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¿Quién cuida de las organizaciones? El trabajo que invisibiliza a las mujeres y frena su ascenso

Vanz Studio/Shutterstock

Cuando hablamos de desigualdad de mujeres y hombres en el empleo, solemos pensar en la brecha salarial, el techo de cristal o la penalización de la maternidad. Pero hay otros mecanismos menos visibles que también contribuyen a mantenerla.

Uno de ellos tiene que ver con el reparto de tareas dentro de las organizaciones y con el valor que se les atribuye.

En cualquier organización hay tareas imprescindibles: coordinar, organizar, tutorizar, resolver problemas o ayudar a otras personas. Aunque son necesarias y generan valor, no siempre cuentan para promocionar.

La economista Linda Babcock y sus colaboradoras denominaron a este fenómeno non-promotable work: trabajo que no da posibilidades de ascenso, es decir, tareas necesarias para la organización, pero que apenas contribuyen al reconocimiento y la progresión profesional de quien las realiza.

El concepto, aunque reciente, conecta con otras cuestiones como el trabajo emocional (la regulación de las emociones en el lugar de trabajo para cumplir con las normas o expectativas), el comportamiento de ciudadanía organizacional (una conducta individual y voluntaria no exigida por la empresa pero que mejora su eficiencia y funcionamiento) o el trabajo invisible (tareas esenciales, como el trabajo emocional, que no se reconocen ni compensan). Esto plantea una nueva pregunta clave: ¿quién realiza este trabajo y qué obtiene a cambio?

El non-promotable work también tiene género

Los estudios muestran que dicho trabajo recae con mayor frecuencia sobre las mujeres. Una serie de experimentos realizados en 2017 demuestra que responde a un doble mecanismo: las mujeres reciben más peticiones para asumir tareas que no contribuyen a la promoción profesional y también son más proclives a aceptarlas.

La teoría de los roles sociales ayuda a explicar este fenómeno. Las expectativas sociales siguen asociando a las mujeres con la cooperación, la empatía y la disponibilidad, mientras que a los hombres se les relaciona con la autonomía y la orientación a los resultados. Estos estereotipos también se reproducen en las organizaciones y pueden contribuir a que las mujeres sean percibidas como candidatas naturales para asumir tareas de apoyo, coordinación o servicio.

Pero la desigualdad no se explica únicamente porque a las mujeres se les pida asumir estas tareas con mayor frecuencia. También influye que suelen rechazarlas menos. Las expectativas de género influyen en lo que se espera del comportamiento de mujeres y hombres. Además, pueden generar reacciones negativas cuando se apartan de esas expectativas. A este fenómeno se le conoce como backlash.

De esta forma, se genera tensión: asumir demasiadas tareas de apoyo resta tiempo para actividades que sí cuentan para promocionar, pero rechazarlas puede afectar a la percepción de compromiso. Joan C. Williams y Mikayla Boginsky denominan tightrope bias (el sesgo de la cuerda floja) a esta situación: las mujeres deben equilibrar las expectativas de cooperación y disponibilidad con la asertividad asociada al liderazgo.

Una extensión laboral de la división tradicional del cuidado

El reparto de estas tareas puede entenderse también desde la economía de los cuidados. Dentro de las organizaciones, algunas actividades se asimilan a una forma de cuidar de la organización y de las personas que la integran.

El cuidado familiar y el non-promotable work no son lo mismo, pero comparten características: ambos son necesarios para que el sistema funcione, suelen ser poco visibles y recaen de forma desproporcionada sobre las mujeres.

A escala mundial, ellas dedican al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado 2,5 veces más horas al día que los hombres.

En Europa, los datos del Instituto Europeo para la Igualdad de Género (EIGE) confirman que este reparto desigual sigue siendo una fuente importante de desigualdad.

Cuando cuidar de las organizaciones tiene un coste profesional

El non-promotable work genera, ante todo, un problema de tiempo. Cada hora dedicada a coordinar, tutorizar, organizar o resolver tareas cotidianas es una hora menos para las actividades que impulsan las carreras profesionales.

Pero el coste no es únicamente temporal. También puede ser un coste de oportunidad.

No todas las tareas adicionales ofrecen las mismas posibilidades de visibilidad, reconocimiento o promoción. Algunas permiten demostrar capacidad de liderazgo, acceder a proyectos estratégicos o establecer relaciones con personas clave dentro de la organización. Otras, aunque sean necesarias para que todo funcione, apenas dejan huella en la trayectoria profesional.

Esta diferencia aparece también en investigaciones que distinguen entre office housework –las tareas necesarias para que el día a día funcione– y office glamour work, proyectos más visibles y estratégicos, y con mayor potencial para impulsar una carrera.

Los resultados muestran que las mujeres realizan más tareas del primer tipo y tienen menos acceso a las del segundo. Por tanto, el problema no es solo hacer más tareas que no promocionan. También tener menos oportunidades de realizar otras que sí pueden impulsar su carrera.

Esto genera un coste de oportunidad claro: estas tareas consumen un recurso escaso (el tiempo) y desplazan funciones que sí reciben reconocimiento y recompensa en las organizaciones.

Valoración desigual

Pero también importa cómo se valora ese trabajo. Un estudio sobre office housework encontró que este tipo de tareas estaba relacionado con la promoción de los hombres pero no de las mujeres. Esto sugiere que la desigualdad no reside únicamente en quién realiza estas tareas, sino también en el reconocimiento profesional que reciben quienes las realizan.

Con el tiempo, este efecto se acumula. Menos tiempo para trabajo del que se valora para promocionar significa menor visibilidad y menos oportunidades de liderazgo.

Los datos apuntan en esa dirección. El Global Gender Gap Report 2024 del Foro Económico Mundial muestra que las mujeres siguen ocupando una proporción significativamente menor de los puestos directivos y de alta dirección. Además, el informe Women in the Workplace 2024 de la consultora McKinsey identifica la primera promoción hacia puestos de mando –el llamado broken rung o peldaño roto– como uno de los momentos clave en los que las mujeres pierden representación.

Reconocer el trabajo que hace que todo funcione

El non-promotable work muestra que este problema no depende solo de las decisiones individuales. También depende de cómo se organiza el trabajo. ¿Por qué determinadas tareas se distribuyen de forma desigual? ¿Quién tiene acceso a las actividades que favorecen la carrera profesional? ¿Y cómo se recompensa cada contribución?

La solución pasa por distribuir estas responsabilidades de forma más equilibrada y reconocer mejor un trabajo que con frecuencia apenas cuenta en los sistemas de evaluación y promoción.

Porque no basta con ofrecer las mismas oportunidades si unas personas deben dedicar más tiempo que otras a tareas necesarias para que la organización funcione pero que apenas se tienen en cuenta para avanzar profesionalmente.

Visibilizar y valorar estas contribuciones permitiría acercar lo que las organizaciones necesitan a aquello que realmente incentivan.

Reconocer el non-promotable work supone avanzar hacia organizaciones más responsables, donde la igualdad no dependa únicamente de ofrecer las mismas oportunidades de promoción, sino también de revisar cómo se distribuye y se reconoce el trabajo cotidiano que hace posible el éxito colectivo.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

¿Cómo de sostenibles son los bioplásticos?

Robert Bodnar T/Shutterstock

Aunque los plásticos resultan sumamente útiles por sus propiedades, sus residuos representan un grave problema por la contaminación que producen, ya que no se degradan en el medio ambiente y su reciclaje es todavía insuficiente. Por eso se están buscando alternativas a estos materiales con un menor impacto ambiental.

Una de ellas son los bioplásticos, una serie de polímeros con propiedades similares a los plásticos (en términos de durabilidad y resistencia), pero que, a diferencia de ellos, se obtienen a partir de materias primas biológicas y no a partir de combustibles fósiles.

En la última década se ha acelerado su desarrollo debido a varios factores. Por un lado, se han puesto en marcha políticas ambientales encaminadas a reducir la dependencia de materias primas fósiles y promover la utilización de materias primas renovables. Dos ejemplos son la Estrategia Europea para los Plásticos en una Economía Circular y la Directiva UE 2019/904 sobre plásticos de un solo uso.

Por otro lado, numerosos proyectos de investigación e innovación están consiguiendo que estos materiales sean más sostenibles que los plásticos por diferentes motivos. Al requerir menos energía para su fabricación, suponen una reducción de la emisión de gases de efecto invernadero. Y al ser biodegradables mediante compostaje permiten, además, fomentar la economía circular y evitar la emisión de microplásticos al medio ambiente.

Se están desarrollando diferentes tipos de bioplásticos, aunque son tres los que actualmente representan el 95 % del mercado y ya están presentes en muchos de los envases que usamos: el furanoato de polietileno (PEF), el ácido poliláctico (PLA) y el polihidroxibutirato (PHB).

Un diagrama que muestra en qué productos se encuentran los bioplásticos PEF, PLA y PHB
Principales tipos de bioplásticos disponibles y productos en los que ya se integran. El indicador TRL señala el nivel de madurez tecnológica. Gumersindo Feijoo

El furanoato de polietileno o PEF

El PEF es un polímero de origen 100 % biológico que aspira a ser el gran sustituto ecológico del PET (tereftalato de polietileno), el plástico tradicional de origen fósil usado en los envases de botellas. El PEF se fabrica a partir de azúcares extraídos de la biomasa vegetal (por ejemplo, maíz o residuos agrícolas) y, por lo tanto, está caracterizado por una alta biodegradabilidad mediante el compostaje.

Su proceso de fabricación determina el impacto ambiental final. Optar por un mecanismo bioquímico, emplear condiciones de operación optimizadas y usar residuos como materias primas suponen avances hacia la sostenibilidad (esto es, ventajas económicas, sociales y ambientales).

En consecuencia, la transición hacia componentes de origen biológico y hacia métodos de síntesis de bajo impacto ambiental es crucial para aprovechar todo el potencial de sostenibilidad en la producción de este material.

Esquema de la producción del bioplástico PEF desde el maíz
Circularidad para el bioplástico PEF (furanoato de polietileno). Gumersindo Feijoo

Hasta el momento, los ensayos con PEF, que todavía no está plenamente implementado en el sector productivo, arrojan resultados prometedores:

  • Una mayor vida útil al ser más eficaz como barrera al oxígeno atmosférico (impide su entrada en el envase y, por tanto, la oxidación del contenido) y contención de CO₂.

  • Una menor intensidad energética (esto es, la cantidad de energía necesaria para su fabricación). Su huella de carbono es alrededor del 30-35 % inferior frente a la de los plásticos convencionales.

El ácido poliláctico o PLA

El ácido poliláctico es un bioplástico totalmente implantado en el sector productivo que se produce por polimerización –creación de grandes moléculas a partir de otras más pequeñas– del ácido láctico producido a partir de la fermentación de los azúcares presentes en gran variedad de residuos agroalimentarios o pesqueros.

Dos de los principales beneficios ambientales se materializan en una reducción del 40-60 % en la huella de carbono respecto al PET y una compostabilidad superior al 90 % en menos de 180 días.

Esquema de la producción de PLA
Esquema de la producción circular de PLA. Gumersindo Feijoo

También se pueden combinar estrategias fermentativas de los residuos agrícolas para integrar conceptos de biorrefinería y conseguir un suprarreciclaje de los residuos, es decir, la obtención de subproductos de alto valor. Por ejemplo, a partir de residuos de paja de trigo se puede producir nisina (un péptido con capacidades antimicrobianas) y ácido láctico. La nisina se utiliza para fabricar películas antimicrobianas para envases funcionales y reducir el uso de conservantes.


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El polihidroxibutirato o PHB

Una alternativa de bioplástico que ya se encuentra en pruebas piloto reales es el polihidroxibutirato (PHB). Una de sus vías de producción más prometedoras es la descomposición de la materia orgánica en aguas residuales por parte de microorganismos para obtener ácidos grasos volátiles que se utilizan como fuente de carbono para las bacterias acumuladoras de PHB.

Su principal ventaja reside en que, de esta forma, las plantas de tratamiento de aguas residuales pueden actuar además como biorrefinerías para obtener diversos productos más allá del agua tratada. Este uso deriva en beneficios económicos (reducción de costes), ambientales (reducción de emisión de gases de efecto invernadero y fomento de la circularidad del carbono) y sociales (creación de empleo verde o mejora de la percepción social de las depuradoras de aguas).


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Esquema de síntesis de PHB por bacterias a partir de ácidos grasos volátiles obtenidos de aguas residuales o residuos
Esquema de síntesis de PHB por bacterias a partir de ácidos grasos volátiles obtenidos por digestión anaerobia de aguas residuales o por la codigestión anaerobia de residuos. Gumersindo Feijoo

Desafíos de la fabricación de bioplásticos

Los bioplásticos se presentan como una alternativa prometedora a los plásticos tradicionales fabricados a partir de petróleo, aunque no están exentos de desafíos para convertirse en una alternativa circular realmente sostenible.

La obtención de las materias primas necesarias para fabricarlos puede requerir tierras agrícolas, agua u otros recursos que también se utilizan para la producción de alimentos. A ello se suman dificultades relacionadas con su separación y recolección selectiva que permita su compostaje eficaz.


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Adicionalmente, los costes de producción siguen siendo, en términos generales, más elevados que los de los plásticos convencionales.

Por todo ello, la estrategia combinada de bioproducción de productos de alto valor añadido, o suprarreciclaje, es una vía de investigación e innovación de gran importancia en el camino de la sostenibilidad de este tipo de materiales.

The Conversation

Gumersindo Feijoo Costa no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

El ‘wrapped’ que la UCI nunca le envió

Soonthorn Wongsaita/Shutterstock

Imagine que sale del hospital tras dos semanas en cuidados intensivos, abre el móvil y comprueba que le ha llegado un correo electrónico con un asunto que le suena: “Tu wrapped [es decir, el resumen anual de lo escuchado] 2026 está listo”. No es de Spotify: lo envía la UCI. Le dice que pasó 142 horas conectado al respirador, que su pulsioxímetro registró 3,1 millones de latidos, que su artista del año fue la noradrenalina y que su puntuación SOFA tocó techo el martes a las 4:18 de la madrugada con un 12. Abajo, en negrita: “La probabilidad que su equipo médico calculó de que no llegara a este correo: 47 %”.

Es una idea absurda, pero el hospital tenía cada uno de esos datos. Lo único que faltaba era la infografía.

Lo que sigue no es una broma. Una UCI moderna recoge de cada paciente, cada hora, más información de la que Spotify guarda de su música en un año. Electrocardiograma registrado cada milisegundo, presión arterial latido a latido, oxígeno, lactato, plaquetas… El problema no es la falta de datos: es el exceso, cómo extraer de esa avalancha una sola decisión a tiempo. Decisión que, muchas veces, es de vida o muerte.

El ‘wrapped’ que ya existe

La medicina lleva décadas resolviendo ese problema con una herramienta humilde: la puntuación clínica. Es, literalmente, un wrapped: un puñado de números que resumen el estado del paciente en una sola cifra. La más famosa en cuidados críticos se llama SOFA y comparte espíritu con el resumen anual de Spotify: medir seis funciones del cuerpo –respiración, latido, filtración, metabolismo, coagulación y conciencia–, puntuar cada una de 0 a 4 y sumarlas. Un SOFA de 0 es un paciente que respira tranquilo en su cuarto. Un SOFA de 24, alguien que se está muriendo. Cada dos puntos de aumento durante una sepsis multiplican el riesgo de morir.

Ese número viaja por las pantallas de la guardia, se lee en los pases de visita, decide quién entra antes en un ensayo clínico y, durante la primera ola de covid-19, condicionó quién accedía primero a un respirador cuando había más enfermos que máquinas. Toda una arquitectura de decisiones cuelga de seis cifras.

Una fórmula con treinta años en plantilla

El SOFA se diseñó en octubre de 1994, durante una reunión de la Sociedad Europea de Medicina Intensiva, celebrada en Versalles (Francia) y presidida por el intensivista belga Jean-Louis Vincent. Querían una fórmula sencilla y transportable, que cualquiera pudiera calcular con un papel al pie de cualquier cama.

Aquel año, la web aún no había llegado a la mayoría de los hogares, los teléfonos apenas cabían en el bolsillo de un abrigo y los primeros stents cardiacos acababan de llegar al mercado. Tres décadas después, el SOFA seguía casi como entonces, pero la medicina, no.

Imagine que Spotify le mandara cada diciembre un wrapped calibrado con la música de 1994. Que su artista del año tendría que ser, a la fuerza, Ace of Base, porque el algoritmo no sabe que existe Rosalía. En 2026, una parte del SOFA evalúa al paciente con criterios pensados para una UCI que ya no existía: terapias nuevas, dispositivos nuevos, pacientes mayores y más complejos. La fórmula no era mala. Era de su época.

… Y entonces llegó SOFA-2

En octubre de 2025, sesenta intensivistas de nueve países publicaron en la revista JAMA una versión renovada de la fórmula. La llamaron SOFA-2. Para ello revisaron los datos anonimizados de 3,3 millones de pacientes y reescribieron la tabla para incluir fármacos y dispositivos de soporte que en 1994 no existían.

Es un avance considerable. Y también, si me permiten, un wrapped que sale cada treinta años. La medicina cambia más deprisa. Lo siguiente –en lo que muchos investigadores trabajan ahora– es la recalibración continua: que la fórmula se afine sola, alimentada por los datos que ya están entrando en el hospital esta misma noche.

Recalibrar y, mejor aún, pedirle a la inteligencia artificial que la escriba

Calibrar una puntuación clínica es como afinar un piano. Las notas son las mismas, pero antes de cada concierto alguien comprueba que un do siga sonando como un do. La medicina, después de la pandemia, descubrió que muchas de sus puntuaciones estaban desafinadas.

La inteligencia artificial ofrece dos caminos. El primero –el famoso, el que sale en los medios– es el de las cajas negras: redes neuronales que aciertan mucho pero no explican por qué. Un médico no puede firmar una decisión que no entiende. Y desde agosto de 2026, el reglamento europeo de IA obliga a que los sistemas sanitarios de alto riesgo sean transparentes.

El segundo camino, mucho menos contado, consiste en pedirle al algoritmo otra cosa: que no devuelva un número, sino la fórmula que lo produce. El resultado no es una máquina misteriosa, sino una ecuación nueva, escrita en el mismo idioma matemático que el SOFA, que un médico puede leer, criticar y firmar antes de usarla con un paciente.

El ‘wrapped’ no es el alta

Volvamos al correo del principio. La idea no es que la UCI nos mande un wrapped al alta –aunque, confesémoslo, sería un detalle–. La idea es que detrás de cada cama de cuidados críticos hay ya una matemática viva, y que esa matemática merece la misma atención que el resto del cuidado: ser revisada, recalibrada y, cuando haga falta, reescrita. Las fórmulas no curan; curan los equipos clínicos. Pero las fórmulas que ellos consultan pueden estar afinadas o desafinadas, y eso, calladamente, también influye en quién sale por la puerta del hospital.

Si alguna vez le dan el alta de una UCI, no espere un wrapped. Sepa, eso sí, que durante esos días alguien sumó seis números cada mañana para tomar decisiones sobre usted; que esos números vienen de una fórmula con varias décadas de historia; y que, en hospitales y universidades, alguien está intentando ahora mismo que esa fórmula sea, simplemente, un poco más justa.

The Conversation

Este artículo fue finalista del Premio Luis Felipe Torrente de Divulgación sobre Medicina y Salud, organizado por la Fundación Lilly y The Conversation

De Barranquilla a Macondo: cómo Shakira se fabricó una identidad global

Shakira actúa en la final del Mundial 2026. A.RICARDO / Shutterstock.com

Durante septiembre y octubre, Macondo, el ficticio hogar de la familia Buendía en Cien años de soledad, tiene código postal y es madrileño. En Villaverde, se ha creado un pequeño universo para doce noches de esos meses, con un estadio efímero y una artista central: Shakira. El proyecto se llama Es Latina.

La afirmación parece una obviedad: Shakira es colombiana, nacida en Barranquilla. Pero en realidad no lo es. Al llevar más de tres décadas atravesando fronteras con su música, que Shakira “sea latina” no ha significado siempre lo mismo. Su trayectoria permite observar cómo ella ha contribuido a fabricar una identidad global cuando las reglas para llegar a serlo van cambiando.

Esa es una de las cuestiones que planteo en el último informe del Observatorio Nebrija del Español. En el estudio hemos utilizado su trayectoria para observar durante más de tres décadas los cambios en las barreras de acceso a los mercados, las formas de circulación de la música y, a la vez, la manera de construir una identidad capaz de viajar entre ellos.

Cuando ser diferente obligaba a ser legible

En la industria musical de los años 90 y comienzos de los 2000, ser de otro lugar podía aportar un valor diferencial. Sin embargo, esa diferencia tenía que estar pulida y ser legible, lo que se ha llamado “la otredad domesticada”. Una discográfica, una radio, MTV o un DJ en Los Ángeles, Londres o Medellín debían reconocer rápidamente qué artista tenían delante y dónde colocarla.

Una estrella internacional tenía que resultar lo suficientemente distinta para llamar la atención y lo suficientemente familiar para poder ser clasificada, y el idioma también formaba parte de esa negociación. El vídeo y la imagen ayudaban a resolver parte del problema al funcionar como una especie de jeroglífico cultural.

Shakira lo descubrió pronto y buscó los códigos: el pelo claro, las caderas, el baile, el ritmo, el Caribe, la imagen de una diosa… signos de un lenguaje expresivo más allá del idioma capaz de comunicar una procedencia incluso a quien apenas conoce nada de ese lugar, probablemente porque ese lugar es un universo creado.

Para el año 2000, Shakira ya había publicado en español varios álbumes de estudio y un disco en directo. Sin embargo, ninguna canción de esa etapa entraría en el Billboard Hot 100, la lista más importante a nivel mundial para determinar el éxito de un single; su primera aparición llegaría en 2001, con “Whenever, Wherever”. En ese momento empezó a vender discos en Estados Unidos, todavía sin ocupar el escaparate central del pop.

Para eso surge el crossover, una fórmula lingüística. Por ejemplo, la de una cantante colombiana que graba su música en inglés para conquistar el mercado anglosajón. Visto desde 2026, el movimiento de Shakira resulta mucho más sofisticado.

El inglés fue un pasaporte pero, una vez atravesada la frontera, con todo su lenguaje expresivo e identitario, su equipaje solo empezaría a crecer. Shakira fue yuxtaponiendo capas: el español e inglés; el pop, el rock y los ritmos latinoamericanos; colaboraciones anglosajonas e hispanas; referencias colombianas y códigos del pop internacional. Este proceso implicó una construcción cultural de la identidad latina orientada hacerla reconocible y comercializable como un mercado relativamente homogéneo. Lo que inicialmente parecía una adaptación al canon, terminaría funcionando también en sentido contrario.

El crossover ha sido, a largo plazo, una especie de caballo de Troya. Una vez legitimada dentro del pop global, se construye una “audiotopía latina”, unos espacios virtuales y sonoros creados por la música donde los oyentes pueden reimaginar el mundo social y convivir con diferencias culturales.

Shakira ha logrado que su identidad no sea vista solo como folclore local caribeño o asiático, sino como una fuerza capaz de remapear los límites de la ciudadanía contemporánea y un imaginario latino a escala mundial. Incluso cuando en un estadio en Nueva York está interpretando en inglés, la imagen que proyecta es latina.

Shakira interpretando la canción del Mundial 2026, ‘Dai Dai’, en un concierto en Brooklyn, Nueva York.

Cuando ser local ya no impide ser global

Las plataformas digitales cambiaron de nuevo las reglas. Spotify, YouTube o TikTok no acabaron con los intermediarios porque las playlists siguen clasificando y la curaduría de las grandes plataformas continúa decidiendo qué canciones reciben atención. Ahora públicos dispersos geográficamente pueden reunirse alrededor de una propuesta muy específica sin que esta tenga que hacerse comprensible.

Así, la música de Shakira y su identidad forman parte de listas relacionadas con temas latinos o géneros como el reguetón, pero también aparecen en las principales clasificaciones globales de países en los que no se habla español, desde Alemania a Bangladesh.

En el aspecto visual, su domino es sobresaliente. En YouTube, de hecho, con 34 701,7 millones de visualizaciones, es la tercera artista con más reproducciones de la plataforma, por detrás de Bad Bunny y BTS y por delante de la mismísima Taylor Swift.

Las colaboraciones también muestran bien este alcance global. Alejandro Sanz, Karol G o Fuerza Regida no aportan únicamente audiencia a una canción. Conectan escenas, géneros, territorios y comunidades distintas. La identidad deja de funcionar solamente como una etiqueta –latina, anglosajona, colombiana– y se comporta como una red.

En 2023, el éxito de la sesión de Shakira con Bizarrap sirvió para pulverizar la vieja idea del crossover. Una artista colombiana y un productor argentino convirtieron una canción en español en un acontecimiento mundial sin producir ninguna versión. Lo local y lo global ya no funcionan necesariamente como extremos opuestos.

Vídeo de la sesión de Shakira con Bizarrap.

Macondo es un espejo

Por eso la residencia madrileña resulta interesante más allá de sus cifras. Treinta años atrás, unas cuantas imágenes debían bastar para que un espectador situado a miles de kilómetros entendiera de dónde venía Shakira. En 2026 sucede casi lo contrario, la artista puede construir un espacio entero alrededor de ese lugar de procedencia imaginario y convertirlo en destino. Macondo, escribía la propia artista en El País, “no es un pueblo, es un espejo” y ella es el reflejo de ser latina.

Se trata de la primera residencia artística de formato internacional en España, al estilo de las residencias de Las Vegas o de la de Adele en Múnich, pero con un estadio temporal. Ahí está quizá la transformación más interesante de su identidad global. Durante buena parte de su carrera, Shakira tuvo que asimilar cuánta diferencia podía transportar consigo para atravesar cada frontera. Ahora puede construir todo un universo con esa diferencia.

En este sentido, la transformación más significativa de Shakira no consiste únicamente en haber conseguido llevar el español a espacios cada vez más amplios, sino en haber llegado a una posición en la que ya no necesita abandonar ese lugar de origen para ocupar el centro del escenario global. La artista que comenzó atravesando fronteras termina convirtiéndose, ella misma, en un territorio de encuentro.


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The Conversation

Lourdes Moreno Cazalla no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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