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Published — 10 September 2026 the conversation - Investigaciones y Noticias

De fumar en la cabina al control biométrico: así ha cambiado la seguridad en los aviones

A mediados de los años noventa, cuando aún era un chavalín, volé desde Barcelona al aeropuerto de Londres-Heathrow sentado en la cabina de mando de un avión de Iberia. El comandante, que estaba en la puerta dando la bienvenida al pasaje, me invitó a pasar. Dentro estaba el copiloto, que me recibió ofreciéndome un cigarrillo, que rechacé. Hice todo el vuelo sentado en el transportín de la cabina de mando y solo salí para comer.

Aquel viaje me marcó para siempre, y probablemente explica a qué dedico mi investigación hoy. Pero en 2026 es también un relato imposible. Por el tabaco y porque hoy en día nadie ajeno a la tripulación cruza la puerta de la cabina de mando, que está blindada y su acceso está reglado.

La seguridad aérea ha evolucionado y se ha endurecido, como reacción a eventos dramáticos que son historia de la aviación.

Antes de 2001, secuestros y los primeros filtros

Existe la creencia de que la seguridad en los aeropuertos nació el 11 de septiembre de 2001, con los atentados de las Torres Gemelas de Nueva York. No hay nada más alejado de la realidad.

En los años sesenta y principios de los setenta, ante la ausencia de controles de seguridad en los aeropuertos se produjo una oleada de secuestros de aviones por parte de grupos terroristas. Como resultado, las máquinas de rayos X para equipaje de mano y los arcos detectores de metales para personas se convirtieron en requisito obligatorio a partir de 1973 en Estados Unidos. Más tarde, y después de la tragedia de Lockerbie (1988) cuando una maleta facturada explotó en la bodega del vuelo 103 de Pan Am, se impuso la conciliación de equipajes, es decir, las maletas no volaban si el pasajero no embarcaba.

Así, las medidas de seguridad hasta ese momento fueron implementándose para dar respuesta a una amenaza que se centraba en los secuestros y en controlar la entrada de objetos peligrosos. En los secuestros, el avión era básicamente un vehículo de negociación y el enfoque de tripulaciones y pasajeros era la cooperación pasiva y la no confrontación para avanzar con la negociación durante el secuestro.

Las consecuencias del 11-S para la seguridad aérea

Los ataques a las Torres Gemelas del 11 de septiembre de 2001 orientaron la seguridad aérea hacia nuevos aspectos.

En primer lugar, la puerta de la cabina de mando se blindó y pasó a estar gobernada por un protocolo de apertura. Por otro lado, el principio de cooperación aplicada hasta entonces en los secuestros dejó de ser el principal enfoque de la tripulación de cabina. El uso de la fuerza militar con aviones de combate ha pasado a ser una práctica más común.

En segundo lugar, dos meses después de los atentados, el gobierno federal de Estados Unidos asumió el control de la seguridad de los aeropuertos con la creación de la Administración de Seguridad en el Transporte (TSA, por sus siglas en inglés). En Europa se respondió con el Reglamento (CE) 2320/2002, que estableció la obligación de realizar inspecciones de seguridad a todos los pasajeros y equipaje de la bodega, así como reguló el acceso a las zonas restringidas de seguridad de los aeropuertos.

El principal objetivo era, por primera vez, armonizar las normas de seguridad básicas.

Después de 2001, más capas de seguridad

Aunque el 11-S significó cambios regulatorios estructurales, el enfoque reactivo de la seguridad aérea ha seguido manteniéndose. Cada nuevo intento de atentado ha comportado una nueva capa de seguridad. De esta manera, empezamos a sacarnos los zapatos en el control de seguridad después de que, en diciembre de 2001, Richard Reid subiera en París a un vuelo de American Airlines con una mezcla de explosivos en la suela hueca de sus zapatos.

Más tarde, en 2006, después de frustrarse otro intento de atentado aéreo, este en Reino Unido con explosivos líquidos, nació la regla de los botes con una capacidad máxima de 100 ml guardados en bolsas transparentes en el equipaje de mano.

Con todos estos cambios, en 2008 se decidió renovar el reglamento europeo de 2002 y sustituirlo con el Reglamento (CE) 300/2008, para modernizarlo y cubrir de forma más precisa varios aspectos de la seguridad en vuelo y los controles en tierra.

Poco después, en 2009, hubo otro intento de atentado aéreo. Los explosivos iban ocultos en la ropa interior del terrorista, en un vuelo de Northwest Airlines entre Ámsterdam y Detroit. Tras el incidente, se inició el despliegue de los escáneres corporales, comenzando en 2010 en Estados Unidos, coordinado por la TSA, y en 2011 en Europa, mediante el Reglamento (UE) 1141/2011.

Ahora: seguridad preventiva y reducir la fricción

En los últimos años el enfoque ha pasado de reactivo a preventivo. Desde 2016, se requiere información anticipada de los pasajeros para construir un registro de nombres y una lista de exclusión. Por otro lado, desde abril de este año está en funcionamiento el Sistema de Entradas y Salidas (EES) que requiere un registro biométrico de los pasajeros que entren en el espacio Schengen. Además, en un futuro próximo también será necesario enviar un formulario digital, el ETIAS (similar al ESTA de EE. UU.), antes del viaje.

Otro aspecto que está cambiando es que se comienza a reconocer que las múltiples medidas de seguridad que se han ido tomando generan molestias a los pasajeros. Además, ante el creciente número de viajeros aéreos, se hace necesario reducir la fricción (cualquier obstáculo o retraso que interrumpa, ralentice o empeore la experiencia del viajero) y los tiempos de procesamiento (la duración de cada uno de los trámites y controles que deben realizar los pasajeros). De esta manera, por primera vez en unas cuantas décadas, con los escáneres de tomografía computarizada de los equipajes de mano se retira una medida de seguridad aérea. Estos escáneres permiten detectar explosivos líquidos por lo que ya no se hace necesario sacar botellas ni ordenadores del equipaje de mano. Aunque el despliegue está siendo lento, cada vez más aeropuertos ofrecen este avance para la experiencia del pasajero.

El futuro que dibuja la industria es un viaje seguro y con menores fricciones. Esto permite absorber más pasajeros y también tenerlos más contentos, lo que se traduce en más ventas en las tiendas del aeropuerto una vez cruzado el control de seguridad.

Satisfechos pero vigilados

Sin embargo, menos fricción no significa menos seguridad o que no se puedan producir otros incidentes. Por un lado, la reducción de las fricciones en la experiencia del pasajero conllevará mayor uso de los datos personales y de la identidad biométrica. Compartir más información, incluso antes de llegar al aeropuerto, puede garantizar al pasajero tener puertas francas, pero representa un importantes reto desde el punto de vista de la privacidad.

Por otro lado, existen muchos otros tipos de ataques al sector aéreo, como los ataques con drones de 2018 al aeropuerto de Londres-Gatwick, o el más reciente, este verano, en el aeropuerto de Leipzig, en Alemania. Por no hablar de los ciberataques a grandes aeropuertos.

Aquel copiloto que me ofreció un cigarrillo en una cabina de mando pertenece a un mundo impensable ahora y que ya no volverá. Pero el actual, con seguridad anticipada, automatizada e invisible, también requiere de debates sobre cuánto saben de mí el sistema y las empresas, y quién audita todo el proceso.

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Pere Suau-Sanchez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

Medir la desigualdad sin contar la pobreza distorsiona el retrato de la realidad económica

SORN340 Studio/Shutterstock

¿Cómo se mide la desigualdad económica de un país o de una ciudad? La herramienta más utilizada a nivel mundial es el índice de Gini, un indicador que resume en una sola cifra cómo se distribuye la renta entre la población. Sin embargo, dos territorios pueden tener el mismo índice de Gini y afrontar realidades sociales muy distintas. Incorporar la tasa de pobreza en el cálculo del índice puede aportar una visión más completa de la desigualdad territorial.

Cómo se calcula el índice de Gini

El cálculo del índice de Gini parte de una idea sencilla: si toda la población tuviera exactamente los mismos ingresos estaríamos ante una situación de igualdad perfecta. Esa situación ideal puede representarse como una línea recta. Sin embargo, en la realidad, la distribución de la renta se desvía de esa línea: algunas personas concentran una parte mayor de los ingresos y otras una parte menor.

El índice de Gini mide, precisamente, cuánto se aleja esa distribución real (que conocemos como la curva de Lorenz) de la igualdad perfecta. El resultado se expresa entre 0 y 1 (aunque también 0 a 100): cuanto más alto es el valor, mayor es la desigualdad. Un valor de 0 significaría que todos disponen de la misma renta. Un valor de 1 (o 100), que una sola persona concentra toda la renta.

En azul claro, la figura formada por la línea diagonal representa una situación de igualdad perfecta (toda la población con los mismos ingresos). En azul, la curva de Lorenz que muestra cómo se distribuye realmente la renta. Cuanto mayor es el área entre ambas líneas (A), mayor es la desigualdad y, por tanto, más elevado es el índice de Gini. Elaboración propia, CC BY

El índice de Gini permite a los gobiernos, los organismos internacionales y los medios de comunicación comparar la desigualdad en países y regiones. España, por ejemplo, presenta un índice relativamente elevado dentro de Europa: 31,2 en 2024.

El problema de medir la desigualdad con una sola cifra

El índice de Gini tiene una gran ventaja: es sencillo de calcular e interpretar. Sin embargo, esta capacidad de síntesis es también una de sus principales limitaciones.

Vamos a explicarlo. Imaginemos dos regiones con un índice de Gini prácticamente idéntico. A simple vista, podríamos pensar que ambas presentan niveles similares de desigualdad. Sin embargo, la realidad puede ser muy distinta: en una de ellas una parte importante de la población puede vivir en situación de pobreza, mientras que en la otra la mayoría de los residentes puede que disponga de ingresos relativamente elevados. Aunque ambas compartan un valor de Gini similar, sus necesidades sociales, y las prioridades de las políticas públicas, serían muy diferentes.

Esta limitación resulta especialmente relevante cuando analizamos la desigualdad a escala municipal. Los municipios pequeños suelen presentar estimaciones más inestables: unos pocos hogares con rentas extremas pueden alterar mucho el resultado.

Se trata de un problema estadístico bien conocido, ya que en áreas pequeñas el índice es especialmente sensible a valores extremos y pequeñas variaciones en la distribución de la renta. De hecho, esta fue una de las motivaciones de nuestro trabajo. Al analizar el índice de Gini a escala municipal observamos un patrón inesperado: municipios con mayor renta aparecían sistemáticamente como más desiguales que municipios de renta mucho más baja.

Incorporar la tasa de pobreza cambia el mapa

Para superar esta limitación, planteamos una adaptación del índice de Gini que incorpora la pobreza local en su cálculo, el índice de Gini normalizado. De este modo, en lugar de interpretar la desigualdad de cada municipio de forma aislada, la relacionamos con una referencia común para toda España.

Concretamente, utilizamos la proporción de población que vive por debajo del umbral de pobreza y analizamos si el nivel de desigualdad observado es superior o inferior al que cabría esperar dado ese contexto. En otras palabras, no evaluamos los municipios de forma aislada, sino en relación con un contexto socioeconómico común para toda España.

Para mejorar la precisión de las estimaciones, especialmente en municipios pequeños donde los resultados suelen ser más inestables, utilizamos modelos estadísticos que combinan datos georreferenciados con información previa y distribuciones de probabilidad para aprovechar también la información disponible de municipios cercanos (modelos bayesianos espaciales).

Aplicamos este método a 8 043 municipios españoles utilizando datos del Atlas de Distribución de la Renta de los Hogares del Instituto Nacional de Estadística (INE) correspondientes a 2022. Con el índice de Gini original, el mapa de España aparece relativamente homogéneo con diferencias entre municipios, pero sin un patrón territorial claro. Con el índice normalizado, en cambio, surge un patrón mucho más definido: Andalucía, Extremadura y Murcia muestran niveles de desigualdad más altos de lo esperado para su nivel de pobreza, mientras que Cataluña, País Vasco, Madrid y Baleares presentan niveles más bajos de lo esperado.

Es decir, algunas regiones que aparentemente parecían muy desiguales dejan de serlo cuando se tiene en cuenta su estructura socioeconómica, mientras que otras emergen como territorios especialmente vulnerables.

Distribución geográfica en España del índice de Gini: original (A) y normalizado (B) en 2022. Elaboración propia, CC BY

En general, el índice original identifica las grandes ciudades como las zonas más desiguales, pero, al ajustar por pobreza, el patrón se invierte: los municipios rurales y de baja densidad presentan una desigualdad relativamente mayor que la de las grandes ciudades. Los valores para los municipios analizados pueden consultarse en la web del proyecto.

Qué implica esto para las políticas públicas

La principal ventaja de este método es que no requiere datos difíciles de obtener. Se basa en dos indicadores ampliamente disponibles: el índice de Gini y la tasa de pobreza. Esto facilita su aplicación en otros países y a diferentes escalas territoriales, desde barrios y provincias hasta comunidades autónomas o comparaciones internacionales.

La desigualdad no depende únicamente de cómo se distribuyen los ingresos, sino también del contexto económico en el que esa distribución se produce. Incorporar la pobreza a su medición permite identificar territorios que pasan desapercibidos con los indicadores tradicionales, y ofrece una imagen más completa de las diferencias sociales existentes entre municipios. Este análisis más completo de la desigualdad relativa puede apoyar políticas redistributivas, la planificación de servicios públicos o el diseño de estrategias frente a la despoblación.

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Panoramas, cosmoramas y dioramas: simuladores de mundos antes de la IA

Fragmento del panorama de la ciudad de Edimburgo de Robert Baker, del siglo XVIII. Wikimedia Commons

¿Ha visitado alguna vez una montaña rusa, o una de esas atracciones familiares que simulan viajes en barco o tren por distintos parajes naturales o urbanos que ofrecen muchos parques temáticos?

El paseo para ver It’s a small world o el viaje en los cohetes del Space Mountain en Disneyland son el resultado de la combinación y actualización de una serie de espectáculos ópticos de ilusión realista, inventados en el siglo XIX. Gracias a ellos, el público podía vivir una experiencia inmersiva que lo situaba en un espacio diferente y, a veces, también en un tiempo distinto al suyo.

El panorama, el cosmorama y el diorama

El panorama, patentado por Robert Barker en 1787, era una pintura gigante de 360 grados que se colocaba en un espacio construido expresamente para ella. El espectador podía tener una vista inmersiva y circular de lo que hubiese sido retratado en el paisaje. Podríamos decir que es el precursor del formato panorámico actual de las fotografías o los vídeos.

El diorama, inventado por Louis Daguerre y Charles Bouton, era un espectáculo parecido al panorama en el que se exhibía un gran lienzo pintado por ambas caras. Sobre él incidía una luz que destacaba unas zonas frente a otras. Ante los ojos del espectador, el paisaje variaba en función del paso de las horas del día y la noche, las estaciones o los efectos provocados por un alud, la erupción de un volcán o un incendio, entre otros casos.

Por su parte, en el cosmorama, invención del abate piamontés Gazzera, las vistas eran contempladas a través de unos vidrios que tenían la propiedad de aumentar y alejar en apariencia los objetos visionados.

Sección transversal de la Rotonda de Leicester Square, donde se exhibió el panorama de Londres (1801).
Sección transversal de la Rotonda de Leicester Square, donde se exhibió el panorama de Londres (1801). Wikimedia Commons

Empiezan a moverse

Con la idea de dotarlos de mayor realismo, para que el público se sintiera inmerso en una escena genuina, estos espectáculos fueron incluyendo objetos, animales o actores que reprodujesen tridimensionalmente los detalles plasmados en dos dimensiones. Esto ampliaba un efecto que todavía puede disfrutarse, por ejemplo, en los dioramas diseñados por belenistas y pesebristas. En el siglo XIX, el sonido, los juegos de luces y sombras y la narración del exhibidor también eran fundamentales para completar la alucinación del público.

Con frecuencia, espectáculos como los panoramas móviles producían un simulacro de movimiento, un ligero desplazamiento, como si el espectador estuviese asomado a lo que pretendía ser la ventanilla de un tren o un barco. Al igual que en los modernos parques temáticos, la audiencia experimentaba la sensación de estar subiendo una montaña, navegando por un río, adentrándose en un tétrico cementerio o sufriendo los efectos de un terremoto, de una avalancha de nieve o de un gran incendio. A su vez, también podía sumergirse en una famosa batalla o verse colocado en medio de las ruinas de civilizaciones antiguas o exóticas, como Pompeya, Roma, Atenas o Pekín.

El asombro y la sorpresa eran indescriptibles. Sin embargo, en ocasiones, los espectadores salían de ellos con cierta sensación de náusea, vértigo e incluso vómitos, resultado de la experiencia que se vivía como si fuera un viaje real.

La montaña rusa

En 1770 el aristócrata Simon-Gabriel Boutin inauguró en París los jardines del Tívoli. Tras cerrar después de la muerte en la guillotina de su dueño, en 1795 volvieron a abrir sus puertas convertidos en un gran espectáculo. Lo hicieron de la mano del empresario Gérard Desrivières, que decidió incluir entre sus atracciones títeres, equilibrios sobre cuerda, proyecciones de linterna mágica –uno de los antecedentes del cine– y panoramas.

El Tívoli tuvo muchos dueños a lo largo de su historia. Tras Desrivières pasó a ser propiedad de Jean Henri Louis Greffulhe. Y, después de la muerte de este último, en 1826 sus herederos lo alquilaron al físico, aeronauta e ilusionista belga Étienne-Gaspard Robert (conocido profesionalmente como Robertson). Este Nouveau Tivoli contaba con fuegos pirotécnicos, ascensos en globo, y una variedad de espectáculos de linterna mágica y fantasmagorías –así conocidos por su temática y efecto terrorífico–. Pero además, Robertson decidió introducir atracciones mecánicas de velocidad conocidas en la época como montañas rusas.

En los años 60 y 70 del siglo XIX, estos espectáculos se convirtieron en fenómenos de masa, en muchas ocasiones incluidos entre los atractivos de las exposiciones nacionales o internacionales. El público podía sumergirse por unas horas en espacios y tiempos vinculados con los valores de una modernidad que apreciaba aquellas culturas distantes, exóticas o de excepcional valor patrimonial.

Así, podía viajar sin moverse del asiento, y contemplar pequeños mundos que hoy siguen atrayendo a las masas convocadas por los más famosos parques temáticos. El italiano Nicolino Calyó era pintor de panoramas móviles y cosmoramas en los que se ofrecían “viajes a pie quieto”, es decir, un paseo visual por diversos lugares del mundo sin abandonar el local de exhibición. Calyó, después de haber recorrido Europa y América exponiendo sus cuadros, acabó instalándose con su familia en Broadway, donde triunfó con estos espectáculos con acompañamiento de piano.

Al revisar sus creaciones, y las de otros como él, podemos detectar en ellas un antecedente artístico de la utilización de la IA generativa en el cine, que ya se puede ver en obras visuales como PLSTC (Laen Sanches), The Frost (Stephen Parker / Waymark) y Here, de Robert Zemeckis.

Aunque el formato elegido sea diferente, existe un vínculo común en el hecho de combinar el uso de la técnica y las artes. Con ello, estos proyectos buscan crear realidades inexistentes, metaversos dotados de un efecto de ilusión tan potente que el espectador de hoy, como el de siglos atrás, se crea inmerso en un mundo real.


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Marieta Cantos Casenave no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

Published — 9 September 2026 the conversation - Investigaciones y Noticias

Con el gasóleo disparado, para qué puede servir que el BCE suba los tipos (y para qué no)

Sede del Banco Central Europeo en Fráncfort (Alemania). nitpicker/Shutterstock

Cuando se incrementa el precio de la energía, los bancos centrales tienen un problema: subir los tipos enfría la economía pero no produce petróleo, gasóleo ni capacidad de refino. Si se espera que el encarecimiento sea transitorio, pueden aceptar el salto del IPC y esperar a que se disipe. El problema es que la capacidad de refino tarda años en reponerse.

El Consejo de Gobierno del BCE decide este jueves si sube los tipos para la eurozona, tras mantenerlos en el 2,25 % el pasado mes de julio. Los mercados dan casi por descontada una subida de 25 puntos básicos y el Brent vuelve a rondar los 100 dólares al mantenerse los ataques entre Estados Unidos e Irán, y con Ormuz todavía bloqueado.

La lectura automática es que un shock energético exige endurecer la política monetaria. Pero un detalle cambia el diagnóstico: pese al desplome del crudo de los últimos meses, el gasóleo no ha bajado por la subida de los márgenes de refino. Ese margen tampoco ha cedido ahora que el crudo vuelve a subir. Los inventarios de destilados cerraron agosto un 14 % por debajo de su media de cinco años. El cuello de botella ya no está solo en el pozo, sino en la capacidad de convertir crudo en gasóleo.


Leer más: Sobra petróleo en los mercados pero faltan refinerías, por eso no baja el precio del gasóleo


Una tormenta sobre un sistema sin colchón

Ante un shock energético transitorio, la teoría monetaria no prescribe necesariamente una subida de tipos. Puede ser óptimo aceptar un incremento en los precios en vez de provocar una caída en la actividad económica. El BCE lo formula con más matices: importan el origen, la magnitud y la persistencia de la presión inflacionaria, y un shock de oferta (un cambio repentino e inesperado que altera la capacidad de producción o los precios) exige, en principio, una respuesta más medida que uno de demanda.

Aunque la causa inmediata sí es bélica (hay plantas en Oriente Medio que siguen afectadas, las rusas encajan ataques ucranianos y Moscú llegó a suspender sus exportaciones de diésel), el golpe ha caído sobre un sistema con poca holgura porque, al verse afectado el refino, la corrección es más lenta. En Estados Unidos, dos cierres de refinerías en 2025 eliminaron alrededor de 400 000 barriles diarios y Europa lleva años cerrando y reconvirtiendo plantas. Sin colchón de refino, cada avería o parada se traslada con mucha más fuerza al precio.

Se siguen construyendo refinerías

Eso no significa que el mundo haya dejado de construir refinerías. La Agencia Internacional de la Energía prevé 4,2 millones de barriles diarios de nueva capacidad mundial hasta 2030, sobre todo en Asia y Oriente Medio. Europa, por su parte, tiene un problema geográfico y de calendario: una refinería tarda años en construirse y necesita décadas para amortizarse, mientras que con la transición energética se presupone una caída estructural de la demanda. Más que decir que la transición crea la escasez, conviene hablar de un riesgo de secuencia: la de retirar la capacidad antes de que desaparezca la demanda.

El sector del refino reacciona exprimiendo sus plantas, desviando la producción hacia los derivados más rentables o aplazando las labores de mantenimiento. También se pueden reincorporar plantas dañadas, aumentar las importaciones o hacer pequeñas ampliaciones. Pero reconstruir un sector local a medio desmantelar es lento, intensivo en capital y arriesgado económicamente hablando.

El riesgo de apretar demasiado

Frente a esas circunstancias, los tipos son un instrumento romo. La demanda de carburante es muy rígida: los estudios para España y la UE muestran que si el precio sube un 10 %, el consumo apenas cae entre medio punto y punto y medio. El margen de refino baja cuando aumenta la oferta efectiva de productos refinados respecto de la demanda. El tipo de interés actúa sobre todo sobre este último término: para abaratar el gasóleo mediante la política monetaria hay que destruir demanda (subiendo los tipos) hasta hacerla encajar con una oferta escasa.

Además, encarecer el crédito no es neutral para la oferta futura. Un modelo teórico muestra que ante una perturbación en la oferta, un endurecimiento que deprima la inversión puede reducir la productividad y prolongar parte de la presión en los costes.

Lo que sí está en su mano

Esto no significa que el BCE deba quedarse quieto: debe precisar para qué sirven sus medidas. La persistencia juega en dos sentidos: cuanto más dura el cuello de botella, menos pueden los tipos eliminar su causa física, pero más tiempo tiene el encarecimiento para propagarse. El problema monetario aparece cuando se produce el efecto contagio y el shock comienza a afectar a los salarios, la fijación general de precios y las expectativas de los consumidores.

Ahí sí puede actuar el BCE explicando que una subida en los precios provocada inicialmente por el encarecimiento del refino no demuestra por sí sola que haya inflación persistente. Así, evita que hogares y empresas extrapolen la situación al negociar salarios, márgenes y contratos. Christine Lagarde, presidenta del BCE, lo resumió en marzo al señalar que la política monetaria no puede bajar los precios de la energía, pero sí debe identificar cuándo empiezan a desbordarse hacia una inflación generalizada.

También puede reconocer lo que no le corresponde. Los instrumentos contra una escasez física están en otras manos: permisos, mantenimiento, decisiones sobre cierres y reconversiones, diversificación de suministros y una política de demanda que reduzca el consumo al ritmo al que se retira la oferta. Un banco central que subraya sus límites evita que se le exija lo imposible.

Subidas de precios

Los datos de agosto lo ilustran bien. La inflación de la eurozona saltó al 3,3 %, con la energía subiendo un 14,3 %. Pero la inflación subyacente (que no toma en cuenta los precios de la energía ni de los alimentos frescos) fue del 2,4 %, y la inflación solo sin considerar los precios de la energía se mantuvo en el 2,2 %.

En España, el IPC subió al 4,3 % empujado por los carburantes, mientras que la inflación subyacente fue del 2,9 %.

Un análisis del BCE publicado el 1 de septiembre concluye que, hasta mayo, el repunte de inflación de 2026 se explicaba casi enteramente por shocks adversos de oferta energética.

La distinción no es académica. El desacuerdo ya no consiste tanto en decidir si el shock es de oferta como en juzgar cuánto durará y hasta dónde se propagará. La mayoría de expertos esperan una subida en septiembre y después una pausa.

Un seguro, no un remedio

El BCE puede evitar que el problema se extienda pero no puede fabricar la capacidad de refino que falta.

Con los datos de agosto, una subida del 0,25 % puede defenderse como un seguro contra un contagio que aún parece limitado. Pero eso no justifica una secuencia automática de subidas mientras el IPC general siga alto: el remedio debe calibrarse contra la propagación del shock, no contra el precio del gasóleo que lo originó.

El precio del crudo volverá a bajar cuando la geopolítica y la oferta lo permitan, pero el margen de refino no tiene por qué ir al mismo ritmo. Ninguna decisión tomada en Fráncfort levanta una refinería: su función es impedir que un cuello de botella industrial termine reescribiendo los salarios, los precios y las expectativas de toda la economía europea.

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Enrique Parra Iglesias no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

Noise exposure is linked to chronic stress and heart disease. It’s time to make peace and quiet a public health right

Kazantseva Olga/Shutterstock

Has your phone ever died very quickly, despite you barely using it? Sometimes, the explanation is simple: dozens of apps running in the background constantly drain the battery. Something similar happens within our bodies, as almost all of us live with an app installed by default that never closes: noise.

This invisible aggressor is not just a physical phenomenon that can be measured in decibels – it is a subjective, cultural experience. As philosopher Byung-Chul Han points out, our society has pushed silence to the margins, replacing it with a constant state of hyper-attention that keeps the body in a state of low-level alertness. What begins as a sensory stimulus ends up fuelling a crisis of attention and biological rest.

Human beings evolved to interpret sounds as signals of danger or relevant information. For millennia, hearing the crack of a branch was all that stood between survival and dying at the hands of a predator, but over just a few decades our soundscape has changed radically. Traffic, construction, constant notifications and urban hum have created a perpetual soundscape, and our bodies have simply not had enough evolutionary time to adapt to this barrage.


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For years, research focused on hearing health, and with good reason – noise is the second leading cause of hearing loss worldwide. In recent decades, “recreational” noise exposure has come to the fore, particularly prolonged headphone use among young people.

But the most significant change in modern science is not just about the amount of noise, but how we experience it. Noise is no longer understood solely as a problem that affects hearing, it is also recognised as a systemic environmental pollutant. Transport noise is now one of the leading environmental cause of illness in Europe, second only to air pollution.

The human body does not process all sounds in the same way. Below a physiological threshold of around 60 decibels (a normal conversation), the body keeps its balance. But above this limit, the nervous system interprets the sound stimulus as a threat and triggers the instinctive fight-or-flight response.

The sound itself does not matter. Whether it is a motorbike or a distant siren, the brain perceives it as a potential danger, meaning any sound over the threshold activates the hypothalamic-pituitary-adrenal axis. This triggers a sustained release of cortisol and adrenaline, the stress hormones that put us into survival mode.


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Impacts on the heart and gut

When this survival mechanism is chronically activated, health suffers. Continued noise exposure raises the heart rate and blood pressure, increasing the risk of high blood pressure, heart attack and stroke.

The effects also extend into unexpected areas, including the gut microbiota. Recent research suggests that the vast ecosystem of bacteria living inside us is particularly sensitive to our environment and behaviour, and chronic stress caused by noise could disrupt the balance of this ecosystem. This causes what scientists call “dysbiosis”: a kind of bacterial mutiny, where beneficial bacteria populations decline and harmful ones take over.

Even while we sleep, the brain does not switch off. It continues to process sounds and keep the body in a state of micro-alertness that disrupts our rest. This lack of night-time recovery is the ideal breeding ground for oxidative stress and systemic inflammation, which are linked to metabolic diseases such as type 2 diabetes.

The luxury of silence

Our senses are closely linked to our health, but access to peace and quiet is not distributed equally. In Spain, for instance, 83.9% of people live in urban areas, and noise exposure is determined by postcode – the most densely populated areas are subject to a constant barrage of noise, making them epicentres of vulnerability.

Noise is therefore a matter of social inequality. Less well-off people not only breathe poorer air, but also live in noisier environments that prevent their bodies from healing and resting.

The solution is not just external. A body already under stress from emotional factors or poor diet is more vulnerable to noise pollution, meaning nutrition can make a difference. Diet cannot, of course, silence noise, but antioxidants and essential nutrients can boost our stress tolerance, protecting sensitive tissues and strengthening the resilience of the gut ecosystem.


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Turning down the volume

The fight against noise pollution requires public policies: reducing traffic, improving sound insulation in homes, and building green spaces that act as refuges. A cultural shift is also needed. Revaluing silence means recognising it as a vital biological resource.

On an individual level, we can take small steps to improve our “sound diet”. These include silencing unnecessary notifications, or carving out moments of complete disconnection during the day.

In a society that prioritises speed and excess, silence becomes a subversive act. It is not about eliminating sound altogether, but about restoring balance. The most important question is not how much noise we can tolerate, but how much silence we need to be truly healthy.

In a world that pushes us to be constantly connected, rediscovering silence is the best possible way to recharge. We must learn to consciously close the app draining our energy in the background, and remember that silence is not a system error – it is the only state in which our operating systems can truly rest and reboot.

In cities where silence can only be enjoyed by a privileged few, peace and quiet ceases to be a personal choice. Instead, it becomes a public health right, one that must be protected and prioritised on all levels.


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Published — 8 September 2026 the conversation - Investigaciones y Noticias

¿Frustrado con su banco? Por qué la IA es mejor que las encuestas para entender las quejas de los clientes

jkcDesign/Shutterstock

Todos nos hemos visto en la misma situación: tras una llamada telefónica con nuestro banco para solventar un problema, una voz automatizada nos pide que respondamos a una breve encuesta (por ejemplo: “¿Recomendaría nuestro servicio a un familiar o conocido? Responda del 1 al 10”).

Esta aparente simple pregunta es en realidad una métrica, el Net Promoter Score o índice de promotores neto (NPS). Junto con los cuestionarios tradicionales, es el modo más habitual en que los bancos miden la satisfacción de sus usuarios.

Sin embargo, es un procedimiento muy limitado para reflejar la experiencia real del cliente. No capta las emociones, los matices ni los verdaderos motivos de frustración o satisfacción que espontáneamente surgen en las llamadas.

Ahora, en un contexto en el que la inteligencia artificial está en todo su apogeo, es posible mejorar las estrategias de marketing mediante el análisis masivo de conversaciones telefónicas reales.

‘Valore del 1 al 10’: un modelo agotado

Los productos bancarios están cada vez más estandarizados y son más accesibles digitalmente. Por tanto, la ventaja competitiva de una entidad ya no depende tanto de sus productos sino de la calidad de su servicio. Se estima que las malas experiencias en la atención explican aproximadamente el 20 % del abandono de clientes en este sector.

El carácter estático de las métricas limita el proceso de medición de la satisfacción de los clientes, pues se pierde la interacción entre el usuario y el banco. Además, hay un sesgo de auto-selección, pues estas encuestas suelen reflejar las percepciones de una pequeña proporción de clientes (los muy satisfechos o los extremadamente enfadados).

Los primeros modelos de análisis de texto (que procesan y extraen información de valor de grandes volúmenes de datos lingüísticos no estructurados) tampoco han resuelto el problema, ya que se pierde la riqueza lingüística de las personas, reduciéndola a etiquetas cerradas como “Satisfecho” o “Insatisfecho”, y no captan el contexto de la queja.


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‘Escucha’ a gran escala: aprendizaje automático e IA generativa

Hemos creado un modelo de análisis de la experiencia de clientes bancarios combinando el aprendizaje competitivo con la inteligencia artificial generativa cuyo funcionamiento se divide en tres etapas:

  1. Las transcripciones de texto de las llamadas telefónicas se limpian de ruidos (como muletillas o risas) y anonimizan para cumplir con la normativa de privacidad de datos del sector bancario.

  2. El sistema organiza las conversaciones en grupos temáticos de forma automatizada y transparente mediante un algoritmo de aprendizaje competitivo.

  3. Se aplica un modelo de IA generativa de generación aumentada por recuperación (que le permite buscar información actualizada, reduciendo errores y aportando datos precisos) y reordenación semántica (que le permite entender el contexto y la intención del lenguaje humano).

Estas herramientas permiten que los analistas interroguen al sistema haciendo preguntas en lenguaje natural. Por ejemplo: “¿Cuáles fueron los principales motivos de insatisfacción este mes?”. También, pueden recibir al instante respuestas detalladas basadas directamente en la evidencia de las llamadas reales.

Aplicamos nuestra herramienta a 10 062 406 de conversaciones telefónicas entre clientes y agentes, recogidas mensualmente por una institución financiera durante dos años.

Menos quejas, más autonomía y más eficiencia

¿Qué mejora nuestro modelo cuando analiza millones de horas de conversación? Básicamente, la capacidad de extraer las necesidades explícitas de los usuarios. No solo diagnostica el descontento, sino que proporciona el conocimiento para erradicarlo.

Detecta con precisión los problemas reales que llevan al cliente a llamar a la entidad. Así, los analistas bancarios pueden rediseñar las aplicaciones móviles y los canales digitales para poder reducir las quejas.

A continuación, exponemos de manera gráfica un ejemplo de la interfaz sobre cómo se pregunta y se genera la respuesta:

Se puede observar su gran capacidad de detectar aquellos problemas que provocarían llamadas recurrentes a los centros de atención al cliente. Esto permite rediseñar más eficientemente los servicios digitales y las funcionalidades de autoservicio. De este modo, se fomenta la autosuficiencia del cliente al permitirle resolver sus gestiones de forma independiente y sencilla. Al reducir su esfuerzo, aumenta drásticamente la lealtad y confianza del usuario hacia su entidad.

Además, la retroalimentación continua del sistema permite que los bancos identifiquen nuevos problemas, se anticipen a la insatisfacción y diseñen y rediseñen intervenciones específicas. Así, se mejora tanto la eficiencia operativa como la calidad de la relación. Todo esto provoca nuevamente una reducción significativa de llamadas telefónicas asistidas. Como resultado, se disminuye sensiblemente tanto la carga de trabajo de los agentes como los costes operativos para la empresa.

Más de diez millones de llamadas

La efectividad de la herramienta se demostró con una doble auditoría. Primero, por analistas expertos que otorgaron al sistema puntuaciones sobresalientes (alrededor de 5 sobre un máximo de 5). Por otro lado, hicimos una validación cruzada para comparar las respuestas del modelo con las de otros sistemas de inteligencia artificial como Gemini y DeepSeek. Los niveles de coincidencia semántica fueron superiores al 90 % y 85 % respectivamente.

Además de los buenos resultados en términos de análisis de las respuestas de los clientes, nuestro sistema demostró una mejor eficiencia computacional, al reducir los tiempos de ejecución y los costes en la nube, alineándose con los objetivos de sostenibilidad energética de las organizaciones.

Con la integración del aprendizaje automático y los modelos lingüísticos, el futuro de la experiencia bancaria ya no se decidirá rellenando casillas del 1 al 10, sino escuchando con inteligencia lo que los clientes dicen.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

Published — 7 September 2026 the conversation - Investigaciones y Noticias

La selección: la inteligencia humana es un artículo de lujo

Querido lector, querida lectora:

Lo que tiene entre las manos, delante de los ojos, en la pantalla, cada vez que entra en The Conversation, es un artículo de lujo. Dada la invasión de contenidos fabricados con inteligencia artificial en los medios de comunicación, es un verdadero privilegio poder acceder a una plataforma donde los autores son expertos de carne y hueso.

Porque, por si alguien tenía dudas a estas alturas, en The Conversation en español no admitimos artículos escritos con IA. Huelga decir que sería una falta de respeto pretender que lectores y editoras dedicáramos más tiempo a leer un texto del que su supuesto autor ha invertido en escribirlo. No vamos a entrar en debates sobre la capacidad de la máquina para redactar y fundamentar la información, ni sobre lo eficiente y rápido que es que lo haga, sobre eso de que luego será supervisado por la persona que va a firmarlo… ni sobre sus sesgos, ni sobre su contribución al empobrecimiento del lenguaje.

Lo que pasa es que preferimos apostar por las sofisticadas, sorprendentes e inigualables habilidades de expresión y de creatividad del cerebro humano.

Y es que nuestros autores, antes que investigadores o profesores de universidad, son personas. Eso significa que parten de su experiencia real –fruto de su interacción física con el entorno– y de una motivación propia –casi siempre cambiar el mundo para mejor con sus investigaciones–. Son dos cosas que una IA no puede tener.

Un algoritmo nunca se ha bañado en ese mar sin el que no podría vivir el biólogo Antonio Figueras, cronista de las maravillas y peligros que acechan al océano, como la muerte de toneladas de mejillones en Galicia este año. También vive cerca de una playa preciosa nuestra autora Paula Lamo, escritora de relatos de ficción e ingeniera decidida a hacernos entender que el aprendizaje automático no es nada sin un soporte físico para existir, con sus exigencias de energía y materias primas.

Otra cosa que no puede hacer la IA es dar a luz, como sí ha hecho Cristina de Juana, que además de madre es arqueóloga convencida de que ayudarnos unos a otros es el mejor camino y autora de un artículo sobre el parto asistido en la prehistoria. Tampoco puede emocionarse mirando al cielo, como le ocurre al astrofísico Miguel Ángel Aloy, cuando nos habla de lo que podrá ver el telescopio Nancy Grace Roman. ¿Y creen que a un chatbot le importa si protegemos nuestra privacidad cuando jugamos a videojuegos? Ni de lejos tanto como a Marta Beltrán, informática experta en protección de datos. Por la misma razón, un modelo de lenguaje nunca se irá al campo a tumbarse en un escondite a la espera de fotografiar una libélula, joya viva de la prehistoria, como han hecho la bióloga Patricia Casanueva y el ingeniero agroforestal Luis Fernando Sánchez.

Así podría seguir citando a todos nuestros queridos autores, con las peculiaridades y el corazoncito de cada uno, si no fuera porque nuestra compañera Claudia Lorenzo –que además de editora de Cultura es el hada madrina que les lleva cada sábado a su buzón La selección– está harta de decirnos que no nos pasemos de 500 palabras.

Con cariño, les deseo que sigan disfrutando de su producto de lujo.

The Conversation

En el trabajo, la edad importa pero la antigüedad también

La comunicación interna se ha convertido en una función estratégica dentro de las organizaciones. Con los años, ha pasado de ser una vía de transmisión de información a ser una vía de creación de significado para los trabajadores.

Una comunicación interna de calidad se vincula con la satisfacción laboral y el compromiso. Si funciona eficazmente, los empleados se sienten más integrados, actúan como embajadores de la marca y promueven los valores de la organización ante públicos externos.

Sin embargo, la percepción de esta comunicación es un proceso muy subjetivo, que se ve influenciado, entre otros factores, por la diversidad de la plantilla. Esto sugiere que la misma estrategia de comunicación puede ser recibida de manera diferente según el grupo o el contexto organizacional.

Ni muy nuevos ni muy viejos

Cuando una empresa quiere mejorar su comunicación interna, suele pensar primero en los recién llegados: manuales de bienvenida, sesiones de acogida, tutorías para los primeros meses. Tiene sentido: son quienes más dudas tienen. Pero una investigación reciente apunta a que esta atención puede dejar un punto ciego sin atender: los trabajadores con entre 1 y 15 años de antigüedad.

En la organización analizada, la valoración de la comunicación interna por parte de los trabajadores varía bastante según su antigüedad. No son los recién llegados los que se muestran más críticos, ni tampoco los veteranos con décadas de vinculación. Son, sobre todo, esas personas que llevan trabajando en la empresa entre 1 y 15 años (precisamente el grupo que suele representar el grueso de cualquier plantilla).

La satisfacción laboral no es igual en todas las etapas

Encuestamos a 249 trabajadores –personal docente e investigador y personal de administración y servicios– de una universidad catalana. Para ello, utilizamos un cuestionario validado que mide ocho dimensiones distintas de la satisfacción comunicativa: desde el feedback recibido hasta la calidad de las reuniones, pasando por la transparencia sobre las decisiones de la organización.

Los empleados con menos de un año de antigüedad fueron, con diferencia, los más satisfechos. Ellos reciben información constante durante la incorporación. Además, todavía no han tenido tiempo de que sus expectativas se confronten con el día a día. A partir de ahí, la satisfacción tiende a moderarse pero vuelve a subir ligeramente entre quienes llevan más de 15 años.

Este fenómeno no es nuevo en la investigación sobre el mundo laboral: se conoce como efecto resaca. La luna de miel de los primeros meses da paso a un choque entre lo que se esperaba de la organización y lo que realmente se vive.

Dos relojes distintos: edad y antigüedad

Una segunda idea del estudio tiene que ver con algo que muchas organizaciones dan por sentado: que edad y antigüedad son más o menos lo mismo. No lo son y tratarlas como si lo fueran oculta información valiosa.

En nuestro estudio vemos cómo la edad define la manera en que prefiere comunicarse el trabajador: qué canales le resultan cómodos, qué formatos entiende como cercanos. En cambio, la antigüedad tiene que ver más con la experiencia acumulada dentro de la organización y con cuánto se ha ido puliendo la mirada crítica sobre si lo que la organización dice se corresponde con lo que hace.

Esta distinción se ve con claridad en los datos obtenidos. Los empleados mayores de 55 años puntúan peor la comunicación informal y la calidad de los canales digitales. No puntúan peor en transparencia, ni en si se sienten parte de la organización, ni en la utilidad de las reuniones.

Esto es importante pues no se trata de que los séniors perciban una organización menos transparente, sino de que los canales disponibles no siempre encajan con sus hábitos comunicativos. No es una cuestión de habilidad digital sino de preferencias. Muchos trabajadores de más edad valoran el contacto directo o el correo electrónico por encima de canales más informales o novedosos.

Respecto a la antigüedad, en cambio, la disconformidad se asocia con dimensiones más estratégicas: la información sobre el funcionamiento de la organización, el ambiente comunicativo general, la calidad de las reuniones. Son aspectos de fondo, no de forma.

En conclusión, dos empleados de la misma edad, pero con antigüedades distintas, pueden necesitar vías de comunicación completamente diferentes. Y dos empleados con la misma antigüedad, pero de generaciones diferentes, pueden estar de acuerdo en el fondo, aunque prefieran canales opuestos de comunicación.

Por qué esto puede ser importante

Una política de comunicación interna pensada solo para la acogida de nuevos empleados deja fuera a un grupo de trabajadores potencialmente numeroso que, en este estudio, muestra los niveles más bajos de satisfacción comunicativa.

Esto no significa que se deban abandonar los programas de bienvenida, sino complementarlos con mecanismos pensados para quienes ya llevan un tiempo dentro. Son necesarios espacios de feedback estructurado, mayor transparencia sobre los cambios organizativos, o programas de mentoría. Con estos últimos se aprovecha el conocimiento de los empleados más veteranos para acompañar a quienes están en el intermedio de la travesía.

Estos programas no tienen por qué ser formales ni costosos. A veces basta con emparejar a un empleado de mitad de carrera con alguien de mayor trayectoria para conversaciones periódicas, sin una estructura rígida.

También conviene revisar qué combinación de canales funciona mejor para los distintos colectivos. No se trata de renunciar a las herramientas digitales, sino de mantener alternativas que sigan siendo accesibles para quienes las prefieren.

Una pérdida de talento

Lo que este estudio deja claro es que la comunicación interna no puede diseñarse pensando en una plantilla uniforme. Edad y antigüedad marcan experiencias distintas y quienes llevan entre 1 y 15 años en la organización –la mayoría, en cualquier plantilla– merecen tanta atención como los recién llegados. Ignorar ese punto ciego tiene un coste, pues es allí donde es mayor el desajuste entre lo que se promete y lo que se vive dentro de la organización. Y donde más se juega la confianza a largo plazo.

Como toda fotografía tomada en un momento concreto, este estudio no puede predecir cómo evolucionará la satisfacción de una persona a lo largo de su carrera, pero sí señalar hacia dónde debe mirar una organización que quiera que su comunicación interna abarque a la mayoría de su plantilla.

Al final, hay un coste económico y organizacional en este tema: la rotación es cara, y quien decide marcharse casi nunca lo hace únicamente por el sueldo, sino porque deja de sentir que la organización le toma en cuenta. Además, cada salida supone una pérdida de talento y de conocimiento acumulado que no siempre es fácil de reemplazar.

Perder a alguien que ya lleva años arraigado en la empresa, precisamente porque su sentido de pertenencia y su compromiso empiezan a resentirse, es algo que las organizaciones deberían esforzarse por evitar.

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Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

La literatura después del 11 de septiembre de 2001: del trauma global al conflicto local

Bomberos y periodistas en la zona cero de Nueva York tras el ataque del 11 de septiembre de 2001. Anthony Correia/Shutterstock

El 11 de septiembre de 2026 se cumplen 25 años de los atentados terroristas que destruyeron las Torres Gemelas de Nueva York. Desde entonces, la literatura ha intentado contar no solo lo que ocurrió aquel día, sino también cómo sus consecuencias transformaron la vida cotidiana y nuestra forma de entender la guerra, la seguridad y las fronteras.

En los días y meses posteriores a los atentados, periódicos y revistas culturales como The Guardian y Harper’s Magazine publicaron textos de reconocidos escritores para ayudar a interpretar unas imágenes que millones de personas habían contemplado casi en directo. Ian McEwan escribió sobre las últimas llamadas de las víctimas; Martin Amis reflexionó sobre la vulnerabilidad estadounidense; Paul Auster dejó unas notas tomadas aquel mismo día, y Don DeLillo analizó en diciembre el significado histórico y político del ataque. Estas intervenciones inmediatas anticiparon cuestiones que después desarrollarían en su ficción.

Del espectáculo televisivo al duelo

Las primeras novelas importantes sobre el 11-S se enfrentaron a una dificultad: los atentados ya parecían una ficción por su dimensión visual. El hombre del salto (2007), de Don DeLillo, comienza con un superviviente que camina entre los restos de las Torres Gemelas, y convierte una imagen contemplada globalmente en la experiencia corporal y desorientada de una persona:

“Ya no era una calle sino un mundo, un tiempo y un espacio de ceniza cayendo y casi noche. Caminaba hacia el norte por los escombros y el barro y pasaban junto a él personas que corrían tapándose la cara con una toalla o cubriéndose la cabeza con la chaqueta. Iban con pañuelos apretados contra la boca. Llevaban los zapatos en la mano, una mujer con un zapato en cada mano pasó corriendo junto a él. Iban corriendo y se caían, algunos de ellos, confusos y desmañados, con los cascotes derrumbándoseles en torno, y había gente que buscaba cobijo debajo de los coches”.

En Tan fuerte, tan cerca (2005), de Jonathan Safran Foer, la televisión, las fotografías, los sonidos y los objetos cotidianos ocupan un lugar central. Las obras no se limitan a reconstruir la destrucción de las torres: se centran en la ausencia, el duelo y la dificultad de recuperar una vida normal.

Paul Auster siguió un camino similar en Un hombre en la oscuridad (2008). Frente a la saturación de imágenes, estas ficciones devolvieron al acontecimiento una dimensión íntima. El atentado empezó a medirse por sus efectos en un matrimonio, en una familia o en una persona incapaz de olvidar lo visto en televisión.

Portada de los libros mencionados.
Planeta de Libros/Anagrama

Sin embargo, aquella primera respuesta tuvo sus límites. Una buena parte de la narrativa británica y estadounidense abordó el terrorismo desde las sociedades occidentales. Algunas obras reprodujeron, aun sin pretenderlo, la oposición entre “Occidente” y “el islam” del discurso oficial, mientras relegaban las posibles causas históricas y políticas de la violencia.

La guerra contra el terror, vista desde los márgenes

A medida que avanzaban las guerras de Afganistán e Irak, otras novelas ampliaron el campo de visión. El fundamentalista reticente (2007), de Mohsin Hamid; La casa de los sentidos (2008), de Nadeem Aslam, y Sombras quemadas (2009), de Kamila Shamsie, situaron el 11-S más allá de una tragedia exclusivamente estadounidense. Lo relacionaron con la migración, la ocupación militar, la islamofobia, la tortura y la pérdida de derechos.

En estas obras, un personaje musulmán puede convertirse en sospechoso en Nueva York o en Londres mientras su familia sufre las consecuencias de la guerra en Pakistán, Afganistán o Irak. La literatura muestra que la “guerra contra el terror” no se desarrolló solo en los campos de batalla: también se extendió a los aeropuertos, las aulas, los barrios y los lugares de trabajo.

Un hombre mira por la ventana mientras en el reflejo ve a las Torres Gemelas en llamas.
Riz Ahmed en una imagen de la adaptación cinematográfica de El fundamentalista reticente. Mirabai Films

En mi investigación doctoral propuse leer estas obras de ficción como literatura de la “glocalización”. La idea es sencilla: lo global nunca ocurre en abstracto, sino que se vive en un cuerpo, una casa o una ciudad. Sombras quemadas, por ejemplo, enlaza el bombardeo atómico de Nagasaki, la partición de la India, la Guerra Fría y la guerra contra el terror a través de dos familias. Las decisiones de los gobiernos terminan marcando la piel y las relaciones de personas concretas.

La economía y las finanzas completan esa mirada. Netherland, de Joseph O’Neill; El fundamentalista reticente y Kapitoil, de Teddy Wayne, relacionan terrorismo, finanzas, petróleo y especulación. Sus protagonistas se mueven cerca del centro financiero de Nueva York, pero sus decisiones repercuten en países y vidas alejados de Wall Street.

Madrid, Londres y París: el miedo se propaga

El marco político creado tras el 11-S también condicionó otros atentados. Después del 11 de marzo de 2004, la literatura española abordó los ataques a los trenes de Madrid desde la memoria, el duelo y la dificultad de representar una violencia que afectaba a la ciudad. Así ocurre en El mapa de la vida, de Adolfo García Ortega.

En Londres, Sábado (2005), de Ian McEwan, trasladó el miedo al terrorismo y el debate sobre la guerra de Irak a la vida cotidiana. Tras los atentados del 7 de julio de 2005, otras obras examinaron la vigilancia, la militarización y la sospecha dirigida a las comunidades musulmanas. Incendiary, de Chris Cleave, presenta una ciudad en la que el miedo nace tanto de la violencia como de su tratamiento político y mediático. Los ataques de París de noviembre de 2015 prolongaron este imaginario de ciudades europeas sometidas a una amenaza permanente.

Una violencia que no cesa

Con el paso de los años, la ficción se ha alejado del instante del atentado para ocuparse de las consecuencias convertidas en crónicas. Las novelas más recientes muestran conflictos interconectados, desplazamientos forzosos y personajes que ya no encuentran un regreso claro a casa. La guerra aparece como una red persistente de intervenciones, fronteras y negocios, no como un episodio cerrado.

La literatura posterior al 11-S no ofrece una interpretación única porque el trauma tampoco fue igual para todos. Desde las torres de Nueva York hasta los trenes de Madrid, el metro de Londres o las calles de París, la ficción ha desplazado la mirada del acontecimiento hacia sus consecuencias humanas. Ha convertido una historia global en historias locales y ha preguntado quién merece ser recordado, quién queda fuera de la imagen y qué significa vivir en una guerra interminable.

Leer el 11-S desde la literatura permite recordar que detrás de palabras como terrorismo, seguridad, mercado o guerra hay vidas concretas. También revela una paradoja vigente: las amenazas atraviesan las fronteras, pero las respuestas destinadas a garantizar la seguridad pueden erosionar derechos y libertades y generar nuevas formas de incertidumbre.


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Adriana Kiczkowski no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

Published — 6 September 2026 the conversation - Investigaciones y Noticias

La paradoja de la generación Z: mejor formada pero con más incertidumbre

stockpexel/Shutterstock

Los nacidos entre 1997 y 2012 (la generación Z o gen Z) son la generación más cualificada de la historia reciente, según los últimos indicadores de la OCDE. El 50,2 % de los jóvenes de entre 25 y 34 años cuenta con titulación de educación superior o universitaria –56,7 % en el caso de las mujeres– y prácticamente duplican el 26,5 % de estudios universitarios de la generación de sus padres.

A esto se suma que más del 18 % posee másteres o posgrados de especialización antes de los 30 años, la tasa de finalización de la educación secundaria superior supera el 88 % en la UE y más del 65 % domina al menos un segundo idioma, todo ello respaldado por una alfabetización digital nativa y una capacitación continua inédita en la historia del mercado laboral.

Los z, que han acumulado títulos, posgrados, idiomas y certificaciones, crecieron bajo la premisa de que estudiar, conseguir un puesto en una empresa importante y escalar la pirámide corporativa les llevaría a alcanzar el éxito y la seguridad financiera.

Sin embargo, hoy en día, especialmente en América Latina, es una generación con un futuro incierto, que ha descubierto que la vieja fórmula de éxito traía letra pequeña: precariedad laboral, agotamiento crónico y sensación de vacío.

Preparado pero sin certezas

Los datos respaldan que el modelo tradicional de éxito ha colapsado, con la tasa de emancipación en mínimos históricos (14,5 %), un gasto en vivienda que devora casi el 98 % del salario mediano joven y cerca de un 19 % de trabajadores sumidos en el riesgo de pobreza.

Dados sus altos niveles de formación, la generación Z afronta tasas de sobrecualificación de hasta el 35 %. En América Latina, además, los jóvenes afrontan un mercado laboral inestable, en el que la informalidad roza el 50 % y deja a más de 130 millones de trabajadores sin seguridad social ni garantías de futuro.

México en particular presenta elevados niveles de estrés laboral. Un 27 % de los trabajadores padece estrés crónico y el 50 % afirma que la tensión laboral impacta directamente en su vida personal. En comparación con otros países, alrededor del 75 % de los trabajadores mexicanos experimentan estrés laboral agudo, porcentaje superior al registrado en economías como la china (73 %) y la estadounidense (59 %).

Esta situación se agrava por las extensas jornadas laborales. La Organización Internacional del Trabajo (OIT) ha señalado que México continúa siendo uno de los países donde más horas se trabaja entre los miembros de la OCDE, lo que contribuye al agotamiento, la fatiga y la disminución del bienestar laboral.

Es una inercia de desgaste crónico que termina por desplazar cualquier propósito vital, reduciendo la existencia a una rutina de mera supervivencia y rendimiento operativo donde quedan desplazados el desarrollo personal, la autorrealización y los vínculos afectivos.

El mito del trabajador incansable

Ante el miedo que provoca un futuro incierto, se ha romantizado el sacrificio extremo: se admira al que se queda hasta tarde, al que responde correos en domingo y al que presume de no haber tomado vacaciones en años, creyendo que esa hiperproductividad va a garantizar su lugar en el mundo.

Esta narrativa no beneficia a una generación sobrecualificada sino a un sistema que ve al trabajador como una pieza reemplazable de una gran maquinaria. Se debe cuestionar la idea de que el valor de la persona depende de su cuota de productividad horaria: el cerebro no es una máquina, y un trabajador descansado siempre tomará mejores decisiones que uno que opera bajo la neblina constante del cortisol (la hormona del estrés).

Serenidad frente a zozobra

Redefinir el éxito en tiempos de inestabilidad no significa dejar de ser ambicioso o volverse “vago”. Curiosamente, algunas de las mentes más influyentes utilizan el descanso como una herramienta estratégica para navegar la imprevisibilidad del futuro.

El empresario mexicano Carlos Slim (México) promueve lo que él llama el “ocio productivo”. Para él, el éxito no es estar ocupado 24/7, sino tener tiempo en blanco para leer, analizar el entorno y reflexionar sin prisa. Slim entiende que la pausa es necesaria para detectar las oportunidades que otros pasan por alto debido al estrés.

El estadounidense Bill Gates es famoso por sus think weeks (“semanas de pensar”): se retira a una cabaña, solo y sin distracciones, para leer y pensar. No son vacaciones de esparcimiento, sino un mantenimiento preventivo para mantener su mente ágil ante un mundo cambiante.

El empresario mexicano Carlos Bremer siempre enfatizó que su verdadera energía provenía de sus pasiones fuera de la oficina, como el deporte y la familia.

Una revision del concepto de plenitud

¿Qué pasaría si se empezara a medir el éxito por la resiliencia, la calidad del descanso, la profundidad de los vínculos y el sentido de propósito? Redefinir el éxito frente a la incertidumbre implica:


Leer más: Entre el placer momentáneo y el propósito duradero: la motivación que nutre la felicidad (y mejora la salud)


Desoír las expectativas ajenas

La verdadera realización profesional llega cuando se empieza a construir la carrera personal alineándola con los valores reales.

América Latina se está haciendo a esa nueva realidad. La búsqueda de modelos como la semana laboral de cuatro días o el derecho legal a la desconexión digital son actos de resistencia para recuperar nuestra humanidad ante un futuro que no promete garantías.

Es momento de usar toda la preparación acumula para realizar el proyecto más importante: redefinir el éxito propio. Porque mucho más que solo sobrevivir a la incertidumbre, se merece vivir plenamente.

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Guillermo José Navarro del Toro no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

¿Qué significa hoy llegar a ser mujer?: la vigencia de Simone de Beauvoir 40 años después

En redes sociales, hablar de igualdad de género es cada vez más habitual. Pero la expresión no siempre significa lo mismo para todo el mundo. De hecho, diversos estudios apuntan a una paradoja llamativa: una parte importante de la juventud considera que la igualdad ya está conseguida, mientras siguen presentes desigualdades y estereotipos en la vida cotidiana.

Cuatro décadas después de la muerte de Simone de Beauvoir, su pensamiento sigue ofreciendo una clave fundamental para entender este fenómeno.

Portada de El segundo sexo, de Simone de Beauvoir.
Portada de la primera edición de El segundo sexo, de Simone de Beauvoir. Wikimedia Commons

En El segundo sexo, Beauvoir formuló una de las ideas más influyentes del siglo XX: “no se nace mujer, se llega a serlo”. Con esta afirmación, cuestionó la idea de que las diferencias entre hombres y mujeres fueran naturales o inmutables y planteó que el género es el resultado de un proceso social, cultural e histórico.

Esta idea ha marcado profundamente disciplinas como la sociología, la educación o la teoría feminista, al permitir analizar cómo se construyen las desigualdades a través de normas, roles y expectativas. No se trataba solo de describir una realidad, sino de ofrecer herramientas para interpretarla críticamente.

La igualdad percibida frente a la igualdad real

Pero hay un problema. La vigencia de este planteamiento se hace especialmente evidente cuando se observa la realidad actual. Las investigaciones recientes sobre la juventud universitaria española muestran que, aunque existe un amplio consenso en torno a la importancia de la igualdad de género, también se detectan percepciones distorsionadas sobre su grado de consecución.

En nuestra investigación con alumnado universitario español, basada en una muestra de 1 460 estudiantes, más del 60 % considera que la igualdad entre hombres y mujeres está “prácticamente conseguida” en España. Sin embargo, cuando se analizan dimensiones concretas –como los estereotipos, las relaciones interpersonales o las expectativas sociales– aparecen contradicciones que evidencian la persistencia de desigualdades más sutiles.

Por ejemplo, aunque la mayoría del estudiantado rechaza abiertamente afirmaciones sexistas tradicionales, siguen apareciendo formas más discretas de desigualdad: desde la distinta valoración de comportamientos en hombres y mujeres hasta la normalización de ciertos roles en las relaciones afectivas. Lo relevante es que estas dinámicas no siempre se perciben como problemáticas, y esto dificulta su identificación y transformación.

Estos resultados, recogidos tanto en nuestro artículo Percepción de la juventud española sobre la igualdad de género como en un estudio sobre las dimensiones del concepto de igualdad desde una perspectiva coeducativa, apuntan a una idea clave: la igualdad formal no implica necesariamente igualdad real.

Lo que Beauvoir ya había explicado

Aquí aparece una clave fundamental. Esta distancia entre igualdad percibida y desigualdad cotidiana conecta directamente con el planteamiento de Beauvoir. Si el género es una construcción social, también lo son las percepciones sobre la igualdad. No basta con que existan leyes que reconozcan derechos iguales: es necesario analizar cómo se siguen construyendo identidades, roles y relaciones en la vida diaria.

Un ejemplo muy visible aparece en redes sociales. Es frecuente encontrar contenidos en los que se reivindica la igualdad de género –por ejemplo, mensajes virales en TikTok o Instagram– mientras que, en esos mismos espacios, se reproducen estereotipos tradicionales: desde la hipersexualización de las mujeres hasta la normalización de ciertos roles diferenciados en relaciones de pareja. Incluso en debates aparentemente igualitarios es habitual que se cuestione o minimice la desigualdad con argumentos como “eso ya no pasa” o “ahora los hombres están más discriminados”.

Además, los propios algoritmos de estas plataformas tienden a amplificar contenidos que generan interacción, lo que en ocasiones favorece la difusión de discursos polarizados o simplificados sobre la igualdad. Esto contribuye a reforzar percepciones sesgadas y a consolidar narrativas que no siempre se corresponden con la realidad social.

Adolescentes felices que caminan juntas en el parque.
Pizel_Shot/Shutterstock

Lo que muestran estas dinámicas es algo clave: los discursos de igualdad conviven con prácticas que siguen reproduciendo diferencias de género. Y es precisamente aquí donde el pensamiento de Beauvoir sigue siendo especialmente útil.

Nuevas resistencias, viejos debates

A esta complejidad se suma la aparición, especialmente en entornos digitales, de discursos que cuestionan o relativizan la desigualdad de género. Este fenómeno, a menudo interpretado como una reacción o backlash, pone de manifiesto que los avances en igualdad no son lineales ni irreversibles.

Lejos de ser un debate superado, la igualdad de género sigue siendo un terreno en disputa, donde conviven avances normativos, transformaciones culturales y resistencias activas. En este sentido, la sensación de que la igualdad ya está conseguida puede funcionar, paradójicamente, como un obstáculo para seguir avanzando.

Pensar el presente con herramientas del pasado

En este contexto, recuperar el pensamiento de Beauvoir no es un ejercicio conmemorativo, sino una herramienta para interpretar el presente. Su aportación más duradera no fue solo denunciar la desigualdad, sino mostrar cómo se construye y se reproduce socialmente.

Cuatro décadas después de su fallecimiento, su legado sigue vigente porque nos obliga a ir más allá de las apariencias. Y la pregunta sigue siendo incómoda: si la igualdad parece asumida, ¿por qué sigue sin ser plenamente real?

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Aroa Martínez García no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

Published — 3 September 2026 the conversation - Investigaciones y Noticias

El mundo rural, de vestigio del pasado a laboratorio de futuro

El municipio de Aras de los Olmos, en Valencia, es un ejemplo de cómo el mundo rural puede ser fuente de innovación. Ecomuseo Aras/Wikimedia Commons, CC BY-SA

El 80 % de la superficie habitable del planeta es territorio rural. En él se produce la mayor parte de los alimentos que nos sustentan, se custodian los ecosistemas que regulan el clima y se preserva una diversidad cultural que no podemos permitirnos perder.

Sin embargo, durante demasiado tiempo, especialmente en España, los territorios rurales han sido vistos como espacios atrasados, cuando no estancados, en regresión u olvidados. Pero en la actualidad podemos decir que no siempre es así.

En muchos casos, los municipios rurales se están poniendo a la vanguardia de los procesos de desarrollo sostenible. Es más, lo rural ha pasado a ser un laboratorio vivo de innovación social y democrática.

Gobierno abierto y en red

Los modelos burocráticos y gerenciales del siglo XX han dejado paso, en el presente, a nuevas formas de gobernanza democrática basadas en el gobierno abierto, participado, en red, multinivel.

El objetivo de las políticas que se emprenden ya no es el mero crecimiento económico, sino el desarrollo sostenible. Y ese objetivo no puede alcanzarse con recetas universales, sino desde cada territorio particular, a través de políticas bottom-up (de abajo a arriba) que movilicen los recursos locales y que siempre requieren participación y diálogo social.

La Agenda 2030 de Naciones Unidas lo consagra expresamente: el Objetivo de Desarrollo Sostenible 16 exige instituciones eficaces y transparentes, y el 17 reclama alianzas entre gobiernos, sociedad civil y sector privado. La gobernanza democrática, en la actualidad, no es un adorno, sino una condición estructural del desarrollo.

Los desafíos del mundo rural

La participación ciudadana va mucho más allá del voto cada cuatro años: abarca el acceso a la información, la valoración crítica de las políticas, el control de los decisores y sus decisiones, la propuesta normativa, la consulta vinculante y, en última instancia, el empoderamiento real de la comunidad sobre sus propios asuntos.

La innovación pública, por su parte, no se reduce a introducir tecnología en los procesos habituales: consiste en encontrar soluciones nuevas a los problemas colectivos. Soluciones que nacen de la propia comunidad, generan valor social y fortalecen vínculos.

Ambos conceptos, participación e innovación, se revelan especialmente críticos en los territorios rurales despoblados, donde las administraciones locales son muy cercanas a la ciudadanía, pero deben hacer frente a enormes desafíos con recursos muy escasos.

¿Cuáles son esos desafíos en España? Jorge Hermosilla, profesor de la Universidad de Valencia, ha caracterizado a estos territorios rurales como simultáneamente problemáticos (despoblados, con dificultades de accesibilidad y déficit de servicios), contradictorios (ofrecen alta calidad ambiental y fuerte sentido de pertenencia, pero grave precariedad en sanidad, educación o conectividad), dependientes (subsidiarios del sistema urbano, con escaso emprendimiento y liderazgo) y vulnerables (la marcha de una sola familia, o el cierre de un bar o una escuela pueden cambiar el equilibrio de todo el pueblo).

En muchos municipios de menos de quinientos habitantes no existe sociedad civil organizada ni iniciativa privada: el Ayuntamiento es el único prestador de servicios con capacidad de generar economía. Esa es la magnitud del reto, pero también, como subraya el autor, la magnitud de la oportunidad.

Ejemplos de innovación social en pequeños municipios

Por suerte, la innovación social funciona y lo hace con contrastados rendimientos. Contamos en España con numerosos ejemplos inspiradores.

La comarca de Pinares (Burgos-Soria), mediante un laboratorio rural vecinal, ha generado soluciones sencillas y eficaces a problemas de la vida ordinaria de sus vecinas y vecinos. En Álava, el espacio Garaion transformó un caserío en ruinas en un centro cultural participativo generador de dinamismo económico y social. En Asturias, el Ecomuseo La Ponte es gestionado directamente por la comunidad local, convirtiendo el patrimonio en motor económico.

En Burgos, la plataforma Burgos Rural Market conecta pequeñas tiendas con consumidores de todo el territorio. Y, por poner otro ejemplo, los biodistritos agroecológicos de Andalucía y la Comunitat Valenciana muestran cómo agricultores, consumidores y ayuntamientos pueden diseñar juntos sistemas de producción sostenible.

Un caso especialmente revelador por su coherencia y por sus resultados medibles es el de Aras de los Olmos, municipio de menos de cuatrocientos habitantes de la provincia de Valencia, enclavado en la Serranía del Turia. Hace tres lustros, sus vecinos constituyeron una entidad de naturaleza mixta, público-privada, la Fundación El Olmo, como instrumento institucional de desarrollo compartido para su territorio.

Hoy, ese municipio, hasta aquel momento condenado según muchos al declive o la desaparición, es proveedor de servicios energéticos (en unos días, primer municipio de España totalmente autoabastecido por energías renovables), de servicios digitales (Centro de Innovación Territorial RuralTec), de servicios sociales (Centro de Mayores), formativos y de investigación científica (Centro Big History de divulgación científica y medioambiental) y de servicios editoriales (libros y revistas de carácter científico divulgativo).

Un edificio de tres plantas con balcones en el que pone 'BIG HISTORY' rodeador por árboles y setos
Centro Big History, en Aras de Olmos (Valencia). Centro Big History

La pirámide demográfica se ha invertido, saneándose desde la base, las inversiones se han quintuplicado en quince años y el emprendimiento privado se ha recuperado. Lo que hace posible este milagro no es la ayuda externa, sino la planificación estratégica participada, la institucionalización de la cooperación y la movilización emocional de todos los recursos humanos disponibles, incluyendo a migrantes que mantienen su vínculo afectivo con el pueblo.

Condiciones para transformar un territorio rural

A partir de estos casos y otros muchos, podemos individualizar cuatro condiciones imprescindibles para que la participación y la innovación transformen un territorio rural:

  • Institucionalizar la cooperación más allá de los cauces tradicionales con los que los ayuntamientos la han venido impulsando en sus políticas sectoriales.

  • Romper estereotipos anclados en visiones administrativas del pasado e incrementar los recursos humanos al servicio del desarrollo, movilizando especialmente a las personas migrantes que mantienen el vínculo emocional con su pueblo de origen.

  • Tejer redes y alianzas con universidades, diputaciones, entidades civiles y municipios vecinos.

  • Crear una planificación estratégica participada con horizonte de largo plazo que dé sentido a la acción colectiva más allá de los tiempos que marca cada ciclo electoral, focalizando esfuerzos en objetivos, no de interés particular, sino de interés común.

No podemos dejar que lo rural siga siendo un receptor pasivo de políticas diseñadas desde fuera. Al contrario, lo rural debe ser productor de innovación democrática. El futuro de los territorios no se decide solo en los parlamentos central o autonómicos, tampoco en los plenos municipales: se decide –sobre todo– en las plazas y ágoras de los pueblos, en la capacidad de sus habitantes para imaginar juntos su futuro, para planificar de la mano las estrategias a emprender y, de esta forma, protagonizar de forma colaborativa su propio porvenir.

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Joaquín Martín Cubas es miembro de Partido Socialista Obrero Español y vicepresidente de la Fundación El Olmo.

Todavía no sabemos por qué una IA actúa como actúa

Treecha/Shutterstock

En julio de este año, unos modelos de IA de la empresa OpenAI que estaban siendo evaluados en una prueba de ciberseguridad consiguieron salir del entorno simulado y acceder de manera autónoma a la infraestructura de Hugging Face, una popular plataforma y comunidad de código abierto de inteligencia artificial y aprendizaje automático. Los modelos estaban programados para encontrar y aprovechar vulnerabilidades, y aplicaron esa capacidad fuera del entorno de la prueba.

Se trata de un incidente sin precedentes. El caso generó una gran repercusión, sobre todo por la dificultad de entender qué significa este comportamiento en una IA y cómo podemos interpretar sus acciones.

Similitudes con el cerebro animal

Lo descrito revela una conducta de los modelos que deberíamos poder explicar a partir de sus estados internos, es decir, del conjunto de toda la información que el sistema procesa en un momento dado. De lo contrario, será difícil anticipar y controlar comportamientos no deseados del sistema.

En esencia, esta dificultad recuerda mucho a un problema que la neurociencia lleva décadas intentando resolver. Cuando buscamos explicar el comportamiento animal como la toma de decisiones, la agresividad o el miedo, intentamos relacionarlo con la actividad de los circuitos cerebrales subyacentes.

Interpretar una red artificial y entender un circuito cerebral no son problemas equivalentes, aunque sí comparten una frontera epistemológica: cómo pasar de observar la actividad de un sistema a explicar el mecanismo que genera un comportamiento.

Por ejemplo, podemos registrar la actividad de cientos o miles de neuronas mientras un animal explora el entorno. Algunas neuronas estarán relacionadas con la información visual, otras con la posición o la memoria del lugar, otras con el valor o la relevancia de determinados estímulos. Pero ¿cómo explicar la decisión de acercarse a un lugar o evitar otro?

Durante años, los neurocientíficos hemos intentado explicar esas funciones preguntando qué hacían las neuronas individuales de diferentes regiones del cerebro. El registro simultáneo de poblaciones de neuronas cada vez mayores ha cambiado parcialmente la pregunta: la información puede no residir en una concreta, sino en la organización de la actividad conjunta de muchas neuronas y regiones. La interpretabilidad de las redes artificiales está empezando a enfrentarse a una cuestión muy parecida.

Por ejemplo, si una red de IA acaba siguiendo una estrategia dirigida a salir de un entorno de simulación, cabe preguntarse si podemos identificar en sus estados internos patrones relacionados con esa estrategia y seguir cómo cambian a medida que toma decisiones. De manera análoga, si un ratón intenta escapar de una zona iluminada, podemos buscar patrones de actividad neuronal relacionados con el lugar en el que se encuentra, la amenaza que percibe o la decisión de abandonar esa zona.

Para entender estos comportamientos, se registra la actividad neuronal de las regiones cerebrales implicadas: la corteza visual que capta los estímulos, la corteza parietal que integra información relevante para la acción, el hipocampo que contribuye a representar el espacio y la memoria o la amígdala que participa en asignar relevancia emocional a determinados contextos. La conducta emerge de la interacción entre estas representaciones distribuidas. El observable será el escape de la zona iluminada para el ratón, como el de la red IA fue salir del entorno simulado.

Y aquí aparece precisamente una dificultad común para la IA y la conducta animal: podemos describir con bastante detalle qué hizo el sistema, pero no disponemos necesariamente de una explicación equivalente de qué representaciones internas fueron relevantes y cómo se transformaron hasta producir ese comportamiento.

Observar, predecir, comprender

En los modelos de lenguaje, las activaciones internas forman espacios de miles de dimensiones, en los que se han comenzado a identificar patrones geométricos: determinados modelos de IA, por ejemplo, representan variables cíclicas como los días de la semana o los meses mediante estructuras circulares en su espacio de actividad.

Estas estructuras de baja dimensionalidad (manifolds) resultan familiares para la neurociencia de sistemas, donde se utilizan para describir cómo grandes poblaciones neuronales organizan variables como el espacio, el movimiento o la decisión. La coincidencia es sugerente: dos campos muy diferentes están recurriendo a herramientas matemáticas similares para intentar encontrar una estructura inteligible dentro de redes de enorme complejidad.

Ambos campos utilizan métodos matemáticos similares y propios con el objetivo común de ir más allá de la correlación: identificar qué representaciones existen, cómo se transforman y cuáles son causalmente necesarias para producir una determinada conducta.

Quizá por eso la interpretabilidad de la inteligencia artificial esté empezando a encontrarse con una frontera que la neurociencia conoce desde hace tiempo: la diferencia entre observar, predecir y comprender.

¿Por qué se produce una conducta?

En neurociencia podemos registrar miles de neuronas de varias regiones, reconstruir a partir de su actividad dónde se encuentra un animal o qué decisión está a punto de tomar, y aun así seguir sin saber qué parte de esa actividad es realmente necesaria para generar la conducta. La llegada de sistemas artificiales cada vez más autónomos da ahora una dimensión inesperadamente práctica a esas preguntas básicas.

Entender cómo una red representa un contexto, evalúa alternativas o transforma información hasta producir una acción ya no es solo un problema fundamental sobre cómo funcionan los sistemas inteligentes. Puede determinar también nuestra capacidad para anticipar y controlar su comportamiento.

Durante décadas, la neurociencia ha intentado responder a estas preguntas para comprender cómo el cerebro transforma actividad neuronal en percepción, memoria o conducta. La aparición de nuevas formas de inteligencia muestra que aquellas preguntas básicas iban mucho más allá del cerebro: nos obligan a precisar qué significa, en realidad, comprender una red.

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Liset Menéndez de la Prida recibe fondos de la Agencia Estatal de Investigación, para el estudio del cerebro

Callar también comunica: el silencio de las empresas no es neutral

Cans Creative/Shutterstock

Hoy en día, se espera que las empresas declaren abiertamente sus compromisos. Esto sucede en espacios públicos donde se debaten asuntos controvertidos, como la sostenibilidad, los derechos de género o los conflictos raciales, pero también cuando existe una preocupación general sobre cómo operan las empresas. En ese tipo de situaciones, es frecuente que diversos agentes participen en debates sobre cuáles son, o deberían ser, los compromisos de una o varias empresas.

Muchos estudios sobre responsabilidad social corporativa han explorado cómo las empresas gestionan su discurso público sobre sus compromisos. Un grupo amplio de esos trabajos argumentan que el discurso corporativo compromete a la organización que lo enuncia a actuar de una cierta manera (enfoque aspiracional), en la medida en que genera presiones hacia la empresa desde sus partes interesadas o stakeholders (empleados, clientes, proveedores y la propia sociedad) para que sus acciones estén a la altura de sus palabras.

Sin embargo, al centrarse solo en los elementos verbales de la comunicación, estas investigaciones tienden a ignorar un hecho frecuente: las empresas a menudo guardan silencio sobre sus compromisos con la finalidad de evitar el escrutinio y la presión de sus stakeholders. Es lo que se conoce como silencio estratégico.

Ambas perspectivas (el enfoque aspiracional y el silencio estratégico) parten de una misma premisa: el discurso corporativo compromete, mientras que el silencio (como ausencia de discurso) no. Pero también el silencio puede generar dinámicas de compromiso: cuando los stakeholders esperan que una empresa declare su posición sobre un asunto, su silencio puede convertirse en objeto de controversia.

Este tipo de silencio puede darse como un acto deliberado (una empresa decide no hablar sobre sus compromisos en relación a un asunto) o involuntario (la organización simplemente no habla, sin que haya mediado para ello ninguna decisión consciente). No obstante, la fuerza comunicativa de este silencio no depende de la intención que tenía la empresa, sino de las operaciones de resignificación que los stakeholders hagan sobre ese silencio.

El silencio corporativo (ya sea voluntario o inconsciente) no funciona como una ausencia neutral de mensaje, sino como un signo que otros pueden interpretar de diversas maneras para construir narrativas divergentes sobre los compromisos de la empresa.

Cuando el silencio opera contra la empresa

En diciembre de 2023, Zara retiraba una campaña publicitaria de su página web y su aplicación. Las imágenes mostraban a una modelo vistiendo prendas de la marca entre maniquíes sin extremidades, estatuas envueltas en telas blancas y escombros. Miles de personas vieron en esas imágenes una alusión a los cuerpos amortajados de Gaza, y el boicot a la marca se viralizó de inmediato. La empresa eliminó la campaña y respondió con un breve comunicado en Instagram en el que lamentaba el malentendido y explicaba que algunas personas habían visto en esas imágenes algo muy alejado de lo que se pretendía.

Llamar a eso un malentendido presupone que había un sentido correcto que muchas personas no supieron leer. Pero otra interpretación es posible: nadie leyó mal esa campaña. Simplemente, ante la falta de una comunicación inequívoca, los que vieron esas imágenes les dieron el significado que les pareció más plausible.

Tres lecturas de un mismo silencio

Inditex retiró las imágenes pero no se pronunció sobre el conflicto de Gaza. Si para algunos ese silencio implicaba complicidad, desde el sector de la comunicación corporativa se le dio una lectura muy distinta: una empresa que está presente en decenas de mercados corre el riesgo de dañar la confianza de sus stakeholders si toma una clara posición sobre ciertas controversias, por lo que el silencio puede ser la alternativa más razonable. Otros, en cambio, solo vieron cálculo comercial: no perder clientes en ninguno de los bandos implicados.

Ninguna de esas lecturas procede de la empresa. Las tres toman su silencio como un signo para hablar en su nombre y explicar qué la motiva.

Silencios que comprometen

El caso de Zara no es una excepción. Cada vez más empresas llegan a la conclusión de que, ante un asunto socialmente controvertido, lo prudente es guardar silencio. El razonamiento parece sólido: si hablar puede llegar a comprometer y el silencio es lo contrario de hablar, quien calla no puede ser acusado de incumplir nada. Pero ese razonamiento descansa sobre una premisa que debemos examinar: da por hecho que el silencio es un espacio vacío, donde no hay ni ocurre nada. Y eso ignora un fenómeno muy frecuente en la comunicación: los silencios también tienen significado.

El silencio y el habla suelen definirse en relación mutua, como polos opuestos: el habla goza de primacía en esta dicotomía, mientras que el silencio se percibe negativamente, como una ausencia que nada significa.

Llegamos así a una conclusión contraintuitiva. Cuando una empresa habla, pone un conjunto de signos a disposición de otros: unas palabras concretas que acotan las interpretaciones posibles. Pero el silencio no pone nada sobre la mesa y sin nada materializado, el abanico de lecturas se abre más allá de lo que cualquier empresa puede gestionar.

Así, una falta de declaraciones puede pasar inadvertida o puede leerse con significados diferentes, que generen presiones en direcciones opuestas. Es lo que en un estudio reciente he llamado “silencio comisivo corporativo”.

Callar no implica quedarse fuera de la conversación

Esta dinámica afecta a todo tipo de controversias organizativas. Tras el apagón ibérico del 28 de abril de 2025, Red Eléctrica pasó semanas sin ofrecer una explicación concluyente. Ese intervalo, sin embargo, no quedó vacío. Se llenó de hipótesis incompatibles entre sí: ciberataque, exceso de renovables, incumplimiento de las eléctricas privadas, fallo del operador… En este caso, un operador técnico, sin causa política que defender, atravesó el mismo proceso de resignificaciones que una empresa de moda.

En el contexto europeo, el endurecimiento de la normativa sobre alegaciones ambientales ha llevado a muchas empresas a dejar de comunicar sus avances en sostenibilidad por temor a que sean leídos como greenwashing. Pero ese silencio tampoco queda sin consecuencias. En muchas ocasiones, consumidores, inversores y entidades no empresariales lo han llenado con la interpretación más disponible: la de que esas empresas han abandonado sus compromisos con la sostenibilidad.

La lección no es que las empresas deban hablar siempre, con la máxima claridad y sobre todos los asuntos. Ninguna puede hacerlo, y la mayoría de sus silencios no les generan problema alguno. La lección es otra: callar no equivale siempre a quedarse fuera de la conversación. A menudo significa entrar en ella cediendo a otros un espacio semiótico para que hablen en su nombre.

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José María López de Pedro no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

Migraciones de África a Europa: de demografía, desarrollo económico y responsabilidad histórica

Inmigrantes subsaharianos en Ceuta el pasado 2 de agosto. RTVE.es

La crisis migratoria que quedó en evidencia a finales de julio pasado con la entrada masiva a Ceuta de miles de personas no es un problema español o marroquí sino afroeuropeo. Tampoco se resuelve con medidas coyunturales, muros, medidas de contención o expulsiones. Muchos de quienes no regresaron voluntariamente a Marruecos proceden del centro de África, del Sahel y otras zonas en conflicto, como Sudán.

La responsabilidad histórica de Europa con África y el problema de fondo no está suficientemente explicado. Ese desconocimiento genera incomprensión y temor, lo que da lugar al rechazo y la aceptación de propuestas de coyuntura, inmediatistas, xenófobas, insolidarias y populistas, insostenibles en el mediano y largo plazo.

La responsabilidad histórica de Europa

En el siglo XIX, las potencias europeas se distribuyeron amplias zonas de África de acuerdo con sus intereses políticos y económicos. La Conferencia de Berlín (1884-1885), en la que participaron 12 países europeos, el Imperio otomano y EE. UU., oficializó las reglas del reparto sin la presencia de ningún líder africano.

¿Con qué derecho se repartieron el continente o establecieron los llamados eufemísticamente protectorados? En un lapso de tres décadas, casi el 90 % de África quedó bajo un dominio europeo que, en algunos casos, duró hasta la segunda mitad del siglo XX.

Durante ese tiempo se construyeron ferrocarriles, carreteras, puertos y escuelas, pero no se crearon economías africanas integradas y autónomas ni instituciones políticas y capacidades públicas, ya que el objetivo era hacer funcional un esquema de dominio colonial.

Pese a las buenas intenciones de los organismos internacionales, la descolonización e independencia fue una ruptura apresurada y desordenada. En muchos casos, mediante guerras y represión política y económica, con países africanos como escenario de la Guerra Fría, la aparición de nuevos Estados con nuevos nombres y fronteras establecidas desde Europa, gobiernos precarios, corrupción y economías poco preparadas para un desarrollo autónomo. Mientras tanto, las antiguas metrópolis conservaron influencia y relaciones económicas, militares y políticas, mientras hacían la vista gorda frente a las dictaduras, las persecuciones políticas y la corrupción.

La cooperación compensatoria

Los programas de cooperación al desarrollo, empleados durante décadas como una forma de compensación, han aportado recursos importantes pero insuficientes en volumen y mal enfocados. A la vista está que no han servido para transformar las estructuras que generan desigualdad y falta de oportunidades. Las relaciones comerciales asimétricas dificultan el éxito de los programas de ayuda de la Organización Mundial del Comercio (WTO Aid for Trade), y la cooperación ha sido frecuentemente fragmentada, paliativa y diseñada según categorías europeas.

En los últimos años, a la inversa de lo que se requiere, una parte de las ayudas europeas se han ido vinculado a la gestión migratoria y al control fronterizo, como revelan un informe y una Resolución del Parlamento Europeo de 2025.

Lo que explica la pulsión migratoria de África

Con estos antecedentes, hemos llegado a una situación cuyo fondo radica tanto en el reto demográfico (que África y Europa enfrentan con realidades diferentes), como en la asimetría en el desarrollo y, por lo tanto, en las oportunidades de futuro para la población.

África supera en número de habitantes a la UE 3,5 veces, en 2040 serán 4,7 veces y en 2050, 5,5. En cambio, las proyecciones indican que en 2050 la Unión tendrá 7 millones de habitantes menos que en 2026.

Población de la Unión Europea y África en millones de habitantes (*estimación, **proyecciones). Fuente: elaboración propia a partir de datos de Eurostat, EUROPOP25, ONU (World Population Prospects 2024).

En cuanto a niveles de desarrollo económico, las diferencias son enormes. El PIB per cápita de la UE supera en más de 7 veces al de África en su conjunto y en casi 12 veces el de África subsahariana.

Nota: los dólares internacionales corrientes son una unidad monetaria hipotética. Sirven para comparar el valor económico, el PIB o los niveles de vida entre diferentes países en un año específico. Fuente: elaboración propia a partir de datos del Banco Mundial, World Development Indicators 2024.

En cuanto al índice de desarrollo humano (IDH) 2025 del PNUD (con datos de 2023), que mide la esperanza de vida, la escolaridad y los ingresos per cápita, el IDH de la UE llega casi a duplicar al del continente africano.

Índice de Desarrollo Humano (IDH) 2025. Fuente: elaboración propia a partir del informe sobre Desarrollo Humano 2025 (datos de 2023) del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).

Claridad estratégica o ruptura

La UE, tratando de mantener un statu quo imposible, puede seguir invirtiendo en contener con muros, paliativos y directivas las consecuencias migratorias de la falta de desarrollo africano. O puede demostrar claridad prospectiva y estratégica, y trabajar por el desarrollo y crecimiento de África. Todavía hay una ventana de oportunidad de quince años (2026-2040) antes de que el peso de la realidad demográfica y de desarrollo humano de ambos continentes conduzcan a un escenario de ruptura.

La edad media de la población del conjunto de África en 2026 es de 19,5 años –tendencia que previsiblemente se mantendrá en los próximos años–, que ve al otro lado del Mediterráneo oportunidades, futuro y calidad de vida. Ya se ha comprobado que ningún muro ni frontera militarizada podrá contener posibles avalanchas masivas de jóvenes dispuestos a todo.

La violencia en tal caso, es una posibilidad cierta. Como una muestra de lo que podría llegar a ocurrir más adelante, ya se están produciendo enfrentamientos y episodios de violencia entre la población local y los inmigrantes ilegales que continúan en la ciudad.

En definitiva, la sociedad europea y sus líderes enfrentan a futuro un riesgo casi existencial. Deben comprender que la mejor política migratoria y de seguridad es una política de desarrollo euroafricana-afroeuropea sólida y consistente.

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Héctor Casanueva Ojeda no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

Los puntitos rojos descubiertos por el telescopio James Webb y el origen de los agujeros negros supermasivos

Los puntitos rojos (Little Red Dots, LRDs) son uno de los descubrimientos más importantes del telescopio espacial James Webb (JWST), y podrían representar una nueva fase crucial de la evolución de los cuásares en núcleos galácticos: el nacimiento de los primeros agujeros negros supermasivos.

pequeños puntos rojos en el espacio
Algunos ejemplos de imágenes de los pequeños puntos rojos descubiertos por el Telescopio Espacial James Webb. NASA, ESA, CSA, STScI, Dale Kocevski (Colby College)., CC BY

El descubrimiento de los cuásares

Cuando el astrónomo neerlandés Maarten Schmidt descubrió los cuásares en el año 1963, el universo conocido se engrandeció de repente: eran los objetos más lejanos detectados hasta entonces. Se trata de fuentes de luz puntuales situadas a gran distancia, e implican una luminosidad enorme de hasta 100 veces la de toda la Vía Láctea.

La hipótesis que pronto fue propuesta para estos objetos capaces de emitir tanta luz desde un espacio tan compacto es que son agujeros negros supermasivos que atrapan material de su entorno, formando un disco de plasma calentado hasta temperaturas mucho más altas que las de cualquier estrella.

Antes de caer inexorablemente tras el horizonte del agujero negro y desaparecer para siempre, la materia puede convertir una gran parte de su masa en reposo en la energía de la intensa luz que vemos (entre un 5 % y un 40 %, mucho más eficiente que la fusión nuclear que alimenta las estrellas).

Esta explicación se vio confirmada por los chorros de radio superlumínicos, que son plasma expulsado desde los polos de rotación del agujero negro a velocidades de hasta el 99 % de la de la luz.

La formación de los agujeros negros

¿Cómo se pueden formar estos agujeros negros tan masivos, de hasta miles de millones de masas solares en los casos más extremos, en el núcleo de una galaxia? Es una de las grandes incógnitas que plantean los cuásares.

La idea más simple es que se formaran a partir de las primeras estrellas masivas del universo, que colapsaron a agujeros negros al final de su breve vida. Estos primeros agujeros negros, según hemos descubierto a través de las ondas gravitacionales detectadas por LIGO y Virgo, podían alcanzar ya hasta unas 50 masas solares.

Continuando la hipótesis, estos agujeros negros estelares se concentrarían en los núcleos galácticos, donde podrían crecer acretando materia del entorno y fusionándose entre ellos hasta alcanzar las masas de los agujeros negros nucleares responsables de los cuásares.

Esta idea conlleva una posible dificultad: si los cuásares crecen acretando materia de un disco, su luminosidad se ve limitada por un máximo valor posible para que la materia pueda seguir acretando, llamada la luminosidad de Eddington, y un correspondiente ritmo máximo de acreción del disco, que implica que son necesarios unos 30 millones de años para duplicar la masa del agujero negro.

Pero los cuásares más luminosos han sido descubiertos a distancias muy grandes, donde los vemos cuando el universo era aún muy joven, con solo unos 600 millones de años de edad (la edad actual del universo es de 13 800 millones de años).

Algo no encajaba. Según la teoría actual de la formación de galaxias, denominada teoría de la materia oscura fría, las primeras estrellas se formaron cuando el universo tenía unos 300 millones de años. Con otros 300 millones de años de tiempo no basta para hacer crecer los agujeros negros (diez duplicaciones de la masa nos dan un crecimiento de un factor 2¹⁰, o un factor 1000 aproximadamente, insuficiente para crecer desde la masa de un agujero negro estelar hasta uno de un cuásar).

Los modelos indican también que es difícil producir tantas fusiones como serían necesarias para aumentar la masa más rápidamente.

El modelo de la ‘estrella de agujero negro’

Otras ideas más exóticas han invocado la posibilidad de agujeros negros primordiales, formados ya desde el primer segundo de vida del universo. Pero hay una solución menos radical: si a un agujero negro le “echamos” una gran cantidad de materia, la densidad del gas puede ser tan alta que la luz emitida no pueda escapar y termine cayendo también en el hoyo.

Así se puede producir una acreción super-Eddington –un proceso en el que un agujero negro absorbe gas y materia a un ritmo mayor de lo esperado debido a una reducción de la eficiencia con que se emite luz– y un crecimiento más rápido del agujero negro. La alta densidad del gas que le rodea puede dar lugar a un capullo, una estructura opaca que lo envuelve y absorbe el cuásar central, creando una atmósfera gigante parecida a la de una estrella. Así fue como este modelo fue bautizado como “estrella de agujero negro”.

Los puntitos rojos: ¿la solución?

Entramos ahora en el nuevo descubrimiento del telescopio espacial JWST, que observa el universo en luz infrarroja desde el año 2022: los puntitos rojos.

Son nuevas fuentes muy compactas de luz roja que comparten algunas características de los cuásares: líneas de emisión que indican ionización y grandes velocidades cerca del agujero negro, además de gran luminosidad surgiendo de una región muy compacta. Sin embargo, son muy distintos en otros aspectos: no vemos ni rayos X ni radio, la luz es más roja y su espectro muestra la discontinuidad de Balmer (un salto o caída repentina en la intensidad del espectro continuo de una estrella debido a absorción por hidrógeno), que es característica de las atmósferas estelares.

Aunque al principio algunos cosmólogos interpretaron esto último como la evidencia de que los puntitos rojos son luz de estrellas jóvenes sin relación con los cuásares, varias observaciones recientes muestran características de sus líneas de emisión indicativas de grandes densidades de plasma y de la atmósfera gigante esperadas en el modelo de la estrella agujero negro, que explican la discontinuidad de Balmer y otros detalles de los puntitos rojos.

Esto ha decantado la evidencia a favor del capullo que oculta un cuásar en el proceso de formación, con el agujero negro como motor principal de la luz que vemos, pero oculto para esconder su aspecto habitual en los cuásares ya plenamente formados.

Será necesario seguir indagando en esta idea con más observaciones que aclaren la naturaleza de los puntitos rojos.

Llegaron antes que los cuásares

De momento, los datos ya confirman que los puntitos rojos tuvieron su pico de máxima actividad antes que los cuásares. Su abundancia bajó rápidamente cuando el universo tenía unos 3 000 millones de años, cuando los cuásares justo empezaban su descenso hasta el universo actual, en el que son ya una rareza en comparación con su época de esplendor.

Las observaciones apoyan la idea de que los puntitos rojos son cuásares en formación, donde el agujero negro crece con rapidez en el núcleo de una galaxia joven. El gas denso que alimenta este crecimiento forma un capullo que oculta y nos impide ver el cuásar con toda su majestuosidad hasta unos cuantos millones de años más tarde.

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Jordi Miralda recibe fondos de Ministerio de Ciencia e Innovación. Trabajé en plazas postdoctorales y tambien como profesor con algunas de las personas citadas, como Sir Martin J. Rees, y en mi propio artículo con Jaiyul Yoo.

Kazushi Iwasawa recibe fondos de Ministerio de Ciencia e Innovación. Trabajé unas veces con Kohei Inayoshi citado en este artículo.

Volver a 1066: el Tapiz de Bayeux llega al British Museum

Escena 19 del Tapiz de Bayeux: los soldados de Guillermo, duque de Normandía, atacan el castillo de Dinan. Conan II, duque de Bretaña se rinde y entrega las llaves de Dinan con una lanza. Myrabella/Wikimedia Commons

La leyenda atribuye a la reina Matilde de Flandes la laboriosa tarea de bordar un tapiz que narraba la historia de la conquista del reino anglosajón en 1066 por parte de su marido, Guillermo I. Aunque las fuentes han descartado esta autoría, es cierto que Matilde, como participante de la historia, se habría sorprendido al saber que el tejido iba a acabar expuesto, casi un milenio después de su realización, en Londinium.

Pero así es, el Tapiz de Bayeux cruzará el mar y se exhibirá en el British Museum de la capital británica entre el 10 de septiembre de este año y el 11 de julio de 2027. Hablamos de una tela de unos 68 metros de largo realizada a partir de nueve piezas de medio metro de altura de lino fino. Narrados como si fuesen una inmensa historieta, la pieza recoge, como decía, los hechos acontecidos en torno a la conquista normanda de Inglaterra.

La narración de una victoria

El relato comienza en 1064 cuando el rey Eduardo de Inglaterra, sin heredero, envía a su cuñado Harold el Sajón al continente para que le ofrezca la sucesión a su primo, Guillermo de Normandía.

Harold jura fidelidad a Guillermo, pero a su regreso a la isla se autoproclama rey tras la muerte de Eduardo. El normando, desairado, prepara un gran ejército y desembarca en Sussex, donde derrota a Harold y sus tropas en la Batalla de Hastings el 14 de octubre de 1066. Se cree que, tras capturar esta victoria, las siguientes imágenes en el tapiz representaban la coronación de Guillermo. Pero la ausencia o desaparición de los fragmentos finales hacen que esto sea todavía un misterio.

Escenas 55 y 56 del Tapiz de Bayeux en las que el duque Guillermo se levanta el yelmo para que lo reconozcan en el campo de batalla de Hastings. Eustaquio II, conde de Boulogne, lo señala con el dedo.
Escenas 55 y 56 del Tapiz de Bayeux en las que el duque Guillermo se levanta el yelmo para que lo reconozcan en el campo de batalla de Hastings. Myrabella/Wikimedia Commons

Los cuatro colores de lana y ocho tonalidades del bordado y pespunte de las imágenes nos retrotraen a una sociedad guerrera de la segunda mitad del siglo XI. Gracias a sus detalladas representaciones de barcos, armamento y combatientes, así como coloristas escenas cotidianas, se pueden reconstruir con precisión diversos aspectos de aquella época. Se ve el incendio de un poblado y a una mujer huir con su hijo, o cómo se preparaban la vestimenta para el campo de batalla con las cotas de malla. Incluso se representa el paso del cometa Halley, interpretado como el presagio de la victoria normanda.

El obispo de Bayeux, Odón, hermanastro de Guillermo, fue probablemente el impulsor de la fabricación del tapiz. El objetivo parece haber sido que este sirviese de ornamento visual a la catedral de Bayeux el día de su consagración, en julio de 1077, en una operación de exaltación del acontecimiento y de su dinastía.

Desde la primera vez que se documenta su existencia, en el siglo XIV, el tapiz ha vivido numerosas vicisitudes y viajes desde su localización original a nuevos destinos. Por ejemplo, en 1803, en plena preparación de la proyectada invasión de Inglaterra, Napoleón Bonaparte ordenó trasladarlo a París. Allí fue expuesto en la Galería de Apolo del Louvre entre diciembre de ese año y febrero de 1804. Su exhibición respondía a una finalidad propagandística: el relato de la conquista de 1066 ofrecía un precedente histórico particularmente apropiado para legitimar y estimular el proyecto napoleónico de una nueva invasión de las islas británicas

Afortunadamente, ser considerado un tesoro de Francia lo ha protegido en numerosos conflictos bélicos. Tras su restauración en 1982, se decidió exponerlo en el antiguo seminario de Bayeux, acondicionado para la ocasión.

Una historia compleja

No cabe duda que el cierre temporal de ese Musée de la Tapisserie de Bayeux por reformas ha propiciado que el tapiz regrese a casa. Y decimos casa porque la mayor parte de los expertos están de acuerdo en que la tela fue elaborada en Inglaterra, en los talleres de Canterbury, Winchester o Kent (c. 1066-1082).

El tapiz de Bayeux está colgado a la altura de los ojos, detrás de un cristal por el que se puede pasar.
El tapiz de Bayeux, expuesto en el Musée de la Tapisserie de Bayeux. Beat Ruest/Wikimedia Commons, CC BY-SA

En julio de 2025, cuando Emmanuel Macron anunció la autorización para el traslado del tapiz, volvió a cobrar protagonismo la historia medieval de Normandía. El territorio había constituido un ducado vinculado a los llamados “hombres procedentes del norte” –los normandos o vikingos–, asentados en la región desde finales del siglo VIII y organizados políticamente bajo el liderazgo de Rollón, cuyo reconocimiento como duque de Normandía se produjo en 911. Su estirpe logró consolidar una dinastía y un gobierno que recayó en Guillermo, duque normando desde 1035 y a la postre rey de Inglaterra.

Las relaciones entre ambas orillas del “mare Anglicum” (lo de “canal de la Mancha” se generalizaría avanzada la Edad Moderna) fueron a partir de entonces… intensas. Sin embargo, se hicieron especialmente complejas tras el matrimonio de Enrique II de Inglaterra con Leonor de Aquitania en 1152. La alianza supuso la ampliación de los dominios continentales de la monarquía inglesa y reforzó su rivalidad con la corona francesa, hasta que Felipe II Augusto conquistó Normandía a comienzos del siglo XIII.

Posteriormente, la Guerra de los Cien Años (1337-1453) convirtió de nuevo al ducado en uno de los principales escenarios del enfrentamiento entre Francia e Inglaterra, hasta su recuperación definitiva por la monarquía francesa en 1450.

El tapiz en Londres

La exhibición no ha estado exenta de polémica. Algunos restauradores expresaron su rechazo al traslado del lienzo dada la fragilidad de la pieza milenaria. En el British Museum, el tapiz estará acompañado por distintos objetos relacionados con la conquista como manuscritos, armamento, monedas, etc., poniendo en valor otra vez más la importancia de la Historia y el conocimiento de lo que nos precedió.

Unos tiempos que no son meros relatos envueltos en halo de leyenda. Como una iniciativa de diplomacia cultural, la cesión de estos metros de tejido historiado nos sitúa, dentro de la complejidad de las relaciones internacionales actuales, ante el refuerzo de un vínculo entre países próximos.


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The Conversation

Julia Pavón Benito dirige un proyecto de investigación en la Universidad de Navarra financiado por el Ministerio de Ciencia. Innovación y Universidades

Published — 2 September 2026 the conversation - Investigaciones y Noticias

El arte del ‘ligoteo’ molecular

Anusorn Nakdee/Shutterstock

El ligoteo es un fenómeno difícil de predecir. Una miradita, una sonrisa cómplice, un contacto visual que dura unos segundos más de lo esperado… Con el tiempo, lo que empezó como una interacción tímida puede transformarse en una relación funcional: dos personas que se entienden, coordinan sus rutinas y construyen una historia compartida.

Sabemos identificar con facilidad el principio y el final de esas historias. Lo difícil es explicar qué ocurre entre medias. No existe un manual universal ni una serie de pasos infalibles que funcionen en todas las relaciones. Cada encuentro depende de múltiples factores: afinidad, contexto, momento… y una buena dosis de imprevisibilidad.

En química y biología molecular ocurre algo sorprendentemente parecido.

Encuentros esporádicos que se convierten en algo más

Muchas moléculas, como proteínas o péptidos, pasan gran parte de su existencia encontrándose con otras moléculas en su entorno. Se acercan, prueban distintas orientaciones, se separan y vuelven a encontrarse. Es un proceso lleno de ensayo y error que recuerda bastante a una primera cita: nadie sabe muy bien cómo terminará la conversación, pero pequeñas señales pueden marcar la diferencia.

Este fenómeno se conoce como agregación. Durante la agregación, distintas moléculas empiezan a juntarse sin formar todavía una estructura bien definida. Son encuentros tentativos, agrupaciones inestables que pueden disolverse con facilidad. Como en cualquier noche de bar, la mayoría de estos encuentros no prospera demasiado.

Sin embargo, de vez en cuando ocurre algo distinto.

Cuando las condiciones –la concentración, la temperatura o el entorno químico– son adecuadas, las moléculas dejan de agruparse de forma aleatoria y empiezan a organizarse espontáneamente en estructuras ordenadas y estables.

Hablamos de uno de los fenómenos más fascinantes de la naturaleza: el autoensamblaje. Consiste en la capacidad que tienen componentes relativamente simples de organizarse por sí solos en estructuras complejas sin necesidad de un director externo. Es como si, tras la fase de ligoteo molecular, las moléculas decidieran formalizar la relación y construir algo juntas.

¡Aquí “hay química”!

El secreto de este proceso está en las interacciones intermoleculares. Aunque no podamos verlas directamente, esas fuerzas actúan como las reglas invisibles del baile molecular. Algunas moléculas se atraen gracias a puentes de hidrógeno; otras interaccionan mediante fuerzas de Van der Waals; y, en muchos casos, las llamadas interacciones hidrofóbicas empujan a ciertos grupos químicos a mantenerse juntos para evitar el contacto con el agua.

En el fondo, todo depende de la compatibilidad. Algunas moléculas encajan bien porque sus cargas eléctricas se complementan; otras prefieren permanecer juntas porque comparten la misma aversión al agua. En química utilizamos nombres técnicos para estas interacciones. En el mundo de las relaciones humanas probablemente diríamos simplemente que “hay química”.

Procesos fundamentales para la vida

Cuando ese equilibrio de fuerzas se alcanza, el resultado puede ser extraordinario. A partir de componentes diminutos pueden surgir fibras nanométricas, láminas moleculares o redes tridimensionales capaces de comportarse como materiales completamente nuevos.

Este fenómeno no es una simple curiosidad científica. El autoensamblaje está en el corazón de muchos procesos fundamentales de la vida. Las membranas celulares, por ejemplo, existen gracias a la capacidad de ciertas moléculas lipídicas para organizarse espontáneamente en estructuras ordenadas. Muchas proteínas también dependen de este principio para adoptar la forma tridimensional que les permite desempeñar su función dentro de las células.

Cuando la unión hace… la enfermedad

Pero, como ocurre en las relaciones humanas, no todas las historias de agregación tienen un final feliz.

En algunos casos, ciertas proteínas pueden agregarse de manera descontrolada y formar estructuras extremadamente estables… pero perjudiciales. Estas proteínas se ensamblan en fibrillas altamente ordenadas que se acumulan en el cerebro y están asociadas a enfermedades neurodegenerativas como el álzheimer o el párkinson. Son, por así decirlo, relaciones moleculares demasiado persistentes: estructuras que se forman con facilidad pero que luego resultan muy difíciles de deshacer.

Comprender cómo se produce esa transición, desde los primeros encuentros moleculares hasta estas estructuras altamente organizadas, es uno de los grandes retos de la biomedicina actual.

En busca de supermateriales

Paradójicamente, el mismo proceso que puede contribuir al desarrollo de enfermedades también representa una de las herramientas más prometedoras de la ciencia de materiales. Desde mediados del siglo XX, el autoensamblaje se ha convertido en un principio fundamental de la nanotecnología. Investigadores de todo el mundo estudian cómo diseñar moléculas capaces de organizarse por sí mismas para crear nuevos materiales, sensores, dispositivos electrónicos o sistemas de liberación controlada de fármacos.

En cierto modo, el objetivo es aprender el arte del ligoteo molecular.

Si los científicos logran comprender con precisión qué interacciones favorecen el autoensamblaje y cómo controlarlas, podrían diseñar moléculas que se organicen de forma predecible para construir materiales funcionales a escala nanométrica. Sería como dominar las reglas invisibles que transforman un encuentro casual en una relación estable.

Por ahora, ese conocimiento sigue siendo incompleto. Las interacciones que conducen al autoensamblaje son sutiles, dependen de múltiples factores y, en muchos casos, siguen siendo difíciles de predecir. Pero cada avance en su comprensión acerca un poco más a los científicos a descifrar este fenómeno.

Quizá, después de todo, las moléculas y las personas no sean tan diferentes. Ambas empiezan con interacciones aparentemente aleatorias. Algunas se disipan rápidamente, mientras que otras evolucionan hacia estructuras más estables. Y, en ocasiones, cuando todo encaja, surge algo nuevo, ordenado y funcional.

En química lo llamamos autoensamblaje. En la vida cotidiana, simplemente amor.

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Este artículo fue finalista del Premio Luis Felipe Torrente de Divulgación sobre Medicina y Salud, organizado por la Fundación Lilly y The Conversation

¿Puede la ética empresarial ayudar a construir puentes en tiempos de polarización?

3rdtimeluckystudio/Shutterstock

Si hoy por hoy le cuesta confiar en los gobiernos, en los medios de comunicación o incluso en las instituciones, consuélese: no está solo. La desconfianza se ha convertido en uno de los rasgos más característicos de la sociedad actual.

No obstante, según los datos el barómetro Edelman, un estudio global que mide cada año el nivel de confianza pública en las distintas organizaciones e instituciones públicas y privadas, las empresas mantienen niveles relativamente estables de confianza. El 64 % de la población confía en las empresas en general (y el 78 % en su propio empleador), superando la confianza depositada en los gobiernos (53 %), los medios (54 %) e incluso las ONG (58 %).

De la empresa que dialoga a la empresa mediadora

Durante décadas, la comunicación corporativa ha defendido la importancia de la empresa que dialoga con sus públicos, que escucha, rinde cuentas y responde a las expectativas sociales. Sin embargo, el catedrático de Ética Domingo García-Marzá ha señalado que la legitimidad de la empresa no proviene solo de su capacidad de comunicar, sino de su disposición a someter sus decisiones a procesos de justificación pública basados en el diálogo ético con los grupos afectados.

En las empresas conviven personas con diferentes trayectorias vitales, valores y visiones del mundo, pero no por ello enfrentadas. Desde esta perspectiva, surge la idea de la empresa como un puente entre diferentes miembros de la sociedad. No para sustituir a las instituciones, sino para contribuir –por su capacidad de organización, influencia y generación de sentido– a recomponer la confianza social.

Esta concepción conecta con la ética cívica de la filósofa Adela Cortina, para quien las organizaciones forman parte del entramado moral de la sociedad y tienen la responsabilidad de promover valores compartidos que hagan posible la convivencia democrática. Como mediadora, la función de la empresa no será la neutralización del conflicto, sino crear las condiciones para un diálogo razonable entre partes que exponen sus diferencias.

Por qué de verdad importa el propósito

Este papel mediador solo puede sostenerse sobre un propósito auténtico y compartido. Las investigaciones y análisis sobre el propósito en las organizaciones muestran que éste no es un recurso retórico, sino un marco normativo que orienta la toma de decisiones y refuerza la legitimidad social de la empresa.

Se puede entender el propósito de las empresas como una infraestructura ética, en la medida en que establece los criterios a partir de los cuales rinde cuentas ante la sociedad. De alguna manera, determina su carácter, su manera de ser en el mundo. Y, en línea con las ideas de Cortina, ese propósito solo es legítimo si se traduce en prácticas que respeten la dignidad de las personas y contribuyan al bien común.

El propósito debe actuar no sólo como faro común, sino como esencia de una identidad compartida, como elemento central de unión y afinidad. Cuando el propósito es creíble, conecta el desempeño económico con la responsabilidad social, y evita la deriva hacia el greenwashing y otras prácticas de maquillaje corporativo.

Convivir, escuchar, colaborar

Para convertirse en un aglutinador social, la empresa no debe intentar cambiar las opiniones de la gente ni tomar partido en los debates políticos. Su papel es más práctico, y también más pedagógico. Basta con facilitar que personas con diferencias convivan, se escuchen y colaboren en objetivos comunes. Esto significa pasar de dialogar a crear puentes reales.

La empresa puede ser un foro privilegiado para la experimentación de un diálogo constructivo, en el que se enseñe a escuchar sin juzgar, a debatir sin descalificar y a buscar soluciones comunes. En el día a día, esta aspiración debe manifestarse en reglas internas pero, sobre todo, en una cultura corporativa que promueva reuniones en las que se reserve un espacio explícito para las objeciones, que facilite equipos transversales, que permita la colaboración entre personas con experiencias, valores y sensibilidades distintas, y que establezca canales seguros para plantear desacuerdos y críticas.


Leer más: ¿Cómo pueden las empresas motivar a sus empleados?


Para ello, es fundamental abundar en la formación de los mandos en la escucha activa, la mediación y la resolución de conflictos. También implica reconocer a quienes formulan preguntas incómodas y garantizar que toda aportación reciba una respuesta, aunque finalmente no sea incorporada. Así se crea un entorno de seguridad psicológica y se evita que la discrepancia se convierta en silencio en unos casos, o en confrontación violenta en otros. El diálogo no puede ser un principio abstracto, sino que ha de vivirse en las maneras de reunión, decisión, evaluación y resolución de conflictos.

En este sentido, el papel de los directivos es fundamental por su carácter de modelo. Deben dar ejemplo con la asunción del propósito corporativo en primera persona, con la consulta a los otros –sobre todo cuando tienen opiniones diversas– antes de la toma de decisiones importantes, y con el compromiso de responder con respeto a todo tipo de críticas.

El propósito de la empresa debe dejar de ser una simple frase bonita, un eslogan atractivo para la web, y ser inspirador de estas prácticas diarias.


Leer más: Los mandos intermedios también son líderes y deben comportarse como tales


Inteligencia artificial, ética y responsabilidad empresarial

Este debate adquiere una relevancia particular en el ámbito de la inteligencia artificial. Las empresas están liderando el desarrollo y la implementación de sistemas algorítmicos que influyen en el empleo, el consumo, la información y la toma de decisiones. Como advierte el filósofo Patrici Calvo, la ética de la inteligencia artificial no puede reducirse a códigos voluntarios, sino que debe integrarse en la gobernanza organizacional y en la cultura corporativa.

Desde esta perspectiva, la empresa mediadora tiene un papel clave. Debe actuar como garante de un uso responsable de la IA, incorporando principios de justicia, explicabilidad y responsabilidad en el diseño y despliegue de estas tecnologías.

La ética aplicada a la IA se convierte así en una extensión natural de la responsabilidad social empresarial y del propósito corporativo, un ejercicio en el que, de nuevo, las personas afectadas deben poder opinar sobre el impacto y las consecuencias de las acciones empresariales.

Una oportunidad histórica para las empresas

El capital de confianza del que hoy dispone la institución empresarial puede erosionarse si no hay coherencia entre su propósito y sus acciones, si la ética no está presente en la toma de decisiones, o si la tecnología se utiliza sin responsabilidad y pensamiento crítico.

Pero estamos también ante una oportunidad única. En un tiempo de polarización y desconfianza, la empresa mediadora, que siga un propósito corporativo ético y que se mantenga como un espacio de diálogo real y efectivo, puede contribuir a reconstruir los vínculos que sostienen la vida en común, los que mantienen unidas nuestras sociedades.

Como se apunta desde la ética cívica, el poder económico no es moralmente neutro, sino que implica siempre una responsabilidad hacia la sociedad de la que forma parte. Y ahora tiene la oportunidad de ejercerla adecuadamente.

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Francisco Fernández Beltrán no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

Tesoro de Villena: ¿qué más se puede hacer para prevenir robos de patrimonio?

El Tesoro de Villena expuesto en el museo en marzo de 2026. Paco Burgada/Shutterstock

Es poco más que sorprendente que en apenas cinco meses se hayan sustraído tres de las colecciones de oro histórico más importantes de este país.

El primero de ellos fue el perpetrado en el Museo Arqueológico provincial de Badajoz, donde se robaron 149 monedas del tesoro de Villanueva de la Serena. Apenas tres meses después fue el turno del Museo de Albacete, donde en tiempo récord (dos minutos) se sustrajeron 200 monedas de oro. Y la pasada madrugada del 27 de agosto tuvo lugar el robo del segundo conjunto de orfebrería prehistórica más importante de Europa: el Tesoro de Villena. Esto ha hecho evidente que las medidas de seguridad de esos museos no funcionaron, o fueron insuficientes.

¿Qué es un plan de conservación preventiva?

El plan de conservación preventiva que cualquier centro museístico debe implementar en su institución consiste en un conjunto de medidas orientadas a evitar que un bien cultural sufra ningún daño: es decir, anticiparse a los riesgos para evitar la pérdida de valor del objeto o su desaparición.

En España, el marco que regula estos planes preventivos tiene su origen en 2011, cuando el Instituto de Patrimonio Cultural (IPCE) aprobó el Plan Nacional de Conservación Preventiva. Dentro de este marco legal se sitúan de manera explícita el robo, expolio y vandalismo entre los riesgos a contemplar.

Sin embargo, ese propio documento admite que la planificación institucional para aplicar estos principios en el día a día de los museos sigue siendo muy rudimentaria en España; una autocrítica oficial que, releída quince años después, ayuda a entender por qué el marco existente sobre el papel no impidió lo ocurrido en Badajoz, Albacete ni Villena.

Tras analizar los datos publicados sobre las medidas de seguridad que protegían el Tesoro de Villena, es evidente que no ocurrió un fallo en cuanto a escasez de medios, pues el MUVI contaba con cámara acorazada, cinco anillos de alarma y certificación de nivel 3 de seguridad actualizada. Fueron la rapidez del asalto y la falta de vigilancia in situ las que le ganaron la partida a la respuesta de la policía local.

No se trata de hacer leña del árbol caído en estos momentos, pues estoy convencida de que los habitantes de este municipio ya se sienten bastante afectados por lo acontecido. El haber perdido su patrimonio y uno de los elementos más importantes de su identidad ya es una gran pérdida. Es momento de análisis, reflexión y aprendizaje, y para ello existen medidas preventivas que los conservadores llevan tiempo debatiendo y que ahora conviene reconsiderar.

Réplicas en sala, originales bajo custodia

Las réplicas en sala con los originales bajo custodia reforzada ya tienen precedente en España, pues existe desde hace décadas un sector altamente especializado en reproducciones arqueológicas de muchísima calidad. Aplican técnicas como la fotogrametría o el prototipado digital, con acabados que en ocasiones hacen muy difícil discernir el original de la réplica.

El propio MUVI expuso una réplica del Tesoro entre 2022 y 2024, mientras se terminaban las obras del museo definitivo. Un modelo similar es la Neocueva de Altamira, que desde 2001 sustituye el acceso a la cueva original, cerrada por conservación, y recibe anualmente más de 250 000 visitantes.

Catalogación exhaustiva

La catalogación exhaustiva de cada pieza es otra herramienta preventiva que no evita el robo, pero que puede evitar que el objeto sea vendido, y permite alertar a las autoridades para poder identificarlo y recuperarlo en el caso de que reaparezca en el mercado. Esta hipótesis es la que los expertos consideran más que plausible en los tres casos españoles.

Son varias las herramientas internacionales que ayudan en este cometido y que los gestores deberían conocer. Imprescindibles son la Base de Datos de Obras de Arte Robadas de Interpol, que reúne cerca de 57 000 objetos con información policial certificada, junto con su aplicación gratuita ID-Art, que permite a cualquiera comprobar con una fotografía si una pieza figura como robada. También el Art Loss Register, que tiene registrados más de 700 000 objetos y es consultado habitualmente por casas de subastas, aseguradoras y museos antes de adquirir una pieza.

El Consejo Internacional de Museos (ICOM), por su parte, elabora Listas Rojas por país y categoría de objeto, útiles para alertar sobre qué tipo de bienes corren mayor riesgo de expolio.

Formación del personal

La formación del personal es otra pieza clave de esta cadena preventiva, desde la dirección hasta el equipo de restauración y conservación, pasando por el personal de sala y seguridad: todos ellos custodian, en distinto grado, la responsabilidad de proteger la colección. A esto se suma la necesidad de un presupuesto y unas condiciones laborales acordes, porque unos sueldos dignos también son, indirectamente, una medida de seguridad.

También se plantea una mejor distribución de la financiación entre museos estatales y municipales, ya que estos últimos custodian a menudo piezas de relevancia mundial con presupuestos muy inferiores a los de sus hermanos mayores.

Más vale prevenir que lamentar: es lo que les planteo cada año a mis alumnos del Grado de Conservación y Restauración de Bienes Culturales al iniciar mi asignatura de conservación preventiva. El día de mañana, muchos de ellos van a destinar su actividad profesional al cuidado y conservación de estas colecciones en los museos, y la responsabilidad que eso conllevará será enorme. Por eso también les insisto en que, como para todo en la vida, una buena preparación que les garantice diseñar un plan de conservación preventiva robusto y una buena dosis de sentido común será lo que marque la diferencia en su desempeño profesional.

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Maria Victoria Vivancos Ramón no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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