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Tecnocapitalismo: así está cambiando la tecnología las estructuras de poder en el mundo

Peter Thiel, cofundador de las compañías PayPal (junto a Elon Musk) y Palantir. mark reinstein/Shutterstock

La irrupción de la Cuarta Revolución Industrial está suponiendo una profunda transformación tecnológica de las sociedades desarrolladas como consecuencia del impulso de la inteligencia artificial (IA), la robótica y la digitalización de la economía y la sociedad.

Esta nueva realidad ha implicado el desarrollo de un nuevo modelo económico y social denominado tecnocapitalismo donde los datos, los algoritmos, las plataformas de IA generativa y el conocimiento se convierten en las principales fuentes de riqueza y poder.

En otras palabras, mientras la Cuarta Revolución Industrial aporta las tecnologías, el tecnocapitalismo desarrolla el sistema que permite que estas sean utilizadas para generar beneficios, organizar la producción, mejorar la productividad y, sobre todo, para establecer nuevos mecanismos de control social y una nueva estructura de poder.

Este último punto es uno de los más relevantes tanto por su trascendencia política como social. La evolución hacia el tecnocapitalismo supone la irrupción de nuevos actores, muy ligados a la revolución tecnológica, que paulatinamente están sustituyendo a la antigua clase dominante de la Globalización.

Nos referimos a una burguesía muy vinculada a los grandes grupos y organismos financieros y a las grandes corporaciones empresariales que ejerce poder a través del manejo e influencia en las principales instituciones globales e internacionales como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, el Banco Central Europeo, la Unión Europea o el G7.

Los grandes magnates que mandan en el mundo

Este proceso de sustitución de los grupos dominantes viene determinado por variables que ya no responden a los mecanismos clásicos. La nueva gobernanza se fundamenta en el poder del algoritmo, en el control del comportamiento social y en la gestión de los metadatos de la identidad individual y colectiva de la sociedad.

Y sus principales protagonistas ya no son los directivos de grandes corporaciones empresariales que poseen un gran poder de decisión, pero apenas disponen de un porcentaje de propiedad. En la actualidad, la mayoría de las grandes empresas tecnológicas están gestionadas por magnates que acumulan un inmenso poder y una enorme riqueza.

Otro hecho relevante, desde una perspectiva política, es que la mayoría de propietarios de las grandes tecnológicas, especialmente las norteamericanas, son personas muy cercanas al trumpismo o a movimientos de extrema derecha. Son personajes que defienden abiertamente postulados autoritarios como el supremacismo blanco, la redefinición del sistema democrático o la legitimidad de utilizar la fuerza militar para que unas naciones impongan su voluntad a otras, sin importar el orden internacional ni sus principales instituciones como Naciones Unidas o la Corte Penal Internacional.

Entre otros, Elon Musk (X, Tesla, SpaceX), Peter Thiel (fundador de Palantir) o Alex Karp (consejero delegado de esta compañía) son un buen ejemplo de esta dinámica social que busca, a través de las redes y del algoritmo, modelar la opinión pública, especialmente las generaciones más jóvenes, para introducir cambios sociales estructurales destinados a dinamitar las viejas democracias occidentales.

Tecnoautoritarismo y nuevas guerras

Sin embargo, el punto más complejo de este análisis consiste en comprender cómo el tecnoautoritarismo de esta nueva clase dirigente consolida una nueva estructura de poder. Históricamente, las actividades o espacios de “gobernanza crítica” (control social, sistemas de inteligencia, seguridad, defensa, objetivos militares, etc…) siempre han sido gestionados por los gobiernos y por las principales estructuras del Estado.

No obstante, en los últimos años, estos modelos de control social, e incluso algunas decisiones de los altos mandos militares muy relacionadas con los objetivos militares de una guerra, empiezan a ser administrados por determinadas empresas suministradoras de software e IA.

Estas plataformas tecnológicas, a través de sus sistemas operativos, se infiltran en las grandes estructuras de los Estados y, poco a poco, van substituyendo determinadas capacidades decisorias, propia de los gobernantes, para convertirse en “infraestructuras soberanas” que, al margen del control público, privatizan y monetizan infinitud de megadatos. Y estos, posteriormente, permiten reescribir las reglas del control social, las relaciones de poder y las guerras presentes y futuras.

Veamos un ejemplo: Un determinado ejército suscribe un convenio de colaboración con un contratista que suministra un software y un algoritmo (IA) que se convierte en el sistema operativo, por defecto, de la inteligencia en el campo de batalla, de la logística y de la elección de los objetivos de guerra.

Lo cierto es que la capacidad de ataque de estos sistemas automatizados con aprendizaje generativo incrementa brutalmente el número de objetivos de guerra y su capacidad de destrucción. Pero también implica que, en este caso, el ejército “ceda” una parte de su capacidad de decisión y muchas otras iniciativas de guerra a un algoritmo que está controlado por una empresa privada. Es decir, se produce un trasvase de soberanía y de gobernanza crítica, propia del Estado, a un consejo de administración controlado por intereses privados.

El desprecio a la democracia de los tecnócratas

Por otra parte, todo este proceso de sustitución de las clases dominantes no sería posible sin la llegada al poder de los partidos políticos de extrema derecha. Las iniciativas de estos gobiernos no solo consisten en impulsar políticas inmigratorias excluyentes, establecer pautas de extrema polarización política o practicar un ultranacionalismo militante. Además, sus políticas persiguen el desprecio más absoluto hacia el modelo democrático, buscan el control social a través de las redes y, sobre todo, pretenden la total desregulación del espacio económico y político del Estado.

Y es en este contexto de cambio social, donde las nuevas estructuras de poder pueden desarrollar su verdadero potencial de crecimiento e innovación, sin las cortapisas regulatorias de los viejos sistemas democráticos.

En otras palabras, el proceso de digitalización social, la robotización y la implementación de la IA generativa están propiciando cambios profundos en el ámbito económico y productivo y en las relaciones de poder de nuestras sociedades.

Y el desarrollo de esta nueva revolución industrial será más positivo o más negativo para la humanidad en función de la capacidad adaptativa de las viejas democracias a la nueva realidad social y de la limitación de poder de los nuevos actores sociales.

Solo desde la regulación y el control público de la nueva “gobernanza algorítmica” será posible establecer un nuevo contrato social que permita que las nuevas tecnologías redunden en beneficio de la humanidad.

The Conversation

Víctor Climent Sanjuán no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

Las aves que podrían aparecer en los próximos billetes de euro

Algunos de los distintos diseños propuestos para los próximos billetes de euro. BCE

En la lucha sin fin contra los falsificadores, los bancos centrales deben incorporar cada vez más elementos de seguridad en los billetes que emiten, lo que obliga a renovarlos periódicamente.

Desde la introducción del euro en 2002, el anverso de nuestros billetes solo ha cambiado en dos ocasiones, pero el Banco Central Europeo (BCE), única autoridad emisora de euros, desea ahora poner en circulación nuevos billetes.

¿Naturaleza o cultura?

Para ilustrarlos, tras un largo proceso de selección ciudadano, ha identificado dos posibles temas: “cultura europea” y “ríos y aves”. Esta elección no tiene nada de sorprendente, ya que el dualismo naturaleza/cultura estructura el pensamiento occidental desde Platón hasta los trabajos contemporáneos de antropólogos como el francés Philippe Descola.

Para afinar la selección de las ilustraciones de las seis series de billetes, de 5 a 200 euros, el BCE convocó un concurso al que respondieron 1 241 diseñadores gráficos de toda la Unión Europea (UE). Tras varias fases de selección –para determinar, en particular, las personalidades europeas y las especies de aves que debían representarse–, la institución eligió finalmente cinco propuestas para cada uno de los dos temas.

Estas diez iniciativas para las seis series de billetes están abiertas a la votación en línea hasta el 21 de septiembre.

Un patrimonio común europeo

Centrémonos en el tema “ríos y aves”. El BCE ha destacado varios elementos para justificar esta elección: no conocen fronteras y, en este sentido, recuerdan al espacio Schengen; constituyen un patrimonio común al que los europeos están muy apegados; Europa ha contribuido a su protección gracias a varios textos normativos ambiciosos en materia de medio ambiente, como la Directiva sobre aves, adoptada en 1979, la Directiva sobre hábitats, fauna y flora, de 1992, y la Directiva marco sobre el agua, de 2000.

Partiendo de ahí, ¿qué especies de aves elegir? Esto es lo que nos explica la institución financiera sobre los criterios de selección. Las especies de aves seleccionadas debían ilustrar la diversidad de los ecosistemas fluviales, desde el manantial hasta el océano. También era necesario que fueran bellas, migratorias, que tuvieran una amplia distribución en Europa y que se hubieran beneficiado de las medidas de protección adoptadas por la UE.

Por último, estas especies no debían tener una percepción negativa en ninguno de los países de la zona del euro. Pero ¿responden adecuadamente a este pliego de condiciones las propuestas sometidas a votación? Eso es lo que nos proponemos analizar.

¿Qué especies se han elegido?

Desde el billete de 5 euros hasta el de 200 euros, aparecen sucesivamente el trepador azul (Tichodroma muraria), el martín pescador (Alcedo atthis), el avispón común (Merops apiaster), la cigüeña blanca (Ciconia ciconia), la avoceta común (Recurvirostra avosetta) y el alcatrán común (Morus bassanus).

En la primera fila, de izquierda a derecha: el trepador azul, la avoceta elegante y el abejaruco común. En la segunda fila, de izquierda a derecha: la cigüeña blanca, el martín pescador y el alcatraz común
En la primera fila, de izquierda a derecha: el trepador azul, la avoceta elegante y el abejaruco europeo. En la segunda fila, de izquierda a derecha: la cigüeña blanca, el martín pescador y el alcatraz común. Imran Shah, Derek Keats, Andy Morffew, Dcabrilo, Andreas Trepte, Wladyslaw Sojka/Wikimedia, CC BY

El estilo difiere notablemente entre las cinco propuestas: tres representan a las aves en monocromo, mientras que las dos últimas lo hacen en color. Cuatro recurren a dibujos, ya sean estilizados o realistas; la última ha optado por fotografías.

Estas especies no presentan dificultades de identificación y, por lo tanto, son fácilmente reconocibles independientemente de la propuesta, pero la monocromía no hace justicia a los colores brillantes del martín pescador, el abejaruco común o el trepador azul.

Veamos ahora si se han respetado los criterios establecidos en el pliego de condiciones.

Aves y ríos

Empecemos por el primer requisito: las especies de aves seleccionadas debían ilustrar la diversidad de los ecosistemas fluviales, desde el manantial hasta el océano. Aunque a veces se les puede encontrar bastante lejos de los ríos, este es precisamente el caso del martín pescador, el abejaruco y la cigüeña blanca, que anidan –en el caso de los dos primeros– en madrigueras que excavan en las riberas de los ríos o, en el caso de la cigüeña, en los árboles a lo largo de los cursos de agua.

La avoceta elegante, una ave zancuda costera que tiene un largo pico curvado hacia arriba para capturar pequeños invertebrados acuáticos, se reproduce en los deltas de los grandes ríos (como en la región de Camarga, en el sur de Francia), pero también en las marismas. Anida en pequeñas colonias que defienden ruidosamente a sus crías frente a los depredadores.

Una avoceta pescando gracias a su pico curvado
Una avoceta pescando gracias a su pico curvado. Derek Keats/Wikimedia, CC BY

En cambio, las dos últimas especies no cumplen este criterio. El alcatraz común, un ave marina de alta mar, anida en una treintena de islas oceánicas de Europa, como el archipiélago de las Siete Islas en la Bretaña francesa o la isla de Bass Rock en Escocia.

El trepador azul, por su parte, se alimenta y se reproduce en los acantilados de las altas montañas y no depende especialmente de los torrentes. Firmemente aferrado a la roca gracias a sus largas garras, captura con su pico largo y fino los pequeños insectos que se esconden en las grietas.

Una hembra de trepador azul en Rumanía
Una hembra de trepador azul en Rumanía. Charles J. Sharp/Wikimedia, CC BY

¿Especies atractivas?

Examinemos ahora el segundo criterio, que pretende seleccionar las denominadas especies “atractivas”. El martín pescador y el abejaruco se encuentran entre las aves más coloridas de Europa. El trepador azul es elegante con su plumaje gris y negro, realzado por amplias franjas rojas y manchas blancas en las alas.

Abejaruco común cazando una mariposa en vuelo
Abejaruco común cazando una mariposa en vuelo. Giles Laurent/Wikimedia, Fourni par l'auteur

La cigüeña blanca, la avoceta elegante y el alcatraz común tienen un plumaje mayoritariamente blanco y negro, lo que resulta práctico para una posible impresión en monocromo.

Estas elecciones reflejan nuestra tendencia a preferir las especies grandes y coloridas frente a las aves pequeñas y menos llamativas, aunque igualmente estéticas, a menudo con delicados motivos.

Dos alcatraces
Dos alcatraces. Al Wilson/Wikimedia, CC BY

¿Especies migratorias?

Veamos ahora si todas las especies representadas son realmente migratorias, tal y como sugiere el tercer criterio.

El abejaruco común y la cigüeña blanca pasan efectivamente el invierno en África. Sin embargo, esto es cada vez menos cierto en el caso de la segunda: hoy en día, varios miles de aves permanecen todo el año en Europa occidental. El abejaruco se alimenta exclusivamente de insectos aéreos. Al igual que la mayoría de las aves insectívoras, se ve obligado a pasar el invierno en África para alimentarse.

El alcatraz común también es un gran migrador, pero pasa la mayor parte del tiempo frente a las costas, donde pesca en espectaculares zambullidas. Las poblaciones nórdicas de la avoceta elegante, por su parte, bajan a las costas francesas en otoño y se unen entonces a las aves reproductoras de Francia, que son esencialmente sedentarias.

Por el contrario, el trepador azul suele alejarse poco de sus montañas (baja principalmente a menor altitud en invierno), aunque cada invierno se observan algunos ejemplares en la llanura en los “acantilados artificiales” que constituyen las canteras, las presas hidráulicas, las catedrales y los puentes de piedra.

El martín pescador también es esencialmente sedentario. Le va mal cuando las fuertes heladas le privan durante mucho tiempo de los peces de los que se alimenta: las poblaciones se desploman entonces y no se recuperan hasta varios años después.


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¿Especies ampliamente distribuidas en Europa?

¿Están las especies seleccionadas ampliamente distribuidas en Europa, tal y como exige el cuarto criterio?

El martín pescador, la cigüeña blanca y la avoceta ocupan una buena parte del territorio de la UE, aunque su presencia es muy escasa, o incluso nula, en Escandinavia. El abejaruco común es una especie de la mitad sur de Europa, el alcatraz común de las costas marítimas y el colirrojo tizón de las altas montañas (Pirineos, Alpes, Apeninos, Cárpatos y Balcanes).

En resumen, no todas son figuras conocidas (¿quién ha oído hablar alguna vez del trepador azul?) y su presencia es escasa en el norte de Europa, como en Finlandia, que, sin embargo, forma parte de la zona del euro.

¿Especies que se han beneficiado de la protección de la UE?

¿Se han beneficiado también estas especies de la protección de la UE, tal y como sugiere el último criterio mencionado?

Es probable que las políticas europeas en favor de los humedales hayan beneficiado al martín pescador, a la cigüeña blanca y a la avoceta, y quizá al abejaruco europeo; la regulación de la pesca para reponer las poblaciones de peces probablemente ha sido positiva para el alcatraz atlántico.

En cambio, es probable que estas políticas no hayan tenido ningún impacto en el colirrojo real. En general, no se trata de especies en las que las políticas europeas hayan desempeñado un papel importante en el estado de sus poblaciones.

¿Habrían sido más acertadas otras decisiones ?

Cormorán en el río Regnitz, en Alemania
Cormorán en el río Regnitz, en Alemania. Reinhold Möller/Wikimedia, CC BY

Llama la atención la ausencia de patos, gansos, zampullines, garzas, cormoranes, cisnes, charranes, gaviotas y gallinas de agua, ya que son precisamente estas especies las que más se ven a lo largo de los ríos y torrentes de Europa.

¿Quizá se deba a que algunas son objeto de caza en el continente y pueden causar daños a los cultivos o a las piscifactorías?

El alcatraz atlántico también podría haber cedido su lugar a especies que pasan la mayor parte de su tiempo en Europa, como el colimbo grande (Gavia immer), que anida en Escandinavia y pasa el invierno en Europa occidental, o la garza blanca mayor (Egretta alba), del tamaño de una garza real, pero totalmente blanca, que ha recolonizado Europa gracias a las medidas de protección de la UE.

Un colimbo grande y una garza real
Un colimbo grande y una garza real. John Picken, Calibas/Wikimedia, CC BY

El mirlo acuático (Cinclus cinclus) habría sido una elección más acertada que el trepador azul, ya que esta ave, que puede recordar a un mirlo, depende realmente de los torrentes de montaña. De hecho, se alimenta bajo el agua de larvas de insectos acuáticos. La delicada lavandera de los arroyos habría sido otra opción igualmente atractiva.

Un cinclo
Un cinclo. Dirk-Jan van Roest, CC BY

Por último, la selección podría haber incluido al águila pescadora (Pandion haliaetus) o al pigargo europeo (Haliaeetus albicilla), no solo porque se trata de una gran rapaz pescadora emblemática en Europa, sino también porque los esfuerzos por protegerla están dando hoy sus frutos.

águila pescadora y águila de cola blanca
Un águila pescadora y una águila de cola blanca. lwolfartist, Yathin S. Krishnappa/Wikimedia, CC BY

Una buena noticia en cualquier caso

Hay que aplaudir la consulta ciudadana para elegir el anverso de nuestros futuros billetes, con la esperanza de que no se trate solo de greenwashing.

Los bancos siguen financiando con demasiada frecuencia proyectos que contribuyen a la destrucción de los ecosistemas naturales. La UE, por su parte, ha desempeñado un papel fundamental en la protección del medio ambiente en Europa y pretende seguir haciéndolo con la Ley de Restauración de la Naturaleza aprobada en 2024.

No obstante, las vacilaciones en torno al Pacto Verde y el auge de los populismos en los últimos años en Europa no invitan al optimismo. Pero no dejemos de alegrarnos ante la posibilidad de que, quizá, mañana veamos pájaros adornando nuestros billetes.

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Frédéric Archaux no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

¿Defendería la OTAN a Ceuta en caso de un conflicto con Marruecos?

Vista de Ceuta con el monte Hacho al fondo. Estudio Poniente/Shutterstock

Ceuta es España y es Unión Europea. Pero para la OTAN, la alianza militar a la que España pertenece desde 1982, Ceuta está en África. Esa diferencia, que parece técnica, tiene consecuencias serias. Si la ciudad sufriera un ataque, sus aliados no estarían obligados a defenderla. Y el país que sostiene la alianza, Estados Unidos, atraviesa uno de sus peores momentos con España.

¿Por qué Ceuta es española?

Portugal conquistó Ceuta en 1415. En 1580, las coronas española y portuguesa se unieron y, cuando Portugal se separó en 1640, Ceuta siguió siendo española. El Tratado de Lisboa de 1668 lo reconoció. Todo ocurrió siglos antes de que Marruecos se independizara, en 1956.

Marruecos reclama la ciudad desde entonces. En 1975 pidió a la ONU que la considerara territorio pendiente de descolonización, pero la organización rechazó la solicitud. La ONU no la incluye en esa lista, y la Constitución española la reconoce como parte del Estado.

Desde 1986, Ceuta forma parte de la Unión Europea, con algunas particularidades aduaneras. Su frontera con Marruecos es una de las pocas fronteras terrestres de Europa en África.

¿Qué pasó este verano en la frontera?

Entre el 30 y el 31 de julio de 2026, Ceuta vivió la mayor entrada irregular de su historia. Según el Ministerio del Interior, entraron 72 000 personas en una ciudad de algo más de 80.000 habitantes. Unas 70 000 regresaron a Marruecos en pocos días, y 75 personas murieron en aguas españolas.

En julio de 2026, el Tribunal Supremo confirmó que las llamadas “devoluciones en caliente” no pueden aplicarse a quien intenta entrar a nado en Ceuta o Melilla. La ley solo las permite con quien supera elementos de contención, como las vallas, y un nadador no supera ninguno.

El tribunal admitió, eso sí, que la regla podría aplicarse si se instalaran barreras en el mar. España y Marruecos atribuyeron parte de lo ocurrido a redes de tráfico que difundieron versiones engañosas de esa decisión.

La reacción europea fue desigual: Italia suspendió durante un mes la libre circulación Schengen con España, mientras la Comisión Europea ofrecía más apoyo, incluido el de la Agencia Europea de la Guardia de Fronteras y Costas (Frontex).

Un precedente cercano: Perejil

No es la primera tensión en tiempos recientes. El 11 de julio de 2002, gendarmes marroquíes ocuparon el islote de Perejil, a pocos kilómetros de Ceuta, y el 17 de julio militares españoles lo recuperaron sin disparar. La OTAN consideró el asunto puramente bilateral, y quien medió para cerrar la crisis fue el secretario de Estado estadounidense, Colin Powell. La alianza se mantuvo al margen y el papel decisivo lo tuvo Washington.

¿Qué dice la letra pequeña del Tratado de la OTAN?

El artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte es el corazón de la OTAN: un ataque contra un aliado se considera un ataque contra todos. Pero el artículo 6 limita dónde se aplica: solo cubre Europa, América del Norte, Turquía y las islas del Atlántico Norte situadas por encima del trópico de Cáncer.

Por eso Canarias está protegida, mientras que Ceuta y Melilla, en el continente africano, no. Ante un ataque, España no podría activar automáticamente el artículo 5. Tendría que pedir una reunión del Consejo del Atlántico Norte, que decidiría por consenso si responde. La ayuda sería posible, pero no obligatoria.

¿Puede España contar con Estados Unidos?

Estados Unidos es, con diferencia, el aliado que más gasta en defensa. Y su relación con España pasa por un momento difícil. En junio de 2025, el Gobierno español rechazó el objetivo de destinar el 5 % del PIB a defensa en 2035. En marzo de 2026, el Gobierno no autorizó el uso de las bases de Rota y Morón para atacar Irán, y Trump anunció que cortaría el comercio con España. En la cumbre de Ankara, en julio, repitió esa amenaza.

Trump también ha hablado de expulsar a España de la alianza. El Tratado no lo permite, porque su artículo 13 solo contempla la salida voluntaria. Pero para dejar sola a Ceuta no haría falta expulsar a nadie; bastaría con no apoyar una respuesta común en un órgano que decide por consenso.

¿Qué podría hacerse? Algunas opciones

España podría actuar en tres frentes:

  • Primero, podría pedir al Consejo del Atlántico Norte una declaración política que reconozca que un ataque contra Ceuta o Melilla afectaría a la seguridad de toda la alianza. Reformar el artículo 6 exigiría la ratificación de los 32 aliados, así que una declaración resulta más realista.

  • Segundo, podría impulsar el desarrollo del artículo 42.7 del Tratado de la Unión Europea. Esta cláusula obliga a los socios a ayudar con todos los medios a su alcance al Estado miembro que sufra una agresión armada en su territorio, sin distinguir continentes. Francia la invocó por primera vez tras los atentados de París de 2015, y en 2026 la UE ha empezado a debatir un plan operativo para aplicarla.

  • Tercero, podría reclamar que la frontera de Ceuta se gestione como lo que es: una frontera exterior de la Unión. Eso supone más financiación europea, más apoyo de Frontex y un marco legal claro para las entradas por mar.

¿Existe una salida duradera?

Sí, y pasa por la diplomacia. España y Marruecos son vecinos y comparten intereses de todo tipo, como el comercio, la energía, la pesca, el control migratorio o la lucha contra el terrorismo. Esos intereses hay que regularlos y preservarlos. Conviene recordar que la crisis de Perejil no se cerró con las armas, sino con un acuerdo.

La vía diplomática debería mantenerse hasta lograr un marco de seguridad estable que evite que se repitan hechos como los de este verano. La diplomacia busca siempre la paz, y ahí reside su mayor valor. Las garantías de defensa son necesarias, pero la vía armada debería ser siempre la última opción.

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Alfredo Abadías Selma no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

Como pez en el agua: la amistad en el hábitat digital

JORM SANGSORN / ISTOCK

Vivimos inmersos en la tecnología, ¿qué duda cabe? En nuestros espacios abundan dispositivos y aparatos que abarcan una amplia gama de funciones y sofisticaciones. Las relaciones interpersonales no solo beben de las aguas de la era digital: se zambullen en ellas. Las tecnologías digitales acortan distancias geográficas y temporales, perfilan hábitos de consumo, trabajo, estudio y entretenimiento, e introducen otras formas de dar y recibir afecto y atención.

Pensar las emociones en este contexto amerita despojarnos de prejuicios y anclajes al pasado y estar abiertos a las nuevas posibilidades de construir vínculos afectivos mediados por la tecnología. No se trata de desplazamientos o suplantaciones, sino de otras exploraciones que, aunque diferentes, ya resultan cotidianas y cercanas. En este sentido, Javier Mercadé de Luna señalaba en 2017:

“Internet y el resto de tecnologías a él conectadas (…) son nuestro hábitat digital. Nadie hoy puede concebir ya su vida sin el aspecto digital de la misma. (…) lo digital es nuestro medio: un medio que actúa de un modo totalizante. Influye en nuestra forma de leer, de estudiar, de comprar, de relacionarnos con nuestros seres queridos (…), de amar y de concebirnos a nosotros mismos”.

Las amistades digitales

Vale la pena preguntarnos si hay distinciones en el modo de asumir la amistad en entornos digitales. Si lo que para algunos significa adaptación o resistencia, para otros es un proceso espontáneo, cómodo y hasta imperceptible. Para los adolescentes, la utilización de la tecnología es parte fundamental de su día a día, tan es así que pasa desapercibida pues su existencia se da por obvia. Aquí valen las palabras de McLuhan, de 1969:

“A esta forma de autohipnosis la llamo narcosis Narciso, un síndrome según el cual, el hombre no es consciente de los efectos sociales y físicos de su nueva tecnología, como un pez que no es consciente del agua donde nada. Debido a ello, precisamente en el momento cuando un entorno provocado por los medios se vuelve penetrante y metamorfosea nuestro equilibrio sensorial, también se vuelve invisible”.

Paradójicamente a esta invisibilidad hay que añadir la omnipresencia de las tecnologías que se extienden por las relaciones interpersonales e incluso posibilitan otros modos de expresar afecto a través, por ejemplo, de reacciones en forma de emojis, stickers, avatares, gifs y memes como parte de una iconografía que sintetiza y comunica, al tiempo que estimula emociones y comportamientos.

Desde videollamadas, interacciones por redes sociales y audios de whatsapp hasta citas virtuales para ver una película en simultáneo a través de aplicaciones y extensiones, videojuegos multijugadores online, retos virales, selfis para Instagram, intercambios por Discord, mascotas virtuales, todo suma al momento de crear y avivar comunidades en línea en las que la amistad, la compañía y la socialización encuentran nuevas rutas. Mención especial merecen las rachas de TikTok, pues permiten entender las dinámicas que se gestan en estos entornos.

No romper la racha

En TikTok, una racha es una secuencia de días consecutivos en la que dos amigos se envían mensajes directos (videos, texto, emojis) en el chat. Para activarla, es necesario intercambiar mensajes durante tres días seguidos, y, para mantenerla, ambos deben enviar al menos un mensaje cada día para que el emoji de fuego no se vuelva gris. La racha se rompe si pasan más de 24 horas sin que los participantes se envíen mensajes, pero puede recuperarse si se reactiva el intercambio en un plazo de 48 horas desde que se rompió.

Se observa así un modo de relación totalmente fundamentado en la tecnología. En este caso, en una aplicación que, aunque remite a una comunidad global, permite relaciones más estrechas entre grupos más pequeños, o incluso acotadas a dos personas, en los que la tecnología es medio pero también fin, contenido y contenedor, forma y fondo, estructura y acabado. Los términos también son relevantes ya que, como en la amistad, las rachas se activan, mantienen, pierden y recuperan, señalando que requieren atención, lealtad e interés mutuo. La relación no funciona si es en un solo sentido o si se descuida.

En la otra orilla, encontramos prácticas antiamistad, basadas en el acoso, la discriminación, el bullying y otros males revestidos de las tecnologías del momento. Las relaciones en la red no están exentas de riesgos, abusos y malas prácticas. En tal sentido, más vale la mirada crítica y cautelosa que la ingenua o idealista.

Peces en la sociedad líquida

El transcurrir del tiempo puede hacer que los lazos afectivos cambien, pasando del estado sólido a la liquidez. Esta es una de las premisas expuestas por el sociólogo polaco Zygmunt Bauman en su obra La modernidad líquida (1999), y desarrollada con detenimiento en su libro Amor líquido (2003), en el cual analiza la fragilidad de los vínculos humanos en la posmodernidad.

Aunque el concepto se centra en las relaciones de pareja y lo que comúnmente se asume como amor romántico, sus principios pueden extrapolarse a otro tipo de relaciones interpersonales caracterizadas, según dice, por la superficialidad, la fugacidad, la inestabilidad y, en consecuencia, menor compromiso, duración y solidez. Sin embargo, como apunta Espíritu Ávila (2023), pareciera ser un estado al que algunos se adaptan o transitan, y no, como hemos venido sosteniendo, un estado propio de las generaciones actuales:

“El amor líquido es una subjetividad de emociones y sentimientos circunstanciales temporales que tiene que ver con los deseos, anhelos y placeres que queremos consumir en la sociedad líquida en la que vivimos; es una más de las muchas aristas subjetivas que nos permite dar sentido y adaptación al mundo que nos ha tocado vivir”.

Estos principios buscan explicar aquellas relaciones que han adoptado la tecnología como un complemento o paliativo, pero no para quienes la viven como parte consustancial de sus relaciones. Es decir, no como un medio sino como el entorno mismo en el que se engendran, crecen y alimentan los vínculos afectivos.

En este sentido, la tecnología no sería un recurso adicional, sino un elemento central que existe tácitamente y no requiere mayor enunciación. Ella está implícita y sobrentendida, presente y abarcadora en las relaciones de millones de adolescentes del hábitat digital contemporáneo.

La negativa a usar estas herramientas y aplicaciones supone una limitación, ya que son prácticamente un requisito indispensable para ser miembros funcionales y competentes de los grupos y comunidades que se conforman en torno a la tecnología, asumida como el fuego arrebatado a los dioses alrededor del cual todo sucede, pues dota a los simples mortales de atributos que, de otro modo, serían inalcanzables.


Este artículo se publicó originalmente en la revista Telos, de la Fundación Telefónica.


The Conversation

Johanna Pérez Daza no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

¿Por qué cuando estoy nervioso se me acelera el corazón?

New Africa/Shutterstock

Este artículo forma parte de la sección The Conversation Júnior, en la que especialistas de las principales universidades y centros de investigación contestan a las dudas de jóvenes curios@s de entre 12 y 16 años. Podéis enviar vuestras preguntas a tcesjunior@theconversation.com


Pregunta formulada por Rodrigo, de 15 años, desde el IES La Madraza (Granada).


Estás esperando para hacer un examen o para exponer un trabajo delante de toda la clase. No has corrido ni has hecho ejercicio, pero notas que el corazón empieza a latir con fuerza, casi como si acabaras de correr los cien metros. ¿Por qué sucede esto si aparentemente no estamos haciendo ningún esfuerzo?

La primera sorpresa es que el corazón no decide por su cuenta. En su interior, existen unas células especiales, las células marcapasos, capaces de generar de manera espontánea el ritmo que hace que se contraiga una y otra vez. Pero ese ritmo puede cambiar rápidamente porque el corazón y el cerebro están en comunicación constante a través del sistema nervioso autónomo.

Cuando nuestro cerebro interpreta que estamos ante una situación importante, difícil o amenazante, pone en marcha la respuesta de estrés. Y aquí conviene aclarar algo: el estrés no es necesariamente malo. Es una respuesta de nuestro organismo que nos permite adaptarnos a lo que sucede a nuestro alrededor y prepararnos para actuar.

Un examen no pone nuestra vida en peligro. Tampoco una entrevista, hablar en público o lanzar un penalti. Sin embargo, son situaciones cuyo resultado nos importa. Nuestro cerebro las interpreta como un desafío y puede activar los mismos mecanismos que durante miles de años han ayudado a nuestros antepasados a responder ante situaciones mucho más peligrosas.

El “acelerador” del organismo

Buena parte de estos cambios dependen del sistema nervioso autónomo, que regula continuamente funciones del organismo, sin que tengamos que pensar en ellas. No necesitamos recordar a nuestro corazón que tiene que latir ni ordenar a nuestros pulmones que respiren mientras dormimos.

Una de sus ramas es el sistema nervioso simpático. Podemos imaginarlo, simplificando bastante, como una especie de acelerador. Cuando necesitamos responder ante una situación importante, aumenta su actividad: el corazón late más deprisa, respiramos más rápido, sudamos y se libera adrenalina. Nuestro organismo está movilizando recursos y preparándose para la acción.

¿Pero por qué tiene que acelerarse precisamente el corazón? Porque su función es impulsar la sangre por todo el cuerpo, para transportar oxígeno y nutrientes hasta nuestros tejidos, incluidos los músculos y el cerebro. Si necesitamos reaccionar rápidamente, aumentar el trabajo del corazón ayuda a disponer de esos recursos.

El problema es que no hace falta tener delante un león para que esto ocurra. Podemos estar tranquilamente sentados en una silla esperando un examen y que nuestro organismo se comporte, en parte, como si necesitara prepararse para correr. El corazón se acelera, las manos sudan, respiramos más rápido, hasta podemos sentir las famosas “mariposas” o un nudo en el estómago. No son fenómenos independientes. Forman parte de una respuesta coordinada que nos prepara para afrontar lo que está a punto de ocurrir.

¿Y cómo sabe el cuerpo que ya puede tranquilizarse?

Nuestro organismo no puede permanecer continuamente acelerado. Cuando la situación termina, necesita recuperar progresivamente su estado habitual. Y aquí adquiere especial importancia otra rama del sistema nervioso autónomo: el sistema nervioso parasimpático.

Si antes utilizábamos la metáfora del acelerador, ahora podemos hablar del freno. El parasimpático ayuda a disminuir el ritmo del corazón y favorece la recuperación del organismo después de una situación que nos ha exigido activarnos. En esta tarea, tiene un papel especialmente importante el nervio vago, una gran vía de comunicación entre el cerebro y diferentes órganos de nuestro cuerpo, entre ellos el corazón.

Por tanto, un sistema nervioso que funciona bien no es el que consigue estar siempre tranquilo. Necesitamos activarnos para responder a los desafíos. Lo importante es que, una vez que el examen o la competición han terminado, nuestro organismo sea capaz de entender que debe volver al modo de calma.

El problema aparece cuando encadenamos una preocupación con otra. El examen de mañana, una discusión, las notificaciones del móvil, algo que ha ocurrido en clase o, simplemente, darle vueltas durante horas a un problema pueden mantener activa la respuesta de estrés, aunque no exista una amenaza física. Si esta situación se prolonga durante demasiado tiempo, al organismo le resulta más difícil recuperar su estado habitual. Es lo que ocurre con el estrés crónico.

¿Podemos hacer algo cuando estamos muy nerviosos?

Aquí aparece algo interesante: respiración y corazón están estrechamente relacionados. Cuando respiramos, nuestro corazón no mantiene exactamente el mismo ritmo. Normalmente, se acelera ligeramente al inspirar y se ralentiza al espirar. Estas pequeñas diferencias forman parte de lo que conocemos como variabilidad de la frecuencia cardiaca.


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Por eso, respirar de manera lenta y controlada puede influir sobre el sistema nervioso autónomo y ayudarnos a regular nuestra activación. Esta relación entre respiración y corazón es también la base del biofeedback de la variabilidad de la frecuencia cardiaca, un entrenamiento en el que podemos observar cómo responde nuestro organismo y aprender progresivamente a regularlo.


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Pero el objetivo no es conseguir que nuestro corazón nunca se acelere. Si antes de un examen, una competición o una actuación notas que empieza a latir más rápido, es completamente normal. Significa que tu cuerpo sabe que lo que está a punto de ocurrir es importante y se está preparando para responder.

Lo realmente importante es que, cuando todo haya terminado, también sea capaz de pisar el freno y volver a su estado habitual. Un sistema nervioso sano no es el que permanece siempre en calma, sino el que sabe cuándo acelerar y, sobre todo, cuándo dejar de hacerlo.


El museo interactivo Parque de las Ciencias de Andalucía y su Unidad de Cultura Científica e Innovación colaboran en la sección The Conversation Júnior.


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Francisco Manuel Ocaña Campos no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

Cremas, perfumes, maquillaje y ‘skincare’ pueden esconder un daño para niñas y adolescentes

Las niñas cada vez se aficionan a los productos cosméticos a edades más tempranas. Karina Thomson / Unsplash., CC BY-SA

Cada vez más niñas comienzan a desarrollar sus mamas antes que las generaciones anteriores. No se trata de una impresión aislada de pediatras o endocrinólogos, sino de una tendencia observada en numerosos países durante las últimas décadas. Los estudios epidemiológicos indican que la edad de inicio de la pubertad femenina se ha adelantado progresivamente, un fenómeno que nos invita a preguntarnos en qué medida está influyendo nuestro entorno cotidiano en este cambio.

La pubertad constituye uno de los procesos biológicos más sofisticados del desarrollo humano y depende de una delicada interacción entre genes, hormonas, dieta y factores ambientales. Sabemos que las características genéticas desempeñan un papel importante y que la obesidad infantil puede adelantar su aparición. Sin embargo, estos factores no explican por completo por qué el calendario puberal se ha acelerado en las últimas décadas.

Entre las hipótesis que han despertado más interés, figura la influencia de la exposición a disruptores endocrinos, un amplio grupo de sustancias químicas presentes en el ambiente y en productos que utilizamos todos los días (como envases alimentarios, textiles, juguetes, o cosméticos y productos de cuidado personal, capaces de interferir con el funcionamiento normal del sistema hormonal.

Una exposición mucho más cotidiana de lo que parece

Perfumes, champús, geles de baño, protectores solares, cremas hidratantes, desodorantes o esmaltes de uñas forman parte de la rutina diaria de millones de personas. Algunos de estos productos contienen disruptores endocrinos como ftalatos, parabenos, benzofenonas, bisfenoles o fragancias sintéticas, que muestran actividad hormonal en estudios experimentales.

Esto significa que dichas sustancias químicas pueden comportarse como hormonas o interferir con ellas, alterando los delicados mecanismos que regulan procesos biológicos esenciales. Tanto en modelos animales como estudios de laboratorio se observa, por ejemplo, que pueden modificar la comunicación entre el cerebro y las gónadas, lo que afectaría a los mecanismos implicados en el inicio de la pubertad.

Los estudios de biomonitorización muestran que muchos de estos compuestos están presentes en las muestras biológicas humanas, desde la orina a la sangre o la placenta. La concentración suele ser mayor en personas que utilizan con más frecuencia determinados productos cosméticos. En este sentido, en una investigación reciente en la Universidad de Granada, comprobamos que las niñas que utilizan habitualmente productos de cuidado personal (skincare), cada vez a edades más tempranas, tienen niveles urinarios más elevados de algunos bisfenoles y parabenos. Algo que vienen a corroborar análisis epidemiológicos previos como el estudio Hermosa, de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Berkeley (EE. UU.).

¿Es esa exposición suficiente para modificar el desarrollo puberal?

Los estudios realizados en la población infantil ofrecen resultados heterogéneos. Algunos observan asociaciones positivas entre determinados disruptores endocrinos y un inicio más temprano del desarrollo mamario, aunque otros no muestran esa relación. Las diferencias en el diseño de los estudios, la forma de medir la exposición o el tiempo de seguimiento dificultan establecer una conclusión definitiva.

Sin embargo, cuando se analizan conjuntamente los trabajos de mayor calidad metodológica, comienza a dibujarse una tendencia. Las asociaciones más consistentes aparecen con algunos ftalatos, especialmente cuando la exposición tiene lugar durante etapas tempranas de la vida, como el embarazo y la lactancia. Los resultados son menos homogéneos para otros compuestos, como bisfenoles o parabenos.

¿Y si el problema no fueran compuestos individuales?

Durante mucho tiempo, los estudios se han centrado en analizar por separado el efecto de una sustancia química (o de unas pocas): un ftalato, un parabeno o un bisfenol. Sin embargo, esa aproximación no refleja la situación real de exposición de la población. Nadie está expuesto a un único compuesto.

Nuestra vida cotidiana está marcada por exposiciones a mezclas complejas de disruptores endocrinos. Cada mañana, aplicamos sobre nuestra piel cremas, desodorante, perfume, maquillaje, protector solar, etc; además de ingerir alimentos envasados y convivir con numerosos contaminantes presentes en textiles, juguetes, polvo doméstico o productos de limpieza.

Vivimos expuestos a un auténtico cóctel químico. Por eso, estudiar cada compuesto de manera independiente no permite comprender los efectos combinados de las exposiciones ambientales sobre el desarrollo humano. Es necesario investigar si el riesgo podría depender de la suma de muchas exposiciones pequeñas. Los estudios de biomonitorización apoyan esta hipótesis, ya que habitualmente encontramos varios compuestos en las muestras biológicas analizadas.

Este concepto, conocido como exposición acumulativa o efecto mezcla, representa uno de los mayores desafíos de la toxicología moderna. Sustancias presentes en concentraciones muy bajas podrían no producir ningún efecto por separado, pero actuar de forma aditiva –o, incluso, potenciarse–. Además, la exposición no solo depende de la cantidad, sino también del momento. El sistema endocrino es especialmente vulnerable durante determinadas etapas de la vida: embarazo, lactancia y niñez constituyen auténticas “ventanas de oportunidad” para el desarrollo, donde pequeñas alteraciones hormonales pueden tener consecuencias más importantes que durante la edad adulta.

¿Conviene evitar los cosméticos en la infancia?

Aunque la evidencia científica no muestra de manera concluyente que el uso de cosméticos cause pubertad precoz, la ausencia de certeza tampoco implica que el problema pueda descartarse. En salud pública, existe un criterio ampliamente aceptado para situaciones como esta: el principio de precaución, que consiste en adoptar medidas sencillas para reducir una exposición potencialmente evitable, cuando existen indicios científicos de riesgo, aunque subsistan con incertidumbres.

Aplicar cautela, en este caso, significa evitar el uso innecesario de cosméticos y perfumes en población infantil, no introducir rutinas cosméticas a edades tempranas y, cuando sea posible, optar por productos con formulaciones sencillas y sin ingredientes potencialmente disruptores endocrinos.

Estas recomendaciones coinciden con las propuestas de las sociedades científicas de pediatría y endocrinología, que insisten en reducir la exposición global durante, al menos, la gestación, la lactancia y la infancia, etapas especialmente sensibles para el desarrollo humano.

Un cambio de perspectiva

El estudio de las causas ambientales de la pubertad precoz ilustra cómo evoluciona la ciencia. Hemos pasado de investigar si un determinado compuesto químico podía adelantar el desarrollo puberal a un objetivo más ambicioso: investigar cómo interactúan cientos de sustancias ambientales con nuestro sistema hormonal a lo largo de toda la vida.

Lograr este objetivo exige estudios de gran tamaño, capaces de seguir a niños y niñas desde el embarazo hasta la adolescencia, medir de forma repetida las exposiciones químicas y analizar conjuntamente factores como la alimentación, la obesidad, la genética y el entorno social. Solo así podremos distinguir qué parte del adelanto puberal corresponde a los cambios en nuestro estilo de vida y cuál debe atribuirse a las sustancias presentes en el ambiente.

Aunque no existen razones para demonizar los cosméticos, tampoco conviene ignorar las señales que las investigaciones ya revelan. Comprender el efecto combinado de pequeñas exposiciones que acompañan nuestra vida cotidiana desde antes de nacer constituye uno de los grandes retos de la medicina ambiental y de la endocrinología del siglo XXI. Hasta que dispongamos de respuestas más definitivas, reducir el contacto con disruptores endocrinos durante las etapas más vulnerables parece la decisión más acertada.

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Mariana F. Fernández no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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