Presidente constitucional entre 2019 y 2024, e inconstitucional desde entonces, Nayib Bukele es, desde hace algunos años, uno de los mandatarios más populares de la región y del mundo.
En las elecciones de febrero de 2024, de las que participó gracias a una cuestionada interpretación de la Constitución –que prohíbe expresamente la reelección– y luego de haber desmantelado el Poder Judicial para incluir magistrados afines, obtuvo más del 84 por ciento de los votos.
A junio de 2026, casi el 88 por ciento de los salvadoreños considera bueno o muy bueno el desempeño de Bukele, que ya va por su séptimo año de gobierno, y todo indica que será el vencedor en las elecciones nacionales de febrero de 2027 y seguirá siendo la cabeza de los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial de El Salvador por lo menos hasta 2033.
No es novedad que su popularidad está cimentada en el innegable logro de haber reducido a niveles nórdicos las tasas de homicidios de un país que, hace tan solo una década, era considerado el más peligroso del hemisferio occidental.
Desde que Bukele asumió su primer mandato presidencial, El Salvador pasó de 36 homicidios cada 100 mil habitantes a 1,3 cada 100 mil habitantes en 2025, según datos de la organización estadounidense Insight Crime, especializada en el análisis del crimen organizado en América Latina.
Son cifras con las que sueñan los dirigentes políticos y gobernantes de una región que observa cómo el crimen organizado se hace cada vez más fuerte, tanto en términos de capacidad de fuego y de expansión, y de dominio de zonas enteras de algunos países, como en dejar en evidencia que, salvo muy contadas excepciones, los Estados no están logrando garantizar a sus ciudadanos seguridad y protección.
A nadie parece importarle las denuncias sobre violaciones a los derechos humanos en el Centro de Confinamiento del Terrorismo (Cecot) –la hoy famosa megacárcel que alberga a decenas de miles de presos–, ni los más de 500 muertos registrados en esa y en otras prisiones del país, ni la persecución a medios, periodistas y organizaciones de la sociedad civil. Tampoco que Bukele mantenga vigente el régimen de excepción que aprobó, por 30 días, hace cuatro años y medio.
Así lo define un informe de Amnistía Internacional publicado en julio de este año: «El régimen de excepción ha evolucionado hacia un modelo de seguridad pública que ha normalizado la suspensión de garantías constitucionales y la adopción de medidas incompatibles con estándares internacionales de derechos humanos, creando condiciones para la comisión de graves violaciones de derechos humanos y posiblemente crímenes del derecho internacional a gran escala».
Según la organización, más de 90 mil personas fueron detenidas en El Salvador entre marzo de 2022 y diciembre de 2025 en el marco del régimen de excepción. «Uno de los rasgos más visibles de esta política ha sido el encarcelamiento masivo de la población. A finales de 2024, aproximadamente el 1,8 por ciento de la población salvadoreña se encontraba privada de libertad. Entre los hombres, la proporción ascendía a cerca del 3,3 por ciento, lo que equivale a tres de cada 100 hombres en prisión. Con una tasa aproximada de 1.659 personas encarceladas por cada 100 mil habitantes, El Salvador registra actualmente la tasa de encarcelamiento más alta del mundo», consigna el reporte.
Pero la población quiere seguridad, a cualquier precio. Y los gobernantes están dispuestos a todo para brindarla.
MODELO BUKELE
Hay dos momentos clave en esta historia. El primero ocurrió en marzo de 2022, cuando después de un sangriento fin de semana, en el que las pandillas asesinaron al menos a 87 personas, la Asamblea Legislativa –donde Bukele tenía mayoría absoluta– decretó el ya mencionado régimen de excepción.
Se rompía entonces el pacto que el líder salvadoreño tenía con las pandillas desde al menos 2015, cuando se desempeñaba como alcalde de la capital y acordó con estas reducir los niveles de violencia; un pacto que ha sido documentado por medios locales perseguidos y con sus periodistas en el exilio, como El Faro, y que motivó sanciones de Estados Unidos a funcionarios de su gobierno.
De inmediato, miles de personas, en su mayoría jóvenes pobres, presuntamente vinculados a las pandillas, comenzaron a ser detenidas sin pruebas y encarceladas sin ser sometidas a un juicio que pudiera considerarse mínimamente justo.
El segundo momento clave ocurrió a principios de 2023, cuando el mandatario, todavía gobernando constitucionalmente, inauguró el Cecot.
Construida en una zona rural y con capacidad para 40 mil presos, con fuertes medidas de seguridad, un régimen de 23 horas y media de encierro y la prohibición absoluta de visitas y comunicación con el exterior, la megacárcel se convirtió en la insignia de la gestión.
Filmadas con pulso cinematográfico, las imágenes del traslado de miles de pandilleros esposados, rapados, repletos de tatuajes los torsos descubiertos, escoltados por militares armados a guerra, dieron la vuelta al mundo.
Para entonces, ya había en El Salvador unos 60 mil presos y los asesinatos habían caído casi un 57 por ciento respecto al año anterior. La tasa de homicidios estaba en 7,8 cada 100 mil habitantes; la de Uruguay, ese año, fue de 11,2 cada 100 mil habitantes.
El mandatario parecía haber encontrado la solución al endémico problema de seguridad que afectaba entonces y continúa afectando a la región, y de inmediato comenzaron las peregrinaciones de líderes de la derecha latinoamericana a El Salvador, para conocer de primera mano lo que para entonces ya todos denominaban el modelo Bukele.
CHILE: SIN UN PLAN CLARO
El actual presidente chileno, José Antonio Kast, viajó a El Salvador en 2024 para interiorizarse en las políticas de seguridad de Bukele y analizar su posible incorporación al que sería su programa de gobierno.
Al año siguiente, y ya en el marco de una campaña electoral dominada por la discusión sobre la seguridad pública, el aumento de los homicidios y la presencia en el país de facciones del Tren de Aragua, el candidato ultraderechista afirmaba: «Necesitamos más Bukele y menos Boric. En Chile necesitamos un gobierno que deje de defender a los delincuentes y empiece a proteger a los ciudadanos. Necesitamos más cárceles, grandes, aisladas y controladas, sin ningún tipo de beneficios para los criminales».
En enero de este año, ya como presidente electo, Kast volvió a El Salvador, donde fue recibido por Bukele, a quien pudo elogiar por su «éxito» en el combate al crimen organizado.
Chile continúa siendo uno de los países más seguros del continente, pero en los últimos años la percepción de inseguridad entre la población se ha ubicado en los niveles más altos de su historia.
Kast, en el gobierno desde marzo, ha vuelto a apelar al modelo Bukele, pero esta vez en la práctica, con la operación Cancerbero, por la cual unos 1.500 presos considerados de alta peligrosidad fueron trasladados al centro penitenciario La Laguna, de máxima seguridad –aunque con un régimen menos duro que el del Cecot salvadoreño–, en un operativo transmitido en vivo por el gobierno y con obvias y deliberadas reminiscencias al ejecutado por el presidente de El Salvador.
El mandatario de ultraderecha, el primero desde la vuelta de la democracia en 1990 en defender abiertamente la dictadura de Augusto Pinochet y quien a seis meses de llegar a la Moneda no logra levantar cabeza en las encuestas, apostó a mediados de agosto por la alternativa, tan bukeliana, del régimen de excepción. Kast presentó un proyecto de ley para crear un régimen de excepción de seguridad pública por un plazo de ocho meses sin autorización del Congreso –que sí estaría facultado a rechazar una prórroga después de ese plazo–, en el que se suspenden o se restringen las libertades individuales y el derecho de reunión, entre otros, y habilita la participación de las fuerzas armadas en tareas de seguridad.
La iniciativa, que está siendo debatida en el Senado, ha sido cuestionada tanto por el oficialismo como por la oposición, pero es defendida a rajatabla por el mandatario.
Aunque abierto a que se discuta entre los legisladores, Kast zanjó que «el régimen de excepción no es renunciable» y recordó que Chile tiene vigente, desde mayo de 2022, una medida similar en la llamada macrozona sur.
Pero el espectáculo y las derivas autoritarias no siempre alcanzan para satisfacer a la población.
Una encuesta publicada el pasado 30 de agosto por la consultora Criteria muestra que el 42 por ciento de los entrevistados considera que, en términos de seguridad, el gobierno «no tiene un plan claro y está improvisando», y el 30 por ciento cree que «tiene algunas ideas, pero no un plan claro». Solo una de cada cinco personas considera que Kast «tiene un plan claro» para resolver el problema de la inseguridad.
Sobre la propuesta del régimen de excepción, el 49 por ciento se manifestó en desacuerdo o muy en desacuerdo, y el 40 por ciento, de acuerdo o muy de acuerdo. Kast, en tanto, tiene una aprobación del 33 por ciento y una desaprobación del 55 por ciento.
¿El presidente mejor valorado por los chilenos? Nayib Bukele, por supuesto, con el 61 por ciento de los encuestados afirmando que quisieran mucho o bastante un presidente como él.
ECUADOR. EL FRACASO DEL MODELO
También el presidente de Ecuador, el derechista Daniel Noboa, ha elogiado la política de seguridad de su par salvadoreño y ha puesto en práctica alguna de sus medidas.
En enero de 2024, poco después de asumir la presidencia, el mandatario decretó el conflicto armado interno por primera vez en la historia del país luego de una serie de motines coordinados en varias cárceles, la explosión de algunos coches bomba y el asalto de un grupo armado a un canal de televisión mientras se transmitía un programa en directo.
Noboa militarizó el país, otorgó protección legal a las fuerzas de seguridad que participaran en operativos y declaró como «terroristas» a varios grupos del crimen organizado. El mandatario quiso extender la medida, pero chocó contra un fallo de la Corte Constitucional, que no hizo lugar a sus argumentos.
Las imágenes de los traslados difundidas por el gobierno podrían haber sido tomadas en El Salvador: presos esposados de pies y manos, sentados uno pegado al otro, rapados, custodiados por militares fuertemente armados.
A fines de 2025, año que cerró con 9.216 homicidios, la cifra más alta en la historia del país, el gobierno ecuatoriano inauguró la cárcel El Encuentro, inspirada en el Cecot, con capacidad para unos 800 reclusos y medidas como la prohibición de recibir visitas de familiares e incluso de abogados, también tomadas de El Salvador.
Ecuador atraviesa una grave crisis de seguridad, que se disparó en muy pocos años, al pasar de tener en 2021 una tasa de 5,8 homicidios cada 100 mil habitantes –una de las más bajas de la región– a los 50,9 cada 100 mil del año pasado, un incremento del 31 por ciento respecto a 2024 y una prueba del fracaso de las medidas de seguridad de Noboa.
Las dificultades de exportar modelos de seguridad de países con realidades distintas han quedado más que patentes en el caso de Ecuador. El fenómeno de las pandillas poco tiene que ver con el crimen organizado transnacional que afecta al país sudamericano, donde están involucrados disidencias de las guerrillas colombianas, carteles mexicanos y mafias europeas, además de los grupos locales que se han creado alrededor del negocio del acopio y tránsito de, principalmente, cocaína.
Estas mismas características son las que han permitido a Bukele bajar radicalmente la cifra de homicidios, mientras que Ecuador, aplicando recetas similares, sufre unos niveles de violencia impensados hace tan solo un lustro.
EN EXPANSIÓN
El modelo Bukele se ha expandido por toda la región y ya resulta casi un cliché por parte de candidatos y gobernantes hacer mención a sus políticas como parte de las soluciones para los problemas de seguridad. En paralelo, se omiten las denuncias de violaciones a los derechos humanos o el hecho de que hace varios años gobierna bajo un régimen de excepción, controla la Asamblea Nacional y el Poder Judicial, y que modificó arbitrariamente la Constitución para poder aspirar nuevamente a la reelección.
El nuevo presidente colombiano, Abelardo de la Espriella, la actual senadora y exministra de Seguridad de Argentina, Patricia Bullrich,1 y la expresidenta de Honduras Xiomara Castro –quien durante su mandato aplicó estados parciales de excepción, movilizó militares y suspendió garantías constitucionales– han elogiado sus políticas. Este domingo, el candidato presidencial de la ultraderecha brasileña, Flávio Bolsonaro, se reunió con el ministro de seguridad del gobierno salvadoreño, Gustavo Villatoro, y declaró que considera «inspirador» al modelo centroamericano. La lista es todavía más larga e incluye también a Uruguay (véase en esta edición «La bukelización»).
Si la izquierda no ha logrado o no ha sido exitosa al aplicar medidas de seguridad alternativas a la mano dura y ha visto cómo la derecha y la ultraderecha se han apoderado del relato sobre qué se debe hacer para combatir el crimen y el narcotráfico, esta misma derecha parece estar empezando a tomar conciencia de que solamente con visitar El Salvador y tomarse una foto en el Cecot no alcanza. Que el modelo Bukele está atado a demasiadas particularidades locales como para garantizar su funcionamiento en otros países.
- Su sucesora, Alejandra Monteoliva, dijo recientemente en una charla que el modelo Bukele «no es aplicable» a la Argentina. «Son realidades muy distintas […], no se puede extrapolar», agregó. ↩︎