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Published — 30 August 2026 the conversation - Investigaciones y Noticias

El gobierno de Delcy Rodríguez entrega a Estados Unidos el control de la quinta parte de las reservas petroleras de Venezuela

shutterstock Dilok Klaisataporn/Shutterstock

Representantes oficiales de los gobiernos de los Estados Unidos y Venezuela han anunciado la firma de un acuerdo que otorga a los EE. UU. el control, aunque no la propiedad, del 20 % de las reservas probadas de petróleo de Venezuela, las más grandes del mundo, que suman más de 300 000 millones de barriles.

Esto implica que el Gobierno estadounidense se asegura el acceso y el control sobre 65 000 millones de barriles de petróleo y el gas natural asociado, durante un período de al menos 25 años. Un logro notable considerando que las reservas probadas de petróleo en EE. UU. son de 46 000 millones de barriles y sus reservas estratégicas ascienden a 727 millones de barriles.


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Lo que se sabe del acuerdo

La información sobre los detalles del acuerdo aún es muy limitada. Se conoce que el acuerdo compromete el desarrollo y la explotación de 17 campos petroleros que contienen unos 90 000 millones de barriles de las reservas probadas del país. De estos campos, 9 están localizados en la zona norte de la Faja Petrolífera del Orinoco. Se trata de yacimientos de petróleo pesado (entre 10° y 22,3° API) y extrapesado (menos de 10° API) y son campos que, en su mayoría, deben ser desarrollados desde cero (greenfields). Los 8 campos restantes, son campos maduros que contienen crudos medianos (entre 22,3° y 31,1° API) que han sido ya explotados pero que requieren de importantes inversiones para reactivarlos después de décadas de abandono.

Para Venezuela, de poderse implementar y desarrollar el acuerdo, la producción petrolera podría incrementarse en 1,5 millones de barriles por día. A este ritmo de producción, extraer el petróleo y el gas natural involucrado en estos campos podría tomar un lapso de al menos 120 años. No es por casualidad que el presidente Trump ha anunciado que el acuerdo con Venezuela le otorga a EE. UU. el control de las reservas venezolanas por una centuria.

Desarrollar, poner en capacidad de producir y operar estos campos requiere cuantiosas inversiones y financiamiento. Las estimaciones iniciales suponen que se requerirán unos 90 000 millones de dólares en inversiones, financiamiento por unos 10 000 millones y recursos para cubrir los costos de operación por unos 140.000 millones de dólares. Desde luego, ni PDVSA (la empresa estatal petrolera venezolana), ni el gobierno del país ni el sector privado local disponen de estos recursos.

¿Cómo se podría implementar el acuerdo anunciado?

El presidente Trump ha sido enfático al declarar que la concreción de este acuerdo no implicará compromisos financieros para el Gobierno Federal. Todo ello implica que el programa solo será posible con la participación de las empresas petroleras, especialmente las grandes corporaciones internacionales, con preferencia de origen estadounidense.

Lo que ha trascendido es la creación de una empresa conjunta (joint venture) que establece una alianza entre la Office of Strategic Capital (OSC), una dependencia del Pentágono creada para atraer la inversión privada en áreas esenciales para la seguridad de los EE. UU., y un grupo privado local que aún está por definirse. La empresa recibiría concesiones del Gobierno de Venezuela para explotar los campos petroleros ya señalados por un lapso suficiente para garantizar la viabilidad económica de las inversiones. En principio, 25 años (renovables).

Esta empresa estaría en condiciones de firmar contratos de participación productiva (CPP) –figura prevista en la Ley Orgánica de Hidrocarburos que entró en vigencia a partir de enero de 2026–, que permitirían a las empresas petroleras seleccionadas extraer y comercializar los hidrocarburos.

Se estima que estos CPP, dados los parámetros establecidos en el marco legal que regula los aportes fiscales al Gobierno de Venezuela (government take), garantizarían un ingreso fiscal equivalente a 19 dólares por barril producido bajo el acuerdo. Esta estimación supone un precio de referencia de 65 dólares por barril, una tasa de regalía del 16 % y una tasa de impuesto sobre la renta del 34 %. Bajo estos parámetros, se ha calculado que el acuerdo podría representar un ingreso adicional para el Estado venezolano de 209 000 millones de dólares.

Un acuerdo de largo plazo como este, en el contexto político-institucional que prevalece hoy en Venezuela, supone retos legales importantes ya que, en principio, se estarían violando disposiciones constitucionales y jurídicas relevantes asociadas con el ejercicio de la soberanía nacional.


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Constitucionalidad y seguridad jurídica

Además, y no es un detalle menor, la administración actual del gobierno en Venezuela está ejercida por personas que adolecen de legitimidad interna y externa. De aquí que surgen las preguntas: ¿puede el gobierno interino comprometer a largo plazo estas reservas petroleras?, ¿puede garantizarse a las empresas e inversionistas que las decisiones tomadas por un gobierno con un piso político tan endeble serán respetadas por un gobierno futuro, con mayor legitimidad?

Las respuestas a estas preguntas involucran aspectos de máxima relevancia ya que la viabilidad del acuerdo, en cuanto a inversión y financiamiento (privados), requiere de magnitudes considerables de dinero e involucra lapsos de muy largo plazo. Por tanto, la seguridad jurídica pasa a ser una variable determinante en el proceso de toma de decisiones.


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Las circunstancias estadounidenses

Tampoco hay que olvidar que hay un ciclo político-electoral en marcha en los EE. UU. No es casual que el anuncio de este acuerdo se haga en los meses previos a las decisivas elecciones de medio mandato del próximo noviembre, tomando en cuenta los problemas que están confrontando el presidente Trump y el Partido Republicano para garantizarse la victoria en esos comicios. Mostrar un éxito económico como el que se supone que está implícito en este acuerdo daría a la debilitada administración Trump algunas ventajas que, cabe esperar, mejorarían sus posibilidades electorales.

Para Venezuela volver a un régimen de concesiones, a casi cinco décadas de la nacionalización del petróleo, es un tema controversial, con implicaciones que exceden, por mucho, las consideraciones meramente económicas. La soberanía sobre el uso de los recursos minerales ha sido, a lo largo de la historia del país como república, un asunto de la máxima trascendencia.

Que un acuerdo de esta naturaleza ocurra en momentos de elevada incertidumbre y tensión política no es, con certeza, una buena noticia para muchos.

The Conversation

Luis Zambrano-Sequín no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

Aceca, el palacio real que España perdió

Nos encontramos en 1668. El príncipe Cosme III de Médici está de viaje por España. Y, en una breve parada en medio del periplo, su dibujante, Pier Maria Baldi, decide “retratar” la casa real de Aceca, hoy prácticamente desaparecida.

Hagamos una rápida semblanza de la aventura europea emprendida por el joven heredero florentino. Su propósito era formarse como futuro gobernante del Gran Ducado de Toscana. Para ello se propuso visitar y conocer los Países Bajos, Francia, Inglaterra, Portugal y, también, España. Su estancia en la península ibérica duró seis intensos meses, desplazándose desde Cataluña hasta Galicia, pasando por Aragón, Castilla, Madrid, Andalucía, Extremadura y el territorio portugués.

Recorría el país arropado por un séquito de cortesanos. Entre ellos, Lorenzo Magalotti, autor de la crónica oficial de la expedición. Dicho relato contiene además ochenta y seis vistas panorámicas de ciudades, villas, monumentos y paisajes rurales de la España del Barroco, realizadas por Baldi. Entre ellas se encuentra la de la casa real de Aceca.

Pabellón cinegético

Aceca, que hoy pertenece al municipio de Villaseca de la Sagra, se encuentra a medio camino entre la ciudad de Toledo y el Real Sitio de Aranjuez. En el siglo XVI era un paraje codiciado por la monarquía española y el emperador Carlos V compró allí una fortaleza medieval en 1534.

A partir de 1556 su hijo, Felipe II, transformó el viejo castillo en un palacio de recreo ideal para las temporadas de caza, aprovechando que en la zona había abundancia de lobos. Las obras se dilataron más de veinte años por coincidir con el proyecto de El Escorial. De hecho, ambas empresas se llevaron a cabo en un inconfundible estilo herreriano.

Pintura de un palacio real con tres alturas y una torre, con dos edificios separados.
Jusepe Leonardo, Vista del Real Sitio de Aceca, 1637. Museo Arqueológico Nacional

Los mejores arquitectos del rey trabajaron en ellas. Maestros como Juan Bautista de Toledo y Juan de Herrera dejaron su huella y levantaron en Aceca una obra majestuosa para el esparcimiento de los Austrias y de los primeros Borbones.

Magnificencia artística

Para juzgar la categoría de las construcciones de Aceca contamos, aparte del diseño de Baldi, con dos documentos gráficos anteriores: una planta del siglo XVI y un lienzo de 1637 del pintor Jusepe Leonardo. Asimismo, poseemos una descripción muy valiosa, gracias al escritor e historiador Juan Álvarez de Quindós.

El edificio principal era una sólida mole de planta rectangular. Contaba con múltiples ventanas y una torre angular cubierta con un chapitel, que es un tipo de tejado piramidal. Poseía, además, una entrada con arco de medio punto y dos patios interiores.

Plano de la Casa Real de Aceca, atribuido a Juan de Herrera, siglo XVI.
Plano de la Casa Real de Aceca, atribuido a Juan de Herrera, siglo XVI. Archivo General de Simancas, Valladolid, MPD,20,054.

Su esplendor interior era asombroso: la capilla escondía el valioso Tríptico de la Adoración de los Reyes Magos, obra de Hans Memling. Esta joya del arte flamenco, fechada hacia 1570, se expone actualmente en el Museo del Prado.

Junto al palacio se levantó la Casa de Oficios, una estructura semejante a la anterior pero más humilde. Era la residencia de los cortesanos y la burocracia de la Corona, y albergaba una buena caballeriza. El acceso se realizaba a través de un pórtico soportado por columnas.

En el primer plano del diseño de Baldi se sitúa una casa muy modesta. No se sabe cuál era su función, pero se cree que pudo ser el hogar del guarda que cuidaba del palacio durante las largas ausencias de la Familia Real.

Errores de un dibujo apresurado

La comitiva apenas se detuvo en Aceca. El objetivo era llegar a Toledo antes de anochecer y tomar posesión del alojamiento que estaba preparado para ellos. Baldi aprovechó esa fugaz pausa para dibujar el conjunto palaciego. De hecho, el propio artista aparece retratado en primer plano, a lomos de un asno, trabajando afanosamente en el boceto.

Debido a la prisa, el diseño contiene algunas imprecisiones. Tomando como base creíble el lienzo de 1637, el autor representó un palacio poco fiel al modelo, eliminando por completo la planta superior. Tampoco es muy exacto el número de vanos y chimeneas del tejado.

Además, dibujó un paisaje desolado con apenas vegetación, a diferencia de lo que muestra el cuadro pintado medio siglo antes. Todo tenía su explicación. Baldi era, además de pintor, arquitecto, por lo que priorizaba las moradas del rey sobre el paisaje y las personas.

Debido a la precipitación con la que fue realizada la traza inicial, el autor no pudo subsanar los defectos en la versión definitiva que hoy podemos contemplar, elaborada años más tarde en su estudio florentino.

Triste final

A pesar de su robustez, los muros de Aceca no resistieron el paso del tiempo. Los cambios en los gustos de la realeza dictaron sentencia a partir del siglo XVIII, y la invasión napoleónica de 1808 marcó el inicio de una ruina irreversible. El complejo palatino sufrió daños irreparables durante la Guerra de la Independencia, tras la cual quedó sumido en la desidia y el abandono.

Los escasos restos que de él se conservan se encuentran hoy dentro de una finca privada. Apenas pueden identificarse ya unas pocas estructuras del pabellón de caza ideado por Felipe II.


El proyecto cuenta con el apoyo del The Medici Archive Project de Florencia, dirigido por Alessio Assonitis, experto internacional en los Medici, y del Centro Interdipartimentale di Ricerca sull’Iconografia della Città Europea, dirigido por Alfredo Buccaro, experto internacional en iconografía urbana. Además, colaboran la Biblioteca Medicea Laurenziana y el Kunsthistorisches Institut de Florencia.


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Francisco Javier Novo Sánchez recibe fondos para el proyecto de investigación PID2023-147647NB-I00 financiado por MCIU /AEI /10.13039/501100011033 / FEDER, UE, concedido para el período 2024-2027

A la manera de Taylor Swift o J. K. Rowling: cómo adaptarse e innovar en el mundo empresarial

La cantante estadounidense Taylor Swift. A.PAES/Shutterstock

Robert Galbraith es un conocido escritor cuya saga de novelas policíacas, protagonizadas por el detective Cormoran Strike, ha sido tan exitosa que, desde 2017, la BBC emite la serie de televisión Strike.

La cuestión es que Robert Galbraith no es Robert Galbraith: es el seudónimo que utiliza la conocidísima escritora británica J. K. Rowling, creadora del mundo mágico de Harry Potter. Cerrada la historia del mago, la autora readaptó sus capacidades a un nuevo género. Para ello, investigó en nuevos campos y se documentó profundamente.


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La cantante estadounidense Taylor Swift ha pasado por una reconfiguración de capacidades similar. La artista comenzó su carrera en 2006 con un estilo country. Después incorporó progresivamente nuevos sonidos y colaboraciones, hasta que, en 2014, cambió de dirección musical –pese a las dudas de su propio equipo– con el álbum 1989.

Este cambio consolidó a la artista como estrella mundial del pop. En 2020, con trabajos como Folklore y Evermore, exploró registros más próximos al folk y a sonidos alternativos. Posteriormente, volvió a reconfigurar su propuesta en The Life of a Showgirl (2025) con un pop más directo y bailable. En 2026, dos décadas después de su debut, Swift continúa siendo una de las artistas internacionales más célebres.


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También esta el caso del director de cine Guillermo del Toro. El director ha sabido incorporar nuevas tecnologías y conocimientos alrededor de su predilección por los monstruos. El laberinto del fauno, La forma del agua, Pinocho o Frankenstein muestran cómo ha permanecido su identidad creativa pese a la reconfiguración de técnicas, recursos y equipos.

A diferencia de Rowling y Swift, el mexicano ha logrado mantener un universo creativo reconocible, pero moldeado mediante efectos artesanales, maquillaje, robótica, efectos digitales o animación stop-motion, según sus necesidades creativas.


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Llegados a este punto, cabe preguntarse: ¿qué tienen en común estas tres famosas personalidades artísticas con carreras tan dispares?

Pues que han sabido aprovechar oportunidades, incorporar nuevos conocimientos, detectar cambios, adaptar sus recursos a los nuevos escenarios. En el contexto empresarial, y concretamente en el de la gestión estratégica, esto se explica a través del concepto de capacidades dinámicas, que están estrechamente ligadas con el de innovación.

Capacidades para afrontar entornos cambiantes

En 1998, los investigadores David J. Teece, Gary Pisano y Amy Shuen definieron las capacidades dinámicas como “la capacidad de una organización para integrar, construir y reconfigurar competencias internas y externas ante entornos rápidamente cambiantes”.

La capacidad dinámica invita a revisar los conocimientos, a actualizar los recursos y los modos de trabajar. Y esto es porque el entorno pone a la organización a prueba. Podría llegar el momento en el que repetir aquello que se domina de forma ordinaria comience a no tener los mismos resultados.

Los investigadores Paul Pavlou y Omar El Sawy definieron en 2011 cuatro capacidades dinámicas: detección, aprendizaje, integración y coordinación.

  1. Detección: observar lo que sucede alrededor y descubrir cambios u oportunidades.

  2. Aprendizaje: adquirir conocimientos nuevos.

  3. Integración: combinar esos conocimientos nuevos con los que ya se poseen.

  4. Coordinación: reorganizar recursos, personas y actividades para conseguir que esa combinación pueda llevarse realmente a la práctica.

Así, J. K. Rowling adaptó su capacidad narrativa a un nuevo género en el que se documentó previamente.

Taylor Swift integró nuevos sonidos, colaboraciones y tecnologías diferentes en sus proyectos.

Guillermo del Toro combinó artísticamente literatura, cine, técnicas visuales y nuevas tecnologías, expandiendo su capacidad creativa.

Aplicando estas capacidades, estas tres personalidades artísticas se han adaptado a nuevos entornos sin perder su esencia y siguen siendo referentes en sus respectivos campos.

La fuerza de la inmediatez

Sin embargo, los mercados son cada vez más competitivos y operan bajo la amenaza de lo inmediato. Esta situación obliga a los creativos a producir, innovar y sorprender continuamente y en menor tiempo. Paradójicamente, los artistas necesitan tiempo para descubrir conexiones, experimentar, rediseñar, aprender de los errores. El tiempo necesario para crear no tendría que acortarse para satisfacer antes al mercado.

Pero la dinámica es difícil de parar. En lugar de ralentizar los procesos, se apuesta por nuevas tecnologías que permiten reducir los tiempos de elaboración. Generadores de contenidos a la carta que sustituyen de forma inmediata un proceso que necesita tiempo.

En este sentido, una obra que se consume en minutos puede haber necesitado un tiempo considerable para ser elaborada. En este contexto, el escritor George R. R. Martin ha dado continuas evasivas a sus seguidores, quienes insisten en saber cuándo concluirá la siguiente entrega de la saga Canción de Hielo y Fuego. Es la lucha de la inmediatez contra el proceso creativo.

En estos casos, las capacidades dinámicas de detección, aprendizaje, integración y coordinación juegan un papel relevante, pues adaptarse no siempre implica producir más y más rápido. El creativo debe detectar qué está cambiando, aprender de esos cambios e incorporar nuevos conocimientos.

Todos poseemos capacidades dinámicas

La investigación sobre las capacidades dinámicas ha puesto el foco en las organizaciones, pero su lógica también puede trasladarse al ámbito profesional. Las capacidades de detección, aprendizaje, integración y coordinación ofrecen una forma de reflexionar sobre cómo adaptarse e innovar.

En el mundo en que vivimos es cada vez más útil captar y analizar información del entorno en tiempo real, lo que ayuda a tomar decisiones más acertadas. Interpretar qué cambios, tendencias o factores nos van a influir positiva o negativamente aporta una ventaja competitiva.

Igualmente, acceder a nuevas fuentes de aprendizaje que nos proporcionen nuevos conocimientos puede ayudarnos a ampliar nuestras posibilidades. Integrar esos nuevos conocimientos con los que ya poseemos, y coordinar los recursos disponibles para convertirlos en algo novedoso, puede ayudarnos a atravesar mejor las turbulencias del entorno.

Quizá, mantenerse creativo durante décadas, como han logrado J. K. Rowling, Taylor Swift o Guillermo del Toro, dependa precisamente de conservar la curiosidad para detectar lo que cambia. También de la voluntad para seguir aprendiendo. Cuestiones tan importantes como la capacidad para transformarnos sin perder nuestra esencia.

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José Bocoya Maline no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

Published — 28 August 2026 the conversation - Investigaciones y Noticias

¿Quién decide qué es realmente un vino ‘natural’?

Alexdov/Shutterstock

En plena vendimia, la expresión “vino natural” vuelve a aparecer en ferias, tiendas especializadas, cartas de restaurantes y conversaciones entre aficionados. Parece una categoría fácil de entender, pero no lo es. Dos botellas pueden presentarse como naturales y haberse elaborado con criterios bastante distintos.

A diferencia del vino ecológico, el vino natural no cuenta con una definición legal aceptada internacionalmente. Suele asociarse con uvas ecológicas o biodinámicas, fermentaciones espontáneas, poca intervención en bodega y un uso muy limitado de aditivos.


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La dificultad de nombrarlo

El problema empieza cuando se intenta concretar qué significa todo eso: cuántos sulfitos pueden añadirse, si el vino puede filtrarse, qué levaduras son aceptables o qué tratamientos siguen siendo compatibles con la idea de mínima intervención.

Los sulfitos son un buen ejemplo. Se utilizan para conservar el vino, pero también se producen de forma natural durante la fermentación. Por eso, “sin sulfitos” y “sin sulfitos añadidos” no quieren decir lo mismo, aunque para muchos compradores la diferencia no sea evidente.

Desde diciembre de 2023, la Unión Europea exige que los vinos informen de sus ingredientes y valores nutricionales, aunque parte de esa información pueda consultarse mediante un código QR. La norma ha aumentado la transparencia, pero no ha resuelto la cuestión de fondo: sigue sin existir una definición común de vino natural, y expresiones como ecológico, biodinámico, sin sulfitos añadidos o mínima intervención siguen remitiendo a cosas distintas.

Una certificación específica podría ayudar a ordenar ese terreno. También podría, sin embargo, transformar un movimiento que surgió en buena medida como reacción frente a la estandarización de la industria convencional.

Qué piensan quienes consumen y quienes producen

En nuestro estudio, publicado en Journal of Consumer Culture, encuestamos presencialmente a 415 asistentes a las ediciones de 2023 y 2024 de la feria de vino natural más veterana de España, celebrada en Barcelona desde 2005. El 58,3 % eran consumidores y el 41,7 % trabajaban en producción, distribución, hostelería o comunicación especializada.

No se trata de una muestra representativa del consumidor español. Quienes acuden a una feria de este tipo conocen mejor el producto y muestran un interés por el vino bastante superior al habitual. Precisamente por eso resultan útiles para observar las diferencias dentro del propio mundo del vino natural.

La distancia entre ambos grupos era clara. El 90,2 % de los profesionales consumía vino natural con frecuencia, frente al 42,6 % de los consumidores. Esa diferencia de experiencia importa, porque no todos necesitan las mismas señales para confiar en una botella.

Cuando les pedimos que dijeran las tres primeras palabras que asociaban con “vino natural”, los consumidores tendieron a mencionar rasgos fáciles de reconocer: “ecológico”, “sin sulfitos” o “sin aditivos”. Entre los profesionales las respuestas estuvieron más repartidas y apareció con más fuerza la idea de “mínima intervención”.

No se trata de dos concepciones opuestas. Ambos grupos comparten buena parte del mismo vocabulario: ecología, naturaleza, autenticidad, sulfitos. La diferencia está más bien en qué consideran importante y en cómo creen que debe demostrarse.

Para un comprador que no conoce al productor, una etiqueta o un sello pueden servir como garantía. Para alguien que trabaja habitualmente con estos vinos, la confianza puede basarse en otras cosas: conocer la bodega, saber cómo se trabaja una parcela, haber probado otras añadas o moverse dentro de redes profesionales donde circula información que difícilmente cabe en una etiqueta.

En la certificación está la verdadera diferencia

El contraste más claro surgió cuando preguntamos por la posibilidad de crear una certificación específica para el vino natural. En una escala de uno a cinco, el apoyo medio entre los consumidores fue de 4,14. Entre los profesionales bajó a 3,37 y, entre los productores, a 2,74.

La diferencia entre consumidores y productores alcanza así 1,4 puntos en una escala de cinco. Y tampoco todos los profesionales piensan igual: quienes trabajan en comunicación y opinión se situaron mucho más cerca de los consumidores que los propios productores.

El desacuerdo tiene además una dimensión económica. La mitad de los consumidores estaría dispuesta a pagar un 10 % más por un vino natural certificado. Entre los profesionales, en cambio, el 44,5 % no pagaría ningún sobreprecio.

Eso ayuda a entender qué valor tiene una certificación para cada grupo. Para quien compra, puede reducir dudas y facilitar una elección sin necesidad de conocer personalmente a quien hizo el vino. Para muchos productores y distribuidores, que ya cuentan con experiencia y redes propias de confianza, un sello aporta menos y puede incluso plantear nuevos problemas.

Entre esos problemas aparece uno recurrente: que una certificación termine favoreciendo a las bodegas con más recursos, mejor preparadas para asumir costes administrativos y adaptarse a una lista cerrada de requisitos. También existe el temor de que una práctica flexible y basada en decisiones concretas de viña y bodega acabe convertida en una receta.

Más que una preferencia por un tipo de vino

El vino natural tampoco aparece aislado de otras formas de consumo. El 83,2 % de los profesionales y el 64,5 % de los consumidores declararon comprar productos ecológicos siempre o con frecuencia. En el caso de los alimentos locales, los porcentajes alcanzaron el 91,9 % y el 82,2 %.

Estos datos no describen un estilo de vida único, pero sí sugieren que el vino natural suele formar parte de preferencias más amplias por los productos locales, la producción ecológica y formas de elaboración percibidas como menos industriales.

Esto ayuda a explicar por qué la discusión sobre su definición genera tanto interés. No se trata solo de decidir qué debe poner una etiqueta, sino también de fijar qué prácticas se consideran legítimas y quién tiene autoridad para establecer esas reglas.

¿Quién puede decidir qué es un vino natural?

Ahí está, probablemente, la cuestión central. Una certificación tendría que ofrecer al consumidor criterios claros y controles fiables. Pero, al mismo tiempo, tendría que evitar costes y exigencias que excluyan a los pequeños productores o reduzcan a una definición única un movimiento que siempre ha sido diverso.

El debate, por tanto, no consiste únicamente en decidir qué técnicas pueden utilizarse o cuántos sulfitos son aceptables. También está en juego quién tiene capacidad para definir la categoría: las administraciones, las asociaciones de productores, los organismos certificadores, los especialistas, el mercado o los propios consumidores.

Nuestros resultados muestran que esa respuesta cambia según la posición que se ocupa. Quien compra reclama garantías que le permitan orientarse en un mercado poco definido. Quien produce teme que esas mismas garantías terminen trasladando a otros la capacidad de decidir qué cuenta como vino natural.

El futuro de esta categoría dependerá, en buena medida, de cómo se resuelva esa tensión: cómo ofrecer confianza a quien compra sin vaciar de autonomía a quienes han construido el movimiento.

The Conversation

Eva Parga Dans recibió financiación del Ministerio de Ciencia e Innovación y de la Agencia Estatal de Investigación mediante el proyecto «El reto de la certificación del vino natural: controversias culturales, asimetrías de información y patrones de consumo» (NAWICERT, PID2021-126272OA-I00); y de «Radical Urban Cultures: Exploring the political ecologies of urban-food-soil entanglements in the Anthropocene through Natural Wine», financiado por la Fundação para a Ciência e a Tecnologia de Portugal (2024.15482.PEX).

recibió financiación del Ministerio de Ciencia e Innovación y de la Agencia Estatal de Investigación mediante el proyecto «El reto de la certificación del vino natural: controversias culturales, asimetrías de información y patrones de consumo» (NAWICERT, PID2021-126272OA-I00); y de «Radical Urban Cultures: Exploring the political ecologies of urban-food-soil entanglements in the Anthropocene through Natural Wine», financiado por la Fundação para a Ciência e a Tecnologia de Portugal (2024.15482.PEX).

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