comunicar, ¿por qué no hacerlo a través de la elección del cuerpo en sí mismo? Lo político y lo epistémico están entrelazados. También lo corporal.


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Doñana, el refugio exquisito de un tercio de las abejas conocidas en España

Abeja silvestre de la especie _Flavipanurgus venustus_ en una flor de jara _Cistus crispus_ en el Parque Natural de Doñana. Francisco de Paula Molina.

Si pensamos en el Espacio Natural de Doñana, seguramente nos vengan a la cabeza el famoso lince ibérico, los flamencos o las marismas llenas de aves. Sin embargo, oculta entre pinares, matorrales y flores, existe una diversidad menos conocida: la de sus abejas silvestres.

Durante mucho tiempo, las abejas de Doñana han recibido poca atención científica y su estudio se ha realizado de forma fragmentada, ni siquiera sabíamos con certeza qué especies lo habitaban. En un trabajo reciente, que aúna por primera vez toda la información disponible sobre ellas, hemos identificado 385 especies en este espacio natural, lo que representa casi una tercera parte de las abejas conocidas de España. Esto nos muestra algo sencillo pero importante: para conservar un ecosistema necesitamos primero saber quién forma parte de él.

Dasypoda morotei en una jara Cistus ladanifer. Francisco de Paula Molina.

Mucho más que la abeja de la miel

Cuando se habla de este insecto, es normal que pensemos directamente en la abeja de la miel (Apis mellifera). Esta es la única especie que produce miel y, además, constantemente protagoniza noticias en los medios que nos alarman sobre su desaparición y las consecuencias de esta para la polinización. Pero la diversidad de abejas silvestres es muchísimo mayor.

Por añadidura, en muchos casos, pueden ser polinizadores más eficaces que la abeja de la miel. De hecho, la abundancia de abejas melíferas no siempre supone una buena noticia para el resto de polinizadores y plantas. Por ejemplo, un estudio mostró que la llegada de Apis mellifera a zonas de Doñana modificaba qué plantas visitaban los polinizadores silvestres y reducía el número de semillas que producían algunas especies.

Por eso, conocer nuestros polinizadores silvestres es de vital importancia tanto para conservar su diversidad como la de las plantas que visitan. En Doñana, encontramos desde enormes abejas carpinteras de 3 centímetros hasta especies diminutas de escasos milímetros que, muchas veces, pasan inadvertidas. La gran mayoría son solitarias: una vez apareada, la hembra se encarga por sí sola de construir un nido, poner los huevos y aprovisionarlos con polen y néctar. No existe una colonia con una reina y cientos de obreras: cada hembra se enfrenta sola a la tarea de sacar adelante a la siguiente generación, que no llegará a conocer.

Las abejas también nos hablan de las plantas

Jarales del género Cistus, como Cistus crispus, y plantas aromáticas como Salvia rosmarinus y Lavandula pedunculata son esenciales para proporcionar recursos a un gran número de especies de abejas.

Especie de Eucera hispaliensis en una lavanda, Lavandula pedunculata. Francisco de Paula Molina.

Estos insectos dependen de las plantas para obtener néctar –su “gasolina” para volar– y polen para alimentar a su futura prole. Por ello, conocer las especies vegetales que liban y la frecuencia con que lo hacen nos ha proporcionado información sobre sus preferencias florales.

Con más de 28 000 visitas observadas de las abejas a las flores, hemos sido capaces de determinar cómo algunas son generalistas y pueden alimentarse de muchas variedades de plantas (adaptándose mejor si un recurso escasea), mientras otras son especialistas y se alimentan de un número reducido de especies (por eso, pueden sufrir más si escasean sus recursos).

El paisaje está cambiando

Comparar el presente con el pasado en ecología nos puede ayudar a entender cómo cambian las comunidades frente a factores como el cambio climático. Sin embargo, encontrar datos históricos que sean comparables o replicables en el presente no es fácil, debido a la escasez de estudios en el pasado que recogieran este tipo de información.

Por suerte, un trabajo de la década de 1980 realizado en Doñana nos facilitó tener un punto de referencia con el que comparar nuestros resultados obtenidos varias décadas después. Aunque el número de especies era parecido, la comunidad no era la misma: el 96 % del cambio observado correspondía al reemplazo de unas especies por otras.

Esta investigación nos muestra que las comunidades de abejas son dinámicas y pueden cambiar cuando varían las condiciones ambientales. Las sequías, la transformación de zonas naturales en agrícolas y los cambios debidos a factores climáticos en las abejas y en las plantas con floraciones más cortas contribuyen a esa reorganización.

Conocer para conservar

Un espacio natural puede albergar una enorme cantidad de especies que pasan completamente desapercibidas, algo muy común en insectos. Conocerlas es el primer paso para proteger sus poblaciones y los diferentes hábitats de los que dependen.

Este inventario constituye una línea base sobre la que poder seguir trabajando en el futuro. Nos permite saber qué especies están presentes hoy y, si continuamos observándolas, podremos saber cuáles permanecen, cuáles disminuyen y cuáles pueden llegar a desaparecer.

Quizás la próxima vez que caminemos por Doñana y veamos un jaral lleno de flores, podamos imaginar todo lo que ocurre entre sus pétalos: cientos de especies de abejas, algunas comunes y otras extraordinariamente raras, conectadas entre sí y con un entorno del que depende su supervivencia. Una parte esencial de Doñana está ahí, a unos centímetros del suelo, aunque casi nunca la veamos.

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Francisco de Paula Molina Fuentes no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

Bienestar familiar y autismo: la importancia de lo cotidiano

New Africa/Shutterstock

Cuando pensamos en el autismo solemos centrarnos en terapias o apoyos educativos para los menores. Sin embargo, hay un aspecto igual de importante que suele pasar desapercibido: las rutinas diarias. Dormir bien, comer sin conflictos, moverse más y regular el uso de pantallas son factores cotidianos que pueden influir –y mucho– en el bienestar y la calidad de vida de las familias con hijos con autismo.

La investigación reciente apunta a que estos hábitos tienen un papel clave en la llamada “calidad de vida familiar”. Este concepto no es abstracto, se refiere a cosas muy concretas. Por ejemplo, si los miembros de la familia disfrutan del tiempo juntos (interacción familiar), si los padres se sienten emocionalmente agotados (bienestar emocional) y si la crianza se vive como una lucha constante o como algo llevadero.

Los problemas de sueño erosionan sobre todo la interacción familiar y el bienestar emocional, mientras que las dificultades con la alimentación tensan especialmente la crianza diaria.

Dormir mal no solo afecta al menor

El sueño se ha identificado como uno de los factores más influyentes. Las estimaciones varían según los estudios, pero una parte importante de los niños con autismo presenta dificultades para dormir. Destacan las dificultades para conciliar el sueño, despertares nocturnos o somnolencia durante el día. Pero sus consecuencias van mucho más allá. Cuando un niño tarda dos horas en dormirse o se despierta varias veces el cansancio no se acumula solo para el niño, sino también para su familia.

De hecho, una revisión sistemática reciente muestra que los problemas de sueño están asociados a una peor calidad de vida familiar. Además, un estudio con familias españolas sugiere que los problemas de sueño podrían explicar hasta un 60 % de las diferencias en bienestar familiar.

Dormir mal de forma continuada puede suponer un desgaste considerable y desestabilizar toda la dinámica familiar. En concreto, cuando el niño duerme mal, la interacción familiar se vuelve más tensa (hay menos paciencia para juegos y conversaciones) y el bienestar emocional de los cuidadores se resiente con mayor irritabilidad, ansiedad y sensación de agotamiento.

Comer también cuenta (y mucho)

La alimentación es otro de los grandes focos de tensión cotidiana. Algunos estudios estiman que hasta un 84 % de los niños con autismo presentan dificultades a la hora de comer. Para muchas familias, la hora de la comida puede convertirse en un momento tenso si hay rechazo a ciertos alimentos o resistencia a probar cosas nuevas.

Por ello, la evidencia señala una relación clara entre estos problemas y un peor bienestar familiar. En el estudio español antes mencionado, aunque con menor impacto, las dificultades en la alimentación seguían siendo un factor clave para entender el bienestar familiar.

El impacto se nota especialmente en el día a día. Por ejemplo, si cada comida se convierte en una negociación agotadora que consume una energía que la familia podría dedicar a otras interacciones más positivas.

Las pantallas no siempre son el enemigo

Aunque suele hablarse de las pantallas como un riesgo, en el caso del autismo esta perspectiva es más matizada. La evidencia aún es limitada y no siempre consistente, pero apunta a que, en ciertos contextos, pueden ayudar a reducir tensiones familiares.

Una posible explicación es que las pantallas pueden contribuir a calmar al niño o a reducir conductas problemáticas. En ese caso actuarían como una herramienta de regulación que también ofrece a las familias momentos de respiro.

Esto no implica recomendar un uso ilimitado, sino entender mejor cuándo y cómo pueden ser útiles. La clave no es prohibir o permitir sin más, sino preguntarse: ¿esta pantalla está ayudando a regular o está evitando algo que habría que trabajar?

Lo que no funciona tanto: la actividad física

La actividad física tiene beneficios claros para el desarrollo. Sin embargo, su impacto directo en el bienestar familiar es menos evidente. Aunque algunos estudios muestran efectos positivos, otros no encuentran una relación clara.

La actividad física es, sin duda, beneficiosa para la salud y el desarrollo. Pero la literatura científica sugiere que su influencia en el bienestar familiar no es tan consistente como el del sueño o la alimentación.

Lo cotidiano provoca grandes efectos

En un ámbito donde las intervenciones suelen centrarse en habilidades sociales, comunicación y conductas, estos hallazgos recuerdan algo esencial: la vida cotidiana también es un espacio de intervención. Dormir mejor, comer con menos conflictos y encontrar momentos de calma no son aspectos menores, sino pilares que sostienen el equilibrio familiar.

Además, se trata de factores con una ventaja clave: son modificables. A diferencia de otros aspectos más complejos del autismo, estos hábitos pueden abordarse con estrategias relativamente accesibles y adaptables.

La necesidad de ampliar la mirada

Estos hallazgos también invitan a ampliar el abordaje del autismo. Durante mucho tiempo el foco se ha puesto casi exclusivamente en el niño, pero cada vez es más evidente que la unidad clave es la familia.

En un contexto donde muchas familias conviven con altos niveles de carga emocional y organizativa, prestar atención a estas rutinas puede marcar la diferencia.

¿Qué implica esto en la práctica?

  • Para las familias: priorizar el sueño como un objetivo terapéutico más, no como algo menor.

  • Para los profesionales: incluir preguntas sobre alimentación y uso de pantallas en las evaluaciones de rutina.

  • Para las políticas públicas: formar a pediatras y terapeutas en la detección de estos problemas cotidianos.

Porque a veces, lo que transforma una familia no es una terapia novedosa, sino conseguir dormir del tirón tres noches seguidas.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

Montar en bici, nadar, tocar la guitarra… Cómo recuperamos habilidades que parecían olvidadas

LightField Studios/Shutterstock

La primera vez que volví a coger una guitarra después de varios años sin tocar sentí que mis manos ya no me pertenecían. La izquierda temblaba al intentar formar acordes sencillos, mientras que la derecha había perdido precisión. Canciones que antes salían automáticamente exigían ahora una atención agotadora.

Sin embargo, la torpeza duró poco. Tras una semana de práctica, muchos movimientos comenzaron a regresar. Los dedos encontraban posiciones conocidas, las transiciones se aceleraban y reaparecía esa peculiar sensación de actuar sin pensar cada gesto.

Algo parecido sucede cuando alguien vuelve a montar en bicicleta, esquiar, nadar o escribir con diez dedos después de un largo paréntesis. Al principio parece que la habilidad ha desaparecido. Después, el progreso se produce a una velocidad imposible para un principiante.

¿Dónde estuvo guardada durante todo ese tiempo?

Recordar cómo se hace

Cuando hablamos de memoria solemos pensar en nombres, fechas o acontecimientos. Pero recordar quién fue nuestro primer profesor no es lo mismo que saber mantener el equilibrio sobre una bicicleta. Las habilidades dependen en gran medida de la memoria procedimental: un sistema que permite adquirir y automatizar secuencias de acciones mediante la práctica.

Esta memoria no reside en un único “archivo”. El aprendizaje motor implica una red distribuida en la que participan la corteza motora, los ganglios basales y el cerebelo. Su contribución cambia a medida que avanzamos desde los primeros intentos conscientes hasta la ejecución fluida y automatizada, como describen los modelos sobre plasticidad durante el aprendizaje motor.

Aprender una canción lo ilustra bien. Al principio hay que pensar dónde colocar cada dedo, anticipar el siguiente acorde y vigilar el ritmo. Con la práctica, varios movimientos se agrupan en unidades mayores. El cerebro deja de gestionar cada gesto por separado y empieza a ejecutar secuencias completas.

Practicar transforma el cerebro

Tocar un instrumento resulta especialmente exigente porque obliga a coordinar información auditiva, visual, táctil y motora. Como ya se explicaba en un artículo de The Conversation, el entrenamiento musical prolongado puede modificar capacidades y redes cerebrales.

Los estudios con neuroimagen han encontrado diferencias estructurales entre músicos y no músicos en regiones relacionadas con el movimiento, la audición y la integración visuoespacial. Conviene ser prudentes: algunas diferencias pueden preceder al aprendizaje y favorecer que determinadas personas perseveren en la música. Pero también existen investigaciones longitudinales (a lo largo del tiempo) que muestran que el entrenamiento musical puede moldear el desarrollo cerebral.

Lo importante para entender la recuperación de una habilidad es que la práctica no solo mejora el rendimiento visible: también reorganiza los circuitos que lo producen. Un estudio clásico con resonancia magnética funcional mostró que aprender una secuencia de movimientos con los dedos modificaba la representación de esa tarea en la corteza motora adulta. El cerebro entrenado no queda igual que antes.

Dejar de rendir no equivale a olvidar

Cuando abandonamos una habilidad, se deterioran la velocidad, la precisión, la resistencia y la coordinación fina. Pero ese descenso no significa necesariamente que se haya borrado todo lo aprendido.

La memoria motora atraviesa procesos de consolidación que estabilizan progresivamente lo adquirido. En experimentos clásicos sobre memoria motora, una nueva tarea se volvía menos vulnerable a las interferencias después de varias horas, señal de que el recuerdo estaba pasando de un estado frágil a otro más estable.


Leer más: La plasticidad sináptica nos permite aprender a montar en bici y recordar momentos emocionantes


Con los años pueden perderse componentes específicos y no todas las destrezas resisten igual. Influyen la cantidad y calidad de la práctica previa, el grado de automatización, la edad, las condiciones físicas y cuánto se parece la situación actual a aquella en la que aprendimos.

Aun así, algunos estudios han encontrado rastros de habilidades motoras después de ocho años sin practicar, aunque unas dimensiones del movimiento se conservaron mejor que otras. Por eso podemos sentirnos torpes y, al mismo tiempo, conservar parte de la arquitectura necesaria para recuperar el nivel.

El ahorro del reaprendizaje

La prueba más clara de que no empezamos de cero es la rapidez de la recuperación. En investigación se utiliza el término inglés savings, que podría traducirse como “ahorro”: cuando volvemos a una tarea aprendida, solemos progresar más deprisa que la primera vez.

El fenómeno se ha observado en numerosos experimentos de aprendizaje motor. Las personas que se enfrentan de nuevo a un patrón previamente aprendido suelen mostrar un reaprendizaje más rápido que durante el entrenamiento inicial.

Este ahorro no implica necesariamente que permanezca intacta una copia completa del movimiento. El cerebro puede conservar asociaciones entre errores y correcciones, estrategias conscientes, secuencias de acciones o una mayor facilidad para reconstruir el patrón. Las investigaciones actuales distinguen, de hecho, entre retener directamente una memoria y conservar la capacidad de reaprenderla.

Eso explica por qué alguien que tocó durante años puede recuperar en días lo que a un principiante le exigiría meses. Las primeras sesiones no construyen una habilidad nueva desde sus cimientos: reactivan y ajustan elementos que ya habían sido entrenados.

Las huellas que deja una habilidad

Parte de esa persistencia podría apoyarse en cambios físicos microscópicos. En estudios con animales, aprender movimientos nuevos favoreció la rápida formación y estabilización selectiva de espinas dendríticas, pequeñas estructuras mediante las cuales las neuronas establecen conexiones.

Otros trabajos han relacionado la existencia de espinas dendríticas mantenidas de forma estable con recuerdos motores duraderos. Algunas conexiones se modifican o desaparecen, pero otras podrían permanecer como parte de la huella estructural dejada por el aprendizaje.

Esto no significa que cada acorde tenga una conexión individual esperando intacta durante décadas, ya que las habilidades complejas son patrones distribuidos y dinámicos. Pero sí respalda una idea central: aprender deja cambios físicos que pueden sobrevivir a la inactividad y facilitar una recuperación posterior.

Volver no es retroceder al primer día

Retomar una habilidad puede resultar incómodo. Comparamos la ejecución presente con nuestro mejor momento pasado y confundimos la torpeza inicial con una pérdida definitiva. Sin embargo, la comparación justa no es con la persona que éramos al dejarlo, sino con quien nunca lo aprendió.

La plasticidad cerebral no solo permite adquirir habilidades nuevas. También ayuda a rescatar y actualizar las antiguas. La recuperación requerirá práctica y quizá no devuelva exactamente el mismo nivel, pero el camino suele estar parcialmente construido.

Por eso, cuando los dedos vuelven a desplazarse por el mástil o la bicicleta recupera el equilibrio, no estamos ante una memoria alojada literalmente en los músculos. Es el cerebro reconociendo una vieja tarea y demostrando que años de aprendizaje no desaparecen sin dejar rastro.

A veces, volver a empezar no significa empezar de nuevo.

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Oliver Serrano León no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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