Reading view

El derecho a caminar: cómo garantizar por ley que los peatones puedan desplazarse a pie

Cristi Croitoru/Shutterstock

¿Quién no ha tenido alguna vez la sensación de que un simple paseo le aclaraba la mente? ¿De que, tras una caminata, tenía mejores ideas y podía tomar decisiones más acertadas? Sobre los “pensamientos caminados” han reflexionado filósofos de la talla de Aristóteles, Rousseau o Nietzsche. Caminar no es solo “la mejor medicina”, como nos diría el sabio Hipócrates, sino que sus efectos van más allá; tanto en el plano individual, como también en el colectivo, pues las relaciones “de a pie” son siempre más humanas. Bien lo saben los peregrinos del Camino de Santiago que con frecuencia dicen que “el Camino te da lo que te falta y te quita lo que te sobra”.

Con todos los parabienes que se derivan del acto de andar –y teniendo en cuenta que constituye para los seres humanos la forma de movilidad más natural y universal y, sin duda, la más ecológica–, ¿no debería recibir un tratamiento preferente por parte de los poderes públicos? Y, sin embargo, ¿por qué se dificulta tanto?

Uno tiene la sensación de que muchas de nuestras ciudades están más diseñadas para la circulación de los vehículos que para la de los peatones. Algunos trayectos son imposibles de realizar andando, ya sea por la carencia de aceras, por obras en las vías públicas que se eternizan o por encontrarnos con caminos que no tienen continuidad o están bloqueados o cercados.

Otros desplazamientos a pie resultan tremendamente incómodos debido a aceras demasiado estrechas, en mal estado o invadidas por terrazas de establecimientos de hostelería u otros elementos. O bien se nos fuerza a recorridos inadecuados, poco atractivos o ilógicos. Las agresiones y dificultades que sufrimos como peatones son incontables.

En una reciente publicación abordo en profundidad estas cuestiones desde una perspectiva jurídica y aporto una solución: que el acto de caminar sea considerado en el ordenamiento jurídico español como un auténtico derecho para las personas.

Multitud de transeúntes en una esquina de la plaza Cataluña de la ciudad de Barcelona
Peatones en una esquina de la plaza Cataluña, en Barcelona. EGT-1/Shutterstock

El derecho a caminar

Este derecho se conceptualizaría como el derecho que tiene cada individuo a desplazarse a pie de una manera segura y en condiciones adecuadas. Ello implicaría la capacidad para acceder a pie a cualquier punto de interés ciudadano, tanto en el ámbito urbano como en el interurbano y en el medio natural, así como a la propia estancia en los mismos. Iría acompañado, además, del reconocimiento de la prioridad de la movilidad peatonal frente a cualquier otra forma de transporte (lo que se ha venido a llamar el principio “el peatón, primero” en la pirámide jerarquizada de la movilidad), muy especialmente, respecto del uso del vehículo particular.

Las ventajas de configurar la movilidad peatonal como un derecho ciudadano son evidentes. En la situación actual, el mayor o menor respeto hacia los peatones depende, en gran medida, de la voluntad política de cada una de las Administraciones públicas. Sin embargo, el reconocimiento del derecho permitiría a cualquier ciudadano que considerara que se le está impidiendo llevar a cabo un itinerario a pie en condiciones adecuadas exigir que se le ponga remedio.

Si la Administración en cuestión no atendiera la petición, podría reclamar la tutela judicial para que los tribunales obligaran a revertir la situación. Las acciones judiciales serían ejercitables también ante cualquier comportamiento vulnerador del derecho procedente de un particular.

Al mismo tiempo, el derecho a caminar, dada su enorme dimensión colectiva, reforzaría la posición de las diferentes organizaciones defensoras de la movilidad a pie que existen en España. Les permitiría no solo interponer demandas judiciales para la defensa del derecho, sino también exigirles a los entes públicos políticas acordes con su respeto.


Leer más: Las 12 mejores formas de sacar los coches de las ciudades


Una ley reguladora de la movilidad a pie

Aunque no existe en la actualidad un reconocimiento explícito del derecho a caminar en el ordenamiento jurídico –ni en España ni, hasta donde me alcanza el juicio, en ningún otro país–, existen argumentos jurídicos sólidos para sustentar que podría ser construido por los propios jueces, a través de su jurisprudencia, atendiendo a alguna demanda judicial que lo reclame.

Téngase presente que con su consecución se hacen efectivos derechos fundamentales e intereses públicos previstos en la propia Constitución española. Muy especialmente, la libertad de circulación reconocida en su artículo 19. Esta conexión permitiría, incluso, que el derecho fuera amparado por el propio Tribunal Constitucional y que lo considerara uno más de los “derechos humanos”.

Pero la mejor manera de garantizar su cumplimiento sería desde el plano legislativo. Por ello, podría aprobarse una ley estatal para la movilidad a pie en España o, en su defecto, leyes autonómicas con el mismo objeto. Esta normativa, sobre la base de reconocer expresamente el derecho, forzaría a las Administraciones a elaborar políticas públicas dirigidas expresamente a posibilitar los desplazamientos a pie sustentadas sobre tres pilares fundamentales:

  • Primero, la construcción de ciudades caminables, esto es, hacer de las urbes espacios en los que los desplazamientos a pie sean no solo posibles, sino también seguros, prácticos, agradables y deseables.

  • En segundo lugar, la consagración del concepto de “vial completo”, que implica impedir que puedan construirse vías abiertas al tráfico rodado que no tengan resuelta previamente la movilidad peatonal y obliguen al peatón a caminar por la calzada. Ello debe conducir a prohibir la construcción de calles sin aceras –o sin bandas de exclusividad peatonal– y de carreteras carentes de arcenes practicables o soluciones similares.

  • Y, por último, el aseguramiento de la movilidad a pie en el medio natural, ya sea para conectar una población con otra, con fines recreativos, o bien para garantizar la visita a aquellos elementos de la naturaleza de relevancia (montes, playas, ríos, vías pecuarias, elementos patrimoniales de interés cultural, etc.), aun cuando se encuentren en propiedad privada.

La finalidad última de este cuerpo legislativo sería propiciar en la sociedad española una cultura del caminar que haga de este acto un comportamiento cotidiano en la vida de las personas.

En un mundo tan complejo como el actual, con los gravísimos problemas que las sociedades han de afrontar, podría pensarse que estas cuestiones son de menor calado. Sin embargo, la gestación de una cultura del caminar tiene un efecto transformador de alcance global pues contribuye a la construcción de comunidades más sanas, sostenibles y cohesionadas. En definitiva, una sociedad que anda es una sociedad que avanza.

The Conversation

Juan Manuel Ayllón Díaz-González no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

La epilepsia es más común en países de bajos ingresos

Only_NewPhoto/Shutterstock

La epilepsia, que afecta a unos 50 millones de personas en el mundo, tiene un impacto muy importante en la salud pública: es una de las diez enfermedades neurológicas que suman un mayor número de años de vida con discapacidad.

Sin embargo, su distribución a nivel mundial es muy desigual. Según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), el 80 % de los casos se encuentran en países de ingresos bajos y medios. La OMS estima que en estos países se realizan 139 diagnósticos por cada 100 000 habitantes cada año, frente a los 49 por cada 100 000 en países de ingresos altos.

En cuanto al porcentaje de población que padece la dolencia, la tasa se sitúa en 5,49 por cada 1 000 personas en países ricos, mientras que asciende a 6,68 por cada 1 000 en países con ingresos medios y bajos. Esto provoca que la mortalidad asociada a la epilepsia sea mucho mayor en estos últimos.

El desigual acceso a los tratamientos

Uno de los motivos que explican esas diferencias tiene que ver con el acceso al tratamiento. En comparación con otras enfermedades, la terapia farmacológica para el control de las crisis epilépticas es relativamente barata. Por ello, el 60-70 % de las personas afectadas en países con altos ingresos consigue evitar las crisis recurriendo solo a la medicación.

Sin embargo, esto no ocurre en el resto del mundo. Se estima que la proporción de pacientes sin tratamiento o con un tratamiento inadecuado asciende en los países con ingresos bajos o medios a entre el 50 y el 75 %, mientras que en los países económicamente más favorecidos es solo del 10 %.

Además, el problema es que las pocas personas con acceso a los fármacos a menudo no pueden seguir correctamente el tratamiento por falta en la continuidad de la disposición de los fármacos o de una correcta supervisión.

Otra de las razones que explican esta gran desigualdad es que en los países con ingresos medios y pequeños hay mayor incidencia y menos prevención de los factores de riesgo, como las infecciones que afectan al cerebro (paludismo o neurocisticercosis), problemas durante el parto o los traumatismos craneoencefálicos.

Factores que ahondan la brecha

Las causas de esta brecha en el acceso a los tratamientos y la atención sanitaria son múltiples y pueden clasificarse en dos categorías principales: factores relacionados con el sistema de salud y factores culturales.

Los primeros apuntan a una desigualdad en la distribución de los servicios públicos (mejores en las zonas urbanas que rurales), una diferencia en la calidad de la atención médica pública frente a la privada y falta de personal sanitario especializado.

Pero además del impacto clínico, la epilepsia se acompaña en muchos lugares de un estigma social, lo que puede retrasar la búsqueda de atención médica o favorecer el recurso a tratamientos no médicos (medicina alternativa, curanderos, etc.), así como obstaculizar el acceso a la educación, al empleo y a la participación social. No obstante, algunos de esos impedimentos también pueden vincularse al trastorno cerebral subyacente a la epilepsia.

La mayor parte de las veces el estigma es ejercido por otras personas. A menudo, aún se cree erróneamente que las convulsiones son contagiosas, con las consiguientes reticencias a ayudar durante las crisis. En algunas áreas, las mujeres experimentan un estigma especialmente intenso, que reduce sus oportunidades de matrimonio y aumenta su vulnerabilidad a la discriminación, el abuso físico y la violencia sexual.

Acciones para mejorar el diagnóstico y el tratamiento

Abordar esta brecha en el diagnóstico y la atención de la epilepsia implica la combinación de acciones médicas, educativas y sociales que respeten las creencias culturales, así como los recursos locales y las prioridades de cada comunidad.

Algunas de esas acciones incluyen:

  • Fomentar las formaciones básicas especializadas en sanitarios de atención primaria, promoviendo la idea de que la epilepsia es una afección tratable.

  • Fortalecer los sistemas de atención primaria, garantizando el acceso a medicamentos esenciales para tratar las crisis.

  • Desarrollar programas de prevención en entornos sanitarios y educativos para conocer la enfermedad y saber cómo actuar ante una crisis.

  • Emprender acciones centradas en la intervención contra el estigma asociado a la enfermedad.

  • Desarrollar programas educativos para los pacientes basados en el autoconocimiento y autocuidado.

No solo hace falta crear conciencia social sobre la importancia de la epilepsia, sino también generar cambios legislativos, clínicos y educativos que permitan mejorar la calidad de vida de las personas afectadas. Con este objetivo, la Internacional Bureau for Epilepsy (IBE) ha creado la guía Advocate’s Toolkit for Making Epilepsy a Priority in Africa para impulsar proyectos de incidencia política y social relacionados con la epilepsia.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

¿Se aprende mejor haciendo? Lo que dice la ciencia sobre las metodologías activas

Dragon Images/Shutterstock

Imaginemos dos aulas de primaria. En la primera, el profesor explica el ciclo del agua mientras el alumnado toma apuntes. La explicación termina y la clase continúa con el siguiente contenido.

En la segunda, la escena es muy distinta. A niños y niñas se les plantea un reto: diseñar un sistema para recoger y reutilizar el agua de lluvia en el colegio. Para conseguirlo deben investigar, calcular, debatir propuestas, construir una maqueta y defender su solución. Mientras resuelven un problema real, aprenden ciencias, matemáticas, comunicación y trabajo en equipo.

¿Qué grupo tendrá más oportunidades de comprender y utilizar lo aprendido? La investigación reciente sobre metodologías activas muestra que implicar al alumnado en tareas que requieren utilizar sus conocimientos puede favorecer el aprendizaje y el rendimiento académico.

Evidencias sobre las metodologías activas

Un solo estudio no basta para demostrar que una estrategia educativa funciona. La confianza aparece cuando investigaciones realizadas en distintos países y contextos llegan a conclusiones similares. Eso es exactamente lo que ha ocurrido con las metodologías activas.

Una revisión sistemática –un tipo de investigación que localiza, selecciona y analiza de forma rigurosa los estudios relevantes disponibles sobre una misma pregunta para obtener una visión global de la evidencia– examinó 36 investigaciones publicadas entre 2018 y 2024 sobre nueve metodologías activas.

Los resultados mostraron que estrategias como el aprendizaje cooperativo, el aprendizaje basado en proyectos y problemas, la gamificación, el aula invertida o el aprendizaje basado en indagación se asociaban con mejores resultados académicos, mayores niveles de motivación y una mayor satisfacción del alumnado en comparación con enfoques más tradicionales.

Otros estudios muestran que estos beneficios pueden observarse en distintas áreas de aprendizaje y que la incorporación de estrategias activas puede complementar la enseñanza tradicional. Además, estas estrategias pueden introducirse de forma progresiva, adaptándose a las características y necesidades de cada aula.

Otros beneficios más allá del rendimiento escolar

Pero sus beneficios van más allá del rendimiento académico. La investigación sobre metodologías activas también ha encontrado resultados favorables en aspectos como la motivación y la implicación del alumnado en su aprendizaje. Estos factores son relevantes porque aprender no consiste únicamente en obtener mejores resultados, sino también en encontrar sentido a aquello que se aprende.


Leer más: En lugar de encontrar soluciones, plantear problemas: otra manera de aprender matemáticas


¿Cómo ponerlo en marcha?

Aunque el término metodologías activas pueda sonar técnico, la idea es sencilla: el alumnado deja de limitarse a escuchar para empezar a utilizar lo que aprende.

Imaginemos una clase de matemáticas. En lugar de resolver una serie de operaciones, la clase debe calcular el presupuesto de una excursión escolar. El alumnado compara precios, estima gastos, justifica sus cálculos y decide qué opción resulta más viable.

Lo mismo sucede en lengua y literatura. Después de leer una novela, el alumnado puede crear un pódcast donde analiza las decisiones de los personajes y defiende su interpretación utilizando evidencias del texto.


Leer más: Estudiantes ‘autónomos’: una meta que ha de construirse por etapas y con acompañamiento


En una clase de ciencias naturales sobre ecosistemas podemos partir de un problema cercano: averiguar por qué ha disminuido una especie de la zona y proponer medidas para protegerla a partir de los conocimientos trabajados en clase.

Y ni siquiera es necesario organizar siempre un proyecto. Tras explicar un fenómeno científico, puede bastar con plantear una situación inesperada: ¿qué ocurriría con esta planta si permaneciera varios días sin luz? A partir de ahí, el alumnado puede discutir posibles respuestas y justificar su conclusión.

El contenido no cambia; cambia la forma de aprenderlo. En lugar de limitarse a recordar información, el alumnado debe comprenderla, relacionarla con otros conocimientos y utilizarla en situaciones diferentes, dentro y fuera del aula.

Pero hay un matiz importante: las metodologías activas no eliminan las explicaciones del profesorado ni convierten todas las clases en proyectos. El docente sigue siendo quien diseña las actividades, acompaña el proceso y ayuda al alumnado a construir el conocimiento.


Leer más: Maria Montessori, una pionera de las metodologías activas


¿Cómo aprovecharlas mejor?

La investigación educativa sobre pensamiento crítico en Primaria destaca la importancia de implicar al alumnado en actividades que permitan dialogar, plantearse preguntas y utilizar los conocimientos. Uno de los cambios más visibles se produce precisamente en su papel en el aula: de escuchar, recordar y reproducir contenidos a explicar, argumentar, relacionar ideas y resolver problemas.

Además, este tipo de aprendizaje ofrece oportunidades para desarrollar competencias como el pensamiento crítico, la colaboración y la resolución de problemas, especialmente cuando el alumnado debe analizar alternativas, debatirlas con otros y buscar conjuntamente una solución.

El desafío ahora es conseguir que ese conocimiento científico llegue a las aulas y a los docentes. Porque la mejor enseñanza no es la que ayuda a recordar una respuesta durante un examen, sino la que despierta la curiosidad, desarrolla el pensamiento crítico y ofrece las herramientas para seguir aprendiendo mucho después de haber abandonado el aula.

The Conversation

Silvia Conde-Izquierdo no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

‘Sobremesa’, ‘flâner’ o ‘saudade’: la traducción no intercambia palabras sino que explica culturas

Terrazas en el Greenwich Village de Nueva York. rblfmr/Shutterstock

La traducción suele entenderse como un simple cambio de palabras entre lenguas. No obstante, los principales desafíos surgen cuando una lengua expresa conceptos o realidades culturales sin equivalente directo en otra. ¿Cómo traducir la diferencia entre te quiero y te amo? ¿Qué ocurre con palabras como sobremesa, agobio o botellón?

Las lenguas no son sólo comunicación, sino también cultura, y la traducción humana sigue siendo esencial para su comprensión.

No es un simple intercambio de palabras

“Tú, que sabes inglés, tradúceme esta frase” o “¿cómo se dice mariscar en alemán?”. ¿Cuántas veces hemos escuchado preguntas como estas? Todas ellas surgen porque la traducción suele concebirse como algo automático, un simple intercambio entre dos códigos.

Sin embargo, esta va mucho más allá de sustituir unas palabras por otras. Su objetivo es transmitir el significado, la intención comunicativa y el contexto cultural, procurando que el resultado suene natural para quienes lo leen o escuchan. Precisamente por eso, cuando disfrutamos de una novela traducida o vemos una película doblada, rara vez pensamos en el trabajo que hay detrás. Si la traducción funciona, suele pasar desapercibida.

Traducir conlleva interpretar, conocer bien las lenguas y las culturas implicadas y, muy a menudo, saber leer entre líneas. Es una operación lingüística, pero también un acto de comunicación y una forma de mediación entre mundos diferentes.

Las lenguas: una visión del mundo

En español se dice nieve, pero en maorí hablan de huka-rere, “uno de los hijos de la lluvia y el viento”. Cada pueblo y su forma de ver el mundo son únicos, y estas particularidades encuentran un reflejo en las lenguas que hablan.

La relación entre lengua, cultura y pensamiento ha sido ampliamente estudiada desde disciplinas como la lingüística cognitiva o la antropología lingüística. Aunque existe debate sobre hasta qué punto el lenguaje condiciona nuestra forma de pensar, sí hay un amplio consenso en que las lenguas reflejan la experiencia y el contexto cultural de sus hablantes. Esta influencia no solo se aprecia al comparar idiomas diferentes, sino también dentro de una misma lengua.

Un ejemplo muy ilustrativo se encuentra en estos versos de Federico García Lorca:

En la mitad del camino cortó limones redondos,

y los fue tirando al agua hasta que la puso de oro.

Para un lector español, la imagen resulta natural. Sin embargo, para lectores de otros países de habla hispana, la escena puede resultar confusa. Mientras en España los limones suelen asociarse al color amarillo, en gran parte de América Latina son verdes. El propio Gabriel García Márquez recordó esta diferencia al descubrir, durante un viaje a Europa, que “el diccionario tenía razón” y que allí esa fruta tenía, efectivamente, ese color.

Si una misma palabra puede evocar imágenes distintas dentro de una misma lengua, las diferencias son aún más evidentes cuando intervienen lenguas y culturas distintas. Es precisamente ahí donde el traductor debe demostrar su competencia y tomar decisiones.

Si no existe la palabra: los vacíos léxicos

Uno de los principales desafíos de la traducción son los vacíos léxicos, es decir, cuando una lengua dispone de un término concreto para expresar una idea, mientras que otra necesita recurrir a varias palabras para transmitir el mismo significado.

Es el caso de los verbos madrugar y trasnochar. En muchas lenguas no existe un equivalente directo, por lo que es necesario traducirlos mediante expresiones como “levantarse temprano” o “acostarse tarde” (o “estar despierto hasta muy tarde”, según el contexto).

Algo parecido ocurre con sobremesa. En español basta una sola palabra para referirse al tiempo de conversación que sigue a una comida, mientras que en otras lenguas es necesario describir la situación.

Sin embargo, la ausencia de un equivalente léxico no significa que esas realidades no existan. En muchos idiomas no hay un término exacto equivalente a veranear, estrenar o puente, aunque sus hablantes también tengan vacaciones de verano, vistan una camiseta por primera vez o disfruten de un fin de semana largo gracias a un día festivo.

Este fenómeno no es exclusivo del español. Todas las lenguas poseen palabras que condensan significados difíciles de expresar de forma tan concisa en otros idiomas. Es el caso de flâner, en francés, que alude al paseo sin rumbo y contemplativo asociado tradicionalmente a la vida urbana parisina, o de saudade, en portugués, utilizada para expresar una mezcla de nostalgia, añoranza y afecto por algo o alguien ausente.

Ante estos vacíos léxicos, el traductor debe recurrir a distintas estrategias: explicar el concepto mediante una perífrasis, encontrar un equivalente aproximado o adaptar la expresión al contexto para transmitir el mismo significado. El objetivo no es traducir cada palabra de forma aislada, sino conseguir que el receptor de la traducción comprenda la misma idea que el receptor del texto original.

Los ‘realia’: cuando el problema es cultural

Si los vacíos léxicos plantean un desafío lingüístico, los realia suponen un reto cultural. Se trata de palabras que designan objetos, instituciones, costumbres o fenómenos propios de una comunidad y que no tienen un equivalente directo porque la realidad a la que hacen referencia no existe en otras culturas (o no existe de la misma manera).

Uno de los ejemplos más conocidos es siesta, una palabra que ha acabado incorporándose a muchas lenguas como préstamo, conservando prácticamente su forma original. Algo parecido ocurre con botellón, que no solo denomina una reunión para beber alcohol al aire libre, sino un fenómeno social muy característico. Traducir esta palabra exige algo más que encontrar un equivalnte: requiere explicar el contexto cultural que la hace comprensible.

La lista de realia es muy amplia: palabras como tapas, flamenco, patio, oposiciones o jerez remiten a realidades profundamente vinculadas a la cultura hispánica. En estos casos, los traductores suelen optar por mantener el término original (es decir, utilizar un préstamo) y acompañarlo de una explicación que permita al lector comprender su significado.

Los realia ponen de manifiesto que traducir no consiste únicamente en trasladar palabras de una lengua a otra. En muchas ocasiones, el verdadero reto es hacer comprensible una realidad cultural para quienes nunca han formado parte de ella.

Por todas estas razones, la intervención humana sigue siendo fundamental, incluso en una época en la que los traductores automáticos han alcanzado un notable nivel de precisión. El sentido del texto depende a menudo del contexto, de las intenciones del autor, de los conocimientos compartidos con el destinatario o de referencias culturales implícitas que una traducción literal difícilmente puede captar. El humano es capaz de interpretar todos estos elementos y tomar decisiones para que el texto no solo sea correcto desde el punto de vista lingüístico, sino también adecuado desde el punto de vista cultural.

En definitiva, traducir consiste en hacer posible la comprensión entre distintas maneras de ver el mundo.


¿Quiere recibir más artículos como este? Suscríbase a Suplemento Cultural y reciba la actualidad cultural y una selección de los mejores artículos de historia, literatura, cine, arte o música, seleccionados por nuestra editora de Arte + Humanidades Claudia Lorenzo.


The Conversation

Olga Popova es investigadora predoctoral FPU21/04296, afiliada al Área de Lingüística General (Departamento de Filología) de la Universidad de Cádiz. Asismismo, forma parte del Instituto Universitario de Investigación en Lingüística Aplicada (ILA) y del grupo de investigación Semaínein (HUM 147). Participa en el proyecto de I+D+i PID2022-139201OB-I00, financiado por MCIN / AEI /10.13039/501100011033/ y "FEDER Una manera de hacer Europa"; y, en el proyecto ANR-19-GURE-0001, financiado por Agencia Nacional de Investigación en el marco del programa “Francia 2030". Además, es presidenta de la Asociación de Jóvenes Lingüistas (AJL) y directora de la revista Estudios Interlingüísticos.

¿Tienen base científica las recientes medidas impuestas a Meta para proteger la salud mental de los menores?

Only_NewPhoto/Shutterstock

El histórico litigio contra Meta en Estados Unidos, que comenzó en 2023 y llegó a juicio en agosto de 2026, surgió a raíz de una ola masiva de demandas impulsadas por casi medio centenar de fiscales generales, distritos escolares y familias que denunciaban sus riesgos para la salud mental. El caso sorteó la inmunidad proporcionada por la Sección 230 de la Ley de Telecomunicaciones estadounidense, que libera de responsabilidad a los proveedores y usuarios de un “servicio informático interactivo” en relación con la divulgación de información proporcionada por usuarios de terceros.

Finalmente, el procedimiento concluyó con un acuerdo multimillonario y con la imposición de transformaciones estructurales directas que afectan a Instagram y Facebook y que podrían llegar a extenderse a otras plataformas y redes sociales, según ha declarado el fiscal general William Tong.

¿Están basadas estas medidas en evidencias científicas o son únicamente cambios “estéticos”?

Bloqueos automáticos temporales

En primer lugar, el acuerdo establece dos horas diarias de uso para menores de 18 años, junto con avisos periódicos para fomentar pausas y un uso más autorregulado. La evidencia científica respalda la idea general de limitar el tiempo de exposición a las redes sociales y favorecer pausas durante su utilización, aunque no permite considerar las dos horas como un umbral médico universal ni los avisos periódicos como intervalos científicamente establecidos. Algunos ensayos experimentales sugieren que reducir temporalmente el uso puede mejorar determinados indicadores de bienestar, en parte, a través de una mejoría del sueño. Sin embargo, los efectos dependen también de cómo y para qué se utilizan las redes.

En segundo lugar, se establecerán bloqueos automáticos durante la noche, en línea con la evidencia que relaciona el insomnio con una mayor presencia de síntomas de problemas de salud mental. Esta medida podría complementarse o sustituirse por otras más sencillas en el hogar, como evitar que los adolescentes utilicen el móvil en el dormitorio o dejarlo fuera de la habitación durante la noche.

En tercer lugar, se suprimirán las notificaciones emergentes –push notifications– en horario escolar. Aunque esta medida puede evitar el “efecto llamada”, debemos recordar que la revisión frecuente de las redes sociales ha sido relacionada con el fenómeno denominado Fear of Missing Out o FOMO –inquietud de estar perdiéndose experiencias que otras personas sí están viviendo, en este caso en las redes sociales–, el cual no desaparece eliminando las notificaciones.

Sin filtros estéticos ni recompensas

Por otra parte, la propuesta de eliminar los filtros estéticos evitaría que los menores se comparasen con una imagen de sí mismos modificada e inalcanzable, circunstancia que puede provocar problemas de autoestima o de imagen corporal. No obstante, si se siguen usando este tipo de filtros en las plataformas de sus referentes adultos, que suelen hacer vídeos conjuntos o salir en sus publicaciones, podrán seguir viéndose reflejados de manera irreal.

Además, también desaparecerá el botón de “Me gusta” en cuentas adolescentes, un gran reforzador de la publicación de contenido en redes. Aun así, ocultar el número de “me gusta” no elimina las interacciones sociales: los comentarios, seguidores, elementos compartidos o mensajes continúan proporcionando señales de aprobación y reconocimiento. Por tanto, es razonable pensar que la búsqueda de aprobación podría desplazarse hacia otras formas de interacción.

Verificación de la edad y control parental

Por último, debemos destacar dos medidas relacionadas con la privacidad y la seguridad.

La primera disposición es llevar a cabo un refuerzo de la verificación de edad. De hecho, ya se están desarrollando sistemas que no impliquen revelar a la plataforma la identidad, la fecha exacta de nacimiento u otros datos personales. No obstante, estas tecnologías todavía presentan retos relacionados con su precisión, los falsos positivos y negativos, la representatividad de los algoritmos y el equilibro entre seguridad y privacidad.

El objetivo es, por tanto, encontrar un punto medio entre una verificación suficientemente fiable para proteger a los menores y el principio de minimización de datos que exige la protección de la privacidad.

La otra medida implica desarrollar mejoras en los controles parentales, para que sean más accesibles y los tutores puedan desactivar tanto el feed algorítmico como la reproducción automática. En este caso, el empleo de cortafuegos automatizados puede ser muy útil, pero tampoco debemos olvidar la importante función presencial que deben tener padres y madres en la crianza.

Más allá de las redes

Las redes sociales ofrecen grandes oportunidades, tanto para personas adultas como para las más jóvenes, aunque también han demostrado su potencial para generar complicaciones. En el caso concreto de los adolescentes, estos retos se multiplican por tratarse de una población más vulnerable, que requiere, por tanto, una mayor protección.

Por supuesto, existen maneras de frenar los riesgos inherentes de las redes. Eso sí, su eficacia real tendrá que comprobarse después de su implantación, mediante datos sobre el comportamiento de los usuarios y evaluaciones independientes. Para ello, será muy importante la implicación de los progenitores, pero también la de los propios adolescentes, dado que la mayoría de las medidas pueden ser sorteadas o sustituidas por otras estrategias de uso. Por eso, por ejemplo, habrá que desarrollar mecanismos para identificar cuentas múltiples, pertenecientes al mismo menor, con las que se tratan de burlar los límites de edad.

Ante todo, debemos asumir que la relación conflictiva entre las redes sociales y la adolescencia va más allá de las medidas corporativas que puedan tomarse (las cuales, sin duda, juegan un papel fundamental). Continúa siendo crucial priorizar la alfabetización digital, tanto de los jóvenes como de sus progenitores y educadores.

Y, en este contexto, no podemos olvidar la importancia del ejemplo de los adultos: no solo importa cuánto tiempo pasamos frente a las pantallas, sino también cómo las utilizamos y qué comportamiento mostramos en ellas.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

¿Por qué el estrés puede incrementar los síntomas del déficit de atención?

abian Montano Hernandez/Shutterstock

Imaginemos que estamos en un restaurante y ordenamos un vaso de limonada. Su sabor ya está definido, lo hemos probado antes y su receta no cambia. No obstante, la cantidad de hielo que le agreguemos sí modificará la experiencia: puede hacer que el sabor se perciba más suave o menos intenso. Algo parecido ocurre en nuestro cuerpo en el caso del Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH).

La “receta” de base está en el ADN, pero otros factores pueden modular cómo se expresa. Uno de ellos es el cortisol, la hormona que regula la respuesta al estrés. No cambia esas instrucciones iniciales, pero sí puede influir en la intensidad con la que se manifiestan ciertos rasgos.

Esta relación no es igual para todas las personas

Siguiendo la analogía de la limonada, no todos los vasos son iguales: algunos son más grandes, otros más estrechos, y eso hace que la misma cantidad de hielo produzca efectos distintos. En términos biológicos, esas diferencias están en las variaciones genéticas que cada persona tiene.

En una investigación reciente con adultos jóvenes, nuestro equipo analizó cómo interactúan estos factores. Para ello, se estudiaron 120 personas entre los 18 y 24 años. Se midieron sus niveles de cortisol en dos momentos de la mañana, un periodo especialmente sensible para evaluar la respuesta del organismo al estrés, porque esta hormona experimenta un aumento natural tras despertar y después fluctúa a lo largo del día.

Además, se analizaron variantes genéticas previamente asociadas con el TDAH y se evaluaron sus niveles de impulsividad.

Los resultados muestran que el cortisol no actúa de manera aislada. Su efecto depende, en parte, del perfil genético de cada individuo y de características conductuales como la impulsividad. Es decir, no basta con tener una predisposición genética: la forma en que el cuerpo responde al estrés puede amplificar o atenuar la expresión de los síntomas.

Este hallazgo ayuda a entender por qué el TDAH no se manifiesta de la misma manera en todas las personas. Mientras algunos presentan mayores dificultades para mantener la atención, otros pueden experimentar niveles más altos de impulsividad o hiperactividad, incluso teniendo perfiles genéticos similares.


Leer más: ¿Qué evidencias neurocientíficas existen sobre el trastorno de déficit de atención?


¿Por qué importa esto en la vida diaria?

Para muchas personas con TDAH, las dificultades no se limitan a “prestar atención”. Se reflejan en situaciones cotidianas: seguir una conversación, organizar tareas, cumplir plazos o mantener la concentración durante una jornada académica o laboral.

Si el cortisol modula la intensidad de estos síntomas, la respuesta al estrés deja de ser un factor secundario. Momentos de alta exigencia, como exámenes, sobrecarga laboral o cambios en la rutina, podrían acentuar la impulsividad o la distracción en algunas personas más que en otras. Esto también ayuda a explicar por qué hay días “mejores” y “peores”. No siempre se trata de falta de esfuerzo o de motivación, sino de cómo interactúan factores biológicos que no son evidentes a simple vista.

Además, el cortisol no solo está relacionado con el estrés psicológico. También influye en el sueño, la energía y la regulación emocional. Cuando sus niveles no están en equilibrio, pueden aparecer dificultades para descansar bien, fatiga durante el día o mayor reactividad emocional, elementos que a su vez pueden agravar los desafíos asociados al TDAH.

Entender estas interacciones no implica reducir el TDAH al estrés, pero sí ampliar la perspectiva: no es solo una cuestión de atención o conducta, sino un fenómeno en el que intervienen procesos biológicos, psicológicos y contextuales.


Leer más: Problemas de sueño y TDAH: ¿cómo se relacionan estos dos trastornos?


¿Qué podemos hacer con esta información?

Aunque los hallazgos no cambian por sí solos la forma en que se diagnostica o se trata el TDAH, sí invitan a ampliar su abordaje. Si la respuesta al estrés influye en la intensidad de los síntomas, entender y gestionar ese componente puede ser parte del enfoque. En la práctica, esto refuerza la importancia de estrategias que ya se utilizan en muchos contextos clínicos y educativos: mejorar la calidad del sueño, establecer rutinas estables y desarrollar herramientas para manejar el estrés cotidiano. No como soluciones únicas, sino como elementos que pueden ayudar a reducir el impacto de los síntomas.

También abre la puerta a enfoques más personalizados. Dos personas con características genéticas similares pueden experimentar el TDAH de forma distinta dependiendo de cómo responde su organismo al estrés. Integrar información biológica, conductual y contextual podría permitir intervenciones más ajustadas a cada caso. Es lo que conocemos como la medicina de precisión, y debería guiar los tratamientos futuros en general, no sólo para esta condición.

Más que ofrecer respuestas definitivas, este tipo de estudios contribuye a formular mejores preguntas: no solo debemos plantearnos qué causa el TDAH, sino cómo y en qué condiciones se expresa. Sin duda, la relación entre el estrés y el TDAH apunta a la necesidad de estudiarlo como un fenómeno complejo, donde distintos sistemas interactúan. Entender mejor estas relaciones no solo ayuda a explicar la diversidad de manifestaciones del trastorno, sino que puede orientar futuras estrategias de prevención y tratamiento.

La experiencia de una persona con TDAH es mucho más compleja que sólo algunas dificultades para prestar atención, lo que nos invita a ser más empáticos y comprensivos en su abordaje.

The Conversation

Nicolás Garzón Rodríguez recibió fondos del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación de Colombia.

La mayoría de las galaxias nunca mueren, como los viejos rockeros

42 galaxias aleatoriamente escogidas del Siena Galaxy Atlas. Las imágenes ilustran la diversidad de colores y morfologías. CTIO/NOIRLab/DOE/NSF/AURA/J. Moustakas, CC BY

A los humanos nos gusta asignar etiquetas. Muy a menudo nos facilitan la vida, pero en otras tantas ocasiones causan problemas. Por ejemplo, cuando presuponemos determinadas características a todos los miembros de un grupo o cuando aparecen individuos que no terminan de encajar en el esquema. Esto también ocurre cuando hablamos de galaxias “vivas” o “muertas”.

El color de las galaxias

En este sentido, es habitual clasificar las galaxias como “rojas” o “azules” en función de la cantidad de luz que emiten en el rango visible.

Las estrellas más masivas emiten fotones de mayor energía. A pesar de su escaso número, son tan luminosas que confieren a las galaxias un color azulado. Viven durante muy poco tiempo, y en menos de cien millones de años desaparecen en hermosas explosiones de supernova.

Por el contrario, la inmensa mayoría de las estrellas tiene una masa más modesta, como nuestro Sol. Queman su combustible más despacio y son amarillentas o rojizas. No explotan y su vida es considerablemente más larga.

Una galaxia es “azul” cuando contiene un número apreciable de estrellas masivas. Estas se extinguen rápidamente, pero la galaxia las va reponiendo a medida que nacen nuevas generaciones. Si por alguna razón se interrumpe este proceso, la galaxia “muere” y su color se torna rojizo.

Envejecimiento cósmico

Es indudable que las galaxias “azules” forman estrellas. ¿Y las “rojas”? La mayoría de los estudios se refiere a ellas como “pasivas” o incluso red and dead (“rojas y muertas”), dando a entender que forman muy pocas estrellas o ninguna en absoluto.

Los firmantes de este artículo estamos firmemente convencidos de que la distinción no es baladí. Desde hace años defendemos que en realidad no existen dos tipos de galaxias. Unas forman más estrellas que otras, pero probablemente ninguna está completamente extinguida. Simplemente, el color cambia rápidamente cuando la fracción de estrellas jóvenes (de menos de cien millones de años) cae por debajo del uno por mil.

Irónicamente, la categoría intermedia “verde” es bastante “normal” (la moda estadística). Sin embargo, contiene muy pocas galaxias porque la franja de edades estelares que comprende es muy estrecha.

Por poner una comparación, la “pirámide” de población europea alcanza su máximo en torno a los cincuenta años. Si clasificamos a las personas más jóvenes de 49 como “azules” y a las más viejas de 51 como “rojas”, quedan muy pocos individuos en la categoría intermedia. Eso no implica que uno sea igual de joven hasta los cincuenta, y el día de su cumpleaños se levante viejo y achacoso (que, con todo, sigue siendo mucho mejor que muerto).

Nosotros creemos que con las galaxias ocurre exactamente lo mismo que en esta analogía: la mayoría envejece de manera gradual, y son únicamente las etiquetas que les asignamos las que cambian bruscamente. La población de las galaxias “rojas” es muy vieja, dominada por estrellas poco masivas, pero eso no significa que ya no nazca ninguna en absoluto.

Perder gas

Las galaxias obtienen el gas para formar nuevas estrellas del medio circundante. Para que mueran del todo, alguien debe robarles este combustible.

El culpable de tamaña fechoría puede estar escondido en su interior. Por ejemplo, la energía inyectada por un agujero negro supermasivo activo puede calentar el gas galáctico, impidiendo que se condense, o expulsarlo de vuelta al medio intergaláctico a gran velocidad.

Otra posibilidad es que a la pobre galaxia le haya tocado vivir en un entorno hostil. Si la temperatura del medio es muy alta, las galaxias más pequeñas no ejercen suficiente gravedad para atraer el gas y mueren por “inanición”. Al moverse a través del medio, el viento en contra puede ser tan intenso como para arrancarles el que traían consigo y convertirlas en galaxias “medusa”. Otros efectos, como las fuerzas de marea, pueden contribuir también a la pérdida de gas.

una galaxia y su cola de gas
Imagen de la galaxia medusa ESO 137-001. El gas que deja atrás forma pequeños tentáculos observables en luz visible, así como una gran cola (azul en la imagen) de gas caliente que brilla en rayos X. NASA, ESA, CXC/Wikimedia commons, CC BY

El resultado es siempre el mismo: cuando se agota el gas, ya no pueden formarse nuevas estrellas. La galaxia ha muerto.

Nacidas hace 100 millones de años

A partir de los colores observados por el satélite Euclid y telescopios terrestres en una muestra de decenas de miles de galaxias, hemos reconstruido la cantidad de estrellas nacidas entre los últimos cien y los últimos mil millones de años.

De nuestro estudio se infiere que la mayoría de las galaxias (en torno al 70 %) está “envejeciendo” tranquilamente. El ritmo al que estos objetos han formado sus estrellas no ha variado gran cosa entre ambas escalas de tiempo. Entre un 15 % y un 20 % llevan mucho tiempo “retiradas” y no podemos discernir si han formado pocas estrellas o ninguna. El 10 o el 15 % restante muestra indicios de “truncamiento”: se detectan estrellas más jóvenes de mil millones de años, pero en los últimos cien millones de años no ha nacido prácticamente ninguna. Algo ha tenido que ocurrir para que hayan pisado el freno.

diagrama
Diagrama de envejecimiento de las estrellas, con dos caminos evolutivos. Elaboración del autor, CC BY

Como muestra el diagrama, cuando una galaxia envejece gradualmente forma sus estrellas a ritmo más o menos constante. El porcentaje que ha nacido en los últimos mil millones de años es aproximadamente diez veces superior a los últimos cien. Cuando sufre truncamiento, en los últimos cien millones de años ha formado muchas menos de lo esperado.

En estos momentos estamos analizando una muestra mucho mayor (casi cincuenta millones de galaxias) extraída de los nuevos datos que se harán públicos en unos meses. Gracias a la mejor estadística, podremos determinar la fracción de galaxias de cada tipo con mayor precisión y estudiar en mucho más detalle cómo evoluciona con el tiempo y con la masa individual de la galaxia.

Sobre todo, será posible estimar a qué ritmo aumenta el número de galaxias retiradas debido al envejecimiento gradual y al truncamiento. Al relacionar ambos caminos evolutivos con otras propiedades físicas, como el diámetro de la galaxia o su composición química, obtendremos nuevas pistas sobre los malhechores que acaban con la formación estelar.

¿Seguirá siendo útil la distinción entre “envejecimiento” y “truncamiento”, o habrá que buscar nuevas etiquetas?

The Conversation

Yago Ascasibar recibe fondos de la Agencia Estatal de Investigación (MICIU/AEI/10.13039/501100011033) a través de la ayuda PID2025-174697NB-I00.

Pablo Corcho Caballero no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

❌