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Por qué las lluvias tras el verano son más que necesarias

Según los registros de la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET), el verano de 2026 ha sido el más cálido de la serie histórica española (1961-2026). Los datos del periodo del 1 de junio al 31 de agosto indican que la temperatura media fue de 24,5 ºC, superando en 2,5 grados el promedio de la serie histórica y en 0,3 ºC al anterior verano más cálido, que fue el de 2025. Este año han tenido lugar cuatro olas de calor.

A las altas temperaturas se le añaden las escasas precipitaciones. Los meses de junio y julio han sido especialmente secos, con 12,4 mm (el 39 % del promedio normal del mes en el periodo 1991-2020) y 4,6 mm (un 26 % del promedio normal del mes) de precipitación, respectivamente.

El impacto en las reservas de agua embalsada

Aunque estas condiciones de altas temperaturas y escasas precipitaciones han tenido un importante impacto en la reserva de aguas embalsadas, a finales del verano las reservas totales eran algo superiores a las de 2025 como resultado de un invierno y primavera muy húmedos, con intensas precipitaciones.

No obstante, mientras que a finales de mayo la reserva hídrica peninsular estaba en 46 593 hm³ (83 % de la capacidad total), los últimos días de agosto había descendido a 35 87546 hm³ (64 % de la capacidad total). Como siempre ha ocurrido en la península ibérica, la distribución de las reservas es desigual, pero en este año destaca que las cuencas que tradicionalmente han tenido mayores reservas (Asturias, Galicia, Cantabria, Navarra, La Rioja), ahora presentan una mayor escasez, algunas de ellas en alarma de sequía según el Observatorio Europeo de Sequía.

En otros países europeos la situación meteorológica de elevadas temperaturas y escasas precipitaciones ha sido aún más dramática, especialmente en Centroeuropa, donde se han llegado a superar en 15 ºC los valores típicos del periodo 1961-1990. Ello ha generado la alerta por sequía en países como Francia, Países bajos, Luxemburgo, Alemania meridional, Bélgica, Italia septentrional, Polonia y aquellos países de la cuenca del Danubio.

Mapa de Europa con zonas en amarillo, naranja y rojo indicando el grado de sequía
Sequía en Europa (para mediados de agosto de 2026) según el Indicador Combinado de Sequía (CDI). Las áreas rojas estaban en alerta. EU Drought Observatory, Copernicus Emergency Management Service, CC BY

Un periodo relativamente prolongado sin precipitaciones (sequía meteorológica) provoca –como uno de los efectos más evidentes– el descenso en los caudales de los ríos (como los extraordinariamente ocurridos en los grandes ríos europeos: Danubio, Rin, Po, Loira) y de las reservas embalsadas (sequía hidrológica). La ausencia de precipitaciones también incide en un descenso en la recarga de los acuíferos, aunque no tan conspicuo.


Leer más: La sequía se gesta en los años lluviosos


El suelo se seca

La ocurrencia conjunta de altas temperaturas y escasez de precipitaciones tiene un grave impacto en el estado hídrico de los suelos, controlado fundamentalmente por dos procesos que dependen de las condiciones climáticas: la infiltración y la evapotranspiración. La primera representa la entrada –y posterior salida– del agua en el suelo por efecto de la gravedad.

La evapotranspiración –junto con la absorción del agua por las plantas– representa la salida del agua del suelo. Si la infiltración depende de las precipitaciones, la evapotranspiración depende de la temperatura, siendo mayor cuando esta es alta. El balance entre entradas y salidas del agua en el suelo define la retención de agua en él, muy condicionada por sus características físicas (textura y estructura) y orgánicas (grado de humificación).

Modelo conceptual de la evolución del perfil de humedad en un suelo desde un evento de precipitación hasta el punto de marchitamiento
Modelo conceptual de la evolución del perfil de humedad en un suelo desde un evento de precipitación hasta el punto de marchitamiento, tras un periodo prolongado de estiaje. θm es el contenido en agua en condiciones de punto de marchitamiento y θs es el contenido de agua máximo, en condiciones de saturación. La curva 1 representa el perfil de humedad durante el episodio de precipitación, cuando el suelo se satura en agua en su parte superficial. Las curvas 2, 3, 4 y 5 representan la evolución temporal del perfil de humedad en el suelo, una vez que ha dejado de llover y la parte superficial del suelo se va secando como consecuencia de la infiltración, la evapotranspiración y la absorción del agua por las plantas. En A, B, y C se representa la ocupación del agua en los poros. En A solo queda agua en poros capilares. En B hay una ocupación de poros más grandes. En C, prácticamente todos los poros (excepto los más grandes) están ocupados por agua. Javier Lillo, CC BY-SA

Así, el suelo, localizado en la parte más superficial de esa zona situada entre la superficie del terreno y los acuíferos, actúa como un almacén temporal de agua disponible para las plantas. Cuando llueve, el agua entra en el suelo, que llega incluso a saturarse en su parte más superficial. Pero después, durante un periodo sin precipitaciones, se va perdiendo progresivamente –por evapotranspiración, absorción e infiltración– esa cantidad de agua que las plantas pueden tomar.

Si no llueve en mucho tiempo, se alcanzan unas condiciones de déficit de humedad (sequía hidroedáfica o agrícola). En esta situación, aun habiendo cierta cantidad de agua, las plantas son incapaces de ejercer la succión suficiente para tomarla, sufriendo entonces estrés hídrico y comenzando a secarse (punto de marchitamiento).

En esas condiciones de extrema sequedad edáfica, se genera una elevada cantidad de biomasa vegetal seca y, por otra parte, el suelo pierde su capacidad termorreguladora –permanece más caliente al haber muy poca evapotranspiración–. Así, se alcanzan unas condiciones de baja humedad extremadamente favorables para los incendios.

A su vez, las condiciones de intensa sequedad del suelo pueden provocar alteraciones en aquellas características edáficas que controlan su comportamiento hidrológico. Cambios en los poros por donde circula el agua –por pérdida de humificación, compactación y desestructuración– pueden derivar en una menor infiltración y, en contrapartida, una mayor escorrentía cuando tengan lugar los primeros eventos de precipitación tras el periodo de estiaje.

En muchos casos, la capacidad erosiva de la escorrentía se verá, además, agravada por esas alteraciones, dando lugar a un fenómeno de retroalimentación. En ese sentido, los suelos más resilientes a la sequía son aquellos que tienen una mayor retención de agua y pueden mantener condiciones de humedad durante más tiempo.

La necesidad de que llueva (bien) pronto

Por ello, tras este verano tan cálido y seco, es crucial que las lluvias lleguen pronto. Y que además lo hagan no como fenómenos tormentosos, sino como precipitaciones con intensidades relativamente bajas pero en periodos de mayor duración, de manera que se facilite la infiltración y no la escorrentía.

Para la AEMET, hay un 40 % de probabilidad de que el otoño sea más lluvioso de lo normal en el norte y el este peninsulares y en Baleares. En septiembre, la mayor probabilidad de precipitación por encima de la media se concentra en la vertiente mediterránea. En octubre y noviembre, esa mayor probabilidad se desplaza hacia el noroeste de la Península.

La ocurrencia de fenómenos tormentosos intensos es difícil de predecir, ya que dependen de complejas interacciones de factores y procesos (llegadas de masas de aire frío en altura, posición de las borrascas, humedad disponible, influencia de la Oscilación del Atlántico Norte, etc.) que solo pueden analizarse con cierta precisión cuando el evento está próximo en el tiempo.

Sin embargo, en la región mediterránea y la orla atlántica europea se han registrado temperaturas de la superficie marina anormalmente altas que han generado una mayor cantidad de vapor de agua en la atmósfera, lo que favorece una mayor probabilidad de ocurrencia de eventos intensos tormentosos y danas, especialmente en el litoral mediterráneo.

The Conversation

Javier Lillo Ramos no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

No son sólo negocios: experiencias emocionales en el trabajo

UNIKYLUCKK/Shutterstock

“No es nada personal, son sólo negocios”. Esta frase, recurrente en la película El Padrino, enfatiza un clásico estereotipo de la gestión: hacer negocios consiste, sobre todo, en hacer dinero y conviene olvidar otros aspectos más sociales.

Escena de “El Padrino” (1972). Fuente: MovieClips, YouTube.

Sin embargo, y debido en parte a la actual crisis de salud mental en el trabajo, el bienestar emocional del trabajador ha ganado importancia en la gestión de las empresas.

Entender las emociones

Para entender el bienestar emocional primero debemos entender qué son las emociones: respuestas breves e intensas ante eventos específicos que nos importan y alteran nuestra conducta.

Estudiarlas es vital porque no se quedan solo en una vivencia subjetiva, sino que dirigen nuestras acciones. Sentir tristeza reduce el rendimiento, mientras que sentir enfado empuja al conflicto. Limitarse a decir que alguien “se siente mal” no basta: comprender sus emociones específicas es un primer paso para entender su comportamiento laboral.

¿Qué emociones sentimos en el trabajo?

Para desentrañar la vida emocional de las personas en su lugar de trabajo, realizamos un estudio con 102 trabajadores de diversos sectores. El objetivo era conocer cómo y con qué intensidad surgen seis emociones básicas –alegría, sorpresa, tristeza, asco, miedo y enfado– en el día a día laboral. Los trabajadores reconstruyeron su jornada laboral durante 15 días, prestando atención a aquellos eventos laborales que consideraban particularmente importantes. Recopilamos 1 499 historias de dichos eventos laborales, evaluando si eran positivos o negativos (su valor) y qué tan novedosos o disruptivos resultaban (su fuerza).

Los resultados mostraron varios aspectos importantes:

  1. El trabajo es un lugar mayoritariamente feliz. La alegría fue la emoción más frecuente –presente en el 67 % de los eventos reseñados– e intensa, seguida de la sorpresa (54 %). Esto puede deberse a un sesgo de supervivencia: quienes sienten emociones negativas de manera constante tienden a abandonar sus empleos.

  2. Lo negativo es menos frecuente, pero contundente. El enfado (casi 40 %) y la tristeza (32 %) superaron al miedo (26 %) y al asco (20 %). Además, las emociones negativas rara vez vienen solas, suelen presentarse de manera combinada, en especial en los casos de enfado, tristeza y asco.

  3. El efecto multiplicador de la “fuerza”. No basta con que un evento laboral sea valorado como bueno o malo. Para que una emoción emerja con intensidad, el evento debe ser fuerte, es decir, disruptor o innovador. La interacción entre el valor y la fuerza del evento predice casi todas las emociones.

  4. El miedo presenta un patrón anómalo. El miedo fue la única emoción que dependió puramente de la fuerza y capacidad de disrupción del evento, sin importar tanto su valencia. Además, presentó un claro componente disposicional: hay trabajadores que, por su forma de ser (altas puntuaciones en neuroticismo y pesimismo) o por sus puestos de trabajo, están más expuestos a dicha emoción.

  5. Apenas hay diferencias de género. Rompiendo estereotipos clásicos, encontramos que el género influye poco en la intensidad con la que los trabajadores sienten las emociones. El género afectó únicamente a la frecuencia de aparición de algunas de ellas: la alegría fué más frecuente en los hombres y el asco en las mujeres.

Y ¿qué desencadena cada emoción?

La lectura de los 1 499 diarios nos permitió establecer qué situaciones actúan como desencadenantes de cada emoción. Puesto que el trabajo es una red social, la mayoría de estas situaciones involucraban a los jefes, compañeros o clientes:

  • Alegría: se alimenta del logro y la conexión humana. Surge intensamente al completar tareas con éxito, disfrutar de un entorno de colaboración o recibir aprecio sincero, como una nota de agradecimiento de un jefe.

  • Sorpresa: nace de la ruptura de expectativas. Sus detonantes incluyen decisiones organizacionales imprevistas, como un contrato no renovado por un cliente, o noticias de apoyo inesperadas, como una comida de equipo pagada por la empresa.

  • Enfado: surge cuando percibimos situaciones injustas, faltas de respeto públicas, humillaciones o el bloqueo arbitrario de nuestros objetivos.

  • Tristeza: es la emoción de la pérdida y las expectativas rotas. Aflora ante decepciones y fracasos profesionales, o al perder a un compañero valioso que abandona el equipo.

  • Asco: en el trabajo, el asco suele ser moral. Aparece ante los comportamientos éticamente repugnantes o tóxicos, el acoso o la hipocresía corporativa.

  • Miedo: se despierta ante la amenaza y la preocupación por la seguridad. Los jefes impredecibles y la inestabilidad estructural de la empresa son algunos de los factores que encienden esta potente señal de alerta.

El bienestar laboral empieza por escuchar las emociones

Esta investigación muestra de forma clara que el trabajo es un entorno rico en experiencias que generan emociones. Cada decisión gerencial, cambio de turno o retroalimentación es un evento capaz de desencadenar una cascada emocional.

Aunque no pueden evitarse todos los contratiempos, las organizaciones sí pueden moldear activamente su clima emocional, potenciando intencionalmente las experiencias positivas e intentando atenuar la fuerza de los sucesos negativos.

Cuidar de los equipos exige ir más allá de entender el trabajo como meramente un lugar para hacer negocios. Nuestras organizaciones son comunidades ricas en afectos, a los que conviene prestar atención.

The Conversation

José Navarro recibe fondos del Ministerio de Ciencia e Innovación del Gobierno de España.

Suplemento cultural: hace veinticinco años

Monumento en honor a las víctimas del atentado del 11-S en las Torres Gemelas de Nueva York: dos piscinas inmensas que ocupan los espacios de las dos torres. Alberto-g-rovi / Wikimedia Commons, CC BY

Una versión de este texto se publicó por primera vez en nuestro boletín Suplemento cultural, un resumen quincenal de la actualidad cultural y una selección de los mejores artículos de historia, literatura, cine, arte o música. Si quiere recibirlo, puede suscribirse aquí.


En septiembre del año 2000 visité Nueva York por primera vez con mis padres y mis tíos. Subimos a la azotea de las Torres Gemelas, a primera hora de la mañana, para desayunar y evitar las colas que se formaban el resto del día. Estábamos casi solos, rozando el cielo, a una altura que se me antojaba descomunal. Asomarme al borde de los ventanales de la cafetería había sido vertiginoso: allá, muy abajo, transcurría la vida de lo que parecían miles de hormigas moviéndose por la Manzanota. Un año después pensé, con la tripa hecha un nudo, qué habría sido de aquella camarera que había sido tan simpática con nosotros.

Han pasado 25 años desde el 11 de septiembre de 2001. Una generación entera no lo vivió, o no lo recuerda. Sin embargo, ni nosotros ni el mundo en el que vivimos han sido lo mismo desde entonces. Este cambio se ha dejado notar en todos los ámbitos y, por supuesto, ha reverberado en la cultura. La literatura y el cine llevan un cuarto de siglo intentando expresar un evento tan abrumador, algo que, se decía, “solo pasa en las películas”.

Es obvio que la destrucción de las Torres Gemelas provocó un cambio significativo en la silueta de Manhattan. Pero tal vez sea menos obvio que la ausencia de estos edificios ha definido desde aquel día la personalidad de la ciudad de Nueva York. Tanto, al menos, como su presencia lo hizo en décadas anteriores.

El Monumento Nacional del 11-s, dos inmensas y sobrecogedoras piscinas que se hunden en el espacio en el que estaban antes los edificios, busca mantener su memoria sin alardes.

Buscando un puerto

Otra ciudad en la que se percibe la huella de la Historia, hasta el punto de que fue esta la responsable de su creación, es la polaca Gdynia. El relato del lugar se inicia a principios de los años 20 del siglo pasado, con la Segunda República de Polonia y su necesidad de tener un buen puerto que pudiese gestionar el comercio y las comunicaciones por mar. Y continua este 2026, cuando la Unesco ha declarado a su Centro Modernista Patrimonio Mundial de la Humanidad.

Anna K. Dulska explica cómo pudo transformarse un pueblito en semejante ciudad.

Una historieta bordada

En Londres están como locos con la llegada a la capital británica del Tapiz de Bayeux. Los 68 metros de tela relatan la historia de la conquista de Inglaterra por parte de Guillermo I, sus peleas con Harold II y su triunfo en la Batalla de Hastings. El tapiz, hecho a mayor gloria de Guillermo, se expone habitualmente en la ciudad normanda que lleva su nombre y hay quien dice que es uno de los precursores de los tebeos, por su formato de narración.

En una demostración inaudita de diplomacia en los tiempos que corren –y que coincide con el cierre temporal del museo que lo expone–, Francia le ha cedido la obra, durante diez meses, al British Museum, que ayer 10 de septiembre abrió las puertas de esta exhibición temporal al público. Las entradas están agotadas hasta diciembre. No obstante, quienes lo han podido ver lo definen como una experiencia maravillosa, totalmente alejada de lo habitual.

GTA vuelve (muy pronto)

Y saltamos de la representación de una batalla de 1066 a otro 6: el de Grand Theft Auto VI. Permítanme el guiño fácil porque, aunque son eventos muy diferentes, tanto el tapiz como la salida de este videojuego podrían definirse como dos de los momentos culturales más esperados del otoño.

Para ver GTA VI todavía falta un par de meses pero los números alrededor de su estreno ya son apabullantes. Por eso merece la pena revisar cómo revolucionaron sus predecesores los videojuegos y por qué todo el mundo está ansioso por saber cómo será este nuevo.

Una Carmen única

Algo que también comienza con el curso es la temporada cinematográfica. Arrancan los festivales de otoño –Venecia, Telluride, Toronto, San Sebastián…– y arranca con ellos el runrún de las que serán las películas del año, las que triunfarán nacional e internacionalmente. Como la denominada carrera de premios a veces agota y nos hace perder perspectiva, merece la pena leer a Emeterio Díez Puertas y sus análisis cinematográficos y culturales para recuperar la curiosidad por el séptimo arte.

Esta vez, de la mano del filósofo y sociólogo Edgar Morin, recientemente fallecido, analiza la figura de una estrella de cine y cómo la creación de esta corresponde no solo al ser humano concreto sino al momento social en el que vive y a los valores que encarna y que casan con los de su país y su público. Para ello, y en vez de poner el ojo en Hollywood como hizo Morin, Díez Puertas se fija en una de las actrices más famosas de España en los años 50 del siglo XX: Carmen Sevilla.

Dudas existenciales

A todos nos ha pasado. De repente nos quedamos despiertos, en medio de la noche, dándole vueltas a algo que nos ha generado preguntas que parecen básicas para el ser humano, que requieren una respuesta que nos permita seguir funcionando porque sentimos que sin esa resolución no somos nada.

El mismo acto de reflexionar sobre ellas, de estudiarlas e interrogarnos a nosotros mismos ya implica hacer filosofía, ¿no es esto maravilloso?

Por eso les pido que, antes de leer estos dos estupendos artículos sobre la verdad y el monólogo interior, se pregunten por ambos conceptos. Seguro que llegan a una conclusión la mar de interesante.

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Nuestros próximos compañeros de trabajo, ¿serán personas o agentes de IA?

Taris Tonsa/Shutterstock

Desde los inicios de la Revolución Industrial, la relación entre el ser humano y la tecnología ha sido de dominio y operación. Durante décadas, la arquitectura empresarial se basó en equipos de personas que manejaban máquinas pasivas: herramientas que sin la instrucción directa y constante del ser humano carecían de propósito.

Ahora nos encontramos en un punto de inflexión: el nacimiento de las empresas frontera (frontier firms), organizaciones que no usan la IA operada de forma directa por humanos, sino que la han adoptado como una fuerza laboral central.

De la ‘era máquina’ a la ‘era agéntica’

La diferencia fundamental entre la automatización en las empresas tradicionales y en las empresas frontera está en la autonomía de decisión. En las primeras, el humano le dice a la tecnología exactamente qué hacer. En las frontera, la IA opera como un compañero de trabajo digital, con capacidad para interpretar contextos y ejecutar procesos de extremo a extremo.

Esto supone un cambio radical: ya no son máquinas tontas a la espera de que les pidan cosas, sino que actúan de forma totalmente independiente. Un ejemplo: los sistemas de búsqueda de la financiera Wells Fargo, que reducen los tiempos de 10 minutos a 30 segundos haciendo el flujo de valor productivo más rápido y eficiente.

En esta etapa avanzada el humano establece la dirección estratégica, pero es el agente de IA quien orquesta, ejecuta y optimiza el camino hacia los resultados.

Un nuevo liderazgo

Este cambio redefine el concepto de trabajo en equipo y, por ende, el liderazgo. Surge la figura del líder de agentes (agent leader), un rol centrado en la orquestación de equipos híbridos humano-agente IA. El desafío de coordinación es enorme: el líder debe decidir qué inteligencia (humana o artificial) es aplicable a cada problema, diseñando la interacción entre ambos y gestionando los conflictos que surjan en esta red de trabajo.

En este contexto, los líderes deben evaluar el ratio de colaboración humano-agente y la efectividad de esa sinergia. Liderar en la era agéntica implica orquestar recursos cognitivos humanos y artificiales, donde los agentes de IA tienen identidad propia, correos electrónicos corporativos e incluso convocan y participan en reuniones de equipo.

Consecuencias éticas: motivación, empleo y el valor humano

La integración de agentes autónomos trae consigo dilemas morales profundos. Uno de los puntos más críticos es la sustitución laboral. Se prevé que la IA asuma las funciones de aquellos trabajadores cuyas tareas no aporten un valor añadido creativo o crítico. Desde el año 2023 las estimaciones de la OCDE ya reflejaban esta tensión: en sectores como el financiero y la manufactura, dos de cada cinco trabajadores podrían ver reducidos sus salarios o perder sus empleos por la automatización.

Además, existe el riesgo de la “deshumanización del trabajo” y el aumento de la presión por la monitorización constante. Además de la preocupación por la privacidad, está la posibilidad de que los algoritmos tomen decisiones sesgadas, por ejemplo, en procesos de contratación o despido. En este contexto, la IA explicable (que permite entender por qué un agente toma una decisión determinada) se vuelve una herramienta imprescindible y un pilar ético para mantener la confianza y la efectividad en los equipos híbridos.

La adaptación humana: el profesional del Renacimiento

Ante la autonomía de las máquinas, el ser humano puede aportar lo que la IA no puede replicar: el juicio ético, la empatía, el pensamiento crítico y el pensamiento sistémico, que permite tener una visión general de los procesos.

En la mayoría de las profesiones ya no será suficiente ser un “bárbaro especialista” (hipercapacitado en su área e ignorante en el resto de asuntos, tal y como lo describía el filósofo español José Ortega y Gasset). Los profesionales del futuro se asemejarán a “personas del Renacimiento”, capaces de conectar campos de especialización diversos guiados por un propósito ético y humano.

La formación constante es la herramienta principal para esta transición. Aquellos trabajadores que reciben capacitación específica en IA no solo mejoran sus condiciones laborales, sino que se sienten más empoderados para actuar como los “pilotos” de la tecnología y no como sus pasajeros. Una empresa frontera exitosa es aquella que entiende que la IA no elimina el juicio humano, sino que lo acelera y lo hace más informado.

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Pablo Atela, Ph.D. ha recibido fondos para investigación y consultoría de varios organismos públicos y privados de España, México, Chile, Colombia, Guatemala y Panamá y es consultor en Shackleton Innovation.

Los mercados financieros europeos castigan a las empresas contaminantes, aunque a unas más que a otras

Quarta/Shutterstock

Cada año, grandes empresas europeas reciben sanciones por incumplir la normativa ambiental: vertidos, emisiones ilegales o fallos en la gestión de residuos acaban en multas.

Estas sanciones buscan castigar y disuadir, de ahí que la Unión Europea haya endurecido su regulación ambiental: el Pacto Verde Europeo, los objetivos de neutralidad climática para 2050 y mayores exigencias de información han cambiado las reglas del juego.

El coste reputacional del incumplimiento es hoy más alto para las empresas. Ya no basta con declarar compromisos sostenibles. Los mercados financieros observan, comparan y reaccionan. Pero surge una pregunta clave: ¿realmente se está castigando a aquellas que incumplen? Y aun más importante, ¿todas reciben el mismo castigo?

Cuando contaminar sale caro

La protección al inversor, la libertad de prensa y la presión social hacen que en Europa la reputación empresarial pese mucho. De ahí que las sanciones ambientales no sean solo un problema de imagen: también tienen efectos económicos.

Cuando una empresa recibe una sanción paga una cantidad como multa. Pero, además, envía una señal negativa al mercado. Esa señal refleja mayor riesgo (por fallos en el control interno o decisiones de corto plazo) y tiene una consecuencia clara: sube el coste de su deuda y la empresa paga intereses más altos para financiarse.

El papel invisible de las conexiones políticas

En muchas grandes empresas europeas hay consejeros que antes ocuparon cargos políticos. Estas conexiones, las puertas giratorias, facilitan acceso a información, redes e interlocución institucional. Desde el punto de vista financiero, estas empresas suelen obtener mejores condiciones de financiación. Los prestamistas pueden percibir cierto respaldo implícito o menor riesgo.

La cuestión es ¿qué ocurre cuando una empresa con conexiones políticas recibe una multa ambiental? Los estudios muestran que, en general, las sanciones aumentan el coste de la deuda.

Pero ese aumento es menor cuando existen consejeros con vínculos políticos. El mercado penaliza, pero penaliza menos a las empresas políticamente conectadas.

¿Se debilita el efecto disuasorio?

Las multas buscan disuadir comportamientos dañinos. Si a la sanción se suma un encarecimiento de la financiación, el coste total del incumplimiento aumenta. Eso refuerza el objetivo a cumplir.

Si algunas empresas amortiguan parte de ese impacto gracias a sus conexiones, el incentivo ya no es el mismo. Esto no implica necesariamente corrupción ni trato de favor. A veces se trata de percepciones de menor riesgo por parte de los prestamistas. El resultado, sin embargo, es claro: la penalización financiera es menos severa.

Y esto plantea una pregunta para los reguladores europeos: ¿está enviando el mercado señales distintas según la cercanía al poder político?

Transparencia y credibilidad institucional

Europa cuenta con un entorno institucional sólido, protección legal, sistemas judiciales independientes y medios que amplifican las controversias ambientales. Por eso, que las conexiones políticas moderen el impacto financiero de las multas es especialmente relevante.

Si Europa quiere liderar la transición ecológica, la credibilidad es clave. De ahí la necesidad de que las reglas se apliquen en igualdad de condiciones para todos. También es importante que el mercado no perciba redes de seguridad implícitas. Reforzar la transparencia sobre los vínculos políticos en los consejos y mejorar la supervisión puede ayudar a preservar esa credibilidad.

El mensaje para empresas e inversores

Para las empresas, el mensaje es claro: el desempeño ambiental tiene consecuencias financieras reales. Una multa puede encarecer la financiación y afectar al largo plazo.

Para inversores y prestamistas, el reto es valorar correctamente el riesgo ambiental. Si las conexiones políticas hacen que algunas empresas parezcan menos arriesgadas pese a haber sido sancionadas, el mercado puede terminar castigando menos ciertos incumplimientos ambientales.

La cuestión es más delicada para los responsables públicos. Si la política climática quiere ser eficaz, las sanciones deben generar señales claras y homogéneas. No puede haber consecuencias distintas ante incumplimientos similares.

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Gema del Carmen Fleitas Castillo recibe fondos del Ministerio de Ciencia e Innovación y de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria.

Devora Esther Peña Martel recibe fondos del Ministerio de Ciencia e Innovación.

Domingo Javier Santana Martín recibe fondos del Ministerio de Ciencia e Innovación.

La conversación docente: motivar no es ponerlo fácil

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En estos instantes, las emociones en su mente pueden ser de dos tipos: entusiasmo y ganas ante el curso que empieza, la página en blanco, el capítulo a estrenar; o desasosiego y angustia ante precisamente esas mismas cosas (y la sospecha, quizá, de que nada va a ser tan nuevo ni tan diferente). Es probable incluso que combine las dos sensaciones o que las alterne.

Nuestra conversación docente llega con la intención de inspirar más de lo primero y suavizar lo segundo. Empezando por lo más importante: ¿cómo llegar a ser esa profesora o profesor que motiva? ¿Cómo conseguir que los veinte o treinta o cuarenta pares de ojos que tendré pronto de nuevo pendientes de mis palabras las encuentren interesantes, con sentido, y las escuchen con interés?

Rubén Camacho Sánchez, de ESADE y UNIR y su compañera Rosa Gómez del Amo de UNIR analizan justamente esta noción de la “motivación” desde una perspectiva científica. Estar motivado es una de las claves no solo del interés sino del rendimiento académico, y aunque no depende solo de los docentes, es una especie de ‘santo grial’. Pero a veces se confunde con diversión, entretenimiento, conseguir una clase “amena”. Y no es lo mismo.

Para lograr la motivación tiene que haber también su poquito de dificultad, su mucho de esfuerzo; su dosis justa de “yo puedo” y también de “esto me cuesta”. Es como la receta de una pócima mágica, porque además, no es la misma para cada persona ni para cada situación. Pero entendiendo los cuatro ingredientes clave, cada uno la puede ajustar a la medida.

Empezamos este curso 26-27 reivindicando también el silencio en el aula, y con artículos sobre la diferencia entre leer mucho y entender lo que se lee, sobre cómo salvar la brecha socioecónomica que influye en la capacidad de esfuerzo, la diferencia entre empezar un grado universitario y terminarlo cuando hablamos de equidad educativa, y por qué en el debate público sobre educación las mujeres, que son mayoría en la docencia, no están representadas de manera equilibrada.

Como novedad, ofrecemos una sección dedicada a la inteligencia artificial con análisis, reflexiones y propuestas concretas. Y nuestro habitual rincón con artículos para compartir en clase con los estudiantes sobre videojuegos y privacidad, grafiteros de la edad media y la química del helado perfecto.

The Conversation

De fumar en la cabina al control biométrico: así ha cambiado la seguridad en los aviones

A mediados de los años noventa, cuando aún era un chavalín, volé desde Barcelona al aeropuerto de Londres-Heathrow sentado en la cabina de mando de un avión de Iberia. El comandante, que estaba en la puerta dando la bienvenida al pasaje, me invitó a pasar. Dentro estaba el copiloto, que me recibió ofreciéndome un cigarrillo, que rechacé. Hice todo el vuelo sentado en el transportín de la cabina de mando y solo salí para comer.

Aquel viaje me marcó para siempre, y probablemente explica a qué dedico mi investigación hoy. Pero en 2026 es también un relato imposible. Por el tabaco y porque hoy en día nadie ajeno a la tripulación cruza la puerta de la cabina de mando, que está blindada y su acceso está reglado.

La seguridad aérea ha evolucionado y se ha endurecido, como reacción a eventos dramáticos que son historia de la aviación.

Antes de 2001, secuestros y los primeros filtros

Existe la creencia de que la seguridad en los aeropuertos nació el 11 de septiembre de 2001, con los atentados de las Torres Gemelas de Nueva York. No hay nada más alejado de la realidad.

En los años sesenta y principios de los setenta, ante la ausencia de controles de seguridad en los aeropuertos se produjo una oleada de secuestros de aviones por parte de grupos terroristas. Como resultado, las máquinas de rayos X para equipaje de mano y los arcos detectores de metales para personas se convirtieron en requisito obligatorio a partir de 1973 en Estados Unidos. Más tarde, y después de la tragedia de Lockerbie (1988) cuando una maleta facturada explotó en la bodega del vuelo 103 de Pan Am, se impuso la conciliación de equipajes, es decir, las maletas no volaban si el pasajero no embarcaba.

Así, las medidas de seguridad hasta ese momento fueron implementándose para dar respuesta a una amenaza que se centraba en los secuestros y en controlar la entrada de objetos peligrosos. En los secuestros, el avión era básicamente un vehículo de negociación y el enfoque de tripulaciones y pasajeros era la cooperación pasiva y la no confrontación para avanzar con la negociación durante el secuestro.

Las consecuencias del 11-S para la seguridad aérea

Los ataques a las Torres Gemelas del 11 de septiembre de 2001 orientaron la seguridad aérea hacia nuevos aspectos.

En primer lugar, la puerta de la cabina de mando se blindó y pasó a estar gobernada por un protocolo de apertura. Por otro lado, el principio de cooperación aplicada hasta entonces en los secuestros dejó de ser el principal enfoque de la tripulación de cabina. El uso de la fuerza militar con aviones de combate ha pasado a ser una práctica más común.

En segundo lugar, dos meses después de los atentados, el gobierno federal de Estados Unidos asumió el control de la seguridad de los aeropuertos con la creación de la Administración de Seguridad en el Transporte (TSA, por sus siglas en inglés). En Europa se respondió con el Reglamento (CE) 2320/2002, que estableció la obligación de realizar inspecciones de seguridad a todos los pasajeros y equipaje de la bodega, así como reguló el acceso a las zonas restringidas de seguridad de los aeropuertos.

El principal objetivo era, por primera vez, armonizar las normas de seguridad básicas.

Después de 2001, más capas de seguridad

Aunque el 11-S significó cambios regulatorios estructurales, el enfoque reactivo de la seguridad aérea ha seguido manteniéndose. Cada nuevo intento de atentado ha comportado una nueva capa de seguridad. De esta manera, empezamos a sacarnos los zapatos en el control de seguridad después de que, en diciembre de 2001, Richard Reid subiera en París a un vuelo de American Airlines con una mezcla de explosivos en la suela hueca de sus zapatos.

Más tarde, en 2006, después de frustrarse otro intento de atentado aéreo, este en Reino Unido con explosivos líquidos, nació la regla de los botes con una capacidad máxima de 100 ml guardados en bolsas transparentes en el equipaje de mano.

Con todos estos cambios, en 2008 se decidió renovar el reglamento europeo de 2002 y sustituirlo con el Reglamento (CE) 300/2008, para modernizarlo y cubrir de forma más precisa varios aspectos de la seguridad en vuelo y los controles en tierra.

Poco después, en 2009, hubo otro intento de atentado aéreo. Los explosivos iban ocultos en la ropa interior del terrorista, en un vuelo de Northwest Airlines entre Ámsterdam y Detroit. Tras el incidente, se inició el despliegue de los escáneres corporales, comenzando en 2010 en Estados Unidos, coordinado por la TSA, y en 2011 en Europa, mediante el Reglamento (UE) 1141/2011.

Ahora: seguridad preventiva y reducir la fricción

En los últimos años el enfoque ha pasado de reactivo a preventivo. Desde 2016, se requiere información anticipada de los pasajeros para construir un registro de nombres y una lista de exclusión. Por otro lado, desde abril de este año está en funcionamiento el Sistema de Entradas y Salidas (EES) que requiere un registro biométrico de los pasajeros que entren en el espacio Schengen. Además, en un futuro próximo también será necesario enviar un formulario digital, el ETIAS (similar al ESTA de EE. UU.), antes del viaje.

Otro aspecto que está cambiando es que se comienza a reconocer que las múltiples medidas de seguridad que se han ido tomando generan molestias a los pasajeros. Además, ante el creciente número de viajeros aéreos, se hace necesario reducir la fricción (cualquier obstáculo o retraso que interrumpa, ralentice o empeore la experiencia del viajero) y los tiempos de procesamiento (la duración de cada uno de los trámites y controles que deben realizar los pasajeros). De esta manera, por primera vez en unas cuantas décadas, con los escáneres de tomografía computarizada de los equipajes de mano se retira una medida de seguridad aérea. Estos escáneres permiten detectar explosivos líquidos por lo que ya no se hace necesario sacar botellas ni ordenadores del equipaje de mano. Aunque el despliegue está siendo lento, cada vez más aeropuertos ofrecen este avance para la experiencia del pasajero.

El futuro que dibuja la industria es un viaje seguro y con menores fricciones. Esto permite absorber más pasajeros y también tenerlos más contentos, lo que se traduce en más ventas en las tiendas del aeropuerto una vez cruzado el control de seguridad.

Satisfechos pero vigilados

Sin embargo, menos fricción no significa menos seguridad o que no se puedan producir otros incidentes. Por un lado, la reducción de las fricciones en la experiencia del pasajero conllevará mayor uso de los datos personales y de la identidad biométrica. Compartir más información, incluso antes de llegar al aeropuerto, puede garantizar al pasajero tener puertas francas, pero representa un importantes reto desde el punto de vista de la privacidad.

Por otro lado, existen muchos otros tipos de ataques al sector aéreo, como los ataques con drones de 2018 al aeropuerto de Londres-Gatwick, o el más reciente, este verano, en el aeropuerto de Leipzig, en Alemania. Por no hablar de los ciberataques a grandes aeropuertos.

Aquel copiloto que me ofreció un cigarrillo en una cabina de mando pertenece a un mundo impensable ahora y que ya no volverá. Pero el actual, con seguridad anticipada, automatizada e invisible, también requiere de debates sobre cuánto saben de mí el sistema y las empresas, y quién audita todo el proceso.

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Pere Suau-Sanchez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

Medir la desigualdad sin contar la pobreza distorsiona el retrato de la realidad económica

SORN340 Studio/Shutterstock

¿Cómo se mide la desigualdad económica de un país o de una ciudad? La herramienta más utilizada a nivel mundial es el índice de Gini, un indicador que resume en una sola cifra cómo se distribuye la renta entre la población. Sin embargo, dos territorios pueden tener el mismo índice de Gini y afrontar realidades sociales muy distintas. Incorporar la tasa de pobreza en el cálculo del índice puede aportar una visión más completa de la desigualdad territorial.

Cómo se calcula el índice de Gini

El cálculo del índice de Gini parte de una idea sencilla: si toda la población tuviera exactamente los mismos ingresos estaríamos ante una situación de igualdad perfecta. Esa situación ideal puede representarse como una línea recta. Sin embargo, en la realidad, la distribución de la renta se desvía de esa línea: algunas personas concentran una parte mayor de los ingresos y otras una parte menor.

El índice de Gini mide, precisamente, cuánto se aleja esa distribución real (que conocemos como la curva de Lorenz) de la igualdad perfecta. El resultado se expresa entre 0 y 1 (aunque también 0 a 100): cuanto más alto es el valor, mayor es la desigualdad. Un valor de 0 significaría que todos disponen de la misma renta. Un valor de 1 (o 100), que una sola persona concentra toda la renta.

En azul claro, la figura formada por la línea diagonal representa una situación de igualdad perfecta (toda la población con los mismos ingresos). En azul, la curva de Lorenz que muestra cómo se distribuye realmente la renta. Cuanto mayor es el área entre ambas líneas (A), mayor es la desigualdad y, por tanto, más elevado es el índice de Gini. Elaboración propia, CC BY

El índice de Gini permite a los gobiernos, los organismos internacionales y los medios de comunicación comparar la desigualdad en países y regiones. España, por ejemplo, presenta un índice relativamente elevado dentro de Europa: 31,2 en 2024.

El problema de medir la desigualdad con una sola cifra

El índice de Gini tiene una gran ventaja: es sencillo de calcular e interpretar. Sin embargo, esta capacidad de síntesis es también una de sus principales limitaciones.

Vamos a explicarlo. Imaginemos dos regiones con un índice de Gini prácticamente idéntico. A simple vista, podríamos pensar que ambas presentan niveles similares de desigualdad. Sin embargo, la realidad puede ser muy distinta: en una de ellas una parte importante de la población puede vivir en situación de pobreza, mientras que en la otra la mayoría de los residentes puede que disponga de ingresos relativamente elevados. Aunque ambas compartan un valor de Gini similar, sus necesidades sociales, y las prioridades de las políticas públicas, serían muy diferentes.

Esta limitación resulta especialmente relevante cuando analizamos la desigualdad a escala municipal. Los municipios pequeños suelen presentar estimaciones más inestables: unos pocos hogares con rentas extremas pueden alterar mucho el resultado.

Se trata de un problema estadístico bien conocido, ya que en áreas pequeñas el índice es especialmente sensible a valores extremos y pequeñas variaciones en la distribución de la renta. De hecho, esta fue una de las motivaciones de nuestro trabajo. Al analizar el índice de Gini a escala municipal observamos un patrón inesperado: municipios con mayor renta aparecían sistemáticamente como más desiguales que municipios de renta mucho más baja.

Incorporar la tasa de pobreza cambia el mapa

Para superar esta limitación, planteamos una adaptación del índice de Gini que incorpora la pobreza local en su cálculo, el índice de Gini normalizado. De este modo, en lugar de interpretar la desigualdad de cada municipio de forma aislada, la relacionamos con una referencia común para toda España.

Concretamente, utilizamos la proporción de población que vive por debajo del umbral de pobreza y analizamos si el nivel de desigualdad observado es superior o inferior al que cabría esperar dado ese contexto. En otras palabras, no evaluamos los municipios de forma aislada, sino en relación con un contexto socioeconómico común para toda España.

Para mejorar la precisión de las estimaciones, especialmente en municipios pequeños donde los resultados suelen ser más inestables, utilizamos modelos estadísticos que combinan datos georreferenciados con información previa y distribuciones de probabilidad para aprovechar también la información disponible de municipios cercanos (modelos bayesianos espaciales).

Aplicamos este método a 8 043 municipios españoles utilizando datos del Atlas de Distribución de la Renta de los Hogares del Instituto Nacional de Estadística (INE) correspondientes a 2022. Con el índice de Gini original, el mapa de España aparece relativamente homogéneo con diferencias entre municipios, pero sin un patrón territorial claro. Con el índice normalizado, en cambio, surge un patrón mucho más definido: Andalucía, Extremadura y Murcia muestran niveles de desigualdad más altos de lo esperado para su nivel de pobreza, mientras que Cataluña, País Vasco, Madrid y Baleares presentan niveles más bajos de lo esperado.

Es decir, algunas regiones que aparentemente parecían muy desiguales dejan de serlo cuando se tiene en cuenta su estructura socioeconómica, mientras que otras emergen como territorios especialmente vulnerables.

Distribución geográfica en España del índice de Gini: original (A) y normalizado (B) en 2022. Elaboración propia, CC BY

En general, el índice original identifica las grandes ciudades como las zonas más desiguales, pero, al ajustar por pobreza, el patrón se invierte: los municipios rurales y de baja densidad presentan una desigualdad relativamente mayor que la de las grandes ciudades. Los valores para los municipios analizados pueden consultarse en la web del proyecto.

Qué implica esto para las políticas públicas

La principal ventaja de este método es que no requiere datos difíciles de obtener. Se basa en dos indicadores ampliamente disponibles: el índice de Gini y la tasa de pobreza. Esto facilita su aplicación en otros países y a diferentes escalas territoriales, desde barrios y provincias hasta comunidades autónomas o comparaciones internacionales.

La desigualdad no depende únicamente de cómo se distribuyen los ingresos, sino también del contexto económico en el que esa distribución se produce. Incorporar la pobreza a su medición permite identificar territorios que pasan desapercibidos con los indicadores tradicionales, y ofrece una imagen más completa de las diferencias sociales existentes entre municipios. Este análisis más completo de la desigualdad relativa puede apoyar políticas redistributivas, la planificación de servicios públicos o el diseño de estrategias frente a la despoblación.

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Panoramas, cosmoramas y dioramas: simuladores de mundos antes de la IA

Fragmento del panorama de la ciudad de Edimburgo de Robert Baker, del siglo XVIII. Wikimedia Commons

¿Ha visitado alguna vez una montaña rusa, o una de esas atracciones familiares que simulan viajes en barco o tren por distintos parajes naturales o urbanos que ofrecen muchos parques temáticos?

El paseo para ver It’s a small world o el viaje en los cohetes del Space Mountain en Disneyland son el resultado de la combinación y actualización de una serie de espectáculos ópticos de ilusión realista, inventados en el siglo XIX. Gracias a ellos, el público podía vivir una experiencia inmersiva que lo situaba en un espacio diferente y, a veces, también en un tiempo distinto al suyo.

El panorama, el cosmorama y el diorama

El panorama, patentado por Robert Barker en 1787, era una pintura gigante de 360 grados que se colocaba en un espacio construido expresamente para ella. El espectador podía tener una vista inmersiva y circular de lo que hubiese sido retratado en el paisaje. Podríamos decir que es el precursor del formato panorámico actual de las fotografías o los vídeos.

El diorama, inventado por Louis Daguerre y Charles Bouton, era un espectáculo parecido al panorama en el que se exhibía un gran lienzo pintado por ambas caras. Sobre él incidía una luz que destacaba unas zonas frente a otras. Ante los ojos del espectador, el paisaje variaba en función del paso de las horas del día y la noche, las estaciones o los efectos provocados por un alud, la erupción de un volcán o un incendio, entre otros casos.

Por su parte, en el cosmorama, invención del abate piamontés Gazzera, las vistas eran contempladas a través de unos vidrios que tenían la propiedad de aumentar y alejar en apariencia los objetos visionados.

Sección transversal de la Rotonda de Leicester Square, donde se exhibió el panorama de Londres (1801).
Sección transversal de la Rotonda de Leicester Square, donde se exhibió el panorama de Londres (1801). Wikimedia Commons

Empiezan a moverse

Con la idea de dotarlos de mayor realismo, para que el público se sintiera inmerso en una escena genuina, estos espectáculos fueron incluyendo objetos, animales o actores que reprodujesen tridimensionalmente los detalles plasmados en dos dimensiones. Esto ampliaba un efecto que todavía puede disfrutarse, por ejemplo, en los dioramas diseñados por belenistas y pesebristas. En el siglo XIX, el sonido, los juegos de luces y sombras y la narración del exhibidor también eran fundamentales para completar la alucinación del público.

Con frecuencia, espectáculos como los panoramas móviles producían un simulacro de movimiento, un ligero desplazamiento, como si el espectador estuviese asomado a lo que pretendía ser la ventanilla de un tren o un barco. Al igual que en los modernos parques temáticos, la audiencia experimentaba la sensación de estar subiendo una montaña, navegando por un río, adentrándose en un tétrico cementerio o sufriendo los efectos de un terremoto, de una avalancha de nieve o de un gran incendio. A su vez, también podía sumergirse en una famosa batalla o verse colocado en medio de las ruinas de civilizaciones antiguas o exóticas, como Pompeya, Roma, Atenas o Pekín.

El asombro y la sorpresa eran indescriptibles. Sin embargo, en ocasiones, los espectadores salían de ellos con cierta sensación de náusea, vértigo e incluso vómitos, resultado de la experiencia que se vivía como si fuera un viaje real.

La montaña rusa

En 1770 el aristócrata Simon-Gabriel Boutin inauguró en París los jardines del Tívoli. Tras cerrar después de la muerte en la guillotina de su dueño, en 1795 volvieron a abrir sus puertas convertidos en un gran espectáculo. Lo hicieron de la mano del empresario Gérard Desrivières, que decidió incluir entre sus atracciones títeres, equilibrios sobre cuerda, proyecciones de linterna mágica –uno de los antecedentes del cine– y panoramas.

El Tívoli tuvo muchos dueños a lo largo de su historia. Tras Desrivières pasó a ser propiedad de Jean Henri Louis Greffulhe. Y, después de la muerte de este último, en 1826 sus herederos lo alquilaron al físico, aeronauta e ilusionista belga Étienne-Gaspard Robert (conocido profesionalmente como Robertson). Este Nouveau Tivoli contaba con fuegos pirotécnicos, ascensos en globo, y una variedad de espectáculos de linterna mágica y fantasmagorías –así conocidos por su temática y efecto terrorífico–. Pero además, Robertson decidió introducir atracciones mecánicas de velocidad conocidas en la época como montañas rusas.

En los años 60 y 70 del siglo XIX, estos espectáculos se convirtieron en fenómenos de masa, en muchas ocasiones incluidos entre los atractivos de las exposiciones nacionales o internacionales. El público podía sumergirse por unas horas en espacios y tiempos vinculados con los valores de una modernidad que apreciaba aquellas culturas distantes, exóticas o de excepcional valor patrimonial.

Así, podía viajar sin moverse del asiento, y contemplar pequeños mundos que hoy siguen atrayendo a las masas convocadas por los más famosos parques temáticos. El italiano Nicolino Calyó era pintor de panoramas móviles y cosmoramas en los que se ofrecían “viajes a pie quieto”, es decir, un paseo visual por diversos lugares del mundo sin abandonar el local de exhibición. Calyó, después de haber recorrido Europa y América exponiendo sus cuadros, acabó instalándose con su familia en Broadway, donde triunfó con estos espectáculos con acompañamiento de piano.

Al revisar sus creaciones, y las de otros como él, podemos detectar en ellas un antecedente artístico de la utilización de la IA generativa en el cine, que ya se puede ver en obras visuales como PLSTC (Laen Sanches), The Frost (Stephen Parker / Waymark) y Here, de Robert Zemeckis.

Aunque el formato elegido sea diferente, existe un vínculo común en el hecho de combinar el uso de la técnica y las artes. Con ello, estos proyectos buscan crear realidades inexistentes, metaversos dotados de un efecto de ilusión tan potente que el espectador de hoy, como el de siglos atrás, se crea inmerso en un mundo real.


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Marieta Cantos Casenave no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

Con el gasóleo disparado, para qué puede servir que el BCE suba los tipos (y para qué no)

Sede del Banco Central Europeo en Fráncfort (Alemania). nitpicker/Shutterstock

Cuando se incrementa el precio de la energía, los bancos centrales tienen un problema: subir los tipos enfría la economía pero no produce petróleo, gasóleo ni capacidad de refino. Si se espera que el encarecimiento sea transitorio, pueden aceptar el salto del IPC y esperar a que se disipe. El problema es que la capacidad de refino tarda años en reponerse.

El Consejo de Gobierno del BCE decide este jueves si sube los tipos para la eurozona, tras mantenerlos en el 2,25 % el pasado mes de julio. Los mercados dan casi por descontada una subida de 25 puntos básicos y el Brent vuelve a rondar los 100 dólares al mantenerse los ataques entre Estados Unidos e Irán, y con Ormuz todavía bloqueado.

La lectura automática es que un shock energético exige endurecer la política monetaria. Pero un detalle cambia el diagnóstico: pese al desplome del crudo de los últimos meses, el gasóleo no ha bajado por la subida de los márgenes de refino. Ese margen tampoco ha cedido ahora que el crudo vuelve a subir. Los inventarios de destilados cerraron agosto un 14 % por debajo de su media de cinco años. El cuello de botella ya no está solo en el pozo, sino en la capacidad de convertir crudo en gasóleo.


Leer más: Sobra petróleo en los mercados pero faltan refinerías, por eso no baja el precio del gasóleo


Una tormenta sobre un sistema sin colchón

Ante un shock energético transitorio, la teoría monetaria no prescribe necesariamente una subida de tipos. Puede ser óptimo aceptar un incremento en los precios en vez de provocar una caída en la actividad económica. El BCE lo formula con más matices: importan el origen, la magnitud y la persistencia de la presión inflacionaria, y un shock de oferta (un cambio repentino e inesperado que altera la capacidad de producción o los precios) exige, en principio, una respuesta más medida que uno de demanda.

Aunque la causa inmediata sí es bélica (hay plantas en Oriente Medio que siguen afectadas, las rusas encajan ataques ucranianos y Moscú llegó a suspender sus exportaciones de diésel), el golpe ha caído sobre un sistema con poca holgura porque, al verse afectado el refino, la corrección es más lenta. En Estados Unidos, dos cierres de refinerías en 2025 eliminaron alrededor de 400 000 barriles diarios y Europa lleva años cerrando y reconvirtiendo plantas. Sin colchón de refino, cada avería o parada se traslada con mucha más fuerza al precio.

Se siguen construyendo refinerías

Eso no significa que el mundo haya dejado de construir refinerías. La Agencia Internacional de la Energía prevé 4,2 millones de barriles diarios de nueva capacidad mundial hasta 2030, sobre todo en Asia y Oriente Medio. Europa, por su parte, tiene un problema geográfico y de calendario: una refinería tarda años en construirse y necesita décadas para amortizarse, mientras que con la transición energética se presupone una caída estructural de la demanda. Más que decir que la transición crea la escasez, conviene hablar de un riesgo de secuencia: la de retirar la capacidad antes de que desaparezca la demanda.

El sector del refino reacciona exprimiendo sus plantas, desviando la producción hacia los derivados más rentables o aplazando las labores de mantenimiento. También se pueden reincorporar plantas dañadas, aumentar las importaciones o hacer pequeñas ampliaciones. Pero reconstruir un sector local a medio desmantelar es lento, intensivo en capital y arriesgado económicamente hablando.

El riesgo de apretar demasiado

Frente a esas circunstancias, los tipos son un instrumento romo. La demanda de carburante es muy rígida: los estudios para España y la UE muestran que si el precio sube un 10 %, el consumo apenas cae entre medio punto y punto y medio. El margen de refino baja cuando aumenta la oferta efectiva de productos refinados respecto de la demanda. El tipo de interés actúa sobre todo sobre este último término: para abaratar el gasóleo mediante la política monetaria hay que destruir demanda (subiendo los tipos) hasta hacerla encajar con una oferta escasa.

Además, encarecer el crédito no es neutral para la oferta futura. Un modelo teórico muestra que ante una perturbación en la oferta, un endurecimiento que deprima la inversión puede reducir la productividad y prolongar parte de la presión en los costes.

Lo que sí está en su mano

Esto no significa que el BCE deba quedarse quieto: debe precisar para qué sirven sus medidas. La persistencia juega en dos sentidos: cuanto más dura el cuello de botella, menos pueden los tipos eliminar su causa física, pero más tiempo tiene el encarecimiento para propagarse. El problema monetario aparece cuando se produce el efecto contagio y el shock comienza a afectar a los salarios, la fijación general de precios y las expectativas de los consumidores.

Ahí sí puede actuar el BCE explicando que una subida en los precios provocada inicialmente por el encarecimiento del refino no demuestra por sí sola que haya inflación persistente. Así, evita que hogares y empresas extrapolen la situación al negociar salarios, márgenes y contratos. Christine Lagarde, presidenta del BCE, lo resumió en marzo al señalar que la política monetaria no puede bajar los precios de la energía, pero sí debe identificar cuándo empiezan a desbordarse hacia una inflación generalizada.

También puede reconocer lo que no le corresponde. Los instrumentos contra una escasez física están en otras manos: permisos, mantenimiento, decisiones sobre cierres y reconversiones, diversificación de suministros y una política de demanda que reduzca el consumo al ritmo al que se retira la oferta. Un banco central que subraya sus límites evita que se le exija lo imposible.

Subidas de precios

Los datos de agosto lo ilustran bien. La inflación de la eurozona saltó al 3,3 %, con la energía subiendo un 14,3 %. Pero la inflación subyacente (que no toma en cuenta los precios de la energía ni de los alimentos frescos) fue del 2,4 %, y la inflación solo sin considerar los precios de la energía se mantuvo en el 2,2 %.

En España, el IPC subió al 4,3 % empujado por los carburantes, mientras que la inflación subyacente fue del 2,9 %.

Un análisis del BCE publicado el 1 de septiembre concluye que, hasta mayo, el repunte de inflación de 2026 se explicaba casi enteramente por shocks adversos de oferta energética.

La distinción no es académica. El desacuerdo ya no consiste tanto en decidir si el shock es de oferta como en juzgar cuánto durará y hasta dónde se propagará. La mayoría de expertos esperan una subida en septiembre y después una pausa.

Un seguro, no un remedio

El BCE puede evitar que el problema se extienda pero no puede fabricar la capacidad de refino que falta.

Con los datos de agosto, una subida del 0,25 % puede defenderse como un seguro contra un contagio que aún parece limitado. Pero eso no justifica una secuencia automática de subidas mientras el IPC general siga alto: el remedio debe calibrarse contra la propagación del shock, no contra el precio del gasóleo que lo originó.

El precio del crudo volverá a bajar cuando la geopolítica y la oferta lo permitan, pero el margen de refino no tiene por qué ir al mismo ritmo. Ninguna decisión tomada en Fráncfort levanta una refinería: su función es impedir que un cuello de botella industrial termine reescribiendo los salarios, los precios y las expectativas de toda la economía europea.

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Enrique Parra Iglesias no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

Noise exposure is linked to chronic stress and heart disease. It’s time to make peace and quiet a public health right

Kazantseva Olga/Shutterstock

Has your phone ever died very quickly, despite you barely using it? Sometimes, the explanation is simple: dozens of apps running in the background constantly drain the battery. Something similar happens within our bodies, as almost all of us live with an app installed by default that never closes: noise.

This invisible aggressor is not just a physical phenomenon that can be measured in decibels – it is a subjective, cultural experience. As philosopher Byung-Chul Han points out, our society has pushed silence to the margins, replacing it with a constant state of hyper-attention that keeps the body in a state of low-level alertness. What begins as a sensory stimulus ends up fuelling a crisis of attention and biological rest.

Human beings evolved to interpret sounds as signals of danger or relevant information. For millennia, hearing the crack of a branch was all that stood between survival and dying at the hands of a predator, but over just a few decades our soundscape has changed radically. Traffic, construction, constant notifications and urban hum have created a perpetual soundscape, and our bodies have simply not had enough evolutionary time to adapt to this barrage.


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For years, research focused on hearing health, and with good reason – noise is the second leading cause of hearing loss worldwide. In recent decades, “recreational” noise exposure has come to the fore, particularly prolonged headphone use among young people.

But the most significant change in modern science is not just about the amount of noise, but how we experience it. Noise is no longer understood solely as a problem that affects hearing, it is also recognised as a systemic environmental pollutant. Transport noise is now one of the leading environmental cause of illness in Europe, second only to air pollution.

The human body does not process all sounds in the same way. Below a physiological threshold of around 60 decibels (a normal conversation), the body keeps its balance. But above this limit, the nervous system interprets the sound stimulus as a threat and triggers the instinctive fight-or-flight response.

The sound itself does not matter. Whether it is a motorbike or a distant siren, the brain perceives it as a potential danger, meaning any sound over the threshold activates the hypothalamic-pituitary-adrenal axis. This triggers a sustained release of cortisol and adrenaline, the stress hormones that put us into survival mode.


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Impacts on the heart and gut

When this survival mechanism is chronically activated, health suffers. Continued noise exposure raises the heart rate and blood pressure, increasing the risk of high blood pressure, heart attack and stroke.

The effects also extend into unexpected areas, including the gut microbiota. Recent research suggests that the vast ecosystem of bacteria living inside us is particularly sensitive to our environment and behaviour, and chronic stress caused by noise could disrupt the balance of this ecosystem. This causes what scientists call “dysbiosis”: a kind of bacterial mutiny, where beneficial bacteria populations decline and harmful ones take over.

Even while we sleep, the brain does not switch off. It continues to process sounds and keep the body in a state of micro-alertness that disrupts our rest. This lack of night-time recovery is the ideal breeding ground for oxidative stress and systemic inflammation, which are linked to metabolic diseases such as type 2 diabetes.

The luxury of silence

Our senses are closely linked to our health, but access to peace and quiet is not distributed equally. In Spain, for instance, 83.9% of people live in urban areas, and noise exposure is determined by postcode – the most densely populated areas are subject to a constant barrage of noise, making them epicentres of vulnerability.

Noise is therefore a matter of social inequality. Less well-off people not only breathe poorer air, but also live in noisier environments that prevent their bodies from healing and resting.

The solution is not just external. A body already under stress from emotional factors or poor diet is more vulnerable to noise pollution, meaning nutrition can make a difference. Diet cannot, of course, silence noise, but antioxidants and essential nutrients can boost our stress tolerance, protecting sensitive tissues and strengthening the resilience of the gut ecosystem.


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Turning down the volume

The fight against noise pollution requires public policies: reducing traffic, improving sound insulation in homes, and building green spaces that act as refuges. A cultural shift is also needed. Revaluing silence means recognising it as a vital biological resource.

On an individual level, we can take small steps to improve our “sound diet”. These include silencing unnecessary notifications, or carving out moments of complete disconnection during the day.

In a society that prioritises speed and excess, silence becomes a subversive act. It is not about eliminating sound altogether, but about restoring balance. The most important question is not how much noise we can tolerate, but how much silence we need to be truly healthy.

In a world that pushes us to be constantly connected, rediscovering silence is the best possible way to recharge. We must learn to consciously close the app draining our energy in the background, and remember that silence is not a system error – it is the only state in which our operating systems can truly rest and reboot.

In cities where silence can only be enjoyed by a privileged few, peace and quiet ceases to be a personal choice. Instead, it becomes a public health right, one that must be protected and prioritised on all levels.


A weekly e-mail in English featuring expertise from scholars and researchers. It provides an introduction to the diversity of research coming out of the continent and considers some of the key issues facing European countries. Get the newsletter!


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¿Frustrado con su banco? Por qué la IA es mejor que las encuestas para entender las quejas de los clientes

jkcDesign/Shutterstock

Todos nos hemos visto en la misma situación: tras una llamada telefónica con nuestro banco para solventar un problema, una voz automatizada nos pide que respondamos a una breve encuesta (por ejemplo: “¿Recomendaría nuestro servicio a un familiar o conocido? Responda del 1 al 10”).

Esta aparente simple pregunta es en realidad una métrica, el Net Promoter Score o índice de promotores neto (NPS). Junto con los cuestionarios tradicionales, es el modo más habitual en que los bancos miden la satisfacción de sus usuarios.

Sin embargo, es un procedimiento muy limitado para reflejar la experiencia real del cliente. No capta las emociones, los matices ni los verdaderos motivos de frustración o satisfacción que espontáneamente surgen en las llamadas.

Ahora, en un contexto en el que la inteligencia artificial está en todo su apogeo, es posible mejorar las estrategias de marketing mediante el análisis masivo de conversaciones telefónicas reales.

‘Valore del 1 al 10’: un modelo agotado

Los productos bancarios están cada vez más estandarizados y son más accesibles digitalmente. Por tanto, la ventaja competitiva de una entidad ya no depende tanto de sus productos sino de la calidad de su servicio. Se estima que las malas experiencias en la atención explican aproximadamente el 20 % del abandono de clientes en este sector.

El carácter estático de las métricas limita el proceso de medición de la satisfacción de los clientes, pues se pierde la interacción entre el usuario y el banco. Además, hay un sesgo de auto-selección, pues estas encuestas suelen reflejar las percepciones de una pequeña proporción de clientes (los muy satisfechos o los extremadamente enfadados).

Los primeros modelos de análisis de texto (que procesan y extraen información de valor de grandes volúmenes de datos lingüísticos no estructurados) tampoco han resuelto el problema, ya que se pierde la riqueza lingüística de las personas, reduciéndola a etiquetas cerradas como “Satisfecho” o “Insatisfecho”, y no captan el contexto de la queja.


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‘Escucha’ a gran escala: aprendizaje automático e IA generativa

Hemos creado un modelo de análisis de la experiencia de clientes bancarios combinando el aprendizaje competitivo con la inteligencia artificial generativa cuyo funcionamiento se divide en tres etapas:

  1. Las transcripciones de texto de las llamadas telefónicas se limpian de ruidos (como muletillas o risas) y anonimizan para cumplir con la normativa de privacidad de datos del sector bancario.

  2. El sistema organiza las conversaciones en grupos temáticos de forma automatizada y transparente mediante un algoritmo de aprendizaje competitivo.

  3. Se aplica un modelo de IA generativa de generación aumentada por recuperación (que le permite buscar información actualizada, reduciendo errores y aportando datos precisos) y reordenación semántica (que le permite entender el contexto y la intención del lenguaje humano).

Estas herramientas permiten que los analistas interroguen al sistema haciendo preguntas en lenguaje natural. Por ejemplo: “¿Cuáles fueron los principales motivos de insatisfacción este mes?”. También, pueden recibir al instante respuestas detalladas basadas directamente en la evidencia de las llamadas reales.

Aplicamos nuestra herramienta a 10 062 406 de conversaciones telefónicas entre clientes y agentes, recogidas mensualmente por una institución financiera durante dos años.

Menos quejas, más autonomía y más eficiencia

¿Qué mejora nuestro modelo cuando analiza millones de horas de conversación? Básicamente, la capacidad de extraer las necesidades explícitas de los usuarios. No solo diagnostica el descontento, sino que proporciona el conocimiento para erradicarlo.

Detecta con precisión los problemas reales que llevan al cliente a llamar a la entidad. Así, los analistas bancarios pueden rediseñar las aplicaciones móviles y los canales digitales para poder reducir las quejas.

A continuación, exponemos de manera gráfica un ejemplo de la interfaz sobre cómo se pregunta y se genera la respuesta:

Se puede observar su gran capacidad de detectar aquellos problemas que provocarían llamadas recurrentes a los centros de atención al cliente. Esto permite rediseñar más eficientemente los servicios digitales y las funcionalidades de autoservicio. De este modo, se fomenta la autosuficiencia del cliente al permitirle resolver sus gestiones de forma independiente y sencilla. Al reducir su esfuerzo, aumenta drásticamente la lealtad y confianza del usuario hacia su entidad.

Además, la retroalimentación continua del sistema permite que los bancos identifiquen nuevos problemas, se anticipen a la insatisfacción y diseñen y rediseñen intervenciones específicas. Así, se mejora tanto la eficiencia operativa como la calidad de la relación. Todo esto provoca nuevamente una reducción significativa de llamadas telefónicas asistidas. Como resultado, se disminuye sensiblemente tanto la carga de trabajo de los agentes como los costes operativos para la empresa.

Más de diez millones de llamadas

La efectividad de la herramienta se demostró con una doble auditoría. Primero, por analistas expertos que otorgaron al sistema puntuaciones sobresalientes (alrededor de 5 sobre un máximo de 5). Por otro lado, hicimos una validación cruzada para comparar las respuestas del modelo con las de otros sistemas de inteligencia artificial como Gemini y DeepSeek. Los niveles de coincidencia semántica fueron superiores al 90 % y 85 % respectivamente.

Además de los buenos resultados en términos de análisis de las respuestas de los clientes, nuestro sistema demostró una mejor eficiencia computacional, al reducir los tiempos de ejecución y los costes en la nube, alineándose con los objetivos de sostenibilidad energética de las organizaciones.

Con la integración del aprendizaje automático y los modelos lingüísticos, el futuro de la experiencia bancaria ya no se decidirá rellenando casillas del 1 al 10, sino escuchando con inteligencia lo que los clientes dicen.

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La selección: la inteligencia humana es un artículo de lujo

Querido lector, querida lectora:

Lo que tiene entre las manos, delante de los ojos, en la pantalla, cada vez que entra en The Conversation, es un artículo de lujo. Dada la invasión de contenidos fabricados con inteligencia artificial en los medios de comunicación, es un verdadero privilegio poder acceder a una plataforma donde los autores son expertos de carne y hueso.

Porque, por si alguien tenía dudas a estas alturas, en The Conversation en español no admitimos artículos escritos con IA. Huelga decir que sería una falta de respeto pretender que lectores y editoras dedicáramos más tiempo a leer un texto del que su supuesto autor ha invertido en escribirlo. No vamos a entrar en debates sobre la capacidad de la máquina para redactar y fundamentar la información, ni sobre lo eficiente y rápido que es que lo haga, sobre eso de que luego será supervisado por la persona que va a firmarlo… ni sobre sus sesgos, ni sobre su contribución al empobrecimiento del lenguaje.

Lo que pasa es que preferimos apostar por las sofisticadas, sorprendentes e inigualables habilidades de expresión y de creatividad del cerebro humano.

Y es que nuestros autores, antes que investigadores o profesores de universidad, son personas. Eso significa que parten de su experiencia real –fruto de su interacción física con el entorno– y de una motivación propia –casi siempre cambiar el mundo para mejor con sus investigaciones–. Son dos cosas que una IA no puede tener.

Un algoritmo nunca se ha bañado en ese mar sin el que no podría vivir el biólogo Antonio Figueras, cronista de las maravillas y peligros que acechan al océano, como la muerte de toneladas de mejillones en Galicia este año. También vive cerca de una playa preciosa nuestra autora Paula Lamo, escritora de relatos de ficción e ingeniera decidida a hacernos entender que el aprendizaje automático no es nada sin un soporte físico para existir, con sus exigencias de energía y materias primas.

Otra cosa que no puede hacer la IA es dar a luz, como sí ha hecho Cristina de Juana, que además de madre es arqueóloga convencida de que ayudarnos unos a otros es el mejor camino y autora de un artículo sobre el parto asistido en la prehistoria. Tampoco puede emocionarse mirando al cielo, como le ocurre al astrofísico Miguel Ángel Aloy, cuando nos habla de lo que podrá ver el telescopio Nancy Grace Roman. ¿Y creen que a un chatbot le importa si protegemos nuestra privacidad cuando jugamos a videojuegos? Ni de lejos tanto como a Marta Beltrán, informática experta en protección de datos. Por la misma razón, un modelo de lenguaje nunca se irá al campo a tumbarse en un escondite a la espera de fotografiar una libélula, joya viva de la prehistoria, como han hecho la bióloga Patricia Casanueva y el ingeniero agroforestal Luis Fernando Sánchez.

Así podría seguir citando a todos nuestros queridos autores, con las peculiaridades y el corazoncito de cada uno, si no fuera porque nuestra compañera Claudia Lorenzo –que además de editora de Cultura es el hada madrina que les lleva cada sábado a su buzón La selección– está harta de decirnos que no nos pasemos de 500 palabras.

Con cariño, les deseo que sigan disfrutando de su producto de lujo.

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En el trabajo, la edad importa pero la antigüedad también

La comunicación interna se ha convertido en una función estratégica dentro de las organizaciones. Con los años, ha pasado de ser una vía de transmisión de información a ser una vía de creación de significado para los trabajadores.

Una comunicación interna de calidad se vincula con la satisfacción laboral y el compromiso. Si funciona eficazmente, los empleados se sienten más integrados, actúan como embajadores de la marca y promueven los valores de la organización ante públicos externos.

Sin embargo, la percepción de esta comunicación es un proceso muy subjetivo, que se ve influenciado, entre otros factores, por la diversidad de la plantilla. Esto sugiere que la misma estrategia de comunicación puede ser recibida de manera diferente según el grupo o el contexto organizacional.

Ni muy nuevos ni muy viejos

Cuando una empresa quiere mejorar su comunicación interna, suele pensar primero en los recién llegados: manuales de bienvenida, sesiones de acogida, tutorías para los primeros meses. Tiene sentido: son quienes más dudas tienen. Pero una investigación reciente apunta a que esta atención puede dejar un punto ciego sin atender: los trabajadores con entre 1 y 15 años de antigüedad.

En la organización analizada, la valoración de la comunicación interna por parte de los trabajadores varía bastante según su antigüedad. No son los recién llegados los que se muestran más críticos, ni tampoco los veteranos con décadas de vinculación. Son, sobre todo, esas personas que llevan trabajando en la empresa entre 1 y 15 años (precisamente el grupo que suele representar el grueso de cualquier plantilla).

La satisfacción laboral no es igual en todas las etapas

Encuestamos a 249 trabajadores –personal docente e investigador y personal de administración y servicios– de una universidad catalana. Para ello, utilizamos un cuestionario validado que mide ocho dimensiones distintas de la satisfacción comunicativa: desde el feedback recibido hasta la calidad de las reuniones, pasando por la transparencia sobre las decisiones de la organización.

Los empleados con menos de un año de antigüedad fueron, con diferencia, los más satisfechos. Ellos reciben información constante durante la incorporación. Además, todavía no han tenido tiempo de que sus expectativas se confronten con el día a día. A partir de ahí, la satisfacción tiende a moderarse pero vuelve a subir ligeramente entre quienes llevan más de 15 años.

Este fenómeno no es nuevo en la investigación sobre el mundo laboral: se conoce como efecto resaca. La luna de miel de los primeros meses da paso a un choque entre lo que se esperaba de la organización y lo que realmente se vive.

Dos relojes distintos: edad y antigüedad

Una segunda idea del estudio tiene que ver con algo que muchas organizaciones dan por sentado: que edad y antigüedad son más o menos lo mismo. No lo son y tratarlas como si lo fueran oculta información valiosa.

En nuestro estudio vemos cómo la edad define la manera en que prefiere comunicarse el trabajador: qué canales le resultan cómodos, qué formatos entiende como cercanos. En cambio, la antigüedad tiene que ver más con la experiencia acumulada dentro de la organización y con cuánto se ha ido puliendo la mirada crítica sobre si lo que la organización dice se corresponde con lo que hace.

Esta distinción se ve con claridad en los datos obtenidos. Los empleados mayores de 55 años puntúan peor la comunicación informal y la calidad de los canales digitales. No puntúan peor en transparencia, ni en si se sienten parte de la organización, ni en la utilidad de las reuniones.

Esto es importante pues no se trata de que los séniors perciban una organización menos transparente, sino de que los canales disponibles no siempre encajan con sus hábitos comunicativos. No es una cuestión de habilidad digital sino de preferencias. Muchos trabajadores de más edad valoran el contacto directo o el correo electrónico por encima de canales más informales o novedosos.

Respecto a la antigüedad, en cambio, la disconformidad se asocia con dimensiones más estratégicas: la información sobre el funcionamiento de la organización, el ambiente comunicativo general, la calidad de las reuniones. Son aspectos de fondo, no de forma.

En conclusión, dos empleados de la misma edad, pero con antigüedades distintas, pueden necesitar vías de comunicación completamente diferentes. Y dos empleados con la misma antigüedad, pero de generaciones diferentes, pueden estar de acuerdo en el fondo, aunque prefieran canales opuestos de comunicación.

Por qué esto puede ser importante

Una política de comunicación interna pensada solo para la acogida de nuevos empleados deja fuera a un grupo de trabajadores potencialmente numeroso que, en este estudio, muestra los niveles más bajos de satisfacción comunicativa.

Esto no significa que se deban abandonar los programas de bienvenida, sino complementarlos con mecanismos pensados para quienes ya llevan un tiempo dentro. Son necesarios espacios de feedback estructurado, mayor transparencia sobre los cambios organizativos, o programas de mentoría. Con estos últimos se aprovecha el conocimiento de los empleados más veteranos para acompañar a quienes están en el intermedio de la travesía.

Estos programas no tienen por qué ser formales ni costosos. A veces basta con emparejar a un empleado de mitad de carrera con alguien de mayor trayectoria para conversaciones periódicas, sin una estructura rígida.

También conviene revisar qué combinación de canales funciona mejor para los distintos colectivos. No se trata de renunciar a las herramientas digitales, sino de mantener alternativas que sigan siendo accesibles para quienes las prefieren.

Una pérdida de talento

Lo que este estudio deja claro es que la comunicación interna no puede diseñarse pensando en una plantilla uniforme. Edad y antigüedad marcan experiencias distintas y quienes llevan entre 1 y 15 años en la organización –la mayoría, en cualquier plantilla– merecen tanta atención como los recién llegados. Ignorar ese punto ciego tiene un coste, pues es allí donde es mayor el desajuste entre lo que se promete y lo que se vive dentro de la organización. Y donde más se juega la confianza a largo plazo.

Como toda fotografía tomada en un momento concreto, este estudio no puede predecir cómo evolucionará la satisfacción de una persona a lo largo de su carrera, pero sí señalar hacia dónde debe mirar una organización que quiera que su comunicación interna abarque a la mayoría de su plantilla.

Al final, hay un coste económico y organizacional en este tema: la rotación es cara, y quien decide marcharse casi nunca lo hace únicamente por el sueldo, sino porque deja de sentir que la organización le toma en cuenta. Además, cada salida supone una pérdida de talento y de conocimiento acumulado que no siempre es fácil de reemplazar.

Perder a alguien que ya lleva años arraigado en la empresa, precisamente porque su sentido de pertenencia y su compromiso empiezan a resentirse, es algo que las organizaciones deberían esforzarse por evitar.

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Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

La literatura después del 11 de septiembre de 2001: del trauma global al conflicto local

Bomberos y periodistas en la zona cero de Nueva York tras el ataque del 11 de septiembre de 2001. Anthony Correia/Shutterstock

El 11 de septiembre de 2026 se cumplen 25 años de los atentados terroristas que destruyeron las Torres Gemelas de Nueva York. Desde entonces, la literatura ha intentado contar no solo lo que ocurrió aquel día, sino también cómo sus consecuencias transformaron la vida cotidiana y nuestra forma de entender la guerra, la seguridad y las fronteras.

En los días y meses posteriores a los atentados, periódicos y revistas culturales como The Guardian y Harper’s Magazine publicaron textos de reconocidos escritores para ayudar a interpretar unas imágenes que millones de personas habían contemplado casi en directo. Ian McEwan escribió sobre las últimas llamadas de las víctimas; Martin Amis reflexionó sobre la vulnerabilidad estadounidense; Paul Auster dejó unas notas tomadas aquel mismo día, y Don DeLillo analizó en diciembre el significado histórico y político del ataque. Estas intervenciones inmediatas anticiparon cuestiones que después desarrollarían en su ficción.

Del espectáculo televisivo al duelo

Las primeras novelas importantes sobre el 11-S se enfrentaron a una dificultad: los atentados ya parecían una ficción por su dimensión visual. El hombre del salto (2007), de Don DeLillo, comienza con un superviviente que camina entre los restos de las Torres Gemelas, y convierte una imagen contemplada globalmente en la experiencia corporal y desorientada de una persona:

“Ya no era una calle sino un mundo, un tiempo y un espacio de ceniza cayendo y casi noche. Caminaba hacia el norte por los escombros y el barro y pasaban junto a él personas que corrían tapándose la cara con una toalla o cubriéndose la cabeza con la chaqueta. Iban con pañuelos apretados contra la boca. Llevaban los zapatos en la mano, una mujer con un zapato en cada mano pasó corriendo junto a él. Iban corriendo y se caían, algunos de ellos, confusos y desmañados, con los cascotes derrumbándoseles en torno, y había gente que buscaba cobijo debajo de los coches”.

En Tan fuerte, tan cerca (2005), de Jonathan Safran Foer, la televisión, las fotografías, los sonidos y los objetos cotidianos ocupan un lugar central. Las obras no se limitan a reconstruir la destrucción de las torres: se centran en la ausencia, el duelo y la dificultad de recuperar una vida normal.

Paul Auster siguió un camino similar en Un hombre en la oscuridad (2008). Frente a la saturación de imágenes, estas ficciones devolvieron al acontecimiento una dimensión íntima. El atentado empezó a medirse por sus efectos en un matrimonio, en una familia o en una persona incapaz de olvidar lo visto en televisión.

Portada de los libros mencionados.
Planeta de Libros/Anagrama

Sin embargo, aquella primera respuesta tuvo sus límites. Una buena parte de la narrativa británica y estadounidense abordó el terrorismo desde las sociedades occidentales. Algunas obras reprodujeron, aun sin pretenderlo, la oposición entre “Occidente” y “el islam” del discurso oficial, mientras relegaban las posibles causas históricas y políticas de la violencia.

La guerra contra el terror, vista desde los márgenes

A medida que avanzaban las guerras de Afganistán e Irak, otras novelas ampliaron el campo de visión. El fundamentalista reticente (2007), de Mohsin Hamid; La casa de los sentidos (2008), de Nadeem Aslam, y Sombras quemadas (2009), de Kamila Shamsie, situaron el 11-S más allá de una tragedia exclusivamente estadounidense. Lo relacionaron con la migración, la ocupación militar, la islamofobia, la tortura y la pérdida de derechos.

En estas obras, un personaje musulmán puede convertirse en sospechoso en Nueva York o en Londres mientras su familia sufre las consecuencias de la guerra en Pakistán, Afganistán o Irak. La literatura muestra que la “guerra contra el terror” no se desarrolló solo en los campos de batalla: también se extendió a los aeropuertos, las aulas, los barrios y los lugares de trabajo.

Un hombre mira por la ventana mientras en el reflejo ve a las Torres Gemelas en llamas.
Riz Ahmed en una imagen de la adaptación cinematográfica de El fundamentalista reticente. Mirabai Films

En mi investigación doctoral propuse leer estas obras de ficción como literatura de la “glocalización”. La idea es sencilla: lo global nunca ocurre en abstracto, sino que se vive en un cuerpo, una casa o una ciudad. Sombras quemadas, por ejemplo, enlaza el bombardeo atómico de Nagasaki, la partición de la India, la Guerra Fría y la guerra contra el terror a través de dos familias. Las decisiones de los gobiernos terminan marcando la piel y las relaciones de personas concretas.

La economía y las finanzas completan esa mirada. Netherland, de Joseph O’Neill; El fundamentalista reticente y Kapitoil, de Teddy Wayne, relacionan terrorismo, finanzas, petróleo y especulación. Sus protagonistas se mueven cerca del centro financiero de Nueva York, pero sus decisiones repercuten en países y vidas alejados de Wall Street.

Madrid, Londres y París: el miedo se propaga

El marco político creado tras el 11-S también condicionó otros atentados. Después del 11 de marzo de 2004, la literatura española abordó los ataques a los trenes de Madrid desde la memoria, el duelo y la dificultad de representar una violencia que afectaba a la ciudad. Así ocurre en El mapa de la vida, de Adolfo García Ortega.

En Londres, Sábado (2005), de Ian McEwan, trasladó el miedo al terrorismo y el debate sobre la guerra de Irak a la vida cotidiana. Tras los atentados del 7 de julio de 2005, otras obras examinaron la vigilancia, la militarización y la sospecha dirigida a las comunidades musulmanas. Incendiary, de Chris Cleave, presenta una ciudad en la que el miedo nace tanto de la violencia como de su tratamiento político y mediático. Los ataques de París de noviembre de 2015 prolongaron este imaginario de ciudades europeas sometidas a una amenaza permanente.

Una violencia que no cesa

Con el paso de los años, la ficción se ha alejado del instante del atentado para ocuparse de las consecuencias convertidas en crónicas. Las novelas más recientes muestran conflictos interconectados, desplazamientos forzosos y personajes que ya no encuentran un regreso claro a casa. La guerra aparece como una red persistente de intervenciones, fronteras y negocios, no como un episodio cerrado.

La literatura posterior al 11-S no ofrece una interpretación única porque el trauma tampoco fue igual para todos. Desde las torres de Nueva York hasta los trenes de Madrid, el metro de Londres o las calles de París, la ficción ha desplazado la mirada del acontecimiento hacia sus consecuencias humanas. Ha convertido una historia global en historias locales y ha preguntado quién merece ser recordado, quién queda fuera de la imagen y qué significa vivir en una guerra interminable.

Leer el 11-S desde la literatura permite recordar que detrás de palabras como terrorismo, seguridad, mercado o guerra hay vidas concretas. También revela una paradoja vigente: las amenazas atraviesan las fronteras, pero las respuestas destinadas a garantizar la seguridad pueden erosionar derechos y libertades y generar nuevas formas de incertidumbre.


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Adriana Kiczkowski no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

La paradoja de la generación Z: mejor formada pero con más incertidumbre

stockpexel/Shutterstock

Los nacidos entre 1997 y 2012 (la generación Z o gen Z) son la generación más cualificada de la historia reciente, según los últimos indicadores de la OCDE. El 50,2 % de los jóvenes de entre 25 y 34 años cuenta con titulación de educación superior o universitaria –56,7 % en el caso de las mujeres– y prácticamente duplican el 26,5 % de estudios universitarios de la generación de sus padres.

A esto se suma que más del 18 % posee másteres o posgrados de especialización antes de los 30 años, la tasa de finalización de la educación secundaria superior supera el 88 % en la UE y más del 65 % domina al menos un segundo idioma, todo ello respaldado por una alfabetización digital nativa y una capacitación continua inédita en la historia del mercado laboral.

Los z, que han acumulado títulos, posgrados, idiomas y certificaciones, crecieron bajo la premisa de que estudiar, conseguir un puesto en una empresa importante y escalar la pirámide corporativa les llevaría a alcanzar el éxito y la seguridad financiera.

Sin embargo, hoy en día, especialmente en América Latina, es una generación con un futuro incierto, que ha descubierto que la vieja fórmula de éxito traía letra pequeña: precariedad laboral, agotamiento crónico y sensación de vacío.

Preparado pero sin certezas

Los datos respaldan que el modelo tradicional de éxito ha colapsado, con la tasa de emancipación en mínimos históricos (14,5 %), un gasto en vivienda que devora casi el 98 % del salario mediano joven y cerca de un 19 % de trabajadores sumidos en el riesgo de pobreza.

Dados sus altos niveles de formación, la generación Z afronta tasas de sobrecualificación de hasta el 35 %. En América Latina, además, los jóvenes afrontan un mercado laboral inestable, en el que la informalidad roza el 50 % y deja a más de 130 millones de trabajadores sin seguridad social ni garantías de futuro.

México en particular presenta elevados niveles de estrés laboral. Un 27 % de los trabajadores padece estrés crónico y el 50 % afirma que la tensión laboral impacta directamente en su vida personal. En comparación con otros países, alrededor del 75 % de los trabajadores mexicanos experimentan estrés laboral agudo, porcentaje superior al registrado en economías como la china (73 %) y la estadounidense (59 %).

Esta situación se agrava por las extensas jornadas laborales. La Organización Internacional del Trabajo (OIT) ha señalado que México continúa siendo uno de los países donde más horas se trabaja entre los miembros de la OCDE, lo que contribuye al agotamiento, la fatiga y la disminución del bienestar laboral.

Es una inercia de desgaste crónico que termina por desplazar cualquier propósito vital, reduciendo la existencia a una rutina de mera supervivencia y rendimiento operativo donde quedan desplazados el desarrollo personal, la autorrealización y los vínculos afectivos.

El mito del trabajador incansable

Ante el miedo que provoca un futuro incierto, se ha romantizado el sacrificio extremo: se admira al que se queda hasta tarde, al que responde correos en domingo y al que presume de no haber tomado vacaciones en años, creyendo que esa hiperproductividad va a garantizar su lugar en el mundo.

Esta narrativa no beneficia a una generación sobrecualificada sino a un sistema que ve al trabajador como una pieza reemplazable de una gran maquinaria. Se debe cuestionar la idea de que el valor de la persona depende de su cuota de productividad horaria: el cerebro no es una máquina, y un trabajador descansado siempre tomará mejores decisiones que uno que opera bajo la neblina constante del cortisol (la hormona del estrés).

Serenidad frente a zozobra

Redefinir el éxito en tiempos de inestabilidad no significa dejar de ser ambicioso o volverse “vago”. Curiosamente, algunas de las mentes más influyentes utilizan el descanso como una herramienta estratégica para navegar la imprevisibilidad del futuro.

El empresario mexicano Carlos Slim (México) promueve lo que él llama el “ocio productivo”. Para él, el éxito no es estar ocupado 24/7, sino tener tiempo en blanco para leer, analizar el entorno y reflexionar sin prisa. Slim entiende que la pausa es necesaria para detectar las oportunidades que otros pasan por alto debido al estrés.

El estadounidense Bill Gates es famoso por sus think weeks (“semanas de pensar”): se retira a una cabaña, solo y sin distracciones, para leer y pensar. No son vacaciones de esparcimiento, sino un mantenimiento preventivo para mantener su mente ágil ante un mundo cambiante.

El empresario mexicano Carlos Bremer siempre enfatizó que su verdadera energía provenía de sus pasiones fuera de la oficina, como el deporte y la familia.

Una revision del concepto de plenitud

¿Qué pasaría si se empezara a medir el éxito por la resiliencia, la calidad del descanso, la profundidad de los vínculos y el sentido de propósito? Redefinir el éxito frente a la incertidumbre implica:


Leer más: Entre el placer momentáneo y el propósito duradero: la motivación que nutre la felicidad (y mejora la salud)


Desoír las expectativas ajenas

La verdadera realización profesional llega cuando se empieza a construir la carrera personal alineándola con los valores reales.

América Latina se está haciendo a esa nueva realidad. La búsqueda de modelos como la semana laboral de cuatro días o el derecho legal a la desconexión digital son actos de resistencia para recuperar nuestra humanidad ante un futuro que no promete garantías.

Es momento de usar toda la preparación acumula para realizar el proyecto más importante: redefinir el éxito propio. Porque mucho más que solo sobrevivir a la incertidumbre, se merece vivir plenamente.

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Guillermo José Navarro del Toro no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

¿Qué significa hoy llegar a ser mujer?: la vigencia de Simone de Beauvoir 40 años después

En redes sociales, hablar de igualdad de género es cada vez más habitual. Pero la expresión no siempre significa lo mismo para todo el mundo. De hecho, diversos estudios apuntan a una paradoja llamativa: una parte importante de la juventud considera que la igualdad ya está conseguida, mientras siguen presentes desigualdades y estereotipos en la vida cotidiana.

Cuatro décadas después de la muerte de Simone de Beauvoir, su pensamiento sigue ofreciendo una clave fundamental para entender este fenómeno.

Portada de El segundo sexo, de Simone de Beauvoir.
Portada de la primera edición de El segundo sexo, de Simone de Beauvoir. Wikimedia Commons

En El segundo sexo, Beauvoir formuló una de las ideas más influyentes del siglo XX: “no se nace mujer, se llega a serlo”. Con esta afirmación, cuestionó la idea de que las diferencias entre hombres y mujeres fueran naturales o inmutables y planteó que el género es el resultado de un proceso social, cultural e histórico.

Esta idea ha marcado profundamente disciplinas como la sociología, la educación o la teoría feminista, al permitir analizar cómo se construyen las desigualdades a través de normas, roles y expectativas. No se trataba solo de describir una realidad, sino de ofrecer herramientas para interpretarla críticamente.

La igualdad percibida frente a la igualdad real

Pero hay un problema. La vigencia de este planteamiento se hace especialmente evidente cuando se observa la realidad actual. Las investigaciones recientes sobre la juventud universitaria española muestran que, aunque existe un amplio consenso en torno a la importancia de la igualdad de género, también se detectan percepciones distorsionadas sobre su grado de consecución.

En nuestra investigación con alumnado universitario español, basada en una muestra de 1 460 estudiantes, más del 60 % considera que la igualdad entre hombres y mujeres está “prácticamente conseguida” en España. Sin embargo, cuando se analizan dimensiones concretas –como los estereotipos, las relaciones interpersonales o las expectativas sociales– aparecen contradicciones que evidencian la persistencia de desigualdades más sutiles.

Por ejemplo, aunque la mayoría del estudiantado rechaza abiertamente afirmaciones sexistas tradicionales, siguen apareciendo formas más discretas de desigualdad: desde la distinta valoración de comportamientos en hombres y mujeres hasta la normalización de ciertos roles en las relaciones afectivas. Lo relevante es que estas dinámicas no siempre se perciben como problemáticas, y esto dificulta su identificación y transformación.

Estos resultados, recogidos tanto en nuestro artículo Percepción de la juventud española sobre la igualdad de género como en un estudio sobre las dimensiones del concepto de igualdad desde una perspectiva coeducativa, apuntan a una idea clave: la igualdad formal no implica necesariamente igualdad real.

Lo que Beauvoir ya había explicado

Aquí aparece una clave fundamental. Esta distancia entre igualdad percibida y desigualdad cotidiana conecta directamente con el planteamiento de Beauvoir. Si el género es una construcción social, también lo son las percepciones sobre la igualdad. No basta con que existan leyes que reconozcan derechos iguales: es necesario analizar cómo se siguen construyendo identidades, roles y relaciones en la vida diaria.

Un ejemplo muy visible aparece en redes sociales. Es frecuente encontrar contenidos en los que se reivindica la igualdad de género –por ejemplo, mensajes virales en TikTok o Instagram– mientras que, en esos mismos espacios, se reproducen estereotipos tradicionales: desde la hipersexualización de las mujeres hasta la normalización de ciertos roles diferenciados en relaciones de pareja. Incluso en debates aparentemente igualitarios es habitual que se cuestione o minimice la desigualdad con argumentos como “eso ya no pasa” o “ahora los hombres están más discriminados”.

Además, los propios algoritmos de estas plataformas tienden a amplificar contenidos que generan interacción, lo que en ocasiones favorece la difusión de discursos polarizados o simplificados sobre la igualdad. Esto contribuye a reforzar percepciones sesgadas y a consolidar narrativas que no siempre se corresponden con la realidad social.

Adolescentes felices que caminan juntas en el parque.
Pizel_Shot/Shutterstock

Lo que muestran estas dinámicas es algo clave: los discursos de igualdad conviven con prácticas que siguen reproduciendo diferencias de género. Y es precisamente aquí donde el pensamiento de Beauvoir sigue siendo especialmente útil.

Nuevas resistencias, viejos debates

A esta complejidad se suma la aparición, especialmente en entornos digitales, de discursos que cuestionan o relativizan la desigualdad de género. Este fenómeno, a menudo interpretado como una reacción o backlash, pone de manifiesto que los avances en igualdad no son lineales ni irreversibles.

Lejos de ser un debate superado, la igualdad de género sigue siendo un terreno en disputa, donde conviven avances normativos, transformaciones culturales y resistencias activas. En este sentido, la sensación de que la igualdad ya está conseguida puede funcionar, paradójicamente, como un obstáculo para seguir avanzando.

Pensar el presente con herramientas del pasado

En este contexto, recuperar el pensamiento de Beauvoir no es un ejercicio conmemorativo, sino una herramienta para interpretar el presente. Su aportación más duradera no fue solo denunciar la desigualdad, sino mostrar cómo se construye y se reproduce socialmente.

Cuatro décadas después de su fallecimiento, su legado sigue vigente porque nos obliga a ir más allá de las apariencias. Y la pregunta sigue siendo incómoda: si la igualdad parece asumida, ¿por qué sigue sin ser plenamente real?

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Aroa Martínez García no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

El mundo rural, de vestigio del pasado a laboratorio de futuro

El municipio de Aras de los Olmos, en Valencia, es un ejemplo de cómo el mundo rural puede ser fuente de innovación. Ecomuseo Aras/Wikimedia Commons, CC BY-SA

El 80 % de la superficie habitable del planeta es territorio rural. En él se produce la mayor parte de los alimentos que nos sustentan, se custodian los ecosistemas que regulan el clima y se preserva una diversidad cultural que no podemos permitirnos perder.

Sin embargo, durante demasiado tiempo, especialmente en España, los territorios rurales han sido vistos como espacios atrasados, cuando no estancados, en regresión u olvidados. Pero en la actualidad podemos decir que no siempre es así.

En muchos casos, los municipios rurales se están poniendo a la vanguardia de los procesos de desarrollo sostenible. Es más, lo rural ha pasado a ser un laboratorio vivo de innovación social y democrática.

Gobierno abierto y en red

Los modelos burocráticos y gerenciales del siglo XX han dejado paso, en el presente, a nuevas formas de gobernanza democrática basadas en el gobierno abierto, participado, en red, multinivel.

El objetivo de las políticas que se emprenden ya no es el mero crecimiento económico, sino el desarrollo sostenible. Y ese objetivo no puede alcanzarse con recetas universales, sino desde cada territorio particular, a través de políticas bottom-up (de abajo a arriba) que movilicen los recursos locales y que siempre requieren participación y diálogo social.

La Agenda 2030 de Naciones Unidas lo consagra expresamente: el Objetivo de Desarrollo Sostenible 16 exige instituciones eficaces y transparentes, y el 17 reclama alianzas entre gobiernos, sociedad civil y sector privado. La gobernanza democrática, en la actualidad, no es un adorno, sino una condición estructural del desarrollo.

Los desafíos del mundo rural

La participación ciudadana va mucho más allá del voto cada cuatro años: abarca el acceso a la información, la valoración crítica de las políticas, el control de los decisores y sus decisiones, la propuesta normativa, la consulta vinculante y, en última instancia, el empoderamiento real de la comunidad sobre sus propios asuntos.

La innovación pública, por su parte, no se reduce a introducir tecnología en los procesos habituales: consiste en encontrar soluciones nuevas a los problemas colectivos. Soluciones que nacen de la propia comunidad, generan valor social y fortalecen vínculos.

Ambos conceptos, participación e innovación, se revelan especialmente críticos en los territorios rurales despoblados, donde las administraciones locales son muy cercanas a la ciudadanía, pero deben hacer frente a enormes desafíos con recursos muy escasos.

¿Cuáles son esos desafíos en España? Jorge Hermosilla, profesor de la Universidad de Valencia, ha caracterizado a estos territorios rurales como simultáneamente problemáticos (despoblados, con dificultades de accesibilidad y déficit de servicios), contradictorios (ofrecen alta calidad ambiental y fuerte sentido de pertenencia, pero grave precariedad en sanidad, educación o conectividad), dependientes (subsidiarios del sistema urbano, con escaso emprendimiento y liderazgo) y vulnerables (la marcha de una sola familia, o el cierre de un bar o una escuela pueden cambiar el equilibrio de todo el pueblo).

En muchos municipios de menos de quinientos habitantes no existe sociedad civil organizada ni iniciativa privada: el Ayuntamiento es el único prestador de servicios con capacidad de generar economía. Esa es la magnitud del reto, pero también, como subraya el autor, la magnitud de la oportunidad.

Ejemplos de innovación social en pequeños municipios

Por suerte, la innovación social funciona y lo hace con contrastados rendimientos. Contamos en España con numerosos ejemplos inspiradores.

La comarca de Pinares (Burgos-Soria), mediante un laboratorio rural vecinal, ha generado soluciones sencillas y eficaces a problemas de la vida ordinaria de sus vecinas y vecinos. En Álava, el espacio Garaion transformó un caserío en ruinas en un centro cultural participativo generador de dinamismo económico y social. En Asturias, el Ecomuseo La Ponte es gestionado directamente por la comunidad local, convirtiendo el patrimonio en motor económico.

En Burgos, la plataforma Burgos Rural Market conecta pequeñas tiendas con consumidores de todo el territorio. Y, por poner otro ejemplo, los biodistritos agroecológicos de Andalucía y la Comunitat Valenciana muestran cómo agricultores, consumidores y ayuntamientos pueden diseñar juntos sistemas de producción sostenible.

Un caso especialmente revelador por su coherencia y por sus resultados medibles es el de Aras de los Olmos, municipio de menos de cuatrocientos habitantes de la provincia de Valencia, enclavado en la Serranía del Turia. Hace tres lustros, sus vecinos constituyeron una entidad de naturaleza mixta, público-privada, la Fundación El Olmo, como instrumento institucional de desarrollo compartido para su territorio.

Hoy, ese municipio, hasta aquel momento condenado según muchos al declive o la desaparición, es proveedor de servicios energéticos (en unos días, primer municipio de España totalmente autoabastecido por energías renovables), de servicios digitales (Centro de Innovación Territorial RuralTec), de servicios sociales (Centro de Mayores), formativos y de investigación científica (Centro Big History de divulgación científica y medioambiental) y de servicios editoriales (libros y revistas de carácter científico divulgativo).

Un edificio de tres plantas con balcones en el que pone 'BIG HISTORY' rodeador por árboles y setos
Centro Big History, en Aras de Olmos (Valencia). Centro Big History

La pirámide demográfica se ha invertido, saneándose desde la base, las inversiones se han quintuplicado en quince años y el emprendimiento privado se ha recuperado. Lo que hace posible este milagro no es la ayuda externa, sino la planificación estratégica participada, la institucionalización de la cooperación y la movilización emocional de todos los recursos humanos disponibles, incluyendo a migrantes que mantienen su vínculo afectivo con el pueblo.

Condiciones para transformar un territorio rural

A partir de estos casos y otros muchos, podemos individualizar cuatro condiciones imprescindibles para que la participación y la innovación transformen un territorio rural:

  • Institucionalizar la cooperación más allá de los cauces tradicionales con los que los ayuntamientos la han venido impulsando en sus políticas sectoriales.

  • Romper estereotipos anclados en visiones administrativas del pasado e incrementar los recursos humanos al servicio del desarrollo, movilizando especialmente a las personas migrantes que mantienen el vínculo emocional con su pueblo de origen.

  • Tejer redes y alianzas con universidades, diputaciones, entidades civiles y municipios vecinos.

  • Crear una planificación estratégica participada con horizonte de largo plazo que dé sentido a la acción colectiva más allá de los tiempos que marca cada ciclo electoral, focalizando esfuerzos en objetivos, no de interés particular, sino de interés común.

No podemos dejar que lo rural siga siendo un receptor pasivo de políticas diseñadas desde fuera. Al contrario, lo rural debe ser productor de innovación democrática. El futuro de los territorios no se decide solo en los parlamentos central o autonómicos, tampoco en los plenos municipales: se decide –sobre todo– en las plazas y ágoras de los pueblos, en la capacidad de sus habitantes para imaginar juntos su futuro, para planificar de la mano las estrategias a emprender y, de esta forma, protagonizar de forma colaborativa su propio porvenir.

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Joaquín Martín Cubas es miembro de Partido Socialista Obrero Español y vicepresidente de la Fundación El Olmo.

Todavía no sabemos por qué una IA actúa como actúa

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En julio de este año, unos modelos de IA de la empresa OpenAI que estaban siendo evaluados en una prueba de ciberseguridad consiguieron salir del entorno simulado y acceder de manera autónoma a la infraestructura de Hugging Face, una popular plataforma y comunidad de código abierto de inteligencia artificial y aprendizaje automático. Los modelos estaban programados para encontrar y aprovechar vulnerabilidades, y aplicaron esa capacidad fuera del entorno de la prueba.

Se trata de un incidente sin precedentes. El caso generó una gran repercusión, sobre todo por la dificultad de entender qué significa este comportamiento en una IA y cómo podemos interpretar sus acciones.

Similitudes con el cerebro animal

Lo descrito revela una conducta de los modelos que deberíamos poder explicar a partir de sus estados internos, es decir, del conjunto de toda la información que el sistema procesa en un momento dado. De lo contrario, será difícil anticipar y controlar comportamientos no deseados del sistema.

En esencia, esta dificultad recuerda mucho a un problema que la neurociencia lleva décadas intentando resolver. Cuando buscamos explicar el comportamiento animal como la toma de decisiones, la agresividad o el miedo, intentamos relacionarlo con la actividad de los circuitos cerebrales subyacentes.

Interpretar una red artificial y entender un circuito cerebral no son problemas equivalentes, aunque sí comparten una frontera epistemológica: cómo pasar de observar la actividad de un sistema a explicar el mecanismo que genera un comportamiento.

Por ejemplo, podemos registrar la actividad de cientos o miles de neuronas mientras un animal explora el entorno. Algunas neuronas estarán relacionadas con la información visual, otras con la posición o la memoria del lugar, otras con el valor o la relevancia de determinados estímulos. Pero ¿cómo explicar la decisión de acercarse a un lugar o evitar otro?

Durante años, los neurocientíficos hemos intentado explicar esas funciones preguntando qué hacían las neuronas individuales de diferentes regiones del cerebro. El registro simultáneo de poblaciones de neuronas cada vez mayores ha cambiado parcialmente la pregunta: la información puede no residir en una concreta, sino en la organización de la actividad conjunta de muchas neuronas y regiones. La interpretabilidad de las redes artificiales está empezando a enfrentarse a una cuestión muy parecida.

Por ejemplo, si una red de IA acaba siguiendo una estrategia dirigida a salir de un entorno de simulación, cabe preguntarse si podemos identificar en sus estados internos patrones relacionados con esa estrategia y seguir cómo cambian a medida que toma decisiones. De manera análoga, si un ratón intenta escapar de una zona iluminada, podemos buscar patrones de actividad neuronal relacionados con el lugar en el que se encuentra, la amenaza que percibe o la decisión de abandonar esa zona.

Para entender estos comportamientos, se registra la actividad neuronal de las regiones cerebrales implicadas: la corteza visual que capta los estímulos, la corteza parietal que integra información relevante para la acción, el hipocampo que contribuye a representar el espacio y la memoria o la amígdala que participa en asignar relevancia emocional a determinados contextos. La conducta emerge de la interacción entre estas representaciones distribuidas. El observable será el escape de la zona iluminada para el ratón, como el de la red IA fue salir del entorno simulado.

Y aquí aparece precisamente una dificultad común para la IA y la conducta animal: podemos describir con bastante detalle qué hizo el sistema, pero no disponemos necesariamente de una explicación equivalente de qué representaciones internas fueron relevantes y cómo se transformaron hasta producir ese comportamiento.

Observar, predecir, comprender

En los modelos de lenguaje, las activaciones internas forman espacios de miles de dimensiones, en los que se han comenzado a identificar patrones geométricos: determinados modelos de IA, por ejemplo, representan variables cíclicas como los días de la semana o los meses mediante estructuras circulares en su espacio de actividad.

Estas estructuras de baja dimensionalidad (manifolds) resultan familiares para la neurociencia de sistemas, donde se utilizan para describir cómo grandes poblaciones neuronales organizan variables como el espacio, el movimiento o la decisión. La coincidencia es sugerente: dos campos muy diferentes están recurriendo a herramientas matemáticas similares para intentar encontrar una estructura inteligible dentro de redes de enorme complejidad.

Ambos campos utilizan métodos matemáticos similares y propios con el objetivo común de ir más allá de la correlación: identificar qué representaciones existen, cómo se transforman y cuáles son causalmente necesarias para producir una determinada conducta.

Quizá por eso la interpretabilidad de la inteligencia artificial esté empezando a encontrarse con una frontera que la neurociencia conoce desde hace tiempo: la diferencia entre observar, predecir y comprender.

¿Por qué se produce una conducta?

En neurociencia podemos registrar miles de neuronas de varias regiones, reconstruir a partir de su actividad dónde se encuentra un animal o qué decisión está a punto de tomar, y aun así seguir sin saber qué parte de esa actividad es realmente necesaria para generar la conducta. La llegada de sistemas artificiales cada vez más autónomos da ahora una dimensión inesperadamente práctica a esas preguntas básicas.

Entender cómo una red representa un contexto, evalúa alternativas o transforma información hasta producir una acción ya no es solo un problema fundamental sobre cómo funcionan los sistemas inteligentes. Puede determinar también nuestra capacidad para anticipar y controlar su comportamiento.

Durante décadas, la neurociencia ha intentado responder a estas preguntas para comprender cómo el cerebro transforma actividad neuronal en percepción, memoria o conducta. La aparición de nuevas formas de inteligencia muestra que aquellas preguntas básicas iban mucho más allá del cerebro: nos obligan a precisar qué significa, en realidad, comprender una red.

The Conversation

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Callar también comunica: el silencio de las empresas no es neutral

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Hoy en día, se espera que las empresas declaren abiertamente sus compromisos. Esto sucede en espacios públicos donde se debaten asuntos controvertidos, como la sostenibilidad, los derechos de género o los conflictos raciales, pero también cuando existe una preocupación general sobre cómo operan las empresas. En ese tipo de situaciones, es frecuente que diversos agentes participen en debates sobre cuáles son, o deberían ser, los compromisos de una o varias empresas.

Muchos estudios sobre responsabilidad social corporativa han explorado cómo las empresas gestionan su discurso público sobre sus compromisos. Un grupo amplio de esos trabajos argumentan que el discurso corporativo compromete a la organización que lo enuncia a actuar de una cierta manera (enfoque aspiracional), en la medida en que genera presiones hacia la empresa desde sus partes interesadas o stakeholders (empleados, clientes, proveedores y la propia sociedad) para que sus acciones estén a la altura de sus palabras.

Sin embargo, al centrarse solo en los elementos verbales de la comunicación, estas investigaciones tienden a ignorar un hecho frecuente: las empresas a menudo guardan silencio sobre sus compromisos con la finalidad de evitar el escrutinio y la presión de sus stakeholders. Es lo que se conoce como silencio estratégico.

Ambas perspectivas (el enfoque aspiracional y el silencio estratégico) parten de una misma premisa: el discurso corporativo compromete, mientras que el silencio (como ausencia de discurso) no. Pero también el silencio puede generar dinámicas de compromiso: cuando los stakeholders esperan que una empresa declare su posición sobre un asunto, su silencio puede convertirse en objeto de controversia.

Este tipo de silencio puede darse como un acto deliberado (una empresa decide no hablar sobre sus compromisos en relación a un asunto) o involuntario (la organización simplemente no habla, sin que haya mediado para ello ninguna decisión consciente). No obstante, la fuerza comunicativa de este silencio no depende de la intención que tenía la empresa, sino de las operaciones de resignificación que los stakeholders hagan sobre ese silencio.

El silencio corporativo (ya sea voluntario o inconsciente) no funciona como una ausencia neutral de mensaje, sino como un signo que otros pueden interpretar de diversas maneras para construir narrativas divergentes sobre los compromisos de la empresa.

Cuando el silencio opera contra la empresa

En diciembre de 2023, Zara retiraba una campaña publicitaria de su página web y su aplicación. Las imágenes mostraban a una modelo vistiendo prendas de la marca entre maniquíes sin extremidades, estatuas envueltas en telas blancas y escombros. Miles de personas vieron en esas imágenes una alusión a los cuerpos amortajados de Gaza, y el boicot a la marca se viralizó de inmediato. La empresa eliminó la campaña y respondió con un breve comunicado en Instagram en el que lamentaba el malentendido y explicaba que algunas personas habían visto en esas imágenes algo muy alejado de lo que se pretendía.

Llamar a eso un malentendido presupone que había un sentido correcto que muchas personas no supieron leer. Pero otra interpretación es posible: nadie leyó mal esa campaña. Simplemente, ante la falta de una comunicación inequívoca, los que vieron esas imágenes les dieron el significado que les pareció más plausible.

Tres lecturas de un mismo silencio

Inditex retiró las imágenes pero no se pronunció sobre el conflicto de Gaza. Si para algunos ese silencio implicaba complicidad, desde el sector de la comunicación corporativa se le dio una lectura muy distinta: una empresa que está presente en decenas de mercados corre el riesgo de dañar la confianza de sus stakeholders si toma una clara posición sobre ciertas controversias, por lo que el silencio puede ser la alternativa más razonable. Otros, en cambio, solo vieron cálculo comercial: no perder clientes en ninguno de los bandos implicados.

Ninguna de esas lecturas procede de la empresa. Las tres toman su silencio como un signo para hablar en su nombre y explicar qué la motiva.

Silencios que comprometen

El caso de Zara no es una excepción. Cada vez más empresas llegan a la conclusión de que, ante un asunto socialmente controvertido, lo prudente es guardar silencio. El razonamiento parece sólido: si hablar puede llegar a comprometer y el silencio es lo contrario de hablar, quien calla no puede ser acusado de incumplir nada. Pero ese razonamiento descansa sobre una premisa que debemos examinar: da por hecho que el silencio es un espacio vacío, donde no hay ni ocurre nada. Y eso ignora un fenómeno muy frecuente en la comunicación: los silencios también tienen significado.

El silencio y el habla suelen definirse en relación mutua, como polos opuestos: el habla goza de primacía en esta dicotomía, mientras que el silencio se percibe negativamente, como una ausencia que nada significa.

Llegamos así a una conclusión contraintuitiva. Cuando una empresa habla, pone un conjunto de signos a disposición de otros: unas palabras concretas que acotan las interpretaciones posibles. Pero el silencio no pone nada sobre la mesa y sin nada materializado, el abanico de lecturas se abre más allá de lo que cualquier empresa puede gestionar.

Así, una falta de declaraciones puede pasar inadvertida o puede leerse con significados diferentes, que generen presiones en direcciones opuestas. Es lo que en un estudio reciente he llamado “silencio comisivo corporativo”.

Callar no implica quedarse fuera de la conversación

Esta dinámica afecta a todo tipo de controversias organizativas. Tras el apagón ibérico del 28 de abril de 2025, Red Eléctrica pasó semanas sin ofrecer una explicación concluyente. Ese intervalo, sin embargo, no quedó vacío. Se llenó de hipótesis incompatibles entre sí: ciberataque, exceso de renovables, incumplimiento de las eléctricas privadas, fallo del operador… En este caso, un operador técnico, sin causa política que defender, atravesó el mismo proceso de resignificaciones que una empresa de moda.

En el contexto europeo, el endurecimiento de la normativa sobre alegaciones ambientales ha llevado a muchas empresas a dejar de comunicar sus avances en sostenibilidad por temor a que sean leídos como greenwashing. Pero ese silencio tampoco queda sin consecuencias. En muchas ocasiones, consumidores, inversores y entidades no empresariales lo han llenado con la interpretación más disponible: la de que esas empresas han abandonado sus compromisos con la sostenibilidad.

La lección no es que las empresas deban hablar siempre, con la máxima claridad y sobre todos los asuntos. Ninguna puede hacerlo, y la mayoría de sus silencios no les generan problema alguno. La lección es otra: callar no equivale siempre a quedarse fuera de la conversación. A menudo significa entrar en ella cediendo a otros un espacio semiótico para que hablen en su nombre.

The Conversation

José María López de Pedro no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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