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Quiso derrocar a los Castro. Lleva 32 años preso y su hija nunca lo abandonó

La primera vez que Karen María León Alfonso vio a su padre tenía 16 años. Miguel Díaz Bauzá llevaba meses preso en la una cárcel de la Seguridad del Estado de Santa Clara y ella llevaba casi toda su vida sin verlo.

Miguel había salido de Cuba en 1980, cuando Karen tenía apenas un año y medio. Después, su madre biológica cayó presa y ella fue adoptada por una familia a la que, dice, amó y respetó hasta el último día de sus vidas. Ellos le dieron sus apellidos y nunca le ocultaron que tenía otro padre y otra madre.

Una tarde alguien le señaló la pantalla del televisor y le dijo: «¿Tú quieres conocer a tu papá? Míralo ahí».

En el noticiero aparecían las imágenes de Miguel y de otros hombres que habían llegado con él a costas cubanas. «Decían cosas que no eran agradables sobre él y sus compañeros. Saben cómo es aquí la política», dice Karen a El Estornudo. 

Miguel había desembarcado en Cuba en 1994 con un grupo procedente de Estados Unidos para organizar un levantamiento contra el régimen de Fidel Castro. Lo acompañaban entonces Armando Sosa Fortuny, Jesús Rojas Pineda, José Ramón Falcón Gómez, Pedro Visao Peña y Lázaro González Caraballo.

Fue detenido el 16 de octubre de aquel año y condenado luego a 25 años de prisión por varios delitos contra la seguridad del Estado. Tenía 51 años.

Un mes después de aquel noticiero, un hermano de Miguel llegó a casa de Karen para pedir permiso a sus padres adoptivos para llevarla a verlo. Miguel lo había pedido.

Fueron a Santa Clara. La llevaron a una pequeña sala de la policía política donde había solamente «un sofá, un aire acondicionado y una puerta».

Karen y su padre / Foto de cortesía
Karen y su padre / Foto de cortesía

Lo primero que Karen recuerda del encuentro es el olor de su padre. Después recuerda al «hombre imponente» que entró. «Era grande y fuerte, y sin nadie presentarnos se me vino encima me abrazó y me empezó a besar. Me llamaba “mondongo”». 

No fue un encuentro sencillo. «Realmente, fue un momento incómodo porque yo no conocía a esa persona que me abrazaba y me besaba».

Aquel fue el único encuentro que tuvieron en Santa Clara. Después del juicio, Miguel fue trasladado a una prisión de Camagüey para cumplir su condena y la relación quedó reducida, durante años, a las cartas.

Karen no tuvo entonces una infancia compartida que recuperar ni recuerdos de un padre que hubiera estado presente en su crecimiento. Tuvo que conocerlo al revés: primero vio al hombre acusado en la televisión nacional; después, al preso y, poco a poco, al padre.

En 2001, Miguel fue trasladado nuevamente a Villa Clara. Desde entonces, Karen es la que se ocupa de todas sus cosas.

Han pasado más de tres décadas desde aquel primer encuentro. La historia de Miguel se ha convertido en una de las más largas del presidio político cubano: 32 años encarcelado.

Karen aclara que siempre hablará «con la verdad» y subraya que Miguel es su padre biológico, pero que guarda en su «corazón el espacio de la palabra “papá”» para quien la adoptó. Aun así, explica que la relación entre ambos «se ha construido siempre desde el respeto y la admiración, con un cariño que ha crecido con el pasar de los años».

El expreso político Jorge Luis García Pérez (Antúnez), sostiene una foto de Miguel Díaz Bauzá / Foto: Roberto Koltun/Facebook.
El expreso político Jorge Luis García Pérez (Antúnez), sostiene una foto de Miguel Díaz Bauzá / Foto: Roberto Koltun/Facebook.

Los recuerdos con él son muchos, dice, aunque casi todos se han construido con rejas detrás. «No es muy placentero contarlos, pues todos son en prisiones y con un preso de su estirpe… ya te podrás imaginar».

Miguel, cuenta Karen, nunca ha dejado de ser fiel a sí mismo. «Él no dice malas palabras ni le gusta que las digan. Es muy correcto a la hora de dirigirse a cualquier persona. No tiene malas costumbres ni malos hábitos. Es de los hombres del siglo pasado, donde la educación era clave».

Según cuenta Karen, quienes compartieron prisión con él «lo describen como un hombre incómodo para las autoridades carcelarias». «Es un dolor de cabeza. No se le queda callado a nadie cuando de violaciones o de abuso se trata, contra él o contra cualquier preso». 

También busca a los más jóvenes. «Le gusta darles consejos, sobre todo para que no vuelvan a caer en prisión». 

Su manera de resistir, según Karen, tiene que ver con sus convicciones. «Su resistencia se la debe a sus principios y a su convicción sobre la justeza de su causa».

En la prisión de Camagüey, Miguel protagonizó un episodio que terminó alargando su condena. En 1999 participó en una protesta por las condiciones y los abusos contra los presos y fue condenado por amotinamiento a otros 20 años. Las dos causas se acumularon en una sola sanción de 36 años de privación de libertad, la que cumple actualmente. El 15 de octubre de 2030 terminaría la condena del preso político más longevo de la isla.

Tras ser juzgado por el amotinamiento, estuvo nueve años sin poder recibir visitas. 

Los 32 años de prisión también han pasado factura a su salud. Miguel padece hipertensión, diabetes y problemas renales, y, según su familia, las condiciones del penal dificultan que pueda mantener adecuadamente sus tratamientos. «También tengo vitiligo, que me ha caído después de viejo, no sé si es por el estrés», declaró Bauzá en una pasada entrevista.

Miguel Díaz Bauzá
Miguel Díaz Bauzá / Foto de cortesía

La furia por las injusticias

Karen conserva sus propias escenas sobre la resistencia de su padre. Una ocurrió en el penal conocido como «el Pre», en Santa Clara.

Ella vive a unos 60 kilómetros y aquel día llegó un poco más tarde de lo habitual, cuando los demás familiares ya habían entrado. Le dijeron que tendría que esperar hasta el horario de la tarde. Pero Miguel se enteró de que ella estaba afuera.

«Yo no sé de qué forma él se enteró que yo estaba ahí ni lo que él formó allá dentro. Pero unos 20 o 30 minutos después vino un oficial corriendo, nos preguntó si éramos la familia de Bauzá y sin revisarnos nos entró al penal».

Cuando lo vio, estaba furioso. «Tenía la respiración exaltada y estaba rojo como un tomate». Karen intentó calmarlo porque había niñas presentes. No funcionó.

Miguel esperó el momento oportuno y, «con las manos detrás y hablando casi en un susurro», enfrentó al guardia. Karen tuvo que intervenir.

«Como único se calmó fue cuando lo amenacé con irme y no volver nunca más». Ella sabe que fue dura. También dice que sabe por qué lo hizo.

Miguel estaba reclamando lo que consideraba una injusticia: que una mujer que viajaba desde lejos con dos niñas pequeñas tuviera que regresar a casa sin siquiera poder entrar a verlo.

No fue la única vez.

En otra visita, Karen llegó temprano. Pero una funcionaria le prohibió entrar porque llevaba una saya y, según le dijeron, no estaba permitida en el penal.

Karen intentó demostrar que debajo llevaba varias prendas. No fue suficiente.

«Le di todo a mis niñas y les dije que entraran ellas y yo las esperaba afuera». Otra vez, al rato, un oficial vino a buscarla y la dejó entrar. «Ese día la que estaba que “bufeaba” era yo».

Son escenas pequeñas frente a los 32 años de prisión. Pero en la memoria de Karen cuentan porque dicen algo del hombre al que ha aprendido a llamar padre.

Unas horas de libertad

Cuando Miguel recibe un pase y puede salir del centro penitenciario «Campamento la 2», en Remedios, Villa Clara, donde se encuentra recluido actualmente, el tiempo cambia. 

Entonces no está solamente el preso político ni el hombre que lleva décadas enfrentado a las autoridades. Aparece el abuelo.

Tiene dos hijos, cinco nietos y tres bisnietos.

Miguel Díaz Bauzá y sus nietos / Foto de cortesía
Miguel Díaz Bauzá y sus nietos / Foto de cortesía

«Cuando sale de pase, a él lo que le gusta es pasar el tiempo con sus nietos y bisnietos. Es un niño más en la casa a la hora de jugar con ellos». 

Después cocina. «Cuando no está con los niños se pasa todo el tiempo cocinando, le fascina». 

Esos momentos permiten asomarse a una vida que pudo haber sido otra. Una vida de padre, abuelo y bisabuelo que no transcurrió enteramente dentro de una prisión.

Cuando hablan, los temas también son otros. «Nos cuenta cómo fue su vida en Estados Unidos. Como fueron esos pocos años que vivimos juntos. Yo era un bebé y no me acuerdo de nada de esa época. Hablamos de cosas de familia, de objetivos, metas».

Y hay algo que Karen dice admirar especialmente. «Mi papá es un hombre de una convicción muy fuerte y profunda».

Dos lágrimas por un pueblo y un país que ya no existe

Caibarién, su pueblo natal, fue el lugar que Miguel dejó en 1980 y al que regresó décadas después, durante uno de sus pases. 

«No dijo nada al llegar. Se paró. Le corrieron dos lagrimones por el rostro. Contuvo el aire y seguimos caminando». 

Ya en casa, Karen le preguntó si había llorado de nostalgia. La respuesta fue otra. 

«Me dijo que le dio mucho dolor ver que el pueblo esplendoroso, la llamada Villa Blanca que dejó atrás, se había deteriorado tanto. Expresó que el lugar se podía comparar con un bombardeo de cualquier ciudad de la Segunda Guerra Mundial». 

Para entonces, el hombre que había salido de Cuba más de cuatro décadas atrás podía comparar dos fotografías del mismo lugar: la que conservaba en la memoria y la que encontraba frente a sus ojos, «destruido por el comunismo y la desidia», expresó.  

Miguel Díaz Bauzá en uno de sus días de pase  / Foto de cortesía
Miguel Díaz Bauzá en uno de sus días de pase / Foto de cortesía

Para Karen, también había una prisión nueva que observar: la del país entero. La situación de las cárceles se suma a la situación del país y a la imagen de Caibarién que Miguel encontró al regresar.

Pero, pese a todo, cuando sale de pase no parece buscar grandes cosas.

Busca tiempo.

Tiempo para hablar con su hija y los niños de casa.

Después de 32 años de prisión, esto es lo que Miguel quiere:

«Él tiene actualmente 83 años y termina su sanción en el 2030. Él solo quiere vivir en libertad, al lado de sus nietos y bisnietos. Vivir en un país democrático, donde cualquiera pueda pensar y actuar diferente en términos de política, y eso no sea un delito. Quiere terminar los días que le quedan al lado de su familia, en su isla, pero también aspira a poder vivir en una nueva Cuba donde la palabra comunismo o comunista no exista». 

Karen no puede recuperar los años que no ha estado cerca de su padre. Tampoco puede inventarse recuerdos que no tiene. Puede contar, en cambio, lo que sí construyeron: una relación cercana y sostenida durante años por cartas y visitas y que, con el tiempo, encontró otra forma de existir cada vez que Miguel cruza la puerta de la casa al salir de la cárcel.

Entonces el preso desaparece por unas horas.

Y está presente el padre que pregunta por su hija.

Y una familia que, después de más de tres décadas, todavía espera que Miguel pueda quedarse.

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Archipiélago por dentro

Las reacciones que ha suscitado la excarcelación de Luis Manuel Otero Alcántara y su llegada a los Estados Unidos son señas de una trágica realidad. La oposición cubana se le ha ido de las manos a la propia oposición, de modo que es incapaz de prestarle servicios a su causa última: a saber, el cambio de régimen en Cuba. Los unos porque dictan cómo debe ser la oposición y ahogan cualquier iniciativa que no entre en su canon; los otros, porque dedican buena parte de su atención y energía a combatir esa conducta.

El rencor, con sus altas y bajas, ha sido parte constitutiva de la oposición cubana. Dadas las circunstancias, no ha podido ser de otra forma. Digamos más, toda iniciativa de cambio político comienza con la indignación. La cuestión está en que esta evolucione hacia formas racionales, y quienes se impliquen en política tienen la responsabilidad de facilitar este proceso. Es lo que no sucede en Cuba, y ello da cuenta de la minoría de edad de su actual oposición.

Uno de los experimentos más interesantes, no solo de los últimos años, sino, a mi juicio, de la extensa y diversa historia de la oposición cubana, fue la plataforma de acción cívica Archipiélago. Esto no lo digo porque yo haya tomado parte. De hecho, como se verá, quien escribe fue apenas una «esquinita» de Archipiélago, como me dijera un agente de la Seguridad del Estado (SE).

Lo que sigue es mi experiencia. A partir de aquí, como Georges Perec, hablo de lo que «me acuerdo».

Llegué a Archipiélago por recomendación de dos amigos poetas, Javier L. Mora y Zulema Gutiérrez, hoy residentes en Polonia. Ellos ya integraban el equipo de moderación de la plataforma. Hacía años, en una noche holguinera de fiesta, yo había conocido a Yunior García. Vi una de sus obras teatrales y me agradó sobre todo por sus implicaciones políticas. Era directa, sin «metatrancas» ni florituras. Recuerdo que intercambiamos unas palabras breves y significativas. «Concuerdo con tus ideas», le dije. «Todo el mundo concuerda», me contestó, medio en broma medio en serio.

El equipo de moderación estaba compuesto casi únicamente por artistas e intelectuales. Según recuerdo, durante el tiempo en que yo estuve, casi siempre osciló entre los 20 y 25 miembros. Las mujeres eran mayoría, y varios compañeros venían del activismo LGBTIQ+. Los había de izquierdas y de derechas, algunos muy escorados. Recuerdo la indignación mía y de Daniel Triana cuando un compañero publicó en Facebook una loa a Pinochet. Recuerdo a alguien diciendo en cierta ocasión: «este grupo corre el riesgo de terminar en la izquierda, con la cual soy incompatible filosófica y políticamente».

Nos reuníamos en llamadas grupales de Telegram, casi a diario. En principio, la idea era tomar las decisiones de manera horizontal. «Cada decisión tomada en Archipiélago ha sido el resultado de un amplio y profundo debate entre un grupo de moderadores cubanos, de quienes me siento orgulloso. La democracia que ha nacido en ese grupo tan diverso me devuelve cada noche las esperanzas en el futuro de Cuba», publicó en cierto momento García. 

Todos los votos valían igual; sin embargo, había opiniones que valían más que otras y, en la práctica, arrastraban votos. El teatrólogo Habey Hechavarría era uno de los pesos pesados del grupo. No por imposición, sino por su inteligencia y lucidez. Y luego estaba el liderazgo de Yunior García. Recuerdo que, al fijar la primera fecha de nuestro objetivo principal, la Marcha Cívica por el Cambio, el régimen respondió anunciando unos ejercicios militares en la misma jornada. La opinión de que la Marcha debía retrasarse hasta el 27 de noviembre fue casi unánime. Era una fecha simbólica; escapaba de las jornadas de ejercicios militares; tendríamos más tiempo para prepararnos, etcétera. García propuso la idea de que no debía retrasarse, sino adelantarse para el 15 de noviembre de 2021. Recuerdo que lo hizo con entusiasmo y contagió a la mayoría. Yo voté por otro 27N. La votación arrojó el 15N.

En lo interno, creo que los mayores logros de Archipiélago fueron la conciliación de la diversidad y el sentimiento de camaradería, la seguridad de tener detrás un equipo dispuesto a desbarrancarse por ti. Recuerdo que fue molesto cuando la Seguridad del Estado me detuvo un día antes de la Marcha, pero puedo afirmar categóricamente que no sentí miedo. Confiaba en mis compañeros y sabía que mi detención activaba la estructura que habíamos construido. De eso se trata, de establecer vínculos, construir redes y canales de acción, comunicación y diálogo. Articularse. El error, a mi juicio, estuvo en no expandir esas estructuras, en no trabajar con las bases. Debimos salir a la calle a como diera lugar, poner el cuerpo, aun si nos costaba la prisión o la vida. Quizás por este motivo la gente no salió a marchar el 15N. No voy a culpar a un país por lo que hace o deja de hacer. Nosotros lanzamos una convocatoria que no se materializó. Algo debimos hacer mal.

Vale decir que en esos tiempos la presión fue horrible. Los tres agentes de la SE que me «atendían» iban a mi trabajo y la directora les cedía su oficina para que me interrogasen. Estando en un parque con mi novia de entonces, llegaban y le decían: «Préstamelo un momento». Cosas por el estilo… Amenazas y amenazas «profilácticas»… «para que no caigas preso». Días antes del 15N, recuerdo que un amigo dijo conocer a una señora cuyo hijo era de las Tropas Especiales. «Salgan a arrancarle la cabeza a quien proteste ese día», dice que le dijeron. Escuché muchas historias así. Camiones de Avispas Negras permanentemente en los parques. Ciudades militarizadas. Quien no ha tomado acción contra un régimen de estas características no puede imaginarse el peso que conlleva, o al menos no de manera precisa. Es una carga odiosa, pero se lleva con dignidad y uno hasta llega a tener la ingenua sensación de que está «a la vanguardia de la historia» o algo semejante.

Recuerdo que el 15N un compañero de Archipiélago me recomendó que no saliera. El día anterior, yo había sido obligado a firmar un documento en la prisión que contemplaba un mínimo de 15 años de privación de libertad si finalmente salía. De cualquier manera, tenía agentes de la SE apostados en cada esquina de mi casa. No hubiese llegado más allá de una cuadra. La Marcha fue un fracaso, pero estábamos dispuestos a continuar.

De pronto, Yunior García no aparecía. Aquello era más o menos usual, porque desde antes el régimen cubano le había cortado las vías de comunicación. No obstante, él siempre se las arreglaba para enviar un mensaje o conectarse desde otro teléfono. Al cabo de dos o tres días apareció en España. Que yo sepa, ningún compañero estaba enterado de lo que se había urdido. Paradójicamente, García había tomado, a título personal, la decisión más importante en la breve historia de Archipiélago. Y nosotros exigiendo una ridícula «fe de vida». «Fe de visa», comenzó a chotear la gente.

Las cuestiones personales o familiares no deben estar sujetas a inquisición, pero en este caso la probidad no solo de la plataforma, sino del movimiento opositor en Cuba estaba en juego. Era un tema personal —de Yunior García—y también nacional. Tuvo que elegir y a nadie se le puede exigir un liderazgo. Si yo fuera él, tendría un fantasma aguijoneándome la cabeza todos los días de mi vida, sobre todo al ver la deriva de Cuba.

Recuerdo aquella reunión, ya con García en Madrid. Ninguna explicación fue suficiente. El grupo implosionó y se anunció una baja tras otra. Quedamos algunos y luego hubo una serie de intrigas que no conocí. Me mantuve como parte del equipo, pero alejado.

Archipiélago naufragó; sin embargo, logró en su momento lo que hoy día es impensable. Basten los siguientes ejemplos para ilustrarlo. Silvio Rodríguez fue el «primero en enterarse» de la idea de Archipiélago. García se la comunicó durante un «fraterno» encuentro, poco después de las protestas del 11J. Un par de meses después, Ramón Saúl Sánchez, veterano opositor afincado en Miami y miembro del grupo radical Alpha 66, daba su apoyo a la plataforma. Con esto no quiero decir que no recibiéramos palos. Los hubo y muy duros. No obstante, el equipo trabajó desde una vocación ecuménica y consiguió atraerse las simpatías de un amplísimo rango de la oposición. Debo decir que los esfuerzos del compañero Leonardo Fernández Otaño y del ya mencionado Habey Hechavarría, ambos católicos, fueron claves en este sentido.

Como hizo Oswaldo Payá a principios de siglo, Archipiélago agotó las reglas del régimen cubano. Intentamos jugar dentro del marco legal y las autoridades rechazaron cada una de nuestras solicitudes. Obligamos al gobierno a pisotear su propia Constitución ante los ojos del mundo. Asimismo, Archipiélago basó su propuesta en el diálogo. ¿A qué otra cosa puede aspirar la oposición política? El eslogan «no al diálogo con la dictadura» es eso: un eslogan vacío, una estúpida entelequia. En algún punto habrá que sentarse a la mesa del diálogo; eso sí, bajo condiciones favorables para la oposición, como se hizo en Argentina, Chile, España o Europa del Este, incluso en Rumanía, después de muerto Ceaușescu, donde varios exmiembros del Partido Comunista fueron llamados al gabinete de transición encabezado por Ion Iliescu.

Y la visibilidad y el alcance de la plataforma fueron, indudablemente, muy amplios. El Noticiero de Televisión dedicaba todas las noches un segmento orwelliano a hablar de Archipiélago y sus moderadores, donde se llegaron a decir lindezas como que nos habían pagado siete millones de dólares, donde se construyó una patética historia de un personaje nombrado el «agente Fernando» que era tan idiota como para pintar a un Yunior García con la mano en el pecho diciendo algo como «consagro mi vida a la contrarrevolución». Nadie les creía. Le habíamos arrancado la hoja de parra a un régimen que ahora caminaba frente a todos como el rey del cuento de Andersen: desnudo. Pero eso fue todo. No fuimos capaces de pararle los pies.

Mirando hacia atrás, desde la distancia, creo que no estuvimos a la altura del juego. No solo García. El grupo nunca supo a cabalidad lo que estaba haciendo, la responsabilidad que tenía, e, incluso, creo que ni siquiera conocía muy bien el tablero en que jugaba. Queda el agradecimiento a todos por su valentía y su compromiso. Y queda la experiencia, que, como alguien dijo una vez, es tan cara que solo es posible pagarla con el tiempo.

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