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La selección: la inteligencia humana es un artículo de lujo

Querido lector, querida lectora:

Lo que tiene entre las manos, delante de los ojos, en la pantalla, cada vez que entra en The Conversation, es un artículo de lujo. Dada la invasión de contenidos fabricados con inteligencia artificial en los medios de comunicación, es un verdadero privilegio poder acceder a una plataforma donde los autores son expertos de carne y hueso.

Porque, por si alguien tenía dudas a estas alturas, en The Conversation en español no admitimos artículos escritos con IA. Huelga decir que sería una falta de respeto pretender que lectores y editoras dedicáramos más tiempo a leer un texto del que su supuesto autor ha invertido en escribirlo. No vamos a entrar en debates sobre la capacidad de la máquina para redactar y fundamentar la información, ni sobre lo eficiente y rápido que es que lo haga, sobre eso de que luego será supervisado por la persona que va a firmarlo… ni sobre sus sesgos, ni sobre su contribución al empobrecimiento del lenguaje.

Lo que pasa es que preferimos apostar por las sofisticadas, sorprendentes e inigualables habilidades de expresión y de creatividad del cerebro humano.

Y es que nuestros autores, antes que investigadores o profesores de universidad, son personas. Eso significa que parten de su experiencia real –fruto de su interacción física con el entorno– y de una motivación propia –casi siempre cambiar el mundo para mejor con sus investigaciones–. Son dos cosas que una IA no puede tener.

Un algoritmo nunca se ha bañado en ese mar sin el que no podría vivir el biólogo Antonio Figueras, cronista de las maravillas y peligros que acechan al océano, como la muerte de toneladas de mejillones en Galicia este año. También vive cerca de una playa preciosa nuestra autora Paula Lamo, escritora de relatos de ficción e ingeniera decidida a hacernos entender que el aprendizaje automático no es nada sin un soporte físico para existir, con sus exigencias de energía y materias primas.

Otra cosa que no puede hacer la IA es dar a luz, como sí ha hecho Cristina de Juana, que además de madre es arqueóloga convencida de que ayudarnos unos a otros es el mejor camino y autora de un artículo sobre el parto asistido en la prehistoria. Tampoco puede emocionarse mirando al cielo, como le ocurre al astrofísico Miguel Ángel Aloy, cuando nos habla de lo que podrá ver el telescopio Nancy Grace Roman. ¿Y creen que a un chatbot le importa si protegemos nuestra privacidad cuando jugamos a videojuegos? Ni de lejos tanto como a Marta Beltrán, informática experta en protección de datos. Por la misma razón, un modelo de lenguaje nunca se irá al campo a tumbarse en un escondite a la espera de fotografiar una libélula, joya viva de la prehistoria, como han hecho la bióloga Patricia Casanueva y el ingeniero agroforestal Luis Fernando Sánchez.

Así podría seguir citando a todos nuestros queridos autores, con las peculiaridades y el corazoncito de cada uno, si no fuera porque nuestra compañera Claudia Lorenzo –que además de editora de Cultura es el hada madrina que les lleva cada sábado a su buzón La selección– está harta de decirnos que no nos pasemos de 500 palabras.

Con cariño, les deseo que sigan disfrutando de su producto de lujo.

The Conversation

En el trabajo, la edad importa pero la antigüedad también

La comunicación interna se ha convertido en una función estratégica dentro de las organizaciones. Con los años, ha pasado de ser una vía de transmisión de información a ser una vía de creación de significado para los trabajadores.

Una comunicación interna de calidad se vincula con la satisfacción laboral y el compromiso. Si funciona eficazmente, los empleados se sienten más integrados, actúan como embajadores de la marca y promueven los valores de la organización ante públicos externos.

Sin embargo, la percepción de esta comunicación es un proceso muy subjetivo, que se ve influenciado, entre otros factores, por la diversidad de la plantilla. Esto sugiere que la misma estrategia de comunicación puede ser recibida de manera diferente según el grupo o el contexto organizacional.

Ni muy nuevos ni muy viejos

Cuando una empresa quiere mejorar su comunicación interna, suele pensar primero en los recién llegados: manuales de bienvenida, sesiones de acogida, tutorías para los primeros meses. Tiene sentido: son quienes más dudas tienen. Pero una investigación reciente apunta a que esta atención puede dejar un punto ciego sin atender: los trabajadores con entre 1 y 15 años de antigüedad.

En la organización analizada, la valoración de la comunicación interna por parte de los trabajadores varía bastante según su antigüedad. No son los recién llegados los que se muestran más críticos, ni tampoco los veteranos con décadas de vinculación. Son, sobre todo, esas personas que llevan trabajando en la empresa entre 1 y 15 años (precisamente el grupo que suele representar el grueso de cualquier plantilla).

La satisfacción laboral no es igual en todas las etapas

Encuestamos a 249 trabajadores –personal docente e investigador y personal de administración y servicios– de una universidad catalana. Para ello, utilizamos un cuestionario validado que mide ocho dimensiones distintas de la satisfacción comunicativa: desde el feedback recibido hasta la calidad de las reuniones, pasando por la transparencia sobre las decisiones de la organización.

Los empleados con menos de un año de antigüedad fueron, con diferencia, los más satisfechos. Ellos reciben información constante durante la incorporación. Además, todavía no han tenido tiempo de que sus expectativas se confronten con el día a día. A partir de ahí, la satisfacción tiende a moderarse pero vuelve a subir ligeramente entre quienes llevan más de 15 años.

Este fenómeno no es nuevo en la investigación sobre el mundo laboral: se conoce como efecto resaca. La luna de miel de los primeros meses da paso a un choque entre lo que se esperaba de la organización y lo que realmente se vive.

Dos relojes distintos: edad y antigüedad

Una segunda idea del estudio tiene que ver con algo que muchas organizaciones dan por sentado: que edad y antigüedad son más o menos lo mismo. No lo son y tratarlas como si lo fueran oculta información valiosa.

En nuestro estudio vemos cómo la edad define la manera en que prefiere comunicarse el trabajador: qué canales le resultan cómodos, qué formatos entiende como cercanos. En cambio, la antigüedad tiene que ver más con la experiencia acumulada dentro de la organización y con cuánto se ha ido puliendo la mirada crítica sobre si lo que la organización dice se corresponde con lo que hace.

Esta distinción se ve con claridad en los datos obtenidos. Los empleados mayores de 55 años puntúan peor la comunicación informal y la calidad de los canales digitales. No puntúan peor en transparencia, ni en si se sienten parte de la organización, ni en la utilidad de las reuniones.

Esto es importante pues no se trata de que los séniors perciban una organización menos transparente, sino de que los canales disponibles no siempre encajan con sus hábitos comunicativos. No es una cuestión de habilidad digital sino de preferencias. Muchos trabajadores de más edad valoran el contacto directo o el correo electrónico por encima de canales más informales o novedosos.

Respecto a la antigüedad, en cambio, la disconformidad se asocia con dimensiones más estratégicas: la información sobre el funcionamiento de la organización, el ambiente comunicativo general, la calidad de las reuniones. Son aspectos de fondo, no de forma.

En conclusión, dos empleados de la misma edad, pero con antigüedades distintas, pueden necesitar vías de comunicación completamente diferentes. Y dos empleados con la misma antigüedad, pero de generaciones diferentes, pueden estar de acuerdo en el fondo, aunque prefieran canales opuestos de comunicación.

Por qué esto puede ser importante

Una política de comunicación interna pensada solo para la acogida de nuevos empleados deja fuera a un grupo de trabajadores potencialmente numeroso que, en este estudio, muestra los niveles más bajos de satisfacción comunicativa.

Esto no significa que se deban abandonar los programas de bienvenida, sino complementarlos con mecanismos pensados para quienes ya llevan un tiempo dentro. Son necesarios espacios de feedback estructurado, mayor transparencia sobre los cambios organizativos, o programas de mentoría. Con estos últimos se aprovecha el conocimiento de los empleados más veteranos para acompañar a quienes están en el intermedio de la travesía.

Estos programas no tienen por qué ser formales ni costosos. A veces basta con emparejar a un empleado de mitad de carrera con alguien de mayor trayectoria para conversaciones periódicas, sin una estructura rígida.

También conviene revisar qué combinación de canales funciona mejor para los distintos colectivos. No se trata de renunciar a las herramientas digitales, sino de mantener alternativas que sigan siendo accesibles para quienes las prefieren.

Una pérdida de talento

Lo que este estudio deja claro es que la comunicación interna no puede diseñarse pensando en una plantilla uniforme. Edad y antigüedad marcan experiencias distintas y quienes llevan entre 1 y 15 años en la organización –la mayoría, en cualquier plantilla– merecen tanta atención como los recién llegados. Ignorar ese punto ciego tiene un coste, pues es allí donde es mayor el desajuste entre lo que se promete y lo que se vive dentro de la organización. Y donde más se juega la confianza a largo plazo.

Como toda fotografía tomada en un momento concreto, este estudio no puede predecir cómo evolucionará la satisfacción de una persona a lo largo de su carrera, pero sí señalar hacia dónde debe mirar una organización que quiera que su comunicación interna abarque a la mayoría de su plantilla.

Al final, hay un coste económico y organizacional en este tema: la rotación es cara, y quien decide marcharse casi nunca lo hace únicamente por el sueldo, sino porque deja de sentir que la organización le toma en cuenta. Además, cada salida supone una pérdida de talento y de conocimiento acumulado que no siempre es fácil de reemplazar.

Perder a alguien que ya lleva años arraigado en la empresa, precisamente porque su sentido de pertenencia y su compromiso empiezan a resentirse, es algo que las organizaciones deberían esforzarse por evitar.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

La literatura después del 11 de septiembre de 2001: del trauma global al conflicto local

Bomberos y periodistas en la zona cero de Nueva York tras el ataque del 11 de septiembre de 2001. Anthony Correia/Shutterstock

El 11 de septiembre de 2026 se cumplen 25 años de los atentados terroristas que destruyeron las Torres Gemelas de Nueva York. Desde entonces, la literatura ha intentado contar no solo lo que ocurrió aquel día, sino también cómo sus consecuencias transformaron la vida cotidiana y nuestra forma de entender la guerra, la seguridad y las fronteras.

En los días y meses posteriores a los atentados, periódicos y revistas culturales como The Guardian y Harper’s Magazine publicaron textos de reconocidos escritores para ayudar a interpretar unas imágenes que millones de personas habían contemplado casi en directo. Ian McEwan escribió sobre las últimas llamadas de las víctimas; Martin Amis reflexionó sobre la vulnerabilidad estadounidense; Paul Auster dejó unas notas tomadas aquel mismo día, y Don DeLillo analizó en diciembre el significado histórico y político del ataque. Estas intervenciones inmediatas anticiparon cuestiones que después desarrollarían en su ficción.

Del espectáculo televisivo al duelo

Las primeras novelas importantes sobre el 11-S se enfrentaron a una dificultad: los atentados ya parecían una ficción por su dimensión visual. El hombre del salto (2007), de Don DeLillo, comienza con un superviviente que camina entre los restos de las Torres Gemelas, y convierte una imagen contemplada globalmente en la experiencia corporal y desorientada de una persona:

“Ya no era una calle sino un mundo, un tiempo y un espacio de ceniza cayendo y casi noche. Caminaba hacia el norte por los escombros y el barro y pasaban junto a él personas que corrían tapándose la cara con una toalla o cubriéndose la cabeza con la chaqueta. Iban con pañuelos apretados contra la boca. Llevaban los zapatos en la mano, una mujer con un zapato en cada mano pasó corriendo junto a él. Iban corriendo y se caían, algunos de ellos, confusos y desmañados, con los cascotes derrumbándoseles en torno, y había gente que buscaba cobijo debajo de los coches”.

En Tan fuerte, tan cerca (2005), de Jonathan Safran Foer, la televisión, las fotografías, los sonidos y los objetos cotidianos ocupan un lugar central. Las obras no se limitan a reconstruir la destrucción de las torres: se centran en la ausencia, el duelo y la dificultad de recuperar una vida normal.

Paul Auster siguió un camino similar en Un hombre en la oscuridad (2008). Frente a la saturación de imágenes, estas ficciones devolvieron al acontecimiento una dimensión íntima. El atentado empezó a medirse por sus efectos en un matrimonio, en una familia o en una persona incapaz de olvidar lo visto en televisión.

Portada de los libros mencionados.
Planeta de Libros/Anagrama

Sin embargo, aquella primera respuesta tuvo sus límites. Una buena parte de la narrativa británica y estadounidense abordó el terrorismo desde las sociedades occidentales. Algunas obras reprodujeron, aun sin pretenderlo, la oposición entre “Occidente” y “el islam” del discurso oficial, mientras relegaban las posibles causas históricas y políticas de la violencia.

La guerra contra el terror, vista desde los márgenes

A medida que avanzaban las guerras de Afganistán e Irak, otras novelas ampliaron el campo de visión. El fundamentalista reticente (2007), de Mohsin Hamid; La casa de los sentidos (2008), de Nadeem Aslam, y Sombras quemadas (2009), de Kamila Shamsie, situaron el 11-S más allá de una tragedia exclusivamente estadounidense. Lo relacionaron con la migración, la ocupación militar, la islamofobia, la tortura y la pérdida de derechos.

En estas obras, un personaje musulmán puede convertirse en sospechoso en Nueva York o en Londres mientras su familia sufre las consecuencias de la guerra en Pakistán, Afganistán o Irak. La literatura muestra que la “guerra contra el terror” no se desarrolló solo en los campos de batalla: también se extendió a los aeropuertos, las aulas, los barrios y los lugares de trabajo.

Un hombre mira por la ventana mientras en el reflejo ve a las Torres Gemelas en llamas.
Riz Ahmed en una imagen de la adaptación cinematográfica de El fundamentalista reticente. Mirabai Films

En mi investigación doctoral propuse leer estas obras de ficción como literatura de la “glocalización”. La idea es sencilla: lo global nunca ocurre en abstracto, sino que se vive en un cuerpo, una casa o una ciudad. Sombras quemadas, por ejemplo, enlaza el bombardeo atómico de Nagasaki, la partición de la India, la Guerra Fría y la guerra contra el terror a través de dos familias. Las decisiones de los gobiernos terminan marcando la piel y las relaciones de personas concretas.

La economía y las finanzas completan esa mirada. Netherland, de Joseph O’Neill; El fundamentalista reticente y Kapitoil, de Teddy Wayne, relacionan terrorismo, finanzas, petróleo y especulación. Sus protagonistas se mueven cerca del centro financiero de Nueva York, pero sus decisiones repercuten en países y vidas alejados de Wall Street.

Madrid, Londres y París: el miedo se propaga

El marco político creado tras el 11-S también condicionó otros atentados. Después del 11 de marzo de 2004, la literatura española abordó los ataques a los trenes de Madrid desde la memoria, el duelo y la dificultad de representar una violencia que afectaba a la ciudad. Así ocurre en El mapa de la vida, de Adolfo García Ortega.

En Londres, Sábado (2005), de Ian McEwan, trasladó el miedo al terrorismo y el debate sobre la guerra de Irak a la vida cotidiana. Tras los atentados del 7 de julio de 2005, otras obras examinaron la vigilancia, la militarización y la sospecha dirigida a las comunidades musulmanas. Incendiary, de Chris Cleave, presenta una ciudad en la que el miedo nace tanto de la violencia como de su tratamiento político y mediático. Los ataques de París de noviembre de 2015 prolongaron este imaginario de ciudades europeas sometidas a una amenaza permanente.

Una violencia que no cesa

Con el paso de los años, la ficción se ha alejado del instante del atentado para ocuparse de las consecuencias convertidas en crónicas. Las novelas más recientes muestran conflictos interconectados, desplazamientos forzosos y personajes que ya no encuentran un regreso claro a casa. La guerra aparece como una red persistente de intervenciones, fronteras y negocios, no como un episodio cerrado.

La literatura posterior al 11-S no ofrece una interpretación única porque el trauma tampoco fue igual para todos. Desde las torres de Nueva York hasta los trenes de Madrid, el metro de Londres o las calles de París, la ficción ha desplazado la mirada del acontecimiento hacia sus consecuencias humanas. Ha convertido una historia global en historias locales y ha preguntado quién merece ser recordado, quién queda fuera de la imagen y qué significa vivir en una guerra interminable.

Leer el 11-S desde la literatura permite recordar que detrás de palabras como terrorismo, seguridad, mercado o guerra hay vidas concretas. También revela una paradoja vigente: las amenazas atraviesan las fronteras, pero las respuestas destinadas a garantizar la seguridad pueden erosionar derechos y libertades y generar nuevas formas de incertidumbre.


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Adriana Kiczkowski no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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