Cognitive resilience helps to predict Alzheimer’s dementia
Nature, Published online: 18 September 2026; doi:10.1038/d41586-026-02897-4
The trait could explain why symptoms vary in severity between people with similar brain pathology.Nature, Published online: 18 September 2026; doi:10.1038/d41586-026-02897-4
The trait could explain why symptoms vary in severity between people with similar brain pathology.Nature, Published online: 18 September 2026; doi:10.1038/d41586-026-02984-6
Nature staff discuss data that could point to Nefertiti’s burial place — plus, the implant that translates brain activity into speech and gestures.Nature, Published online: 18 September 2026; doi:10.1038/d41586-026-02919-1
The European Union is easing its reliance on US space infrastructure — and is seeking to grow its satellite and launch operations.Nature, Published online: 18 September 2026; doi:10.1038/d41586-026-02184-2
Landing two large grants caused Anna Sandak to take on a managerial role in her team and made her reflect on what it means to contribute to research.Nature, Published online: 18 September 2026; doi:10.1038/d41586-026-02945-z
Gene-targeting treatments could be used to treat other people with rare forms of amyotrophic lateral sclerosis (ALS).Nature, Published online: 18 September 2026; doi:10.1038/d41586-026-02943-1
Research also uncovers an efficient way to grow hindbrain cells from stem cells — a difficult feat.Nature, Published online: 18 September 2026; doi:10.1038/d41586-026-02922-6
Physicists and mathematicians are going beyond the classic equations of fluid dynamics to understand turbulence — often with the help of AI.Nature, Published online: 18 September 2026; doi:10.1038/d41586-026-02946-y
Affected Chinese companies adjusted their sources of knowledge to stay competitive.

La irrupción de la Cuarta Revolución Industrial está suponiendo una profunda transformación tecnológica de las sociedades desarrolladas como consecuencia del impulso de la inteligencia artificial (IA), la robótica y la digitalización de la economía y la sociedad.
Esta nueva realidad ha implicado el desarrollo de un nuevo modelo económico y social denominado tecnocapitalismo donde los datos, los algoritmos, las plataformas de IA generativa y el conocimiento se convierten en las principales fuentes de riqueza y poder.
En otras palabras, mientras la Cuarta Revolución Industrial aporta las tecnologías, el tecnocapitalismo desarrolla el sistema que permite que estas sean utilizadas para generar beneficios, organizar la producción, mejorar la productividad y, sobre todo, para establecer nuevos mecanismos de control social y una nueva estructura de poder.
Este último punto es uno de los más relevantes tanto por su trascendencia política como social. La evolución hacia el tecnocapitalismo supone la irrupción de nuevos actores, muy ligados a la revolución tecnológica, que paulatinamente están sustituyendo a la antigua clase dominante de la Globalización.
Nos referimos a una burguesía muy vinculada a los grandes grupos y organismos financieros y a las grandes corporaciones empresariales que ejerce poder a través del manejo e influencia en las principales instituciones globales e internacionales como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, el Banco Central Europeo, la Unión Europea o el G7.
Este proceso de sustitución de los grupos dominantes viene determinado por variables que ya no responden a los mecanismos clásicos. La nueva gobernanza se fundamenta en el poder del algoritmo, en el control del comportamiento social y en la gestión de los metadatos de la identidad individual y colectiva de la sociedad.
Y sus principales protagonistas ya no son los directivos de grandes corporaciones empresariales que poseen un gran poder de decisión, pero apenas disponen de un porcentaje de propiedad. En la actualidad, la mayoría de las grandes empresas tecnológicas están gestionadas por magnates que acumulan un inmenso poder y una enorme riqueza.
Otro hecho relevante, desde una perspectiva política, es que la mayoría de propietarios de las grandes tecnológicas, especialmente las norteamericanas, son personas muy cercanas al trumpismo o a movimientos de extrema derecha. Son personajes que defienden abiertamente postulados autoritarios como el supremacismo blanco, la redefinición del sistema democrático o la legitimidad de utilizar la fuerza militar para que unas naciones impongan su voluntad a otras, sin importar el orden internacional ni sus principales instituciones como Naciones Unidas o la Corte Penal Internacional.
Entre otros, Elon Musk (X, Tesla, SpaceX), Peter Thiel (fundador de Palantir) o Alex Karp (consejero delegado de esta compañía) son un buen ejemplo de esta dinámica social que busca, a través de las redes y del algoritmo, modelar la opinión pública, especialmente las generaciones más jóvenes, para introducir cambios sociales estructurales destinados a dinamitar las viejas democracias occidentales.
Sin embargo, el punto más complejo de este análisis consiste en comprender cómo el tecnoautoritarismo de esta nueva clase dirigente consolida una nueva estructura de poder. Históricamente, las actividades o espacios de “gobernanza crítica” (control social, sistemas de inteligencia, seguridad, defensa, objetivos militares, etc…) siempre han sido gestionados por los gobiernos y por las principales estructuras del Estado.
No obstante, en los últimos años, estos modelos de control social, e incluso algunas decisiones de los altos mandos militares muy relacionadas con los objetivos militares de una guerra, empiezan a ser administrados por determinadas empresas suministradoras de software e IA.
Estas plataformas tecnológicas, a través de sus sistemas operativos, se infiltran en las grandes estructuras de los Estados y, poco a poco, van substituyendo determinadas capacidades decisorias, propia de los gobernantes, para convertirse en “infraestructuras soberanas” que, al margen del control público, privatizan y monetizan infinitud de megadatos. Y estos, posteriormente, permiten reescribir las reglas del control social, las relaciones de poder y las guerras presentes y futuras.
Veamos un ejemplo: Un determinado ejército suscribe un convenio de colaboración con un contratista que suministra un software y un algoritmo (IA) que se convierte en el sistema operativo, por defecto, de la inteligencia en el campo de batalla, de la logística y de la elección de los objetivos de guerra.
Lo cierto es que la capacidad de ataque de estos sistemas automatizados con aprendizaje generativo incrementa brutalmente el número de objetivos de guerra y su capacidad de destrucción. Pero también implica que, en este caso, el ejército “ceda” una parte de su capacidad de decisión y muchas otras iniciativas de guerra a un algoritmo que está controlado por una empresa privada. Es decir, se produce un trasvase de soberanía y de gobernanza crítica, propia del Estado, a un consejo de administración controlado por intereses privados.
Por otra parte, todo este proceso de sustitución de las clases dominantes no sería posible sin la llegada al poder de los partidos políticos de extrema derecha. Las iniciativas de estos gobiernos no solo consisten en impulsar políticas inmigratorias excluyentes, establecer pautas de extrema polarización política o practicar un ultranacionalismo militante. Además, sus políticas persiguen el desprecio más absoluto hacia el modelo democrático, buscan el control social a través de las redes y, sobre todo, pretenden la total desregulación del espacio económico y político del Estado.
Y es en este contexto de cambio social, donde las nuevas estructuras de poder pueden desarrollar su verdadero potencial de crecimiento e innovación, sin las cortapisas regulatorias de los viejos sistemas democráticos.
En otras palabras, el proceso de digitalización social, la robotización y la implementación de la IA generativa están propiciando cambios profundos en el ámbito económico y productivo y en las relaciones de poder de nuestras sociedades.
Y el desarrollo de esta nueva revolución industrial será más positivo o más negativo para la humanidad en función de la capacidad adaptativa de las viejas democracias a la nueva realidad social y de la limitación de poder de los nuevos actores sociales.
Solo desde la regulación y el control público de la nueva “gobernanza algorítmica” será posible establecer un nuevo contrato social que permita que las nuevas tecnologías redunden en beneficio de la humanidad.
Víctor Climent Sanjuán no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

Cuando hablamos de desigualdad de mujeres y hombres en el empleo, solemos pensar en la brecha salarial, el techo de cristal o la penalización de la maternidad. Pero hay otros mecanismos menos visibles que también contribuyen a mantenerla.
Uno de ellos tiene que ver con el reparto de tareas dentro de las organizaciones y con el valor que se les atribuye.
En cualquier organización hay tareas imprescindibles: coordinar, organizar, tutorizar, resolver problemas o ayudar a otras personas. Aunque son necesarias y generan valor, no siempre cuentan para promocionar.
La economista Linda Babcock y sus colaboradoras denominaron a este fenómeno non-promotable work: trabajo que no da posibilidades de ascenso, es decir, tareas necesarias para la organización, pero que apenas contribuyen al reconocimiento y la progresión profesional de quien las realiza.
El concepto, aunque reciente, conecta con otras cuestiones como el trabajo emocional (la regulación de las emociones en el lugar de trabajo para cumplir con las normas o expectativas), el comportamiento de ciudadanía organizacional (una conducta individual y voluntaria no exigida por la empresa pero que mejora su eficiencia y funcionamiento) o el trabajo invisible (tareas esenciales, como el trabajo emocional, que no se reconocen ni compensan). Esto plantea una nueva pregunta clave: ¿quién realiza este trabajo y qué obtiene a cambio?
Los estudios muestran que dicho trabajo recae con mayor frecuencia sobre las mujeres. Una serie de experimentos realizados en 2017 demuestra que responde a un doble mecanismo: las mujeres reciben más peticiones para asumir tareas que no contribuyen a la promoción profesional y también son más proclives a aceptarlas.
La teoría de los roles sociales ayuda a explicar este fenómeno. Las expectativas sociales siguen asociando a las mujeres con la cooperación, la empatía y la disponibilidad, mientras que a los hombres se les relaciona con la autonomía y la orientación a los resultados. Estos estereotipos también se reproducen en las organizaciones y pueden contribuir a que las mujeres sean percibidas como candidatas naturales para asumir tareas de apoyo, coordinación o servicio.
Pero la desigualdad no se explica únicamente porque a las mujeres se les pida asumir estas tareas con mayor frecuencia. También influye que suelen rechazarlas menos. Las expectativas de género influyen en lo que se espera del comportamiento de mujeres y hombres. Además, pueden generar reacciones negativas cuando se apartan de esas expectativas. A este fenómeno se le conoce como backlash.
De esta forma, se genera tensión: asumir demasiadas tareas de apoyo resta tiempo para actividades que sí cuentan para promocionar, pero rechazarlas puede afectar a la percepción de compromiso. Joan C. Williams y Mikayla Boginsky denominan tightrope bias (el sesgo de la cuerda floja) a esta situación: las mujeres deben equilibrar las expectativas de cooperación y disponibilidad con la asertividad asociada al liderazgo.
El reparto de estas tareas puede entenderse también desde la economía de los cuidados. Dentro de las organizaciones, algunas actividades se asimilan a una forma de cuidar de la organización y de las personas que la integran.
El cuidado familiar y el non-promotable work no son lo mismo, pero comparten características: ambos son necesarios para que el sistema funcione, suelen ser poco visibles y recaen de forma desproporcionada sobre las mujeres.
A escala mundial, ellas dedican al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado 2,5 veces más horas al día que los hombres.
En Europa, los datos del Instituto Europeo para la Igualdad de Género (EIGE) confirman que este reparto desigual sigue siendo una fuente importante de desigualdad.
El non-promotable work genera, ante todo, un problema de tiempo. Cada hora dedicada a coordinar, tutorizar, organizar o resolver tareas cotidianas es una hora menos para las actividades que impulsan las carreras profesionales.
Pero el coste no es únicamente temporal. También puede ser un coste de oportunidad.
No todas las tareas adicionales ofrecen las mismas posibilidades de visibilidad, reconocimiento o promoción. Algunas permiten demostrar capacidad de liderazgo, acceder a proyectos estratégicos o establecer relaciones con personas clave dentro de la organización. Otras, aunque sean necesarias para que todo funcione, apenas dejan huella en la trayectoria profesional.
Esta diferencia aparece también en investigaciones que distinguen entre office housework –las tareas necesarias para que el día a día funcione– y office glamour work, proyectos más visibles y estratégicos, y con mayor potencial para impulsar una carrera.
Los resultados muestran que las mujeres realizan más tareas del primer tipo y tienen menos acceso a las del segundo. Por tanto, el problema no es solo hacer más tareas que no promocionan. También tener menos oportunidades de realizar otras que sí pueden impulsar su carrera.
Esto genera un coste de oportunidad claro: estas tareas consumen un recurso escaso (el tiempo) y desplazan funciones que sí reciben reconocimiento y recompensa en las organizaciones.
Pero también importa cómo se valora ese trabajo. Un estudio sobre office housework encontró que este tipo de tareas estaba relacionado con la promoción de los hombres pero no de las mujeres. Esto sugiere que la desigualdad no reside únicamente en quién realiza estas tareas, sino también en el reconocimiento profesional que reciben quienes las realizan.
Con el tiempo, este efecto se acumula. Menos tiempo para trabajo del que se valora para promocionar significa menor visibilidad y menos oportunidades de liderazgo.
Los datos apuntan en esa dirección. El Global Gender Gap Report 2024 del Foro Económico Mundial muestra que las mujeres siguen ocupando una proporción significativamente menor de los puestos directivos y de alta dirección. Además, el informe Women in the Workplace 2024 de la consultora McKinsey identifica la primera promoción hacia puestos de mando –el llamado broken rung o peldaño roto– como uno de los momentos clave en los que las mujeres pierden representación.
El non-promotable work muestra que este problema no depende solo de las decisiones individuales. También depende de cómo se organiza el trabajo. ¿Por qué determinadas tareas se distribuyen de forma desigual? ¿Quién tiene acceso a las actividades que favorecen la carrera profesional? ¿Y cómo se recompensa cada contribución?
La solución pasa por distribuir estas responsabilidades de forma más equilibrada y reconocer mejor un trabajo que con frecuencia apenas cuenta en los sistemas de evaluación y promoción.
Porque no basta con ofrecer las mismas oportunidades si unas personas deben dedicar más tiempo que otras a tareas necesarias para que la organización funcione pero que apenas se tienen en cuenta para avanzar profesionalmente.
Visibilizar y valorar estas contribuciones permitiría acercar lo que las organizaciones necesitan a aquello que realmente incentivan.
Reconocer el non-promotable work supone avanzar hacia organizaciones más responsables, donde la igualdad no dependa únicamente de ofrecer las mismas oportunidades de promoción, sino también de revisar cómo se distribuye y se reconoce el trabajo cotidiano que hace posible el éxito colectivo.
Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

Aunque los plásticos resultan sumamente útiles por sus propiedades, sus residuos representan un grave problema por la contaminación que producen, ya que no se degradan en el medio ambiente y su reciclaje es todavía insuficiente. Por eso se están buscando alternativas a estos materiales con un menor impacto ambiental.
Una de ellas son los bioplásticos, una serie de polímeros con propiedades similares a los plásticos (en términos de durabilidad y resistencia), pero que, a diferencia de ellos, se obtienen a partir de materias primas biológicas y no a partir de combustibles fósiles.
En la última década se ha acelerado su desarrollo debido a varios factores. Por un lado, se han puesto en marcha políticas ambientales encaminadas a reducir la dependencia de materias primas fósiles y promover la utilización de materias primas renovables. Dos ejemplos son la Estrategia Europea para los Plásticos en una Economía Circular y la Directiva UE 2019/904 sobre plásticos de un solo uso.
Por otro lado, numerosos proyectos de investigación e innovación están consiguiendo que estos materiales sean más sostenibles que los plásticos por diferentes motivos. Al requerir menos energía para su fabricación, suponen una reducción de la emisión de gases de efecto invernadero. Y al ser biodegradables mediante compostaje permiten, además, fomentar la economía circular y evitar la emisión de microplásticos al medio ambiente.
Se están desarrollando diferentes tipos de bioplásticos, aunque son tres los que actualmente representan el 95 % del mercado y ya están presentes en muchos de los envases que usamos: el furanoato de polietileno (PEF), el ácido poliláctico (PLA) y el polihidroxibutirato (PHB).
El PEF es un polímero de origen 100 % biológico que aspira a ser el gran sustituto ecológico del PET (tereftalato de polietileno), el plástico tradicional de origen fósil usado en los envases de botellas. El PEF se fabrica a partir de azúcares extraídos de la biomasa vegetal (por ejemplo, maíz o residuos agrícolas) y, por lo tanto, está caracterizado por una alta biodegradabilidad mediante el compostaje.
Su proceso de fabricación determina el impacto ambiental final. Optar por un mecanismo bioquímico, emplear condiciones de operación optimizadas y usar residuos como materias primas suponen avances hacia la sostenibilidad (esto es, ventajas económicas, sociales y ambientales).
En consecuencia, la transición hacia componentes de origen biológico y hacia métodos de síntesis de bajo impacto ambiental es crucial para aprovechar todo el potencial de sostenibilidad en la producción de este material.
Hasta el momento, los ensayos con PEF, que todavía no está plenamente implementado en el sector productivo, arrojan resultados prometedores:
Una mayor vida útil al ser más eficaz como barrera al oxígeno atmosférico (impide su entrada en el envase y, por tanto, la oxidación del contenido) y contención de CO₂.
Una menor intensidad energética (esto es, la cantidad de energía necesaria para su fabricación). Su huella de carbono es alrededor del 30-35 % inferior frente a la de los plásticos convencionales.
El ácido poliláctico es un bioplástico totalmente implantado en el sector productivo que se produce por polimerización –creación de grandes moléculas a partir de otras más pequeñas– del ácido láctico producido a partir de la fermentación de los azúcares presentes en gran variedad de residuos agroalimentarios o pesqueros.
Dos de los principales beneficios ambientales se materializan en una reducción del 40-60 % en la huella de carbono respecto al PET y una compostabilidad superior al 90 % en menos de 180 días.
También se pueden combinar estrategias fermentativas de los residuos agrícolas para integrar conceptos de biorrefinería y conseguir un suprarreciclaje de los residuos, es decir, la obtención de subproductos de alto valor. Por ejemplo, a partir de residuos de paja de trigo se puede producir nisina (un péptido con capacidades antimicrobianas) y ácido láctico. La nisina se utiliza para fabricar películas antimicrobianas para envases funcionales y reducir el uso de conservantes.
Leer más: Cómo convertir millones de toneladas de residuos en bioetanol, piensos, bioplásticos y antioxidantes
Una alternativa de bioplástico que ya se encuentra en pruebas piloto reales es el polihidroxibutirato (PHB). Una de sus vías de producción más prometedoras es la descomposición de la materia orgánica en aguas residuales por parte de microorganismos para obtener ácidos grasos volátiles que se utilizan como fuente de carbono para las bacterias acumuladoras de PHB.
Su principal ventaja reside en que, de esta forma, las plantas de tratamiento de aguas residuales pueden actuar además como biorrefinerías para obtener diversos productos más allá del agua tratada. Este uso deriva en beneficios económicos (reducción de costes), ambientales (reducción de emisión de gases de efecto invernadero y fomento de la circularidad del carbono) y sociales (creación de empleo verde o mejora de la percepción social de las depuradoras de aguas).
Leer más: Nuevos materiales para convertir las depuradoras de aguas residuales en fábricas de hidrógeno verde
Los bioplásticos se presentan como una alternativa prometedora a los plásticos tradicionales fabricados a partir de petróleo, aunque no están exentos de desafíos para convertirse en una alternativa circular realmente sostenible.
La obtención de las materias primas necesarias para fabricarlos puede requerir tierras agrícolas, agua u otros recursos que también se utilizan para la producción de alimentos. A ello se suman dificultades relacionadas con su separación y recolección selectiva que permita su compostaje eficaz.
Leer más: El tapón de mi brik es de bioplástico, ¿dónde tengo que tirarlo?
Adicionalmente, los costes de producción siguen siendo, en términos generales, más elevados que los de los plásticos convencionales.
Por todo ello, la estrategia combinada de bioproducción de productos de alto valor añadido, o suprarreciclaje, es una vía de investigación e innovación de gran importancia en el camino de la sostenibilidad de este tipo de materiales.
Gumersindo Feijoo Costa no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

En la lucha sin fin contra los falsificadores, los bancos centrales deben incorporar cada vez más elementos de seguridad en los billetes que emiten, lo que obliga a renovarlos periódicamente.
Desde la introducción del euro en 2002, el anverso de nuestros billetes solo ha cambiado en dos ocasiones, pero el Banco Central Europeo (BCE), única autoridad emisora de euros, desea ahora poner en circulación nuevos billetes.
Para ilustrarlos, tras un largo proceso de selección ciudadano, ha identificado dos posibles temas: “cultura europea” y “ríos y aves”. Esta elección no tiene nada de sorprendente, ya que el dualismo naturaleza/cultura estructura el pensamiento occidental desde Platón hasta los trabajos contemporáneos de antropólogos como el francés Philippe Descola.
Para afinar la selección de las ilustraciones de las seis series de billetes, de 5 a 200 euros, el BCE convocó un concurso al que respondieron 1 241 diseñadores gráficos de toda la Unión Europea (UE). Tras varias fases de selección –para determinar, en particular, las personalidades europeas y las especies de aves que debían representarse–, la institución eligió finalmente cinco propuestas para cada uno de los dos temas.
Estas diez iniciativas para las seis series de billetes están abiertas a la votación en línea hasta el 21 de septiembre.
Centrémonos en el tema “ríos y aves”. El BCE ha destacado varios elementos para justificar esta elección: no conocen fronteras y, en este sentido, recuerdan al espacio Schengen; constituyen un patrimonio común al que los europeos están muy apegados; Europa ha contribuido a su protección gracias a varios textos normativos ambiciosos en materia de medio ambiente, como la Directiva sobre aves, adoptada en 1979, la Directiva sobre hábitats, fauna y flora, de 1992, y la Directiva marco sobre el agua, de 2000.
Partiendo de ahí, ¿qué especies de aves elegir? Esto es lo que nos explica la institución financiera sobre los criterios de selección. Las especies de aves seleccionadas debían ilustrar la diversidad de los ecosistemas fluviales, desde el manantial hasta el océano. También era necesario que fueran bellas, migratorias, que tuvieran una amplia distribución en Europa y que se hubieran beneficiado de las medidas de protección adoptadas por la UE.
Por último, estas especies no debían tener una percepción negativa en ninguno de los países de la zona del euro. Pero ¿responden adecuadamente a este pliego de condiciones las propuestas sometidas a votación? Eso es lo que nos proponemos analizar.
Desde el billete de 5 euros hasta el de 200 euros, aparecen sucesivamente el trepador azul (Tichodroma muraria), el martín pescador (Alcedo atthis), el avispón común (Merops apiaster), la cigüeña blanca (Ciconia ciconia), la avoceta común (Recurvirostra avosetta) y el alcatrán común (Morus bassanus).
El estilo difiere notablemente entre las cinco propuestas: tres representan a las aves en monocromo, mientras que las dos últimas lo hacen en color. Cuatro recurren a dibujos, ya sean estilizados o realistas; la última ha optado por fotografías.
Estas especies no presentan dificultades de identificación y, por lo tanto, son fácilmente reconocibles independientemente de la propuesta, pero la monocromía no hace justicia a los colores brillantes del martín pescador, el abejaruco común o el trepador azul.
Veamos ahora si se han respetado los criterios establecidos en el pliego de condiciones.
Empecemos por el primer requisito: las especies de aves seleccionadas debían ilustrar la diversidad de los ecosistemas fluviales, desde el manantial hasta el océano. Aunque a veces se les puede encontrar bastante lejos de los ríos, este es precisamente el caso del martín pescador, el abejaruco y la cigüeña blanca, que anidan –en el caso de los dos primeros– en madrigueras que excavan en las riberas de los ríos o, en el caso de la cigüeña, en los árboles a lo largo de los cursos de agua.
La avoceta elegante, una ave zancuda costera que tiene un largo pico curvado hacia arriba para capturar pequeños invertebrados acuáticos, se reproduce en los deltas de los grandes ríos (como en la región de Camarga, en el sur de Francia), pero también en las marismas. Anida en pequeñas colonias que defienden ruidosamente a sus crías frente a los depredadores.
En cambio, las dos últimas especies no cumplen este criterio. El alcatraz común, un ave marina de alta mar, anida en una treintena de islas oceánicas de Europa, como el archipiélago de las Siete Islas en la Bretaña francesa o la isla de Bass Rock en Escocia.
El trepador azul, por su parte, se alimenta y se reproduce en los acantilados de las altas montañas y no depende especialmente de los torrentes. Firmemente aferrado a la roca gracias a sus largas garras, captura con su pico largo y fino los pequeños insectos que se esconden en las grietas.
Examinemos ahora el segundo criterio, que pretende seleccionar las denominadas especies “atractivas”. El martín pescador y el abejaruco se encuentran entre las aves más coloridas de Europa. El trepador azul es elegante con su plumaje gris y negro, realzado por amplias franjas rojas y manchas blancas en las alas.
La cigüeña blanca, la avoceta elegante y el alcatraz común tienen un plumaje mayoritariamente blanco y negro, lo que resulta práctico para una posible impresión en monocromo.
Estas elecciones reflejan nuestra tendencia a preferir las especies grandes y coloridas frente a las aves pequeñas y menos llamativas, aunque igualmente estéticas, a menudo con delicados motivos.
Veamos ahora si todas las especies representadas son realmente migratorias, tal y como sugiere el tercer criterio.
El abejaruco común y la cigüeña blanca pasan efectivamente el invierno en África. Sin embargo, esto es cada vez menos cierto en el caso de la segunda: hoy en día, varios miles de aves permanecen todo el año en Europa occidental. El abejaruco se alimenta exclusivamente de insectos aéreos. Al igual que la mayoría de las aves insectívoras, se ve obligado a pasar el invierno en África para alimentarse.
El alcatraz común también es un gran migrador, pero pasa la mayor parte del tiempo frente a las costas, donde pesca en espectaculares zambullidas. Las poblaciones nórdicas de la avoceta elegante, por su parte, bajan a las costas francesas en otoño y se unen entonces a las aves reproductoras de Francia, que son esencialmente sedentarias.
Por el contrario, el trepador azul suele alejarse poco de sus montañas (baja principalmente a menor altitud en invierno), aunque cada invierno se observan algunos ejemplares en la llanura en los “acantilados artificiales” que constituyen las canteras, las presas hidráulicas, las catedrales y los puentes de piedra.
El martín pescador también es esencialmente sedentario. Le va mal cuando las fuertes heladas le privan durante mucho tiempo de los peces de los que se alimenta: las poblaciones se desploman entonces y no se recuperan hasta varios años después.
Leer más: A las marismas de Doñana podrían quedarles 60 años de vida
¿Están las especies seleccionadas ampliamente distribuidas en Europa, tal y como exige el cuarto criterio?
El martín pescador, la cigüeña blanca y la avoceta ocupan una buena parte del territorio de la UE, aunque su presencia es muy escasa, o incluso nula, en Escandinavia. El abejaruco común es una especie de la mitad sur de Europa, el alcatraz común de las costas marítimas y el colirrojo tizón de las altas montañas (Pirineos, Alpes, Apeninos, Cárpatos y Balcanes).
En resumen, no todas son figuras conocidas (¿quién ha oído hablar alguna vez del trepador azul?) y su presencia es escasa en el norte de Europa, como en Finlandia, que, sin embargo, forma parte de la zona del euro.
¿Se han beneficiado también estas especies de la protección de la UE, tal y como sugiere el último criterio mencionado?
Es probable que las políticas europeas en favor de los humedales hayan beneficiado al martín pescador, a la cigüeña blanca y a la avoceta, y quizá al abejaruco europeo; la regulación de la pesca para reponer las poblaciones de peces probablemente ha sido positiva para el alcatraz atlántico.
En cambio, es probable que estas políticas no hayan tenido ningún impacto en el colirrojo real. En general, no se trata de especies en las que las políticas europeas hayan desempeñado un papel importante en el estado de sus poblaciones.
Llama la atención la ausencia de patos, gansos, zampullines, garzas, cormoranes, cisnes, charranes, gaviotas y gallinas de agua, ya que son precisamente estas especies las que más se ven a lo largo de los ríos y torrentes de Europa.
¿Quizá se deba a que algunas son objeto de caza en el continente y pueden causar daños a los cultivos o a las piscifactorías?
El alcatraz atlántico también podría haber cedido su lugar a especies que pasan la mayor parte de su tiempo en Europa, como el colimbo grande (Gavia immer), que anida en Escandinavia y pasa el invierno en Europa occidental, o la garza blanca mayor (Egretta alba), del tamaño de una garza real, pero totalmente blanca, que ha recolonizado Europa gracias a las medidas de protección de la UE.
El mirlo acuático (Cinclus cinclus) habría sido una elección más acertada que el trepador azul, ya que esta ave, que puede recordar a un mirlo, depende realmente de los torrentes de montaña. De hecho, se alimenta bajo el agua de larvas de insectos acuáticos. La delicada lavandera de los arroyos habría sido otra opción igualmente atractiva.
Por último, la selección podría haber incluido al águila pescadora (Pandion haliaetus) o al pigargo europeo (Haliaeetus albicilla), no solo porque se trata de una gran rapaz pescadora emblemática en Europa, sino también porque los esfuerzos por protegerla están dando hoy sus frutos.
Hay que aplaudir la consulta ciudadana para elegir el anverso de nuestros futuros billetes, con la esperanza de que no se trate solo de greenwashing.
Los bancos siguen financiando con demasiada frecuencia proyectos que contribuyen a la destrucción de los ecosistemas naturales. La UE, por su parte, ha desempeñado un papel fundamental en la protección del medio ambiente en Europa y pretende seguir haciéndolo con la Ley de Restauración de la Naturaleza aprobada en 2024.
No obstante, las vacilaciones en torno al Pacto Verde y el auge de los populismos en los últimos años en Europa no invitan al optimismo. Pero no dejemos de alegrarnos ante la posibilidad de que, quizá, mañana veamos pájaros adornando nuestros billetes.
Frédéric Archaux no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
Existe siempre en el límite espacial, en la reclusión, la promesa del afuera. El logro de algunas obras es cumplir ese augurio de desborde sin exhibir el otro lado, la costura exterior que las hace posibles. Virtuosos ejemplos de bottle movies son La ventana indiscreta (Alfred Hitchcock, 1954), con su célebre pesquisa de un patio en silla de ruedas; y Siempreviva (Klych López, 2015), que construye la resquebrajada intimidad de otro patio en una casa de inquilinato de Bogotá durante la Toma del Palacio de Justicia en 1985. Podemos agregar a esta lista a La invitación (2026), la más reciente película de Olivia Wilde, que versiona Sentimental (2020), del catalán Cesc Gay.
Para el argumento bastan pocos detalles: dos parejas, una noche, un apartamento y la invitación del título. Esta la oficia Angela (Olivia Wilde), quien simula frente a su marido Joe (Seth Rogen) haber acordado invitar a cenar a Piña (Penélope Cruz) y Hawk (Edward Norton), que viven en el piso de arriba. La ocasión parece propicia para recibir invitados, pues la hija adolescente estará fuera por un tiempo. Como debe acontecer con toda invitación que se precie, algo tiene que salir mal, o, al menos, dejar el rastro de su artimaña: Joe no consiente la cena, no compró el vino y le duele la espalda; Angela finge, invoca dos o tres mentiras y se le quema el soufflé. La discusión estalla por los aires y los vecinos llaman a la puerta con una propuesta.
Hay en esta coreografía de afrentas y rencores conyugales un gran mérito teatral (la propia versión de Gay había nacido originalmente como una obra dramática: Los vecinos de arriba), que no pasa por la jugarreta fácil y lastimera de la pareja que hace agua, como en Historia de un matrimonio (Noah Baumbach, 2019), o que ve en los otros el reflejo interminable de su miseria. Todo está servido para una cena de personas que se detestan, como diría Borges. Pero todo eso existe para ser desplazado: Hawk y Piña son divertidos, alarmantemente más fogosos y, a juzgar por sus escandalosos orgasmos que fascinan a Angela y desvelan a Joe, felices. El núcleo radica en que no lo son por lo que sus vecinos piensan, sino porque sus vicios son mucho más desaforados de lo que pudieron sospechar y eso, de cierto modo, los reconforta.
Cruz y Norton son un gran acierto en el casting de este filme, pues logran insuflar verosimilitud a una pareja que arriba se desata en bacanales y abajo polemiza como Susan Sontag. Él es bombero y ella es terapeuta; a él le importa la alfombra nueva que compró Angela para la cena y la mira pasearse desnuda desde su apartamento. Pero esas aparentes tensiones cruzadas terminan por revelar que la dinámica es de fascinación colectiva, por lo que la película termina por ahondar en el deseo grupal y las formas de negociarlo.
Ya es quizás una convención quejarse de que Seth Rogen siempre se parezca a Seth Rogen: insoportable e irónico de poca monta, lo cual es perfecto para el personaje de músico frustrado. Wilde dirige y actúa con mucha soltura en una escenografía que supera con creces a la original, de la que los guionistas Will McCormack y Rashida Jones limpiaron algunos chistes fáciles y agregaron detalles como la extranjería de Piña y a Edward Norton hablando un español tropezado. No es perfecto un guion que no admita cambios y reverberaciones.
En suma, La invitación logra un registro de comedia adulta y no escatima en el uso de su mejor recurso: cuatro estrellas puestas a trabajar con el diálogo, el ritmo y la réplica, respaldadas por un guion probado en distintos formatos y lenguas. Esa solidez le permite a Wilde sostener el conjunto sin restarle libertad al trabajo actoral, ofrecer momentos memorables y conservar parte del espíritu teatral, tan escaso en muchas producciones actuales.
The Invite (Estados Unidos, 2026), guion de Will McCormack y Rashida Jones, dirección de Olivia Wilde, 107 minutos.
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En El espacio vacío Peter Brook señala que una sala de teatro es como un cristal de aumento y como una lente reductora. La escena puede ser insignificante, pero en su diferencia respecto de la cotidianeidad puede fácilmente separarse de la vida. Y prosigue: “La unicidad de la obra consiste en ofrecer algo que no puede encontrarse en la calle, en el hogar, en el bar, con amigos o en el sofá del psiquiatra, en la iglesia o en el cine”. Es cierto: el teatro es un espacio otro que, sin embargo, hoy vacilaríamos mucho en definir por su carácter meramente ficcional. Veamos si no lo que sucede en La tristeza, que trabaja justamente con aquello que encontramos a cada rato en la calle, en el bar, con amigos o en el sofá del psiquiatra: ese estado de ánimo (esa Stimmung) que le da nombre a la obra y que podría ser incluso un signo de nuestra época. Y, sin embargo, basta que empiece la representación y que la actriz Fernanda Bercovich se apropie rápidamente del escenario y se convierta en recepcionista de una agencia de remises para comprobar que, efectivamente, fuimos transportados a otro espacio: ni la casa, ni la calle, ni el bar. ¿Se puede hablar de la tristeza sin sonar triste? Sí, y valga como ejemplo esta pieza de Consuelo Iturraspe.
La autora ha señalado que la escribió inspirada en el cuento de Anton Chéjov que lleva el mismo nombre. Por lo pronto, hay en la trama de La tristeza un personaje ausente que se ha retirado del mundo: una mujer rusa, reciente compañera de oficina de Sonia (Fernanda Bercovich) y Caballo (uno de los choferes de la remisería y confidente suyo, de quien sólo tenemos el registro de su voz a través del radiotransmisor mediante el que se comunican) y que, con su drástica decisión y ciertas “cositas” que dejó escritas en un cuaderno íntimo olvidado en uno de los cajones, despierta en los protagonistas primero curiosidad y luego misterio. Ella los enfrenta a aquello que, a cada rato y a pesar suyo, vemos tímidamente salir de sus propios ojos y de sus conversaciones, una intuición que proviene de ellos mismos: lo pobre que se les ha vuelto la vida. “La distancia. Temblar en los brazos de alguien frágil. Agonizar. Desenamorarte. Perderte. Una conversación aburrida con un gran amigo. El destiempo. La música que nos habla. La obsesión por el dinero. Las peleas por dinero. La falta de dinero. El dinero. La lista sigue. La lista es infinita. Haciendo una lista entendí que todos los caminos de la tristeza conducen al mismo lugar: el trabajo”. Es el poderoso cierre de esas enigmáticas anotaciones de “la rusa” que Sonia lee en sus tiempos muertos (casi todos) en la agencia y que al espectador le llegan proyectadas en la oscuridad de la sala, como fondos de pantalla o entreactos que consolidan una atmósfera emotiva. La música de Ariel Obregon las pone de relieve. Algo del malestar oculto se ha conmovido; el desasosiego ha dejado de resistirse. Ese texto encontrado funciona un poco al modo de ese disruptivo verso de un famoso poema de Rilke que concluye como si fuese un desgarrador imperativo categórico: “Debes cambiar tu vida”.
La actuación de Bercovich es brillante. Sus diálogos con Caballo, siempre a través de un radiotransmisor, son hilarantes, reveladores por lo intrascendentes. Olvidamos que estamos viendo eso que suele llamarse unipersonal (una única actriz en escena), y el modo en que son abordadas la angustia y el desamparo del mundo del trabajo (en otro tiempo hubiéramos agregado la palabra “alienación”) son lo más lejano a un soliloquio grave en el que el personaje enuncia verdades existenciales, como si ese fuese ya un gesto innecesario o tan cansador como el propio trabajo. Las “verdades”, en todo caso, aparecen en esos juegos de niños que son la materia del tiempo de Sonia en la oficina y de Caballo en el auto: jugar a decir tonterías, a hacerse acertijos y adivinanzas, a simular que discuten en chino o después en coreano. Todo tiene la misma “sabia” y pragmática intención: realizar algo con el tiempo oprimido, hacerlo pasar, llegar con un resto de alegría al final de la jornada. ¿Qué hacer con el tiempo del trabajo cuando este no hace nada con nosotros?
Una digresión que puede ser relevante: desde hace unos meses, en esa misma sala, se representa una obra de Federico León titulada El trabajo. Pero no el trabajo del que se ocupa la obra de Iturraspe (el asalariado y como medio de vida, la actividad vaciada de toda gratificación emocional, además de mal pagada), sino esa ocupación propia del humano relacionada con la interrogación sobre su persona y el mundo: el trabajo con uno o una misma (trabajo de artista, podría decirse, aunque pueda no tener nada que ver con el mundo del arte). ¿Cómo es que usamos la misma palabra para nombrar dos actividades tan inconciliables? Tal vez Sonia, esa empleada que será dejada en la calle por el dueño de una remisería en la obra de Consuelo Iturraspe, en el mundo de la especulación estética encontraría un lugar más hecho a su medida si simplemente la imagináramos concurrente de ese otro lugar y tipo de trabajo que propone, en el mismo espacio y en otro día, la obra de Federico León.
La tristeza, dramaturgia y dirección de Consuelo Iturraspe, Zelaya, Buenos Aires.
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