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Cuba en los días del «colapso» 

Mercedes Pérez no recuerda cuándo fue la última vez que pudo comer tres veces al día. Desde hace por lo menos tres años solo desayuna y luego hace otra comida en el día, justo antes de que anochezca. Tiene 77 años y se jubiló como maestra hace casi 20 años. Reside en la ciudad de Placetas, capital de uno de los 13 municipios de la provincia de Villa Clara. Su pensión mensual es de unos tres mil 500 pesos cubanos (CUP). Tuvo dos hijos con el único hombre con quien estuvo casada; él falleció de un infarto hace más de ocho años. El mayor de sus hijos se mudó a La Habana. Apenas la visita dos o tres veces al año. El segundo lleva varado en México más de dos años, desde que se cerraron las fronteras con Estados Unidos. Sobrevive como migrante irregular, a merced de un lento y angustiante proceso de refugio. 

La casa de Mercedes se ubica cerca de la Carretera Central, la arteria que atraviesa Cuba de extremo a extremo. Un sinuoso hilo de asfalto de mil 139 kilómetros que se construyó en las primeras décadas del siglo pasado. El vial parte en dos a la vieja ciudad del centro de la isla, bordeada por el río Zaza en su camino al mar. La vivienda —como la de sus vecinos— tiene un amplio portal que da a la calle, por donde la gente solía pasar constantemente para escapar del sol o la lluvia al recorrer las calles rectas y anchas que definen a Placetas. Ahora muchos de esos portales están enrejados como medida de protección debido a la creciente inseguridad en el país. En esa morada murieron sus padres. Ese hogar siempre fue su refugio, pero hoy siente que es una fina cáscara de mampostería, agujereada por la humedad, con techo de tejas sobre maderas que se le puede «caer encima en cualquier momento». 

Sobre la meseta de la cocina ubicó una vieja hornilla de carbón con la que prepara la única comida caliente del día; sobre las cinco o seis de la tarde, desde que los apagones suelen ser interminables. «Siempre fuimos humildes, pero desayunábamos, almorzábamos y comíamos. Ahora…», intenta explicar, pero prefiere posar su mirada en la mesa vacía, y repasar en silencio la vieja casa. «Me paso el tiempo esperando: por la electricidad, por el pago de mi jubilación, por el dinerito que me puedan enviar mis hijos, por la conexión de Internet para hablar con ellos… No sé qué más esperar: ¿cambios…? Mis esperanzas las concentro en comprar comida, en poder sacar dinero del cajero automático, en que no suba el precio del carbón o del aceite…», dice a El Estornudo, mientras se prepara para salir a ver qué encuentra con unos dólares que recibió desde México.

Mercedes no recuerda tiempos peores. Dice que ni en el Período Especial «la cosa estuvo tan mala». Aquellos años fueron duros, pero aún tenía esperanza. «Ahora hay poco a qué aferrarse. Solo sobrevivimos el día a día», afirma.

Por su parte, la profesora cubana Natacha de la Torre Fariñas ha denunciado en redes sociales cómo fue retirada de la docencia en la Academia de San Alejandro, en La Habana, por sus posturas críticas sobre el gobierno y las condiciones laborales del país.

En una carta dirigida al ministro de Cultura, Alpidio Alonso, la psicóloga expone que «en Cuba se trabaja con el impulso y la buena voluntad de aquellos a los que un día se llamó gusanos y hoy se han convertido en espléndidas mariposas. Somos collares de estrangulamiento para nuestras familias, que llevan sobre sí el peso de sus propios problemas y los nuestros. Es una extraña noción de sustentabilidad», e incide: «los trabajadores cubanos se ven privados del acceso a recursos elementales como el agua o la energía eléctrica, pero se les exige ir a trabajar en semejantes condiciones. Que resuelvan como puedan. Y si pueden, que acudan a las gentiles mariposas. La precariedad se apodera de las casas en Cuba. Yo… me niego a trabajar cuando no pude dormir, o cuando debí elegir entre quedarme sin poder abastecerme de agua o ir a San Alejandro. Pero no veo razón alguna para abandonar la docencia. Sí la veo para afirmar que Cuba necesita un cambio radical». 

Dos días antes, la profesora compartía en su perfil de Facebook el testimonio de una joven madre cubana que asegura que solo puede asegurar una comida al día. «Si se hace almuerzo, no se come», se le escucha decir con uno de sus pequeños en brazos. «Estos niños y su mamá resisten. ¿Qué hay de creativo en su situación? Hay tristeza y penurias de un lado. Y del otro, maldad y abandono», subrayó De la Torre Fariñas.

«La pobreza y la precarización de la vida ha dejado de ser un fenómeno asociado a determinados grupos en situación de vulnerabilidad para convertirse en una condición más transversal de la sociedad cubana, donde sectores profesionales, jubilados, trabajadores estatales, familias diversas, reportan hoy estrategias similares de supervivencia que antes solo se asociaban a los sectores históricamente más pobres», explica a El Estornudo la socióloga Elaine Acosta, directora ejecutiva del Observatorio Cuido60 sobre el envejecimiento, los cuidados y los derechos.

A juicio de la investigadora asociada de la Universidad Internacional de Florida, la actual crisis en Cuba es la peor en la historia del país, ya que tiene un carácter estructural y una negación concatenada de derechos, que demandan cambios profundos y una amplia participación de la sociedad civil para su resolución. Además, sostiene que, a diferencia de crisis anteriores, incluido el Período Especial, la situación actual implica múltiples procesos simultáneos como la debacle energética (agudizada por la política de la administración Trump), el derrumbe del poder adquisitivo, la pérdida de amortiguadores externos históricos, la precarización de los pilares internos que sostenían el modelo igualitarista cubano y la retirada del Estado cubano de la protección social, afectando gravemente a los sectores de la Salud, la Educación y la Asistencia Social. 

«Ahora cada hogar asume individualmente responsabilidades que antes eran institucionales», señala la académica, quien avisa que en Cuba los grupos más vulnerables siguen siendo los adultos mayores que viven solos y dependen de las pensiones estatales; las mujeres que sostienen hogares monoparentales o enfrentan violencia de género; las familias sin acceso a divisas ni remesas; los migrantes internos y comunidades rurales aisladas, porque la crisis es muy desigual territorialmente, y las personas afrodescendientes, que son las más perjudicadas dentro de todos estos grupos.

Dainier Silva. La forma involuntaria de la memoria
Dainier Silva. La forma involuntaria de la memoria

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Según el Informe Cuba 2025, presentado a inicios de septiembre por la Red de Observatorios Independientes de Cuba, mientras el Estado cubano profundiza el control político y económico, reduce cada vez más la protección material y jurídica de los ciudadanos en la isla. El análisis concluye que la actual crisis no solo se deriva de factores económicos y externos, sino también de decisiones institucionales que priorizan la preservación de estructuras políticas y económicas de poder sobre las necesidades básicas de la población.

El documento —con nueve capítulos que incluyen los temas de alimentación, agua, energía, envejecimiento, violencia de género, economía, trabajo, protestas, elecciones y funcionamiento institucional— subraya que cada uno de esos aspectos refleja la «policrisis» estructural del país, sumido en el colapso, aunque se mantiene la concentración de poder, el mismo modelo de asignación de recursos y la represión contra toda manifestación de oposición e inconformidad.

La investigación —dirigida fundamentalmente a organismos internacionales y de derechos humanos, periodistas, estudiosos, organizaciones de cooperación y a la ciudadanía cubana— combina investigaciones y registros elaborados por distintas asociaciones y observatorios independientes como el Food Monitor Program; el Observatorio Cubano de Derechos Humanos (OCDH); el Observatorio Cubano de Conflictos; el Observatorio Cubano de Auditoría Ciudadana; el Observatorio de Envejecimiento, Cuidados y Derechos (Cuido60); el Observatorio de Género Alas Tensas; Yo Sí Te Creo en Cuba; la Asociación Sindical Independiente de Cuba; el Observatorio Legislativo de Cuba; Observadores de Derechos Electorales, y el Observatorio de Monedas y Finanzas de Cuba. 

De acuerdo con la propia fuente, el 89 por ciento de los hogares incluidos en la VIII Encuesta de Derechos Sociales del OCDH se encuentra en situación de pobreza extrema, aunque datos más recientes del 2026 apuntan a que ya el 94 por ciento de la población cubana vive en esas condiciones.

Además, el 68 por ciento de los cubanos que participaron en el IX Estudio sobre Derechos Sociales, realizado en julio 2026, declaró ingresos mensuales por debajo de los 20 mil CUP, alrededor de unos 30 USD, al tipo de cambio en el mercado informal.  El 70 por ciento de los encuestados señaló los apagones como su principal problema, una cuestión que fue secundada por la crisis alimentaria (52 por ciento), el costo de la vida (45 por ciento), la salud pública (sanidad y medicinas; 34 por ciento), los salarios (27 por ciento), y la inseguridad y la violencia (24 por ciento). Además, ocho de cada diez, reconocieron haber dejado de desayunar, almorzar o comer por falta de dinero o escasez de alimentos.

El valor de la canasta básica mensual de un hogar en la isla ronda los 96 mil CUP, de acuerdo con un reciente análisis del economista Javier Pérez Capdevila, publicado en la plataforma académica Horizonte Cubano de la Escuela de Derecho de la Universidad de Columbia, een Estados Unidos.  

«Ningún cubano puede vivir de su salario de acuerdo con el cálculo realizado: la canasta básica cuesta, al menos, 14 veces un salario medio [seis mil 930 CUP]. Y como dato adicional, vale agregar que casi ningún cubano (más del 95 por ciento) cuenta con tres dólares diarios, lo cual nos asemeja prácticamente a todos por debajo del umbral de pobreza, según publicaciones internacionales», subraya Pérez Capdevila, quien es Doctor en Ciencias Económicas y Miembro de Honor de la Academia de Ciencias de Cuba.

El Informe Cuba 2025 expone asimismo que el 71 por ciento de las personas consultadas tuvo que saltarse comidas por falta de recursos. En tanto, la Encuesta de Seguridad Alimentaria 2025 de Food Monitor Program (FMP)determinó que el 29.3 por ciento de sus encuestados come únicamente dos veces al día. En tal sentido los más afectados son los adultos mayores, que son más de 2.5 millones de personas en la isla. 

Casi el 66 por ciento de los hogares incluidos en la medición del FMP enfrenta alguna forma de inseguridad hídrica. De ellos, el 38.9 por ciento recibe agua de manera intermitente cada dos días; el 24.7 por ciento, cada tres días o más, y el 2.29 por ciento no dispone de conexión a la red pública. A esta problemática se añade la falta de energía eléctrica, que agrava la capacidad de cocinar y conservar alimentos en un país donde más de la mitad de su población depende de la electricidad para elaborar alimentos, por lo que miles de familias han tenido que retomar la cocción con carbón o leña para poder alimentarse.

El documento señala, en resumen, que la contracción económica acumulada desde 2019 ronda el 10 por ciento, y recoge una caída del 53.4 por ciento de las actividades agrícolas, ganaderas y mineras durante los últimos cinco años. 

No hay agua. La Habana, 2026
No hay agua. La Habana, 2026 / Foto: Marcel Villa

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El director de Estrategia Política del OCDH, Yaxis Cires, subraya igualmente que la pobreza afecta hoy a la mayor parte de la población cubana, aunque tiene un mayor impacto en los adultos mayores y en los enfermos crónicos. Las enfermedades y la imposibilidad de trabajar empeoran significativamente la situación económica de estos grupos, explica a El Estornudo

Cires apunta, además, que actualmente las remesas ya no tienen el impacto que antes tenían en los hogares de la isla. «Eso ha ido evolucionando», dice. «Siguen siendo importantes, pero la mayoría de la gente que recibe dinero también enfrenta situaciones de pobreza».

Según estudios del OCDH, el 30 por ciento de las familias cubanas ha recibido remesa en los últimos años, aunque no siempre en forma de dinero. «Algunas reciben efectivo, pero a otras les envían paquetes o cajas de comida, o les hacen una o dos recargas telefónicas al mes», puntualiza.

Por otra parte, refiere el ejecutivo que, en el más reciente informe de su organización, la mitad de los consultados dijo tener confianza o esperanza de que algo favorable le iba a suceder al pueblo cubano en los próximos meses.

«Quizás esa esperanza contenida se mantenga, pero a la vez la gente no confía», observa Cires. «Más del 80 por ciento de los encuestados no confía en el paquete de 176 medidas que recién aprobó el régimen para salir de la crisis. En cualquier caso, no hay ninguna variable económica, internacional o social que apunte a que haya un mejoramiento de la situación en el país en los próximos meses».

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Para el economista cubano Pedro Monreal, la recesión del país «no cabe en las previsiones». Dice esto tras observar el comportamiento económico del primer semestre de 2026, que «duplica» la contracción económica de 1993, considerado el peor año del Período Especial. 

La proyección anual de decrecimiento del PIB cubano —tomando con cautela el estimado de caída durante el primer semestre de 2026— se ubica entre un 26 y 31 por ciento. Esos porcentajes superarían con creces la contracción de 14.9 por ciento que tuvo el país durante 1993. «También sería una contracción muy superior a las previsiones anuales de la CEPAL para 2026 (-10.3 por ciento)», ha señalado Monreal en El Estado como tal.

«La economía cubana ya arrastraba una crisis estructural con distorsiones internas —baja productividad, patrón distorsionado de inversiones, desequilibrios fiscales, red eléctrica precaria y reformas incompletas y fracasadas—, pero el agravamiento a corto plazo se explica sobre todo por el recrudecimiento de las sanciones estadounidenses en 2026», abunda el economista, quien reconoce que el cerco energético de la administración Trump sobre la isla cortó el grueso del acceso a los combustibles que sostenían la generación eléctrica, transporte y distribución de alimentos; y a ello se suma el amplio grupo de entidades cubanas incluidas en la lista de sanciones estadounidense, así como las presiones secundarias que expulsaron del país en estos meses a hoteleras, aerolíneas y canales de pago. 

«El efecto combinado derrumbó en meses al turismo, el combustible y las divisas de un país que ya registraba una tendencia de desaceleración económica desde 2016, con un punto de quiebre a terreno negativo en 2019. Ese choque externo de naturaleza geopolítica aceleró una crisis humanitaria que en varios aspectos es peor que la experimentada a principios de la década de 1990, particularmente en cuanto a servicios vitales, desigualdad y desesperanza», diagnostica el experto.

Al final de su análisis, Monreal hace notar que —aun cuando los resultados exactos del derrumbe del PIB cubano en el primer semestre no están estadísticamente confirmados— «[la] contracción ya se traduce en hambre, apagones, colapso sanitario y éxodo», e insiste en que se trata de «un deterioro que las sanciones estadounidenses de 2026 no crearon solas, pero sí dispararon al multiplicar las fallas internas de una economía estructuralmente frágil». 

Cocinar con leña. La Habana, 2026
Cocinar con leña. La Habana, 2026 / Foto: Marcel Villa

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La directora de la organización civil Justica 11J, Camila Rodríguez, considera que el  deterioro profundo de las condiciones de vida en el país también está limitando las posibilidades de las personas para protegerse, reclamar o exigir respuestas al poder. «Cuando una familia pasa buena parte del día sin electricidad, tiene un acceso muy limitado a Internet y debe dedicar los pocos momentos en que dispone de esos recursos a resolver necesidades básicas, también disminuyen sus posibilidades de informarse, denunciar, organizarse o acompañar a otras personas. Durante años, el régimen ha entendido muy bien la importancia de controlar el espacio público y el acceso a la información. En el contexto actual, a ese control se suma una precariedad extrema que obliga a muchísimas personas a concentrar casi toda su energía en resolver la supervivencia cotidiana. Y creo que esa combinación es particularmente preocupante», advierte en declaraciones para El Estornudo.

Según la activista, su entidad documenta cada vez «más expresiones de inconformidad que nacen de situaciones muy cotidianas, y que, en muchos casos, terminan encontrándose con alguna forma de intimidación o represión».

Rodríguez también pone foco en el impacto de la policrisis actual al interior de las prisiones. «Todo el deterioro nacional entra también a las cárceles, de modo que allí puede observarse, de una manera mucho más cruda y condensada, lo que está sucediendo fuera. Esto es especialmente alarmante porque las personas privadas de libertad se encuentran en una situación de dependencia absoluta del Estado: dependen de este para alimentarse, recibir medicamentos y atención médica, acceder al agua y mantener unas condiciones mínimas de vida», razona en su rol de directora del Centro de Documentación de Prisiones Cubanas.

El Observatorio Cubano de Conflictos —cuyos datos fueron recogidos en el citado Informe Cuba 2025— documentó ese año 11 mil 268 protestas, denuncias y declaraciones críticas. En diciembre, se habrían constatado hasta mil 333 acciones cívicas. El año 2025 cerró con un incremento del 25 por ciento respecto a lo registrado en 2024. Entre los principales detonantes de las manifestaciones de inconformidad ciudadana estuvieron los apagones, la escasez de alimentos, la inflación y el deterioro acelerado de los servicios básicos en el país. 

Asimismo, el reporte señala que durante 2025 se documentaron y verificaron 48 feminicidios, en los cuales se observó una sobrerrepresentación de mujeres afrodescendientes; en tanto, se concluyó que aún no existen en el país un marco legal integral y protocolos obligatorios de alerta inmediata ante desapariciones de mujeres y niñas. De cualquier manera, en el 54.2 por ciento de los casos verificados no se pudo determinar si existieron denuncias previas contra los agresores. 

Protesta en Mantilla, La Habana; julio de 2026
Protesta en Mantilla, La Habana; julio de 2026 / Foto: Tomada de redes sociales

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Según el informe semestral sobre la situación de los Derechos Humanos en Cuba de Cubalex, organización legal para la defensa de los derechos humanos, el primer semestre de 2026 estuvo «marcado por el agravamiento de la crisis generalizada, un aumento histórico de la protesta social y la intensificación de la represión estatal en todo el país».

En resumen, se registraron mil 894 eventos violatorios; es decir, más de diez violaciones por día (frente a siete registradas durante el último semestre de 2025). «La represión alcanzó a 919 personas (204 mujeres y 715 hombres), afectando a la sociedad civil independiente (58 por ciento) y extendiéndose a ciudadanos sin afiliación política (42 por ciento), duplicándose las víctimas entre manifestantes, religiosos, trabajadores informales y reclutas», señala el estudio.

Cubalex documentó 766 protestas ciudadanas, impulsadas por la crisis energética, hídrica y sanitaria. Esas manifestaciones alcanzaron cifras récord: se registraron en 141 municipios de las 15 provincias e Isla de la Juventud. La Habana (662 eventos violatorios), Santiago de Cuba (169) y Camagüey (161) lideraron las incidencias.

La organización refiere que, entre las 65 categorías de abusos documentadas, destacaron violaciones contra personas privadas de libertad (762), traslados (318), amenazas y coacción (313), vigilancia (287) y detenciones arbitrarias (257). Además, surgieron nuevos mecanismos como la institucionalización del control migratorio y los juicios en ausencia contra la diáspora.

De igual modo, se reportó una escalada letal bajo custodia, ya que se registraron 39 eventos de muertes potencialmente ilícitas, con un saldo de 42 víctimas mortales —un incremento del 56 por ciento respecto al semestre anterior—, lo que confirma, según Cubalex, la severa degradación de las condiciones bajo custodia estatal y la impunidad sistémica.

«Otro elemento diferente a crisis anteriores, dado por ese deterioro material, es la activación de la agencia ciudadana, ya que hay clara evidencia de que las protestas, denuncias y otras acciones de inconformidad aumentaron significativamente en 2025. Esto es un indicador clave, porque ya la crisis no solo se procesa puertas adentro. El malestar se ha vuelto público y sostenido, por lo que la agencia de la sociedad cubana está cambiando y desafía cada vez más al poder», reflexiona la socióloga Elaine Acosta, quien no ve para los cubanos señales de estabilización o mejoras antes de que acabe 2026.

A su entender, habrá una profundización de la actual crisis humanitaria debido a la obstinación del gobierno cubano en no generar cambios significativos para democratizar la sociedad y producir mayor bienestar. «Es probable que se intensifiquen las medidas de presión de Estados Unidos, y permanezcan los apagones», vislumbra la investigadora. «Y esto lleve a un nuevo pico de protestas y a un aumento de la emigración, aunque no de forma masiva como en años anteriores, porque muchas vías migratorias hoy están cerradas [en Estados Unidos]. De mantenerse estas tendencias, sí habría un deterioro acumulativo que dejará a más hogares por debajo del umbral de la subsistencia digna».Sin embargo, Acosta consigue ver un horizonte prometedor: «Por más precario, incierto y demoledor que sea el escenario presente, aún puede haber esperanza si los cubanos y cubanas, tanto de afuera como de adentro, nos articulamos para seguir produciendo evidencias y haciendo incidencia internacional sobre lo que está sucediendo», afirma la académica. «A pesar de que el escenario es incierto, hay que mantener la esperanza de que seremos capaces de dotarnos de una sociedad libre, democrática y próspera como la que estamos necesitando».

La entrada Cuba en los días del «colapso»  aparece primero en El Estornudo.

La memoria cubana y la nueva izquierda en Estados Unidos

Hay una pregunta que aparece con cierta regularidad cuando entre cubanos una conversación política se aproxima, aunque sea tangencialmente, al socialismo: «¿Y dónde ha funcionado? Mencióname un país. Uno solo». La interrogación contiene su propia sentencia. Es ya una respuesta. Quien la formula supone de antemano que ese país no existe. Si alguien menciona entonces Suecia, Noruega o Dinamarca, la objeción aparece inmediatamente: «Eso no es socialismo». Y, en términos estrictos, es cierto.

Las economías nórdicas no son socialistas en el sentido doctrinario del término. No han abolido la propiedad privada de los medios de producción ni sustituido el mercado por un sistema general de planificación. Son economías capitalistas, atravesadas por fuertes tradiciones socialdemócratas, con sindicatos, servicios públicos y Estados de bienestar considerablemente más amplios que el estadounidense.

Lo interesante no es la objeción, sino aquello que presupone. Para aceptar un ejemplo de socialismo estamos exigiendo una correspondencia bastante rigurosa entre realidad y doctrina. El socialismo, para ser admitido como tal, debe presentarse con cierto grado de pureza conceptual. Curiosamente, no hablamos del capitalismo en los mismo términos. Cuando nos referimos a sociedades capitalistas exitosas, no invalidamos el ejemplo porque exista educación pública, pensiones, legislación laboral, regulación financiera, bancos centrales, impuestos progresivos o mecanismos redistributivos. Aceptamos como capitalistas sociedades que llevan generaciones modificando, limitando y corrigiendo políticamente al capitalismo.

El socialismo tiene que responder por su doctrina y el capitalismo puede hacerlo por sus correcciones. La pregunta de «¿dónde ha funcionado el socialismo puro?» puede producir respuestas poco alentadoras, pero deberíamos tener entonces la honestidad de formular la siguiente: «¿Dónde ha funcionado el capitalismo puro?»

Probablemente tampoco nos entusiasmaría demasiado aquello que encontráramos. Esto no vuelve equivalentes al capitalismo y al socialismo, ni establece una simetría moral entre sus historias. Significa algo más elemental: si pretendemos compararlos, convendría utilizar el mismo criterio.

La realidad, además, posee una irritante tendencia a desobedecer nuestras taxonomías. Las democracias nórdicas conservaron economías capitalistas mientras construían, bajo tradiciones socialdemócratas, extensos sistemas de protección social. China hizo una combinación diferente: mantuvo el partido único y un férreo control político mientras incorporaba mecanismos de mercado y acumulación privada. Si la primera demuestra que una economía de mercado puede convivir con amplias obligaciones sociales, la segunda trae algo más incómodo: libre mercado y libertad política no son sinónimos.

China debería bastar para curarnos de una superstición: la apertura del mercado no trae la libertad política incorporada de fábrica. Quizá la cuestión no sea entonces la pureza del modelo, sino la arquitectura política e institucional dentro de la cual funciona.

Sería frívolo, sin embargo, plantear esta discusión entre cubanos sin reconocer que nuestra relación con la palabra socialismo difícilmente puede ser neutral. Tenemos razones. Sobran. Para nosotros el socialismo no pertenece exclusivamente a la historia de las ideas. Se hizo experiencia: Estado, partido, economía, escuela, lenguaje, vigilancia, censura, escasez, prisión, exilio. No conocimos solamente una doctrina. Vivimos dentro de aquello que se hizo en su nombre. Por eso la suspicacia cubana frente al socialismo no debería ser ridiculizada. Contiene una experiencia histórica y una advertencia sobre el poder que sería irresponsable despreciar.

Pero aquí aparece una distinción fundamental: tener razones no es lo mismo que tener razón. Y tener muchas razones tampoco significa tener toda la razón. Esto resulta particularmente importante ante la aparición de una nueva izquierda en Estados Unidos, visible, entre otras cosas, en Democratic Socialists of America (DSA) y en una generación de candidatos que disputa desde la izquierda determinadas posiciones tradicionales del Partido Demócrata. Es perfectamente comprensible que esa retórica active la memoria política cubana.

Candidatos progresistas al Congreso por Nueva York (Claire Valdez, Brad Lander y Darializa Avila-Chevalier) junto al alcalde Zorhan Mamdani. King's Theater, NYC, el 18 de junio de 2026.
Candidatos progresistas al Congreso por Nueva York (Claire Valdez, Brad Lander y Darializa Avila-Chevalier) junto al alcalde Zorhan Mamdani. King’s Theater, NYC, el 18 de junio de 2026. / Foto: Getty Images/Vía: noticias.foxnews.com

Lo que resulta menos evidente es que esa memoria baste para comprender el fenómeno. Hay quizá una particularidad de nuestra relación con todo esto que merece ser examinada: la ideología puede convertirse en biografía.

En una sociedad abierta, la ideología también puede heredarse como tradición política, religiosa, social o cultural; nadie elige desde cero las categorías con las que empieza a mirar el mundo. La diferencia es que esas pertenencias compiten entre sí y, al menos en principio, pueden ser discutidas, modificadas o abandonadas sin que un Estado monopolice doctrinalmente la experiencia.

Bajo un sistema totalitario fuertemente ideologizado ocurre algo adicional. No es solamente una comunidad particular la que puede vivir dentro de una ideología, sino el propio Estado el que intenta convertirla en el horizonte común de la experiencia. La ideología no se limita a interpretar la realidad: la organiza. Está en la escuela, el trabajo, los medios, los rituales públicos, las posibilidades profesionales, aquello que puede decirse y aquello que conviene callar. Determina oportunidades y castigos, pertenencias y exclusiones. Termina interviniendo incluso en la manera en que una familia aprende a hablar dentro y fuera de su casa.

En esas condiciones, uno no tiene simplemente una ideología delante: vive políticamente dentro de ella. Y aquello dentro de lo cual hemos vivido durante suficiente tiempo termina formando parte de nuestra biografía, incluso cuando lo hemos rechazado.

Una ideología totalitaria puede, de ese modo, seguir organizando la percepción política de quienes escaparon de ella. Puede hacerlo mediante la adhesión, naturalmente, pero también mediante el rechazo. El comunista convencido y el anticomunista visceral ocupan posiciones opuestas, pero pueden continuar orientándose respecto de un mismo centro de gravedad.

Uno afirma; el otro niega. Esto no convierte el anticomunismo en comunismo. Significa que el rechazo tampoco garantiza por sí mismo la emancipación intelectual. Podemos abandonar una doctrina y conservar su manera de dividir el mundo. Invertir sus valores y mantener intactas sus categorías. Cambiar las respuestas y continuar formulando las mismas preguntas.

La ideología se retira como convicción, pero permanece como estructura. Por eso determinadas palabras producen entre nosotros una reacción anterior al argumento. «Socialismo» no llega primero como concepto. Llega como memoria. Y hay racionalidad en ese reflejo. La experiencia nos ha enseñado a reconocer peligros. Pero precisamente ahí debemos reconocer también su límite: la biografía puede explicar nuestra mirada; no puede garantizar su verdad.

Haber vivido bajo una ideología nos concede una experiencia que merece ser escuchada. No nos concede una epistemología privilegiada. No convierte automáticamente nuestro pasado en conocimiento del futuro. Quizá la verdadera dificultad a la hora de salir de una sociedad profundamente ideologizada no consista solamente en abandonar su territorio o dejar de creer en su doctrina, sino en conseguir que esa doctrina deje algún día de ser la coordenada secreta desde la cual seguimos organizando el mundo.

Hay algo profundamente teológico en la aspiración a la pureza ideológica. Las doctrinas políticas modernas heredaron de la religión la tentación de totalidad: la esperanza de que una estructura conceptual pueda reconciliar finalmente las contradicciones de la existencia social. El comunismo llevó esa aspiración particularmente lejos. No proponía únicamente otra distribución de la propiedad. Pretendía poseer una explicación de la Historia y conocer su dirección. La contradicción pertenecía al presente; la reconciliación, al futuro. Conocemos las consecuencias políticas de esa certeza. Pero abandonar una certeza no significa necesariamente abandonar la necesidad de certeza. Una ideología puede sobrevivir, paradójicamente, determinando la forma de pensamiento de sus enemigos.

Es desde ahí que me interesa analizar el fenómeno que ocurre actualmente a la izquierda del Partido Demócrata. No porque crea que sus respuestas deban aceptarse, ni porque piense que Estados Unidos se encuentre a las puertas del socialismo. Su importancia podría estar en otra parte. Puede no llegar al centro y, sin embargo, moverlo. Los márgenes políticos obligarían al centro a reconsiderar aquello que, por costumbre, había dejado de interrogar. Estados Unidos posee una capacidad extraordinaria para producir riqueza, innovación y prosperidad y, al mismo tiempo, una red de protección frente a la contingencia más limitada que la de otras sociedades igualmente ricas y capitalistas.

Una enfermedad puede convertirse aquí en una catástrofe económica. La educación superior puede comenzar la vida adulta bajo la forma de una deuda que se prolonga durante décadas. El trabajo no garantiza necesariamente el acceso a una vivienda. Y una extraordinaria concentración de riqueza puede producir también una extraordinaria concentración de influencia política.

Quizá una de las funciones saludables de los márgenes dentro de una democracia sea precisamente impedir que el centro confunda estabilidad con verdad. Esto conduce a una cuestión anterior a la disputa entre izquierda y derecha: ¿Para qué existe el Estado? Quienes procedemos de una experiencia en la que el Estado invadió prácticamente todos los espacios de autonomía sabemos que puede ser un problema. Pero de ahí no se deriva que el Estado sea el problema. Si el Estado fuera por naturaleza una disminución de la libertad, tendríamos que concluir que la libertad aumenta proporcionalmente a medida que el Estado desaparece.

La historia no parece confirmar semejante comodidad. La desaparición de una forma de poder no significa la desaparición del poder. Puede significar simplemente que otro ocupa su lugar. Un Estado puede dominar. También una concentración económica, un monopolio, una corporación o una mayoría. La pregunta fundamental no es solamente quién posee el poder, sino qué capacidad conserva el individuo para resistirse a él. La libertad política quizá consista menos en abolir el poder —otra fantasía de pureza— que en construir instituciones capaces de impedir que algún poder se vuelva absoluto.

Desde esa perspectiva, el Estado constituye simultáneamente una amenaza contra la libertad y uno de los instrumentos mediante los cuales intentamos protegerla. No es una contradicción que podamos resolver. Es una tensión que debemos administrar.

Podemos formular la cuestión de otra manera: ¿Qué parte de la vulnerabilidad humana consideramos exclusivamente privada y qué parte decidimos asumir colectivamente? La existencia está atravesada por la contingencia. No escogemos dónde nacemos, la riqueza de nuestros padres, nuestras capacidades iniciales ni muchas de las enfermedades que tendremos. Tampoco controlamos completamente las crisis económicas, las pandemias o las catástrofes. Una sociedad política puede entenderse, entre otras cosas, como una respuesta colectiva frente a esa contingencia.

No para abolirla —toda promesa de hacerlo debería inquietarnos—, sino para decidir qué consecuencias del azar consideramos socialmente aceptables. Aquí aparecen la educación, la salud, la infraestructura, la seguridad y la protección social. Podemos defenderlas apelando a la dignidad humana. Pero existe también un argumento estrictamente utilitario: una población educada y saludable produce más conocimiento, innovación y riqueza; una infraestructura eficiente multiplica las posibilidades del intercambio privado. Determinadas inversiones colectivas no son obstáculos externos al capitalismo. Constituyen parte de las condiciones que permiten que una economía capitalista prospere.

El mercado, después de todo, tampoco existe en la naturaleza. Necesita propiedad jurídicamente definida, contratos exigibles, tribunales, moneda, infraestructura, seguridad. Necesita una arquitectura institucional que haga posible aquello que después llamamos libertad económica. Por eso Estado y mercado no son dos sustancias opuestas entre las cuales debamos elegir.

La pregunta políticamente adulta no es «¿Estado o mercado?», sino «¿qué debe hacer cada uno, dónde termina su competencia y qué mecanismos impiden que cualquiera de los dos acumule suficiente poder para someter al individuo?» Quizá necesitemos mercado para unas cosas, Estado para otras, sociedad civil para otras y simplemente dejar al individuo en paz para muchas más. Es una solución contradictoria, impura y provisional. Precisamente como una sociedad.

Hay, sin embargo, un límite. La utilidad no basta. Una sociedad puede ser extraordinariamente eficiente y profundamente indigna. Puede garantizar bienestar al precio de una reducción intolerable de la libertad o producir enormes cantidades de riqueza, mientras concentra el poder de una manera incompatible con un proyecto libre. Tal vez una sociedad decente deba mantener permanentemente en tensión tres principios: utilidad, libertad y dignidad. No conozco una doctrina capaz de reconciliarlos definitivamente. Y quizá sea precisamente ahí donde comienza la política.

La ideología promete resolver esa tensión. La democracia acepta administrarla. Una doctrina aspira a poseer la respuesta. Una democracia debería conservar el procedimiento mediante el cual podemos descubrir que estábamos equivocados. La posibilidad de corrección parece una virtud modesta después de siglos de grandes promesas políticas. Quizá precisamente por eso sea tan importante.

Esto es, finalmente, lo que me interesa de la discusión alrededor de la nueva izquierda norteamericana. No decidir si el DSA posee la respuesta. No decidir si el socialismo merece una rehabilitación. Mucho menos convencer a los cubanos de que deberían reconciliarse con una palabra que poseen sobradas razones históricas para mirar con suspicacia. La cuestión es otra: «¿Qué hacemos con nuestras razones?»

¿Las utilizamos para pensar mejor o para dejar de pensar? Nuestra experiencia puede ofrecer a la izquierda norteamericana una advertencia formidable sobre el poder, la utopía y la facilidad con que la justicia puede convertirse en coartada de la dominación. Pero una advertencia deja de ser conocimiento cuando pretende convertirse en respuesta para cualquier pregunta. También deberíamos ser capaces de escuchar por qué una generación criada dentro del capitalismo norteamericano considera insuficientes determinadas instituciones de ese capitalismo.

No para concederle automáticamente la razón. Precisamente porque nadie debería recibir ese privilegio. Ni ellos por su insatisfacción. Ni nosotros por nuestro trauma.

Volvamos entonces a la pregunta inicial. ¿Dónde ha funcionado el socialismo? Si exigimos pureza doctrinaria, apliquemos la exigencia a todos. Si hablamos de sociedades históricas reales, aceptemos su impureza. Las sociedades que han conseguido combinar niveles razonables de prosperidad, libertad y seguridad han sido, en buena medida, aquellas suficientemente poco religiosas respecto de sus modelos como para corregirlos.

Han utilizado mercados y los han regulado. Han construido Estados y los han limitado. Han protegido la propiedad y creado obligaciones colectivas. Han permitido la acumulación de riqueza y redistribuido parte de ella. No hay demasiada épica en esto. Afortunadamente. Quizá deberíamos empezar a sospechar de la épica cuando entra en política. Las sociedades habitables suelen ser construcciones bastante menos elegantes que las ideologías: contradictorias, incompletas, impuras, sometidas a revisión. Pero esa imperfección contiene una virtud decisiva: pueden corregirse. Y quizá ahí se encuentre la cuestión que nuestra experiencia cubana debería permitirnos comprender mejor que ninguna otra.

Nuestra memoria merece respeto. Nuestra experiencia merece ser escuchada. Nuestra suspicacia tiene fundamentos. Pero nada de eso debería eximirnos de pensar cada problema nuevamente. Porque la última forma de sometimiento a una ideología podría radicar en permitirle, décadas después de haberla rechazado, que decida aquello que somos capaces de pensar. No necesitamos perder la memoria. Necesitamos impedir que la memoria se convierta en dogma. Tal vez eso sea, finalmente, lo contrario de una ideología: la disposición permanente a someter nuestras certezas a la realidad.

Aceptar que podemos equivocarnos. Que una idea proveniente del adversario puede ser útil y una proveniente de los nuestros puede ser absurda. Que aquello que nuestra biografía nos enseñó a temer no tiene por qué ser idéntico a todo aquello que se le parece. Y entender, sobre todo, que una sociedad en la que valga la pena vivir no será nunca conceptualmente pura. Será contradictoria, imperfecta e impura. Y, si tenemos suerte, será corregible.

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El portal de Vin van

Se llama Leonel, pero le dicen «Vin van» porque a veces termina así las frases. Si esa mañana, la última mañana de marzo, Leonel hubiera tenido que contarles lo que hizo durante los minutos que antecedieron nuestro encuentro, probablemente les hubiera dicho: «Llegué, armé esto, busqué un cubo de agua ahí al frente, barrí la acera, limpié el portal, vin van, vin van». Antes de acercarme, estuve mirándolo por más de un cuarto de hora desde la esquina contraria. Cuando le pregunté por lo que hacía, me dijo lo mismo que la última vez que lo vi: «Esto es de gente que tiene ganas de trabajar».

Hace poco cumplió 50 años. Leonel está enfermo. Es «caso social». Fuma. Se da «unos traguitos de ron» casi todos los días, pero nunca mientras trabaja, o al menos eso dice.

En el portal de un edificio del Vedado, se dedica a vender «cosas que todavía sirven»: los cables y las válvulas de olla de presión que compra al buzo aquel; los espejuelos, el adaptador, las zapatillas y los audífonos, que compra a otro buzo; el reloj que andaba vendiendo un tipo cualquiera; la vajilla de los días festivos que la vecina ya no usa y le da «a tanto» para que la venda «a tanto»; la alcancía que está abierta pero sirve de adorno, el encendedor al que le falta gas, el cepillo que lustró tantas botas o la radio de un difunto. Objetos devenidos mercancía pese a no sé cuántas vidas anteriores.

Vidas anteriores, como las de Leonel, que, de tan distintas, contrarían la idea de ser una sola. Sabe bien Leonel lo que es vivir en la calle. Sabe lo que se siente cuando no te quieren o cuando tienes gusanos en la panza; sabe lo que es la cárcel y la droga y el vicio; lo que es tener mucho dinero y lo que es no tener nada. Sabe que, si suena la reja de al lado, es porque son las siete de la mañana y hay que levantarse y venir para acá y tratar de «hacer el diario».

Leonel
Leonel, vendiendo en un portal de La Habana / Foto: Cortesía de la autora

***

Tres años tenía cuando su madre lo dejó completamente solo. Era de esperarse. No lo abortó gracias a la amenaza de «Si mi hijo se muere, tú también», hecha por un padre que, para la hora del parto, se hallaba en prisión y con el que Leonel nunca tuvo vínculo alguno. Por si fuera poco, la familia materna no quería saber nada del hijo de un delincuente.

Contradictoriamente, todos los días alguien dejaba en la ventana un plato de comida que él devoraba con el mismo apetito atormentado con que empezó a comerse los montículos de tierra que hacían las lombrices en el patio.

Sin límites establecidos más que por sí mismo, orinaba y «cagaba» dondequiera. Y comenzó a desarrollar una panza como la que uno ve a los niños en ciertas fotos de África, una panza que daba la idea de haber estado llena desde el primer minuto de formada.

Al tiempo, la señora de al lado —de la que solo lo separaba una pared, porque las dos casas, en su momento, habían sido una sola— le soltó: «Oye, niño, no ensucies más aquí, que tienes to´ el patio lleno de mierda». Días después, cuando fue al baño de la señora, salió corriendo: «Señora, señora, el baño suyo está lleno de majá».

Eran «bolas y bolas de lombrices». Hubo que llevarlo urgente para el hospital. El médico, luego de examinarlo, dijo algo que él recuerda al pie de la letra: «Hizo bien en traerlo. Si en dos días no lo hubiera traído, ese niño se hubiera muerto».

Al regreso del hospital, Leonel supo que aquella señora era su abuela. Victoria Martínez. La madre de su madre. Y ya no vivió más donde vivía, sino al lado. Porque así lo quiso ella. Pero, por si acaso, aclara que todo transcurrió «sin ella quererme».

Leonel / Foto: Cortesía de la autora
Leonel / Foto: Cortesía de la autora

Al principio lo miraba y lo miraba, como se miran los bebés los dedos al descubrir que los tienen. Siempre supo que Leonel era su nieto y, con el pasar de las semanas, menguó cualquier indicio de desprecio. Inevitablemente, lo empezó a querer.

Leonel tenía cuatro o cinco años por los tiempos en que llegaron de la voz de su abuela las respuestas a aquellas preguntas que antes se había hecho sin que nadie pudiera respondérselas, incluso a aquellas otras que fueron surgiendo a voluntad de lo desconocido.

Aprendió a sembrar, a hacer dulces, a vestirse, a mecerse con su abuela en el sillón… Era «Leonelito pa´ aquí, y Leonelito pa´ allá», hasta que llegaron los «¿Qué tú esperas pa´ recoger a tu hijo?». La madre se había asentado en La Habana y la tía «calentaba»: «No, que ella está gozando. Manda al chiquito pa´ allá». Victoria Martínez al principio se negó, pero luego acabó cediendo.

Seis años tenía Leonel cuando llegó a La Habana. Diez, cuando su mamá lo regresó a Santiago de Cuba, bajo el supuesto de que si no lo mandarían a una escuela de menores por unos problemas que había tenido en el aula.

Su estancia en la capital se basó en buscar «cariño de madre» en una madre que no iba a las reuniones escolares para que no vieran «que era linda» y que le regaló a los siete años una camisa, asegurándole que sería, por su parte, el último regalo de su vida.

El paso del tiempo terminó por convertirlo en un adolescente que se tomaba «cuatro o cinco diazepanes» por embullo de «las amistades» y, a veces, «le robaba un cigarrito» a la abuela para «especular con las muchachitas».

Se había apuntado en lucha. Le apodaron Bolerín «porque daba muchos estrallones». Y entonces, en lugar de Leonelito, era Bolerín pa´ acá y Bolerín pa´ allá, hasta que la abuela decidió mandarlo de nuevo para La Habana porque: «se está echando a perder. Está igual que el papá, mariguanero».

Leonel ni siquiera sabía lo que era la mariguana, pero los diazepanes que se tomaba provocaban efectos similares, efectos que, en La Habana, muchos años después, volverían a aparecer en formato agravado a causa de sustancias peores. 

***

Antes de montar una pizzería clandestina en su solar, trabajó de ayudante en microbrigadas de construcción, fue albañil por cuenta propia y armador de bicicletas y estuvo preso «como cinco veces», todas por «broncas con la policía», menos una por tenencia de drogas. 

El negocio llegó a ir tan bien, que Leonel montó otra pizzería y «tres corrales de puercos» y pudo ponerle hasta aire acondicionado al cuartico. La gente decía que era mentira que estaba enfermo, pero lo cierto es que su fuerza había mermado; a veces no podía ni «coger un jarro». 

Hoy dice tener fiebre reumática, pero sus síntomas no coinciden con los de esa enfermedad. Lo más probable es que tenga artritis reumatoide —y no recuerde ese nombre— o vaya usted a saber. Sea como sea, en el hospital, puesto que no debía seguir trabajando, lo remitieron como caso social y le brindaron una dieta y una chequera que jamás cobró. Cuando fue a hacer el trámite, se la negaron porque aún vendía pizzas. Y no volvió a pedirla. 

Las ventas de Leonel / Foto: Cortesía de la autora
Las ventas de Leonel / Foto: Cortesía de la autora

Pasando ya de los cuarenta, iban a buscarlo «muchachitas de lo más lindas» —incluso de 18 y 19— que le proponían «hacer el amor» a cambio de «una piedrecita» —de cocaína— y él, avalado por más de 50 mil pesos en el bolsillo y el «despechito» de una relación de 11 años recién terminada, no decía que «no», sino: «me sirveee». 

Aquello valía entonces entre «quinientos y mil» pesos. Como quien dice, no le «costaba na´». Los vendedores, viejos en el marketing del oficio, le decían a «las muchachitas»: «Vayan a ver al pizzero». Y los negocios alcanzaron tal punto de abandono que el dinero entraba por cauces como el «Dame 20 mil pa´ 30 mil, que mañana te pago» o la venta del refrigerador, la ropa, el aire acondicionado y los más de «treinta y pico pares de tenis que tenía». 

El vicio le impedía percibir su total inapetencia de sentido. 

Durante dos años, Leonel durmió por elección propia en policlínicos; en un ETECSA; en los canteros, el «cuartico del motor» y la sala de Emergencias del Hospital Hermanos Aimejeiras; o en cualquier otro lugar que la noche proclamara… en cualquier otro, menos en su cuartico. Salió de él con trescientos pesos en el bolsillo, la ropa puesta, y la certeza de no volver en un buen tiempo a ese barrio «infectado».   

—Hay gente que se interna en una clínica. Yo no. Yo me fui pa´ la calle.

Y fue en la calle donde conoció el oficio de vender «cosas que todavía sirven», viendo al amigo que aceptó venderle «tres cositas» para que pudiera comerse unos panes, comprándole «a los muchachos» que buscan en la basura, vendiendo lo que otro amigo le dio «a tanto»…

Su casa era un criadero de cucarachas para cuando decidió regresar. Los amigos a los que debía dinero —por suerte, eran amigos— perdonaron cada deuda. Leonel dice que «el que tiene vicio no puede pagar, porque está enfermo y a los enfermos no se les puede cobrar nada. Usted —y lo anuncia como lección— está más enfermo si les presta». 

***

Tiraron el 50 —«policía»— en la bolita. Es 11 de julio. Han pasado tres meses de la última entrevista. Poco se mantuvo tan intacto como ese tono amarillento que tiene Leonel en las escleras de los ojos.

Ahora usa muletas. Su rodilla izquierda empeoró y hay que ponerle una prótesis. «El consorte» del parqueo de enfrente —el mismo que le deja guardar ahí la silla y las dos maletas— le presentó a un ortopédico del Hospital Frank País que lo puede operar, pero «tú sabes cómo es eso». Y aunque nadie haya pedido regalos, él quiere llegar con uno bien bueno, porque ese trámite «se demora mucho» y así probablemente lo agilicen. 

Las muletas de Noel / Foto: Cortesía de la autora
Las muletas de Leonel / Foto: Cortesía de la autora

Siempre dice que, en lo que otros se dedican a «esto para estar en la fumadera y la borrachera», él lo hace para su comida. Se le va todo en comer (también en lo que gasta en transporte desde que le empeoró la rodilla, y en la media de ron con la que nunca llega a emborracharse). Así que nadie sabe cuánto más tardará en ir, por lo menos, a la primera consulta. 

Ayer le entró tremenda «contentura» porque con el «dinerito» que hizo pudo comprarse un pomo de aceite y tres libras de carne y dejar una parte guardada para comprar huevos. Según cuenta, ha llegado a buscarse más de 4 mil pesos en un día —sin descontar la inversión—, pero lo normal es que haga menos de 2 mil.

La semana pasada, una mujer que vive en el edificio le dio como seis platos para que los vendiera y salieron enseguida, a 400 pesos cada uno. A saber quién le habrá dado los cinco «tacos de muleta nuevos», que está vendiendo a 100 pesos. O los espejuelos que eran a 400 y se los dejó a un anciano por 350.

Hoy no le han traído nada más que dos platos blancos. Hubo lluvia. Y «cuando llueve, ellos —los buzos— no bucean, porque las cosas se mojan y se echan a perder». 

Dentro de unos minutos, llegará Daniel de Los Ángeles. No tendrá nada que venderle, sino un olor a vejez rancia, demasiado errante para sus 61 años. Contará que la hija vive en Arroyo Naranjo y que, si no le coge muy tarde, va a dormir allá; que camina hasta el Vedado o hasta Playa las veces —casi siempre— que no logra coger una guagua, y rebusca en la basura de los basureros mejores y le vende a Leonel y a otros tantos lo que encuentra; y, con el dinero —alrededor de 500 pesos, los días que anda de suerte— compra cigarros y comida en una «fonda», donde el plato más barato vale 150 pesos y casi siempre es de «arroz con frijoles». 

—A mí lo que me tiene preocupa´o es el ventilador. Salí de la casa sin luz y se me olvidó apagarlo— dice Leonel de repente. 

Lo que pasa es que el ventilador «a veces se para» y, si ponen la corriente, y le da por pararse, se puede quemar. Pero bueno, como andan las cosas, a lo mejor llega allá a las seis y pico —hora a la que llega siempre— y todavía no la han puesto. 

Vive en un cuartico que la madre le dividió de la casa mucho antes de su internamiento en la calle. Nunca ha querido darle la propiedad para poder «desglosarlo» y, en consecuencia, no tiene ni libreta de abastecimiento. Hace más de 20 años que no sabe «lo que es un mandao de la bodega». Ella se queda con todo. Pero él no coge lucha; dice que tiene que demostrarle que es un «peleador, con libreta o sin libreta». 

***

Antes vendía en Carlos III, pero ahí «no quieren que la gente venda porque es una calle muy céntrica y pasan influencias». Una de las veces en que lo amenazaron con quitarle las cosas —más de una se las quitaron—, salió a amedrentarlo una mujer de las que atienden casos sociales y él le dijo:

—Yo soy caso social y ustedes no me han ayudado. Tengo que comprar medicamentos. De dónde los voy a sacar, si yo no puedo trabajar y esto fue lo que más o menos encontré. ¿Tú no estás mirando como yo estoy? Más bien deberías decir: «Coño, un tipo que está peleando ahí, vin van, vin van». 

Dos multas le han puesto. Y las dos se duplicaron porque no hubo forma de pagarlas a tiempo. Al final, las asumieron dos hermanos suyos que viven en Estados Unidos, porque él no tenía cómo conseguir los más de 20 mil pesos a los que habían ascendido. Estaba dispuesto a que lo metieran preso y se los descontaran en la cárcel. 

Cuando le dio por establecerse aquí, hubo gente del edificio que se negó, pero la señora que a veces le da comida salió a defenderlo y acordaron que podía quedarse a cambio de mantener limpio el portal. 

Desde entonces, los días pasan idénticos. Leonel puede ser uno de esos hombres a los que uno les quita la vista cuando va por la calle, pero tiene el coraje suficiente para mirarse a sí mismo y asumir que, después de todo, «aquí fue donde vino a parar Vin van». Y solo Vin van sabe cómo acabará esta historia:

—Oye, si el ventilador se quema, que se queme. 

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Cuba: 67 años a punto de caer

Los cubanos llevamos sesenta años viviendo a seis meses del fin de la Revolución.

Siempre falta algo. Petróleo. Dólares. Comida. Turistas. Un aliado. Una generación dispuesta a seguir creyendo. Siempre aparece algún experto dispuesto a explicar por qué esta vez sí es diferente. He escuchado versiones de esa profecía desde que tengo memoria. Ahora vuelve a decirse en Washington que Cuba está exhausta. El sistema eléctrico apenas aguanta. La economía está rota. Los jóvenes se van. Venezuela ya no puede desempeñar el papel que alguna vez desempeñó la Unión Soviética. Estados Unidos está apretando todavía más. Esta vez, dicen algunos, sencillamente no hay de dónde sacar.

Puede ser. Pero si algo hemos aprendido en estos sesenta y siete años es que el mundo tiene una curiosa tendencia a subestimar al sistema cubano. No lo digo con admiración. Lo digo porque me parece peligroso confundir nuestra opinión sobre un régimen con nuestra capacidad para entenderlo.

El sistema cubano ha sido represivo, económicamente desastroso y bastante costoso para generaciones de cubanos. También ha sido uno de los sistemas políticos más resistentes del último siglo. Las dos cosas son verdaderas. Mientras los adversarios del régimen han esperado su derrumbe, La Habana ha demostrado una habilidad casi irritante para desprenderse de aquello que ya no puede defender con tal de conservar lo que realmente le importa.

El poder. 

Por eso creo que estamos esperando la transición equivocada. Quizás Cuba no vaya a caer. Quizás Cuba vaya a mutar. No porque el sistema sea invencible, ningún sistema lo es, sino porque el gran talento político de la Revolución cubana nunca fue hacer funcionar particularmente bien la economía.

Fue sobrevivir.

Sobrevivió a Eisenhower, Kennedy, Johnson, Nixon, Ford, Carter, Reagan, Bush, Clinton, otro Bush, Obama, Trump, Biden y nuevamente Trump. Sobrevivió a la Unión Soviética, que era quien supuestamente la mantenía viva. Sobrevivió al Período Especial. Sobrevivió a Fidel. Sobrevivió al retiro de Raúl. Sobrevivió al 11 de julio. Cada vez que perdió una condición indispensable para su existencia, encontró otra.

Analizar inteligentemente a Cuba exige separar el juicio moral del diagnóstico político. Y el diagnóstico es incómodo.

Tal vez el sistema cubano no tenga otros sesenta años, pero llevo toda mi vida viendo a gente apostar contra él y hasta ahora, la casa siempre ha ganado.

En Miami y Washington hemos construido una idea muy específica del final de la Revolución: llega un punto en que la economía no da más, la gente no da más, algo se rompe y entonces viene la transición. ¿Y si no? ¿Y si el próximo capítulo de Cuba no es una caída sino una transformación bastante más rara?

Porque mientras seguimos discutiendo cuánto tiempo le queda al comunismo cubano, en Cuba están pasando cosas que hace unos años habrían sonado casi heréticas. El Gobierno está ampliando el espacio de la empresa privada, intentando atraer inversión extranjera y desmontando, poco a poco, y porque no le queda otra, partes del modelo económico que defendió durante décadas. Las reformas aprobadas este año van bastante más allá de los tímidos experimentos con los cuentapropistas de hace tiempo. El Estado cubano parece haber entendido una cosa bastante básica: no puede seguir haciéndolo todo.

Y aquí es donde creo que la historia toma un giro interesante. ¿Qué pasa si el capitalismo llega a Cuba antes que la democracia?

No me parece una posibilidad descabellada. Tampoco sería la primera vez que ocurre. China hizo las paces con el dinero hace muchísimo tiempo, sin hacer las paces con el pluralismo político. Vietnam también encontró una manera de tener empresarios, inversión extranjera, fábricas y un Partido Comunista. Obviamente Cuba no es China.

Cada vez que alguien compara a Cuba con China o Vietnam me dan ganas de salir corriendo; las diferencias son enormes. Cuba es una isla pequeña al lado de Estados Unidos, con una diáspora gigantesca y con Miami funcionando prácticamente como una segunda Cuba. Pero hay una lección que sí me parece relevante: un gobierno puede abandonar una parte enorme de su doctrina económica sin abandonar el poder. De hecho, puede hacerlo precisamente para conservarlo. Eso me parece mucho más plausible que imaginar a los dirigentes cubanos sentados, esperando tranquilamente a que todo colapse por fidelidad a un manual soviético.

El sistema cubano nunca ha funcionado así. Cuando ha necesitado dólares, ha aceptado dólares. Cuando ha necesitado turistas capitalistas, ha recibido turistas capitalistas. Cuando necesitó inversión extranjera, buscó inversión extranjera. Cuando necesitó pequeños negocios privados, descubrió que el pequeño negocio privado tampoco era tan contrarrevolucionario, después de todo. La ideología cubana se vuelve flexible cuando la supervivencia está en juego.

Ahora está ocurriendo algo parecido con la energía, lo que me parece curioso, porque podría terminar siendo una de esas ironías históricas que nadie nunca planeó.

Cuba tiene un problema energético espantoso. Esto no necesita demasiada explicación para cualquiera que tenga familia allí. Los apagones son interminables. Las plantas están viejas. Falta combustible. Hay días en que parece increíble que un país entero pueda funcionar de esa manera y, en muchas partes, sencillamente no funciona. Durante décadas la vulnerabilidad fue obvia: Cuba necesita que alguien le mande energía. Primero fueron los soviéticos. Después Venezuela. Cambió el padrino; no demasiado el problema. Ahora Washington está intentando apretar precisamente ahí. Tiene lógica. Si el sistema depende del petróleo extranjero, cortarle el petróleo debería debilitarlo.

Pero llevo un tiempo pensando en la posibilidad contraria. ¿Y si terminamos obligándolos a solucionar precisamente esa dependencia?

Cuba está llenándose de parques solares. China está metida en buena parte de ese proceso. El Gobierno habla de aumentar de forma drástica el peso de las renovables durante los próximos años y ya está incentivando instalaciones solares fuera del Estado. No creo ni por un segundo que esto vaya a convertir mágicamente a Cuba en una potencia verde. Hay una tendencia muy cubana —y bastante gubernamental— a anunciar el futuro antes de haber conseguido que funcione el presente. Un panel solar tampoco arregla una red eléctrica que se cae a pedazos.

Pero la dirección en la que esto se mueve sí me interesa. Sería bastante extraordinario que, después de décadas dependiendo de Moscú y Caracas para mantener las luces encendidas, Cuba terminara entrando a la fuerza en una transición energética precisamente porque ya nadie puede garantizarle el próximo barco de petróleo. Y sería todavía más extraordinario que la presión estadounidense acelerara ese proceso. No sé si ocurrirá. Pero me parece más interesante pensarlo que volver a escribir por enésima vez que el próximo apagón va a tumbar al Gobierno.

Hay otra cosa, sin embargo, que sí creo que el sistema cubano tiene muchísimo más difícil resolver. La gente se está yendo y eso sí es un dato que cambia bastante al argumento. Cuba ha pasado décadas aprendiendo a sobrevivir a Estados Unidos, a las sanciones, a la falta de petróleo, a crisis económicas y hasta a la desaparición del país que prácticamente subsidiaba su economía. Lo que no sé es cómo se sobrevive a perder a tu propia gente. No se está yendo solamente el disidente. Se va el médico. Se va la muchacha que estudió ingeniería. Se va el que podría abrir un negocio. Se va la pareja joven que decide tener sus hijos en otro país. Se va el que está harto y el que no lo está tanto, pero simplemente quiere una vida normal. Y eso es distinto, porque gobernar el descontento es una cosa. Gobernar el vaciamiento es otra. 

A una protesta puedes mandarle policías. Contra la demografía no hay policía que valga. Puedes cerrar una organización. Puedes meter preso a un opositor. Puedes controlar un periódico. Lo que no puedes hacer es obligar a una generación entera a imaginar su futuro dentro de un país cuando esa generación ya está imaginándolo fuera.

Esa es, para mí, la amenaza más seria que tiene Cuba. No necesariamente que un día millones de personas salgan a la calle, sino que un día mires alrededor y descubras que demasiadas de las personas que iban a construir el país ya construyeron su vida en otra parte. Y aquí tampoco creo que Washington tenga una respuesta reveladoramente buena.

Hay una idea que aparece una y otra vez en la política hacia Cuba: si las condiciones empeoran lo suficiente, eventualmente habrá cambio político. Siempre me ha parecido una ecuación demasiado bonita para ser cierta. La presión solo genera presión. La pobreza no produce democracia automáticamente. Si fuera así, el mundo estaría lleno de democracias maravillosas. La desesperación puede producir una revolución. También puede producir emigración. Puede producir mercado negro, apatía, violencia, más autoritarismo o simplemente gente intentando sobrevivir hasta el día siguiente.

Y aun si mañana ocurriera ese colapso que tantas veces hemos anunciado, queda una pregunta bastante desagradable: ¿quién gobierna el martes? No quién da el discurso desde Miami. No quién sale en CNN. ¿Quién administra el país? ¿Quién controla los ministerios, los municipios, las Fuerzas Armadas, la policía, los hospitales, los puertos? ¿Quién tiene una estructura que llegue desde La Habana hasta el último pueblo de Oriente?

Entonces la conversación sobre «el día después» se vuelve mucho menos romántica. Por eso, si tuviera que imaginar Cuba dentro de diez o quince años, no imagino necesariamente ni la Cuba que quiere vender el Gobierno ni la que hemos imaginado durante décadas desde el exilio. Me imagino algo mucho más contradictorio.

Me imagino un país todavía llamándose socialista donde haya gente haciéndose rica. Muchos más negocios privados. Dinero de la diáspora entrando por todas partes, aunque nadie quiera llamarlo inversión de la diáspora. Capital chino. Capital europeo. Quizás eventualmente muchísimo capital estadounidense. Restaurantes privados preciosos al lado de edificios públicos destruidos. Una desigualdad mucho más visible que la de hoy. Funcionarios hablando de la Revolución y empresarios hablando de márgenes de beneficio.

Me imagino paneles solares chinos detrás de una valla con una frase de Fidel.

Y, sinceramente, eso me parece mucho más cubano que cualquiera de los finales ordenados que llevamos décadas discutiendo frente a la ventanita del Versalles. 

Puede que esté equivocada. Quizás esta vez sí. Quizás la combinación de crisis económica, emigración, deterioro energético y presión exterior sea demasiado. Ningún sistema dura para siempre y el cubano tampoco va a hacerlo. Pero yo tendría mucho cuidado apostando otra vez por su incapacidad para adaptarse. El error que hemos cometido durante décadas es pensar que, para sobrevivir, la Revolución necesita salvar su modelo.

No.

Necesita salvar el poder. Todo lo demás es negociable.

Y quizás ahí esté la transición cubana que no estamos viendo. No un día histórico en el que termine una cosa y empiece otra. Quizás ocurra lentamente, de manera contradictoria, hasta el punto en que nos demos cuenta de que aquella Cuba que conocieron nuestros padres ya no existe, aunque muchos de los mismos apellidos sigan sentados en los mismos despachos.

A veces pienso que ese sería el final más cubano posible. Después de sesenta años esperando que el sistema se caiga, descubrir que hizo lo que siempre ha hecho.

Cambió antes de tener que caerse.

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Nadie sabe cómo tumbar una dictadura

Nadie sabe cómo tumbar una dictadura. Sobre todo, porque no hay una forma clara y universal de hacerlo. Sin embargo, en el debate político cubano se vive casi como si fuera todo un sencillo 1, 2, 3, porque si en algo somos expertos los cubanos es en saber cómo llegar del punto A al punto B.

Pero hace 50 años viene llegando ese punto B, que se quedó atrapado en la I-95 de la liberación. Muchas palabras, pocas acciones. Parálisis de futuro, y así llegamos a hoy, con un exilio enclochao en el tiempo, cuyo mito fundacional es que Estados Unidos derrocará un día el castrismo: a veces, mediante una invasión —que, en 75 años, en el mundo entero, explica solo el 2.5 por ciento de las caídas, y ninguna desde 2016—; a veces, gracias a una rebelión popular provocada por el combo de reconcentración castrista-sanciones norteamericanas; a veces, por unos militares que se cansan y dan un golpe de Estado.

De los tres, la primera parece ser una fantasía sin acciones concretas dentro de la propia comunidad que la respalden. La segunda no es estrategia, sino identidad y cultura. Marchas del pueblo combatiente miamense para pedir el cierre de agencias de envíos a Cuba, persecución constante de mulas y remesadores, de empresas que venden cualquier porquería en la isla del nohay y de fulanito que es primo del sobrino del cuñado de un cuadro del Partido Comunista. La tercera se diluye en un llamado de sofá a que los militares cubanos se levanten.

Y todo eso, casi siempre, sin mirar la historia ni los datos. Cuanto más, el cómo derrocar a la dictadura pasa por una especie de estética del cambio: voces autorizadas (por las redes) que se encariñan con la vía chilena, la española, la checoslovaca, ¿la puertorriqueña?, para salir de la dictadura. Pero hay datos. Y sugerentes.

Son 716 salidas de autócratas en el mundo entre 1950 y 2025[1] que dejan lecciones sobre cómo se sale de una dictadura.

En primer lugar, la mayoría de los líderes autocráticos ha gobernado bajo un partido único y, entre ellos, el 60 por ciento ha salido del poder por las propias reglas del régimen, como transición pactada; el 18 por ciento, debido a muerte natural; casi un 13 por ciento, como consecuencia de un golpe de Estado o insurgencia de mandos militares, y apenas un 2.4 por ciento, a causa de una revuelta popular. En perspectiva: tres de cada cuatro veces que un líder de partido único sale del poder no cae el régimen, sino el hombre.

Y hay una razón para eso: el partido único es el tipo de régimen que menos cae por golpe de Estado. Ese casi 13 por ciento contrasta con el 37.2 por ciento de los regímenes personalistas, el 35.8 por ciento de los militares, y el 27.1 de las monarquías. En otras palabras: el uniforme no decide dónde hay un aparato con reglas de sucesión propias y control político sobre el mando militar.

Ahora bien, esos porcentajes no son para tanto. No hay correlaciones fuertes como para pensar que existe una vía determinista para tumbar una dictadura. Hay apenas una que asoma: las dictaduras más cercanas a nuestra época tienden a durar más que las de mediados del siglo XX. Y hasta esa hay que tomarla con pinzas. Las dictaduras flojas de aquellos años cayeron rápido y llenaron las primeras décadas. Las que llegaron hasta hoy son, evidentemente, las más fuertes, y por eso aguantaron.

Así que, cuando se trata de vías, lo más certero que hay son algunos patrones del pasado. Y no acompañan a los dos llamados de siempre. El de que los militares se rebelen es el más plausible de todos —casi un 13 por ciento—, y aun así choca contra el tipo de régimen más blindado contra el golpe. El de lanzar la gente a la calle por la reconcentración castrista-trumpista corre peor suerte: menos del tres por ciento de los casos.

Por otro lado, Cuba no es un caso promedio, claro. Y es que ninguna de esas 716 salidas ocurrió en una isla con apagones de 20 horas, con un quinto de la población fuera del país y con un relevo generacional en curso. Los números no dicen qué va a pasar aquí, sino qué ha pasado allá afuera, unas cuantas veces, y eso ya es más de lo que ofrece la inercia política en que vivimos. Demasiadas certezas matan.

También vale aclarar que la calle sí sirve en la lucha contra dictaduras, aunque casi nunca aparezca como forma de salida. Buena parte de esas transiciones «por las reglas del régimen» ocurrieron porque hubo antes una presión popular que la élite no pudo ignorar. Es decir, la calle rara vez derriba sola una dictadura, pero es un insumo del cambio que, cuando funciona, le modifica el cálculo a los que no pensaban que tendrían que negociar una salida.

Nada de esto está escrito en piedra, y cualquier cosa puede pasar. Pero la vía del 60 por ciento —la transición del régimen bajo sus propias reglas— es la única con una base histórica decente, y, por cierto, la que menos trabajo político ha recibido por parte de opositores y exiliados cubanos. No hay estrategia, ni suficientes líderes preparados, ni nada pensado para el día después; ni siquiera un vocabulario para nombrarla más allá de acusarla de cambio fraude o de cosa de dialogueros.

El único intento real por esta vía se parece bastante a una nota al pie: una discreta política de fin de administración, montada sobre gestos, sin una ley que la protegiera, revertida por la administración siguiente casi sin costo. Y, mientras duró, un grupo la convirtió en negocio: la apertura obamista terminó siendo, para unos pocos, una licencia de importación y encadenamientos productivos entre colegas que no derramaron nada en favor del desarrollo de Cuba. Es decir, ya se ensayó mal la única vía que los datos respaldan, y del fracaso de ese ensayo muchos dedujeron, por supuesto, que la vía no sirve.

De ahí que la lucha por un cambio de sistema en Cuba siga presa de arranques emocionales y consignas poéticas que el propio castrismo le ha exportado a la derecha. No se trabaja lo probable ni lo improbable. 

Una guerra de independencia sin un solo Garibaldi.


[1] Véase Archigos, el proyecto sobre regímenes autocráticos de Geddes, Wright y Frantz. Y revisión propia de la última década.

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Remar con la Virgen, sobrevivir a la crisis

La tradición de peregrinar en honor a la Virgen de la Caridad del Cobre, Patrona Cuba, volvió a tomar este martes arterias visibles de Centro Habana. A lo largo de las avenidas Zanja, Galiano y Reina hasta las calles Manrique y Salud, la gente volvió a acompañar la imagen de la Virgen mambisa.

El ritual, que partió y culminó en la Iglesia de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre, tuvo la guía oral del cardenal y arzobispo de La Habana, Juan de la Caridad García Rodríguez, quien ofició previamente una misa.

Celebración de la Virgen de la Caridad del Cobre; La Habana, septiembre de 2026
Celebración de la Virgen de la Caridad del Cobre; La Habana, septiembre de 2026 / Foto: María Lucía Expósito
Celebración de la Virgen de la Caridad del Cobre; La Habana, septiembre de 2026
Celebración de la Virgen de la Caridad del Cobre; La Habana, septiembre de 2026 / Foto: María Lucía Expósito
Fin de la misa. Celebración de la Virgen de la Caridad del Cobre; La Habana, septiembre de 2026
Fin de la misa. Celebración de la Virgen de la Caridad del Cobre; La Habana, septiembre de 2026 / Foto: María Lucía Expósito

Oraciones, versos, canciones y las notas del himno nacional se unieron a los reclamos de piedad, libertad, salud y medicamentos para los niños y asistencia para las madres, para los presos y para las familias precarizadas. Un futuro menos desventurado para todos los devotos. 

Rezos durante el recorrido. Celebración de la Virgen de la Caridad del Cobre; La Habana, septiembre de 2026
Rezos durante el recorrido. Celebración de la Virgen de la Caridad del Cobre; La Habana, septiembre de 2026 / Foto: María Lucía Expósito
La fuerza de la fe es visible en sus símbolos. Celebración de la Virgen de la Caridad del Cobre; La Habana, septiembre de 2026
La fuerza de la fe es visible en sus símbolos. Celebración de la Virgen de la Caridad del Cobre; La Habana, septiembre de 2026 / Foto: María Lucía Expósito
En la avenida Reina. Celebración de la Virgen de la Caridad del Cobre; La Habana, septiembre de 2026 / Foto: María Lucía Expósito
En la avenida Reina. Celebración de la Virgen de la Caridad del Cobre; La Habana, septiembre de 2026 / Foto: María Lucía Expósito
Diversas generaciones. Celebración de la Virgen de la Caridad del Cobre; La Habana, septiembre de 2026
Diversas generaciones. Celebración de la Virgen de la Caridad del Cobre; La Habana, septiembre de 2026 / Foto: María Lucía Expósito
El público devoto en la Avenida Zanja. Celebración de la Virgen de la Caridad del Cobre; La Habana, septiembre de 2026
El público devoto en la Avenida Zanja. Celebración de la Virgen de la Caridad del Cobre; La Habana, septiembre de 2026 / Foto: María Lucía Expósito
Peregrinación por la calle Manrique. Celebración de la Virgen de la Caridad del Cobre; La Habana, septiembre de 2026
Peregrinación por la calle Manrique. Celebración de la Virgen de la Caridad del Cobre; La Habana, septiembre de 2026 / Foto: María Lucía Expósito

Unos se aglomeraron en las aceras, otros se asomaron desde los balcones. La voluntad, la energía en sus rostros. Quienes asistieron al recorrido buscaban en la imagen de la Caridad del Cobre un consuelo a la vez renovado y duradero.

Niños de la catequesis. Celebración de la Virgen de la Caridad del Cobre; La Habana, septiembre de 2026
Niños de la catequesis. Celebración de la Virgen de la Caridad del Cobre; La Habana, septiembre de 2026 / Foto: María Lucía Expósito
Saludo a la Virgen en la avenida Galiano. Celebración de la Virgen de la Caridad del Cobre; La Habana, septiembre de 2026
Saludo a la Virgen en la avenida Galiano. Celebración de la Virgen de la Caridad del Cobre; La Habana, septiembre de 2026 / Foto: María Lucía Expósito
Se canta para pedir consuelo y amparo. Celebración de la Virgen de la Caridad del Cobre; La Habana, septiembre de 2026
Se canta para pedir consuelo y amparo. Celebración de la Virgen de la Caridad del Cobre; La Habana, septiembre de 2026 / Foto: María Lucía Expósito
Insignias religiosas junto a la bandera cubana. Celebración de la Virgen de la Caridad del Cobre; La Habana, septiembre de 2026
Insignias religiosas junto a la bandera cubana. Celebración de la Virgen de la Caridad del Cobre; La Habana, septiembre de 2026 / Foto: María Lucía Expósito
La pasión de la banda de Guanabacoa. Celebración de la Virgen de la Caridad del Cobre; La Habana, septiembre de 2026
La pasión de la banda de Guanabacoa. Celebración de la Virgen de la Caridad del Cobre; La Habana, septiembre de 2026 / Foto: María Lucía Expósito
Banda de música de la Parroquia de Guanabacoa. Celebración de la Virgen de la Caridad del Cobre; La Habana, septiembre de 2026
Banda de música de la Parroquia de Guanabacoa. Celebración de la Virgen de la Caridad del Cobre; La Habana, septiembre de 2026 / Foto: María Lucía Expósito
El coro de la iglesia. Celebración de la Virgen de la Caridad del Cobre; La Habana, septiembre de 2026
El coro de la iglesia. Celebración de la Virgen de la Caridad del Cobre; La Habana, septiembre de 2026 / Foto: María Lucía Expósito

Girasoles y velas amarillas como un solo deseo repetido. La fe como virtud primordial para sobrevivir —remando a la deriva, una vez más, los hijos de Cachita— en medio de la peor crisis en la isla.  

Deseos y promesas encendidas tras la peregrinación. Celebración de la Virgen de la Caridad del Cobre; La Habana, septiembre de 2026
Deseos y promesas encendidas tras la peregrinación. Celebración de la Virgen de la Caridad del Cobre; La Habana, septiembre de 2026 / Foto: María Lucía Expósito
Deseos y promesas encendidas tras la peregrinación. Celebración de la Virgen de la Caridad del Cobre; La Habana, septiembre de 2026
Deseos y promesas encendidas tras la peregrinación. Celebración de la Virgen de la Caridad del Cobre; La Habana, septiembre de 2026 / Foto: María Lucía Expósito
Deseos y promesas depositadas en el Santuario. Celebración de la Virgen de la Caridad del Cobre; La Habana, septiembre de 2026
Deseos y promesas depositadas en el Santuario. Celebración de la Virgen de la Caridad del Cobre; La Habana, septiembre de 2026 / Foto: María Lucía Expósito
Cachita fue devuelta a su Santuario. Celebración de la Virgen de la Caridad del Cobre; La Habana, septiembre de 2026
Cachita fue devuelta a su Santuario. Celebración de la Virgen de la Caridad del Cobre; La Habana, septiembre de 2026 / Foto: María Lucía Expósito

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El ecosistema musical cubano a las puertas de (otro) deshielo (II)

No sería un exceso afirmar que la mayor parte de la producción, publicación y cobro de la música que suena en Cuba hoy, sucede al margen de las instituciones del país. El tema que revienta la fiesta el sábado se grabó en un estudio casero, lo mezcló alguien que vive en otro país, se subió a las plataformas mediante un contrato firmado con una empresa registrada en el extranjero y se cobró en efectivo por vía de un primo.

Para un observador externo, este estado de cosas suele entenderse como informalidad y sugiere provisionalidad, un paréntesis a la espera de que alguien ponga las cosas en su sitio. Pero en el caso de Cuba hay una estructura en ese caos, con reglas, jerarquías, procedimientos y una moneda de cambio propia. Informalidad, además, no quiere decir ilegalidad; hay tramos perfectamente legales, otros tolerados, otros que dependen de permisos que nadie pide, y unos pocos claramente prohibidos. Es un sistema que opera desde hace casi treinta años y que se ha ido perfeccionando; es hijo directo del mismo desbarajuste de los noventa que produjo el paladar, el bicitaxi y el Paquete Semanal. Spoiler alert: cualquier formalización de la industria musical cubana tendrá que competir con algo que ya existe.

Malena Portuondo, conocida artísticamente como LaGita DJ / Foto: Directorio de Música Cubana
Malena Portuondo, conocida artísticamente como LaGita DJ / Foto: Directorio de Música Cubana

Como tantas otras cosas en Cuba, el negocio de la música funciona a través de terceros. Malena Portuondo, que dirige el sello independiente GitanaMedia y trabaja con artistas de la isla, describe el recorrido del dinero: plataformas, distribuidora, amigos o familiares, artista. En ocasiones con una discográfica entre medias, o no. El último tramo, el del pago, casi siempre se canaliza «a través de familiares o amigos en el exterior, que luego envían remesas, a veces en efectivo». Se hace así, explica, para evitar depósitos en bancos cubanos, donde es prácticamente imposible conseguir que entreguen una transferencia en la divisa en que se hizo y se aplican cambios desfavorables a la hora de convertirla en moneda local.

Un productor y mánager cubano que pidió reserva de identidad recurre a una estructura empresarial radicada fuera de Cuba para recibir cobros y gestionar pagos vinculados con su trabajo. «Es complejo el tema monetario», explica. «Para recibir pagos, para hacer pagos, y hacerlo legalmente». Trabajar con empresas extranjeras, añade, obliga a facturar.

Ni el sello que paga a un artista a través de redes personales en el extranjero ni el productor que factura mediante una empresa registrada fuera de Cuba son excepciones o trampas. Son las reglas del juego. Así sale de Cuba la música que suena en Cuba y así entra el dinero que la paga.

Ese dinero, sin embargo, casi nunca es mucho. Leo Brouwer y Descemer Bueno cobran mientras duermen, gracias a un catálogo que trabaja solo, con obras registradas en sociedades que recaudan, licencias por sincronizaciones en audiovisuales y décadas de regalías acumuladas. Pero la gran mayoría sobrevive gracias a lo que cobra cuando se sube a un escenario. A un exponente del reparto, a una orquesta de música popular, a un consagrado que todavía llena, una noche en un club puede dejarle más que un año entero de reproducciones. Es un circuito pequeño y castigado —por los apagones, por la falta de combustible, por el desplome del turismo—, pero es el que efectivamente paga y opera en efectivo, dentro de la isla, sin dejar mucho rastro. No hay una sola estimación pública de cuánto mueve, ni siquiera aproximada. Uno de los pocos negocios que hoy genera dinero todas las noches en Cuba no aparece en las estadísticas y rara vez forma parte de las discusiones sobre la economía del país.

Tampoco conviene idealizar este circuito del «en vivo», que tiene su propio techo; no muy alto, por cierto. En Cuba no existe hoy infraestructura —ni logística, ni legal, ni financiera— para producir festivales a gran escala, contratar figuras internacionales o pagarle a un artista grande lo que su caché vale en cualquier otro país de la región. Las razones son materiales y también ideológicas; no hay proveedores a esa escala, no hay seguros que cubran un evento así, no hay pasarelas de pago, no hay quien firme un contrato de patrocinio, y encima en el gobierno hay una desconfianza de origen hacia todo lo que huela a marca. Súmese que el mercado hispanohablante más grande del mundo está a noventa millas y los músicos cubanos no pueden girar en él con normalidad, entre la casi imposibilidad de obtener visado y las dificultades aún mayores para trabajar en los circuitos profesionales. Ese salto tendrá que ocurrir en algún momento, porque una industria en vivo sin festivales ni grandes eventos no es una industria; pero para que ocurra tiene que entrar dinero, tienen que entrar marcas y tiene que entrar, en definitiva, el tejido industrial que hace posible todo eso.

De modo que en el negocio de la música en Cuba conviven varias economías: la estatal, famélica pero viva —todavía graba discos, programa espacios, firma contratos y a ratos se comporta como si fuera una empresa—; una transnacional, que tiene papeles en el extranjero y factura en dólares desde una compañía a nombre de un tercero; y otra doméstica, en la que se cobra en la mano al final de la noche y no deja constancia en ninguna parte.

La primera lleva años descapitalizándose —teatros cerrados, casas de la música a media máquina, el turismo desplomado, unos recursos públicos que la crisis permanente que vive el país desde 2019 obligó a reorientar hacia otros incendios— y en su lugar ha crecido una red de clubes y establecimientos de gestión privada como el Johnny y el Yarini, que programan, contratan y pagan. Unos son propiedad privada y otros ocupan inmuebles del Estado entregados en arrendamiento, que es una práctica cada vez más extendida: lo mismo un almacén que un club. Así, la parte del negocio que más dinero mueve dentro de Cuba lleva años en manos privadas, con frecuencia dentro de paredes estatales.

Tampoco es que falten normas. En febrero de 2022, el Ministerio de Cultura aprobó por fin las tarifas de derecho de autor aplicables al sector no estatal en su condición de usuario de obras protegidas; hasta ese momento el sistema de recaudación ni siquiera contemplaba a los actores privados, que ya sostenían el circuito. La Resolución 5/2022 cobra a los locales un porcentaje de sus ingresos brutos —4% a los centros nocturnos, entrada incluida; 3% a los organizadores de fiestas; 2% a los bares— y a quien reproduce y comercializa contenidos culturales, una cuota fija de trescientos pesos al mes. El fracaso del método es previsible, considerando que el porcentaje se calcula sobre una caja que en un negocio de efectivo no está escrita en ninguna parte, y la cuota fija equivale hoy, al cambio informal, a cuarenta y cinco centavos de dólar.

En ese vacío entre lo que la norma dice y lo que el negocio hace. Cada quien se fabrica sus propios papeles. En entrevistas con artistas, productores y gestores de sellos se identifican modelos de escala muy distinta. Alfie Barver, músico cubano radicado en España que distribuye con Calientalo Media, describe el suyo de este modo: «Mi relación con ellos es estrictamente de distribución. Yo no firmé contrato; es todo un acuerdo verbal que hay entre ellos y yo, pero contrato no hay ninguno». En GitanaMedia, Portuondo firma digitalmente con el productor, el director de la banda o quien sea titular de los derechos del máster, y aclara que el documento evita deliberadamente el lenguaje legal complejo para que se entienda: términos de uso, condiciones de cancelación, pagos. Otro productor consultado, que pidió no ser identificado, asegura que procura formalizar por contrato sus colaboraciones, incluidos los porcentajes correspondientes al publishing y a los másteres.

Ya sea de palabra, mediante un contrato simplificado o uno completo, la única constante es que en ninguno de los tres casos interviene una institución estatal cubana. Lo cual no significa que operen fuera del Estado —en algún tramo siempre aparece una licencia, un local arrendado, un control bancario—, sino que lo sortean justo donde se decide el dinero. Y se sostienen, básicamente, porque la informalidad hace bien algunas cosas. Es rápida, no tiene ventanillas, se ahorra la carga fiscal y de permisos que traería formalizarse, se adapta a lo que aparezca y usa la confianza como garantía, que en un negocio y país donde a nadie se le ocurriría ir a tribunales es la única garantía disponible. Portuondo lo resume desde la práctica: «un artista cubano puede crear y moverse localmente por sí solo», pero un sello le aporta escala, dirección y acceso internacional.

Por supuesto que es un modelo con limitaciones; no escala, no da crédito, no sobrevive a un desacuerdo serio y depende por completo de las relaciones personales, que es lo primero que se rompe cuando alguien no cumple. El productor consultado señala que incluso los trabajos bien pagados pueden interrumpirse o no completarse por las condiciones materiales del país y por dinámicas laborales difíciles de sostener en vínculos internacionales. Reconoce que un apagón puede ser un obstáculo legítimo, pero advierte que los colaboradores en el exterior suelen necesitar continuidad y, ante los incumplimientos, buscan alternativas.

Portuondo habla de otro problema de base, y cuenta que muchos artistas que empiezan a distribuir «no comprenden aún la diferencia entre derechos de autor y derechos sobre la grabación», y que hay que dedicar tiempo a una formación básica antes de cualquier otra cosa. Otro productor entrevistado coincide en que persiste un desconocimiento amplio de las reglas básicas del negocio: porcentajes, créditos, derechos y rutas de pago. Según explica, esa falta de información expone especialmente a artistas jóvenes que empiezan a generar ingresos sin asesoría suficiente.

Ese desconocimiento es transversal a todos los géneros y a todas las latitudes, y cada vez hay más artistas que manejan las herramientas o que se asesoran, sobre todo en un terreno donde el dinero justifica aprender rápido. Lo que sí distingue a un género que sale del barrio como el reparto es la desigualdad en el acceso a esa asesoría, que no se reparte al azar: en una escena hecha mayoritariamente por jóvenes racializados de barrios periféricos y sin capital inicial, saber lo que uno firma suele depender de a quién se conoce. Los más avispados o mejor aconsejados construyen catálogo, y el resto firma lo que le pongan delante. Pasó con los pioneros del reguetón puertorriqueño cuando aquello se volvió rentable, y en Cuba no ha sido muy distinto. Un sistema en el que el eslabón más débil no sabe qué está firmando, aguanta mientras nadie tenga incentivo para aprovecharse. Es decir, aguanta mientras no haya suficiente dinero.

Conviene decir, llegados aquí, que ninguno de los entrevistados para este texto reportó haber atravesado un conflicto grave por dinero. Un productor que trabaja con contratos y estructuras de pago fuera de Cuba asegura no haber tenido, hasta ahora, disputas por cobros o créditos. Portuondo dice lo mismo de GitanaMedia y confía en que, si ocurriera, se resolvería de forma amistosa. Puede ser que la confianza funcione como garantía mejor de lo que parece. También puede ser que quienes aceptan explicar cómo se mueve este negocio sean, por definición, aquellos a quienes les salió bien.

Lo que sostiene ese entramado tampoco se detiene en las fronteras cubanas, como demuestra el caso de Barver, que vive en España y cuyo acuerdo con Calientalo Media sigue siendo verbal. Aquí conviven piezas perfectamente formales —empresas registradas fuera de Cuba, contratos con distribuidoras digitales y porcentajes acordados por escrito— con otras que no tienen respaldo documental, y lo que las une no es un contrato, sino una relación personal. Por eso el sistema se rompe a menudo cuando alguien se muda; no porque se pierda una empresa o un catálogo, sino porque se pierde el contacto que hacía andar el conjunto.

Le sucedió a Portuondo con buena parte de los proyectos con los que ha trabajado en GitanaMedia, y que hoy están en pausa o sin continuidad por causa de la emigración. Dentro de la isla, dice, el artista suele estar enfocado al cien por ciento en su música, con una infraestructura comunitaria local y un camino claro, aunque restringido. Al emigrar viene una etapa de regularización legal en el nuevo país, recuperación o reposición de los equipos que quedaron atrás, reconstrucción del entorno musical, formar equipos nuevos, entender cómo se mueven allí los eventos, los pagos, los festivales, el financiamiento, la facturación. Además, no todos aterrizan igual. Influyen las habilidades de negociación, la existencia de comunidades cubanas que hayan abierto camino y el ecosistema al que se llega, porque «no es lo mismo Minnesota que Miami». Cada mudanza, además, desplaza un eslabón en esa cadena; quien se va deja, de ser el contacto en La Habana y pasa a serlo en Madrid.

En la última década se ha armado sobre la marcha algo que se parece bastante a una industria. Sellos como Planet Records, Calientalo Media, Puntilla y Plus Media trabajan con música popular y reparto, con artistas dentro y fuera de Cuba, y lo hacen razonablemente bien; distribuyen, colocan en playlists, gestionan publishing, negocian porcientos, financian producciones. Ahí está la jerarquía real de este negocio; manda quien puede recibir una transferencia. Y ya han dado pruebas de que funcionan de verdad: el himno cubano de este año, Dichavate, de Ya Ice Dilan, Rey Tony y Helabusador, producido por DJ Honda, salió por Planet Records, entró en el top cinco de dos listas de Billboard, sonó en el desfile con que la selección española celebró el Mundial en Madrid, y acaba de ser nombrado por Kelefa Sanneh como una de sus canciones favoritas del verano en The New Yorker. El golpe internacional más grande que ha dado el género no salió de una institución cubana ni de un artista solo; lo produjo esa red de sellos y productores.

Ya Ice Dilan
Ya Ice Dilan / Foto tomada de FB

Un productor y mánager consultado describe negociaciones con distintos sellos que trabajan con artistas cubanos dentro y fuera de la isla. Algunas colaboraciones avanzaron sin conflicto; otras no prosperaron por desacuerdos sobre la inversión, la administración de derechos o la titularidad de los másteres.

Las condiciones no son excepcionales en una industria donde quien asume el riesgo económico suele buscar control sobre las grabaciones. Pero para los proyectos pequeños, decidir entre ceder esos derechos o financiarse de forma independiente puede definir su margen de crecimiento.

«Lo independiente no ha sido por una cosa de rebeldía», dice uno de los productores consultados. El proyecto que gestiona se financia de manera autónoma y busca consolidarse antes de negociar con una compañía desde una posición más favorable.

La decisión implica asumir el riesgo económico: quien invierte suele exigir control sobre los másteres, mientras que muchos artistas que no aceptan ese modelo tampoco disponen de recursos para financiar por sí mismos una expansión mayor. El productor no presenta esa estrategia como una fórmula definitiva, sino como una apuesta cuyos resultados todavía están por verse.

El talento nunca ha sido el problema, y la capacidad de gestión, aunque desigual, tampoco explica lo esencial: lo que no puede domiciliarse en Cuba es la empresa. Todas están constituidas fuera, se enfocan en el segmento más comercial y su realidad alcanza a unos pocos, pero existen, andan y apuntan a cómo podría operar el negocio en el país si alguna vez se le permitiera operar. La paradoja es rotunda; la maquinaria que sostiene y globaliza la música de la isla lo hace obligatoriamente desde las sombras o desde el exilio.

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Otro bastardo de la Revolución

Soy de la generación que no le debe nada al castrismo. Ni una salud pública asequible, ni un sistema de educación robusto. Mucho menos la épica esperanzadora de un futuro en construcción. Nací justo al inicio de siglo, en un año 2000 que nada tuvo que ver con alguna «maravilla que silbaba el porvenir». Al contrario. Abrí los ojos en la Cuba posterior a los años del Período Especial, donde un pueblo desgastado se sometía a nuevos experimentos económicos, ideológicos y políticos que supuestamente construirían el «socialismo». 

Vengo de un hogar obrero. Mi madre, profesora; mi padre, trabajador de la Industria Eléctrica. Sobrevivimos en un solar de La Habana. En un cuartucho sin baño, construido a retazos, destruido inevitablemente por el empobrecimiento y el abandono. Existimos en los márgenes, entre una familia disfuncional y la diaria incertidumbre de si habría comida en la mesa. Nada nos garantizaba nada. Todo sucedía por inercia. Los años tomaron su ritmo y el calendario nomás importaba para saber cuándo debía llegar el pollo normado a la carnicería. 

Me tocó vivir de niño la Batalla de Ideas, la Revolución Energética, el tránsito de poder en 2008 y Raúl Castro de presidente, los Lineamientos en 2011, y a un Fidel Castro esporádico, más allá del culto a su imagen. Mi adolescencia la marcó el deshielo, el período Obama y la acelerada brecha socioclasista que propició la normalización de relaciones diplomáticas con el gobierno de los Estados Unidos, el auge del turismo y los tantos beneficios para una oligarquía económica que anunciaba una etapa de prosperidad en la isla —que objetivamente fue más un reflejo de nicho que una realidad popular. 

Me reconocí como un sujeto político en un país cada vez más desigual. Donde por pura necesidad me vi obligado a trabajar con un rigor impensable desde los 14 años. Donde mis padres estaban sometidos a un régimen laboral extremo en comparación con sus salarios. Donde mi familia y mis vecinos del solar no tenían acceso a otra realidad que a la marginación y el empobrecimiento. Donde crecían hoteles de lujo justo al lado de barrios ahogados en carencias. Donde La Habana, nombrada Ciudad Maravilla, recibió sus 500 años maquillada por el exotismo de cara al mundo y por el abandono a sus habitantes. 

Mi generación vio morir a Fidel Castro. Enterró al ícono invencible del régimen, la figura colocada en altares, ese que se impuso fundamental e irremplazable. En nuestra infancia conocimos a un Fidel casi senil, que inspiraba más pena que respeto, contradictorio totalmente con el ícono revolucionario y la foto en el mural. De adolescentes lo encontramos muerto, y de tan forzados a despersonalizarnos por él a base de vítores —«Yo soy Fidel»—, se nos convirtió en puro tedio vomitivo.

El emblema de legitimación incuestionable del castrismo resultó para la generación 00 cubana un símbolo de aversión y desapego por todo lo que orbitara alrededor suyo. Si para los nacidos en los sesenta Fidel fue una esperanza, un guía divinizado para aquellos de los setenta y ochenta y ya algo visto con recelo por quienes vieron la luz en los noventa, fue simplemente un problema para los del nuevo siglo. 

Desde 2019, Cuba padece una crisis extrema, generada por la pésima gestión económica del poder político, la dependencia de capitales externos, los ínfimos índices de producción y de autosostenibilidad, las medidas coercitivas de las diferentes administraciones estadounidenses y la inestabilidad del panorama internacional agravado por la pandemia de COVID-19, las tensiones geopolíticas y otros tantos factores. Mi generación maduró en un país colapsado, con un sistema de salud precario, con niveles de insalubridad alarmantes, sin transporte público, entre apagones interminables, la escasez de alimentos y la falta de agua, sin acceso a la comunicación, a trabajos dignos o a una educación de calidad. 

Además, en medio de una de las crisis más grandes de nuestra historia, cuando las estadísticas señalan un empobrecimiento generalizado, nos tocó padecer los niveles de represión popular más altos en la historia del castrismo, la embestida del régimen ante cualquier gesto disidente, un clima de terror impuesto por los órganos represivos y las instituciones judiciales, principalmente, tras las protestas masivas del año 2021. 

Mi generación no le debe nada al castrismo, y es una verdad tan asumida como irreparable. No sentimos sino rabia y desprecio. Rencor. Somos la juventud del colapso, la del éxodo más grande en nuestra historia, la de las tantas protestas populares, la que rompió el silencio. Nos tocó la responsabilidad de ser protagonistas activos de un cambio de paradigma para la Cuba castrista y de una transición política que poco a poco suena más cercana.

Raymar Aguado, activista y opositor cubano de izquierdas
Raymar Aguado, activista y opositor cubano de izquierdas / Foto: Facebook/Raymar Aguado Hernández

Social-sismo en Cuba

Ser opositor en Cuba significa soportar la censura, la criminalización y los incontables procesos represivos del régimen. Ser opositor y de izquierdas en Cuba se traduce en invisibilización, moralización, abandono y desprecio por parte de la otra oposición, más visible, mayoritaria, que se reconoce de derechas. En un terreno de exclusiones, donde la posverdad y el sensacionalismo determinan los rumbos hacia el futuro, para alguien como yo no queda más que vivir expuesto a un fuego cruzado. Mi formación política parte de paradigmas dentro de la izquierda radical, principalmente del posmarxismo y el socialismo libertario. Esa es la génesis de mi total aversión al castrismo y mi postura frontal ante su régimen tiránico. 

Un régimen político dirigido por una burguesía militar/empresarial, sostenido en prácticas oligárquicas y que instauró un sistema de capitalismo centralizado, burocrático y explotador, no es socialista ni de izquierdas. Un sistema que precariza a la clase trabajadora en beneficio de la élite, que no ofrece derechos laborales, que prohíbe la sindicalización y las organizaciones de militancia independiente, no es socialista ni de izquierda. Un sistema que promueve medidas económicas antiobreras y antipopulares, que no redistribuye la riqueza, que se rige por un modelo jerárquico y vertical, y que no atiende a las necesidades del pueblo, no es socialista ni de izquierdas. Un sistema que pone límites a la participación de las mayorías en la vida política, que no democratiza el acceso al trabajo, la salud, la educación y al ocio nunca será, bajo ningún concepto, socialista ni de izquierdas. 

Oponerse al régimen castrista no significa, en ningún sentido, una adhesión automática al capitalismo o a las políticas de Estados Unidos, como vende la propaganda tankie e impone el discurso oficial en la isla. Muy por el contrario, la lectura parte también, precisamente, de una exigencia socialista. La emancipación de la clase trabajadora y los sectores precarizados no puede lograrse sin libertad política, crítica pública y control popular efectivo. Cuba funciona bajo un sistema centralizado y autoritario de partido único en que el Partido Comunista (PCC) se define constitucionalmente como la única fuerza dirigente de la sociedad y del Estado. En este caso, donde la pluralidad queda anulada y todo se rige de modo vertical desde las estructuras del poder político, las matrices fundamentales de cualquier pensamiento emancipatorio —democratización, dignificación, participación— quedan aplastadas por la maquinaria del poder.

En cualquier análisis marxista, la distinción entre socializar la economía y socializar el poder es distinguible. La propiedad estatal, por sí sola, no equivale a propiedad social. Si la clase trabajadora y el pueblo en general no tienen control ni decisión sobre la producción, ni pueden deliberar, organizarse autónomamente, criticar libremente ni sustituir a sus gobernantes, el Estado y sus funcionarios existen como una capa jerárquica separada de la sociedad y no como representantes de los intereses de la mayoría. Desde ese punto de vista, la oposición al castrismo nace también como una demanda de democracia obrera y republicana. Un orden político que impide la organización independiente de sindicatos, medios, movimientos o partidos críticos contradice —con todo el rigor del pensamiento marxista— la aspiración de construir una sociedad justa, equitativa y sin explotación. 

El problema no es que exista un «partido comunista», como se repite miméticamente desde muchos nichos del anticastrismo, sino que este monopolice la representación del pueblo. Cuando un partido se declara intérprete exclusivo de los intereses nacionales y populares, y cree poseer la absoluta credencial de legitimidad, toda muestra de oposición o descontento puede presentarse como traición, «mercenarismo» o contrarrevolución. Esa lógica convierte cualquier debate político en un terreno de violencia institucional, donde los de arriba imponen, determinan y castigan. Esto es fundamental desde la tradición marxista, porque las clases y los intereses sociales no desaparecen por decreto, como básicamente intentó hacer el castrismo. Por el contrario, esa pretensión solo consiguió agrietar más las brechas socioclasistas: aumentar el empobrecimiento y crear una clase oligárquica sostenida por una cúpula militar/empresarial/partidista. 

Un gobierno que se llama socialista debería permitir el escrutinio público, la organización popular, la democratización de la economía y la disputa horizontal de las políticas públicas. Sin embargo, el castrismo siempre se decantó por la imposición, la verticalidad y la represión ante el disenso. La libertad de expresión, reunión y asociación no son lujos liberales ajenos a la lucha de clases, son instrumentos mediante los cuales la clase trabajadora, los sectores populares y, en general, el pueblo, pueden defender derechos, exigir mejoras laborales, salarios dignos, denunciar abusos, exponer la corrupción, cuestionar privilegios y exigir cambios. Y esos son pilares incuestionables de cualquier meta socialista. 

Una política de oposición coherente radica en reconocer todos los factores que precarizan y oprimen al pueblo cubano. Se puede condenar simultáneamente el bloqueo estadounidense y la falta de derechos políticos dentro de Cuba, por ejemplo. No son posturas antagónicas, sino complementarias. Rechazar una intervención extranjera no significa aliarse al régimen. Defender la soberanía cubana no exige identificar al Estado con la nación, con el pueblo. La posición entonces debe ser abarcadora, internacionalista: contra el bloqueo, contra el autoritarismo, por la justicia social, por la pluralidad, por los derechos humanos, por la autonomía sindical, por la libertad y por la participación democrática. Esa crítica no abandona el ideal emancipador sino reclama que deje de ser un lenguaje estatal y se convierta en una verdad incuestionable del pueblo.

Efectivamente, por mi postura marxista, socialista y de izquierdas es que aborrezco y combato el castrismo y su régimen de terror. 

Raymar Aguado, activista y opositor cubano de izquierdas
Raymar Aguado, activista y opositor cubano de izquierdas / Foto: Facebook/Raymar Aguado Hernández

Los nietos del nuevo siglo

Soy nieto de la Revolución popular que triunfó en enero de 1959. Soy heredero del pensamiento republicano, democrático y de justicia social que impulsó el levantamiento armado contra la tiranía de Fulgencio Batista. Soy resultado de la Revolución que hicieron mis abuelos y por la que tanto sacrificaron mis padres. El castrismo secuestró el proceso de renovación y dignificación popular más grande que ha visto Latinoamérica. 
Limitar la Revolución a un grupo de dirigentes, a una familia política, a una élite militar o a un partido que se atribuyó el derecho de hablar en nombre de toda la nación, es faltar a la historia. 

La Revolución fue mucho más que los Castro y la élite del M-26-7, más que las estructuras de poder que se consolidaron después del triunfo, más que el régimen posteriormente impuesto. Fue la expresión de un pueblo frente al empobrecimiento, la corrupción, la violencia institucional, la desigualdad, la falta de libertades, y la muerte. Pero, sobre todo, fue un impulso desbordante en pos de construir un futuro con dignidad. La Revolución se hizo por una Cuba digna, con educación, salud, trabajo y justicia, con participación y equidad. Para acabar con los privilegios de unos pocos y colocar el bienestar colectivo como destino. El pueblo hizo la Revolución. 

Quienes lucharon por el cambio entonces no se jugaron la vida para sustituir una dictadura por otra. Quienes luchamos por el cambio hoy debemos aprender de la historia. La Cuba del mañana no necesita caudillos ni más promesas de salvadores mesiánicos. Necesita reconocer su diversidad, sanar las heridas de la división y recuperar la confianza entre los cubanos. Reclamar democracia no equivale a renegar de la Revolución popular de 1959; significa rescatar su impulso original, aquel que aspiraba a una república de ciudadanos libres, justa, horizontal y verdaderamente soberana. La historia de Cuba no pertenece a quienes monopolizan el poder, sino a su pueblo, y será el pueblo cubano quien tenga el derecho y la responsabilidad de construir su futuro.

Hoy nos toca a los nietos de la Revolución cambiar la historia y arrancarla de las garras de quienes la usurparon y pretenden enterrarla en la fosa de su tiránica narrativa. 

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Raúl Castro: el rumor después del rumor 

Al parecer, Raúl Castro solo tomaba una larga siesta. 

Antes de su última «resurrección» televisiva la noche del sábado, esta historia estaba lista para su publicación. Exploraba las variables del fallecimiento, un derrame cerebral, la conexión a equipos de soporte vital y la eventualidad de que, simplemente, prosiguiera con su patriarcal existencia. Concluía que todo podía ser cierto y falso a la vez, porque no existía una sola confirmación ni contexto verificable.

Dadas las circunstancias, no resultaba descabellado pensar que los días del menor de los tres hijos varones de Lina y Ángel Castro hubiesen llegado a su fin. A sus 95 años, Raúl Modesto Castro Ruz está lejos de ser un hombre en la plenitud de sus facultades físicas y mentales — aunque la genética, hay que decirlo, ha sido excepcionalmente generosa con él; una suerte de marca de familia. En eso, al menos, todos habríamos estado de acuerdo: hasta que deje de serlo.

Pero la colección de posibles escenarios era solo el pretexto. El enfoque no giraba en torno a si el longevo general estaba tomándose un café en un taburete, había pasado ya a otra dimensión o continuaba en las gestiones de adquirir un one-way ticket, lo único realmente seguro en esta vida. Esta era —y sigue siendo— una historia acerca del rumor. Y sobre el rumor después del rumor.

Echemos un vistazo a esta suerte de stroke colectivo que afectó a medios tradicionales, canales de televisión, plataformas digitales y aspirantes a influencers; a figuras serias y a sus competidores bufonescos. Todos movidos por la obsesión con la circulación y el tráfico, con los ingresos corporativos y el pago de Meta cada día 21 vía PayPal. Por razones bastante similares, nadie se arriesga a quedarse al margen, y todos siguen arrojando contenido para alimentar a la social-bestia.

Nada de esto es nuevo. En los años noventa, mis jefes desde México caían en episodios cíclicos de necrofilia periodística: «La fuente es seria; me dicen que esta vez el Comandante Castro efectivamente murió». A lo largo de los años, resultó agotador repetir, una y otra vez, que no había confirmación alguna; que filtrar algo así a la prensa extranjera podría llevar a la fuente al mismísimo paredón. Mi respuesta fue siempre la misma: «El día que ocurra, ellos mismos lo informarán a la opinión pública». Al final, los hechos me dieron la razón. Y sigo pensando lo mismo.

Todavía en 2007 recuerdo haberle salvado la honra a la principal ejecutiva de Mega TV cuando llegó a mis manos un email ultrapatriótico listo para su difusión sobre el deceso de Fidel Castro. La comunicación sobre la hora final del autócrata había sido redactada por un hiperquinético asesor de relaciones públicas con escasa experiencia en todo aquello que no fuese Chayanne.

Por suerte, la ejecutiva sabía escuchar y desechó aquel espasmo de desinformación. Entonces, igual que ocurrió ahora con Raúl Castro, teníamos apenas el QUÉ y el QUIÉN del rumor, pero ninguna respuesta para las otras grandes preguntas de toda información periodística seria: CÓMO, CUÁNDO, DÓNDE, POR QUÉ. Una lista clave a la que añadiría PARA QUÉ.

Todo lo cual nos remite a una cuestión fundamental: el manejo de las fuentes anónimas. La más reciente defunción mediática de Raúl Castro pareció tener su origen en lo que un youtuber y un periódico de Miami que tuvo mejores épocas describieron como «una fuente fidedigna». Nunca supimos si se trataba de dos informantes o si compartían el mismo. En cualquier caso, ninguno contaba con dos fuentes independientes para respaldar las versiones sobre el deceso o «la enfermedad» (un comodín que deja una rendija abierta a la recuperación del paciente, y a la credibilidad del medio). «Fuente confidencial» e «informes llegados a la redacción»: esa fue toda la referencia disponible para el público.

Y es aquí donde se desmorona la integridad del periodismoThe Poynter Institute, Reuters, The Associated Press y La Voz de América (VOA), entre otras instituciones respetables, establecen reglas transparentes y estrictas para el uso de fuentes anónimas. Me refiero aquí tanto a los medios tradicionales como a los digitales que operan bajo presupuestos de seriedad, no al carnaval de las redes sociales.

El consenso entre los referentes del periodismo de reputación es sólido: una fuente confidencial no convierte un rumor en información publicable. Un medio solvente no disemina un rumor citando como única fuente a otro medio que lo difundió primero. Lo puede hacer, claro está, pero eso no pasa de ser una táctica muy elemental para cubrirse las espaldas.

Esas organizaciones manejan las fuentes anónimas bajo pautas cristalinas: cuando se trata de información relevante sobre la cual no existe una versión pública, cuando la fuente aporta un nivel de detalle suficiente, cuando el informante tiene un historial de credibilidad acreditado y, obviamente, cuando expresa razones legítimas para proteger su identidad.

Reuters y la VOA, por ejemplo, prefieren contar con al menos dos fuentes independientes cuando se trata de información reservada. El texto debe ofrecer detalles factuales que den contexto sobre los hechos. En un caso como el que nos ocupa, tales datos brindarían mayor claridad: la fecha exacta o aproximada del episodio, el hospital donde estaría internado el paciente, la existencia de movimientos inusuales en las fuerzas de seguridad, una línea de tiempo precisa o filtraciones adicionales que den solidez a la versión de la fuente original.

En otras palabras: no basta con citar al influencer tal o al periódico más cual —con su informante anónimo— para republicar la historia, descargar la responsabilidad en la fuente ajena y lanzar material a la criatura digital hambrienta. Ni asegurar que se contactó a un gobierno habitualmente reacio a compartir información sobre temas de esa naturaleza, y que, una vez más, lo negó. Eso no es periodismo. Eso es una pantomima para eludir cualquier manual de Standards and Best Practices que se respete.

Associated Press, por ejemplo, establece que incluso cuando otro medio difunde información bajo condición de anonimato, hay que someterla a los mismos estándares: intentar confirmarla por cuenta propia, buscarla on the record y abstenerse de publicarla si existen dudas.

La Voz de América (no confundir con Diario Las Américas) es todavía más rigurosa. En un caso como el de Raúl Castro, la única excepción para pasar por alto el requerimiento de doble fuente anónima sería si «los hechos son confirmados directamente por un periodista de la VOA».

Raúl Castro (1931), camina junto a su nieto, Raúl Guillermo Rodriguez Castro, alias El Cangrejo, y por el presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel
Raúl Castro (1931), camina junto a su nieto, Raúl Guillermo Rodriguez Castro, alias El Cangrejo, y por el presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel / Imagen: YouTube/Canal Caribe (captura de pantalla)
Raúl Castro (1931), custodiado por su nieto, Raúl Guillermo Rodriguez Castro, alias El Cangrejo
Raúl Castro (1931), custodiado por su nieto, Raúl Guillermo Rodriguez Castro, alias El Cangrejo / Imagen: YouTube/Canal Caribe (captura de pantalla)
Raúl Castro (1931) junto a parte de la plana mayor del gobierno cubano en un acto transmitido por la televisión nacional
Raúl Castro (1931) junto a parte de la plana mayor del gobierno cubano en un acto transmitido por la televisión nacional / Imagen: YouTube/Canal Caribe (captura de pantalla)

Y aquí caemos en otro elemento clave: el contexto. Pese al deterioro actual, Cuba continúa siendo un enclave cerrado donde gobierna el miedo. Durante años, las versiones sobre el deceso o los padecimientos terminales de Fidel Castro resultaron ser falsas una y otra vez. Más bien apuntaban a operaciones recurrentes de desinformación de la Inteligencia de Cuba para humillar al exilio (y sus celebraciones adelantadas) y fortalecer la leyenda sobre la eternidad del caudillo. En contraste, el caso de Hugo Chávez sí contó con filtraciones respaldadas por sólidos detalles circunstanciales sobre su enfermedad.

En esta oportunidad podría tratarse del patrón habitual: entretenimiento para desviar la atención en medio de la peor crisis económica, social y humanitaria de la Cuba moderna. Distracción frente al sufrimiento. Tal vez una maniobra de desestabilización psicológica montada por agencias estadounidenses. O, simplemente, un influencer con un mes malo al que se le prendió el bombillo. O asumámoslo también: cualquier día alguna de esas «fuentes fidedignas» podría acertar en el blanco.

Bajo ese último escenario, el régimen habría tenido un evidente interés en dilatar cualquier anuncio sobre el fallecimiento del general —aunque esta vez el desenlace hubiese sido otro—. En medio de la comprometedora situación actual, la incertidumbre ante consecuencias fuera de control constituye un disuasivo razonable en favor del silencio.

Aun así, resulta incuestionable que el control sobre la información sensible en la actualidad dista mucho de la eficacia de una década atrás. La gente ha perdido el miedo, está exhausta y ahora siempre hay un ojo móvil que te ve.

Desde otra perspectiva, cabría considerar que un gran funeral popular en estos momentos sería una baza perfecta para agitar el nacionalismo en medio de la confrontación con Donald Trump y Marco Rubio.

Pero más allá de cualquier posible maquinación política en una u otra dirección, siempre hubo certezas a mano. Raúl Castro dejó su último cargo en el Partido Comunista hace ya más de cinco años, y está muy lejos de representar una versión reformista a lo Deng Xiaoping gobernando desde la cama de un hospital en medio del Caribe. Se trata de un señor casi centenario y frágil que ha tenido la dicha de una larguísima existencia y cuyo portafolio de opciones para permanecer mucho más tiempo en el mundanal ruido, inevitablemente, se agota.

No hacían falta rumores, y mucho menos rumores sobre rumores. Cuando los peores intereses —económicos, políticos, privados o estratégicos— afloran, las salvaguardas públicas sufren y la verdad termina siendo la víctima. Al final, apareció rodeado de guardaespaldas… y muerto de risa.

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El destello de una oveja blanca

Crecí en La Habana entre escenarios; mis padres hacían teatro. A pesar de la censura, la escasez y la represión, recuerdo mi infancia con ternura, en una ciudad donde las personas se relacionaban con devoción. Teníamos algo que la dictadura no nos había arrebatado y que debemos recuperar.

Esa búsqueda está en La oveja blanca, una obra estrenada este agosto en el Sandrell Rivers Theater de Miami, escrita y dirigida por Rolando Tarajano e interpretada por Dianelys Brito, Elizabeth San Miguel, Roly Guardado, Daniel Panebianco y Rolando Tarajano. En ella, una familia cubana emigrada en Miami se quiebra y se une varias veces a lo largo de su historia.

Viven en el límite entre la vulnerabilidad por la nueva política hostil contra los inmigrantes en Estados Unidos y el deterioro abrumador de Cuba en manos de la dictadura. La obra no le teme a nada porque su objetivo es buscar la verdad.

Guardan dolores que el público va descubriendo entre risas, lágrimas y discusiones. Cada personaje representa un pedazo de nuestro exilio. Está quien quiere hacer un negocio, quien no logra olvidar Cuba, quien busca hacerse profesional. Entre los personajes referidos están el que se aprovecha de la fragilidad del inmigrante, el emigrado que rechaza al recién llegado, y otras manifestaciones de la vida en Miami. Nada de esto es fabricado; todo transcurre de manera natural. La vida de la familia es un espejo redondo, un Aleph de nuestra ciudad.

Durante la hora y media que dura la función parecen tocarse todos los temas que preocupan a los cubanos. Cada personaje tiene su verdad, cada debate está justificado dentro de las decisiones que una familia partida a la mitad debe tomar. Cómo ayudar a nuestros parientes en Cuba. Qué hacer cuando algo amenaza el bienestar de tus hijos, hasta dónde llegar. Cómo desprenderse de un país donde fuiste feliz por última vez, en otra época.

La oveja blanca es el personaje más alegre, a pesar de ser quien más ha sufrido: ríe, baila en un sueño, hace arte, ilumina la sala con su pasión. Y eso ocurre entre gente que trabaja todo el tiempo, emigrantes ingenuos, presas fáciles de estafadores, gente que estudia sin parar, trabajadores que huyen de ICE, que extrañan a sus familias, que recuerdan a los coyotes en la frontera con México, que intentan amarse como antes. La oveja blanca es el hilván entre sus pasados y sus futuros. Se mete por los resquicios entre los diálogos, las miradas, los silencios de los demás personajes. Tiene el poder de restaurar la esperanza entre los escombros. Su decisión final es casi incomprensible y desgarradora.

Desde el Miami, donde se presenta la obra, y también en el Miami que hay dentro de ella, he visto a familias deteriorarse bajo el peso de una sociedad que promete riquezas inalcanzables, accesibles solo para unos pocos. He visto a todo un pueblo olvidar la alegría, cuando la alegría es su cultura, su música, su forma de enfrentar la adversidad. Esta obra me recuerda ese disfrute del que somos capaces y que nos han arrebatado poniéndonos a pelear entre nosotros por política, o haciéndonos promesas imposibles para después destrozar nuestras esperanzas. Pero también he visto a muchos ganar la batalla y liberarse de los señuelos: una batalla constante por no dejarse engañar con promesas de grandes negocios, grandes salvadores y grandes invasiones que no llegan.

¿Qué teníamos antes que nos daba esa alegría? ¿La ingenuidad, la ausencia de presión por enriquecerse, la falta de este exceso de información? ¿Qué nos permitiría hoy ser libres? Serán las cosas que nos unían en un país pequeño, donde teníamos la sensación de estar siempre juntos. En la obra, cuando un personaje debe irse a otro pueblo dentro de la Florida, a siete horas de Miami, otro reacciona diciendo que eso para un cubano es como irse al fin del mundo.

Puedo ver cómo volvería esa alegría aquí en Miami, recuperando entre los escombros lo que perdimos. Durante décadas, esta ciudad nos ha ofrecido una manera de vivir y sobrevivir económicamente en el exilio; ahora ha crecido y nos ofrece más: plataformas para alcanzar la realización espiritual y cultural. Tenemos más teatros, más instituciones, más academias, más proyectos.

Para imaginar nuestro potencial en Miami y en Cuba debemos entender que no siempre existe una sola verdad, que no es necesario reinventar la historia ni forzar el porvenir para que se conforme a una ideología.

El presente está hecho del pasado y del futuro, dice una enseñanza budista. El presente es como una planta, sus raíces son su historia y sus brotes el porvenir. El ahora no es un momento aislado; es la forma en la cual juntamos nuestras experiencias y posibles destinos. En La oveja blanca, un matrimonio se ama y se quiebra en un presente hecho de un amor nacido en los ochenta en La Habana, con sus esperanzas y sus incertidumbres; del deterioro de un sueño, del destierro, de un nuevo sueño de libertad en Estados Unidos, de la fragilidad del porvenir. Atados a una gran tristeza y a una gran alegría.

Mario Vargas Llosa dijo que la literatura ofrece la oportunidad de imaginar formas mejores de vivir. Esta pieza de teatro hace que uno imagine a la familia cubana unida, rechazando promesas vacías, evadiendo estafas, celebrando nuestra cultura. Cada lágrima, cada risa y cada suspiro están entrelazados con todo eso; juntos logran una sinfonía en la cual el público se reconoce y se conmueve.

En La Habana en que yo crecí, el pueblo todavía parecía una gran familia. Me gustaría que mis hijas tuvieran experiencias similares en espacios que nos unan, que nos recuerden que compartimos el presente, donde están nuestro pasado y nuestro futuro. Dependemos los unos de los otros, estemos o no de acuerdo en muchas cosas. Creo que es la única forma de recordar e imaginar Cuba, y de recuperar la alegría para enfrentar nuestros dolores.

He visto esta ciudad crecer espiritualmente en los últimos 20 años, desde adentro y desde otros sitios donde he vivido. Reinventar nuestra cultura aquí es una gran manera de luchar por la libertad. Obras de teatro como La oveja blanca abren esa puerta a través de su contenido y por el hecho de existir.

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El Partido Demócrata entre la insurgencia y la renovación

Una de las marcadas características del sistema presidencial bipartidista en Estados Unidos es que, dada la imposibilidad cuasi matemática de la aparición de otros partidos, las diferencias ideológicas deben dirimirse en el seno de alguno de los existentes. Históricamente, este proceso se ha manifestado como una lucha entre lo que se llama el establishment, compuesto por élites políticas comprometidas con el statu quo, y grupos insurgentes que buscan empujar el partido hacia sus objetivos o capturarlo completamente. Estas tensiones muchas veces se han manifestado como conflictos generacionales en que una nueva camada de políticos exige un espacio o bien acontece una reacción populista motivada por el deterioro económico.

A comienzos de 2009, en medio de la crisis financiera, los rescates bancarios y una creciente oposición conservadora al recién elegido presidente Barack Obama, surgió el movimiento populista Tea Party, evocando la rebelión antiimpuestos del Boston Tea Party en 1773, y movilizando una base que desconfiaba de Washington, las élites políticas y, en específico, los dirigentes republicanos tradicionales. Organizado de manera descentralizada alrededor de principios como la reducción del gasto y del déficit federal, impuestos más bajos y un gobierno federal más limitado, hacia 2009 y 2010 organizaciones como Tea Party Patriots y FreedomWorks convirtieron ese descontento popular en una poderosa fuerza dentro del electorado republicano. En las elecciones legislativas del 2010, usaron tácticas agresivas dentro de las primarias con el objetivo de desbancar a republicanos tradicionales. Más tarde, el partido retomó el control de la Cámara de Representantes y numerosos candidatos respaldados por el movimiento llegaron a Washington; entre otros, Marco Rubio (quien pasó de republicano tradicional a activista), Rand Paul, Michele Bachmann y Mike Lee. Este giro al populismo conservador trajo también un espíritu de oposición férrea a la colaboración o el compromiso con otros partidos o facciones, incluidos los republicanos tradicionales y los demócratas de cualquier tendencia

Tras la derrota definitiva del tradicionalismo republicano, con la fallida apuesta por Mitt Romney para la Presidencia en 2012, aquella base se movió aún más hacia un populismo nacionalista y personalista alrededor del candidato Donald Trump, reconociéndose en sus posiciones extremas sobre inmigración, comercio y política exterior, y convirtiéndose en el movimiento MAGA. Muchos votantes y activistas del Tea Party se integraron naturalmente en la coalición de Trump. Al punto de que, durante la campaña electoral de 2016, y con la elección de su hombre fuerte, MAGA terminó dominando el Partido Republicano y sustituyendo su programa ideológico y de gobierno. Los insurgentes se consolidaron en el poder y absorbieron a figuras poderosas del establishment, como el recientemente fallecido Lindsay Graham, o bien llevaron al retiro de la política a gente como Jeff Flake y Bob Corker.

Luego del shock que supusieron la fallida candidatura de Joe Biden y la trunca campaña de Kamala Harris, que determinó el regreso al poder de Trump, el Partido Demócrata se enfrenta a una insurgencia similar dentro de sus filas. Al auge precedente de políticos progresistas como Bernie Sanders y Elizabeth Warren, y la elevación de figuras de renovadoras como Alexandria Ocasio-Cortez, se suman ahora candidaturas de políticos de extrema izquierda como Angie Nixon, Darializa Avila-Chevalier, Melat Kiros, Chris Rabb y Abdul El-Sayed. Mención también merece la elección de Zohran Mamdani como alcalde de Nueva York, que le dio al movimiento una nueva dimensión nacional al demostrar que un político demócrata-socialista podía alcanzar uno de los cargos ejecutivos más importantes del país. Todos ellos, menos El-Sayed, comparten una característica: son miembros de o son apoyados por una organización que muchos observadores identifican como el equivalente a la izquierda del Tea Party: Democratic Socialists of America (DSA). 

¿Hasta qué punto es certero este paralelismo? Primero, el DSA ha usado el mismo método de atacar a políticos demócratas moderados durante las primarias, utilizando su membresía como una infraestructura electoral capaz de identificar candidatos y de movilizar a las urnas a votantes progresistas, especialmente en distritos fuertemente demócratas donde más fácil aprovechar la baja participación electoral en el verano y donde, además, en la práctica, ganar la primaria equivale casi siempre a ganar el cargo en noviembre. Así se han anotado victorias como la de la novata Darializa Avila-Chevalier contra Adriano Espaillat, un político experimentado que llevaba una década representando el distrito. Otra victoria sorpresiva llegó en la primaria para el Senado en la Florida, donde Angie Nixon derrotó al teniente coronel retirado Alexander Vindman, quien fuera protagonista del primer impeachment de Donald Trump. Segundo, estos candidatos insurgentes también utilizan una retórica de corte populista con base económica: plantean regular el capitalismo y reducir el poder político de las grandes corporaciones y de las personas de mayor riqueza; se centran en el aumento de la inflación y el costo de vida; proponen cuidado de salud universal («Medicare for All»), cuidado infantil universal y mayores impuestos para los multimillonarios. Y, tercero, varios dirigentes del DSA han dicho explícitamente que su objetivo final es mover el partido Demócrata definitivamente hacia la izquierda y, por supuesto, desplazar al liderazgo actual que consideran demasiado vinculado a intereses empresariales y grandes donantes.

Esta insurgencia ha traído una atención mediática a nivel nacional, alimentando el debate sobre si DSA representa una corriente todavía minoritaria dentro del partido Demócrata o si está en vías de tomar las riendas políticas. Pero es prematuro decir que este movimiento ha alcanzado resultados comparables al Tea Party o MAGA, incluso que esté en camino de lograrlo. En 2010, el Tea Party produjo una ola electoral nacional que contribuyó a que los republicanos ganaran 63 escaños en el Congreso y cambió sustancialmente los incentivos políticos dentro del Partido Republicano: incluso dirigentes que no pertenecían al movimiento tuvieron que adaptarse a sus demandas ante el riesgo de ser derrotados en primarias. En contraste, DSA continúa teniendo una representación muy pequeña en el Congreso y concentra sus éxitos en distritos urbanos fuertemente demócratas. No ha demostrado todavía que pueda provocar una ola electoral nacional, dominar primarias en regiones muy distintas del país o imponer su agenda sobre la dirigencia demócrata.

Los republicanos, por su parte, ven en el auge de DSA la oportunidad de pintar al partido rival entero como extremista de cara a las elecciones legislativas de noviembre de 2026, utilizando una táctica tan vieja como efectiva: el red scare (temor rojo). Empleado en Estados Unidos durante los años veinte y durante el macartismo en las décadas de 1940 y 1950, se ha convertido luego en un recurso retórico electoral. Antes de Ocasio-Cortez, la congresista Bella Abzug fue acusada de radical en los años setenta, y, antes de Mandami, el primer alcalde negro de Nueva York, David Dinkins, fue atacado por supuestas simpatías comunistas. Ahora, Donald Trump y otros políticos como Mike Johnson han comenzado a emplear deliberadamente términos como «marxistas», «socialistas» y  «comunistas» para describir a sus opositores demócratas, mientras que los comités electorales republicanos intentan vincular a candidatos demócratas moderados de distritos competitivos con las propuestas más controvertidas de DSA. No se limitan a criticar a quienes se identifican realmente como socialistas democráticos, sino que buscan convertir sus victorias en evidencia de que todo el Partido Demócrata está desplazándose hacia el socialismo o el comunismo. 

En realidad, sin tanta atención mediática, pero con más efectividad, son precisamente los candidatos demócratas moderados quienes están presentando un desafío real a la hegemonía republicana tanto en el Congreso como en varias elecciones gubernativas. Estos candidatos están construyendo un programa electoral que comparte con los socialistas democráticos el poner en primera plana asuntos cotidianos como la inflación, la salud pública y el costo de la vida, pero, también, están adoptando posiciones como el control fronterizo, la defensa y seguridad nacional o la responsabilidad fiscal que habían sido abandonadas por el partido en elecciones anteriores. Además, no se dejan arrastrar a las viejas guerras ideológicas alrededor de temas como la diversidad de género. Juntos constituyen un movimiento de renovación del partido, aunque aún no tengan un nombre llamativo ni la suficiente atención mediática para escribir titulares.

Son los casos de las ya elegidas gobernadoras Abigail Spanberger (exagente de la CIA), en Virginia, y Mikie Sherrill (expiloto de la Marina), en New Jersey. En estas elecciones destacan también aspirantes al Senado como Roy Cooper (exgobernador), en Carolina del Norte; David Jolly (congresista republicano que cambió de partido por su oposición a Trump), en Florida; Sherrod Brown (quien como senador se destacó por la defensa de la clase obrera), en Ohio; Josh Turek, en Iowa; Mary Peltola, en Alaska, y, muy significativamente, James Talarico, un seminarista que utiliza con frecuencia lenguaje religioso para intentar disputar a los republicanos el voto cristiano en Texas. Entre los aspirantes al Congreso destacan Eileen Laubacher (almirante retirada de la Marina), Eliott Rodriguez (veterano presentador de CBS Miami), Elaine Luria (comandante retirada de la Marina), Rebecca Cooke, Jamie Agery, Leela Gray (general de brigada retirada), Jessica Killin y el ganadero Blake Gendebien. Cabe añadir aquí que fueron los líderes de las minorías demócratas en ambas cámaras, Chuck Schumer y Hakeem Jeffries —además del Comité Nacional Demócrata (DNC, por sus siglas en inglés)— quienes han reclutado a estos candidatos y les han dado apoyo financiero. Estas son dos de las figuras más criticadas como parte del establishment anquilosado, pero, si los demócratas retoman la mayoría en ambas cámaras, se lo deberán mucho más a ellos que al trabajo de los progresistas o la DSA.

Dos contiendas electorales ejemplifican esta tensión entre candidatos demócratas moderados y socialistas democráticos por ver qué lado es capaz de obtener la mayor cantidad de votos y por ende definir el futuro del partido. Una, ya dirimida, fue la elección en la primaria por la gubernatura en Wisconsin de David Crowley, quien derrotó estrechamente a Francesca Hong, una socialista democrática. Crowley tiene un historial de acuerdos con los republicanos en la legislatura estatal y se presenta como pragmático, especialmente en seguridad pública, economía y coste de vida. Otro ejemplo, aún más interesante, es la presencia en la misma boleta de David Jolly a gobernador y Angie Nixon al Senado por la Florida. Esto presenta para los demócratas tanto una oportunidad como un riesgo: Jolly, excongresista republicano convertido en demócrata, intenta atraer a independientes, moderados y republicanos descontentos con Trump, mientras Nixon, miembro de DSA, y claramente más progresista, puede movilizar a votantes jóvenes, afroamericanos y sectores de la izquierda que tradicionalmente participan menos. La combinación podría ampliar la coalición demócrata si ambos consiguen concentrar la campaña en temas comunes como el costo de la vivienda, los seguros y la atención médica. Sin embargo, también plantea un problema evidente: los republicanos ya están utilizando la afiliación socialista de Nixon para vincular a Jolly y a otros demócratas con DSA, algo potencialmente perjudicial en un estado que Trump ganó por 13 puntos porcentuales en 2024. Jolly ha respondido marcando claramente sus diferencias —«rechazo el socialismo» y «soy capitalista»— sin repudiar personalmente a Nixon, una estrategia de balance en la cuerda floja que intenta mantener entusiasmada a la base progresista sin perder el perfil centrista que constituye uno de sus principales argumentos para recuperar votantes moderados.

Las victorias conjuntas de candidatos demócratas moderados y socialistas demócratas podrían impulsar una renovación del partido al demostrar que existe un camino electoral basado en ampliar la coalición en territorios tan disímiles como Texas y Wisconsin. Si esta diversidad de candidatos logra en conjunto recuperar una coalición de jóvenes, independientes, clases trabajadoras y antiguos republicanos en estados y distritos competitivos, la novedosa retórica haría al partido Demócrata también más competitivo en territorios que ha perdido en los últimos años. En general, se daría espacio a nuevos grupos y tendencias ideológicas sobre fundamentos comunes. Si, por el contrario, la facción socialista demócrata es la única que logra victorias electorales, podemos esperar que la incipiente insurgencia gane aún más fuerza y quizá incluso un candidato apoyado por DSA para presidente en 2028.

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Una influencer, miles de likes y un juicio político: «Estar quieta no es opción para Anna Bensi»

Fue Caridad Silvente, una señora de pelo copioso y cano y rostro sereno, quien observó desde la cocina a dos hombres, «nerviosos y con intriga», arrimándose a la puerta de su casa en Alamar, al este de La Habana. Uno de los hombres se presentó como «oficial», pero nada en él sugería que lo fuera, excepto su actitud esquiva. No vestía de uniforme, ni con camisa de cuello almidonado, sino con chancletas azules, pantalón beige, pullover rojo copia de Guess, y nada en su vestimenta lo cubría tanto como la gorra de visera negra y las grandes gafas tornasol que procuraban esconder el rostro casi por completo. Tampoco era su intención mostrarse demasiado: hay gente que va tocando puertas, avergonzada de sí misma. Un detalle nada menor resaltaba sobre el atuendo: el bolígrafo enganchado al cuello del pulóver, como esos que los funcionarios de siempre llevan en las camisas de cuadros, para imponer respeto u obediencia, pero que en un pulóver copia de Guess era casi un chiste. El hombre mostró un carnet de la Policía Nacional Revolucionaria (PNR). «Dígame su nombre», le dijo Caridad. El hombre desvarió. «No, no, dígame su nombre», insistió Caridad. El hombre viró la cara y, sin mirar de frente a la señora, le dijo: «Yoel».

Un segundo hombre se mantuvo todo el tiempo de espaldas, mientras Yoel transmitía el mensaje: la Seguridad del Estado les encargó llevarle una citación a Caridad para el día siguiente, 11 de marzo, a las dos de la tarde. Luego los dos hombres se subieron a una moto, miraron a ambos lados y se perdieron en la carretera. Después, la hija de Caridad, la influencer de 21 años Anna Sofía Benítez Silvente, o Anna Bensi, exponía en sus redes sociales aquel encuentro, tras haber sido captado en video. Sabía que la amenaza a su madre era, en realidad, una amenaza directa a ella. «No les tengo miedo», dijo la joven en el clip. «No me intimidan y, sobre todo, no me voy a callar. Porque yo, simplemente, estoy ejerciendo mi derecho a expresarme. Abajo la dictadura, abajo el comunismo. Libertad para Cuba y libertad para todos los presos políticos. Patria y vida. Y claro, que Dios bendiga a Cuba».

Anna Bensi y Caridad Silvente / Foto tomada de Facebook
Anna Bensi y Caridad Silvente / Foto tomada de Facebook

Después del episodio, Anna Bensi siguió siendo la que hasta entonces era: una chica cristiana, que visita la iglesia los domingos, con hobbies como el canto, la guitarra, la lectura, la música y la escritura de guiones. Siempre ha sido, dice, «bastante tranquila». Le gusta permanecer en su cuarto. Terminó los estudios —primero en el Preuniversitario Vocacional Vladimir Ilich Lenin, y luego se graduó de técnico superior en prótesis estomatológica—, y desde hace un tiempo se había convertido en una de las principales creadoras cubanas de contenido de crítica social, con videos en los que denuncia los frecuentes apagones, la crisis de alimentos y la falta de libertades totales en la que viven los cubanos.

A oscuras, por las horas encadenadas sin electricidad, Anna se convirtió en una influencer cuando tenía todo en contra para que no lo fuera: la poca luz que garantizara la calidad de los videos, la escasa señal de Internet para compartirlos con los seguidores, y la vigilancia sistémica para poder decir lo que cree y piensa. «Últimamente he optado por grabar en el apagón porque, en primer lugar, se siente más real lo que digo y también me ahorra tiempo de estar esperando el día que se pueda grabar con electricidad», dice. «Claro, que también algunas veces, grabando en medio del apagón, se me ha apagado el móvil y no puedo seguir el video». De madrugada, le gusta escribir guiones a mano, cuando siente que nada a su alrededor le estorba, excepto «el calor y los mosquitos».

Casi cinco meses después de que los dos funcionarios de la Seguridad del Estado cubano tocaran a la puerta de su casa, las autoridades les hicieron saber que ambas, Anna y Caridad, serían llevadas a juicio por haber publicado en redes sociales el video del momento en que les llevaron la citación por escrito. Estaban acusadas de un delito contra «la intimidad personal y familiar», luego de que Yoel se sintiera expuesto y amenazado tras ver su rostro —que trató de esconder lo mejor posible— en las redes sociales. El artículo 393 del Código Penal cubano sanciona este delito con penas que fluctúan entre dos y cinco años de prisión.

«Hicimos todo para nuestra seguridad y para dejar constancia de lo que ocurrió en ese momento, ya que esos ‘policías’ vestidos de civil que se presentaron en mi casa entregando una citación de la Seguridad del Estado a nombre de mi mamá, realmente lo que parecían eran delincuentes”, asegura Anna. «Y cuando sabemos que nuestras convicciones no son agradables a la vista de la dictadura, pues más todavía tengo que exponer toda la represión que se sufre por pensar diferente».

El Gobierno cubano ya había tratado de intimidar a Anna Bensi de todas las formas posibles, pero la chica seguía haciendo sus videos, que acaparaban más likes, le agenciaron más seguidores, y por tanto, arrastraban el descontento de miles y miles de internautas que, en la práctica, eran los mismo que sufrían la adversidad cubana: la gente que pasa hambre, las madres separadas de los hijos, el enfermo que no tiene con qué curarse.

«Me encanta lo que hago», dice Anna. «Me encanta crear y dejar salir todo lo que siento. Hasta ahora mis convicciones gritan más alto que el miedo. No sé si realmente valga la pena y estoy segura de que un simple video no va a arreglar nada, pero es mi forma de desahogarme y denunciar mi día a día bajo este régimen comunista. Estar quieta no es opción para Anna Bensi. Lo mejor de todo esto es que lo hago porque me nace. Lo seguiré haciendo hasta que sienta que es lo correcto y lo que toca hacer en este momento; y cuando eso cambie, no será nadie más que yo quien influya en esa decisión».

Su convicción, que viene de alguien de apenas 21 años, un rostro bello y joven que expresa con gracia todo aquello de lo que las autoridades no se hacen cargo, ha descolocado al gobierno. Desde su primer video viralizado en octubre del año pasado, donde denunciaba la burocracia a la que se enfrentaba para obtener su título universitario, hasta los últimos, en los que compara a los gobernantes cubanos con la basura que inunda su barrio, o aquel en que come de un plato vacío, o el otro en que los llama «ciegos a conveniencia», no han dejado de amenazarla. Su primer interrogatorio llegó en abril de este año, cuando los funcionarios archivaron el caso por la divulgación del video a Yoel. Nadie olvida su primer interrogatorio.

Anna Bensi / Foto tomada de FB
Anna Bensi / Foto tomada de FB

«Primero entran a mi mamá para la oficina y después a mí. Luego de firmar, el instructor policial me dice que aún no me puedo ir, y veo que él sale de la oficina y en ese mismo momento entran tres agentes de la Contrainteligencia. Así fue como me sometieron a mi primer interrogatorio», cuenta. «Este interrogatorio duró aproximadamente casi dos horas y dejaron claro que, si seguía haciendo mis videos, estaba a nada de caer presa o tendría que salir del país. También insinuaron un reclutamiento para que trabajara para ellos y así callarme. A pesar de que ninguno de los presentes levantó el tono de voz, hubo tensión y declaraciones claras de intimidación y amenazas por parte de los agentes».

Ha habido dos ocasiones en que a Anna Bensi le han impactado particularmente las estrategias que el Gobierno inventa en su contra. Una, el día que citaron a su mejor amiga en marzo. «Fue cuando sentí que el régimen cubano había escalado a un nivel más imponente de represión. Ya no solo era yo, sino que estaban intimidando a mi círculo cercano y eso me envió un mensaje de alerta», dice. 

La segunda ocasión fue cuando su hermana decidió viajar a Cuba en abril por tres días para visitarlas a ella y a su madre. Siempre habían sido solo ellas tres, muy unidas. De hecho, cuando parte de la familia y los amigos le dieron la espalda a Anna, el día en que comenzó a crear contenido político, su hermana siempre estuvo ahí. «Ella pudo vivir la persecución constante por parte de la Seguridad del Estado. Estábamos pasando tiempo en familia luego de años sin vernos, a pesar de la amarga estancia sin electricidad, el calor y los mosquitos. Pero nada de eso les interesa a ellos y decidieron, la tarde anterior al día del vuelo de mi hermana, venir a citarla para hacerle un supuesto checking de su pasaporte. Y al otro día en la mañana, cuando llegamos al lugar, mi hermana fue separada de sus hijos pequeños y fue sometida a un interrogatorio donde la intimidaron y la amenazaron de muerte, con la vida de nuestra madre y la mía», sostiene Anna. 

El último interrogatorio llegó en julio, uno en el que permaneció retenida por casi once horas en la estación de la PNR de Alamar. Cuando salió de la estación, cerca de las 9 de la noche, parecía que había visto, por primera vez, el verdadero rostro desfigurado de un régimen. Querían impedirle asistir a una invitación del embajador estadounidense, Mike Jammer, por la celebración del 450 aniversario de la independencia de Estados Unidos en la sede de su consulado en La Habana. Así que la mantuvieron encerrada durante casi la mitad de un día, mientras su madre y algunos amigos esperaban afuera de la estación policial. Cuando pasó suficiente tiempo como para que la celebración hubiese acabado, y tras dejarle claro que en el juego del castrismo son ellos quienes ganan siempre, Anna Bensi salió ahogada en llanto de la estación policial.

«Fue un llanto de impotencia, tristeza y rabia», asegura. «Supongo que mi cuerpo se descongestionó de esa manera. También ver a un grupito de personas esperándome afuera de la estación, desde por la mañana hasta por la noche, me emocionó. No soy una persona que normalmente llore, pero nunca imaginé sentirme tan atada y vulnerable. Yo sabía por qué lo estaban haciendo y era injusto».

Una semana después, les notificaron a ella y a su madre que debían presentarse en un juicio del que aún desconocen la fecha, mientras permanecen bajo prisión domiciliaria. «Un proceso muy injusto porque no tiene ningún tipo de argumento sólido», dice la joven, quien admite estar preocupada. «Creo que siempre estará la preocupación por lo que pueda pasar ese día, pero confiamos en Dios plenamente. Sé que todo lo que acontezca será porque Él así lo ha permitido». A pesar de que varios abogados rechazaron defender su caso, ya ambas cuentan con uno, aunque son conscientes de que en Cuba «no existe la abogacía independiente y todos los que están ejerciendo en bufetes estatales responden, de alguna forma u otra, a los intereses y conveniencia de la Dictadura», sostiene Anna.

Mientras el tiempo pasa lento, como si la pesadilla del castrismo nunca fuera a terminar, Anna ha pensado en cómo se ve de aquí a unos años: no le interesa la política, asegura, «eso jamás me ha pasado por la cabeza porque tengo metas claras en las que sé que sería útil, y en ninguna de ellas está la política».

«Me encantaría verme con mi familia unida, llevando una vida tranquila, yendo a la iglesia, trabajando en algo que me apasione y me cubra las necesidades básicas; al menos para vivir como merece cualquier persona que lucha por salir adelante», dice. «Yo, en lo personal, me considero una simple joven cubana que expresa lo que siente y aboga por un cambio en su país. No me considero líder en lo absoluto, ni tampoco quiero serlo, aunque me da fortaleza que tantas personas se identifiquen con lo que digo. A lo largo de estos meses tan adversos me he sentido muy bien conmigo misma. Es muy reconfortante desahogarse en voz alta y ver que tantas personas se identifican con lo que dices. Y aun si nadie se identificara, también diría que fue bueno hacerlo, porque es como quitarse un peso de encima, es sentir que se está haciendo lo correcto».

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Degnis Bofill y Andy García, dos músicos frente a la maquinaria migratoria del gobierno de Trump

El 19 de agosto de 2026, Mara Delgado acababa de aterrizar en Montreal para visitar a unos amigos cuando recibió una llamada. Del otro lado de la línea estaba su esposo, el percusionista Degnis Bofill, quien regresaba a Miami tras cumplir compromisos de trabajo en Nueva York. Según relató Delgado, allí mismo, en la terminal del aeropuerto, lo esperaban agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE).

«Tampoco me podía derrumbar porque él estaba en el teléfono», contaría después Delgado al Miami Herald. «Yo le tenía que decir que todo iba a estar bien». Tomó el primer vuelo de regreso al sur de la Florida.

Cuatro días antes, en la costa opuesta, el pianista Andy García Palacios había vivido un episodio similar. Estaba a punto de abordar un vuelo cuando ICE lo detuvo en el Aeropuerto Internacional de Los Ángeles; según la propia agencia, los agentes lo localizaron durante «una operación de cumplimiento dirigida» y lo arrestaron.

Las detenciones de Bofill y García Palacios se inscriben en un contexto de ampliación de las detenciones y de la capacidad de custodia migratoria durante el segundo mandato de Donald Trump. Sus casos, amparados por trayectorias públicas y redes de apoyo sumamente visibles, muestran la vulnerabilidad de quienes quedan bajo custodia del sistema migratorio estadounidense.

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Degnis Bofill posee esa clase de carisma que altera la atmósfera de un lugar en cuanto cruza la puerta. Como buen percusionista, descubre el ritmo en todas partes y tiene la capacidad de hacer hablar a cualquier objeto que encuentre a su paso. Esa versatilidad y esa energía efervescente son las que le han permitido brillar lo mismo como parte de la alineación de Síntesis —con quienes obtuvo un Latin Grammy en 2022 al Mejor Álbum Folclórico por Ancestros Sinfónico—, que acompañando a Roberto Fonseca y Dave Weckl, o dando rienda suelta a la sabrosura de la música popular bailable cubana con su proyecto Golpes Libres.

Degnis Bofill / Foto: Romain Maurice / Getty Images
Degnis Bofill / Foto: Romain Maurice / Getty Images

Eso es la música de Degnis: la energía abriéndose paso a través del caos. Nació en 1987 en Manzanillo, ciudad portuaria del oriente cubano, y se formó en el conservatorio de Holguín, donde, según contó a la revista VoyageMIA, se levantaba a las seis de la mañana para alcanzar alguno de los pocos xilófonos y timbales que tenía la escuela; allí estudió piano y canto antes de decidirse definitivamente por la percusión. Esa misma vocación inagotable lo llevó después a recorrer comunidades rurales buscando niños con talento para conectarlos con recursos educativos, y a participar en OneBeat, el programa de intercambio musical financiado por el Departamento de Estado a través del cual llegó a Estados Unidos.

Su madre quería que fuera saxofonista, un detalle que su esposa recuerda con ironía cada vez que lo ve cargar hasta el auto su set completo de percusión. «Un saxofón no te ocupa medio carro», bromea ella. Asentado en Miami desde hace un par de años, su cotidianidad transcurre entre presentaciones nocturnas de fin de semana, su labor como terapeuta musical y un ajetreo doméstico que combina con el ejercicio y la autogestión de sus proyectos independientes («organizando la pincha», diría él). Hace apenas unas semanas lanzó el sencillo Camínate Miami, una oda guarachosa a la ciudad que lo acogió, y se encontraba en plena preparación de un álbum de estudio.

Andy García Palacios, de 30 años, comparte ese mismo pulso vital. Escucharlo remite de inmediato a la genealogía prodigiosa del piano cubano, esa línea directa que atraviesa a Lilí Martínez, Chucho Valdés y Harold López-Nussa. Hay una alegría contagiosa en su ejecución; toca como si estuviera jugando, exhibiendo ese effortless mastery del que hablaba el jazzista Kenny Werner. Enfrenta cada pieza con la curiosidad de un niño mañoso y la plena conciencia de que el conjunto siempre será superior a la suma de las partes. Esa visión colectiva se percibe en su integración a proyectos ajenos y alcanza su forma más nítida en el dúo García Brothers, que mantiene junto a su hermano menor, el baterista y percusionista Yandy García.

Andy organizaba descargas frecuentes en el Neme Gastrobar de Miami y acababa de grabar un disco con Luis Enrique que aún espera fecha de lanzamiento. Yandy, quien ha liderado las gestiones para su liberación, lo describe como su guía y ejemplo, advirtiendo que la detención dinamitó «nuestra música, nuestros planes y nuestras oportunidades profesionales».

El encierro de ambos artistas ha frenado en seco la vida de dos personas que solo respiran para la música.

Andy García / Foto tomada de redes sociales
Andy García / Foto tomada de redes sociales

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Los casos de Andy y Degnis comparten algunas similitudes. A los dos los defiende el mismo abogado de inmigración, Avelino González; ambos ingresaron al país tras ser admitidos por autoridades migratorias; y en los dos casos ICE los detuvo pese a que sus defensas sostienen que mantenían vías activas para regularizar su situación.

Durante seis décadas, la Ley de Ajuste Cubano hizo de los nacidos en la isla una excepción dentro del sistema migratorio norteamericano. El manual de adjudicación del Servicio de Ciudadanía e Inmigración (USCIS) exige ser nativo o ciudadano cubano, haber sido inspeccionado y admitido o parolado, y acumular un año de presencia física en el país. El mismo reglamento detalla de manera explícita que la sobreestadía o el trabajo sin autorización no descalifican al solicitante.

Según los registros de ICE, la autorización de permanencia de García Palacios venció el 27 de mayo de 2024. Fuentes cercanas al caso aseguran que solicitó el ajuste de estatus en el tiempo correspondiente, pero quedó atrapado en los retrasos administrativos y cambios de política que han ralentizado los trámites. Como explicó a Telemundo 51 el abogado González: «Andy aplicó a la residencia y, normalmente, el ajuste de estatus curaba este tipo de situación».

Migrantes abordado un bus para dirigirse a los centros de procesamiento de ICE. / Foto: Kako Escalona
Migrantes abordado un bus para dirigirse a los centros de procesamiento de ICE. / Foto: Kako Escalona

Bofill, por su parte, ingresó al país el 15 de abril de 2023 con una visa J-1 de intercambio cultural. Este documento puede estar sujeto al requisito de residencia de dos años en el país de origen al terminar el programa y, para evitar esa salida forzosa, la ley exige una exención justificada, ya sea por no objeción del gobierno de origen, por riesgo de persecución o por demostrar dificultad excepcional para un cónyuge o hijo ciudadano o residente permanente. Cumpliendo con la reglamentación, presentó una solicitud de asilo antes de que venciera su período autorizado de permanencia. Delgado ha dicho que el caso seguía pendiente y que todavía no había llegado a la primera entrevista cuando ICE lo detuvo. Bofill busca continuar el proceso fuera de la detención, pero esa petición activa no impidió su arresto. ICE lo describió públicamente como un inmigrante que incumplió los términos de su admisión; sin embargo, cuando Telemundo 51 pidió a la agencia que precisara qué términos había quebrantado un solicitante de asilo en pleno trámite, la agencia no respondió.

En términos generales, la ley permite solicitar asilo con independencia de la forma de entrada, aunque existen plazos, excepciones y causales de inelegibilidad; en la práctica, muchas personas son detenidas mientras sus casos se tramitan. Detener a alguien en esa situación no es una excepción del sistema, sino una práctica que se ha vuelto más frecuente. El Miami Herald documentó que los funcionarios vienen adoptando tácticas como arrestar a solicitantes de asilo y a cónyuges de ciudadanos estadounidenses con residencia en trámite mientras viajan dentro de Estados Unidos.

Un análisis reciente de The New York Times sobre los arrestos de ICE hasta el 5 de agosto —obtenido por el Deportation Data Project mediante una demanda de acceso a la información— confirma la tendencia. En julio, la inmensa mayoría de los arrestados eran personas acusadas de faltas migratorias civiles, sin cargos ni condenas penales; aquellos con antecedentes por delitos violentos representaron menos del 4%. Los perfiles que más engrosaron las listas son justamente los que antes no eran blanco de estas campañas: cónyuges de estadounidenses, titulares de un estatus temporal en proceso de revocación y personas que entraron legalmente y tramitaban su asilo.

Los registros de ese informe cerraron el 5 de agosto; de haberse extendido unos días más, Andy y Degnis hubieran pasado a engrosar la estadística.

A comienzos de este año, los operativos de ICE en Minneapolis —que dejaron un saldo fatal tras varios incidentes— provocaron un rechazo público que forzó un repliegue táctico de la agencia. Pero la campaña nunca se detuvo, simplemente bajó el perfil. Al asumir su cargo a inicios de 2026, la nueva cúpula del Departamento de Seguridad Nacional prometió una aplicación de la ley más silenciosa, pero más implacable. Un arresto en la puerta de embarque es una expresión concreta de esa promesa.

Actualmente la agencia mantiene agentes en al menos quince terminales aéreas del país, apostados en los mostradores de facturación y en las zonas de tránsito. El escáner de la tarjeta de embarque cruza los datos del pasajero con la información de la Administración de Seguridad en el Transporte (TSA), disparando alertas antes de que el viajero llegue a la puerta. Estas revisiones han alcanzado a los vuelos nacionales; documentos revelados por la prensa confirman que la Airlines Reporting Corporation, entidad controlada por las grandes aerolíneas, vendió registros privados de pasajeros a las agencias migratorias.

Este contexto ha llevado a los bufetes de inmigración a cambiar su consejo histórico, y hoy recomiendan a quienes tramitan un ajuste de estatus que eviten volar, incluso dentro del territorio nacional. Para cualquier trabajador es una molestia; para un músico es una restricción que compromete directamente su manera de ganarse la vida.

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Desde Miami, Degnis fue trasladado primero al centro de procesamiento de Miramar. En llamadas cortas y espaciadas le contó a Delgado que las condiciones allí eran muy duras. Ella declaró al Miami New Times que el entorno era horrible, diseñado meticulosamente para quebrar el ánimo de los detenidos. Durante los primeros días, él no pudo comer ni dormir. No fue hasta la noche del tercer día de su detención, ya trasladado al Krome North Service Processing Center, en Miami-Dade, que su nombre apareció en el localizador oficial de ICE. Recién al quinto día su esposa pudo formalizar la representación legal.

Lo primero que ella le advirtió cuando por fin la dejaron hablarle fue una instrucción vital: no firmes nada. La firma de una salida voluntaria puede cerrar o limitar de forma severa las vías de defensa migratoria, según la etapa del proceso y los documentos suscritos; y el antecedente reciente del reguetonero cubano Abel Díaz Rodríguez, El Chulo —arrestado en su casa de Miami en enero de 2026 y expulsado rumbo a México tras firmar ese documento—, es un precedente amargo.

Hace unos días, mientras Delgado respondía una entrevista para Noticias Telemundo Mediodía, tuvo que interrumpirla: «Me está llamando ahora mismo, tengo que irme, tengo que irme, tengo que contestar su llamada». Volvió después a cámara para decir que su marido mantenía el ánimo, que sabía que afuera tenía gente.

Sobre el caso de García Palacios los detalles son más escasos; su familia ha preferido blindar el proceso limitando sus declaraciones. Se sabe que fue enviado al Adelanto ICE Processing Center, en el desierto de California, un lugar en el que en mayo pasado los detenidos sostuvieron una huelga de hambre para protestar por sus condiciones, lo que llevó al fiscal general del estado a emitir una alerta pública sobre lo que ocurría intramuros.

El riesgo que corren las personas dentro de estos centros es real. En los primeros cuatro meses de 2026 murieron dieciocho personas bajo custodia de ICE, según registros compilados por organizaciones de vigilancia. Human Rights Watch y Physicians for Human Rights han documentado un aumento de muertes en custodia durante los primeros quinientos días del segundo mandato de Donald Trump, paralelo a un crecimiento del 77% en la población detenida. De esos muertos, cuatro eran cubanos: Denny Adán González, Aled Damien Carbonell-Betancourt, Isidro Pérez y Geraldo Lunas Campos.

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Desde que Trump reasumió la presidencia, ICE ha incorporado ocho mil nuevos empleados, alcanzando una fuerza operativa de 29 mil agentes. Bajo su custodia hay 66 mil personas, con la meta declarada de llegar a las 100 mil camas. En julio salieron del país al menos 329 vuelos de deportación, una cifra récord. «Tienen más agentes, más dinero, más espacio de detención, más socios locales y mejores sistemas», resumió Claire Trickler-McNulty, exfuncionaria de alto rango de la agencia. «Por fin están juntando todas las piezas para construir esta maquinaria de deportación».

Entre finales de 2024 y comienzos de 2026, los arrestos de cubanos ejecutados por ICE crecieron un 463%. A comienzos de este año, más de 42 000 ciudadanos de la isla acumulaban órdenes finales de deportación en Estados Unidos. Durante medio siglo, el origen cubano facilitó de manera extraordinaria la regularización para muchas personas; hoy, es una nacionalidad más, lista para engrosar las cuotas de detención.

Cubanos en protesta a las afueras del Versailles / Foto tomada de Internet
Cubanos en protesta a las afueras del Versailles / Foto tomada de Internet

Y si en algún momento un tribunal concluye que hubo un error de procedimiento y los deja en libertad, la narrativa oficial no lo asumirá como un atropello ni como una falla. En su lugar, lo definirá como un desajuste administrativo, un daño colateral dentro de una operación que la agencia considera un éxito rotundo. Ya lo dice el comunicado sobre García Palacios: fue una operación dirigida y el arresto se efectuó «sin incidentes», una formulación que reduce el arresto a su dimensión burocrática.

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La detención de ambos artistas provocó una movilización instantánea de la escena cultural. Las campañas de recaudación alcanzaron sus metas en horas; en el caso de Bofill la colecta supera actualmente los 55 mil dólares, y la de García Palacios reunió más de 49 mil antes de que se detuviera la recaudación, con más de seiscientos y ochocientos donantes, respectivamente. Además, han contado con el respaldo público de figuras como Chucho Valdés, Luis Enrique, Jesús Pupo, Eme Valdés, Carnota, Diana Fuentes, Alain Pérez y Telmary, quienes han pedido su liberación.

Sin embargo, debajo de muchas de esas muestras de apoyo en redes, la plaza pública virtual devolvió una imagen mucho más áspera. Hubo quien exigió conocer el estatus legal exacto de los músicos antes de emitir cualquier signo de empatía. Alguien estimó que, en tres años, el detenido bien pudo haber juntado dinero para pagar un abogado, igual que otros juntan para pagarle a un coyote. Y no faltó quien sentenció que todo aquel que no se ajuste a las leyes de un país ajeno merece ser deportado, con la excepción de Andy, «porque él sí es bueno, honrado y trabajador».

Una parte del exilio cubano —la misma que durante sesenta años vivió amparada por una excepcionalidad preestablecida— ha incorporado el vocabulario de la exclusión y ahora lo usa a discreción. Trazan una línea imaginaria, colocan del lado bueno a los «artistas dignos» que conocen, y niegan al resto la misma presunción de dignidad y defensa.

Del otro lado del estrecho de la Florida, los arrestos fueron cubiertos con inusual diligencia por la prensa estatal cubana, esgrimiéndolos como una carta de triunfo para su discurso de deslegitimación del gobierno estadounidense y explayándose en detalles que suelen omitir cuando abordan este tema. La esposa de Degnis Bofill lamentó que esa difusión pudiera ser instrumentada por el oficialismo, aunque aclaró que no tenía pruebas de ello. La fatiga del exilio, atrapada entre dos discursos estatales en conflicto, quedó resumida en el comentario de un usuario en redes: «Ambos gobiernos están empecinados en que no seamos libres».

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Bofill tiene un Latin Grammy a sus espaldas; a García Palacios lo respaldan titanes como Chucho Valdés y Luis Enrique. Ambos entraron a Estados Unidos con documentos en regla, cuentan con defensa legal de primer nivel y, detrás de cada uno, hay una comunidad capaz de movilizar decenas de miles de dólares en cuestión de horas.

Contar sus historias no es un ejercicio de elitismo, sino una forma de medir hasta qué punto la nueva maquinaria es indiferente al arraigo cultural. Si el prestigio, las redes de influencia y la solvencia financiera no bastaron para frenar el arresto ni acelerar la liberación, ¿qué ocurre con quienes atraviesan este mismo engranaje sin un abogado, sin figuras públicas que amplifiquen sus nombres y sin una comunidad que los respalde económicamente?

Como bien saben las familias involucradas, estos litigios son carreras de resistencia. García Palacios ya recibió una notificación para comparecer (notice to appear) ante un juez de inmigración, pero su defensa aún no había confirmado la fecha de la audiencia. El documento abre el calendario del proceso, aunque no constituye por sí mismo una orden de deportación. El abogado Avelino González sostiene que Bofill, por su parte, conserva el derecho a pedir fianza, avalado por la legalidad de su entrada al país, y ya ha presentado la solicitud, de la que aún aguardan respuesta.

Dos días antes de que ICE lo interceptara, Degnis subió a su cuenta de Instagram un video del backstage del rodaje de Camínate Miami. Se le ve meciéndose sobre la conga, rodeado de instrumentos; luego va al volante de un convertible con el paisaje deslizándose a sus espaldas —los rascacielos, el verde tropical, el agua turquesa—, cantándole a la ciudad donde había comenzado a rehacer su vida.

Mientras la burocracia avanza a su propio ritmo, los instrumentos esperan en silencio el regreso de sus dueños para volver a la vida.

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Crespo se quedó en la casa 

Estamos aquí, con la sensación de no ver la luz,
pero no verla es mejor.
Luces nunca tuvo nuestra casa.

«La casa» de Raúl Marchena y La Trovuntivitis.

Yo tuve una casa que olía a libro viejo, madera mojada y chispaetrén. Una casa siempre abierta en la que dormían los perros callejeros, los estudiantes, los excluidos. Allí escribimos poesía a cinco manos y cantamos una música que era solo nuestra. Hoy en la casa nos falta uno. Crespo murió.

Muchos nos fuimos a otras tierras. Otros, como Jorge Luis Crespo Jacomino, se quedaron hasta la muerte. Emigrar, morir, permanecer. Esos terminaron siendo los caminos de quienes alguna vez habitamos aquel espacio como si la vida durara solamente un día. A veces pienso que los que nos fuimos dejamos solos a los que se quedaron. 

Vuelvo entonces a esas fotografías en las que todavía estamos todos: sentados en el piso o en las gradas, los ladrillos rojos desgastados detrás, las paredes grafiteadas, las mesas de una madera eterna bañada cien veces en alcohol. En esas fotos todavía nadie sabe quién se irá, quién se quedará ni quién morirá primero. Pero Crespo parecía pertenecer a otra categoría: Crespo siempre estaba.

Estaba en el patio, en la barra, cargando algo antes de un espectáculo, acompañando una brigada artística que salía hacia algún pueblo, ayudando a recoger después de una función. Estaba con su equipo de música, recorriendo las calles de la ciudad, rodeado de perros callejeros que recogía y alimentaba cuando podía. Estaba conversando con un turista o acompañándolo a algún sitio y resolviendo con lo que después le dieran. Estaba cuando llegábamos y seguía estando cuando nos íbamos. Crespo siempre estaba. 

En una sección llamada «Los agradecidos», que finalmente no fue publicada en mi libro San Silverio del Mejunje, intenté contar la vida de los tantos personajes que habitaban ese espacio. Mientras reconstruía la historia de Ramón Silverio —el fundador del centro cultural que desde 1992 reunió en Santa Clara a generaciones de artistas, estudiantes y tribus urbanas excluidas— conversé con quienes parecían formar parte inseparable de la casa. Crespo fue uno de ellos.

«El Mejunje me ha dado energía para seguir viviendo. Yo tengo VIH desde hace 25 años», dijo entonces.

Jorge Luis Crespo Jacomino, figura icónica del centro cultural El Mejunje, en Santa Clara
Jorge Luis Crespo Jacomino, figura icónica del centro cultural El Mejunje, en Santa Clara (FOTO Tomada de Internet)

Había enfermado en los años en que Cuba internaba obligatoriamente en sanatorios a las personas diagnosticadas con VIH. Fuera de ellos, el miedo a la enfermedad convivía con el rechazo hacia quienes la padecían. Para Crespo, El Mejunje no fue solamente un sitio donde escuchar música: fue uno de los primeros lugares donde pudo volver a mezclarse con los demás. 

«La gente del sanatorio alargaba su vida cada vez que entraba por esa puerta». 

Quizá por eso, cuando pudo escoger dónde quedarse, escogió quedarse cerca. Crespo había llegado desde Ranchuelo conduciendo el ómnibus que hacía el recorrido hasta Santa Clara. En el último viaje tenía una hora y media antes de regresar. Salió a caminar para matar el tiempo; encontró El Mejunje, reconoció a varias personas que alguna vez habían subido a su guagua, y entró.

«El lugar me gustó mucho y me sentí como en familia. Ese día regresé a mi casa y cuando volví a hacer el viaje hacia Santa Clara, me quedé aquí para siempre».

Jorge Luis Crespo Jacomino, figura icónica del centro cultural El Mejunje, en Santa Clara
Jorge Luis Crespo Jacomino, figura icónica del centro cultural El Mejunje, en Santa Clara (FOTO Tomada de Internet)

Entre sus amigos lo llamábamos el primer «ocupa legal» de Santa Clara porque se había instalado en una casa cercana a El Mejunje y, con el tiempo, consiguió que le reconocieran aquel espacio. Era una casa precaria, sin electricidad, que se caía poco a poco, pero la comunidad que había encontrado alrededor del centro cultural terminó funcionando también como una red de supervivencia.

«Yo no vivo, yo estoy sobreviviendo. Trato de luchar por aquí, inventar por allá y comer donde sea, porque desgraciadamente la casa se está cayendo».

A veces Silverio lo dejaba dormir dentro de El Mejunje. Cuando llegaban los ciclones, Crespo también se quedaba allí. Recuerdo uno especialmente fuerte en Santa Clara: mientras la ciudad esperaba, Crespo decidió pasarlo en El Mejunje, cuidando aquel lugar como quien cuida algo que también le pertenece.

No era empleado en el sentido convencional de la palabra, pero hacía un poco de todo. Cargaba equipos, ayudaba en los espectáculos, acompañaba las giras y las brigadas artísticas por zonas rurales, recogía después de las funciones. Si había que mover algo, Crespo lo movía. Si alguien necesitaba ayuda, aparecía.

Pero su relación con El Mejunje tampoco era una historia edulcorada de salvación. Crespo bebía, se metía en broncas y podía ser insoportable. Una vez, durante una borrachera, utilizó la maceta preferida de Silverio como urinario. Silverio lo expulsó durante tres meses y una banda de rock, Adictox, terminó haciendo una canción sobre el episodio.

Crespo se reía al contármelo. «Ese viejito es mi papá, es mi dios. Silverio no habla casi, pero cuando te dice algo tienes que oírlo».

También recogía perros callejeros. «Ellos son como yo. Los entiendo». Hubo un tiempo en que siempre tenía alguno detrás. Cuando hice aquella entrevista ya no. «Ahora no tengo ninguno porque no hay comida ni para mí». Esa frase me resulta hoy mucho más difícil de leer. 

Cuando regresé a Cuba en febrero de 2025, lo encontré sentado en las pequeñas escaleras de El Mejunje que dan a la calle. Tenía a su lado el equipo de música con el que durante años había recorrido la ciudad, pero estaba mucho más delgado y débil que el Crespo que yo recordaba. La enfermedad ya era visible en su cuerpo. Seguía, sin embargo, en el mismo sitio. Había vendido aquella casa precaria y conseguido otro espacio justo enfrente de El Mejunje. Hasta para mudarse había encontrado la manera de no irse. 

Después vinieron el hospital, un padecimiento terminal, y una Cuba cada vez más difícil para alguien como él. He pensado mucho en cómo habrá atravesado los últimos meses: los apagones, la comida cada vez más cara, los medicamentos que faltan. Crespo había sobrevivido inventando por aquí y por allá, como él mismo decía, pero envejeció y enfermó en un país donde sobrevivir exige cada vez más recursos que él nunca tuvo. 

Jorge Luis Crespo Jacomino, figura icónica del centro cultural El Mejunje, en Santa Clara
Jorge Luis Crespo Jacomino, figura icónica del centro cultural El Mejunje, en Santa Clara (FOTO Tomada de Internet)
Jorge Luis Crespo Jacomino, figura icónica del centro cultural El Mejunje, en Santa Clara
Jorge Luis Crespo Jacomino, figura icónica del centro cultural El Mejunje, en Santa Clara (FOTO Tomada de Internet)

Pero tenía El Mejunje. Y quizá esa sea también una parte de esta historia. Mucho antes de que la crisis actual hiciera de las redes de solidaridad una forma cotidiana de supervivencia en Cuba, El Mejunje ya funcionaba así. Organizaba, acompañaba, recogía, daba refugio. La comunidad que había sostenido a Crespo cuando era un joven con VIH seguía allí cuando envejeció y enfermó. 

Una vez me dijo que sus días preferidos eran los domingos. Miraba El Mejunje desde la mañana, cuando llegaban los niños, hasta la tarde de los viejos y la noche de los travestis.

«Yo me pongo a mirar a esos viejitos bailando felices y me siento agradecido de vivir. Muchos viejitos de esos han muerto horas después de estar aquí gozando con sus amigos, y así me quiero morir yo. Yo quisiera morirme antes que Silverio porque no sé qué va a pasar después en esta ciudad».

Crespo murió primero. No sé cuánto sufrió al final ni cuánto de aquella Cuba pudo seguir soportando. Pero sé que permaneció prácticamente hasta el último momento frente al lugar al que llegó un día, por casualidad, mientras esperaba que saliera un ómnibus de regreso a Ranchuelo. Tenía una hora y media para matar el tiempo. Entró en El Mejunje y se quedó allí el resto de su vida.

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Feria del Libro 2026: El centenario de las apariencias

La 34 Feria Internacional del Libro de La Habana, que concluyó el pasado 16 de agosto, fue atípica de muchas maneras. No ocurrió en febrero, como siempre, porque el Estado cubano recortó presupuestos e insumos de todo tipo tras la captura Nicolás Maduro en Venezuela y las presiones estadounidenses sobre la economía nacional que vinieron a continuación. Después de cancelar el evento, las autoridades fijaron una nueva fecha: mediados de agosto; la semana del centenario del nacimiento de Fidel Castro. 

En vez de diez días en la Fortaleza de San Carlos de la Cabaña, la Feria duró seis días en los almacenes de Línea y 18, en el Vedado. Estos almacenes se utilizan a lo largo del año para distintos tipos de eventos, pero su capacidad disponible para acoger público y stands, sobre todo tratándose de una cita de tamaña envergadura, es mucho más reducida que la que ofrece La Cabaña. La Sala Teatro Ciervo Encantado, ubicada en la misma cuadra, funcionó también como sala de presentaciones.

La Feria duró seis días en los almacenes de Línea y 18, en el Vedado.
La Feria duró seis días en los almacenes de Línea y 18, en el Vedado.

El logo de la edición remitía a la charretera única de Fidel Castro: un libro abierto que simulaba el rombo rojo y negro del Movimiento 26 de Julio. Asimismo, el país invitado de honor fue Rusia. Una elección nada casual en momentos de tensión política y, al mismo tiempo, otra de las maneras del Gobierno cubano de imponer la imagen de Fidel en cada aspecto posible.

La cola para acceder, históricamente larga y agotadora, pasó a ser un mero trámite de pocos minutos. La calle 11 del Vedado, una vía de mucho tráfico, nunca se cerró para el evento. Los automóviles pasaban constantemente. Aun así, al tratarse de una cola corta la mayoría de los días, nunca se produjo un altercado.

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El lugar, la fecha, la locación y el inmenso calor de agosto —tan distante del fresco de febrero— cambiaron por completo la experiencia de la Feria. El placer de andar, la excursión que implica cruzar la bahía para vivir y experimentar una jornada diferente desapareció este año. Durante seis días se transformó en un almacén de puntal alto y cerrado y en un parqueo bajo el sol que transmitían cualquier cosa menos un espíritu ferial. En la manzana donde radicaba la Feria había una gran cantidad de policías y patrullas, algo muy distinto a ediciones anteriores.

«Esto parece más un almacén con libros que una feria de verdad», dijo una muchacha mientras se abanicaba con el programa. «El año pasado al menos había sombra y se podía caminar.»

Feria del libro de La Habana / Foto: cortesía del autor
Feria del libro de La Habana / Foto: cortesía del autor

Al entrar, lo primero que encontrabas era un salón vacío e inmenso. En sus dos esquinas había algunos puntos de venta y, como bienvenida, una foto tamaño real de José Martí junto a otra de Fidel Castro. Las editoriales del primer salón eran pocas y todas relacionadas con entidades estatales: la editorial de los Bufetes Colectivos, la Editorial de Asuntos Martianos y otras del mismo corte. Más adelante se hallaban varias mesas con computadoras donde se podían adquirir determinados libros en formato e-book. Quien decidiera comprar uno de estos libros electrónicos, debía llevar encima una memoria flash o el cable USB de su teléfono.

En el segundo salón del gran almacén comenzaba la venta de cualquier cosa que no fuera literatura: discos, bisutería, inciensos, atrapasueños… Esos stands rodeaban un gran espacio semicerrado dispuesto para el país invitado de honor. Allí se concentraba una considerable cantidad de libros, en su mayoría clásicos rusos, todos de tapa dura y en perfecto estado de conservación. Solo había un inconveniente: esos ejemplares, dignos de cualquier coleccionista, estaban en ruso. La sección podía considerarse, al mismo tiempo, la más atractiva y la más inútil de toda la Feria.

Feria del libro de La Habana / Foto: cortesía del autor
Feria del libro de La Habana / Foto: cortesía del autor

Detrás del salón ruso se encontraba la zona de las editoriales provinciales. Estos puntos de venta albergaban, como cada año, títulos viejos con una o dos décadas de impresión; tiradas pequeñas que nunca tuvieron ni promoción ni distribución. Ejemplares que simplemente salen de una caja y se guardan luego a la espera del año siguiente. De todas las editoriales, La Luz, de Holguín, fue la que más libros presentó y también la que tenía un aire más fresco y títulos más recientes. La mayoría de las mesas ni siquiera contaban con un vendedor al frente que respondiera o atendiera al público.

El almacén se completaba con puestos de dominó y ajedrez para jugar, música constante que salía de diversos equipos de sonido y los ya conocidos stands de venta en divisa. En ellos se ofrecían afiches, mangas, cuadernos de colorear, rompecabezas, postales y libros de Wattpad manufacturados. Esta es, cada año, la zona con los libros y artículos más caros: muchos ejemplares costaban 30 dólares o, en su defecto, 20 mil pesos. Ahí también había una mesa de la Embajada de Irán y otra de la Embajada de Angola. Podías encontrar un libro de libro de colorear de Peppa Pig y justo al lado una máscara tribal africana.

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Al salir del gran almacén, el visitante llegaba a una plaza-parqueo a la intemperie, del mismo tamaño que la zona anterior. Allí radicaban las decenas de puestos de venta de comida, la mayoría con neveras llenas de hielo a causa de los apagones constantes. En algunas partes, el barrio del Vedado padece cortes de luz diarios de más de 30 horas, y para la Feria no hubo un circuito cerrado. Aunque la franja donde radicó la Feria sufrió menos afectaciones en esos días, hubo igualmente apagones, por lo que tuvieron que usar plantas eléctricas y paneles solares en varias partes de la plaza-parqueo (la mayoría propiedad de los propios vendedores de comida). 

Feria del libro de La Habana / Foto: cortesía del autor
Feria del libro de La Habana / Foto: cortesía del autor

En el área se formaba otra cola, más lenta que la primera. La carpa azul, llamada oficialmente «Gran Librería», lanza todos los años los libros nuevos y más codiciados por el público, o más bien aquellos que la organización de la Feria considera como tal. Dentro de la carpa había títulos recién reimpresos como Hombres sin mujer, de Carlos Montenegro; antologías poéticas de Julián del Casal; varios textos de autores rusos —esta vez sí en español— y también El maestro y Margarita, de Mijaíl Bulgákov. Los libros de la carpa azul eran, en su mayoría, de la Editorial Letras Cubanas. Aunque estos ejemplares no tenían un diseño decente, con un encuadernado pobre y hojas de mala calidad, también eran muy baratos. Afortunadamente, no pocos jóvenes visitaban esta carpa.

«Lo estaba leyendo en digital, pero no soporto la pantalla», dijo un muchacho de unos veintitantos mientras salía con Los hermanos Karamazov bajo el brazo. «Me enteré de que aquí lo tenían en físico y vine directo».

 A un costado de la «Gran Librería» se alzaba una tarima donde un grupo de payasos actuaba frente a decenas de niños acompañados por sus padres. Porque la Feria, más allá de los libros, sigue siendo también una salida familiar: mucha gente llega, no compra un solo título y, aun así, encuentra la manera de pasar un buen rato entre el ruido, el calor y el movimiento constante.

Actividades paralelas en la Feria del libro de La Habana / Foto: cortesía del autor
Actividades paralelas en la Feria del libro de La Habana / Foto: cortesía del autor

A la derecha de la tarima había otro almacén, más pequeño que el primero. No quedaba del todo claro si se trataba de la Sección Infantil o solo de una parte de ella. En la Feria faltaban guías y señalizaciones que orientaran al visitante y uno simplemente se topaba con los puntos de venta. Otro área quedó destinada a presentaciones y talleres cuya acústica resultaba pésima: apenas se escuchaba, incluso con micrófono. Allí estaban los stands dedicados a la ciencia ficción: una mesa con artículos steampunk, espadas de papier maché, un «espiritista» leyendo el tarot… El personal, en su mayoría muy joven, mantenía un trato cercano con el público, en marcado contraste con la desgana inmensa que se percibía en los stands institucionales.

Algún que otro funcionario se paseaba por la Feria. Llegaban un rato, hacían acto de presencia, saludaban y luego se iban. El ministro de Cultura Alpidio Alonso y el exviceministro Fernando Rojas aparecieron en varias jornadas, siempre cerca de oficiales de la policía o de otros funcionarios, y siempre alejados de los feriantes.

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Al cerrar el telón y recoger, queda la sensación de una Feria disminuida. No solo en días o en público, sino en ambición y en espíritu. La cita parece haberse organizado más por inercia y para cumplir con un calendario político que por convicción cultural. El calor, la improvisación, los libros que no se pueden leer, los que nadie atiende, la poca o nula promoción de escritores jóvenes, los precios desconectados de la realidad de la mayoría, la propaganda que se impone sobre la literatura y la distancia cuidadosa entre el lector y las entidades… todo eso pesa y supone un deterioro.

Feria del libro de La Habana / Foto: cortesía del autor
Feria del libro de La Habana / Foto: cortesía del autor
Feria del libro de La Habana / Foto: cortesía del autor
Feria del libro de La Habana / Foto: cortesía del autor

Y, sin embargo, todavía importa que la Feria del Libro exista, y es vital que se haya hecho este año, cuando lo que se proyectaba era su cancelación definitiva. En un país donde casi todo es escasez y espera, un espacio —por imperfecto que sea— dedicado a los libros y a la literatura, al lector y al escritor, conserva un valor esencial, pues se trata de uno de los pocos lugares en los que todavía puedes tropezar con una página, una conversación o con la simple posibilidad de llevarse algo impreso a casa.

El cubano, en medio de este caos, quiere y decide leer. Aunque el papel sea malo, el diseño sea pobre, y aunque haya que sudar bajo el sol de agosto para conseguirlo, abrir un libro en Cuba es todavía un gesto tenaz y un modo de reclamar un territorio propio dentro de la precariedad. Sigue siendo una forma de no entregarse del todo.

La entrada Feria del Libro 2026: El centenario de las apariencias aparece primero en El Estornudo.

Espiritualismo cruzado cubano. Una conversación con Mariella Chaviano

Conocí a Mariella Chaviano cuando experimentaba lo que la psicología denomina crisis de la adultez; la mística. Despertar espiritual y la astrología; el retorno de Saturno. Mis experiencias con psicólogos fueron terribles y sentía que no había una razón de fuerza mayor para que me encontrara de esa forma, más allá de la frustración de ser joven en un contexto tan opresivo como el cubano. Así que me volqué en la religión, pero no en una en concreto. Durante el 2023 frecuenté clases de astrología, de cábala y una escuelita de desarrollo espiritual en Guanabacoa, pero mi interés por las religiones no era ni la mitad del que había tenido mi madre.

Cuando cumplí siete años, recuerdo despertar una mañana con un estruendo enorme que venía del baño. Mi padre había perdido el conocimiento. Recuerdo los pedacitos de cerámica blanca, esparcidos por el suelo, del lavamanos que tardó años en ser reemplazado.

Mi padre perdió la memoria y casi en su totalidad el lenguaje articulado, como sucede en los eventos cerebro vasculares. En esos meses mi madre tiró sus santos a la calle. Me cuenta que, por lo sucedido con mi padre y por la frustración de no salir adelante económicamente, comenzó a replantearse la autenticidad de todo en lo que había creído.

Vale aclarar que mi madre fue iniciada en la Regla de Palo Monte con 25 años. Un Tata Nganga bastante conocido, después de conocerla, le dijo que tenía un don muy grande y que, por cuestiones de salud, debía ser rayada de inmediato. Lo que hasta el momento era una atracción terminó convirtiéndose en su religión. Ella me cuenta que, años después, en medio de su crisis de fe, decidió abrir su Osun: una copa de hierro coronada por un gallo que mi madre había recibido junto a los guerreros, un fundamento cuyo equilibrio debía vigilarse porque su caída anunciaba un peligro. Para su sorpresa, algo que debía estar preparado y consagrado estaba totalmente vacío. El babalawo le había mentido y aquello que reposaba en su altar no era más que un adorno de hierro.

Así mi madre comenzó su peregrinaje por las religiones. La vi intercambiar la saya larga del culto de los Testigos de Jehová por ropa blanca y campanitas que se usaban en los encuentros angelistas: un pequeño círculo de mujeres que se reunía en mi casa para invocar a los arcángeles. También recuerdo con cariño una casa-culto pentecostal en la calle Virtudes, en Centro Habana, donde el pastor ponía un pañuelo sobre las cabezas de los fieles. El pañuelo representaba el espíritu de Dios y los fieles comenzaban a temblar, a llorar e incluso podían hablar en lenguas cuando sentían su presencia. Aquellos movimientos me recordaban mucho a una bailarina de Oyá que había visto caer en trance en una fiesta de tambor.

A mis 25 años, con el impulso de volcarme a las prácticas religiosas, sentí que cerraba un ciclo que mi madre había abierto años antes. Percibí que nuestra curiosidad teológica estaba mal vista por algunos que podían catalogarnos como personas sugestionables, inestables o necesitadas de sentirnos en comunidad. Y quizá todo eso era cierto. La verdad es que la depresión pasó. Gradualmente logré comer con normalidad, conciliar el sueño y llené varias agendas de apuntes y entrevistas. Asistiendo a estas prácticas en La Habana del 2023, me di cuenta de que las comunidades que se habían generado alrededor de la fe sostenían a una sociedad civil fragmentada por la escasez y la emigración. Así conocí a jóvenes babalawos que aprendían a leer cartas astrales y médicos que practicaban Ho’oponopono: un modo de sanación basado en la repetición de palabras o frases asociadas al perdón, la reconciliación y la liberación emocional. En la diversidad de esas aulas improvisadas encontré lo más similar a una República que he experimentado.

Una madrugada encontré un grupo en Facebook: Espiritualismo Cruzado Cubano, que compartía varias publicaciones bajo una misma firma: Mariella Chaviano. En aquel entonces, Chaviano era conocida por su praxis como espiritualista y también por la transferencia de conocimiento que estaba ejerciendo con sus escritos en ese grupo.

Mariella Chaviano / Foto tomada de FB
Mariella Chaviano / Foto tomada de FB

Aunque había leído sobre el tránsito de la doctrina kardeciana por distintos países de América Latina, al intentar rastrear su llegada a Cuba me encontraba con una especie de vacío. La historiografía sobre las religiones de la isla parecía haber dirigido su atención, con mucha más fuerza, hacia la Regla de Ocha, el Palo Monte, el culto de la Sociedad Secreta Abakuá. No es que el espiritismo no estuviera allí. Al contrario: su presencia era innegable. Pero me resultaba difícil seguir el rastro de su tradición.

La doctrina espiritista de Allan Kardec llegó a Cuba en la segunda mitad del siglo XIX, en un momento en que las ideas sobre la comunicación con el más allá ya circulaban por Latinoamérica. Aunque el espiritismo moderno tenía una importante vertiente angloamericana, fue la corriente kardeciana, difundida desde Francia y España, la que encontró una particular acogida en la isla. Su concepción de la reencarnación y de la evolución progresiva de los espíritus entró en diálogo con nociones presentes en algunas religiones africanas. 

En Cuba, el espiritismo no permaneció como una doctrina pura: pronto comenzó a convivir y articularse con prácticas de raíz africana y con el catolicismo. De ese largo proceso de encuentros y reelaboraciones surgiría lo que posteriormente se ha denominado espiritualismo cruzado, una expresión cuya definición e historia continúan siendo objeto de discusión. El debate no se ha limitado a las revistas científicas. También ha encontrado un foro amplio en las redes sociales, donde religiosos, tanto dentro como fuera de la isla, han protagonizado discusiones extensas y, en ocasiones, acaloradas sobre la naturaleza y los límites de esta práctica.

En dichos debates han sido cruciales los escritos de Mariella Chaviano y su labor como gestora de redes, sea Encuentro Virtual sobre Espiritualismo Cruzado o la Unión de Médiums y Espiritualistas Cruzados sin Fronteras-AS. Su trabajo no solo ha contribuido a conservar una memoria del espiritualismo cubano, sino también a mantenerlo conectado con otras comunidades y redes espiritualistas internacionales.

Si pensáramos en un cordón imaginario que une a los practicantes del espiritualismo en América Latina, diría que la labor de Chaviano ha permitido que los cubanos no soltemos esas manos. Que permanezcamos dentro del cordón. Pidiendo. Halando.

Mariella, un aspecto que me interesa de tu práctica es que propones el término espiritualismo cruzado para referirte a una serie de prácticas que tienen lugar en Cuba y en la diáspora ¿Podrías explicarnos por qué consideras más preciso hablar de espiritualismo cruzado cubano en vez de espiritismo, y qué implicaciones tiene?

Este enfoque de que el espiritismo cruzado consiste en la fusión o sincretismo de algunos elementos de la doctrina espiritista fundada por Allan Kardec con elementos de catolicismo popular, y de las reglas congas y de Ocha-Ifá no es mío. Data de hace tiempo. Este es el concepto de lo que en Cuba se ha dado a llamar espiritualismo cruzado, que es más que una creencia espiritual popular o una forma de espiritualismo bastante alejada de lo que es el Espiritismo (doctrina codificada por Allan Kardec). O sea, este es un concepto establecido hace bastantes años por investigadores como José Millet, Rómulo Lachatañeré, Natalia Bolívar, don Fernando Ortiz, Iliana Hodge, Yalexi Castañeda (más recientemente).

La diferencia fundamental entre el Espiritismo y el espiritualismo cruzado está en que el Espiritismo es la ciencia que trata de la naturaleza, origen y destino de los Espíritus y de sus relaciones con el mundo corporal. El Espiritualismo es ciencia, filosofía y religión moral.

No tiene jerarquías religiosas, ni vestimentas especiales, ni adoración de dioses, ni rituales, ni objetos sagrados. Por su parte, el espiritualismo cruzado es una creencia espiritual popular y religiosa, posee ritos, cree en las divinidades, posee objetos sagrados. No es ciencia; es en realidad una práctica mediúmnica.

Nuestra propuesta solo incluye un cambio de nomenclatura y no de la praxis. Este cambio de nombre está motivado por la necesidad que existe de evitar el uso ambiguo de la palabra espiritismo para referirse a dos prácticas mediúmnicas diametralmente opuestas: la doctrina espiritista llamada Espiritismo y las corrientes espirituales surgidas en Cuba llamadas espiritualismo cruzado y espiritualismo de cordón.

Esta ambigüedad ha ocasionado más de una confusión y malentendidos. Diferenciar entre la doctrina espiritista codificada por Allan Kardec y las diferentes corrientes espirituales cubanas es una cuestión de prioridad y de identidad. Pues es sumamente importante que cada grupo mediúmnico se identifique con lo que realmente practica.

Consideramos que el término correcto es espiritualismo, ya que la palabra Espiritismo fue acuñada por Allan Kardec en su obra cumbre, El Libro de los Espíritus, en el año 1857, cuando planteó que «las palabras espiritual, espiritualista y espiritualismo tenían una acepción bien caracterizada, y darles otra nueva para aplicarlas a la doctrina de los espíritus equivaldría a multiplicar las causas de anfibología».

El espiritualismo es la doctrina surgida en New York en 1848 tras los eventos de Hydesville. De esta han surgido diversas corrientes religiosas donde predominan rituales y objetos sagrados. El espiritualismo puede incluir muchas corrientes filosóficas o religiosas que reconocen la existencia del alma, del espíritu o de una dimensión espiritual. Admite ritos, vestimentas especiales, sacerdotes, etc. Teniendo en cuenta todo lo anterior, consideramos que las corrientes espirituales originadas en Cuba se identifican más con el espiritualismo y no con el Espiritismo.

Es común que un médium se centre en su desarrollo individual y comparta con una comunidad durante el proceso, pero tú has ido más allá. ¿Cómo descubriste que tenías una misión en la divulgación del espiritualismo? ¿Cuáles son los desafíos de liderar, desde un contexto tan difícil como el cubano, iniciativas como la Organización sin ánimo de lucro para los Médiums y Espiritualistas Cruzados del Mundo y el Primer Festival de Médiums de Latinoamérica?

Una pregunta muy interesante. En el año 2019, un hermano mexicano, Juan Baltazar, tuvo la iniciativa de crear el grupo de Facebook Espiritismo Cruzado y me invitó a conducirlo como moderadora y luego como administradora. Allí estuvimos como administradores hasta el año 2024. Este grupo fue fundamental para mi superación espiritual. Guardo excelentes experiencias de esa época y actualmente sigo participando como miembro. Allí observé que muchos hermanos de Cuba y la diáspora desconocían en qué consistía la práctica mediúmnica cruzada, la confusión que existía entre Espiritismo y estas prácticas, el desconocimiento de la doctrina espiritualista y la necesidad de instruir y divulgar estas enseñanzas. En este grupo, en junio del 2024, realizamos el I Encuentro Virtual sobre Espiritismo Cruzado, que este año celebrará su 6.ª edición, por primera vez con el nombre de Espiritualismo Cruzado. En el grupo me llamaban «la maestra». Pienso que me adjudicaron este nombre porque escribí muchas publicaciones instructivas sobre la práctica.

Supe que debía divulgar la doctrina espiritualista después de participar en la XIV Jornada Universalista coordinada por el hermano Pedro Fernández Pérez, donde se impartió una conferencia sobre Espiritismo. Publicamos un resumen de esta actividad en Facebook y el escrito tenía errores. El hermano en ideal, Walter Pérez Vila, presidente de la Sociedad Espiritista Faro de Luz en Holguín, comentó que el post contenía información incorrecta y a partir de ahí me puse a estudiar la doctrina del Espiritismo y su divulgación.

En la clausura del V Encuentro Virtual sobre Espiritismo Cruzado, los estudiantes del primer grupo de estudios quisieron crear una organización para asociar a todos los médiums cruzados del mundo y me propusieron como presidenta. Ahí surgió y se aprobó esta asociación.

Los desafíos nos han dado fuerza y motivación para perseverar. Pudiera pensarse que la falta de electricidad fue el obstáculo mayor para celebrar este primer Festival. Sin embargo, esto es insignificante, cuando lo comparamos con las mentes obtusas de muchas personas, principalmente líderes espiritualistas. Muchos de los participantes buscaron alternativas para estar con conexión, se subieron a la azotea, se transportaron largas distancias.

En los últimos diez años se ha producido un éxodo masivo de cubanos en travesías extremas, muchos de ellos practicantes de la religión afrocubana. ¿Le resta fuerza a la práctica espiritual si sus rituales se realizan fuera de Cuba, teniendo en cuenta que figuras muy presentes en el imaginario del espiritismo cubano como Francisca, Ta José o los espíritus Congo tienen que ver con la historia del país y con la esclavitud?

No, cuando la práctica mediúmnica cruzada se realiza fuera de Cuba no pierde fuerza en ningún aspecto. Al contrario, en la mayoría de los practicantes se arraiga más la fe. Los Espíritus desencarnados, en general, gozan de libre albedrío y eso les permite presentarse a cualquier lugar donde sean evocados. Incluso si fuesen evocados por un cosmonauta en una nave espacial, hasta allí ellos se presentarían, pues en el Mundo Espiritual no existen fronteras políticas ni geográficas. 

Los Espíritus que mencionas son tradicionales dentro de la práctica porque son evocados directamente para fines específicos. Esto significa que existe en ellos simpatía por nosotros y lo que practicamos, o esa es la misión providencial. 

Por tales razones, adonde quiera que un médium cruzado evoca a estos Espíritus, ellos se presentarán a guiar, auxiliar o sanar según sea la necesidad. Mientras animaron carne, sufrieron la esclavitud, pero ya como desencarnados, mediante las oraciones, comprenden que no están ligados al sufrimiento del plano terrenal y paulatinamente van progresando.

En los últimos años parece haber una presencia cada vez más fuerte de mujeres que sostienen espacios de espiritualidad y comunidad, tanto en Cuba como en la diáspora. ¿Sientes que ser mujer ha sido un factor determinante en la visibilización de tu trayectoria?

En el campo del espiritualismo cruzado la mujer ha gozado de más aceptación y facilidades para el desarrollo y las manifestaciones mediúmnicas que el llamado sexo fuerte. Aprovecho la oportunidad para puntualizar que los hombres también son excelentes médiums cruzados. Como mujer no he tenido dificultades para desarrollar esta idea ni para divulgarla. Al contrario, he contado con el apoyo incondicional de varios hermanos de diferentes regiones del mundo. Las limitaciones más bien han ido enfocadas a las ideas y no a la persona. 

Existe aún en Cuba bastante regionalismo y división entre los médiums de las diferentes corrientes espirituales. Reticencia al cambio y mejoramiento de las prácticas ancestrales. Esto es más bien lo que he percibido a través del trayecto recorrido.

¿Cuando te encuentras en una situación complicada, a cuál de tus espíritus sueles recurrir?

Desde el primer escollo hasta el día de hoy, la conga Mamá Francisca Siete Sayas y lo que sigue ha sido el bastón que me ha sostenido, el escudo que me ha protegido y la lanza que me ha defendido. Mis ojos y mis oídos. Este Espíritu no solo hace por mí, también es un baluarte en la vida de muchos ahijados y hermanos de la fe que me conocen y que visitan mi casa religiosa.

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Quiso derrocar a los Castro. Lleva 32 años preso y su hija nunca lo abandonó

La primera vez que Karen María León Alfonso vio a su padre tenía 16 años. Miguel Díaz Bauzá llevaba meses preso en la una cárcel de la Seguridad del Estado de Santa Clara y ella llevaba casi toda su vida sin verlo.

Miguel había salido de Cuba en 1980, cuando Karen tenía apenas un año y medio. Después, su madre biológica cayó presa y ella fue adoptada por una familia a la que, dice, amó y respetó hasta el último día de sus vidas. Ellos le dieron sus apellidos y nunca le ocultaron que tenía otro padre y otra madre.

Una tarde alguien le señaló la pantalla del televisor y le dijo: «¿Tú quieres conocer a tu papá? Míralo ahí».

En el noticiero aparecían las imágenes de Miguel y de otros hombres que habían llegado con él a costas cubanas. «Decían cosas que no eran agradables sobre él y sus compañeros. Saben cómo es aquí la política», dice Karen a El Estornudo. 

Miguel había desembarcado en Cuba en 1994 con un grupo procedente de Estados Unidos para organizar un levantamiento contra el régimen de Fidel Castro. Lo acompañaban entonces Armando Sosa Fortuny, Jesús Rojas Pineda, José Ramón Falcón Gómez, Pedro Visao Peña y Lázaro González Caraballo.

Fue detenido el 16 de octubre de aquel año y condenado luego a 25 años de prisión por varios delitos contra la seguridad del Estado. Tenía 51 años.

Un mes después de aquel noticiero, un hermano de Miguel llegó a casa de Karen para pedir permiso a sus padres adoptivos para llevarla a verlo. Miguel lo había pedido.

Fueron a Santa Clara. La llevaron a una pequeña sala de la policía política donde había solamente «un sofá, un aire acondicionado y una puerta».

Karen y su padre / Foto de cortesía
Karen y su padre / Foto de cortesía

Lo primero que Karen recuerda del encuentro es el olor de su padre. Después recuerda al «hombre imponente» que entró. «Era grande y fuerte, y sin nadie presentarnos se me vino encima me abrazó y me empezó a besar. Me llamaba “mondongo”». 

No fue un encuentro sencillo. «Realmente, fue un momento incómodo porque yo no conocía a esa persona que me abrazaba y me besaba».

Aquel fue el único encuentro que tuvieron en Santa Clara. Después del juicio, Miguel fue trasladado a una prisión de Camagüey para cumplir su condena y la relación quedó reducida, durante años, a las cartas.

Karen no tuvo entonces una infancia compartida que recuperar ni recuerdos de un padre que hubiera estado presente en su crecimiento. Tuvo que conocerlo al revés: primero vio al hombre acusado en la televisión nacional; después, al preso y, poco a poco, al padre.

En 2001, Miguel fue trasladado nuevamente a Villa Clara. Desde entonces, Karen es la que se ocupa de todas sus cosas.

Han pasado más de tres décadas desde aquel primer encuentro. La historia de Miguel se ha convertido en una de las más largas del presidio político cubano: 32 años encarcelado.

Karen aclara que siempre hablará «con la verdad» y subraya que Miguel es su padre biológico, pero que guarda en su «corazón el espacio de la palabra “papá”» para quien la adoptó. Aun así, explica que la relación entre ambos «se ha construido siempre desde el respeto y la admiración, con un cariño que ha crecido con el pasar de los años».

El expreso político Jorge Luis García Pérez (Antúnez), sostiene una foto de Miguel Díaz Bauzá / Foto: Roberto Koltun/Facebook.
El expreso político Jorge Luis García Pérez (Antúnez), sostiene una foto de Miguel Díaz Bauzá / Foto: Roberto Koltun/Facebook.

Los recuerdos con él son muchos, dice, aunque casi todos se han construido con rejas detrás. «No es muy placentero contarlos, pues todos son en prisiones y con un preso de su estirpe… ya te podrás imaginar».

Miguel, cuenta Karen, nunca ha dejado de ser fiel a sí mismo. «Él no dice malas palabras ni le gusta que las digan. Es muy correcto a la hora de dirigirse a cualquier persona. No tiene malas costumbres ni malos hábitos. Es de los hombres del siglo pasado, donde la educación era clave».

Según cuenta Karen, quienes compartieron prisión con él «lo describen como un hombre incómodo para las autoridades carcelarias». «Es un dolor de cabeza. No se le queda callado a nadie cuando de violaciones o de abuso se trata, contra él o contra cualquier preso». 

También busca a los más jóvenes. «Le gusta darles consejos, sobre todo para que no vuelvan a caer en prisión». 

Su manera de resistir, según Karen, tiene que ver con sus convicciones. «Su resistencia se la debe a sus principios y a su convicción sobre la justeza de su causa».

En la prisión de Camagüey, Miguel protagonizó un episodio que terminó alargando su condena. En 1999 participó en una protesta por las condiciones y los abusos contra los presos y fue condenado por amotinamiento a otros 20 años. Las dos causas se acumularon en una sola sanción de 36 años de privación de libertad, la que cumple actualmente. El 15 de octubre de 2030 terminaría la condena del preso político más longevo de la isla.

Tras ser juzgado por el amotinamiento, estuvo nueve años sin poder recibir visitas. 

Los 32 años de prisión también han pasado factura a su salud. Miguel padece hipertensión, diabetes y problemas renales, y, según su familia, las condiciones del penal dificultan que pueda mantener adecuadamente sus tratamientos. «También tengo vitiligo, que me ha caído después de viejo, no sé si es por el estrés», declaró Bauzá en una pasada entrevista.

Miguel Díaz Bauzá
Miguel Díaz Bauzá / Foto de cortesía

La furia por las injusticias

Karen conserva sus propias escenas sobre la resistencia de su padre. Una ocurrió en el penal conocido como «el Pre», en Santa Clara.

Ella vive a unos 60 kilómetros y aquel día llegó un poco más tarde de lo habitual, cuando los demás familiares ya habían entrado. Le dijeron que tendría que esperar hasta el horario de la tarde. Pero Miguel se enteró de que ella estaba afuera.

«Yo no sé de qué forma él se enteró que yo estaba ahí ni lo que él formó allá dentro. Pero unos 20 o 30 minutos después vino un oficial corriendo, nos preguntó si éramos la familia de Bauzá y sin revisarnos nos entró al penal».

Cuando lo vio, estaba furioso. «Tenía la respiración exaltada y estaba rojo como un tomate». Karen intentó calmarlo porque había niñas presentes. No funcionó.

Miguel esperó el momento oportuno y, «con las manos detrás y hablando casi en un susurro», enfrentó al guardia. Karen tuvo que intervenir.

«Como único se calmó fue cuando lo amenacé con irme y no volver nunca más». Ella sabe que fue dura. También dice que sabe por qué lo hizo.

Miguel estaba reclamando lo que consideraba una injusticia: que una mujer que viajaba desde lejos con dos niñas pequeñas tuviera que regresar a casa sin siquiera poder entrar a verlo.

No fue la única vez.

En otra visita, Karen llegó temprano. Pero una funcionaria le prohibió entrar porque llevaba una saya y, según le dijeron, no estaba permitida en el penal.

Karen intentó demostrar que debajo llevaba varias prendas. No fue suficiente.

«Le di todo a mis niñas y les dije que entraran ellas y yo las esperaba afuera». Otra vez, al rato, un oficial vino a buscarla y la dejó entrar. «Ese día la que estaba que “bufeaba” era yo».

Son escenas pequeñas frente a los 32 años de prisión. Pero en la memoria de Karen cuentan porque dicen algo del hombre al que ha aprendido a llamar padre.

Unas horas de libertad

Cuando Miguel recibe un pase y puede salir del centro penitenciario «Campamento la 2», en Remedios, Villa Clara, donde se encuentra recluido actualmente, el tiempo cambia. 

Entonces no está solamente el preso político ni el hombre que lleva décadas enfrentado a las autoridades. Aparece el abuelo.

Tiene dos hijos, cinco nietos y tres bisnietos.

Miguel Díaz Bauzá y sus nietos / Foto de cortesía
Miguel Díaz Bauzá y sus nietos / Foto de cortesía

«Cuando sale de pase, a él lo que le gusta es pasar el tiempo con sus nietos y bisnietos. Es un niño más en la casa a la hora de jugar con ellos». 

Después cocina. «Cuando no está con los niños se pasa todo el tiempo cocinando, le fascina». 

Esos momentos permiten asomarse a una vida que pudo haber sido otra. Una vida de padre, abuelo y bisabuelo que no transcurrió enteramente dentro de una prisión.

Cuando hablan, los temas también son otros. «Nos cuenta cómo fue su vida en Estados Unidos. Como fueron esos pocos años que vivimos juntos. Yo era un bebé y no me acuerdo de nada de esa época. Hablamos de cosas de familia, de objetivos, metas».

Y hay algo que Karen dice admirar especialmente. «Mi papá es un hombre de una convicción muy fuerte y profunda».

Dos lágrimas por un pueblo y un país que ya no existe

Caibarién, su pueblo natal, fue el lugar que Miguel dejó en 1980 y al que regresó décadas después, durante uno de sus pases. 

«No dijo nada al llegar. Se paró. Le corrieron dos lagrimones por el rostro. Contuvo el aire y seguimos caminando». 

Ya en casa, Karen le preguntó si había llorado de nostalgia. La respuesta fue otra. 

«Me dijo que le dio mucho dolor ver que el pueblo esplendoroso, la llamada Villa Blanca que dejó atrás, se había deteriorado tanto. Expresó que el lugar se podía comparar con un bombardeo de cualquier ciudad de la Segunda Guerra Mundial». 

Para entonces, el hombre que había salido de Cuba más de cuatro décadas atrás podía comparar dos fotografías del mismo lugar: la que conservaba en la memoria y la que encontraba frente a sus ojos, «destruido por el comunismo y la desidia», expresó.  

Miguel Díaz Bauzá en uno de sus días de pase  / Foto de cortesía
Miguel Díaz Bauzá en uno de sus días de pase / Foto de cortesía

Para Karen, también había una prisión nueva que observar: la del país entero. La situación de las cárceles se suma a la situación del país y a la imagen de Caibarién que Miguel encontró al regresar.

Pero, pese a todo, cuando sale de pase no parece buscar grandes cosas.

Busca tiempo.

Tiempo para hablar con su hija y los niños de casa.

Después de 32 años de prisión, esto es lo que Miguel quiere:

«Él tiene actualmente 83 años y termina su sanción en el 2030. Él solo quiere vivir en libertad, al lado de sus nietos y bisnietos. Vivir en un país democrático, donde cualquiera pueda pensar y actuar diferente en términos de política, y eso no sea un delito. Quiere terminar los días que le quedan al lado de su familia, en su isla, pero también aspira a poder vivir en una nueva Cuba donde la palabra comunismo o comunista no exista». 

Karen no puede recuperar los años que no ha estado cerca de su padre. Tampoco puede inventarse recuerdos que no tiene. Puede contar, en cambio, lo que sí construyeron: una relación cercana y sostenida durante años por cartas y visitas y que, con el tiempo, encontró otra forma de existir cada vez que Miguel cruza la puerta de la casa al salir de la cárcel.

Entonces el preso desaparece por unas horas.

Y está presente el padre que pregunta por su hija.

Y una familia que, después de más de tres décadas, todavía espera que Miguel pueda quedarse.

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Archipiélago por dentro

Las reacciones que ha suscitado la excarcelación de Luis Manuel Otero Alcántara y su llegada a los Estados Unidos son señas de una trágica realidad. La oposición cubana se le ha ido de las manos a la propia oposición, de modo que es incapaz de prestarle servicios a su causa última: a saber, el cambio de régimen en Cuba. Los unos porque dictan cómo debe ser la oposición y ahogan cualquier iniciativa que no entre en su canon; los otros, porque dedican buena parte de su atención y energía a combatir esa conducta.

El rencor, con sus altas y bajas, ha sido parte constitutiva de la oposición cubana. Dadas las circunstancias, no ha podido ser de otra forma. Digamos más, toda iniciativa de cambio político comienza con la indignación. La cuestión está en que esta evolucione hacia formas racionales, y quienes se impliquen en política tienen la responsabilidad de facilitar este proceso. Es lo que no sucede en Cuba, y ello da cuenta de la minoría de edad de su actual oposición.

Uno de los experimentos más interesantes, no solo de los últimos años, sino, a mi juicio, de la extensa y diversa historia de la oposición cubana, fue la plataforma de acción cívica Archipiélago. Esto no lo digo porque yo haya tomado parte. De hecho, como se verá, quien escribe fue apenas una «esquinita» de Archipiélago, como me dijera un agente de la Seguridad del Estado (SE).

Lo que sigue es mi experiencia. A partir de aquí, como Georges Perec, hablo de lo que «me acuerdo».

Llegué a Archipiélago por recomendación de dos amigos poetas, Javier L. Mora y Zulema Gutiérrez, hoy residentes en Polonia. Ellos ya integraban el equipo de moderación de la plataforma. Hacía años, en una noche holguinera de fiesta, yo había conocido a Yunior García. Vi una de sus obras teatrales y me agradó sobre todo por sus implicaciones políticas. Era directa, sin «metatrancas» ni florituras. Recuerdo que intercambiamos unas palabras breves y significativas. «Concuerdo con tus ideas», le dije. «Todo el mundo concuerda», me contestó, medio en broma medio en serio.

El equipo de moderación estaba compuesto casi únicamente por artistas e intelectuales. Según recuerdo, durante el tiempo en que yo estuve, casi siempre osciló entre los 20 y 25 miembros. Las mujeres eran mayoría, y varios compañeros venían del activismo LGBTIQ+. Los había de izquierdas y de derechas, algunos muy escorados. Recuerdo la indignación mía y de Daniel Triana cuando un compañero publicó en Facebook una loa a Pinochet. Recuerdo a alguien diciendo en cierta ocasión: «este grupo corre el riesgo de terminar en la izquierda, con la cual soy incompatible filosófica y políticamente».

Nos reuníamos en llamadas grupales de Telegram, casi a diario. En principio, la idea era tomar las decisiones de manera horizontal. «Cada decisión tomada en Archipiélago ha sido el resultado de un amplio y profundo debate entre un grupo de moderadores cubanos, de quienes me siento orgulloso. La democracia que ha nacido en ese grupo tan diverso me devuelve cada noche las esperanzas en el futuro de Cuba», publicó en cierto momento García. 

Todos los votos valían igual; sin embargo, había opiniones que valían más que otras y, en la práctica, arrastraban votos. El teatrólogo Habey Hechavarría era uno de los pesos pesados del grupo. No por imposición, sino por su inteligencia y lucidez. Y luego estaba el liderazgo de Yunior García. Recuerdo que, al fijar la primera fecha de nuestro objetivo principal, la Marcha Cívica por el Cambio, el régimen respondió anunciando unos ejercicios militares en la misma jornada. La opinión de que la Marcha debía retrasarse hasta el 27 de noviembre fue casi unánime. Era una fecha simbólica; escapaba de las jornadas de ejercicios militares; tendríamos más tiempo para prepararnos, etcétera. García propuso la idea de que no debía retrasarse, sino adelantarse para el 15 de noviembre de 2021. Recuerdo que lo hizo con entusiasmo y contagió a la mayoría. Yo voté por otro 27N. La votación arrojó el 15N.

En lo interno, creo que los mayores logros de Archipiélago fueron la conciliación de la diversidad y el sentimiento de camaradería, la seguridad de tener detrás un equipo dispuesto a desbarrancarse por ti. Recuerdo que fue molesto cuando la Seguridad del Estado me detuvo un día antes de la Marcha, pero puedo afirmar categóricamente que no sentí miedo. Confiaba en mis compañeros y sabía que mi detención activaba la estructura que habíamos construido. De eso se trata, de establecer vínculos, construir redes y canales de acción, comunicación y diálogo. Articularse. El error, a mi juicio, estuvo en no expandir esas estructuras, en no trabajar con las bases. Debimos salir a la calle a como diera lugar, poner el cuerpo, aun si nos costaba la prisión o la vida. Quizás por este motivo la gente no salió a marchar el 15N. No voy a culpar a un país por lo que hace o deja de hacer. Nosotros lanzamos una convocatoria que no se materializó. Algo debimos hacer mal.

Vale decir que en esos tiempos la presión fue horrible. Los tres agentes de la SE que me «atendían» iban a mi trabajo y la directora les cedía su oficina para que me interrogasen. Estando en un parque con mi novia de entonces, llegaban y le decían: «Préstamelo un momento». Cosas por el estilo… Amenazas y amenazas «profilácticas»… «para que no caigas preso». Días antes del 15N, recuerdo que un amigo dijo conocer a una señora cuyo hijo era de las Tropas Especiales. «Salgan a arrancarle la cabeza a quien proteste ese día», dice que le dijeron. Escuché muchas historias así. Camiones de Avispas Negras permanentemente en los parques. Ciudades militarizadas. Quien no ha tomado acción contra un régimen de estas características no puede imaginarse el peso que conlleva, o al menos no de manera precisa. Es una carga odiosa, pero se lleva con dignidad y uno hasta llega a tener la ingenua sensación de que está «a la vanguardia de la historia» o algo semejante.

Recuerdo que el 15N un compañero de Archipiélago me recomendó que no saliera. El día anterior, yo había sido obligado a firmar un documento en la prisión que contemplaba un mínimo de 15 años de privación de libertad si finalmente salía. De cualquier manera, tenía agentes de la SE apostados en cada esquina de mi casa. No hubiese llegado más allá de una cuadra. La Marcha fue un fracaso, pero estábamos dispuestos a continuar.

De pronto, Yunior García no aparecía. Aquello era más o menos usual, porque desde antes el régimen cubano le había cortado las vías de comunicación. No obstante, él siempre se las arreglaba para enviar un mensaje o conectarse desde otro teléfono. Al cabo de dos o tres días apareció en España. Que yo sepa, ningún compañero estaba enterado de lo que se había urdido. Paradójicamente, García había tomado, a título personal, la decisión más importante en la breve historia de Archipiélago. Y nosotros exigiendo una ridícula «fe de vida». «Fe de visa», comenzó a chotear la gente.

Las cuestiones personales o familiares no deben estar sujetas a inquisición, pero en este caso la probidad no solo de la plataforma, sino del movimiento opositor en Cuba estaba en juego. Era un tema personal —de Yunior García—y también nacional. Tuvo que elegir y a nadie se le puede exigir un liderazgo. Si yo fuera él, tendría un fantasma aguijoneándome la cabeza todos los días de mi vida, sobre todo al ver la deriva de Cuba.

Recuerdo aquella reunión, ya con García en Madrid. Ninguna explicación fue suficiente. El grupo implosionó y se anunció una baja tras otra. Quedamos algunos y luego hubo una serie de intrigas que no conocí. Me mantuve como parte del equipo, pero alejado.

Archipiélago naufragó; sin embargo, logró en su momento lo que hoy día es impensable. Basten los siguientes ejemplos para ilustrarlo. Silvio Rodríguez fue el «primero en enterarse» de la idea de Archipiélago. García se la comunicó durante un «fraterno» encuentro, poco después de las protestas del 11J. Un par de meses después, Ramón Saúl Sánchez, veterano opositor afincado en Miami y miembro del grupo radical Alpha 66, daba su apoyo a la plataforma. Con esto no quiero decir que no recibiéramos palos. Los hubo y muy duros. No obstante, el equipo trabajó desde una vocación ecuménica y consiguió atraerse las simpatías de un amplísimo rango de la oposición. Debo decir que los esfuerzos del compañero Leonardo Fernández Otaño y del ya mencionado Habey Hechavarría, ambos católicos, fueron claves en este sentido.

Como hizo Oswaldo Payá a principios de siglo, Archipiélago agotó las reglas del régimen cubano. Intentamos jugar dentro del marco legal y las autoridades rechazaron cada una de nuestras solicitudes. Obligamos al gobierno a pisotear su propia Constitución ante los ojos del mundo. Asimismo, Archipiélago basó su propuesta en el diálogo. ¿A qué otra cosa puede aspirar la oposición política? El eslogan «no al diálogo con la dictadura» es eso: un eslogan vacío, una estúpida entelequia. En algún punto habrá que sentarse a la mesa del diálogo; eso sí, bajo condiciones favorables para la oposición, como se hizo en Argentina, Chile, España o Europa del Este, incluso en Rumanía, después de muerto Ceaușescu, donde varios exmiembros del Partido Comunista fueron llamados al gabinete de transición encabezado por Ion Iliescu.

Y la visibilidad y el alcance de la plataforma fueron, indudablemente, muy amplios. El Noticiero de Televisión dedicaba todas las noches un segmento orwelliano a hablar de Archipiélago y sus moderadores, donde se llegaron a decir lindezas como que nos habían pagado siete millones de dólares, donde se construyó una patética historia de un personaje nombrado el «agente Fernando» que era tan idiota como para pintar a un Yunior García con la mano en el pecho diciendo algo como «consagro mi vida a la contrarrevolución». Nadie les creía. Le habíamos arrancado la hoja de parra a un régimen que ahora caminaba frente a todos como el rey del cuento de Andersen: desnudo. Pero eso fue todo. No fuimos capaces de pararle los pies.

Mirando hacia atrás, desde la distancia, creo que no estuvimos a la altura del juego. No solo García. El grupo nunca supo a cabalidad lo que estaba haciendo, la responsabilidad que tenía, e, incluso, creo que ni siquiera conocía muy bien el tablero en que jugaba. Queda el agradecimiento a todos por su valentía y su compromiso. Y queda la experiencia, que, como alguien dijo una vez, es tan cara que solo es posible pagarla con el tiempo.

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