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Con el gasóleo disparado, para qué puede servir que el BCE suba los tipos (y para qué no)

Sede del Banco Central Europeo en Fráncfort (Alemania). nitpicker/Shutterstock

Cuando se incrementa el precio de la energía, los bancos centrales tienen un problema: subir los tipos enfría la economía pero no produce petróleo, gasóleo ni capacidad de refino. Si se espera que el encarecimiento sea transitorio, pueden aceptar el salto del IPC y esperar a que se disipe. El problema es que la capacidad de refino tarda años en reponerse.

El Consejo de Gobierno del BCE decide este jueves si sube los tipos para la eurozona, tras mantenerlos en el 2,25 % el pasado mes de julio. Los mercados dan casi por descontada una subida de 25 puntos básicos y el Brent vuelve a rondar los 100 dólares al mantenerse los ataques entre Estados Unidos e Irán, y con Ormuz todavía bloqueado.

La lectura automática es que un shock energético exige endurecer la política monetaria. Pero un detalle cambia el diagnóstico: pese al desplome del crudo de los últimos meses, el gasóleo no ha bajado por la subida de los márgenes de refino. Ese margen tampoco ha cedido ahora que el crudo vuelve a subir. Los inventarios de destilados cerraron agosto un 14 % por debajo de su media de cinco años. El cuello de botella ya no está solo en el pozo, sino en la capacidad de convertir crudo en gasóleo.


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Una tormenta sobre un sistema sin colchón

Ante un shock energético transitorio, la teoría monetaria no prescribe necesariamente una subida de tipos. Puede ser óptimo aceptar un incremento en los precios en vez de provocar una caída en la actividad económica. El BCE lo formula con más matices: importan el origen, la magnitud y la persistencia de la presión inflacionaria, y un shock de oferta (un cambio repentino e inesperado que altera la capacidad de producción o los precios) exige, en principio, una respuesta más medida que uno de demanda.

Aunque la causa inmediata sí es bélica (hay plantas en Oriente Medio que siguen afectadas, las rusas encajan ataques ucranianos y Moscú llegó a suspender sus exportaciones de diésel), el golpe ha caído sobre un sistema con poca holgura porque, al verse afectado el refino, la corrección es más lenta. En Estados Unidos, dos cierres de refinerías en 2025 eliminaron alrededor de 400 000 barriles diarios y Europa lleva años cerrando y reconvirtiendo plantas. Sin colchón de refino, cada avería o parada se traslada con mucha más fuerza al precio.

Se siguen construyendo refinerías

Eso no significa que el mundo haya dejado de construir refinerías. La Agencia Internacional de la Energía prevé 4,2 millones de barriles diarios de nueva capacidad mundial hasta 2030, sobre todo en Asia y Oriente Medio. Europa, por su parte, tiene un problema geográfico y de calendario: una refinería tarda años en construirse y necesita décadas para amortizarse, mientras que con la transición energética se presupone una caída estructural de la demanda. Más que decir que la transición crea la escasez, conviene hablar de un riesgo de secuencia: la de retirar la capacidad antes de que desaparezca la demanda.

El sector del refino reacciona exprimiendo sus plantas, desviando la producción hacia los derivados más rentables o aplazando las labores de mantenimiento. También se pueden reincorporar plantas dañadas, aumentar las importaciones o hacer pequeñas ampliaciones. Pero reconstruir un sector local a medio desmantelar es lento, intensivo en capital y arriesgado económicamente hablando.

El riesgo de apretar demasiado

Frente a esas circunstancias, los tipos son un instrumento romo. La demanda de carburante es muy rígida: los estudios para España y la UE muestran que si el precio sube un 10 %, el consumo apenas cae entre medio punto y punto y medio. El margen de refino baja cuando aumenta la oferta efectiva de productos refinados respecto de la demanda. El tipo de interés actúa sobre todo sobre este último término: para abaratar el gasóleo mediante la política monetaria hay que destruir demanda (subiendo los tipos) hasta hacerla encajar con una oferta escasa.

Además, encarecer el crédito no es neutral para la oferta futura. Un modelo teórico muestra que ante una perturbación en la oferta, un endurecimiento que deprima la inversión puede reducir la productividad y prolongar parte de la presión en los costes.

Lo que sí está en su mano

Esto no significa que el BCE deba quedarse quieto: debe precisar para qué sirven sus medidas. La persistencia juega en dos sentidos: cuanto más dura el cuello de botella, menos pueden los tipos eliminar su causa física, pero más tiempo tiene el encarecimiento para propagarse. El problema monetario aparece cuando se produce el efecto contagio y el shock comienza a afectar a los salarios, la fijación general de precios y las expectativas de los consumidores.

Ahí sí puede actuar el BCE explicando que una subida en los precios provocada inicialmente por el encarecimiento del refino no demuestra por sí sola que haya inflación persistente. Así, evita que hogares y empresas extrapolen la situación al negociar salarios, márgenes y contratos. Christine Lagarde, presidenta del BCE, lo resumió en marzo al señalar que la política monetaria no puede bajar los precios de la energía, pero sí debe identificar cuándo empiezan a desbordarse hacia una inflación generalizada.

También puede reconocer lo que no le corresponde. Los instrumentos contra una escasez física están en otras manos: permisos, mantenimiento, decisiones sobre cierres y reconversiones, diversificación de suministros y una política de demanda que reduzca el consumo al ritmo al que se retira la oferta. Un banco central que subraya sus límites evita que se le exija lo imposible.

Subidas de precios

Los datos de agosto lo ilustran bien. La inflación de la eurozona saltó al 3,3 %, con la energía subiendo un 14,3 %. Pero la inflación subyacente (que no toma en cuenta los precios de la energía ni de los alimentos frescos) fue del 2,4 %, y la inflación solo sin considerar los precios de la energía se mantuvo en el 2,2 %.

En España, el IPC subió al 4,3 % empujado por los carburantes, mientras que la inflación subyacente fue del 2,9 %.

Un análisis del BCE publicado el 1 de septiembre concluye que, hasta mayo, el repunte de inflación de 2026 se explicaba casi enteramente por shocks adversos de oferta energética.

La distinción no es académica. El desacuerdo ya no consiste tanto en decidir si el shock es de oferta como en juzgar cuánto durará y hasta dónde se propagará. La mayoría de expertos esperan una subida en septiembre y después una pausa.

Un seguro, no un remedio

El BCE puede evitar que el problema se extienda pero no puede fabricar la capacidad de refino que falta.

Con los datos de agosto, una subida del 0,25 % puede defenderse como un seguro contra un contagio que aún parece limitado. Pero eso no justifica una secuencia automática de subidas mientras el IPC general siga alto: el remedio debe calibrarse contra la propagación del shock, no contra el precio del gasóleo que lo originó.

El precio del crudo volverá a bajar cuando la geopolítica y la oferta lo permitan, pero el margen de refino no tiene por qué ir al mismo ritmo. Ninguna decisión tomada en Fráncfort levanta una refinería: su función es impedir que un cuello de botella industrial termine reescribiendo los salarios, los precios y las expectativas de toda la economía europea.

The Conversation

Enrique Parra Iglesias no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

Noise exposure is linked to chronic stress and heart disease. It’s time to make peace and quiet a public health right

Kazantseva Olga/Shutterstock

Has your phone ever died very quickly, despite you barely using it? Sometimes, the explanation is simple: dozens of apps running in the background constantly drain the battery. Something similar happens within our bodies, as almost all of us live with an app installed by default that never closes: noise.

This invisible aggressor is not just a physical phenomenon that can be measured in decibels – it is a subjective, cultural experience. As philosopher Byung-Chul Han points out, our society has pushed silence to the margins, replacing it with a constant state of hyper-attention that keeps the body in a state of low-level alertness. What begins as a sensory stimulus ends up fuelling a crisis of attention and biological rest.

Human beings evolved to interpret sounds as signals of danger or relevant information. For millennia, hearing the crack of a branch was all that stood between survival and dying at the hands of a predator, but over just a few decades our soundscape has changed radically. Traffic, construction, constant notifications and urban hum have created a perpetual soundscape, and our bodies have simply not had enough evolutionary time to adapt to this barrage.


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For years, research focused on hearing health, and with good reason – noise is the second leading cause of hearing loss worldwide. In recent decades, “recreational” noise exposure has come to the fore, particularly prolonged headphone use among young people.

But the most significant change in modern science is not just about the amount of noise, but how we experience it. Noise is no longer understood solely as a problem that affects hearing, it is also recognised as a systemic environmental pollutant. Transport noise is now one of the leading environmental cause of illness in Europe, second only to air pollution.

The human body does not process all sounds in the same way. Below a physiological threshold of around 60 decibels (a normal conversation), the body keeps its balance. But above this limit, the nervous system interprets the sound stimulus as a threat and triggers the instinctive fight-or-flight response.

The sound itself does not matter. Whether it is a motorbike or a distant siren, the brain perceives it as a potential danger, meaning any sound over the threshold activates the hypothalamic-pituitary-adrenal axis. This triggers a sustained release of cortisol and adrenaline, the stress hormones that put us into survival mode.


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Impacts on the heart and gut

When this survival mechanism is chronically activated, health suffers. Continued noise exposure raises the heart rate and blood pressure, increasing the risk of high blood pressure, heart attack and stroke.

The effects also extend into unexpected areas, including the gut microbiota. Recent research suggests that the vast ecosystem of bacteria living inside us is particularly sensitive to our environment and behaviour, and chronic stress caused by noise could disrupt the balance of this ecosystem. This causes what scientists call “dysbiosis”: a kind of bacterial mutiny, where beneficial bacteria populations decline and harmful ones take over.

Even while we sleep, the brain does not switch off. It continues to process sounds and keep the body in a state of micro-alertness that disrupts our rest. This lack of night-time recovery is the ideal breeding ground for oxidative stress and systemic inflammation, which are linked to metabolic diseases such as type 2 diabetes.

The luxury of silence

Our senses are closely linked to our health, but access to peace and quiet is not distributed equally. In Spain, for instance, 83.9% of people live in urban areas, and noise exposure is determined by postcode – the most densely populated areas are subject to a constant barrage of noise, making them epicentres of vulnerability.

Noise is therefore a matter of social inequality. Less well-off people not only breathe poorer air, but also live in noisier environments that prevent their bodies from healing and resting.

The solution is not just external. A body already under stress from emotional factors or poor diet is more vulnerable to noise pollution, meaning nutrition can make a difference. Diet cannot, of course, silence noise, but antioxidants and essential nutrients can boost our stress tolerance, protecting sensitive tissues and strengthening the resilience of the gut ecosystem.


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Turning down the volume

The fight against noise pollution requires public policies: reducing traffic, improving sound insulation in homes, and building green spaces that act as refuges. A cultural shift is also needed. Revaluing silence means recognising it as a vital biological resource.

On an individual level, we can take small steps to improve our “sound diet”. These include silencing unnecessary notifications, or carving out moments of complete disconnection during the day.

In a society that prioritises speed and excess, silence becomes a subversive act. It is not about eliminating sound altogether, but about restoring balance. The most important question is not how much noise we can tolerate, but how much silence we need to be truly healthy.

In a world that pushes us to be constantly connected, rediscovering silence is the best possible way to recharge. We must learn to consciously close the app draining our energy in the background, and remember that silence is not a system error – it is the only state in which our operating systems can truly rest and reboot.

In cities where silence can only be enjoyed by a privileged few, peace and quiet ceases to be a personal choice. Instead, it becomes a public health right, one that must be protected and prioritised on all levels.


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The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

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