Reading view

Volar más no implica volar mejor: qué hace eficientes a las aerolíneas europeas

Fabian Montano Hernandez/Shutterstock

La aviación europea ha dejado atrás buena parte del desplome provocado por la pandemia. En 2025, la Organización Europea para la Seguridad de la Navegación Aérea (Eurocontrol) registró 11,12 millones de vuelos, un 4 % más que el año anterior.

Pero recuperar vuelos, pasajeros e ingresos plantea otra pregunta: ¿están las aerolíneas utilizando mejor sus recursos?

Para responderla, un estudio publicado en Research in Transportation Economics analiza 70 aerolíneas europeas entre 2022 y 2025. La comparación tiene en cuenta el número de empleados y aviones, los ingresos, los vuelos y los pasajeros. También incluye las emisiones de CO₂.

¿Qué significa que una aerolínea sea eficiente?

Una compañía puede transportar millones de pasajeros y facturar miles de millones de euros sin aprovechar sus recursos mejor que sus competidores. Del mismo modo, una aerolínea pequeña no tiene por qué estar en desventaja.

Lo importante es comparar los recursos que utilizan con los resultados que obtienen.

Para realizar esta comparación utilizamos DEA (Data Envelopment Analysis), una metodología que permite evaluar aerolíneas de tamaños y modelos de negocio muy diferentes. El método analiza cómo cada compañía transforma sus recursos en vuelos, pasajeros e ingresos, teniendo también en cuenta las emisiones que genera. Así, identifica las aerolíneas con mejor desempeño relativo, que sirven como referencia para comparar al resto.

Esta forma de comparar permite evitar conclusiones simples basadas únicamente en el tamaño. Una aerolínea puede transportar más pasajeros que otra y, aun así, utilizar peor sus recursos. El interés está en observar conjuntamente lo que emplea, lo que obtiene y el impacto ambiental asociado.

Dicho de otro modo: con una plantilla y una flota determinadas, ¿qué compañías consiguen transportar más pasajeros, realizar más vuelos y generar más ingresos sin olvidar su impacto ambiental?

El análisis no determina cuál es “la mejor aerolínea” en todos los sentidos. No estudia la puntualidad, los precios de los billetes, la comodidad o la satisfacción de los pasajeros. Se centra en cómo utiliza cada compañía los recursos de que dispone.

No existe un único modelo de aerolínea eficiente

Los resultados muestran una evolución favorable. En 2022, 20 de las 70 compañías analizadas formaban parte del grupo de referencia. En 2023 fueron 22. En 2024, 28, y en 2025, 27.

Además, 17 aerolíneas permanecieron entre las más eficientes durante los cuatro años. Entre ellas encontramos compañías muy diferentes, como Ryanair, Iberia, KLM, Turkish Airlines, easyJet, Wizz Air, Binter Canarias o La Compagnie.

La diversidad de esta lista es importante. No existe un único tamaño ni un único modelo de negocio que garantice la eficiencia.

Una gran aerolínea de bajo coste puede destacar, pero también puede hacerlo una pequeña compañía especializada. Cada una puede llegar a buenos resultados mediante una combinación diferente de empleados, aviones, vuelos, pasajeros e ingresos.

El análisis también permite comparar a las compañías que obtienen los mejores resultados. Ryanair ocupó la primera posición en 2022, mientras que La Compagnie encabezó la clasificación entre 2023 y 2025. Iberia y Turkish Airlines también aparecieron de forma habitual entre las primeras posiciones.

Mejorar no siempre significa estar entre las mejores

También estudiamos cómo evolucionó cada compañía entre 2022 y 2025.

El resultado es llamativo: 50 de las 70 aerolíneas, el 71,4 %, mejoraron su posición. Otras 18 terminaron el periodo prácticamente en la misma situación y solo dos empeoraron.

Sin embargo, mejorar no implica necesariamente llegar al grupo de las compañías más eficientes. Algunas redujeron mucho la distancia que las separaba de sus mejores referencias, pero todavía tenían margen de mejora en 2025.

Norse Atlantic Airways ofrece uno de los ejemplos más claros. En 2022 era la compañía que mostraba la mayor distancia respecto a las mejores de la muestra. Dos años después logró situarse entre ellas y mantuvo esa posición en 2025.

British Airways, Enter Air, TUI Airways y Air Nostrum también pasaron de tener margen de mejora en 2022 a situarse entre las compañías de referencia en 2025.

El CO₂ también cambia la fotografía

No basta con observar ingresos, vuelos o pasajeros. La actividad aérea también tiene un impacto ambiental.

La Agencia Europea de Medio Ambiente señala que la aviación internacional fue, en 2023, la segunda mayor fuente de gases de efecto invernadero del transporte en la Unión Europea, solo por detrás del tráfico por carretera. Por esta razón, nuestro análisis incluye las emisiones de CO₂.

Esto no significa que la clasificación indique qué aerolínea es “más verde”. Una compañía puede emitir mucho CO₂ en términos absolutos y, al mismo tiempo, utilizar de forma eficiente sus recursos en relación con el volumen de actividad que desarrolla.

Además, comprobamos que, cuando eliminábamos las emisiones del análisis, la clasificación de las aerolíneas cambiaba de forma apreciable. Por tanto, ignorar el CO₂ ofrece una visión diferente de su rendimiento.

La presión para reducir estas emisiones también está aumentando. Desde 2025, la normativa europea ReFuelEU Aviation exige que al menos un 2 % del combustible suministrado en los aeropuertos de la UE sea sostenible. Ese porcentaje aumentará progresivamente durante las próximas décadas.

Más que una clasificación de ganadores y perdedores

El objetivo de este tipo de análisis no es construir una lista de aerolíneas “buenas” y “malas”. Su principal utilidad es descubrir por qué unas compañías aprovechan mejor sus recursos que otras.

Dos aerolíneas pueden encontrarse a una distancia parecida de las mejores y tener problemas completamente distintos. Una puede utilizar demasiados recursos para su nivel de actividad. Otra puede generar menos ingresos o transportar menos pasajeros. Y otra puede presentar una mayor diferencia en emisiones respecto a compañías similares.

Por eso, observar qué hacen las aerolíneas de referencia puede ayudar a detectar dónde existe margen de mejora.

Para las propias compañías, este tipo de comparación puede servir como herramienta de diagnóstico. No ofrece recetas automáticas, pero sí permite detectar si el principal margen de mejora está en el uso de la flota, los recursos humanos, la generación de ingresos, la actividad operativa o las emisiones.

En una industria donde crecer suele identificarse con el éxito, los resultados introducen un matiz importante. No importa solo cuántos aviones tiene una compañía, cuánto factura o cuántos pasajeros transporta. También importa lo que consigue con los recursos que utiliza y el impacto ambiental asociado a su actividad.

Volar más, en definitiva, no significa necesariamente ser mas eficiente.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

Gloria Steinem: el eco de la historia

La escritora y activista por los derechos de las mujeres Gloria Steinem pronuncia un discurso en la Marcha de las Mujeres en Washington, el sábado 21 de enero de 2017. Michael Candelori / Shutterstock

Como otras muchas mujeres a lo largo de la historia, Gloria Steinem llegó al feminismo al preguntarse el porqué de las situaciones que veía a su alrededor.

Ya Christine de Pizan, en los albores del siglo XV, inició el debate conocido históricamente como “La querella de las mujeres” al escribir su La ciudad de las damas (1405). En el libro, Pizan construye una ciudad regida por las mujeres, siguiendo a nombres femeninos ilustres. Así demostraba que estas eran perfectamente capaces de participar en cualquier aspecto público y social si los hombres dejaban de obstaculizar con argumentos misóginos el acceso de las mujeres a la educación y al pensamiento activo.

Vinieron luego otros intentos, como la Declaración de Seneca Falls en 1848, que buscaba analizar el estado de los derechos de las mujeres, y, medio siglo después, el sufragismo. Hubo también mujeres que, individualmente, consiguieron hacerse oír en medio de la reacción del discurso dominante masculino.


Leer más: ¿Quiénes fueron realmente las ‘suffragettes’?


Mary Wollstonecraft escribió en 1792 La vindicación de los derechos de la mujer, en la misma línea que Pizan cuatro siglos antes. Y, en pleno siglo XX, Virginia Woolf se preguntó por qué las mujeres no podían estudiar, trabajar y ser independientes económicamente, lo que les hubiera permitido tener una habitación propia donde sentarse a pensar.

Así mismo, Simone de Beauvoir escribió El segundo sexo (1949) como reflexión histórica sobre la falta de nombres femeninos en la historia y en la filosofía.

El derecho a la palabra

Todas estas voces tuvieron eco en muchas mujeres que dejaron su voz inscrita en numerosas aportaciones artísticas y científicas, si bien fueron ignoradas por quienes ostentaban el poder de decidir qué debía llegar a oídos de la gente. Y aunque es lógico pensar que el desarrollo de las revoluciones occidentales (ciudadanía, industrialización, democracia, tecnología) habrían de propiciar un entorno favorable a la la igualdad, lo cierto es que en décadas tan recientes como los años 60 y 70, Gloria Steinem prueba, con su lucha y su palabra, que no es así.

Steinem se pronunció, junto con otras feministas, a favor de lo obvio: el derecho a la propia palabra, al propio cuerpo y a no ser usadas y cosificadas por el deseo masculino, entre otras cuestiones esenciales.

Portada de primavera de 1972 de _Ms._.
Portada de primavera de 1972 de Ms.. Ms. magazine/Liberty Media for Women, LLC, CC BY-SA

En 1972, fundó la revista Ms.. Su objetivo era que las periodistas dejaran de ser una anécdota en las publicaciones “para mujeres”, dedicadas a promocionar productos de belleza y artilugios para el hogar, y pudieran expresar opiniones y juicios de valor, con el consiguiente cambio en la manera de pensar de las lectoras.

Ella misma escribió artículos fundamentales para denunciar las desigualdades sociales y jurídicas en temas cruciales como el matrimonio, la contracepción o la sexualidad. De esa forma, consiguió que muchas mujeres la escucharan, despertaran del sueño del amor romántico y de la mística de la feminidad a la que estaban sometidas y salieran a la calle a luchar por sus derechos.

Steinem fue cofundadora de varias asociaciones de mujeres, junto con otras feministas notables como Betty Friedan, Robin Morgan y Kate Millett. Ya en 1971 pronunció un llamamiento en el que se refirió abiertamente al sexismo y la misoginia, pero también al racismo y a las desigualdades sociales evidentes. En este manifiesto encontramos la muy citada frase “Esto no es una simple reforma. Esto es realmente una revolución”.

El poder de nombrar

Ningún tema le fue ajeno a Gloria Steinem cuando se trataba de exponer desigualdades manifiestas y abusos de poder de todo tipo. Y no escatimó tiempo ni palabras para exigir derechos fundamentales y el cambio de la legislación pertinente para defenderlos. Trató amplia y públicamente, hace medio siglo, temas entonces tabú como todo lo referente al cuerpo de las mujeres, su uso y abuso, la reproducción, el aborto, la transexualidad o la mutilación genital. También la necesidad de que las mujeres desarrollaran su capacidad intelectual y profesional al máximo, lo que exigía corresponsabilidad absoluta en las tareas de casa y familia.

En seis décadas de trabajo incesante, escribiendo, dando charlas, viajando continuamente y hablando abiertamente, Steinem no hizo sino actualizar las reivindicaciones históricas de las mujeres, que no son otras que nombrar lo que aún es invisible y revisar las definiciones obsoletas. Porque el lenguaje, que está en continuo desarrollo, es testigo directo de los cambios sociales y se amplía con ellos.

En su artículo “Las palabras y el cambio” (1979) deja una de sus frases icónicas: “las palabras son importantes porque tienen el poder de excluir”. Esta sentencia, por sí sola, cambiaría el mundo si paráramos a pensar sobre ella.

Gloria Steinem ha dejado amplia constancia en sus escritos de que la libertad para desarrollar las capacidades personales solo puede repercutir en beneficio de la humanidad, pues no se perdería el potencial individual y habría menos ansiedad, menos miedo y menos tensiones sociales.

Y aunque no hay razones para un optimismo radical, tampoco debemos entregarnos a un pesimismo paralizante. Porque el mundo necesita que activemos el pensamiento de Gloria Steinem.


¿Quiere recibir más artículos como este? Suscríbase a Suplemento Cultural y reciba la actualidad cultural y una selección de los mejores artículos de historia, literatura, cine, arte o música, seleccionados por nuestra editora de Arte + Humanidades Claudia Lorenzo.


The Conversation

María Socorro Suárez Lafuente no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

Edificios rehabilitados para el invierno, ¿trampas de calor en verano?

Sergieiev/Shutterstock

En España y en el resto de Europa se están rehabilitando miles de viviendas para que consuman menos energía. Esto es una buena noticia y va en la dirección correcta, pero conviene añadir un matiz: en climas cálidos esa mejora puede volverse en contra durante el verano y dejar las casas más calientes de lo que estaban antes. ¿La razón? Una vivienda preparada para mantener el calor en invierno no siempre es capaz de soltarlo en verano. Y lo que debería ser un refugio puede terminar convirtiéndose en una trampa.

Las casas de menor renta no disponen de aire acondicionado

Se estima que el 85 % del parque residencial español es energéticamente ineficiente. A esto se le suma otro dato: un 33 % de los hogares no consigue mantener su vivienda suficientemente fresca en verano, un porcentaje superior al de quienes no logran calentarlo en invierno. Dentro de casa ya pasamos más calor que frío.

El aire acondicionado, mientras tanto, está presente solo en alrededor de la mitad de los hogares españoles y escasea justo donde más falta haría, en los de menor renta. Muchas de estas viviendas no se climatizan a lo largo del día: se refrescan abriendo ventanas, bajando persianas y esperando a que caiga la noche. Funcionan, en definitiva, de manera pasiva.

Frente a esa realidad, la normativa europea y española de rehabilitación se construye sobre la eficiencia energética, sin poner el foco en el confort ni en lo que ocurre dentro de una casa que afronta sin aire acondicionado veranos cada vez más extremos.


Leer más: El cambio climático acentúa la pobreza energética de verano


El calor queda atrapado en las viviendas aisladas

En un reciente estudio, investigadores del grupo Sostenibilidad en Arquitectura, Tecnología y Patrimonio de la Universidad de Sevilla hemos comprobado este problema en un barrio de vivienda social construido en Valencia en 1962, un ejemplo urbano que se repite por toda España y Europa.

Hemos analizado cómo se han comportado térmicamente estos edificios desde su construcción y cómo lo harán en las próximas décadas bajo las proyecciones climáticas más adversas. Después hemos comparado las viviendas tal como están hoy con esas mismas viviendas rehabilitadas según lo que exige la normativa.

Edificio de viviendas envejecido
Viviendas sociales en el barrio de El Cabañal, Valencia. Los autores

Los resultados son rotundos. El invierno mejora mucho, hasta el punto de que, sin necesidad de calefacción, las horas de frío incómodo caen por debajo del 9 % del total anual. El verano, en cambio, no solo no mejora, sino que empeora. En el mes más caluroso, la vivienda pasa de estar en condiciones confortables durante un 38 % de las horas a solo un 18 % tras la rehabilitación, es decir, aumenta el equivalente a casi cinco horas más de calor incómodo cada día.

La explicación es el efecto “termo”: el aislamiento frena la entrada del calor durante el día, pero también impide que la casa se enfríe por la noche y, si además se ventila por costumbre y no por criterio, el calor entra, se queda y no encuentra por dónde salir.


Leer más: Veranos eternos en el Mediterráneo: ¿cómo prepararnos?


Una solución sencilla (y barata)

La buena noticia es que corregirlo sale barato. Ventilar en verano no consiste solo en abrir la ventana, sino en hacerlo cuando la temperatura exterior juega a favor: cerrar a partir de media mañana y volver a abrir cuando fuera empieza a hacer menos calor que dentro. Parece obvio, pero es lo que muchas veces no hacemos.

En invierno ocurre algo parecido: conviene ventilar poco rato y en las horas centrales del día, no necesariamente a primera hora de la mañana.

Es entendible que nadie quiera estar midiendo temperaturas a todas horas. Sin embargo, unos sensores domésticos baratos, conectados al móvil, bastarían para avisar del momento en que conviene abrir o cerrar.

El segundo elemento son los ventiladores, que consumen unas diez veces menos que un aire acondicionado y reducen la temperatura que percibimos, es decir, la sensación térmica. A la misma temperatura, el movimiento del aire nos permite estar cómodos hasta dos o tres grados por encima de lo que sería agradable sin movimiento de aire.

Con las dos medidas combinadas (sensores y ventiladores), el verano recupera horas confortables. En el mes más caluroso, aumenta hasta en un 45 % el tiempo en que la vivienda se encuentra en condiciones adecuadas. Y el año completo alcanza más del 90 % de horas en condiciones cómodas. Todo ello sin encender el aire acondicionado.

Doble tarea

España todavía está terminando de adaptar la directiva europea de eficiencia energética de los edificios y, al mismo tiempo, definiendo los nuevos planes de rehabilitación. Se está decidiendo ahora mismo qué se financia y con qué criterios, y quedan dos tareas por delante.

La primera es normativa: una regulación pensada para ahorrar energía no garantiza por sí sola que se viva mejor dentro de un hogar, así que es necesario que las normas se fijen también en el confort y que reconozcan lo que un edificio es capaz de conseguir con medidas pasivas.

La segunda tiene que ver con las personas. De poco sirve rehabilitar una vivienda si nadie explica después cómo aprovecharla: cuándo ventilar, cuándo cerrar, qué hacen realmente una persiana, un toldo o un ventilador.

Rehabilitar sigue siendo necesario y urgente. Solo hay que evitar que una casa reformada para pasar mejor el invierno acabe convertida en una trampa el verano siguiente.

The Conversation

Javier de Sola Caraballo recibe fondos y apoyo de los proyectos de investigación PID2021-124539OB- I00 y PID2024-155805OB-C21 financiados por el MICIU /AEI/ 10.13039/ 501100011033; y por “ERDF A way of making Europe". El MICIU /AEI/ 10.13039/501100011033 también ha financiado un contrato predoctoral (FPU21/02458).

Carlos Alberto Rivera Gómez recibe fondos Como Investigador Responsable del Proyecto Financiado: Intervenciones en el paisaje mediante Islas de Frescor Urbano: Modelización basada en datos para la gestión y adaptación climática de áreas urbanas vulnerables. Referencia: PID2024-155805OB-C21. Empresa/Organismo financiador/es: Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades. Gobierno de España. Y también Como Investigador Responsable del Proyecto Financiado: Indicadores técnicos y sociales en acciones de adaptación a los efectos de isla de calor urbana. Evaluación multi-escala aplicada a barriadas. Referencia: PID2021-124539OB-I00. Empresa/Organismo financiador/es: Ministerio de Ciencia e Innovación. Gobierno de España

Carmen Galán-Marín recibe fondos de Ministerio de Ciencia e Innovación, Plan Estatal 2024-2027 - Proyectos Investigación Orientada Referencia: PID2024-155805OB-C21 y PID2021-124539OB-I00 financiados por el MICIU /AEI/ 10.13039/ 501100011033; y por “ERDF A way of making Europe".

Eduardo Diz Mellado recibe fondos de Ministerio de Ciencia e Innovación, Plan Estatal 2024-2027 - Proyectos Investigación Orientada Referencia: PID2025-173404OB-I00, PID2024-155805OB-C21 y PID2021-124539OB-I00 financiados por el MICIU /AEI/ 10.13039/ 501100011033; y por “ERDF A way of making Europe". También MICIU/AEI /10.13039/501100011033 y ESF+ han financiado un contrato postdoctoral Juan de la Cierva JDC2023-050478-I.

Victoria Patricia López Cabeza recibe fondos de Ministerio de Ciencia e Innovación, Plan Estatal 2024-2027 - Proyectos Investigación Orientada Referencia: PID2025-173404OB-I00, PID2024-155805OB-C21 y PID2021-124539OB-I00 financiados por el MICIU /AEI/ 10.13039/ 501100011033; y por “ERDF A way of making Europe".

Ser taxista y mujer: entre la libertad y los desafíos del oficio

antoniodiaz/Shutterstock

En España, las mujeres representan alrededor del 5 % de quienes conducen taxis, según el Observatorio Mujer Taxista 2025. En Zaragoza, donde el sector reúne 1 777 licencias, se estimaban unas 60 mujeres taxistas en el momento de realizar este estudio, en 2025. Siguen siendo, por tanto una minoría en una profesión que, durante décadas, se ha asociado a los hombres.

Pero ¿qué ocurre cuando el taxi se observa desde la experiencia de quienes lo conducen siendo mujeres? Un estudio cualitativo realizado en Zaragoza, a partir de un grupo con cinco taxistas, o mujeres en proceso de incorporarse al sector, muestra que cuestiones aparentemente independientes, como la conciliación, la seguridad, la tecnología o el embarazo, están profundamente conectadas en el trabajo diario.

El objetivo de esta investigación no era obtener cifras representativas de todas las taxistas españolas, sino comprender con detalle cómo se vive y se organiza el trabajo en un contexto concreto. Precisamente por eso, los relatos permiten detenerse en aspectos del oficio que con frecuencia quedan fuera de las estadísticas.

La libertad tiene un precio

Una de las ventajas más valoradas del taxi es la posibilidad de organizar el propio horario. Para varias participantes, esa autonomía fue precisamente una razón para incorporarse o permanecer en la profesión.

La flexibilidad puede facilitar la atención a los hijos, al cuidado de familiares o a atender otras responsabilidades. Sin embargo, cuando el ingreso depende de alcanzar un determinado objetivo económico diario, la jornada puede prolongarse hasta conseguirlo.

Así, disponer de libertad para decidir cuándo trabajar no significa necesariamente trabajar menos. Puede implicar horarios largos, fragmentados o adaptados a los momentos de mayor demanda. La conciliación queda entonces en buena medida en manos de la propia trabajadora.

Este resultado ayuda a matizar una idea habitual: la flexibilidad laboral no es, por sí misma, ni una ventaja ni un inconveniente. Puede facilitar la conciliación y, al mismo tiempo, trasladar a la persona trabajadora la responsabilidad de gestionar los costes que esa flexibilidad implica.


Leer más: Cómo la flexibilidad laboral está transformando nuestras vidas


Cuando cae la noche

El trabajo nocturno concentra algunas de las horas más rentables, pero también algunos de los momentos que generan mayor desgaste. Las participantes hablaron de pasajeros ebrios, impagos, vómitos y comportamientos imprevisibles, especialmente durante determinadas franjas horarias y los fines de semana.

Para manejar esas situaciones, la seguridad no depende solo de la capacidad individual de la conductora. La radio, la localización mediante GPS y la coordinación con otros compañeros forman una red práctica de protección.

El taxi es, por tanto, mucho más que un vehículo destinado a transportar pasajeros. Para quien conduce profesionalmente, es también su lugar de trabajo, y la tecnología y la comunicación con otros taxistas forman parte de las estrategias cotidianas para reducir riesgos.


Leer más: A los hombres les estresan los parques y a las mujeres las calles estrechas: ¿qué emociones despierta la ciudad?


‘No conduce mal para ser mujer’

Las participantes perciben que la presencia femenina en el taxi se ha normalizado con el tiempo. No describen un entorno dominado por una hostilidad abierta y constante. Pero sí aparecieron comentarios que revelan que la competencia de una conductora todavía puede ser evaluada de forma distinta.

Una frase aparentemente inofensiva como “no conduces mal para ser mujer” funciona como ejemplo de esa situación. Puede presentarse como un cumplido pero parte de una premisa previa: que una mujer, por el hecho de serlo, debería conducir peor. Son pequeños comentarios y valoraciones que pueden parecer anecdóticos, pero revelan una diferencia importante: mientras que la capacidad de un hombre para desempeñar el trabajo suele darse por supuesta, una mujer puede sentirse obligada a demostrarla.

Al mismo tiempo, los testimonios no se reducen a experiencias negativas. También aparecen relaciones de compañerismo y redes de apoyo entre profesionales. Grupos de mensajería y encuentros entre mujeres taxistas funcionan como espacios para intercambiar información práctica, resolver dudas y compartir experiencias. No sustituyen a la prevención formal, pero constituyen un recurso profesional importante.


Leer más: Un buen clima laboral favorece el bienestar de las personas y la productividad de la empresa


Embarazo: cuando las condiciones del trabajo cambian

Uno de las puntos clave surgió al hablar del embarazo. Varias participantes recordaron las dificultades que encontraron para compatibilizar la gestación con unas condiciones de trabajo que resultaban imposibles de modificar.

Permanecer muchas horas sentada, las vibraciones del vehículo, el trabajo nocturno, la dificultad para acceder con regularidad a baños o zonas de descanso y la exposición a determinados pasajeros fueron algunos de los aspectos que aparecieron en sus relatos. Durante esta etapa, las condiciones habituales de su trabajo adquieren un nuevo cariz.


Leer más: Dolor lumbar y pélvico en el embarazo: qué tratamiento funciona mejor según la ciencia


La protección por riesgo durante la gestación existe también para las trabajadoras autónomas, pero su reconocimiento requiere valorar las circunstancias concretas de la actividad profesional. Por eso, la experiencia de las participantes plantea una cuestión que va más allá de la existencia de la norma: ¿cómo se evalúan y gestionan los riesgos laborales cuando el trabajo es móvil, se desarrolla en solitario y apenas permite modificar las condiciones de la actividad?

Lo que revelan estas experiencias

Este trabajo tiene una limitación importante: se basa en un único grupo con cinco mujeres de Zaragoza. Por eso no permite afirmar que todas las taxistas de España vivan estas situaciones de la misma manera. Su valor está en mostrar cómo se entrecruzan la organización del tiempo, la seguridad, las relaciones de género y la protección social en un oficio muy concreto.

A partir de estos relatos pueden plantearse líneas de mejora que deberían estudiarse y evaluarse: brindar formación inicial específica, incorporar estrategias de gestión de conflictos y prevención del acoso, apoyar la mentoría entre profesionales, revisar los sistemas de seguridad disponibles y clarificar la evaluación de riesgos durante el embarazo.


Leer más: Mentorías: un proceso fundamental para la supervivencia de las organizaciones


Por un sector más seguro y sostenible

La presencia de mujeres en el taxi sigue siendo minoritaria, pero su experiencia ayuda a mirar el oficio desde una perspectiva diferente. Y, al hacerlo, aparecen preguntas que van más allá de la propia situación de las conductoras: ¿quién asume el coste de la flexibilidad? ¿cómo se protege a una persona que trabaja sola dentro de un vehículo? ¿cómo pueden adaptarse las normas de protección laboral a formas de empleo autónomas, móviles y difíciles de modificar?

Responder a estas preguntas no solo puede contribuir a mejorar las condiciones de trabajo de las mujeres taxistas. También puede ayudar a construir un sector más seguro, sostenible y adaptado a la realidad de quienes trabajan en él y, en última instancia, a mejorar el servicio que recibe toda la ciudadanía.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

El ‘sesgo de la respuesta instantánea’: por qué los problemas complejos necesitan una reflexión lenta

PeopleImages.com/Shutterstock

El psicólogo Daniel Kahneman popularizó la distinción entre un pensamiento rápido, automático e intuitivo, y otro lento, deliberado y exigente. Ambos son necesarios para hacer frente a los distintos tipos de problemas a los que nos enfrentamos. Sin embargo, el uso desproporcionado de todo lo relacionado con el entorno digital podría estar inclinando la balanza hacia el predominio de la respuesta rápida, lo que mermaría nuestra capacidad de dar respuesta a problemas complejos.

Pensar despacio no es dedicar más minutos a una decisión, sino integrar información, considerar explicaciones alternativas y, si es necesario, reformular el problema. No parece que, de momento, vaya a desaparecer nuestra capacidad de pensar despacio, pero sí pueden reducirse las ocasiones y la paciencia para hacerlo.

Llamémoslo ‘sesgo de la respuesta instantánea’

En este artículo propongo una etiqueta divulgativa para reunir varios mecanismos conocidos: el sesgo de la respuesta instantánea. Ésta sería la tendencia a suponer que una respuesta rápida y plausible implica que ya hemos comprendido el problema y disponemos de una solución adecuada. No es un sesgo validado con ese nombre, sino una forma de agrupar tres errores: confundir acceso con comprensión, plausibilidad con corrección, y aplicar a los problemas complejos el proceso que resuelve los simples.

Nos hemos acostumbrado a escribir una pregunta, pulsar un botón y recibir una respuesta. La dificultad llega cuando esperamos que ciertas decisiones complejas, como definir una estrategia de retención de talento, realizar un diagnóstico médico o diseñar una política pública, se resuelvan también a golpe de clic.

No todos los problemas necesitan la misma velocidad

Consultar una fecha o corregir una errata son tareas simples. Preparar una previsión financiera o comparar proveedores son problemas complicados, pero analizables con conocimiento experto. En el ámbito de los recursos humanos, reducir la rotación, transformar una cultura empresarial o diseñar una política de selección entran también en la categoría de problemas complejos: contienen interdependencias, incertidumbre y efectos difíciles de anticipar. La trampa consiste en creer que una herramienta eficaz para el primer tipo de tareas, las simples, ofrece también el método adecuado para las segundas, las complejas.

Volviendo a Kahneman, este explicó junto al psicólogo Gary Klein que la intuición experta puede ser fiable cuando nos enfrentamos muchas veces a situaciones similares, reconocemos patrones y recibimos información clara sobre nuestros aciertos y errores. Un médico experimentado, por ejemplo, puede identificar rápidamente un cuadro clínico que ha visto cientos de veces. Pero, ante situaciones nuevas, cambiantes o poco predecibles, sentirnos seguros no significa necesariamente estar en lo cierto.

Pensar rápido funciona cuando realmente reconocemos el problema. Sin embargo, resulta más arriesgado cuando la cuestión solo nos parece conocida.

Cómo aprendimos a pensar con prisa

La inteligencia artificial no creó la cultura de la inmediatez. Se incorporó a un ecosistema de buscadores, redes sociales y notificaciones que lleva años acostumbrándonos a obtener respuestas casi instantáneas. Poco a poco puede instalarse una expectativa silenciosa: si casi cualquier pregunta se responde en segundos, casi cualquier problema debería poder resolverse con la misma rapidez.

La evidencia aconseja ser prudentes, no alarmistas. Un conocido estudio observó que las personas acostumbradas a alternar continuamente entre distintos medios digitales se distraían con mayor facilidad. Sin embargo, análisis posteriores encontraron que esa relación era débil. No podemos concluir, por tanto, que la multitarea digital esté destruyendo nuestra capacidad de concentración.

Sí existen indicios de que la conexión permanente puede restar espacio a los procesos que necesitan continuidad. En un experimento reciente, bloquear durante dos semanas el acceso a internet desde el móvil a los participantes –manteniendo las llamadas y los mensajes de texto– produjo una mejora modesta de la atención sostenida. Esto no demuestra que internet elimine el pensamiento profundo, pero sí que estar siempre conectados puede dificultar que mantengamos la atención durante más tiempo.

También está cambiando nuestra relación con el conocimiento. El efecto Google muestra que, cuando sabemos que podremos consultar posteriormente una información, tendemos a recordar mejor dónde encontrarla que su contenido. Además, buscar explicaciones en internet puede hacernos sentir que sabemos más de lo que realmente sabemos. El riesgo no es disponer de información al instante, sino confundir el conocimiento al que podemos acceder con el que verdaderamente hemos comprendido.

Cuando la urgencia se impone a la importancia

En las organizaciones, el pensamiento rápido encuentra un poderoso aliado: la sensación de urgencia. Una serie de experimentos mostró que tendemos a atender primero las tareas que parecen urgentes, aunque sean menos importantes y aporten un beneficio menor. Esta tendencia es aún más acusada cuando nos sentimos muy ocupados. Así, se entiende por qué dedicamos tanta energía a resolver lo que arde y dejamos para luego problemas estratégicos que pueden tener consecuencias mucho mas graves.

Lo urgente reclama nuestra atención, lo importante –en cambio– rara vez hace sonar las alarmas.

El verdadero valor de detenerse

A veces, la dificultad para encontrar una respuesta no es un defecto del proceso, sino una característica del problema. El pensamiento profundo exige dudar, revisar y reformular. Esa aparente lentitud ayuda a distinguir síntomas de causas y, en ocasiones, a descubrir que partíamos de la pregunta equivocada.

Y la evidencia respalda algunas de estas pausas: alejarse temporalmente de un problema puede favorecer su resolución, sobre todo cuando ya se ha trabajado en él. Combinar retroalimentación y reflexión mejora el desempeño. Así, por ejemplo, la reflexión guiada se ha relacionado con una mayor precisión diagnóstica en los médicos.

Pensemos, por ejemplo en una empresa cuya rotación sube del 12 % al 18 %. La respuesta instantánea lanza un plan general: revisar salarios, añadir beneficios, flexibilizar horarios. La pausa reflexiva empieza con otras preguntas: ¿quiénes se marchan?, ¿de qué unidades?, ¿afecta al talento crítico?

Al segmentar los datos, la empresa descubre que casi todo el incremento se concentra en incorporaciones recientes de un único centro: el problema no era la retención general, sino la acogida y la dirección de un responsable.

La respuesta rápida ofrecía soluciones razonables pero el pensamiento profundo evitó resolver con eficiencia el problema equivocado.

Una competencia profesional cada vez más valiosa

Ante un problema complejo, una pausa productiva puede comenzar con tres preguntas: ¿qué supuesto damos por cierto?, ¿qué explicación alternativa no hemos considerado?, ¿qué evidencia nos haría cambiar de diagnóstico?

Cuando cualquiera puede encontrar información y generar respuestas, la ventaja se desplaza: saber qué pregunta formular, qué respuesta no aceptar todavía y qué problema exige otra velocidad. El riesgo no es perder la capacidad de pensar despacio, sino dejar de encontrar el momento de hacerlo. La competencia profesional no consistirá en pensar despacio siempre, sino en evitar que la presión por responder rápido determine la profundidad con la que abordamos cada problema.

The Conversation

José Manuel de Haro García no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

Los antiguos egipcios no estaban tan equivocados: pienso, luego tengo corazón

El pesaje del corazón era la prueba principal del Juicio de Osiris en la mitología egipcia para decidir si un alma entraba al mundo de los muertos con vida eterna. British Museum

Hace unos cuatro mil años, alguien debió cometer un pequeño error con el corazón del visir Ipi durante su proceso de momificación. Para los egipcios, el corazón no era un órgano más. Era el lugar donde residían la memoria, la inteligencia, los deseos y la identidad de cada persona.

El corazón de Ipi había sido cuidadosamente extraído del cuerpo, desecado y vendado para después volver a colocarlo en su interior antes del enterramiento. Sin embargo, y quizás por confusión, terminó dentro de una vasija que contenía restos del embalsamamiento y quedó fuera de la tumba, en el depósito de los embalsamadores, donde permaneció durante milenios.

Este hallazgo, realizado por el equipo del Middle Kingdom Theban Project (MKTP) de la Universidad de Alcalá, constituye una extraordinaria ventana al pensamiento de los antiguos egipcios para comprender cómo concebían ellos el cuerpo humano.

El órgano que guardaba la memoria

La civilización egipcia disponía de dos palabras para designar el corazón. Una era ib, que podía significar ‘corazón’, pero también ‘mente, inteligencia, comprensión, deseo’ o incluso ‘estado de ánimo’. Este término guardaba connotaciones asociadas a lo ‘oculto, interno’ o incluso ‘invisible’. La otra palabra era haty, igualmente relacionada con el ‘corazón’ y con el ‘pensamiento’, pero con connotaciones más habituales, es decir, designa el corazón como órgano físico, como músculo cardíaco que con su latido envía corriente sanguíneo a todo el cuerpo.

En nuestra era resulta natural asociar las funciones más mentales al cerebro. Para ellos, sin embargo, el corazón era el auténtico centro de la persona, y de ahí las decisiones que rodeaban el complejo proceso de momificación.

Según las creencias de los egipcios de aquel tiempo, la muerte suponía una ruptura temporal del individuo y, durante su viaje hacia el más allá, el difunto podía perder la memoria y la consciencia. Por eso era imprescindible devolverle el corazón, porque recuperar el corazón era recuperar la propia identidad.

Los Textos de los Ataúdes, redactados hace unos cuatro mil años, lo expresan de manera extraordinariamente bella:

“Yo coloco tu corazón dentro de tu cuerpo, para que recuerdes aquello que habías olvidado” (TdA 62).

¿Por qué conservar precisamente el corazón?

Durante la momificación se extraían la mayor parte de las vísceras para facilitar la conservación del cadáver. El cerebro era retirado a través de las fosas nasales y órganos como el hígado, el estómago, los pulmones o los intestinos se depositaban en unas vasijas conocidas como vasos canopos.

Cuatro vasijas con diferentes cabezas de animales y seres mitológicos.
Vasos canopos que forman parte de la colección del Louvre Abu Dhabi. Francesco Bini/Wikimedia Commons, CC BY-SA

Pero el corazón seguía un camino diferente. Aunque solía extraerse temporalmente durante el proceso de desecación, debía regresar al cuerpo antes del enterramiento. Este procedimiento les ayudó a acumular conocimiento sobre este órgano, y los egipcios llegaron a comprender su anatomía básica de manera exhaustiva –aorta, cavas, ventrículos, venas pulmonares y orejuela–.

Se ve muy claro en el caso de Ipi, donde se pueden identificar todas las estructuras anatómicas de su corazón. El proceso aplicado a este órgano fue tan minucioso que la aorta recibió un trato particular: fue cuidadosamente envuelta por separado y taponada con un cilindro hecho de lino, lo que le hizo conservar su forma original. Lamentablemente, al confundirlo con otros restos del embalsamamiento, el corazón vendado del visir Ipi nunca volvió al lugar que le correspondía.

Resulta inevitable preguntarse qué habría pensado un sacerdote egipcio al descubrir aquel error y si Ipi, al no disponer de su corazón, estará todavía viviendo la condena de vagar sin consciencia ni recuerdo por los mundos del más allá.

El corazón vuelve a sorprendernos

Aunque hoy sabemos que la memoria y el pensamiento dependen del cerebro, la neurociencia contemporánea también está descubriendo que este no trabaja aislado del resto del organismo.

El corazón mantiene una comunicación constante con el sistema nervioso y sus latidos generan señales que llegan continuamente al cerebro, de modo que contribuyen al estado interno desde el que percibimos el mundo, dando en cierto sentido un poco de razón a los antiguos egipcios.

Además, el propio corazón posee un intrincado sistema nervioso caracterizado por redes neuronales complejas que regulan localmente su funcionamiento. Esto no significa que el corazón piense, pero sí que forma parte de un diálogo permanente entre el cuerpo y el cerebro, de modo que una variación en el ritmo cardiaco podría influir en el contexto fisiológico en el que el sistema nervioso interpreta la realidad.

Volver a respirar para volver a vivir

Otro de los rituales funerarios más importantes para los antiguos egipcios era la llamada “apertura de la boca”, mediante la cual el difunto recuperaba simbólicamente las funciones necesarias para relacionarse con el mundo y continuar viviendo en el más allá: hablar, ver, escuchar y respirar.

Maqueta de equipamiento para el 'ritual de la apertura de la boca' (Reino Antiguo, Dinastías V-VI, ca. 2465-2150 a.e.c.).
Maqueta de equipamiento para el ‘ritual de la apertura de la boca’ (Reino Antiguo, Dinastías V-VI, ca. 2465-2150 a.e.c.). Museo Metropolitano de Arte de Nueva York

Este ritual se celebraba al final de las ceremonias funerarias, generalmente ante la entrada de la tumba. Mientras recitaba fórmulas sagradas, un sacerdote tocaba los labios, los ojos y otras partes del rostro de la momia, o de una estatua que representaba al difunto, con instrumentos como una pequeña azuela y el cuchillo ritual peseshkef.

En relación con la recuperación simbólica de la capacidad de respirar, también aquí la neurociencia ofrece una coincidencia sugerente. La respiración no solo mantiene vivo al organismo. Su ritmo influye en la actividad cerebral y puede modular procesos relacionados con la atención, la memoria o las emociones.

Aunque los sacerdotes egipcios no conocían las neuronas, las sinapsis ni las oscilaciones cerebrales, sí que parece ser que entendían que recuperar la respiración significaba regresar a su relación con el mundo.

Un corazón que todavía nos habla

Durante todo el proceso de momificación, el momento culminante del viaje del difunto era cuando llegaba ante Osiris. Ahí, su corazón era colocado sobre uno de los platos de una balanza frente a la pluma de maat, símbolo de la verdad y de la justicia, pues ese órgano contenía alegóricamente toda su vida.

Si bien la neurociencia actual utiliza un lenguaje completamente diferente, como redes neuronales, interocepción y comunicación entre órganos y cerebro, también nos muestra que el cerebro no funciona completamente separado del cuerpo. Pensamos con el cerebro, sí, pero lo hacemos desde un organismo que late, respira y envía continuamente información al sistema nervioso.

Y quizá por eso el corazón perdido de Ipi sigue resultándonos tan fascinante, porque nos recuerda que comprender al ser humano se basa en la relación entre el cuerpo, la mente y aquello que nos convierte en quienes somos.

The Conversation

Luisa M. García González recibe fondos del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades: Programa 'Beatriz Galindo' (BG24/0004) y Proyectos de Generación del Conocimiento (PID2025-174908NB-100).

Antonio J. Morales Rondán recibe fondos de la Agencia de Investigación e Innovación de Castilla-La Mancha (SBPLY/24/180225/000170), del Ministerio de Cultura para proyectos arqueológicos en el Exterior (22CA), de la Fundación Gerda Henkel (AZ 54/V/25) y de la Fundación Palarq.

Francisco José Esteban Ruiz recibe fondos para investigación del Ministerio de Ciencia e Innovación, la Agencia Estatal de Investigación (AEI) y el Fondo Europeo de Desarrollo Regional (FEDER) bajo el proyecto PID-156228NB-I00, y de la Consejería de Salud y Consumo, Junta de Andalucía (PIP-0113-2024).

Por qué las lluvias tras el verano son más que necesarias

Según los registros de la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET), el verano de 2026 ha sido el más cálido de la serie histórica española (1961-2026). Los datos del periodo del 1 de junio al 31 de agosto indican que la temperatura media fue de 24,5 ºC, superando en 2,5 grados el promedio de la serie histórica y en 0,3 ºC al anterior verano más cálido, que fue el de 2025. Este año han tenido lugar cuatro olas de calor.

A las altas temperaturas se le añaden las escasas precipitaciones. Los meses de junio y julio han sido especialmente secos, con 12,4 mm (el 39 % del promedio normal del mes en el periodo 1991-2020) y 4,6 mm (un 26 % del promedio normal del mes) de precipitación, respectivamente.

El impacto en las reservas de agua embalsada

Aunque estas condiciones de altas temperaturas y escasas precipitaciones han tenido un importante impacto en la reserva de aguas embalsadas, a finales del verano las reservas totales eran algo superiores a las de 2025 como resultado de un invierno y primavera muy húmedos, con intensas precipitaciones.

No obstante, mientras que a finales de mayo la reserva hídrica peninsular estaba en 46 593 hm³ (83 % de la capacidad total), los últimos días de agosto había descendido a 35 87546 hm³ (64 % de la capacidad total). Como siempre ha ocurrido en la península ibérica, la distribución de las reservas es desigual, pero en este año destaca que las cuencas que tradicionalmente han tenido mayores reservas (Asturias, Galicia, Cantabria, Navarra, La Rioja), ahora presentan una mayor escasez, algunas de ellas en alarma de sequía según el Observatorio Europeo de Sequía.

En otros países europeos la situación meteorológica de elevadas temperaturas y escasas precipitaciones ha sido aún más dramática, especialmente en Centroeuropa, donde se han llegado a superar en 15 ºC los valores típicos del periodo 1961-1990. Ello ha generado la alerta por sequía en países como Francia, Países bajos, Luxemburgo, Alemania meridional, Bélgica, Italia septentrional, Polonia y aquellos países de la cuenca del Danubio.

Mapa de Europa con zonas en amarillo, naranja y rojo indicando el grado de sequía
Sequía en Europa (para mediados de agosto de 2026) según el Indicador Combinado de Sequía (CDI). Las áreas rojas estaban en alerta. EU Drought Observatory, Copernicus Emergency Management Service, CC BY

Un periodo relativamente prolongado sin precipitaciones (sequía meteorológica) provoca –como uno de los efectos más evidentes– el descenso en los caudales de los ríos (como los extraordinariamente ocurridos en los grandes ríos europeos: Danubio, Rin, Po, Loira) y de las reservas embalsadas (sequía hidrológica). La ausencia de precipitaciones también incide en un descenso en la recarga de los acuíferos, aunque no tan conspicuo.


Leer más: La sequía se gesta en los años lluviosos


El suelo se seca

La ocurrencia conjunta de altas temperaturas y escasez de precipitaciones tiene un grave impacto en el estado hídrico de los suelos, controlado fundamentalmente por dos procesos que dependen de las condiciones climáticas: la infiltración y la evapotranspiración. La primera representa la entrada –y posterior salida– del agua en el suelo por efecto de la gravedad.

La evapotranspiración –junto con la absorción del agua por las plantas– representa la salida del agua del suelo. Si la infiltración depende de las precipitaciones, la evapotranspiración depende de la temperatura, siendo mayor cuando esta es alta. El balance entre entradas y salidas del agua en el suelo define la retención de agua en él, muy condicionada por sus características físicas (textura y estructura) y orgánicas (grado de humificación).

Modelo conceptual de la evolución del perfil de humedad en un suelo desde un evento de precipitación hasta el punto de marchitamiento
Modelo conceptual de la evolución del perfil de humedad en un suelo desde un evento de precipitación hasta el punto de marchitamiento, tras un periodo prolongado de estiaje. θm es el contenido en agua en condiciones de punto de marchitamiento y θs es el contenido de agua máximo, en condiciones de saturación. La curva 1 representa el perfil de humedad durante el episodio de precipitación, cuando el suelo se satura en agua en su parte superficial. Las curvas 2, 3, 4 y 5 representan la evolución temporal del perfil de humedad en el suelo, una vez que ha dejado de llover y la parte superficial del suelo se va secando como consecuencia de la infiltración, la evapotranspiración y la absorción del agua por las plantas. En A, B, y C se representa la ocupación del agua en los poros. En A solo queda agua en poros capilares. En B hay una ocupación de poros más grandes. En C, prácticamente todos los poros (excepto los más grandes) están ocupados por agua. Javier Lillo, CC BY-SA

Así, el suelo, localizado en la parte más superficial de esa zona situada entre la superficie del terreno y los acuíferos, actúa como un almacén temporal de agua disponible para las plantas. Cuando llueve, el agua entra en el suelo, que llega incluso a saturarse en su parte más superficial. Pero después, durante un periodo sin precipitaciones, se va perdiendo progresivamente –por evapotranspiración, absorción e infiltración– esa cantidad de agua que las plantas pueden tomar.

Si no llueve en mucho tiempo, se alcanzan unas condiciones de déficit de humedad (sequía hidroedáfica o agrícola). En esta situación, aun habiendo cierta cantidad de agua, las plantas son incapaces de ejercer la succión suficiente para tomarla, sufriendo entonces estrés hídrico y comenzando a secarse (punto de marchitamiento).

En esas condiciones de extrema sequedad edáfica, se genera una elevada cantidad de biomasa vegetal seca y, por otra parte, el suelo pierde su capacidad termorreguladora –permanece más caliente al haber muy poca evapotranspiración–. Así, se alcanzan unas condiciones de baja humedad extremadamente favorables para los incendios.

A su vez, las condiciones de intensa sequedad del suelo pueden provocar alteraciones en aquellas características edáficas que controlan su comportamiento hidrológico. Cambios en los poros por donde circula el agua –por pérdida de humificación, compactación y desestructuración– pueden derivar en una menor infiltración y, en contrapartida, una mayor escorrentía cuando tengan lugar los primeros eventos de precipitación tras el periodo de estiaje.

En muchos casos, la capacidad erosiva de la escorrentía se verá, además, agravada por esas alteraciones, dando lugar a un fenómeno de retroalimentación. En ese sentido, los suelos más resilientes a la sequía son aquellos que tienen una mayor retención de agua y pueden mantener condiciones de humedad durante más tiempo.

La necesidad de que llueva (bien) pronto

Por ello, tras este verano tan cálido y seco, es crucial que las lluvias lleguen pronto. Y que además lo hagan no como fenómenos tormentosos, sino como precipitaciones con intensidades relativamente bajas pero en periodos de mayor duración, de manera que se facilite la infiltración y no la escorrentía.

Para la AEMET, hay un 40 % de probabilidad de que el otoño sea más lluvioso de lo normal en el norte y el este peninsulares y en Baleares. En septiembre, la mayor probabilidad de precipitación por encima de la media se concentra en la vertiente mediterránea. En octubre y noviembre, esa mayor probabilidad se desplaza hacia el noroeste de la Península.

La ocurrencia de fenómenos tormentosos intensos es difícil de predecir, ya que dependen de complejas interacciones de factores y procesos (llegadas de masas de aire frío en altura, posición de las borrascas, humedad disponible, influencia de la Oscilación del Atlántico Norte, etc.) que solo pueden analizarse con cierta precisión cuando el evento está próximo en el tiempo.

Sin embargo, en la región mediterránea y la orla atlántica europea se han registrado temperaturas de la superficie marina anormalmente altas que han generado una mayor cantidad de vapor de agua en la atmósfera, lo que favorece una mayor probabilidad de ocurrencia de eventos intensos tormentosos y danas, especialmente en el litoral mediterráneo.

The Conversation

Javier Lillo Ramos no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

No son sólo negocios: experiencias emocionales en el trabajo

UNIKYLUCKK/Shutterstock

“No es nada personal, son sólo negocios”. Esta frase, recurrente en la película El Padrino, enfatiza un clásico estereotipo de la gestión: hacer negocios consiste, sobre todo, en hacer dinero y conviene olvidar otros aspectos más sociales.

Escena de “El Padrino” (1972). Fuente: MovieClips, YouTube.

Sin embargo, y debido en parte a la actual crisis de salud mental en el trabajo, el bienestar emocional del trabajador ha ganado importancia en la gestión de las empresas.

Entender las emociones

Para entender el bienestar emocional primero debemos entender qué son las emociones: respuestas breves e intensas ante eventos específicos que nos importan y alteran nuestra conducta.

Estudiarlas es vital porque no se quedan solo en una vivencia subjetiva, sino que dirigen nuestras acciones. Sentir tristeza reduce el rendimiento, mientras que sentir enfado empuja al conflicto. Limitarse a decir que alguien “se siente mal” no basta: comprender sus emociones específicas es un primer paso para entender su comportamiento laboral.

¿Qué emociones sentimos en el trabajo?

Para desentrañar la vida emocional de las personas en su lugar de trabajo, realizamos un estudio con 102 trabajadores de diversos sectores. El objetivo era conocer cómo y con qué intensidad surgen seis emociones básicas –alegría, sorpresa, tristeza, asco, miedo y enfado– en el día a día laboral. Los trabajadores reconstruyeron su jornada laboral durante 15 días, prestando atención a aquellos eventos laborales que consideraban particularmente importantes. Recopilamos 1 499 historias de dichos eventos laborales, evaluando si eran positivos o negativos (su valor) y qué tan novedosos o disruptivos resultaban (su fuerza).

Los resultados mostraron varios aspectos importantes:

  1. El trabajo es un lugar mayoritariamente feliz. La alegría fue la emoción más frecuente –presente en el 67 % de los eventos reseñados– e intensa, seguida de la sorpresa (54 %). Esto puede deberse a un sesgo de supervivencia: quienes sienten emociones negativas de manera constante tienden a abandonar sus empleos.

  2. Lo negativo es menos frecuente, pero contundente. El enfado (casi 40 %) y la tristeza (32 %) superaron al miedo (26 %) y al asco (20 %). Además, las emociones negativas rara vez vienen solas, suelen presentarse de manera combinada, en especial en los casos de enfado, tristeza y asco.

  3. El efecto multiplicador de la “fuerza”. No basta con que un evento laboral sea valorado como bueno o malo. Para que una emoción emerja con intensidad, el evento debe ser fuerte, es decir, disruptor o innovador. La interacción entre el valor y la fuerza del evento predice casi todas las emociones.

  4. El miedo presenta un patrón anómalo. El miedo fue la única emoción que dependió puramente de la fuerza y capacidad de disrupción del evento, sin importar tanto su valencia. Además, presentó un claro componente disposicional: hay trabajadores que, por su forma de ser (altas puntuaciones en neuroticismo y pesimismo) o por sus puestos de trabajo, están más expuestos a dicha emoción.

  5. Apenas hay diferencias de género. Rompiendo estereotipos clásicos, encontramos que el género influye poco en la intensidad con la que los trabajadores sienten las emociones. El género afectó únicamente a la frecuencia de aparición de algunas de ellas: la alegría fué más frecuente en los hombres y el asco en las mujeres.

Y ¿qué desencadena cada emoción?

La lectura de los 1 499 diarios nos permitió establecer qué situaciones actúan como desencadenantes de cada emoción. Puesto que el trabajo es una red social, la mayoría de estas situaciones involucraban a los jefes, compañeros o clientes:

  • Alegría: se alimenta del logro y la conexión humana. Surge intensamente al completar tareas con éxito, disfrutar de un entorno de colaboración o recibir aprecio sincero, como una nota de agradecimiento de un jefe.

  • Sorpresa: nace de la ruptura de expectativas. Sus detonantes incluyen decisiones organizacionales imprevistas, como un contrato no renovado por un cliente, o noticias de apoyo inesperadas, como una comida de equipo pagada por la empresa.

  • Enfado: surge cuando percibimos situaciones injustas, faltas de respeto públicas, humillaciones o el bloqueo arbitrario de nuestros objetivos.

  • Tristeza: es la emoción de la pérdida y las expectativas rotas. Aflora ante decepciones y fracasos profesionales, o al perder a un compañero valioso que abandona el equipo.

  • Asco: en el trabajo, el asco suele ser moral. Aparece ante los comportamientos éticamente repugnantes o tóxicos, el acoso o la hipocresía corporativa.

  • Miedo: se despierta ante la amenaza y la preocupación por la seguridad. Los jefes impredecibles y la inestabilidad estructural de la empresa son algunos de los factores que encienden esta potente señal de alerta.

El bienestar laboral empieza por escuchar las emociones

Esta investigación muestra de forma clara que el trabajo es un entorno rico en experiencias que generan emociones. Cada decisión gerencial, cambio de turno o retroalimentación es un evento capaz de desencadenar una cascada emocional.

Aunque no pueden evitarse todos los contratiempos, las organizaciones sí pueden moldear activamente su clima emocional, potenciando intencionalmente las experiencias positivas e intentando atenuar la fuerza de los sucesos negativos.

Cuidar de los equipos exige ir más allá de entender el trabajo como meramente un lugar para hacer negocios. Nuestras organizaciones son comunidades ricas en afectos, a los que conviene prestar atención.

The Conversation

José Navarro recibe fondos del Ministerio de Ciencia e Innovación del Gobierno de España.

Suplemento cultural: hace veinticinco años

Monumento en honor a las víctimas del atentado del 11-S en las Torres Gemelas de Nueva York: dos piscinas inmensas que ocupan los espacios de las dos torres. Alberto-g-rovi / Wikimedia Commons, CC BY

Una versión de este texto se publicó por primera vez en nuestro boletín Suplemento cultural, un resumen quincenal de la actualidad cultural y una selección de los mejores artículos de historia, literatura, cine, arte o música. Si quiere recibirlo, puede suscribirse aquí.


En septiembre del año 2000 visité Nueva York por primera vez con mis padres y mis tíos. Subimos a la azotea de las Torres Gemelas, a primera hora de la mañana, para desayunar y evitar las colas que se formaban el resto del día. Estábamos casi solos, rozando el cielo, a una altura que se me antojaba descomunal. Asomarme al borde de los ventanales de la cafetería había sido vertiginoso: allá, muy abajo, transcurría la vida de lo que parecían miles de hormigas moviéndose por la Manzanota. Un año después pensé, con la tripa hecha un nudo, qué habría sido de aquella camarera que había sido tan simpática con nosotros.

Han pasado 25 años desde el 11 de septiembre de 2001. Una generación entera no lo vivió, o no lo recuerda. Sin embargo, ni nosotros ni el mundo en el que vivimos han sido lo mismo desde entonces. Este cambio se ha dejado notar en todos los ámbitos y, por supuesto, ha reverberado en la cultura. La literatura y el cine llevan un cuarto de siglo intentando expresar un evento tan abrumador, algo que, se decía, “solo pasa en las películas”.

Es obvio que la destrucción de las Torres Gemelas provocó un cambio significativo en la silueta de Manhattan. Pero tal vez sea menos obvio que la ausencia de estos edificios ha definido desde aquel día la personalidad de la ciudad de Nueva York. Tanto, al menos, como su presencia lo hizo en décadas anteriores.

El Monumento Nacional del 11-s, dos inmensas y sobrecogedoras piscinas que se hunden en el espacio en el que estaban antes los edificios, busca mantener su memoria sin alardes.

Buscando un puerto

Otra ciudad en la que se percibe la huella de la Historia, hasta el punto de que fue esta la responsable de su creación, es la polaca Gdynia. El relato del lugar se inicia a principios de los años 20 del siglo pasado, con la Segunda República de Polonia y su necesidad de tener un buen puerto que pudiese gestionar el comercio y las comunicaciones por mar. Y continua este 2026, cuando la Unesco ha declarado a su Centro Modernista Patrimonio Mundial de la Humanidad.

Anna K. Dulska explica cómo pudo transformarse un pueblito en semejante ciudad.

Una historieta bordada

En Londres están como locos con la llegada a la capital británica del Tapiz de Bayeux. Los 68 metros de tela relatan la historia de la conquista de Inglaterra por parte de Guillermo I, sus peleas con Harold II y su triunfo en la Batalla de Hastings. El tapiz, hecho a mayor gloria de Guillermo, se expone habitualmente en la ciudad normanda que lleva su nombre y hay quien dice que es uno de los precursores de los tebeos, por su formato de narración.

En una demostración inaudita de diplomacia en los tiempos que corren –y que coincide con el cierre temporal del museo que lo expone–, Francia le ha cedido la obra, durante diez meses, al British Museum, que ayer 10 de septiembre abrió las puertas de esta exhibición temporal al público. Las entradas están agotadas hasta diciembre. No obstante, quienes lo han podido ver lo definen como una experiencia maravillosa, totalmente alejada de lo habitual.

GTA vuelve (muy pronto)

Y saltamos de la representación de una batalla de 1066 a otro 6: el de Grand Theft Auto VI. Permítanme el guiño fácil porque, aunque son eventos muy diferentes, tanto el tapiz como la salida de este videojuego podrían definirse como dos de los momentos culturales más esperados del otoño.

Para ver GTA VI todavía falta un par de meses pero los números alrededor de su estreno ya son apabullantes. Por eso merece la pena revisar cómo revolucionaron sus predecesores los videojuegos y por qué todo el mundo está ansioso por saber cómo será este nuevo.

Una Carmen única

Algo que también comienza con el curso es la temporada cinematográfica. Arrancan los festivales de otoño –Venecia, Telluride, Toronto, San Sebastián…– y arranca con ellos el runrún de las que serán las películas del año, las que triunfarán nacional e internacionalmente. Como la denominada carrera de premios a veces agota y nos hace perder perspectiva, merece la pena leer a Emeterio Díez Puertas y sus análisis cinematográficos y culturales para recuperar la curiosidad por el séptimo arte.

Esta vez, de la mano del filósofo y sociólogo Edgar Morin, recientemente fallecido, analiza la figura de una estrella de cine y cómo la creación de esta corresponde no solo al ser humano concreto sino al momento social en el que vive y a los valores que encarna y que casan con los de su país y su público. Para ello, y en vez de poner el ojo en Hollywood como hizo Morin, Díez Puertas se fija en una de las actrices más famosas de España en los años 50 del siglo XX: Carmen Sevilla.

Dudas existenciales

A todos nos ha pasado. De repente nos quedamos despiertos, en medio de la noche, dándole vueltas a algo que nos ha generado preguntas que parecen básicas para el ser humano, que requieren una respuesta que nos permita seguir funcionando porque sentimos que sin esa resolución no somos nada.

El mismo acto de reflexionar sobre ellas, de estudiarlas e interrogarnos a nosotros mismos ya implica hacer filosofía, ¿no es esto maravilloso?

Por eso les pido que, antes de leer estos dos estupendos artículos sobre la verdad y el monólogo interior, se pregunten por ambos conceptos. Seguro que llegan a una conclusión la mar de interesante.

The Conversation

Nuestros próximos compañeros de trabajo, ¿serán personas o agentes de IA?

Taris Tonsa/Shutterstock

Desde los inicios de la Revolución Industrial, la relación entre el ser humano y la tecnología ha sido de dominio y operación. Durante décadas, la arquitectura empresarial se basó en equipos de personas que manejaban máquinas pasivas: herramientas que sin la instrucción directa y constante del ser humano carecían de propósito.

Ahora nos encontramos en un punto de inflexión: el nacimiento de las empresas frontera (frontier firms), organizaciones que no usan la IA operada de forma directa por humanos, sino que la han adoptado como una fuerza laboral central.

De la ‘era máquina’ a la ‘era agéntica’

La diferencia fundamental entre la automatización en las empresas tradicionales y en las empresas frontera está en la autonomía de decisión. En las primeras, el humano le dice a la tecnología exactamente qué hacer. En las frontera, la IA opera como un compañero de trabajo digital, con capacidad para interpretar contextos y ejecutar procesos de extremo a extremo.

Esto supone un cambio radical: ya no son máquinas tontas a la espera de que les pidan cosas, sino que actúan de forma totalmente independiente. Un ejemplo: los sistemas de búsqueda de la financiera Wells Fargo, que reducen los tiempos de 10 minutos a 30 segundos haciendo el flujo de valor productivo más rápido y eficiente.

En esta etapa avanzada el humano establece la dirección estratégica, pero es el agente de IA quien orquesta, ejecuta y optimiza el camino hacia los resultados.

Un nuevo liderazgo

Este cambio redefine el concepto de trabajo en equipo y, por ende, el liderazgo. Surge la figura del líder de agentes (agent leader), un rol centrado en la orquestación de equipos híbridos humano-agente IA. El desafío de coordinación es enorme: el líder debe decidir qué inteligencia (humana o artificial) es aplicable a cada problema, diseñando la interacción entre ambos y gestionando los conflictos que surjan en esta red de trabajo.

En este contexto, los líderes deben evaluar el ratio de colaboración humano-agente y la efectividad de esa sinergia. Liderar en la era agéntica implica orquestar recursos cognitivos humanos y artificiales, donde los agentes de IA tienen identidad propia, correos electrónicos corporativos e incluso convocan y participan en reuniones de equipo.

Consecuencias éticas: motivación, empleo y el valor humano

La integración de agentes autónomos trae consigo dilemas morales profundos. Uno de los puntos más críticos es la sustitución laboral. Se prevé que la IA asuma las funciones de aquellos trabajadores cuyas tareas no aporten un valor añadido creativo o crítico. Desde el año 2023 las estimaciones de la OCDE ya reflejaban esta tensión: en sectores como el financiero y la manufactura, dos de cada cinco trabajadores podrían ver reducidos sus salarios o perder sus empleos por la automatización.

Además, existe el riesgo de la “deshumanización del trabajo” y el aumento de la presión por la monitorización constante. Además de la preocupación por la privacidad, está la posibilidad de que los algoritmos tomen decisiones sesgadas, por ejemplo, en procesos de contratación o despido. En este contexto, la IA explicable (que permite entender por qué un agente toma una decisión determinada) se vuelve una herramienta imprescindible y un pilar ético para mantener la confianza y la efectividad en los equipos híbridos.

La adaptación humana: el profesional del Renacimiento

Ante la autonomía de las máquinas, el ser humano puede aportar lo que la IA no puede replicar: el juicio ético, la empatía, el pensamiento crítico y el pensamiento sistémico, que permite tener una visión general de los procesos.

En la mayoría de las profesiones ya no será suficiente ser un “bárbaro especialista” (hipercapacitado en su área e ignorante en el resto de asuntos, tal y como lo describía el filósofo español José Ortega y Gasset). Los profesionales del futuro se asemejarán a “personas del Renacimiento”, capaces de conectar campos de especialización diversos guiados por un propósito ético y humano.

La formación constante es la herramienta principal para esta transición. Aquellos trabajadores que reciben capacitación específica en IA no solo mejoran sus condiciones laborales, sino que se sienten más empoderados para actuar como los “pilotos” de la tecnología y no como sus pasajeros. Una empresa frontera exitosa es aquella que entiende que la IA no elimina el juicio humano, sino que lo acelera y lo hace más informado.

The Conversation

Pablo Atela, Ph.D. ha recibido fondos para investigación y consultoría de varios organismos públicos y privados de España, México, Chile, Colombia, Guatemala y Panamá y es consultor en Shackleton Innovation.

Los mercados financieros europeos castigan a las empresas contaminantes, aunque a unas más que a otras

Quarta/Shutterstock

Cada año, grandes empresas europeas reciben sanciones por incumplir la normativa ambiental: vertidos, emisiones ilegales o fallos en la gestión de residuos acaban en multas.

Estas sanciones buscan castigar y disuadir, de ahí que la Unión Europea haya endurecido su regulación ambiental: el Pacto Verde Europeo, los objetivos de neutralidad climática para 2050 y mayores exigencias de información han cambiado las reglas del juego.

El coste reputacional del incumplimiento es hoy más alto para las empresas. Ya no basta con declarar compromisos sostenibles. Los mercados financieros observan, comparan y reaccionan. Pero surge una pregunta clave: ¿realmente se está castigando a aquellas que incumplen? Y aun más importante, ¿todas reciben el mismo castigo?

Cuando contaminar sale caro

La protección al inversor, la libertad de prensa y la presión social hacen que en Europa la reputación empresarial pese mucho. De ahí que las sanciones ambientales no sean solo un problema de imagen: también tienen efectos económicos.

Cuando una empresa recibe una sanción paga una cantidad como multa. Pero, además, envía una señal negativa al mercado. Esa señal refleja mayor riesgo (por fallos en el control interno o decisiones de corto plazo) y tiene una consecuencia clara: sube el coste de su deuda y la empresa paga intereses más altos para financiarse.

El papel invisible de las conexiones políticas

En muchas grandes empresas europeas hay consejeros que antes ocuparon cargos políticos. Estas conexiones, las puertas giratorias, facilitan acceso a información, redes e interlocución institucional. Desde el punto de vista financiero, estas empresas suelen obtener mejores condiciones de financiación. Los prestamistas pueden percibir cierto respaldo implícito o menor riesgo.

La cuestión es ¿qué ocurre cuando una empresa con conexiones políticas recibe una multa ambiental? Los estudios muestran que, en general, las sanciones aumentan el coste de la deuda.

Pero ese aumento es menor cuando existen consejeros con vínculos políticos. El mercado penaliza, pero penaliza menos a las empresas políticamente conectadas.

¿Se debilita el efecto disuasorio?

Las multas buscan disuadir comportamientos dañinos. Si a la sanción se suma un encarecimiento de la financiación, el coste total del incumplimiento aumenta. Eso refuerza el objetivo a cumplir.

Si algunas empresas amortiguan parte de ese impacto gracias a sus conexiones, el incentivo ya no es el mismo. Esto no implica necesariamente corrupción ni trato de favor. A veces se trata de percepciones de menor riesgo por parte de los prestamistas. El resultado, sin embargo, es claro: la penalización financiera es menos severa.

Y esto plantea una pregunta para los reguladores europeos: ¿está enviando el mercado señales distintas según la cercanía al poder político?

Transparencia y credibilidad institucional

Europa cuenta con un entorno institucional sólido, protección legal, sistemas judiciales independientes y medios que amplifican las controversias ambientales. Por eso, que las conexiones políticas moderen el impacto financiero de las multas es especialmente relevante.

Si Europa quiere liderar la transición ecológica, la credibilidad es clave. De ahí la necesidad de que las reglas se apliquen en igualdad de condiciones para todos. También es importante que el mercado no perciba redes de seguridad implícitas. Reforzar la transparencia sobre los vínculos políticos en los consejos y mejorar la supervisión puede ayudar a preservar esa credibilidad.

El mensaje para empresas e inversores

Para las empresas, el mensaje es claro: el desempeño ambiental tiene consecuencias financieras reales. Una multa puede encarecer la financiación y afectar al largo plazo.

Para inversores y prestamistas, el reto es valorar correctamente el riesgo ambiental. Si las conexiones políticas hacen que algunas empresas parezcan menos arriesgadas pese a haber sido sancionadas, el mercado puede terminar castigando menos ciertos incumplimientos ambientales.

La cuestión es más delicada para los responsables públicos. Si la política climática quiere ser eficaz, las sanciones deben generar señales claras y homogéneas. No puede haber consecuencias distintas ante incumplimientos similares.

The Conversation

Gema del Carmen Fleitas Castillo recibe fondos del Ministerio de Ciencia e Innovación y de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria.

Devora Esther Peña Martel recibe fondos del Ministerio de Ciencia e Innovación.

Domingo Javier Santana Martín recibe fondos del Ministerio de Ciencia e Innovación.

La conversación docente: motivar no es ponerlo fácil

fast-stock/Shutterstock

En estos instantes, las emociones en su mente pueden ser de dos tipos: entusiasmo y ganas ante el curso que empieza, la página en blanco, el capítulo a estrenar; o desasosiego y angustia ante precisamente esas mismas cosas (y la sospecha, quizá, de que nada va a ser tan nuevo ni tan diferente). Es probable incluso que combine las dos sensaciones o que las alterne.

Nuestra conversación docente llega con la intención de inspirar más de lo primero y suavizar lo segundo. Empezando por lo más importante: ¿cómo llegar a ser esa profesora o profesor que motiva? ¿Cómo conseguir que los veinte o treinta o cuarenta pares de ojos que tendré pronto de nuevo pendientes de mis palabras las encuentren interesantes, con sentido, y las escuchen con interés?

Rubén Camacho Sánchez, de ESADE y UNIR y su compañera Rosa Gómez del Amo de UNIR analizan justamente esta noción de la “motivación” desde una perspectiva científica. Estar motivado es una de las claves no solo del interés sino del rendimiento académico, y aunque no depende solo de los docentes, es una especie de ‘santo grial’. Pero a veces se confunde con diversión, entretenimiento, conseguir una clase “amena”. Y no es lo mismo.

Para lograr la motivación tiene que haber también su poquito de dificultad, su mucho de esfuerzo; su dosis justa de “yo puedo” y también de “esto me cuesta”. Es como la receta de una pócima mágica, porque además, no es la misma para cada persona ni para cada situación. Pero entendiendo los cuatro ingredientes clave, cada uno la puede ajustar a la medida.

Empezamos este curso 26-27 reivindicando también el silencio en el aula, y con artículos sobre la diferencia entre leer mucho y entender lo que se lee, sobre cómo salvar la brecha socioecónomica que influye en la capacidad de esfuerzo, la diferencia entre empezar un grado universitario y terminarlo cuando hablamos de equidad educativa, y por qué en el debate público sobre educación las mujeres, que son mayoría en la docencia, no están representadas de manera equilibrada.

Como novedad, ofrecemos una sección dedicada a la inteligencia artificial con análisis, reflexiones y propuestas concretas. Y nuestro habitual rincón con artículos para compartir en clase con los estudiantes sobre videojuegos y privacidad, grafiteros de la edad media y la química del helado perfecto.

The Conversation

De fumar en la cabina al control biométrico: así ha cambiado la seguridad en los aviones

A mediados de los años noventa, cuando aún era un chavalín, volé desde Barcelona al aeropuerto de Londres-Heathrow sentado en la cabina de mando de un avión de Iberia. El comandante, que estaba en la puerta dando la bienvenida al pasaje, me invitó a pasar. Dentro estaba el copiloto, que me recibió ofreciéndome un cigarrillo, que rechacé. Hice todo el vuelo sentado en el transportín de la cabina de mando y solo salí para comer.

Aquel viaje me marcó para siempre, y probablemente explica a qué dedico mi investigación hoy. Pero en 2026 es también un relato imposible. Por el tabaco y porque hoy en día nadie ajeno a la tripulación cruza la puerta de la cabina de mando, que está blindada y su acceso está reglado.

La seguridad aérea ha evolucionado y se ha endurecido, como reacción a eventos dramáticos que son historia de la aviación.

Antes de 2001, secuestros y los primeros filtros

Existe la creencia de que la seguridad en los aeropuertos nació el 11 de septiembre de 2001, con los atentados de las Torres Gemelas de Nueva York. No hay nada más alejado de la realidad.

En los años sesenta y principios de los setenta, ante la ausencia de controles de seguridad en los aeropuertos se produjo una oleada de secuestros de aviones por parte de grupos terroristas. Como resultado, las máquinas de rayos X para equipaje de mano y los arcos detectores de metales para personas se convirtieron en requisito obligatorio a partir de 1973 en Estados Unidos. Más tarde, y después de la tragedia de Lockerbie (1988) cuando una maleta facturada explotó en la bodega del vuelo 103 de Pan Am, se impuso la conciliación de equipajes, es decir, las maletas no volaban si el pasajero no embarcaba.

Así, las medidas de seguridad hasta ese momento fueron implementándose para dar respuesta a una amenaza que se centraba en los secuestros y en controlar la entrada de objetos peligrosos. En los secuestros, el avión era básicamente un vehículo de negociación y el enfoque de tripulaciones y pasajeros era la cooperación pasiva y la no confrontación para avanzar con la negociación durante el secuestro.

Las consecuencias del 11-S para la seguridad aérea

Los ataques a las Torres Gemelas del 11 de septiembre de 2001 orientaron la seguridad aérea hacia nuevos aspectos.

En primer lugar, la puerta de la cabina de mando se blindó y pasó a estar gobernada por un protocolo de apertura. Por otro lado, el principio de cooperación aplicada hasta entonces en los secuestros dejó de ser el principal enfoque de la tripulación de cabina. El uso de la fuerza militar con aviones de combate ha pasado a ser una práctica más común.

En segundo lugar, dos meses después de los atentados, el gobierno federal de Estados Unidos asumió el control de la seguridad de los aeropuertos con la creación de la Administración de Seguridad en el Transporte (TSA, por sus siglas en inglés). En Europa se respondió con el Reglamento (CE) 2320/2002, que estableció la obligación de realizar inspecciones de seguridad a todos los pasajeros y equipaje de la bodega, así como reguló el acceso a las zonas restringidas de seguridad de los aeropuertos.

El principal objetivo era, por primera vez, armonizar las normas de seguridad básicas.

Después de 2001, más capas de seguridad

Aunque el 11-S significó cambios regulatorios estructurales, el enfoque reactivo de la seguridad aérea ha seguido manteniéndose. Cada nuevo intento de atentado ha comportado una nueva capa de seguridad. De esta manera, empezamos a sacarnos los zapatos en el control de seguridad después de que, en diciembre de 2001, Richard Reid subiera en París a un vuelo de American Airlines con una mezcla de explosivos en la suela hueca de sus zapatos.

Más tarde, en 2006, después de frustrarse otro intento de atentado aéreo, este en Reino Unido con explosivos líquidos, nació la regla de los botes con una capacidad máxima de 100 ml guardados en bolsas transparentes en el equipaje de mano.

Con todos estos cambios, en 2008 se decidió renovar el reglamento europeo de 2002 y sustituirlo con el Reglamento (CE) 300/2008, para modernizarlo y cubrir de forma más precisa varios aspectos de la seguridad en vuelo y los controles en tierra.

Poco después, en 2009, hubo otro intento de atentado aéreo. Los explosivos iban ocultos en la ropa interior del terrorista, en un vuelo de Northwest Airlines entre Ámsterdam y Detroit. Tras el incidente, se inició el despliegue de los escáneres corporales, comenzando en 2010 en Estados Unidos, coordinado por la TSA, y en 2011 en Europa, mediante el Reglamento (UE) 1141/2011.

Ahora: seguridad preventiva y reducir la fricción

En los últimos años el enfoque ha pasado de reactivo a preventivo. Desde 2016, se requiere información anticipada de los pasajeros para construir un registro de nombres y una lista de exclusión. Por otro lado, desde abril de este año está en funcionamiento el Sistema de Entradas y Salidas (EES) que requiere un registro biométrico de los pasajeros que entren en el espacio Schengen. Además, en un futuro próximo también será necesario enviar un formulario digital, el ETIAS (similar al ESTA de EE. UU.), antes del viaje.

Otro aspecto que está cambiando es que se comienza a reconocer que las múltiples medidas de seguridad que se han ido tomando generan molestias a los pasajeros. Además, ante el creciente número de viajeros aéreos, se hace necesario reducir la fricción (cualquier obstáculo o retraso que interrumpa, ralentice o empeore la experiencia del viajero) y los tiempos de procesamiento (la duración de cada uno de los trámites y controles que deben realizar los pasajeros). De esta manera, por primera vez en unas cuantas décadas, con los escáneres de tomografía computarizada de los equipajes de mano se retira una medida de seguridad aérea. Estos escáneres permiten detectar explosivos líquidos por lo que ya no se hace necesario sacar botellas ni ordenadores del equipaje de mano. Aunque el despliegue está siendo lento, cada vez más aeropuertos ofrecen este avance para la experiencia del pasajero.

El futuro que dibuja la industria es un viaje seguro y con menores fricciones. Esto permite absorber más pasajeros y también tenerlos más contentos, lo que se traduce en más ventas en las tiendas del aeropuerto una vez cruzado el control de seguridad.

Satisfechos pero vigilados

Sin embargo, menos fricción no significa menos seguridad o que no se puedan producir otros incidentes. Por un lado, la reducción de las fricciones en la experiencia del pasajero conllevará mayor uso de los datos personales y de la identidad biométrica. Compartir más información, incluso antes de llegar al aeropuerto, puede garantizar al pasajero tener puertas francas, pero representa un importantes reto desde el punto de vista de la privacidad.

Por otro lado, existen muchos otros tipos de ataques al sector aéreo, como los ataques con drones de 2018 al aeropuerto de Londres-Gatwick, o el más reciente, este verano, en el aeropuerto de Leipzig, en Alemania. Por no hablar de los ciberataques a grandes aeropuertos.

Aquel copiloto que me ofreció un cigarrillo en una cabina de mando pertenece a un mundo impensable ahora y que ya no volverá. Pero el actual, con seguridad anticipada, automatizada e invisible, también requiere de debates sobre cuánto saben de mí el sistema y las empresas, y quién audita todo el proceso.

The Conversation

Pere Suau-Sanchez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

Medir la desigualdad sin contar la pobreza distorsiona el retrato de la realidad económica

SORN340 Studio/Shutterstock

¿Cómo se mide la desigualdad económica de un país o de una ciudad? La herramienta más utilizada a nivel mundial es el índice de Gini, un indicador que resume en una sola cifra cómo se distribuye la renta entre la población. Sin embargo, dos territorios pueden tener el mismo índice de Gini y afrontar realidades sociales muy distintas. Incorporar la tasa de pobreza en el cálculo del índice puede aportar una visión más completa de la desigualdad territorial.

Cómo se calcula el índice de Gini

El cálculo del índice de Gini parte de una idea sencilla: si toda la población tuviera exactamente los mismos ingresos estaríamos ante una situación de igualdad perfecta. Esa situación ideal puede representarse como una línea recta. Sin embargo, en la realidad, la distribución de la renta se desvía de esa línea: algunas personas concentran una parte mayor de los ingresos y otras una parte menor.

El índice de Gini mide, precisamente, cuánto se aleja esa distribución real (que conocemos como la curva de Lorenz) de la igualdad perfecta. El resultado se expresa entre 0 y 1 (aunque también 0 a 100): cuanto más alto es el valor, mayor es la desigualdad. Un valor de 0 significaría que todos disponen de la misma renta. Un valor de 1 (o 100), que una sola persona concentra toda la renta.

En azul claro, la figura formada por la línea diagonal representa una situación de igualdad perfecta (toda la población con los mismos ingresos). En azul, la curva de Lorenz que muestra cómo se distribuye realmente la renta. Cuanto mayor es el área entre ambas líneas (A), mayor es la desigualdad y, por tanto, más elevado es el índice de Gini. Elaboración propia, CC BY

El índice de Gini permite a los gobiernos, los organismos internacionales y los medios de comunicación comparar la desigualdad en países y regiones. España, por ejemplo, presenta un índice relativamente elevado dentro de Europa: 31,2 en 2024.

El problema de medir la desigualdad con una sola cifra

El índice de Gini tiene una gran ventaja: es sencillo de calcular e interpretar. Sin embargo, esta capacidad de síntesis es también una de sus principales limitaciones.

Vamos a explicarlo. Imaginemos dos regiones con un índice de Gini prácticamente idéntico. A simple vista, podríamos pensar que ambas presentan niveles similares de desigualdad. Sin embargo, la realidad puede ser muy distinta: en una de ellas una parte importante de la población puede vivir en situación de pobreza, mientras que en la otra la mayoría de los residentes puede que disponga de ingresos relativamente elevados. Aunque ambas compartan un valor de Gini similar, sus necesidades sociales, y las prioridades de las políticas públicas, serían muy diferentes.

Esta limitación resulta especialmente relevante cuando analizamos la desigualdad a escala municipal. Los municipios pequeños suelen presentar estimaciones más inestables: unos pocos hogares con rentas extremas pueden alterar mucho el resultado.

Se trata de un problema estadístico bien conocido, ya que en áreas pequeñas el índice es especialmente sensible a valores extremos y pequeñas variaciones en la distribución de la renta. De hecho, esta fue una de las motivaciones de nuestro trabajo. Al analizar el índice de Gini a escala municipal observamos un patrón inesperado: municipios con mayor renta aparecían sistemáticamente como más desiguales que municipios de renta mucho más baja.

Incorporar la tasa de pobreza cambia el mapa

Para superar esta limitación, planteamos una adaptación del índice de Gini que incorpora la pobreza local en su cálculo, el índice de Gini normalizado. De este modo, en lugar de interpretar la desigualdad de cada municipio de forma aislada, la relacionamos con una referencia común para toda España.

Concretamente, utilizamos la proporción de población que vive por debajo del umbral de pobreza y analizamos si el nivel de desigualdad observado es superior o inferior al que cabría esperar dado ese contexto. En otras palabras, no evaluamos los municipios de forma aislada, sino en relación con un contexto socioeconómico común para toda España.

Para mejorar la precisión de las estimaciones, especialmente en municipios pequeños donde los resultados suelen ser más inestables, utilizamos modelos estadísticos que combinan datos georreferenciados con información previa y distribuciones de probabilidad para aprovechar también la información disponible de municipios cercanos (modelos bayesianos espaciales).

Aplicamos este método a 8 043 municipios españoles utilizando datos del Atlas de Distribución de la Renta de los Hogares del Instituto Nacional de Estadística (INE) correspondientes a 2022. Con el índice de Gini original, el mapa de España aparece relativamente homogéneo con diferencias entre municipios, pero sin un patrón territorial claro. Con el índice normalizado, en cambio, surge un patrón mucho más definido: Andalucía, Extremadura y Murcia muestran niveles de desigualdad más altos de lo esperado para su nivel de pobreza, mientras que Cataluña, País Vasco, Madrid y Baleares presentan niveles más bajos de lo esperado.

Es decir, algunas regiones que aparentemente parecían muy desiguales dejan de serlo cuando se tiene en cuenta su estructura socioeconómica, mientras que otras emergen como territorios especialmente vulnerables.

Distribución geográfica en España del índice de Gini: original (A) y normalizado (B) en 2022. Elaboración propia, CC BY

En general, el índice original identifica las grandes ciudades como las zonas más desiguales, pero, al ajustar por pobreza, el patrón se invierte: los municipios rurales y de baja densidad presentan una desigualdad relativamente mayor que la de las grandes ciudades. Los valores para los municipios analizados pueden consultarse en la web del proyecto.

Qué implica esto para las políticas públicas

La principal ventaja de este método es que no requiere datos difíciles de obtener. Se basa en dos indicadores ampliamente disponibles: el índice de Gini y la tasa de pobreza. Esto facilita su aplicación en otros países y a diferentes escalas territoriales, desde barrios y provincias hasta comunidades autónomas o comparaciones internacionales.

La desigualdad no depende únicamente de cómo se distribuyen los ingresos, sino también del contexto económico en el que esa distribución se produce. Incorporar la pobreza a su medición permite identificar territorios que pasan desapercibidos con los indicadores tradicionales, y ofrece una imagen más completa de las diferencias sociales existentes entre municipios. Este análisis más completo de la desigualdad relativa puede apoyar políticas redistributivas, la planificación de servicios públicos o el diseño de estrategias frente a la despoblación.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

Panoramas, cosmoramas y dioramas: simuladores de mundos antes de la IA

Fragmento del panorama de la ciudad de Edimburgo de Robert Baker, del siglo XVIII. Wikimedia Commons

¿Ha visitado alguna vez una montaña rusa, o una de esas atracciones familiares que simulan viajes en barco o tren por distintos parajes naturales o urbanos que ofrecen muchos parques temáticos?

El paseo para ver It’s a small world o el viaje en los cohetes del Space Mountain en Disneyland son el resultado de la combinación y actualización de una serie de espectáculos ópticos de ilusión realista, inventados en el siglo XIX. Gracias a ellos, el público podía vivir una experiencia inmersiva que lo situaba en un espacio diferente y, a veces, también en un tiempo distinto al suyo.

El panorama, el cosmorama y el diorama

El panorama, patentado por Robert Barker en 1787, era una pintura gigante de 360 grados que se colocaba en un espacio construido expresamente para ella. El espectador podía tener una vista inmersiva y circular de lo que hubiese sido retratado en el paisaje. Podríamos decir que es el precursor del formato panorámico actual de las fotografías o los vídeos.

El diorama, inventado por Louis Daguerre y Charles Bouton, era un espectáculo parecido al panorama en el que se exhibía un gran lienzo pintado por ambas caras. Sobre él incidía una luz que destacaba unas zonas frente a otras. Ante los ojos del espectador, el paisaje variaba en función del paso de las horas del día y la noche, las estaciones o los efectos provocados por un alud, la erupción de un volcán o un incendio, entre otros casos.

Por su parte, en el cosmorama, invención del abate piamontés Gazzera, las vistas eran contempladas a través de unos vidrios que tenían la propiedad de aumentar y alejar en apariencia los objetos visionados.

Sección transversal de la Rotonda de Leicester Square, donde se exhibió el panorama de Londres (1801).
Sección transversal de la Rotonda de Leicester Square, donde se exhibió el panorama de Londres (1801). Wikimedia Commons

Empiezan a moverse

Con la idea de dotarlos de mayor realismo, para que el público se sintiera inmerso en una escena genuina, estos espectáculos fueron incluyendo objetos, animales o actores que reprodujesen tridimensionalmente los detalles plasmados en dos dimensiones. Esto ampliaba un efecto que todavía puede disfrutarse, por ejemplo, en los dioramas diseñados por belenistas y pesebristas. En el siglo XIX, el sonido, los juegos de luces y sombras y la narración del exhibidor también eran fundamentales para completar la alucinación del público.

Con frecuencia, espectáculos como los panoramas móviles producían un simulacro de movimiento, un ligero desplazamiento, como si el espectador estuviese asomado a lo que pretendía ser la ventanilla de un tren o un barco. Al igual que en los modernos parques temáticos, la audiencia experimentaba la sensación de estar subiendo una montaña, navegando por un río, adentrándose en un tétrico cementerio o sufriendo los efectos de un terremoto, de una avalancha de nieve o de un gran incendio. A su vez, también podía sumergirse en una famosa batalla o verse colocado en medio de las ruinas de civilizaciones antiguas o exóticas, como Pompeya, Roma, Atenas o Pekín.

El asombro y la sorpresa eran indescriptibles. Sin embargo, en ocasiones, los espectadores salían de ellos con cierta sensación de náusea, vértigo e incluso vómitos, resultado de la experiencia que se vivía como si fuera un viaje real.

La montaña rusa

En 1770 el aristócrata Simon-Gabriel Boutin inauguró en París los jardines del Tívoli. Tras cerrar después de la muerte en la guillotina de su dueño, en 1795 volvieron a abrir sus puertas convertidos en un gran espectáculo. Lo hicieron de la mano del empresario Gérard Desrivières, que decidió incluir entre sus atracciones títeres, equilibrios sobre cuerda, proyecciones de linterna mágica –uno de los antecedentes del cine– y panoramas.

El Tívoli tuvo muchos dueños a lo largo de su historia. Tras Desrivières pasó a ser propiedad de Jean Henri Louis Greffulhe. Y, después de la muerte de este último, en 1826 sus herederos lo alquilaron al físico, aeronauta e ilusionista belga Étienne-Gaspard Robert (conocido profesionalmente como Robertson). Este Nouveau Tivoli contaba con fuegos pirotécnicos, ascensos en globo, y una variedad de espectáculos de linterna mágica y fantasmagorías –así conocidos por su temática y efecto terrorífico–. Pero además, Robertson decidió introducir atracciones mecánicas de velocidad conocidas en la época como montañas rusas.

En los años 60 y 70 del siglo XIX, estos espectáculos se convirtieron en fenómenos de masa, en muchas ocasiones incluidos entre los atractivos de las exposiciones nacionales o internacionales. El público podía sumergirse por unas horas en espacios y tiempos vinculados con los valores de una modernidad que apreciaba aquellas culturas distantes, exóticas o de excepcional valor patrimonial.

Así, podía viajar sin moverse del asiento, y contemplar pequeños mundos que hoy siguen atrayendo a las masas convocadas por los más famosos parques temáticos. El italiano Nicolino Calyó era pintor de panoramas móviles y cosmoramas en los que se ofrecían “viajes a pie quieto”, es decir, un paseo visual por diversos lugares del mundo sin abandonar el local de exhibición. Calyó, después de haber recorrido Europa y América exponiendo sus cuadros, acabó instalándose con su familia en Broadway, donde triunfó con estos espectáculos con acompañamiento de piano.

Al revisar sus creaciones, y las de otros como él, podemos detectar en ellas un antecedente artístico de la utilización de la IA generativa en el cine, que ya se puede ver en obras visuales como PLSTC (Laen Sanches), The Frost (Stephen Parker / Waymark) y Here, de Robert Zemeckis.

Aunque el formato elegido sea diferente, existe un vínculo común en el hecho de combinar el uso de la técnica y las artes. Con ello, estos proyectos buscan crear realidades inexistentes, metaversos dotados de un efecto de ilusión tan potente que el espectador de hoy, como el de siglos atrás, se crea inmerso en un mundo real.


¿Quiere recibir más artículos como este? Suscríbase a Suplemento Cultural y reciba la actualidad cultural y una selección de los mejores artículos de historia, literatura, cine, arte o música, seleccionados por nuestra editora de Arte + Humanidades Claudia Lorenzo.


The Conversation

Marieta Cantos Casenave no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

Con el gasóleo disparado, para qué puede servir que el BCE suba los tipos (y para qué no)

Sede del Banco Central Europeo en Fráncfort (Alemania). nitpicker/Shutterstock

Cuando se incrementa el precio de la energía, los bancos centrales tienen un problema: subir los tipos enfría la economía pero no produce petróleo, gasóleo ni capacidad de refino. Si se espera que el encarecimiento sea transitorio, pueden aceptar el salto del IPC y esperar a que se disipe. El problema es que la capacidad de refino tarda años en reponerse.

El Consejo de Gobierno del BCE decide este jueves si sube los tipos para la eurozona, tras mantenerlos en el 2,25 % el pasado mes de julio. Los mercados dan casi por descontada una subida de 25 puntos básicos y el Brent vuelve a rondar los 100 dólares al mantenerse los ataques entre Estados Unidos e Irán, y con Ormuz todavía bloqueado.

La lectura automática es que un shock energético exige endurecer la política monetaria. Pero un detalle cambia el diagnóstico: pese al desplome del crudo de los últimos meses, el gasóleo no ha bajado por la subida de los márgenes de refino. Ese margen tampoco ha cedido ahora que el crudo vuelve a subir. Los inventarios de destilados cerraron agosto un 14 % por debajo de su media de cinco años. El cuello de botella ya no está solo en el pozo, sino en la capacidad de convertir crudo en gasóleo.


Leer más: Sobra petróleo en los mercados pero faltan refinerías, por eso no baja el precio del gasóleo


Una tormenta sobre un sistema sin colchón

Ante un shock energético transitorio, la teoría monetaria no prescribe necesariamente una subida de tipos. Puede ser óptimo aceptar un incremento en los precios en vez de provocar una caída en la actividad económica. El BCE lo formula con más matices: importan el origen, la magnitud y la persistencia de la presión inflacionaria, y un shock de oferta (un cambio repentino e inesperado que altera la capacidad de producción o los precios) exige, en principio, una respuesta más medida que uno de demanda.

Aunque la causa inmediata sí es bélica (hay plantas en Oriente Medio que siguen afectadas, las rusas encajan ataques ucranianos y Moscú llegó a suspender sus exportaciones de diésel), el golpe ha caído sobre un sistema con poca holgura porque, al verse afectado el refino, la corrección es más lenta. En Estados Unidos, dos cierres de refinerías en 2025 eliminaron alrededor de 400 000 barriles diarios y Europa lleva años cerrando y reconvirtiendo plantas. Sin colchón de refino, cada avería o parada se traslada con mucha más fuerza al precio.

Se siguen construyendo refinerías

Eso no significa que el mundo haya dejado de construir refinerías. La Agencia Internacional de la Energía prevé 4,2 millones de barriles diarios de nueva capacidad mundial hasta 2030, sobre todo en Asia y Oriente Medio. Europa, por su parte, tiene un problema geográfico y de calendario: una refinería tarda años en construirse y necesita décadas para amortizarse, mientras que con la transición energética se presupone una caída estructural de la demanda. Más que decir que la transición crea la escasez, conviene hablar de un riesgo de secuencia: la de retirar la capacidad antes de que desaparezca la demanda.

El sector del refino reacciona exprimiendo sus plantas, desviando la producción hacia los derivados más rentables o aplazando las labores de mantenimiento. También se pueden reincorporar plantas dañadas, aumentar las importaciones o hacer pequeñas ampliaciones. Pero reconstruir un sector local a medio desmantelar es lento, intensivo en capital y arriesgado económicamente hablando.

El riesgo de apretar demasiado

Frente a esas circunstancias, los tipos son un instrumento romo. La demanda de carburante es muy rígida: los estudios para España y la UE muestran que si el precio sube un 10 %, el consumo apenas cae entre medio punto y punto y medio. El margen de refino baja cuando aumenta la oferta efectiva de productos refinados respecto de la demanda. El tipo de interés actúa sobre todo sobre este último término: para abaratar el gasóleo mediante la política monetaria hay que destruir demanda (subiendo los tipos) hasta hacerla encajar con una oferta escasa.

Además, encarecer el crédito no es neutral para la oferta futura. Un modelo teórico muestra que ante una perturbación en la oferta, un endurecimiento que deprima la inversión puede reducir la productividad y prolongar parte de la presión en los costes.

Lo que sí está en su mano

Esto no significa que el BCE deba quedarse quieto: debe precisar para qué sirven sus medidas. La persistencia juega en dos sentidos: cuanto más dura el cuello de botella, menos pueden los tipos eliminar su causa física, pero más tiempo tiene el encarecimiento para propagarse. El problema monetario aparece cuando se produce el efecto contagio y el shock comienza a afectar a los salarios, la fijación general de precios y las expectativas de los consumidores.

Ahí sí puede actuar el BCE explicando que una subida en los precios provocada inicialmente por el encarecimiento del refino no demuestra por sí sola que haya inflación persistente. Así, evita que hogares y empresas extrapolen la situación al negociar salarios, márgenes y contratos. Christine Lagarde, presidenta del BCE, lo resumió en marzo al señalar que la política monetaria no puede bajar los precios de la energía, pero sí debe identificar cuándo empiezan a desbordarse hacia una inflación generalizada.

También puede reconocer lo que no le corresponde. Los instrumentos contra una escasez física están en otras manos: permisos, mantenimiento, decisiones sobre cierres y reconversiones, diversificación de suministros y una política de demanda que reduzca el consumo al ritmo al que se retira la oferta. Un banco central que subraya sus límites evita que se le exija lo imposible.

Subidas de precios

Los datos de agosto lo ilustran bien. La inflación de la eurozona saltó al 3,3 %, con la energía subiendo un 14,3 %. Pero la inflación subyacente (que no toma en cuenta los precios de la energía ni de los alimentos frescos) fue del 2,4 %, y la inflación solo sin considerar los precios de la energía se mantuvo en el 2,2 %.

En España, el IPC subió al 4,3 % empujado por los carburantes, mientras que la inflación subyacente fue del 2,9 %.

Un análisis del BCE publicado el 1 de septiembre concluye que, hasta mayo, el repunte de inflación de 2026 se explicaba casi enteramente por shocks adversos de oferta energética.

La distinción no es académica. El desacuerdo ya no consiste tanto en decidir si el shock es de oferta como en juzgar cuánto durará y hasta dónde se propagará. La mayoría de expertos esperan una subida en septiembre y después una pausa.

Un seguro, no un remedio

El BCE puede evitar que el problema se extienda pero no puede fabricar la capacidad de refino que falta.

Con los datos de agosto, una subida del 0,25 % puede defenderse como un seguro contra un contagio que aún parece limitado. Pero eso no justifica una secuencia automática de subidas mientras el IPC general siga alto: el remedio debe calibrarse contra la propagación del shock, no contra el precio del gasóleo que lo originó.

El precio del crudo volverá a bajar cuando la geopolítica y la oferta lo permitan, pero el margen de refino no tiene por qué ir al mismo ritmo. Ninguna decisión tomada en Fráncfort levanta una refinería: su función es impedir que un cuello de botella industrial termine reescribiendo los salarios, los precios y las expectativas de toda la economía europea.

The Conversation

Enrique Parra Iglesias no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

Noise exposure is linked to chronic stress and heart disease. It’s time to make peace and quiet a public health right

Kazantseva Olga/Shutterstock

Has your phone ever died very quickly, despite you barely using it? Sometimes, the explanation is simple: dozens of apps running in the background constantly drain the battery. Something similar happens within our bodies, as almost all of us live with an app installed by default that never closes: noise.

This invisible aggressor is not just a physical phenomenon that can be measured in decibels – it is a subjective, cultural experience. As philosopher Byung-Chul Han points out, our society has pushed silence to the margins, replacing it with a constant state of hyper-attention that keeps the body in a state of low-level alertness. What begins as a sensory stimulus ends up fuelling a crisis of attention and biological rest.

Human beings evolved to interpret sounds as signals of danger or relevant information. For millennia, hearing the crack of a branch was all that stood between survival and dying at the hands of a predator, but over just a few decades our soundscape has changed radically. Traffic, construction, constant notifications and urban hum have created a perpetual soundscape, and our bodies have simply not had enough evolutionary time to adapt to this barrage.


Leer más: A new study has linked traffic noise and pollution to infertility - but the effects differed for men and women


For years, research focused on hearing health, and with good reason – noise is the second leading cause of hearing loss worldwide. In recent decades, “recreational” noise exposure has come to the fore, particularly prolonged headphone use among young people.

But the most significant change in modern science is not just about the amount of noise, but how we experience it. Noise is no longer understood solely as a problem that affects hearing, it is also recognised as a systemic environmental pollutant. Transport noise is now one of the leading environmental cause of illness in Europe, second only to air pollution.

The human body does not process all sounds in the same way. Below a physiological threshold of around 60 decibels (a normal conversation), the body keeps its balance. But above this limit, the nervous system interprets the sound stimulus as a threat and triggers the instinctive fight-or-flight response.

The sound itself does not matter. Whether it is a motorbike or a distant siren, the brain perceives it as a potential danger, meaning any sound over the threshold activates the hypothalamic-pituitary-adrenal axis. This triggers a sustained release of cortisol and adrenaline, the stress hormones that put us into survival mode.


Leer más: Superblocks: Barcelona’s car-free zones could extend lives and boost mental health


Impacts on the heart and gut

When this survival mechanism is chronically activated, health suffers. Continued noise exposure raises the heart rate and blood pressure, increasing the risk of high blood pressure, heart attack and stroke.

The effects also extend into unexpected areas, including the gut microbiota. Recent research suggests that the vast ecosystem of bacteria living inside us is particularly sensitive to our environment and behaviour, and chronic stress caused by noise could disrupt the balance of this ecosystem. This causes what scientists call “dysbiosis”: a kind of bacterial mutiny, where beneficial bacteria populations decline and harmful ones take over.

Even while we sleep, the brain does not switch off. It continues to process sounds and keep the body in a state of micro-alertness that disrupts our rest. This lack of night-time recovery is the ideal breeding ground for oxidative stress and systemic inflammation, which are linked to metabolic diseases such as type 2 diabetes.

The luxury of silence

Our senses are closely linked to our health, but access to peace and quiet is not distributed equally. In Spain, for instance, 83.9% of people live in urban areas, and noise exposure is determined by postcode – the most densely populated areas are subject to a constant barrage of noise, making them epicentres of vulnerability.

Noise is therefore a matter of social inequality. Less well-off people not only breathe poorer air, but also live in noisier environments that prevent their bodies from healing and resting.

The solution is not just external. A body already under stress from emotional factors or poor diet is more vulnerable to noise pollution, meaning nutrition can make a difference. Diet cannot, of course, silence noise, but antioxidants and essential nutrients can boost our stress tolerance, protecting sensitive tissues and strengthening the resilience of the gut ecosystem.


Leer más: Car-free streets reduce noise and air pollution. More cities should have them


Turning down the volume

The fight against noise pollution requires public policies: reducing traffic, improving sound insulation in homes, and building green spaces that act as refuges. A cultural shift is also needed. Revaluing silence means recognising it as a vital biological resource.

On an individual level, we can take small steps to improve our “sound diet”. These include silencing unnecessary notifications, or carving out moments of complete disconnection during the day.

In a society that prioritises speed and excess, silence becomes a subversive act. It is not about eliminating sound altogether, but about restoring balance. The most important question is not how much noise we can tolerate, but how much silence we need to be truly healthy.

In a world that pushes us to be constantly connected, rediscovering silence is the best possible way to recharge. We must learn to consciously close the app draining our energy in the background, and remember that silence is not a system error – it is the only state in which our operating systems can truly rest and reboot.

In cities where silence can only be enjoyed by a privileged few, peace and quiet ceases to be a personal choice. Instead, it becomes a public health right, one that must be protected and prioritised on all levels.


A weekly e-mail in English featuring expertise from scholars and researchers. It provides an introduction to the diversity of research coming out of the continent and considers some of the key issues facing European countries. Get the newsletter!


The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

¿Frustrado con su banco? Por qué la IA es mejor que las encuestas para entender las quejas de los clientes

jkcDesign/Shutterstock

Todos nos hemos visto en la misma situación: tras una llamada telefónica con nuestro banco para solventar un problema, una voz automatizada nos pide que respondamos a una breve encuesta (por ejemplo: “¿Recomendaría nuestro servicio a un familiar o conocido? Responda del 1 al 10”).

Esta aparente simple pregunta es en realidad una métrica, el Net Promoter Score o índice de promotores neto (NPS). Junto con los cuestionarios tradicionales, es el modo más habitual en que los bancos miden la satisfacción de sus usuarios.

Sin embargo, es un procedimiento muy limitado para reflejar la experiencia real del cliente. No capta las emociones, los matices ni los verdaderos motivos de frustración o satisfacción que espontáneamente surgen en las llamadas.

Ahora, en un contexto en el que la inteligencia artificial está en todo su apogeo, es posible mejorar las estrategias de marketing mediante el análisis masivo de conversaciones telefónicas reales.

‘Valore del 1 al 10’: un modelo agotado

Los productos bancarios están cada vez más estandarizados y son más accesibles digitalmente. Por tanto, la ventaja competitiva de una entidad ya no depende tanto de sus productos sino de la calidad de su servicio. Se estima que las malas experiencias en la atención explican aproximadamente el 20 % del abandono de clientes en este sector.

El carácter estático de las métricas limita el proceso de medición de la satisfacción de los clientes, pues se pierde la interacción entre el usuario y el banco. Además, hay un sesgo de auto-selección, pues estas encuestas suelen reflejar las percepciones de una pequeña proporción de clientes (los muy satisfechos o los extremadamente enfadados).

Los primeros modelos de análisis de texto (que procesan y extraen información de valor de grandes volúmenes de datos lingüísticos no estructurados) tampoco han resuelto el problema, ya que se pierde la riqueza lingüística de las personas, reduciéndola a etiquetas cerradas como “Satisfecho” o “Insatisfecho”, y no captan el contexto de la queja.


Leer más: La inteligencia artificial enseña a las empresas a participar en las redes sociales


‘Escucha’ a gran escala: aprendizaje automático e IA generativa

Hemos creado un modelo de análisis de la experiencia de clientes bancarios combinando el aprendizaje competitivo con la inteligencia artificial generativa cuyo funcionamiento se divide en tres etapas:

  1. Las transcripciones de texto de las llamadas telefónicas se limpian de ruidos (como muletillas o risas) y anonimizan para cumplir con la normativa de privacidad de datos del sector bancario.

  2. El sistema organiza las conversaciones en grupos temáticos de forma automatizada y transparente mediante un algoritmo de aprendizaje competitivo.

  3. Se aplica un modelo de IA generativa de generación aumentada por recuperación (que le permite buscar información actualizada, reduciendo errores y aportando datos precisos) y reordenación semántica (que le permite entender el contexto y la intención del lenguaje humano).

Estas herramientas permiten que los analistas interroguen al sistema haciendo preguntas en lenguaje natural. Por ejemplo: “¿Cuáles fueron los principales motivos de insatisfacción este mes?”. También, pueden recibir al instante respuestas detalladas basadas directamente en la evidencia de las llamadas reales.

Aplicamos nuestra herramienta a 10 062 406 de conversaciones telefónicas entre clientes y agentes, recogidas mensualmente por una institución financiera durante dos años.

Menos quejas, más autonomía y más eficiencia

¿Qué mejora nuestro modelo cuando analiza millones de horas de conversación? Básicamente, la capacidad de extraer las necesidades explícitas de los usuarios. No solo diagnostica el descontento, sino que proporciona el conocimiento para erradicarlo.

Detecta con precisión los problemas reales que llevan al cliente a llamar a la entidad. Así, los analistas bancarios pueden rediseñar las aplicaciones móviles y los canales digitales para poder reducir las quejas.

A continuación, exponemos de manera gráfica un ejemplo de la interfaz sobre cómo se pregunta y se genera la respuesta:

Se puede observar su gran capacidad de detectar aquellos problemas que provocarían llamadas recurrentes a los centros de atención al cliente. Esto permite rediseñar más eficientemente los servicios digitales y las funcionalidades de autoservicio. De este modo, se fomenta la autosuficiencia del cliente al permitirle resolver sus gestiones de forma independiente y sencilla. Al reducir su esfuerzo, aumenta drásticamente la lealtad y confianza del usuario hacia su entidad.

Además, la retroalimentación continua del sistema permite que los bancos identifiquen nuevos problemas, se anticipen a la insatisfacción y diseñen y rediseñen intervenciones específicas. Así, se mejora tanto la eficiencia operativa como la calidad de la relación. Todo esto provoca nuevamente una reducción significativa de llamadas telefónicas asistidas. Como resultado, se disminuye sensiblemente tanto la carga de trabajo de los agentes como los costes operativos para la empresa.

Más de diez millones de llamadas

La efectividad de la herramienta se demostró con una doble auditoría. Primero, por analistas expertos que otorgaron al sistema puntuaciones sobresalientes (alrededor de 5 sobre un máximo de 5). Por otro lado, hicimos una validación cruzada para comparar las respuestas del modelo con las de otros sistemas de inteligencia artificial como Gemini y DeepSeek. Los niveles de coincidencia semántica fueron superiores al 90 % y 85 % respectivamente.

Además de los buenos resultados en términos de análisis de las respuestas de los clientes, nuestro sistema demostró una mejor eficiencia computacional, al reducir los tiempos de ejecución y los costes en la nube, alineándose con los objetivos de sostenibilidad energética de las organizaciones.

Con la integración del aprendizaje automático y los modelos lingüísticos, el futuro de la experiencia bancaria ya no se decidirá rellenando casillas del 1 al 10, sino escuchando con inteligencia lo que los clientes dicen.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

La selección: la inteligencia humana es un artículo de lujo

Querido lector, querida lectora:

Lo que tiene entre las manos, delante de los ojos, en la pantalla, cada vez que entra en The Conversation, es un artículo de lujo. Dada la invasión de contenidos fabricados con inteligencia artificial en los medios de comunicación, es un verdadero privilegio poder acceder a una plataforma donde los autores son expertos de carne y hueso.

Porque, por si alguien tenía dudas a estas alturas, en The Conversation en español no admitimos artículos escritos con IA. Huelga decir que sería una falta de respeto pretender que lectores y editoras dedicáramos más tiempo a leer un texto del que su supuesto autor ha invertido en escribirlo. No vamos a entrar en debates sobre la capacidad de la máquina para redactar y fundamentar la información, ni sobre lo eficiente y rápido que es que lo haga, sobre eso de que luego será supervisado por la persona que va a firmarlo… ni sobre sus sesgos, ni sobre su contribución al empobrecimiento del lenguaje.

Lo que pasa es que preferimos apostar por las sofisticadas, sorprendentes e inigualables habilidades de expresión y de creatividad del cerebro humano.

Y es que nuestros autores, antes que investigadores o profesores de universidad, son personas. Eso significa que parten de su experiencia real –fruto de su interacción física con el entorno– y de una motivación propia –casi siempre cambiar el mundo para mejor con sus investigaciones–. Son dos cosas que una IA no puede tener.

Un algoritmo nunca se ha bañado en ese mar sin el que no podría vivir el biólogo Antonio Figueras, cronista de las maravillas y peligros que acechan al océano, como la muerte de toneladas de mejillones en Galicia este año. También vive cerca de una playa preciosa nuestra autora Paula Lamo, escritora de relatos de ficción e ingeniera decidida a hacernos entender que el aprendizaje automático no es nada sin un soporte físico para existir, con sus exigencias de energía y materias primas.

Otra cosa que no puede hacer la IA es dar a luz, como sí ha hecho Cristina de Juana, que además de madre es arqueóloga convencida de que ayudarnos unos a otros es el mejor camino y autora de un artículo sobre el parto asistido en la prehistoria. Tampoco puede emocionarse mirando al cielo, como le ocurre al astrofísico Miguel Ángel Aloy, cuando nos habla de lo que podrá ver el telescopio Nancy Grace Roman. ¿Y creen que a un chatbot le importa si protegemos nuestra privacidad cuando jugamos a videojuegos? Ni de lejos tanto como a Marta Beltrán, informática experta en protección de datos. Por la misma razón, un modelo de lenguaje nunca se irá al campo a tumbarse en un escondite a la espera de fotografiar una libélula, joya viva de la prehistoria, como han hecho la bióloga Patricia Casanueva y el ingeniero agroforestal Luis Fernando Sánchez.

Así podría seguir citando a todos nuestros queridos autores, con las peculiaridades y el corazoncito de cada uno, si no fuera porque nuestra compañera Claudia Lorenzo –que además de editora de Cultura es el hada madrina que les lleva cada sábado a su buzón La selección– está harta de decirnos que no nos pasemos de 500 palabras.

Con cariño, les deseo que sigan disfrutando de su producto de lujo.

The Conversation

En el trabajo, la edad importa pero la antigüedad también

La comunicación interna se ha convertido en una función estratégica dentro de las organizaciones. Con los años, ha pasado de ser una vía de transmisión de información a ser una vía de creación de significado para los trabajadores.

Una comunicación interna de calidad se vincula con la satisfacción laboral y el compromiso. Si funciona eficazmente, los empleados se sienten más integrados, actúan como embajadores de la marca y promueven los valores de la organización ante públicos externos.

Sin embargo, la percepción de esta comunicación es un proceso muy subjetivo, que se ve influenciado, entre otros factores, por la diversidad de la plantilla. Esto sugiere que la misma estrategia de comunicación puede ser recibida de manera diferente según el grupo o el contexto organizacional.

Ni muy nuevos ni muy viejos

Cuando una empresa quiere mejorar su comunicación interna, suele pensar primero en los recién llegados: manuales de bienvenida, sesiones de acogida, tutorías para los primeros meses. Tiene sentido: son quienes más dudas tienen. Pero una investigación reciente apunta a que esta atención puede dejar un punto ciego sin atender: los trabajadores con entre 1 y 15 años de antigüedad.

En la organización analizada, la valoración de la comunicación interna por parte de los trabajadores varía bastante según su antigüedad. No son los recién llegados los que se muestran más críticos, ni tampoco los veteranos con décadas de vinculación. Son, sobre todo, esas personas que llevan trabajando en la empresa entre 1 y 15 años (precisamente el grupo que suele representar el grueso de cualquier plantilla).

La satisfacción laboral no es igual en todas las etapas

Encuestamos a 249 trabajadores –personal docente e investigador y personal de administración y servicios– de una universidad catalana. Para ello, utilizamos un cuestionario validado que mide ocho dimensiones distintas de la satisfacción comunicativa: desde el feedback recibido hasta la calidad de las reuniones, pasando por la transparencia sobre las decisiones de la organización.

Los empleados con menos de un año de antigüedad fueron, con diferencia, los más satisfechos. Ellos reciben información constante durante la incorporación. Además, todavía no han tenido tiempo de que sus expectativas se confronten con el día a día. A partir de ahí, la satisfacción tiende a moderarse pero vuelve a subir ligeramente entre quienes llevan más de 15 años.

Este fenómeno no es nuevo en la investigación sobre el mundo laboral: se conoce como efecto resaca. La luna de miel de los primeros meses da paso a un choque entre lo que se esperaba de la organización y lo que realmente se vive.

Dos relojes distintos: edad y antigüedad

Una segunda idea del estudio tiene que ver con algo que muchas organizaciones dan por sentado: que edad y antigüedad son más o menos lo mismo. No lo son y tratarlas como si lo fueran oculta información valiosa.

En nuestro estudio vemos cómo la edad define la manera en que prefiere comunicarse el trabajador: qué canales le resultan cómodos, qué formatos entiende como cercanos. En cambio, la antigüedad tiene que ver más con la experiencia acumulada dentro de la organización y con cuánto se ha ido puliendo la mirada crítica sobre si lo que la organización dice se corresponde con lo que hace.

Esta distinción se ve con claridad en los datos obtenidos. Los empleados mayores de 55 años puntúan peor la comunicación informal y la calidad de los canales digitales. No puntúan peor en transparencia, ni en si se sienten parte de la organización, ni en la utilidad de las reuniones.

Esto es importante pues no se trata de que los séniors perciban una organización menos transparente, sino de que los canales disponibles no siempre encajan con sus hábitos comunicativos. No es una cuestión de habilidad digital sino de preferencias. Muchos trabajadores de más edad valoran el contacto directo o el correo electrónico por encima de canales más informales o novedosos.

Respecto a la antigüedad, en cambio, la disconformidad se asocia con dimensiones más estratégicas: la información sobre el funcionamiento de la organización, el ambiente comunicativo general, la calidad de las reuniones. Son aspectos de fondo, no de forma.

En conclusión, dos empleados de la misma edad, pero con antigüedades distintas, pueden necesitar vías de comunicación completamente diferentes. Y dos empleados con la misma antigüedad, pero de generaciones diferentes, pueden estar de acuerdo en el fondo, aunque prefieran canales opuestos de comunicación.

Por qué esto puede ser importante

Una política de comunicación interna pensada solo para la acogida de nuevos empleados deja fuera a un grupo de trabajadores potencialmente numeroso que, en este estudio, muestra los niveles más bajos de satisfacción comunicativa.

Esto no significa que se deban abandonar los programas de bienvenida, sino complementarlos con mecanismos pensados para quienes ya llevan un tiempo dentro. Son necesarios espacios de feedback estructurado, mayor transparencia sobre los cambios organizativos, o programas de mentoría. Con estos últimos se aprovecha el conocimiento de los empleados más veteranos para acompañar a quienes están en el intermedio de la travesía.

Estos programas no tienen por qué ser formales ni costosos. A veces basta con emparejar a un empleado de mitad de carrera con alguien de mayor trayectoria para conversaciones periódicas, sin una estructura rígida.

También conviene revisar qué combinación de canales funciona mejor para los distintos colectivos. No se trata de renunciar a las herramientas digitales, sino de mantener alternativas que sigan siendo accesibles para quienes las prefieren.

Una pérdida de talento

Lo que este estudio deja claro es que la comunicación interna no puede diseñarse pensando en una plantilla uniforme. Edad y antigüedad marcan experiencias distintas y quienes llevan entre 1 y 15 años en la organización –la mayoría, en cualquier plantilla– merecen tanta atención como los recién llegados. Ignorar ese punto ciego tiene un coste, pues es allí donde es mayor el desajuste entre lo que se promete y lo que se vive dentro de la organización. Y donde más se juega la confianza a largo plazo.

Como toda fotografía tomada en un momento concreto, este estudio no puede predecir cómo evolucionará la satisfacción de una persona a lo largo de su carrera, pero sí señalar hacia dónde debe mirar una organización que quiera que su comunicación interna abarque a la mayoría de su plantilla.

Al final, hay un coste económico y organizacional en este tema: la rotación es cara, y quien decide marcharse casi nunca lo hace únicamente por el sueldo, sino porque deja de sentir que la organización le toma en cuenta. Además, cada salida supone una pérdida de talento y de conocimiento acumulado que no siempre es fácil de reemplazar.

Perder a alguien que ya lleva años arraigado en la empresa, precisamente porque su sentido de pertenencia y su compromiso empiezan a resentirse, es algo que las organizaciones deberían esforzarse por evitar.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

❌