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Published — 2 September 2026 the conversation - Investigaciones y Noticias

El arte del ‘ligoteo’ molecular

Anusorn Nakdee/Shutterstock

El ligoteo es un fenómeno difícil de predecir. Una miradita, una sonrisa cómplice, un contacto visual que dura unos segundos más de lo esperado… Con el tiempo, lo que empezó como una interacción tímida puede transformarse en una relación funcional: dos personas que se entienden, coordinan sus rutinas y construyen una historia compartida.

Sabemos identificar con facilidad el principio y el final de esas historias. Lo difícil es explicar qué ocurre entre medias. No existe un manual universal ni una serie de pasos infalibles que funcionen en todas las relaciones. Cada encuentro depende de múltiples factores: afinidad, contexto, momento… y una buena dosis de imprevisibilidad.

En química y biología molecular ocurre algo sorprendentemente parecido.

Encuentros esporádicos que se convierten en algo más

Muchas moléculas, como proteínas o péptidos, pasan gran parte de su existencia encontrándose con otras moléculas en su entorno. Se acercan, prueban distintas orientaciones, se separan y vuelven a encontrarse. Es un proceso lleno de ensayo y error que recuerda bastante a una primera cita: nadie sabe muy bien cómo terminará la conversación, pero pequeñas señales pueden marcar la diferencia.

Este fenómeno se conoce como agregación. Durante la agregación, distintas moléculas empiezan a juntarse sin formar todavía una estructura bien definida. Son encuentros tentativos, agrupaciones inestables que pueden disolverse con facilidad. Como en cualquier noche de bar, la mayoría de estos encuentros no prospera demasiado.

Sin embargo, de vez en cuando ocurre algo distinto.

Cuando las condiciones –la concentración, la temperatura o el entorno químico– son adecuadas, las moléculas dejan de agruparse de forma aleatoria y empiezan a organizarse espontáneamente en estructuras ordenadas y estables.

Hablamos de uno de los fenómenos más fascinantes de la naturaleza: el autoensamblaje. Consiste en la capacidad que tienen componentes relativamente simples de organizarse por sí solos en estructuras complejas sin necesidad de un director externo. Es como si, tras la fase de ligoteo molecular, las moléculas decidieran formalizar la relación y construir algo juntas.

¡Aquí “hay química”!

El secreto de este proceso está en las interacciones intermoleculares. Aunque no podamos verlas directamente, esas fuerzas actúan como las reglas invisibles del baile molecular. Algunas moléculas se atraen gracias a puentes de hidrógeno; otras interaccionan mediante fuerzas de Van der Waals; y, en muchos casos, las llamadas interacciones hidrofóbicas empujan a ciertos grupos químicos a mantenerse juntos para evitar el contacto con el agua.

En el fondo, todo depende de la compatibilidad. Algunas moléculas encajan bien porque sus cargas eléctricas se complementan; otras prefieren permanecer juntas porque comparten la misma aversión al agua. En química utilizamos nombres técnicos para estas interacciones. En el mundo de las relaciones humanas probablemente diríamos simplemente que “hay química”.

Procesos fundamentales para la vida

Cuando ese equilibrio de fuerzas se alcanza, el resultado puede ser extraordinario. A partir de componentes diminutos pueden surgir fibras nanométricas, láminas moleculares o redes tridimensionales capaces de comportarse como materiales completamente nuevos.

Este fenómeno no es una simple curiosidad científica. El autoensamblaje está en el corazón de muchos procesos fundamentales de la vida. Las membranas celulares, por ejemplo, existen gracias a la capacidad de ciertas moléculas lipídicas para organizarse espontáneamente en estructuras ordenadas. Muchas proteínas también dependen de este principio para adoptar la forma tridimensional que les permite desempeñar su función dentro de las células.

Cuando la unión hace… la enfermedad

Pero, como ocurre en las relaciones humanas, no todas las historias de agregación tienen un final feliz.

En algunos casos, ciertas proteínas pueden agregarse de manera descontrolada y formar estructuras extremadamente estables… pero perjudiciales. Estas proteínas se ensamblan en fibrillas altamente ordenadas que se acumulan en el cerebro y están asociadas a enfermedades neurodegenerativas como el álzheimer o el párkinson. Son, por así decirlo, relaciones moleculares demasiado persistentes: estructuras que se forman con facilidad pero que luego resultan muy difíciles de deshacer.

Comprender cómo se produce esa transición, desde los primeros encuentros moleculares hasta estas estructuras altamente organizadas, es uno de los grandes retos de la biomedicina actual.

En busca de supermateriales

Paradójicamente, el mismo proceso que puede contribuir al desarrollo de enfermedades también representa una de las herramientas más prometedoras de la ciencia de materiales. Desde mediados del siglo XX, el autoensamblaje se ha convertido en un principio fundamental de la nanotecnología. Investigadores de todo el mundo estudian cómo diseñar moléculas capaces de organizarse por sí mismas para crear nuevos materiales, sensores, dispositivos electrónicos o sistemas de liberación controlada de fármacos.

En cierto modo, el objetivo es aprender el arte del ligoteo molecular.

Si los científicos logran comprender con precisión qué interacciones favorecen el autoensamblaje y cómo controlarlas, podrían diseñar moléculas que se organicen de forma predecible para construir materiales funcionales a escala nanométrica. Sería como dominar las reglas invisibles que transforman un encuentro casual en una relación estable.

Por ahora, ese conocimiento sigue siendo incompleto. Las interacciones que conducen al autoensamblaje son sutiles, dependen de múltiples factores y, en muchos casos, siguen siendo difíciles de predecir. Pero cada avance en su comprensión acerca un poco más a los científicos a descifrar este fenómeno.

Quizá, después de todo, las moléculas y las personas no sean tan diferentes. Ambas empiezan con interacciones aparentemente aleatorias. Algunas se disipan rápidamente, mientras que otras evolucionan hacia estructuras más estables. Y, en ocasiones, cuando todo encaja, surge algo nuevo, ordenado y funcional.

En química lo llamamos autoensamblaje. En la vida cotidiana, simplemente amor.

The Conversation

Este artículo fue finalista del Premio Luis Felipe Torrente de Divulgación sobre Medicina y Salud, organizado por la Fundación Lilly y The Conversation

¿Puede la ética empresarial ayudar a construir puentes en tiempos de polarización?

3rdtimeluckystudio/Shutterstock

Si hoy por hoy le cuesta confiar en los gobiernos, en los medios de comunicación o incluso en las instituciones, consuélese: no está solo. La desconfianza se ha convertido en uno de los rasgos más característicos de la sociedad actual.

No obstante, según los datos el barómetro Edelman, un estudio global que mide cada año el nivel de confianza pública en las distintas organizaciones e instituciones públicas y privadas, las empresas mantienen niveles relativamente estables de confianza. El 64 % de la población confía en las empresas en general (y el 78 % en su propio empleador), superando la confianza depositada en los gobiernos (53 %), los medios (54 %) e incluso las ONG (58 %).

De la empresa que dialoga a la empresa mediadora

Durante décadas, la comunicación corporativa ha defendido la importancia de la empresa que dialoga con sus públicos, que escucha, rinde cuentas y responde a las expectativas sociales. Sin embargo, el catedrático de Ética Domingo García-Marzá ha señalado que la legitimidad de la empresa no proviene solo de su capacidad de comunicar, sino de su disposición a someter sus decisiones a procesos de justificación pública basados en el diálogo ético con los grupos afectados.

En las empresas conviven personas con diferentes trayectorias vitales, valores y visiones del mundo, pero no por ello enfrentadas. Desde esta perspectiva, surge la idea de la empresa como un puente entre diferentes miembros de la sociedad. No para sustituir a las instituciones, sino para contribuir –por su capacidad de organización, influencia y generación de sentido– a recomponer la confianza social.

Esta concepción conecta con la ética cívica de la filósofa Adela Cortina, para quien las organizaciones forman parte del entramado moral de la sociedad y tienen la responsabilidad de promover valores compartidos que hagan posible la convivencia democrática. Como mediadora, la función de la empresa no será la neutralización del conflicto, sino crear las condiciones para un diálogo razonable entre partes que exponen sus diferencias.

Por qué de verdad importa el propósito

Este papel mediador solo puede sostenerse sobre un propósito auténtico y compartido. Las investigaciones y análisis sobre el propósito en las organizaciones muestran que éste no es un recurso retórico, sino un marco normativo que orienta la toma de decisiones y refuerza la legitimidad social de la empresa.

Se puede entender el propósito de las empresas como una infraestructura ética, en la medida en que establece los criterios a partir de los cuales rinde cuentas ante la sociedad. De alguna manera, determina su carácter, su manera de ser en el mundo. Y, en línea con las ideas de Cortina, ese propósito solo es legítimo si se traduce en prácticas que respeten la dignidad de las personas y contribuyan al bien común.

El propósito debe actuar no sólo como faro común, sino como esencia de una identidad compartida, como elemento central de unión y afinidad. Cuando el propósito es creíble, conecta el desempeño económico con la responsabilidad social, y evita la deriva hacia el greenwashing y otras prácticas de maquillaje corporativo.

Convivir, escuchar, colaborar

Para convertirse en un aglutinador social, la empresa no debe intentar cambiar las opiniones de la gente ni tomar partido en los debates políticos. Su papel es más práctico, y también más pedagógico. Basta con facilitar que personas con diferencias convivan, se escuchen y colaboren en objetivos comunes. Esto significa pasar de dialogar a crear puentes reales.

La empresa puede ser un foro privilegiado para la experimentación de un diálogo constructivo, en el que se enseñe a escuchar sin juzgar, a debatir sin descalificar y a buscar soluciones comunes. En el día a día, esta aspiración debe manifestarse en reglas internas pero, sobre todo, en una cultura corporativa que promueva reuniones en las que se reserve un espacio explícito para las objeciones, que facilite equipos transversales, que permita la colaboración entre personas con experiencias, valores y sensibilidades distintas, y que establezca canales seguros para plantear desacuerdos y críticas.


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Para ello, es fundamental abundar en la formación de los mandos en la escucha activa, la mediación y la resolución de conflictos. También implica reconocer a quienes formulan preguntas incómodas y garantizar que toda aportación reciba una respuesta, aunque finalmente no sea incorporada. Así se crea un entorno de seguridad psicológica y se evita que la discrepancia se convierta en silencio en unos casos, o en confrontación violenta en otros. El diálogo no puede ser un principio abstracto, sino que ha de vivirse en las maneras de reunión, decisión, evaluación y resolución de conflictos.

En este sentido, el papel de los directivos es fundamental por su carácter de modelo. Deben dar ejemplo con la asunción del propósito corporativo en primera persona, con la consulta a los otros –sobre todo cuando tienen opiniones diversas– antes de la toma de decisiones importantes, y con el compromiso de responder con respeto a todo tipo de críticas.

El propósito de la empresa debe dejar de ser una simple frase bonita, un eslogan atractivo para la web, y ser inspirador de estas prácticas diarias.


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Inteligencia artificial, ética y responsabilidad empresarial

Este debate adquiere una relevancia particular en el ámbito de la inteligencia artificial. Las empresas están liderando el desarrollo y la implementación de sistemas algorítmicos que influyen en el empleo, el consumo, la información y la toma de decisiones. Como advierte el filósofo Patrici Calvo, la ética de la inteligencia artificial no puede reducirse a códigos voluntarios, sino que debe integrarse en la gobernanza organizacional y en la cultura corporativa.

Desde esta perspectiva, la empresa mediadora tiene un papel clave. Debe actuar como garante de un uso responsable de la IA, incorporando principios de justicia, explicabilidad y responsabilidad en el diseño y despliegue de estas tecnologías.

La ética aplicada a la IA se convierte así en una extensión natural de la responsabilidad social empresarial y del propósito corporativo, un ejercicio en el que, de nuevo, las personas afectadas deben poder opinar sobre el impacto y las consecuencias de las acciones empresariales.

Una oportunidad histórica para las empresas

El capital de confianza del que hoy dispone la institución empresarial puede erosionarse si no hay coherencia entre su propósito y sus acciones, si la ética no está presente en la toma de decisiones, o si la tecnología se utiliza sin responsabilidad y pensamiento crítico.

Pero estamos también ante una oportunidad única. En un tiempo de polarización y desconfianza, la empresa mediadora, que siga un propósito corporativo ético y que se mantenga como un espacio de diálogo real y efectivo, puede contribuir a reconstruir los vínculos que sostienen la vida en común, los que mantienen unidas nuestras sociedades.

Como se apunta desde la ética cívica, el poder económico no es moralmente neutro, sino que implica siempre una responsabilidad hacia la sociedad de la que forma parte. Y ahora tiene la oportunidad de ejercerla adecuadamente.

The Conversation

Francisco Fernández Beltrán no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

Tesoro de Villena: ¿qué más se puede hacer para prevenir robos de patrimonio?

El Tesoro de Villena expuesto en el museo en marzo de 2026. Paco Burgada/Shutterstock

Es poco más que sorprendente que en apenas cinco meses se hayan sustraído tres de las colecciones de oro histórico más importantes de este país.

El primero de ellos fue el perpetrado en el Museo Arqueológico provincial de Badajoz, donde se robaron 149 monedas del tesoro de Villanueva de la Serena. Apenas tres meses después fue el turno del Museo de Albacete, donde en tiempo récord (dos minutos) se sustrajeron 200 monedas de oro. Y la pasada madrugada del 27 de agosto tuvo lugar el robo del segundo conjunto de orfebrería prehistórica más importante de Europa: el Tesoro de Villena. Esto ha hecho evidente que las medidas de seguridad de esos museos no funcionaron, o fueron insuficientes.

¿Qué es un plan de conservación preventiva?

El plan de conservación preventiva que cualquier centro museístico debe implementar en su institución consiste en un conjunto de medidas orientadas a evitar que un bien cultural sufra ningún daño: es decir, anticiparse a los riesgos para evitar la pérdida de valor del objeto o su desaparición.

En España, el marco que regula estos planes preventivos tiene su origen en 2011, cuando el Instituto de Patrimonio Cultural (IPCE) aprobó el Plan Nacional de Conservación Preventiva. Dentro de este marco legal se sitúan de manera explícita el robo, expolio y vandalismo entre los riesgos a contemplar.

Sin embargo, ese propio documento admite que la planificación institucional para aplicar estos principios en el día a día de los museos sigue siendo muy rudimentaria en España; una autocrítica oficial que, releída quince años después, ayuda a entender por qué el marco existente sobre el papel no impidió lo ocurrido en Badajoz, Albacete ni Villena.

Tras analizar los datos publicados sobre las medidas de seguridad que protegían el Tesoro de Villena, es evidente que no ocurrió un fallo en cuanto a escasez de medios, pues el MUVI contaba con cámara acorazada, cinco anillos de alarma y certificación de nivel 3 de seguridad actualizada. Fueron la rapidez del asalto y la falta de vigilancia in situ las que le ganaron la partida a la respuesta de la policía local.

No se trata de hacer leña del árbol caído en estos momentos, pues estoy convencida de que los habitantes de este municipio ya se sienten bastante afectados por lo acontecido. El haber perdido su patrimonio y uno de los elementos más importantes de su identidad ya es una gran pérdida. Es momento de análisis, reflexión y aprendizaje, y para ello existen medidas preventivas que los conservadores llevan tiempo debatiendo y que ahora conviene reconsiderar.

Réplicas en sala, originales bajo custodia

Las réplicas en sala con los originales bajo custodia reforzada ya tienen precedente en España, pues existe desde hace décadas un sector altamente especializado en reproducciones arqueológicas de muchísima calidad. Aplican técnicas como la fotogrametría o el prototipado digital, con acabados que en ocasiones hacen muy difícil discernir el original de la réplica.

El propio MUVI expuso una réplica del Tesoro entre 2022 y 2024, mientras se terminaban las obras del museo definitivo. Un modelo similar es la Neocueva de Altamira, que desde 2001 sustituye el acceso a la cueva original, cerrada por conservación, y recibe anualmente más de 250 000 visitantes.

Catalogación exhaustiva

La catalogación exhaustiva de cada pieza es otra herramienta preventiva que no evita el robo, pero que puede evitar que el objeto sea vendido, y permite alertar a las autoridades para poder identificarlo y recuperarlo en el caso de que reaparezca en el mercado. Esta hipótesis es la que los expertos consideran más que plausible en los tres casos españoles.

Son varias las herramientas internacionales que ayudan en este cometido y que los gestores deberían conocer. Imprescindibles son la Base de Datos de Obras de Arte Robadas de Interpol, que reúne cerca de 57 000 objetos con información policial certificada, junto con su aplicación gratuita ID-Art, que permite a cualquiera comprobar con una fotografía si una pieza figura como robada. También el Art Loss Register, que tiene registrados más de 700 000 objetos y es consultado habitualmente por casas de subastas, aseguradoras y museos antes de adquirir una pieza.

El Consejo Internacional de Museos (ICOM), por su parte, elabora Listas Rojas por país y categoría de objeto, útiles para alertar sobre qué tipo de bienes corren mayor riesgo de expolio.

Formación del personal

La formación del personal es otra pieza clave de esta cadena preventiva, desde la dirección hasta el equipo de restauración y conservación, pasando por el personal de sala y seguridad: todos ellos custodian, en distinto grado, la responsabilidad de proteger la colección. A esto se suma la necesidad de un presupuesto y unas condiciones laborales acordes, porque unos sueldos dignos también son, indirectamente, una medida de seguridad.

También se plantea una mejor distribución de la financiación entre museos estatales y municipales, ya que estos últimos custodian a menudo piezas de relevancia mundial con presupuestos muy inferiores a los de sus hermanos mayores.

Más vale prevenir que lamentar: es lo que les planteo cada año a mis alumnos del Grado de Conservación y Restauración de Bienes Culturales al iniciar mi asignatura de conservación preventiva. El día de mañana, muchos de ellos van a destinar su actividad profesional al cuidado y conservación de estas colecciones en los museos, y la responsabilidad que eso conllevará será enorme. Por eso también les insisto en que, como para todo en la vida, una buena preparación que les garantice diseñar un plan de conservación preventiva robusto y una buena dosis de sentido común será lo que marque la diferencia en su desempeño profesional.

The Conversation

Maria Victoria Vivancos Ramón no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

Published — 1 September 2026 the conversation - Investigaciones y Noticias

La mitigación del cambio climático es la única estrategia efectiva para evitar que Europa arda sin control a largo plazo

Un incendio forestal se extiende por las montañas cercanas a Burgohondo, en Ávila, el 27 de julio de 2026. Arafatmyt/Shutterstock

Europa se quema a un ritmo que desafía la capacidad de respuesta humana y desmantela décadas de aparentes éxitos en la contención del fuego. Aunque las mejoras en la prevención y la extinción lograron reducir la superficie quemada y el número de igniciones desde la década de 1980, el panorama cambió drásticamente a partir de 2018.

Un equipo científico internacional ha documentado que el sur de Europa está ingresando en una era de riesgo extremo. Las estadísticas nacionales revelan que la crisis alcanzó niveles sin precedentes en la temporada de 2025, cuando España vivió su año más destructivo en más de tres décadas con aproximadamente 350 000 hectáreas calcinadas. Una catástrofe que incluye el pavoroso incendio de Larouco en Galicia, el más grande registrado en esa comunidad con más de 40 000 hectáreas consumidas.

En ese mismo año, Portugal sufrió la pérdida de más de 250 000 hectáreas, su peor registro desde la trágica temporada de 2017. De manera conjunta, España y Portugal acumularon el 80 % del área quemada de todo el sur del continente durante ese ciclo crítico de 2025.

Esta tendencia destructiva ha continuado manifestándose en 2026, año en el que las condiciones meteorológicas propicias para el fuego en la Unión Europea durante los primeros siete meses superaron en un 43 % el promedio de las últimas dos décadas, según el Sistema Europeo de Información sobre Incendios Forestales. Para finales de julio, ya se habían quemado unas 435 000 hectáreas en el territorio comunitario, con Francia rompiendo su propio récord anual de devastación al registrar 98 000 hectáreas afectadas.

Cambio climático y riesgo de incendios

Detrás de esta alarmante aceleración de las llamas está la señal cada día más fuerte del calentamiento global, expresada en condiciones atmosféricas extremas y, muy especialmente, en una alarmante sequía del suelo.


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Diversas investigaciones han comprobado que la probabilidad de registrar la sequedad extrema del suelo que alimenta los mayores incendios en el oeste de Europa es ahora cinco veces mayor de lo que sería en un clima 1,4 ºC más frío. Las olas de calor recurrentes y la falta de precipitaciones veraniegas actúan desecando la vegetación de forma extrema, convirtiéndola en un polvorín listo para arder ante cualquier chispa.

Infografía que muestra factores que facilitan incendios como vientos, sequedad y temperaturas extremas.
El índice meteorológico de riesgo de incendios (FWI, Fire Weather Index) permite precisar los niveles de alerta. Se apoya en características locales que están cada día más afectadas por el cambio climático y por lo que se conoce como forzadores a gran escala. Fernando Valladares

El número de jornadas veraniegas con meteorología de fuego extremo prácticamente se ha duplicado desde 1981 en amplias franjas de la península ibérica, Francia, Italia y Grecia, pasando de menos de diez días por estación a registrar hasta 25 días extremos en la última década. Este incremento de la inflamabilidad se vincula directamente con un aumento de las temperaturas estivales de hasta dos grados centígrados en gran parte de España, el sur de Francia e Italia en comparación con las medias históricas.

Por si fuera poco, la variabilidad de este riesgo se conecta con dinámicas atmosféricas a gran escala, como la Oscilación del Atlántico Norte, que ha mostrado una tendencia de cambio hacia su fase negativa durante veinticinco de los últimos treinta años, favoreciendo bloqueos meteorológicos que inhiben las lluvias y prolongan las olas de calor en el sur del continente.

De igual modo, los años de mayor devastación en la península ibérica han coincidido con fenómenos de El Niño en el océano Pacífico, mostrando una correlación significativa entre las temperaturas de la superficie marina en el Pacífico tropical oriental y la severidad de las temporadas de incendios en este territorio.


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El área quemada aumentará en Europa

Las proyecciones hacia el futuro dibujadas por los modelos científicos ofrecen escenarios aún más escalofriantes si el planeta continúa acumulando más y más CO₂ y gases de efecto invernadero en la atmósfera como resultado de la quema de combustibles fósiles.

Mapas de Europa donde se observa que los incendios forestales más catastróficos se irán trasladando desde el sur hacia el centro
Con el calentamiento global, los incendios forestales más catastróficos se irán trasladando desde el sur hacia el centro de Europa, donde serán muy extensos en el último tercio de este siglo. Fernando Valladares, a partir de los datos de Feron y colaboradores (2026).

Investigaciones basadas en simulaciones revelan que incluso en un escenario de sostenibilidad optimista donde se logren limitar las emisiones y el calentamiento global se mantenga en torno a 1,8 ºC, se proyecta que el área quemada anual en Europa se incrementará en un 39 % para fin de siglo.

Sin embargo, si la humanidad persiste en la senda de la rivalidad regional y las emisiones continúan subiendo, elevando el calentamiento global a 3,6 ºC, la superficie anual calcinada en el continente prácticamente se triplicará. Se disparará en un 192 % hasta alcanzar unos 5,3 millones de hectáreas anuales.

En este desolador escenario de fuerte cambio climático, la actividad de los incendios aumentará en aproximadamente el 55 % de las regiones europeas propensas al fuego, anulando por completo los esfuerzos convencionales de prevención y control de incendios.

Gráfica que muestra el aumento del área quemada si se controlan las emisiones
El escenario de sostenibilidad y fuerte mitigación (SSP1-2.6) logra contener el aumento de área quemada, manteniéndolo en un 39 % mayor respecto a la línea base histórica, evitando que se tripilique y subrayando que la acción climática global es la herramienta de prevención más potente para evitar que el continente europeo se vuelva ingobernable ante el fuego. Fernando Valladares, elaborado a partir de los datos de Billing et al (2026)

La retirada de biomasa fina puede reducir la propagación

Frente a esta amenaza existencial, surge el debate sobre la gestión de la vegetación y el efecto que tiene la eliminación del combustible forestal fino y grueso. Un estudio de sensibilidad ha revelado diferencias cruciales en la eficacia de estas intervenciones según el tipo de biomasa tratada.

La eliminación planificada del combustible fino, como hierbas, hojas secas y pequeñas ramas del sotobosque que se queman rápidamente, demostró tener el impacto más significativo en la reducción de la velocidad de propagación, la intensidad del fuego y el área total quemada en toda Europa. En contraste, la retirada del combustible grueso, constituido por ramas más grandes y troncos de árboles muertos, no solo resulta sumamente costosa, compleja y limitada por restricciones logísticas y ecológicas, sino que no genera un beneficio claro en la contención del comportamiento del fuego dentro de los modelos.


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De hecho, los modelos indican que retirar la biomasa más pesada altera de forma artificial la densidad del combustible, dando mayor peso relativo a los combustibles finos y secos que aceleran la velocidad de propagación de las llamas superficiales.

Por tanto, las estrategias de gestión forestal más eficaces deben centrarse de manera prioritaria en la reducción dirigida de combustibles superficiales finos y en tratamientos mixtos en lugar de la remoción indiscriminada de madera.

Gráfica que muestra un nivel a partir del cual la acción humana ya no tendría efecto sobre la amenaza de los incendios en Europa
El riesgo de incendios estimado por el índice meteorológico de riesgo (FWI, Fire Weather Index) puede atenuarse significativamente con información, capacitación y prevención (algo que se resume en el HDI o índice de dimensión humana) solo hasta un determinado nivel de calentamiento global, un nivel no del todo preciso que supone un punto de ruptura tras el cual las acciones humanas tendrían muy poco efecto sobre la amenaza de los incendios en Europa. Fernando Valladares, a partir de los datos de Billing et al (2026)

La gestión es útil pero insuficiente ante los nuevos escenarios

A pesar de la indudable utilidad de una gestión forestal adaptada a cada territorio y de los ingentes recursos invertidos, la ciencia advierte de manera clara y rotunda que la tecnología y la supresión de incendios tienen límites físicos insalvables.

En situaciones de calor y sequedad extrema, el comportamiento del fuego se vuelve errático y de una intensidad tan brutal que supera cualquier capacidad humana de combate, como quedó demostrado con el récord de quema en España durante la ola de calor de 2025 y en los grandes incendios de 2026 en Francia y España. Los sistemas de alta preparación para la extinción de incendios se vieron sobrepasados y España se vio obligada a declarar por primera vez en su historia la emergencia nacional por incendios forestales.

La acumulación de combustible generada paradójicamente por décadas de supresión sistemática de pequeños fuegos solo agrava el problema, sentando las bases para incendios catastróficos incontrolables. Por esta razón, la investigación subraya que la gestión del fuego puede ayudar a limitar los daños hasta cierto punto. Pero la prevención y la gestión de incendios de ninguna manera pueden sustituir a la mitigación climática.

La única estrategia verdaderamente eficaz para evitar que el sur de Europa se convierta de manera permanente en un infierno de llamas ingobernables y que el centro y norte de Europa experimente incendios de grandes dimensiones para los que no está preparada consiste en reducir de forma drástica y urgente las emisiones globales de gases de efecto invernadero que permitan frenar el motor del calentamiento planetario.

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Fernando Valladares no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

¿Son todas las confesiones iguales ante el fisco en España?

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La financiación directa del Estado español a la Iglesia católica es un viejo asunto que data de la Constitución de 1837. Ya en su artículo 11 comprometía a España a “mantener el culto y los ministros de la religión católica que profesan los españoles”.

Siglo XIX: desamortización y Concordato

Dicha normativa fue, en parte, consecuencia de la política desamortizadora impulsada por Juan Álvarez Mendizábal en un decreto de febrero de 1836 por el que se pusieron “en venta desde ahora todos los bienes raíces de cualquier clase, que hubiesen pertenecido a las comunidades y corporaciones religiosas extinguidas (…)”. En 1835, se había ordenado la supresión de los monasterios con menos de doce miembros y se confiscaron sus propiedades, que luego pasaron a ser los bienes puestos en venta en 1837.

En vísperas del Concordato de 1851, firmado entre la reina Isabel II y Pío IX, con el fin de restablecer las relaciones oficiales entre España y la Iglesia católica tras las desamortizaciones. En esa época, la dotación de culto y clero consumía más del 10 % de los Presupuestos Generales del Estado. Si ese dinero se hubiera gastado en educación o en ferrocarriles más eficientes, probablemente España no habría liderado las tasas de analfabetismo de Europa Occidental a principios del siglo XX, ni heredado una red radial de ferrocarriles decimonónica.

Un acuerdo no cumplido

A pesar de diversos e infructuosos esfuerzos, como lo fue el artículo 26 de la Constitución de 1931, que preveía el fin de la dotación a la Iglesia católica en un plazo de dos años, el problema ha llegado hasta nuestros días.

La Iglesia católica es la única confesión que goza actualmente de asignación tributaria en el IRPF, por la que percibió casi 430 millones de euros en el ejercicio fiscal 2024. Todo ello, pese a que el artículo 16.3 de la Constitución de 1978 reza que ninguna confesión tendrá carácter estatal, o que el Acuerdo de Asuntos Económicos de 1979 recogiera el propósito de que la Iglesia católica alcance por sí misma los recursos suficientes para la atención de sus necesidades.

Medio siglo después, ¿sería posible que la Iglesia católica se autofinanciase con la aportación de sus fieles? Sí, si cada católico practicante –se calcula que son unos ocho millones– depositase cada domingo un euro en el cepillo de su iglesia (tomando en cuenta lo recaudado en el ejercicio 2024). Una cantidad razonable, máxime si se considera que sería deducible en un 80 % en el IRPF.

Más allá de la Iglesia católica

En lo que respecta a otras confesiones, los cristianos evangélicos, los musulmanes y los judíos, que firmaron los Acuerdos de 1992, tienen acceso desde 2005 a unas ayudas públicas directas otorgadas por la Fundación Pluralismo y Convivencia de origen estatal. En comparación a la asignación tributaria que percibe la Iglesia católica, estas religiones apenas reciben, en su conjunto, cerca de un millón de euros, pero, igualmente, esos aportes son poco compatibles con el principio de laicidad del Estado.

A ello hay que sumar las exenciones en el IBI de las viviendas de los ministros de culto de las cuatro confesiones con acuerdos (católica, evangélica, judía y musulmana), así como de sus huertos y jardines, pese a su relativa conexión con el ejercicio del derecho de libertad religiosa y de conciencia.

Por otra parte, las confesiones sin acuerdos con el Estado español (Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, comunidades budistas, testigos cristianos de Jehová, iglesias ortodoxas, bahaísmo, cienciología, comunidades hindúes, taoísmo, etc.) no tienen acceso ni a la deducibilidad de las donaciones ni a las exenciones en el IBI (ni siquiera por los lugares de culto).

De este modo, un Salón del Reino de los testigos de Jehová, un templo hindú o una catedral de la iglesia ortodoxa rumana deben pagar puntualmente este tributo. Esto equivale a poner palos en las ruedas en el ejercicio de la libertad de culto, un derecho fundamental a personas iguales ante la ley y que son, en su inmensa mayoría, ciudadanos de la Unión Europea.

¿Mismo régimen fiscal para todas las creencias?

La Iglesia católica ha renunciado a algunos de sus derechos para adaptarse al régimen fiscal de las entidades sin fines de lucro del resto de religiones que tienen acuerdos con el Estado. Por ejemplo, en 2023, renunció a las exenciones en las contribuciones especiales y en el impuesto sobre construcciones, instalaciones y obras (ICIO). Esta renuncia, que incluye las obras en los lugares de culto, se hizo mediante un canje de notas entre el Gobierno de España y la Santa Sede.

Sin embargo, al igual que las confesiones que suscribieron los Acuerdos de 1992, sigue disfrutando de la exención del IBI y goza en exclusiva de asignación tributaria en el IRPF.

¿Pueden las religiones ser iguales ante la Ley?

En un Estado laico, la financiación de las confesiones religiosas debería provenir de las rentas del trabajo y del capital de las propias iglesias, así como de las donaciones (deducibles) de sus fieles. Así, se cumpliría finalmente con el artículo 16.3 de la Constitución, y, paradójicamente, también a la vez, con la máxima evangélica de dar a cada uno lo suyo: “Caesaris Caesari, Dei Deo” (“Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”).

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Alejandro Torres Gutiérrez ha realizado este estudio en el marco del Proyecto “Asimetrías en el régimen financiero, patrimonial y de la seguridad social de las confesiones religiosas” PID2023-147184NB-I00. Financiado por MICIU/AEI/10.13039/501100011033, Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades y FEDER/UE, así como del Proyecto EUROPIA-On-Wheels financiado por la Unión Europea.

Petróleo pesado venezolano para las refinerías estadounidenses

Refinería en Nueva Orleans (Estados Unidos). Dr. Victor Wong/Shutterstock

Estados Unidos, que produce más petróleo que ningún otro país del mundo, acaba de cerrar con Venezuela un acuerdo de largo alcance para desarrollar algunos de sus principales campos petroleros. ¿Por qué?

La respuesta habitual apunta a la geopolítica, a las enormes reservas venezolanas o al deseo de Washington de aumentar su influencia sobre el suministro mundial de crudo. Todo eso importa. Pero hay una explicación menos espectacular que ayuda a entender mejor el acuerdo: EE. UU. produce mucho petróleo, pero no necesariamente el tipo de petróleo para el que fueron diseñadas algunas de sus refinerías más importantes.


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No todos los barriles son iguales

El problema no es de cantidad. Es de compatibilidad. Durante las últimas dos décadas, la revolución del tight oil o shale oil transformó radicalmente el mercado energético estadounidense. La combinación de técnicas de fracturación hidráulica (fracking) y perforación horizontal permitió producir de manera rentable petróleo contenido en formaciones rocosas muy poco permeables, convirtiendo a Estados Unidos en el mayor productor mundial de crudo.

Pero el shale oil es predominantemente ligero y con bajo contenido de azufre. Eso parece una ventaja, y en muchos sentidos lo es, pero una parte considerable de la industria de refino estadounidense se construyó pensando en un petróleo diferente.

Durante décadas, especialmente en la costa del golfo de México, las empresas invirtieron miles de millones de dólares en refinerías complejas, capaces de procesar crudos pesados y con mayor contenido de azufre. La magnitud de esa infraestructura puede verse en los datos de la Administración de Información Energética de EE. UU. (EIA) para 2026: la costa del golfo de México (PAD District 3), el corazón de la industria estadounidense del petróleo y el gas, dispone de una capacidad de unos 9,88 millones de barriles diarios de destilación (la separación del crudo mediante calor en diferentes partes o fracciones), además de 1,62 millones de barriles diarios de capacidad de coquización (un proceso de conversión térmica que transforma fracciones muy pesadas en productos más ligeros y genera coque de petróleo como subproducto) y 1,43 millones de hidrocraqueo (un proceso químico de refino que descompone hidrocarburos pesados en productos más ligeros).

Esas infraestructuras permiten transformar un petróleo difícil de procesar en gasolina, diésel, combustible para aviones y otros productos de alto valor. La inversión tiene, pues, una lógica económica clara: si los crudos pesados y azufrados suelen venderse más barato que los más ligeros, una refinería preparada para procesarlos obtiene el valor añadido de esa transformación.


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La paradoja del ‘shale oil’

La revolución del shale oil resolvió un problema de volumen, pero no cambió las infraestructuras. Las refinerías no pueden modificar su configuración física simplemente porque haya cambiado el tipo de petróleo que se produce dentro del país. Reconstruir una gran instalación para adaptarla a otra dieta de crudos puede costar miles de millones de dólares y requerir años de preparación.

Por eso no existe contradicción alguna en que Estados Unidos exporte parte de su petróleo ligero y, simultáneamente, importe crudo pesado. No es un síntoma de escasez. Es una consecuencia de la especialización industrial.

Esta distinción resulta especialmente importante cuando se habla de independencia energética. La seguridad energética depende no solo del volumen de petróleo disponible, sino también de su calidad, de dónde se produce, de cómo puede transportarse y de la infraestructura capaz de procesarlo.

El barril venezolano

Aquí es donde entra Venezuela. La EIA estima en unos 303 000 millones de barriles sus reservas probadas, la mayor parte de crudos extrapesados de la Faja Petrolífera del Orinoco. Precisamente el tipo de materia prima que algunas de las refinerías más sofisticadas de Estados Unidos están preparadas para procesar.


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Aunque Canadá siga siendo el gran proveedor estable de crudo pesado de Estados Unidos, Venezuela añade otra característica económicamente relevante: su proximidad. Un cargamento procedente del Caribe tiene que recorrer una distancia relativamente corta hasta las refinerías de Texas y Luisiana. Eso se traduce en menores costes de transporte, menos tiempo de tránsito y menor capital inmovilizado en inventarios. Por eso, en una industria que mueve enormes volúmenes con márgenes relativamente estrechos, la geografía sigue teniendo valor.

De necesidad industrial a estrategia económica

El acuerdo anunciado el 30 de agosto introduce una novedad importante. Según Delcy Rodríguez, presidenta interina de Venezuela, el proyecto bilateral tendrá una duración de 25 años, abarcará 17 campos petroleros considerados estratégicos y aspira a que la producción de esos campos esté por encima de 1,5 millones de barriles diarios. El plan incluye además ocho nuevos bloques greenfield (sin desarrollo previo) para exploración y desarrollo.

Quedan muchas incógnitas. Las condiciones contractuales completas no son públicas, Venezuela necesita inversiones muy elevadas para recuperar las deterioradas infraestructuras petroleras, y continúan existiendo importantes riesgos jurídicos, políticos y operativos. Los barriles que existen bajo tierra no aparecen automáticamente en una refinería.


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Pero la dirección estratégica es significativa: el capital, la tecnología y la capacidad operativa de la industria petrolera estadounidense vuelve a orientarse hacia la producción venezolana.

Chevron ofrece un ejemplo especialmente revelador. En abril, la compañía anunció que Petropiar recibió derechos para desarrollar el área Ayacucho 8 en la Faja del Orinoco. Chevron describió expresamente Petropiar y Petroindependencia como operaciones de crudo extrapesado. Ese detalle quizá diga más sobre la lógica industrial del acercamiento que las enormes cifras de reservas que aparecen en los titulares.

Se está intentando desarrollar precisamente un tipo de petróleo que complementa la producción ligera del shale oil estadounidense. En ese sentido, el acuerdo convierte una vieja necesidad de las refinerías en una cuestión de estrategia energética.

La química cambia más despacio que la política

La paradoja final es quizá la más interesante. La revolución del shale oil fue uno de los grandes éxitos tecnológicos y económicos de Estados Unidos. Le proporcionó una abundancia de petróleo que parecía impensable hace veinte años y cambió profundamente el equilibrio energético mundial.

Pero ni siquiera ese éxito eliminó las restricciones físicas de un sistema industrial construido durante décadas. Estados Unidos dispone de enormes cantidades de petróleo ligero, mientras que Venezuela dispone de enormes recursos de petróleo pesado. Y la costa del Golfo concentra algunas de las instalaciones más sofisticadas del mundo para convertir crudos difíciles en combustibles de alto valor.

Por eso el nuevo acercamiento petrolero entre Washington y Caracas no debe entenderse únicamente como una búsqueda de más barriles. Representa algo más profundo: el reconocimiento de que la seguridad energética no depende solo de cuánto petróleo se produce, sino de disponer del barril adecuado para la infraestructura adecuada.

La política puede cambiar con rapidez. La química de una refinería, no.

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Enrique Parra Iglesias no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

Por qué Carmen Sevilla fue una estrella: Edgar Morin y el imaginario de la España de los cincuenta

La actriz española Carmen Sevilla en el Festival de San Sebastián de 1956. Paco Marí / Kutxa Fototeka, CC BY-SA

La muerte del sociólogo y filósofo francés Edgar Morin invita a recuperar una de sus aportaciones más sugerentes al estudio de la cultura contemporánea: su análisis del estrellato cinematográfico como expresión del imaginario colectivo. Convencido de que las comunidades modernas se construyen también a través de relatos simbólicos, encontró en el cine un observatorio privilegiado para comprender los sueños y preocupaciones de su tiempo.

En Las Stars. Servidumbres y mitos (1957), Morin rechazó la idea de que las estrellas fueran simples constructos fabricados por la industria cultural para manipular a unas masas pasivas. A su juicio, las estrellas triunfan porque encarnan valores, aspiraciones y conflictos que una sociedad reconoce como propios.

Si Edgar Morin se interesó por los casos de James Dean, Charlot o Ava Gardner, aquí nos proponemos hacerlo con Carmen Sevilla. Su figura constituye también un ejemplo revelador de la teoría de Morin justo en el momento en que Las Stars salió en su primera edición.

Analizar la imagen pública de Carmen Sevilla equivale, en cierta medida, a analizar la España que la convirtió en estrella. Permite observar qué entendían los españoles por belleza femenina, qué modelos de comportamiento consideraban admirables, qué sueños de felicidad alimentaban.

La liturgia estelar

La estrella, decía Morin, no existe únicamente en la pantalla. Además de las películas, existe toda una liturgia que prolonga su presencia en la vida cotidiana del público. Las revistas de cine actúan como textos doctrinales; las fotografías firmadas, como reliquias; los admiradores, como congregaciones; y los festivales cinematográficos, como ceremonias colectivas.

Retrato de una mujer de perfil en la portada de una revista.
Carmen Sevilla, en la portada del número 1 000 de Primer Plano, revista cinematográfica de creación falangista. Filmoteca de Catalunya

Para descubrir la liturgia que rodeaba a Carmen Sevilla basta rastrear su presencia pública a mediados de los años cincuenta. Ya adelantamos que, en su caso, el escándalo no desempeñó ningún papel importante en la consolidación de su estrellato. Su liturgia era más bien hacer el saque de honor en un partido de fútbol, posar estudiando francés por correspondencia, asistir a festivales, recepciones y ruedas de prensa o firmar autógrafos.

Un ideal de belleza

Una encuesta a los españoles de 1956 situaba a Carmen Sevilla junto a Marilyn Monroe y Gina Lollobrigida entre las mujeres más atractivas de aquel momento. La prensa, por su parte, se refería a Carmen como “bellísima”, “guapísima”, “bella estrella” o “actriz más atractiva”.

Sin embargo, lo más significativo de los textos de la época es que hablan mucho más de la gracia, la frescura y el encanto de Carmen Sevilla que de atributos corporales concretos. Su personalidad artística consistía en trasladar esos rasgos a sus personajes. Carmen era una pícara o una fierecilla, pero evitó la carga sexual transgresora que caracterizaba a otras estrellas de la época.

En realidad, trató de conciliar la creciente valorización del atractivo físico con las exigencias tradicionales de decoro y buena conducta. Es más, era una belleza nacional. Los artículos destacaban que había convertido “su gracia netamente española” en un valor universal. Era más que una actriz: era una imagen de España exportable al extranjero.

Un ideal de feminidad

Artículo en un periódico de la época en el que se lee 'Carmen Sevilla, La Violetera y Sara Montiel: no existe rivalidad ni enfado entre ambas estrellas'.
Tanto Carmen Sevilla como Sara Montiel se prestaron a escenificar, en broma, su pelea y después su reconciliación para disipar los rumores de enfado entre ambas por el papel protagonista de La Violetera. Pueblo: Diario del Trabajo Nacional/Biblioteca Virtual de Prensa Histórica, CC BY

En cuanto a los roles, Carmen Sevilla representaba muy bien las tensiones y contradicciones de las mujeres jóvenes de su época. Por un lado, encarnaba una mujer que trabajaba, ganaba dinero, viajaba internacionalmente y alcanzaba prestigio profesional y celebridad. Su mayor ambición, declaraba en una entrevista, era “hacer una película de gran éxito, que se hiciera famosa en todo el mundo”. Y, en buena medida, ya lo estaba consiguiendo.

Dentro de la profesión se valoraban además su compañerismo y generosidad. Cuando Sara Montiel le “robó” el papel protagonista de La violetera, Sevilla no dudó en posar junto a ella para demostrar que no estaba dispuesta a participar en el juego mediático de la rivalidad entre estrellas.

En definitiva, en una sociedad donde las posibilidades de promoción de una mujer eran limitadas, la estrella representaba la fantasía no sólo de tener éxito, sino de ser alguien.

Un ideal de masculinidad

Al mismo tiempo, las declaraciones de Carmen Sevilla mostraban una preocupación constante por encontrar al hombre correcto. Esperaba la llegada del “hombre soñado” y enumeraba sus características: debía ser español, económicamente solvente, respetuoso, cariñoso y capaz de ejercer autoridad. “Que me domine. Porque yo no admito a un hombre que se deje dominar”, afirmaba.

Fotografía en blanco y negro de una mujer joven, sonriente, que apoya la mano en la cara mientras mira a cámara.
Carmen Sevilla retratada para una postal publicitaria de los estudios Paramount hecha alrededor de 1955. Paramount/Wikimedia Commons

Las declaraciones de Carmen permiten observar que la masculinidad ideal seguía asociándose a la madurez, la autoridad, la estabilidad económica y la capacidad protectora. No resulta extraño que afirmara también: “El día que me enamore de verdad dejaré el cine si mi esposo me lo pide”. En otras palabras, el matrimonio seguía apareciendo como la culminación de la vida femenina y el respeto a la autoridad masculina como un valor legítimo.

Naturalmente, con estas decisiones, Carmen Sevilla marcaba la dirección que debían seguir otras mujeres. En su vida todo parecía posible: ser bella, graciosa, alcanzar prestigio profesional, obtener popularidad, encontrar el amor verdadero, construir un matrimonio feliz, fundar una familia y viajar por todo el mundo. Ella misma era un perfecto amortiguador de una tensión histórica: la necesidad de una España que buscaba la modernización económica y la simpatía internacional, pero que seguía exigiendo a sus mujeres la subordinación al orden patriarcal tradicional.

Una estrella para una España en transformación

En fin, si la hipótesis de Morin de que las estrellas triunfan porque encarnan deseos colectivos es correcta, Carmen Sevilla sería el símbolo de una España que admiraba en la mujer la juventud, la gracia, la respetabilidad y el éxito profesional… siempre que este no cuestionara el ideal familiar. Una España que aspiraba a la promoción social y al reconocimiento público, que soñaba con abrirse al mundo sin dejar de ser ella misma y que seguía considerando el amor, el matrimonio y la familia como la medida última de la felicidad.

Ahora bien, una estrella no es una entidad fija. Según Morin, depende de las necesidades simbólicas de cada generación. Después de esta Carmen Sevilla de los años cincuenta, hubo otras: la chica yeyé de los sesenta y la reina del Telecupón de los noventa, por ejemplo.

Hasta hubo una Carmen Sevilla que, en los setenta, coqueteó con el destape.


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Emeterio Diez Puertas no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

Suplemento cultural: palabras más, palabras menos

Siora Photography / Unsplash

Cuando era pequeña y veraneaba en Galicia, me enamoré de la palabra tixola. Qué bonita era y qué bien sonaba. Iba por la calle diciendo en voz alta “tixola, tixola, tixola”, y solo me detenía mi prima cuando me preguntaba: “¿Te das cuenta de que estás berreando ‘sartén, sartén, sartén’?”

Tenía un amigo francés que se enamoró de una gallega y adoptó la palabra cousa. Cuando llevaba años hablando español y seguía utilizando ese término, alguien le dijo: “¿Eres consciente de que en español no se dice así, sino cosa?”. Y el contestó que sí, pero que le gustaba más cousa. Era más amable.

Y en asturiano, un idioma con su propia música, me apasionan los términos miagar (“maullar”) y, sobre todo, naguar (“anhelar”). Me parece mucho más certero definir lo que hacen los gatos con la voz asturiana y también mucho más cercano al sentimiento que experimento cuando deseo algo profundamente decir que “naguo por ello”.

Hay fonemas que componen palabras que nos gustan y otros que nos dan igual. Palabras que significan algo bonito pero que nos parecen feas y, en algunos casos, palabras preciosas que indican algo horrible. Cada uno tiene sus preferencias, y estas varían –como en los casos mencionados de tixola y cousa– si tratamos con idiomas que no conocemos.

Nosotros en The Conversation tenemos un rincón, que mi compañera Eva Catalán gestiona, dedicado a ellas, a sus historias, orígenes y curiosidades. En él publicamos información sobre creación, significados y entendimiento.

También tenemos artículos sobre idiomas, y en ellos caben las lenguas reales –como la que hablan los mosquitos– y las inventadas –como la que habla Rhaenyra Targaryen en La casa del dragón–.

Las palabras no solo definen sino que, como hemos tratado muchas veces, establecen marcos comunicativos. No son inocuas; quienes las utilizan a su favor bien lo saben. También son misteriosas y poderosas. Y, como demuestran los poetas, inestimables.

Batallas de encanto

Vayamos por partes. “Tener aura”, como todo el mundo intuye, es tener carisma, ese no sé qué ideal que provoca que alguien seduzca a las multitudes simplemente con existir en el mundo. “Farmear” es un verbo que viene de los juegos de estrategia, en los que trabajar para aumentar los recursos que uno posee hace que se consigan más puntos. “Farmear aura”, por tanto, es realizar actividades, gestos, o tener ciertas actitudes con el objetivo de incrementar (los puntos de) su carisma.

La expresión se ha puesto de moda –quién sabe cuánto durará– a raíz de las batallas de aura que se están llevando a cabo en diferentes puntos del planeta entre jóvenes que buscan, ante una audiencia multitudinaria, ganar al contrincante en magnetismo.

Pero, como explica Sandra Bravo Durán, aunque cambie la forma de decirlo y de valorarlo, siempre hemos buscado esa aprobación general.

We will always love you

Si alguien iba sobrada de carisma, encanto, magnetismo, personalidad, carácter, bondad y buen humor era Dolly Parton. Hace 31 años creo la Imagination Library (Biblioteca de la Imaginación) para niños hasta cinco años. Sus padres podían registrarlos y los niños recibían cada mes durante un lustro un libro acorde con su edad. Desde su creación, Imagination Library ha repartido más de 300 millones de libros a más de tres millones de niños de cinco países.

Parton desafió el estereotipo de “rubia tonta” desde su primer éxito, tanto con su música como con su vida. “No me molesta que me llamen así”, decía con sorna, “porque yo sé que no soy tonta y estoy segura de que no soy rubia”.

Un yacimiento con sorpresa

El Danubio lo está pasando mal en este verano de 2026. La sequía ha hecho que descienda de forma alarmante el nivel de sus aguas y ha llevado al límite a algunos de los países que se nutren de él.

A cambio, ha sacado al descubierto huesos de mamut enterrados en su cauce y ha supuesto una sorpresa para los investigadores del complejo portuario Noviodunum, que han podido analizar un yacimiento romano mayor del que se esperaban. Sin embargo, como reflexiona Enrique Aragón Núñez, codirector del proyecto, esto produce sentimientos encontrados porque, a la vez que emerge el pasado, la crisis climática provoca que veamos cómo se hunde el futuro.

El porqué de la acumulación

En mi mesita hay una columna de libros estratégicamente colocados para que no vuelque. Son todos los que compro, o me regalan, a lo largo de los meses y que soy incapaz de leer al mismo ritmo con el que los adquiero. Cuando la pila parece bajar alguna nueva incorporación impide que lo haga. ¿Por qué sigo comprando?

Porque me gusta coger el que está en la cumbre en cada momento y saber que bajo él hay otras oportunidades de deleite. Acabar una novela maravillosa y consolar la soledad que deja con otra novela a la que le tengo muchas ganas es un bálsamo incomparable. Es, además, satisfactorio saber que hay una explicación científica a mi gozo.

Lo que todavía no tiene explicación confirmada son las solicitudes masivas de libros de segunda mano que han recibido librerías “de viejo” de todo el mundo. Muchos sospechan que tienen que ver con las grandes tecnológicas, que buscan entrenar a sus inteligencias artificiales con obras en papel y no con textos de internet. ¿Por qué querrían ellos acumular libros? ¿También para disfrutar de la expectativa del futuro?

Empieza el curso

Hoy es técnicamente agosto pero septiembre ya está llamando a la puerta y con él, la rutina y los temas de siempre.

Por ejemplo, ¿quién no se plantea, después de un verano de relajación, cañas y tapas, volver a hacer deporte? Pues ¿qué mejor que celebrar ese retorno al ejercicio leyendo cómo eran los gimnasios a los que acudían los antiguos griegos?

También hay quien comienza a estudiar y trabajar en un nuevo destino y tiene que buscar casa. El problema de la vivienda es más agudo que nunca, pero no es nuevo. Echamos la vista atrás, esta vez a los romanos, para escuchar las quejas de Marcial por lo difícil que estaba encontrar dónde vivir en la capital del imperio.

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Published — 31 August 2026 the conversation - Investigaciones y Noticias

Y usted, ¿qué se lleva a casa al terminar su jornada de trabajo?

Branislav Nenin/Shutterstock

Cada tarde, millones de personas regresan a casa después de trabajar. Algunas llegan con energía para salir a pasear, hacer deporte o jugar con sus hijos. Otras, sólo desean tumbarse en el sofá y que nadie les hable.

¿Qué ha ocurrido durante esas ocho horas?

La explicación habitual suele ser sencilla: “Ha sido un día duro”. Pero la ciencia lleva tiempo sugiriendo que ocurre algo más profundo.

Las empresas no solo producen bienes y servicios. También generan experiencias. Y esas experiencias influyen en cómo pensamos, cómo nos relacionamos, cómo afrontamos los problemas y cómo responde nuestro organismo ante todo ello.

Mucho más que un sueldo

Al principio existía una creencia generalizada de que el compromiso de un empleado dependía principalmente del salario.

La psicología organizacional ha demostrado que, una vez cubiertas las necesidades económicas básicas, otros factores adquieren una importancia decisiva: sentirse respetado, disponer de autonomía, confiar en los compañeros, recibir reconocimiento y percibir que el propio trabajo tiene sentido.

Por eso dos personas con el mismo sueldo pueden vivir experiencias laborales completamente distintas. Una termina la jornada satisfecha y la otra cuenta los minutos para marcharse.

La diferencia muchas veces no está en el trabajo que realizan, sino en la organización para la que trabajan.

Las empresas también nos transforman

Ninguna organización deja a sus profesionales exactamente igual que cuando llegaron. Después de meses o años compartiendo una misma cultura, las personas cambian. Algunas ganan confianza para expresar sus ideas, asumen nuevos retos y desarrollan relaciones de colaboración que potencian su crecimiento. Otras, por el contrario, dejan de participar en las reuniones, evitan asumir riesgos y acaban limitándose a cumplir lo imprescindible. La experiencia laboral contribuye a moldear su identidad profesional.

Muchas veces es el contexto el que marca la diferencia.

Las investigaciones en el área de psicología organizacional muestran que la forma en que una organización lidera, reconoce el trabajo, gestiona los errores o resuelve los conflictos influye directamente sobre la motivación, el compromiso, el aprendizaje y el bienestar de quienes la integran.

La cultura organizativa no es un concepto abstracto: se manifiesta cada día en miles de pequeñas interacciones que terminan moldeando la experiencia de trabajar en un lugar.

La huella invisible, y no tanto, de las organizaciones

Cuando hablamos del impacto de una empresa solemos fijarnos en indicadores como la rentabilidad, la productividad, la innovación o la cuota de mercado. Todos ellos son esenciales para conocer la salud de una organización.

Sin embargo, existe otro conjunto de indicadores que también habla de su desempeño y que no ocupa el mismo lugar en los informes de gestión.

La investigación ha estudiado por separado fenómenos como el compromiso (engagement), el desgaste profesional (burnout), la seguridad psicológica, la identificación organizacional o el bienestar laboral. Todos ellos responden, en realidad a una misma pregunta: ¿qué efecto produce una organización en las personas que trabajan en ella?

La respuesta deja una huella que, en ocasiones, resulta muy visible. Cuestiones como el absentismo, la rotación no deseada, las bajas por motivos de salud mental, el burnout o la dificultad para atraer y fidelizar talento constituyen, en realidad, una radiografía bastante precisa del tipo de organización que una empresa ha construido.

A veces la diferencia tiene nombre propio

Existe, además, un matiz que suele pasar desapercibido. Cuando preguntamos a alguien por qué disfruta de su trabajo o por qué decidió permanecer en una empresa, la respuesta no siempre hace referencia a la organización. Muchas veces tiene nombre y apellidos.

Aunque solemos hablar de las organizaciones como si fueran entidades abstractas, la experiencia laboral muchas veces se construye a través de personas concretas. Hay personas que consiguen que la experiencia laboral sea mejor para quienes trabajan a su alrededor. Un responsable que inspira confianza, una compañera que siempre ayuda o un mentor que acompaña en los momentos difíciles pueden hacer que un empleado se sienta vinculado a su trabajo, incluso cuando no desarrolla un fuerte compromiso con la organización conjunta.

Lo que ocurre en nuestro cerebro cuando vamos a trabajar

Nuestro cerebro evalúa constantemente el entorno en el que nos encontramos. Sin que apenas seamos conscientes, interpreta señales de confianza, reconocimiento, incertidumbre o amenaza y adapta nuestras respuestas psicológicas y fisiológicas a esas condiciones.

En las organizaciones se producen experiencias que aumentan o disminuyen la probabilidad de que se activen determinados sistemas biológicos, relacionados con el estrés, la motivación, la cooperación o la recompensa. En otras palabras, el cerebro responde menos al organigrama de la empresa que a la forma en que vivimos nuestro día a día dentro de ella.

Cuando predominan la confianza, el apoyo mutuo y el reconocimiento, resulta más fácil colaborar, aprender y comprometerse con los objetivos comunes. Por el contrario, cuando el miedo, la incertidumbre o el control excesivo forman parte de la rutina, el organismo permanece en un estado de alerta que termina afectando al bienestar, la creatividad y la capacidad para tomar buenas decisiones.

No es casualidad que las organizaciones más innovadoras del mundo dediquen grandes esfuerzos a construir culturas donde las personas se sienten seguras para preguntar, discrepar o reconocer un error. La profesora Amy Edmondson, de la Harvard Business School, denominó a este fenómeno seguridad psicológica y demostró que constituye uno de los mejores predictores del aprendizaje colectivo y del rendimiento de los equipos.

Del mismo modo, las investigaciones del neuroeconomista Paul Zak muestran que la confianza no es únicamente un valor ético, sino también un activo organizativo capaz de mejorar la cooperación, el compromiso y los resultados.

Una nueva forma de medir en las empresas

Es posible que haya llegado el momento de incorporar una nueva pregunta cuando evaluamos una organización. Una pregunta que no esté relacionada con cuánto factura, cuánto crece o cuánto innova nuestra organización, sino qué tipo de personas ayuda a construir.

Quizá la verdadera medida del éxito de una organización no sea únicamente lo que consigue, sino lo que deja. Porque todas las empresas producen resultados. Las mejores, además, producen personas que salen de ellas siendo mejores de lo que entraron.

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Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

Luz ultravioleta, una alternativa a los fertilizantes para obtener frutos más nutritivos

Cultivo de fresa en invernadero experimental con lámparas de luz UV. Beatriz Ramos, Universidad San Pablo CEU

Cuando pensamos en aumentar la producción agrícola, solemos imaginar fertilizantes, riego o nuevas variedades vegetales. Sin embargo, una herramienta mucho menos conocida está despertando un enorme interés entre los investigadores de todo el mundo: la luz ultravioleta (UV). Utilizada de forma controlada y en dosis muy bajas, esta radiación puede estimular el crecimiento de las plantas, mejorar la calidad de los frutos y aumentar su resistencia frente a enfermedades. Todo ello sin añadir productos químicos al cultivo.

Aunque la radiación ultravioleta suele asociarse a efectos negativos, como las quemaduras solares en la piel, las plantas llevan millones de años conviviendo con ella. De hecho, han desarrollado mecanismos sofisticados para percibirla y responder a su presencia.

La clave está en la dosis: mientras una exposición excesiva provoca daños celulares, pequeñas cantidades actúan como una señal que activa mecanismos de defensa y adaptación. Este fenómeno se conoce como hormesis, es decir, una respuesta beneficiosa ante un estrés leve.

Cómo perciben las plantas la luz UV

Las plantas disponen de receptores capaces de detectar determinadas longitudes de onda de la radiación ultravioleta. Cuando reciben una dosis moderada de UV, interpretan la señal como una posible amenaza ambiental y comienzan a prepararse para futuros episodios de estrés. Lo hacen produciendo compuestos antioxidantes, modificando su metabolismo e incluso activando genes relacionados con la defensa frente a patógenos.

Como consecuencia, las plantas incrementan la síntesis de sustancias protectoras como flavonoides, antocianinas y otros compuestos fenólicos. Estos metabolitos no solo ayudan a la planta a soportar mejor condiciones adversas, sino que además poseen interés nutricional para el consumidor, ya que muchos de ellos actúan como antioxidantes.

Efectos positivos demostrados en numerosos cultivos

Nuestros estudios en tomates ofrecen resultados especialmente llamativos. Con estas investigaciones hemos demostrado que breves exposiciones semanales a radiación UV-B y UV-C antes de la floración aumentan el crecimiento de las plantas, adelantan la aparición de flores y reducen la incidencia de enfermedades bacterianas. Además, los frutos obtenidos presentan mayores concentraciones de licopeno, carotenoides y compuestos fenólicos, mejorando su valor nutricional.

Sin embargo, el potencial de esta tecnología va mucho más allá del tomate.

En fresas, la aplicación de luz UV-C durante el cultivo ha mostrado capacidad para reducir enfermedades fúngicas y mejorar la calidad de los frutos durante la conservación.

En lechugas, la radiación UV se ha asociado con incrementos en la calidad nutricional y en la producción de compuestos antioxidantes, además de mejorar el rendimiento bajo condiciones de cultivo controlado.

En uvas, tratamientos UV antes de la cosecha permiten mantener elevadas concentraciones de estilbenos, compuestos relacionados con la defensa vegetal y con propiedades saludables para las personas.

También se han descrito efectos positivos en pepinos, albahacas y arroz, entre otras especies hortícolas. En ellas, dosis moderadas de radiación favorecen la acumulación de metabolitos beneficiosos y fortalecen la tolerancia frente a diferentes tipos de estrés ambiental.

¿Puede competir con los fertilizantes?

La luz UV no reemplaza completamente a los fertilizantes, ya que estos aportan nutrientes esenciales como nitrógeno, fósforo o potasio. Sin embargo, sí puede convertirse en una herramienta complementaria capaz de reducir parcialmente la dependencia de insumos químicos.

La diferencia fundamental es que los fertilizantes aportan recursos externos a la planta, mientras que la radiación UV estimula mecanismos internos que mejoran la eficiencia fisiológica. En otras palabras, la planta aprovecha mejor sus propios recursos.

Esta estrategia presenta varias ventajas:

  • No deja residuos químicos en el cultivo.

  • Reduce el impacto ambiental asociado a la fabricación y uso de fertilizantes.

  • Puede aumentar simultáneamente la productividad y la resistencia frente a enfermedades.

  • Mejora la calidad nutricional de los alimentos.

  • Disminuye la necesidad de algunos tratamientos fitosanitarios.

Todo ello resulta especialmente relevante si se considera que la producción y utilización de fertilizantes sintéticos genera una parte importante de las emisiones de gases de efecto invernadero asociadas a la agricultura.


Leer más: Menos fertilizantes y más legumbres: estrategias para reducir las emisiones de la agricultura y la ganadería


¿Cómo se aplica en la práctica?

La tecnología es relativamente sencilla. Se utilizan lámparas LED capaces de emitir radiación UV-B o UV-C de manera controlada, con exposiciones muy breves y espaciadas.

En nuestros estudios realizados con tomates, por ejemplo, los mejores resultados se obtuvieron mediante irradiaciones de apenas tres minutos una vez por semana durante la fase previa a la floración. Exposiciones más largas no mejoraban los resultados e incluso podían provocar efectos negativos.

Este aspecto es crucial: la eficacia depende de emplear dosis cuidadosamente ajustadas. La misma radiación que estimula el metabolismo vegetal en bajas cantidades puede convertirse en un factor dañino cuando se aplica en exceso.

Normalmente los tratamientos se realizan durante la noche, cuando no existe interferencia con la radiación solar y resulta más sencillo controlar la exposición.

¿Es viable a gran escala?

La respuesta es cada vez más positiva. La aparición de sistemas LED específicos para agricultura está reduciendo los costes energéticos y permitiendo una aplicación precisa de la radiación UV. Además, los invernaderos modernos ya incorporan un elevado nivel de automatización, lo que facilita integrar estas lámparas en los programas de manejo habituales.

Los cultivos protegidos en invernadero, como los de tomates, pimientos, pepinos, fresas o lechugas, son candidatos para adoptar esta tecnología. Ya se ha probado también en cultivos a cielo abierto mediante aplicaciones con tractores portadores de las lámparas. Con estos sistemas resulta sencillo controlar los pulsos de radiación.

Aún quedan desafíos por resolver. No todas las especies responden igual y cada cultivo requiere determinar la dosis, frecuencia y momento de aplicación más adecuados. También es necesario evaluar los costes económicos frente a los beneficios obtenidos en condiciones reales de producción.

Una nueva herramienta para la agricultura sostenible

Durante décadas, la agricultura ha dependido principalmente de fertilizantes y productos fitosanitarios para incrementar la producción. La luz ultravioleta plantea un enfoque diferente: estimular las capacidades naturales de la planta para que crezca mejor, produzca más y se defienda por sí misma.

Los resultados obtenidos hasta ahora muestran que pequeñas dosis de radiación UV pueden aumentar la floración, mejorar el rendimiento, reforzar la resistencia frente a patógenos y enriquecer el contenido de antioxidantes en los frutos. Más que una sustituta de los fertilizantes, esta tecnología emerge como una herramienta complementaria que podría ayudar a producir más alimentos con menos insumos y menor impacto ambiental. En un contexto de cambio climático y creciente demanda alimentaria, esa combinación resulta especialmente prometedora.

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Los resultados obtenidos son fruto de una colaboración entre el grupo de investigación “Biotecnología de la Interacción Planta-Microbioma (https://www.biotecnologia-vegetal-microbioma-ceu.es/) de la Universidad San Pablo CEU y RZERO Infection Prevention and Control S.L.U (https://rzeroprevention.com/), que ha combinado el rigor científico con la innovación empresarial para generar conocimiento de alto valor e impacto aplicado.

Los resultados obtenidos son fruto de una colaboración entrevel grupo de investigación “Biotecnología de la Interacción Planta-Microbioma (https://www.biotecnologia-vegetal-microbioma-ceu.es/) de la Universidad San Pablo CEU y RZERO Infection Prevention and Control S.L.U (https://rzeroprevention.com/) que ha combinado el rigor científico con la innovación empresarial para generar conocimiento de alto valor e impacto aplicado.

Published — 30 August 2026 the conversation - Investigaciones y Noticias

El gobierno de Delcy Rodríguez entrega a Estados Unidos el control de la quinta parte de las reservas petroleras de Venezuela

shutterstock Dilok Klaisataporn/Shutterstock

Representantes oficiales de los gobiernos de los Estados Unidos y Venezuela han anunciado la firma de un acuerdo que otorga a los EE. UU. el control, aunque no la propiedad, del 20 % de las reservas probadas de petróleo de Venezuela, las más grandes del mundo, que suman más de 300 000 millones de barriles.

Esto implica que el Gobierno estadounidense se asegura el acceso y el control sobre 65 000 millones de barriles de petróleo y el gas natural asociado, durante un período de al menos 25 años. Un logro notable considerando que las reservas probadas de petróleo en EE. UU. son de 46 000 millones de barriles y sus reservas estratégicas ascienden a 727 millones de barriles.


Leer más: ¿Por qué a Donald Trump le fascina el petróleo venezolano?


Lo que se sabe del acuerdo

La información sobre los detalles del acuerdo aún es muy limitada. Se conoce que el acuerdo compromete el desarrollo y la explotación de 17 campos petroleros que contienen unos 90 000 millones de barriles de las reservas probadas del país. De estos campos, 9 están localizados en la zona norte de la Faja Petrolífera del Orinoco. Se trata de yacimientos de petróleo pesado (entre 10° y 22,3° API) y extrapesado (menos de 10° API) y son campos que, en su mayoría, deben ser desarrollados desde cero (greenfields). Los 8 campos restantes, son campos maduros que contienen crudos medianos (entre 22,3° y 31,1° API) que han sido ya explotados pero que requieren de importantes inversiones para reactivarlos después de décadas de abandono.

Para Venezuela, de poderse implementar y desarrollar el acuerdo, la producción petrolera podría incrementarse en 1,5 millones de barriles por día. A este ritmo de producción, extraer el petróleo y el gas natural involucrado en estos campos podría tomar un lapso de al menos 120 años. No es por casualidad que el presidente Trump ha anunciado que el acuerdo con Venezuela le otorga a EE. UU. el control de las reservas venezolanas por una centuria.

Desarrollar, poner en capacidad de producir y operar estos campos requiere cuantiosas inversiones y financiamiento. Las estimaciones iniciales suponen que se requerirán unos 90 000 millones de dólares en inversiones, financiamiento por unos 10 000 millones y recursos para cubrir los costos de operación por unos 140.000 millones de dólares. Desde luego, ni PDVSA (la empresa estatal petrolera venezolana), ni el gobierno del país ni el sector privado local disponen de estos recursos.

¿Cómo se podría implementar el acuerdo anunciado?

El presidente Trump ha sido enfático al declarar que la concreción de este acuerdo no implicará compromisos financieros para el Gobierno Federal. Todo ello implica que el programa solo será posible con la participación de las empresas petroleras, especialmente las grandes corporaciones internacionales, con preferencia de origen estadounidense.

Lo que ha trascendido es la creación de una empresa conjunta (joint venture) que establece una alianza entre la Office of Strategic Capital (OSC), una dependencia del Pentágono creada para atraer la inversión privada en áreas esenciales para la seguridad de los EE. UU., y un grupo privado local que aún está por definirse. La empresa recibiría concesiones del Gobierno de Venezuela para explotar los campos petroleros ya señalados por un lapso suficiente para garantizar la viabilidad económica de las inversiones. En principio, 25 años (renovables).

Esta empresa estaría en condiciones de firmar contratos de participación productiva (CPP) –figura prevista en la Ley Orgánica de Hidrocarburos que entró en vigencia a partir de enero de 2026–, que permitirían a las empresas petroleras seleccionadas extraer y comercializar los hidrocarburos.

Se estima que estos CPP, dados los parámetros establecidos en el marco legal que regula los aportes fiscales al Gobierno de Venezuela (government take), garantizarían un ingreso fiscal equivalente a 19 dólares por barril producido bajo el acuerdo. Esta estimación supone un precio de referencia de 65 dólares por barril, una tasa de regalía del 16 % y una tasa de impuesto sobre la renta del 34 %. Bajo estos parámetros, se ha calculado que el acuerdo podría representar un ingreso adicional para el Estado venezolano de 209 000 millones de dólares.

Un acuerdo de largo plazo como este, en el contexto político-institucional que prevalece hoy en Venezuela, supone retos legales importantes ya que, en principio, se estarían violando disposiciones constitucionales y jurídicas relevantes asociadas con el ejercicio de la soberanía nacional.


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Constitucionalidad y seguridad jurídica

Además, y no es un detalle menor, la administración actual del gobierno en Venezuela está ejercida por personas que adolecen de legitimidad interna y externa. De aquí que surgen las preguntas: ¿puede el gobierno interino comprometer a largo plazo estas reservas petroleras?, ¿puede garantizarse a las empresas e inversionistas que las decisiones tomadas por un gobierno con un piso político tan endeble serán respetadas por un gobierno futuro, con mayor legitimidad?

Las respuestas a estas preguntas involucran aspectos de máxima relevancia ya que la viabilidad del acuerdo, en cuanto a inversión y financiamiento (privados), requiere de magnitudes considerables de dinero e involucra lapsos de muy largo plazo. Por tanto, la seguridad jurídica pasa a ser una variable determinante en el proceso de toma de decisiones.


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Las circunstancias estadounidenses

Tampoco hay que olvidar que hay un ciclo político-electoral en marcha en los EE. UU. No es casual que el anuncio de este acuerdo se haga en los meses previos a las decisivas elecciones de medio mandato del próximo noviembre, tomando en cuenta los problemas que están confrontando el presidente Trump y el Partido Republicano para garantizarse la victoria en esos comicios. Mostrar un éxito económico como el que se supone que está implícito en este acuerdo daría a la debilitada administración Trump algunas ventajas que, cabe esperar, mejorarían sus posibilidades electorales.

Para Venezuela volver a un régimen de concesiones, a casi cinco décadas de la nacionalización del petróleo, es un tema controversial, con implicaciones que exceden, por mucho, las consideraciones meramente económicas. La soberanía sobre el uso de los recursos minerales ha sido, a lo largo de la historia del país como república, un asunto de la máxima trascendencia.

Que un acuerdo de esta naturaleza ocurra en momentos de elevada incertidumbre y tensión política no es, con certeza, una buena noticia para muchos.

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Luis Zambrano-Sequín no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

Aceca, el palacio real que España perdió

Nos encontramos en 1668. El príncipe Cosme III de Médici está de viaje por España. Y, en una breve parada en medio del periplo, su dibujante, Pier Maria Baldi, decide “retratar” la casa real de Aceca, hoy prácticamente desaparecida.

Hagamos una rápida semblanza de la aventura europea emprendida por el joven heredero florentino. Su propósito era formarse como futuro gobernante del Gran Ducado de Toscana. Para ello se propuso visitar y conocer los Países Bajos, Francia, Inglaterra, Portugal y, también, España. Su estancia en la península ibérica duró seis intensos meses, desplazándose desde Cataluña hasta Galicia, pasando por Aragón, Castilla, Madrid, Andalucía, Extremadura y el territorio portugués.

Recorría el país arropado por un séquito de cortesanos. Entre ellos, Lorenzo Magalotti, autor de la crónica oficial de la expedición. Dicho relato contiene además ochenta y seis vistas panorámicas de ciudades, villas, monumentos y paisajes rurales de la España del Barroco, realizadas por Baldi. Entre ellas se encuentra la de la casa real de Aceca.

Pabellón cinegético

Aceca, que hoy pertenece al municipio de Villaseca de la Sagra, se encuentra a medio camino entre la ciudad de Toledo y el Real Sitio de Aranjuez. En el siglo XVI era un paraje codiciado por la monarquía española y el emperador Carlos V compró allí una fortaleza medieval en 1534.

A partir de 1556 su hijo, Felipe II, transformó el viejo castillo en un palacio de recreo ideal para las temporadas de caza, aprovechando que en la zona había abundancia de lobos. Las obras se dilataron más de veinte años por coincidir con el proyecto de El Escorial. De hecho, ambas empresas se llevaron a cabo en un inconfundible estilo herreriano.

Pintura de un palacio real con tres alturas y una torre, con dos edificios separados.
Jusepe Leonardo, Vista del Real Sitio de Aceca, 1637. Museo Arqueológico Nacional

Los mejores arquitectos del rey trabajaron en ellas. Maestros como Juan Bautista de Toledo y Juan de Herrera dejaron su huella y levantaron en Aceca una obra majestuosa para el esparcimiento de los Austrias y de los primeros Borbones.

Magnificencia artística

Para juzgar la categoría de las construcciones de Aceca contamos, aparte del diseño de Baldi, con dos documentos gráficos anteriores: una planta del siglo XVI y un lienzo de 1637 del pintor Jusepe Leonardo. Asimismo, poseemos una descripción muy valiosa, gracias al escritor e historiador Juan Álvarez de Quindós.

El edificio principal era una sólida mole de planta rectangular. Contaba con múltiples ventanas y una torre angular cubierta con un chapitel, que es un tipo de tejado piramidal. Poseía, además, una entrada con arco de medio punto y dos patios interiores.

Plano de la Casa Real de Aceca, atribuido a Juan de Herrera, siglo XVI.
Plano de la Casa Real de Aceca, atribuido a Juan de Herrera, siglo XVI. Archivo General de Simancas, Valladolid, MPD,20,054.

Su esplendor interior era asombroso: la capilla escondía el valioso Tríptico de la Adoración de los Reyes Magos, obra de Hans Memling. Esta joya del arte flamenco, fechada hacia 1570, se expone actualmente en el Museo del Prado.

Junto al palacio se levantó la Casa de Oficios, una estructura semejante a la anterior pero más humilde. Era la residencia de los cortesanos y la burocracia de la Corona, y albergaba una buena caballeriza. El acceso se realizaba a través de un pórtico soportado por columnas.

En el primer plano del diseño de Baldi se sitúa una casa muy modesta. No se sabe cuál era su función, pero se cree que pudo ser el hogar del guarda que cuidaba del palacio durante las largas ausencias de la Familia Real.

Errores de un dibujo apresurado

La comitiva apenas se detuvo en Aceca. El objetivo era llegar a Toledo antes de anochecer y tomar posesión del alojamiento que estaba preparado para ellos. Baldi aprovechó esa fugaz pausa para dibujar el conjunto palaciego. De hecho, el propio artista aparece retratado en primer plano, a lomos de un asno, trabajando afanosamente en el boceto.

Debido a la prisa, el diseño contiene algunas imprecisiones. Tomando como base creíble el lienzo de 1637, el autor representó un palacio poco fiel al modelo, eliminando por completo la planta superior. Tampoco es muy exacto el número de vanos y chimeneas del tejado.

Además, dibujó un paisaje desolado con apenas vegetación, a diferencia de lo que muestra el cuadro pintado medio siglo antes. Todo tenía su explicación. Baldi era, además de pintor, arquitecto, por lo que priorizaba las moradas del rey sobre el paisaje y las personas.

Debido a la precipitación con la que fue realizada la traza inicial, el autor no pudo subsanar los defectos en la versión definitiva que hoy podemos contemplar, elaborada años más tarde en su estudio florentino.

Triste final

A pesar de su robustez, los muros de Aceca no resistieron el paso del tiempo. Los cambios en los gustos de la realeza dictaron sentencia a partir del siglo XVIII, y la invasión napoleónica de 1808 marcó el inicio de una ruina irreversible. El complejo palatino sufrió daños irreparables durante la Guerra de la Independencia, tras la cual quedó sumido en la desidia y el abandono.

Los escasos restos que de él se conservan se encuentran hoy dentro de una finca privada. Apenas pueden identificarse ya unas pocas estructuras del pabellón de caza ideado por Felipe II.


El proyecto cuenta con el apoyo del The Medici Archive Project de Florencia, dirigido por Alessio Assonitis, experto internacional en los Medici, y del Centro Interdipartimentale di Ricerca sull’Iconografia della Città Europea, dirigido por Alfredo Buccaro, experto internacional en iconografía urbana. Además, colaboran la Biblioteca Medicea Laurenziana y el Kunsthistorisches Institut de Florencia.


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The Conversation

Francisco Javier Novo Sánchez recibe fondos para el proyecto de investigación PID2023-147647NB-I00 financiado por MCIU /AEI /10.13039/501100011033 / FEDER, UE, concedido para el período 2024-2027

A la manera de Taylor Swift o J. K. Rowling: cómo adaptarse e innovar en el mundo empresarial

La cantante estadounidense Taylor Swift. A.PAES/Shutterstock

Robert Galbraith es un conocido escritor cuya saga de novelas policíacas, protagonizadas por el detective Cormoran Strike, ha sido tan exitosa que, desde 2017, la BBC emite la serie de televisión Strike.

La cuestión es que Robert Galbraith no es Robert Galbraith: es el seudónimo que utiliza la conocidísima escritora británica J. K. Rowling, creadora del mundo mágico de Harry Potter. Cerrada la historia del mago, la autora readaptó sus capacidades a un nuevo género. Para ello, investigó en nuevos campos y se documentó profundamente.


Leer más: De J. K. Rowling a Rosalía: ¿debemos (y podemos) separar al autor de la obra si conocemos su vida personal?


La cantante estadounidense Taylor Swift ha pasado por una reconfiguración de capacidades similar. La artista comenzó su carrera en 2006 con un estilo country. Después incorporó progresivamente nuevos sonidos y colaboraciones, hasta que, en 2014, cambió de dirección musical –pese a las dudas de su propio equipo– con el álbum 1989.

Este cambio consolidó a la artista como estrella mundial del pop. En 2020, con trabajos como Folklore y Evermore, exploró registros más próximos al folk y a sonidos alternativos. Posteriormente, volvió a reconfigurar su propuesta en The Life of a Showgirl (2025) con un pop más directo y bailable. En 2026, dos décadas después de su debut, Swift continúa siendo una de las artistas internacionales más célebres.


Leer más: Taylor Swift entra en la Universidad


También esta el caso del director de cine Guillermo del Toro. El director ha sabido incorporar nuevas tecnologías y conocimientos alrededor de su predilección por los monstruos. El laberinto del fauno, La forma del agua, Pinocho o Frankenstein muestran cómo ha permanecido su identidad creativa pese a la reconfiguración de técnicas, recursos y equipos.

A diferencia de Rowling y Swift, el mexicano ha logrado mantener un universo creativo reconocible, pero moldeado mediante efectos artesanales, maquillaje, robótica, efectos digitales o animación stop-motion, según sus necesidades creativas.


Leer más: In Guillermo Del Toro’s Frankenstein, what makes us monstrous is refusing to care


Llegados a este punto, cabe preguntarse: ¿qué tienen en común estas tres famosas personalidades artísticas con carreras tan dispares?

Pues que han sabido aprovechar oportunidades, incorporar nuevos conocimientos, detectar cambios, adaptar sus recursos a los nuevos escenarios. En el contexto empresarial, y concretamente en el de la gestión estratégica, esto se explica a través del concepto de capacidades dinámicas, que están estrechamente ligadas con el de innovación.

Capacidades para afrontar entornos cambiantes

En 1998, los investigadores David J. Teece, Gary Pisano y Amy Shuen definieron las capacidades dinámicas como “la capacidad de una organización para integrar, construir y reconfigurar competencias internas y externas ante entornos rápidamente cambiantes”.

La capacidad dinámica invita a revisar los conocimientos, a actualizar los recursos y los modos de trabajar. Y esto es porque el entorno pone a la organización a prueba. Podría llegar el momento en el que repetir aquello que se domina de forma ordinaria comience a no tener los mismos resultados.

Los investigadores Paul Pavlou y Omar El Sawy definieron en 2011 cuatro capacidades dinámicas: detección, aprendizaje, integración y coordinación.

  1. Detección: observar lo que sucede alrededor y descubrir cambios u oportunidades.

  2. Aprendizaje: adquirir conocimientos nuevos.

  3. Integración: combinar esos conocimientos nuevos con los que ya se poseen.

  4. Coordinación: reorganizar recursos, personas y actividades para conseguir que esa combinación pueda llevarse realmente a la práctica.

Así, J. K. Rowling adaptó su capacidad narrativa a un nuevo género en el que se documentó previamente.

Taylor Swift integró nuevos sonidos, colaboraciones y tecnologías diferentes en sus proyectos.

Guillermo del Toro combinó artísticamente literatura, cine, técnicas visuales y nuevas tecnologías, expandiendo su capacidad creativa.

Aplicando estas capacidades, estas tres personalidades artísticas se han adaptado a nuevos entornos sin perder su esencia y siguen siendo referentes en sus respectivos campos.

La fuerza de la inmediatez

Sin embargo, los mercados son cada vez más competitivos y operan bajo la amenaza de lo inmediato. Esta situación obliga a los creativos a producir, innovar y sorprender continuamente y en menor tiempo. Paradójicamente, los artistas necesitan tiempo para descubrir conexiones, experimentar, rediseñar, aprender de los errores. El tiempo necesario para crear no tendría que acortarse para satisfacer antes al mercado.

Pero la dinámica es difícil de parar. En lugar de ralentizar los procesos, se apuesta por nuevas tecnologías que permiten reducir los tiempos de elaboración. Generadores de contenidos a la carta que sustituyen de forma inmediata un proceso que necesita tiempo.

En este sentido, una obra que se consume en minutos puede haber necesitado un tiempo considerable para ser elaborada. En este contexto, el escritor George R. R. Martin ha dado continuas evasivas a sus seguidores, quienes insisten en saber cuándo concluirá la siguiente entrega de la saga Canción de Hielo y Fuego. Es la lucha de la inmediatez contra el proceso creativo.

En estos casos, las capacidades dinámicas de detección, aprendizaje, integración y coordinación juegan un papel relevante, pues adaptarse no siempre implica producir más y más rápido. El creativo debe detectar qué está cambiando, aprender de esos cambios e incorporar nuevos conocimientos.

Todos poseemos capacidades dinámicas

La investigación sobre las capacidades dinámicas ha puesto el foco en las organizaciones, pero su lógica también puede trasladarse al ámbito profesional. Las capacidades de detección, aprendizaje, integración y coordinación ofrecen una forma de reflexionar sobre cómo adaptarse e innovar.

En el mundo en que vivimos es cada vez más útil captar y analizar información del entorno en tiempo real, lo que ayuda a tomar decisiones más acertadas. Interpretar qué cambios, tendencias o factores nos van a influir positiva o negativamente aporta una ventaja competitiva.

Igualmente, acceder a nuevas fuentes de aprendizaje que nos proporcionen nuevos conocimientos puede ayudarnos a ampliar nuestras posibilidades. Integrar esos nuevos conocimientos con los que ya poseemos, y coordinar los recursos disponibles para convertirlos en algo novedoso, puede ayudarnos a atravesar mejor las turbulencias del entorno.

Quizá, mantenerse creativo durante décadas, como han logrado J. K. Rowling, Taylor Swift o Guillermo del Toro, dependa precisamente de conservar la curiosidad para detectar lo que cambia. También de la voluntad para seguir aprendiendo. Cuestiones tan importantes como la capacidad para transformarnos sin perder nuestra esencia.

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José Bocoya Maline no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

Published — 28 August 2026 the conversation - Investigaciones y Noticias

¿Quién decide qué es realmente un vino ‘natural’?

Alexdov/Shutterstock

En plena vendimia, la expresión “vino natural” vuelve a aparecer en ferias, tiendas especializadas, cartas de restaurantes y conversaciones entre aficionados. Parece una categoría fácil de entender, pero no lo es. Dos botellas pueden presentarse como naturales y haberse elaborado con criterios bastante distintos.

A diferencia del vino ecológico, el vino natural no cuenta con una definición legal aceptada internacionalmente. Suele asociarse con uvas ecológicas o biodinámicas, fermentaciones espontáneas, poca intervención en bodega y un uso muy limitado de aditivos.


Leer más: Orgánico, ecológico, biodinámico, vegano… ¿cómo es un vino natural?


La dificultad de nombrarlo

El problema empieza cuando se intenta concretar qué significa todo eso: cuántos sulfitos pueden añadirse, si el vino puede filtrarse, qué levaduras son aceptables o qué tratamientos siguen siendo compatibles con la idea de mínima intervención.

Los sulfitos son un buen ejemplo. Se utilizan para conservar el vino, pero también se producen de forma natural durante la fermentación. Por eso, “sin sulfitos” y “sin sulfitos añadidos” no quieren decir lo mismo, aunque para muchos compradores la diferencia no sea evidente.

Desde diciembre de 2023, la Unión Europea exige que los vinos informen de sus ingredientes y valores nutricionales, aunque parte de esa información pueda consultarse mediante un código QR. La norma ha aumentado la transparencia, pero no ha resuelto la cuestión de fondo: sigue sin existir una definición común de vino natural, y expresiones como ecológico, biodinámico, sin sulfitos añadidos o mínima intervención siguen remitiendo a cosas distintas.

Una certificación específica podría ayudar a ordenar ese terreno. También podría, sin embargo, transformar un movimiento que surgió en buena medida como reacción frente a la estandarización de la industria convencional.

Qué piensan quienes consumen y quienes producen

En nuestro estudio, publicado en Journal of Consumer Culture, encuestamos presencialmente a 415 asistentes a las ediciones de 2023 y 2024 de la feria de vino natural más veterana de España, celebrada en Barcelona desde 2005. El 58,3 % eran consumidores y el 41,7 % trabajaban en producción, distribución, hostelería o comunicación especializada.

No se trata de una muestra representativa del consumidor español. Quienes acuden a una feria de este tipo conocen mejor el producto y muestran un interés por el vino bastante superior al habitual. Precisamente por eso resultan útiles para observar las diferencias dentro del propio mundo del vino natural.

La distancia entre ambos grupos era clara. El 90,2 % de los profesionales consumía vino natural con frecuencia, frente al 42,6 % de los consumidores. Esa diferencia de experiencia importa, porque no todos necesitan las mismas señales para confiar en una botella.

Cuando les pedimos que dijeran las tres primeras palabras que asociaban con “vino natural”, los consumidores tendieron a mencionar rasgos fáciles de reconocer: “ecológico”, “sin sulfitos” o “sin aditivos”. Entre los profesionales las respuestas estuvieron más repartidas y apareció con más fuerza la idea de “mínima intervención”.

No se trata de dos concepciones opuestas. Ambos grupos comparten buena parte del mismo vocabulario: ecología, naturaleza, autenticidad, sulfitos. La diferencia está más bien en qué consideran importante y en cómo creen que debe demostrarse.

Para un comprador que no conoce al productor, una etiqueta o un sello pueden servir como garantía. Para alguien que trabaja habitualmente con estos vinos, la confianza puede basarse en otras cosas: conocer la bodega, saber cómo se trabaja una parcela, haber probado otras añadas o moverse dentro de redes profesionales donde circula información que difícilmente cabe en una etiqueta.

En la certificación está la verdadera diferencia

El contraste más claro surgió cuando preguntamos por la posibilidad de crear una certificación específica para el vino natural. En una escala de uno a cinco, el apoyo medio entre los consumidores fue de 4,14. Entre los profesionales bajó a 3,37 y, entre los productores, a 2,74.

La diferencia entre consumidores y productores alcanza así 1,4 puntos en una escala de cinco. Y tampoco todos los profesionales piensan igual: quienes trabajan en comunicación y opinión se situaron mucho más cerca de los consumidores que los propios productores.

El desacuerdo tiene además una dimensión económica. La mitad de los consumidores estaría dispuesta a pagar un 10 % más por un vino natural certificado. Entre los profesionales, en cambio, el 44,5 % no pagaría ningún sobreprecio.

Eso ayuda a entender qué valor tiene una certificación para cada grupo. Para quien compra, puede reducir dudas y facilitar una elección sin necesidad de conocer personalmente a quien hizo el vino. Para muchos productores y distribuidores, que ya cuentan con experiencia y redes propias de confianza, un sello aporta menos y puede incluso plantear nuevos problemas.

Entre esos problemas aparece uno recurrente: que una certificación termine favoreciendo a las bodegas con más recursos, mejor preparadas para asumir costes administrativos y adaptarse a una lista cerrada de requisitos. También existe el temor de que una práctica flexible y basada en decisiones concretas de viña y bodega acabe convertida en una receta.

Más que una preferencia por un tipo de vino

El vino natural tampoco aparece aislado de otras formas de consumo. El 83,2 % de los profesionales y el 64,5 % de los consumidores declararon comprar productos ecológicos siempre o con frecuencia. En el caso de los alimentos locales, los porcentajes alcanzaron el 91,9 % y el 82,2 %.

Estos datos no describen un estilo de vida único, pero sí sugieren que el vino natural suele formar parte de preferencias más amplias por los productos locales, la producción ecológica y formas de elaboración percibidas como menos industriales.

Esto ayuda a explicar por qué la discusión sobre su definición genera tanto interés. No se trata solo de decidir qué debe poner una etiqueta, sino también de fijar qué prácticas se consideran legítimas y quién tiene autoridad para establecer esas reglas.

¿Quién puede decidir qué es un vino natural?

Ahí está, probablemente, la cuestión central. Una certificación tendría que ofrecer al consumidor criterios claros y controles fiables. Pero, al mismo tiempo, tendría que evitar costes y exigencias que excluyan a los pequeños productores o reduzcan a una definición única un movimiento que siempre ha sido diverso.

El debate, por tanto, no consiste únicamente en decidir qué técnicas pueden utilizarse o cuántos sulfitos son aceptables. También está en juego quién tiene capacidad para definir la categoría: las administraciones, las asociaciones de productores, los organismos certificadores, los especialistas, el mercado o los propios consumidores.

Nuestros resultados muestran que esa respuesta cambia según la posición que se ocupa. Quien compra reclama garantías que le permitan orientarse en un mercado poco definido. Quien produce teme que esas mismas garantías terminen trasladando a otros la capacidad de decidir qué cuenta como vino natural.

El futuro de esta categoría dependerá, en buena medida, de cómo se resuelva esa tensión: cómo ofrecer confianza a quien compra sin vaciar de autonomía a quienes han construido el movimiento.

The Conversation

Eva Parga Dans recibió financiación del Ministerio de Ciencia e Innovación y de la Agencia Estatal de Investigación mediante el proyecto «El reto de la certificación del vino natural: controversias culturales, asimetrías de información y patrones de consumo» (NAWICERT, PID2021-126272OA-I00); y de «Radical Urban Cultures: Exploring the political ecologies of urban-food-soil entanglements in the Anthropocene through Natural Wine», financiado por la Fundação para a Ciência e a Tecnologia de Portugal (2024.15482.PEX).

recibió financiación del Ministerio de Ciencia e Innovación y de la Agencia Estatal de Investigación mediante el proyecto «El reto de la certificación del vino natural: controversias culturales, asimetrías de información y patrones de consumo» (NAWICERT, PID2021-126272OA-I00); y de «Radical Urban Cultures: Exploring the political ecologies of urban-food-soil entanglements in the Anthropocene through Natural Wine», financiado por la Fundação para a Ciência e a Tecnologia de Portugal (2024.15482.PEX).

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