Normal view

La presión

El año arrancó intimidante para los habitantes del patio trasero de Estados Unidos y para los enemigos de sus amigos de Israel. Durante la madrugada del 3 de enero, una unidad de élite del Ejército estadounidense secuestró a Nicolás Maduro y a su esposa en una operación que duró 40 minutos; los venezolanos todavía están presos en Nueva York imputados por narcotráfico, lavado de dinero y corrupción. Para entonces –el 16 de enero–, según las autoridades gazatíes, iban 450 muertos y 1.250 heridos a manos de las fuerzas israelíes desde el alto el fuego, decretado en octubre del año anterior. A la vez, el presidente estadounidense, Donald Trump, les prometía a los iraníes que protestaban contra el régimen que la ayuda iba en camino; sin embargo, los manifestantes seguían muriendo como moscas. «...

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Un tiro en el pie

La pasada semana, en Radio Sarandí, el periodista Gabriel Pereyra informó, citando fuentes del gobierno uruguayo, que Estados Unidos amenaza con cortar la ayuda militar al país como represalia contra la denominada Operación Milagro, el programa de atención oftalmológica en cooperación con Cuba en ejecución desde 2007. El gobierno uruguayo ha informado que no proyecta desactivar el emprendimiento. El canciller Mario Lubetkin calificó la Operación Milagro como una «experiencia extraordinaria» y aseguró que el gobierno buscará preservarla.

Conviene tomar en cuenta que la guía orientadora de la cooperación externa de Estados Unidos, en particular de sus programas de asistencia militar, son sus propios intereses de seguridad nacional. Por eso, la amenaza hecha por el Departamento de Estado se parece a un tiro en el pie de Washington.

Aunque parezca inverosímil, el argumento que esgrime el gobierno estadounidense es que el personal oftalmológico cubano destacado en Uruguay se desempeña en régimen de mano de obra esclava.

Resulta sorprendente la repentina vocación humanitaria de la administración Trump, que contrasta, por ejemplo, con la ejecución sumaria y sin juicio previo de 230 personas en aguas internacionales de la región, por considerarlas sospechosas de «narcoterrorismo». El 9 de setiembre pasado, el Comando Sur retomó sus ejecuciones ilegales, bombardeó una nueva lancha y asesinó a sus tres tripulantes en el océano Pacífico. Estas acciones, comenzadas en setiembre de 2025 como Operación Southern Spear, ahora pasaron al dominio de la Fuerza de Tarea Conjunta del Hemisferio Occidental (JTF-WHEM, según su denominación en inglés). Como se recordará, esta es la expresión militar del Escudo de las Américas o Coalición Anticárteles de las Américas anunciada por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, el 7 de marzo pasado, cuando reunió a los presidentes de la región, adictos a su doctrina Donroe, en Doral, Florida (véase «A las órdenes del Comando Sur», Brecha, 14-VIII-26).

LA OPERACIÓN MILAGRO Y LA SUPUESTA MANO DE OBRA ESCLAVA

El programa se inició en 2005, con el viaje de 2.027 pacientes uruguayos a operarse gratuitamente a Cuba. En 2007, con la inauguración del Hospital de Ojos José Martí, en un ala del Hospital Saint Bois, las intervenciones oftalmológicas, sobre todo de cataratas, comenzaron a hacerse en Uruguay. En dicho marco, desde 2008 hasta 2025, se hicieron gratuitamente 916.787 consultas oftalmológicas, 118.029 cirugías de ojos y 217.885 pesquisas en todo el país.

El Hospital de Ojos, cuyo director es el doctor Diego Fischel, es una unidad asistencial de la Administración de los Servicios de Salud del Estado (ASSE), aunque también atiende a afiliados de la Sanidad Militar, de la Asociación de Bancarios del Uruguay, de la Asociación Sindical de Cooperativistas y Obreros del Transporte y de la Comisión Honoraria Administradora del Fondo de Seguro de Salud para los Funcionarios de OSE, y a cualquier jubilado o pensionista, sea de ASSE o de mutualistas privadas, que reciba menos de diez bases de prestaciones y contribuciones, unos 68.640 pesos a la fecha de hoy. En el hospital José Martí se llevan a cabo unas 40 cirugías por día. En su gran mayoría son ambulatorias, como operaciones de cataratas y también otro tipo de intervenciones quirúrgicas como la oculoplastia, cirugía de córnea, trasplante de córnea, crosslinking, patologías de glaucoma, filtrantes e inyecciones de antiangiogénicos.

La presidenta del Banco de Previsión Social, Jimena Pardo, ha informado que la institución destina una partida anual de 250 mil dólares a la misión cubana. Dicho monto no constituye el pago de salarios profesionales, sino un reintegro de gastos operativos, sujeto a rendición de cuentas. Las partidas se transfieren a una cuenta institucional supervisada por el Ministerio de Salud Pública para cubrir la manutención de los profesionales; la gestión salarial recae en el gobierno cubano. Son 21 profesionales: oftalmólogos y personal de enfermería que renuevan sus misiones de trabajo en períodos de tres años y trabajan junto con un equipo de oftalmólogos uruguayos.

En agosto de 2025, la Operación Milagro retomó sus actividades, interrumpidas durante el gobierno de Luis Lacalle Pou. Ellas incluyen la presencia del Hospital de Ojos en el interior del país, en acuerdo con la Organización Nacional de Asociaciones de Jubilados y Pensionistas del Uruguay y el Ministerio de Transporte y Obras Públicas. Equipos de médicos, técnicos, licenciados en Oftalmología, con su equipamiento, se trasladan a distintas localidades del interior para hacer exámenes e incluso cirugías sencillas. Para los pasivos que residen a más de 250 quilómetros de Montevideo y requieren atenderse en el Hospital de Ojos, su traslado también es gratuito.

¿TIENE ALGÚN FUNDAMENTO LA AMENAZA ESTADOUNIDENSE?

Según informó Gabriel Pereyra, Washington amenazó a Uruguay con cortar su cooperación militar si no se suspende el programa de cooperación con Cuba. Conviene analizar las razones de la advertencia de Estados Unidos y también sus posibles consecuencias.

La razón formal del gobierno de Trump es que el personal sanitario cubano se desempeña en condiciones de esclavitud. La sanción al «trabajo esclavo» desempolva una norma de 1930 según la cual «los bienes […] producidos […] en cualquier país extranjero mediante trabajo penitenciario y/o trabajo forzoso y/o trabajo por contrato bajo sanciones penales no tendrán derecho a entrar en los Estados Unidos» (artículo 1.307 del Título 19 del Código de los Estados Unidos). Apoyado en esta antigua norma, hace unos pocos meses atrás, Estados Unidos ya impuso a Uruguay, junto con otros 60 países, un arancel extraordinario.

Como se ve, lo del trabajo esclavo refiere a importaciones de bienes y, además, es notable que la misma norma establezca que la interdicción puede obviarse si existen necesidades de consumo en Estados Unidos que lo justifiquen. No se requiere ser un experto para comprender que solo una interpretación muy retorcida de la norma citada podría justificar la inclusión en ella del personal sanitario cubano de la Operación Milagro.

Quiere decir que la amenaza estadounidense responde a otras razones. No es difícil concluir que se vincula con la política de asfixia económica de Cuba que desarrolla Washington. Es obvio que el objetivo del Departamento de Estado es evitar que Uruguay continúe transfiriendo 250 mil dólares anuales a La Habana como contrapartida de su cooperación.

LA COOPERACIÓN MILITAR DE ESTADOS UNIDOS

El garrote que en este caso esgrime la diplomacia estadounidense es el corte de la ayuda militar, lo que se conoce de manera genérica como «programas de cooperación en seguridad», un entramado de normas extremadamente complejo y opaco en el que se entrelazan los departamentos de Estado y de Defensa. En él también se insertan las Guardias Nacionales que dependen de los Estados que componen la Unión. En nuestro caso, desde hace 26 años el Ministerio de Defensa Nacional se vincula con la Guardia Nacional del Estado de Connecticut, a través del Programa de Asociación de Estado (State Partnership Program) del Departamento de Defensa.

En concreto, las formas que asume la cooperación militar de Estados Unidos con nuestro país son, básicamente, asesoramiento, entrenamiento, transferencia de equipos en desuso o venta a costo reducido de algún equipo destinado a utilizarse en cuestiones de interés estadounidense (por ejemplo, los blindados Mamba para operaciones de paz). Todos los programas de cooperación militar de Estados Unidos tienen un común denominador muy claro: su objetivo es promover sus intereses nacionales.

Para dimensionar la significación y los reales alcances del asunto debe recordarse el antecedente de la enmienda Koch, aprobada por el Congreso de Estados Unidos en 1976. Ella cortó la cooperación militar con Uruguay como sanción por las violaciones de derechos humanos de la dictadura. El terrorismo de Estado sobrevivió casi una década sin mayores inconvenientes pese a que, en aquella época, la ayuda militar de Estados Unidos era mucho más relevante que en la actualidad. Es interesante dar cuenta de la observación de un oficial superior uruguayo, hace ya dos décadas atrás. «Por primera vez tuvimos que elaborar doctrina», recordó. En efecto, en aquel entonces, los manuales militares del país eran meras traducciones de los estadounidenses.

También es ilustrativo recordar que las operaciones anuales Unitas fueron excluidas de la interdicción de la enmienda Koch por razones de seguridad nacional. La participación de la Armada Nacional en esas operaciones navales implementadas por la armada estadounidense desde 1960 recién se suspendió cuando el entonces presidente Tabaré Vázquez y su ministra de Defensa Nacional, Azucena Berrutti, así lo establecieron en 2006.

No se trata de banalizar la amenaza de Estados Unidos, pero sí conviene saber que sus consecuencias son más simbólicas que efectivas.

Ganadores y perdedores

Este año se ha revelado un dato sobre Cuba que golpea a quien tenga el sentido más básico de humanidad: la tasa de mortalidad infantil en la isla subió de 4,0 por cada 1.000 nacidos vivos en 2018 a 9,9. Este aumento de 148 por ciento significó la muerte de 1.800 bebés más. Detrás de esa cifra está la realidad profunda de los últimos años, que para el sistema de salud cubano significa una escasez cada vez mayor de insumos, dificultad o imposibilidad de aplicar tratamientos, equipamientos sin repuestos, incapacidad de hacer exámenes por falta de reactivos y retraso en diagnósticos; para las familias, imposibilidad de comprar medicamentos y suplementos de nutrición que antes se vendían en las farmacias del Estado a precios ínfimos, déficit de alimentación, dificultad para trasladarse a las co...

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Furia de titanes

Tras semanas de intensas e infructuosas negociaciones entre Terminal Cuenca del Plata SA (TCP) –propiedad de la empresa belga Katoen Natie SA– y su sindicato, y ante un conflicto que aumentaba en intensidad, el Poder Ejecutivo dispuso «con carácter transitorio y limitado» la fijación de «servicios mínimos», que aseguren una operativa adecuada en la terminal especializada de contenedores del puerto de Montevideo. Fundada en disposiciones del Comité de Libertad Sindical de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), la resolución busca atenuar el impacto de las medidas gremiales «en un servicio de importancia trascendental» para la producción nacional y el comercio exterior del país. Se trata de un camino alternativo a la declaración de esencialidad del servicio portuario, que...

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Una olla a presión

En plena discusión presupuestal los senadores del oficialismo y de la oposición intercambiaron reproches sobre daños ambientales. La coalición multicolor le endilgó al gobierno el «error» que supondrá la construcción de la represa de Casupá y recibió como contragolpe el recuerdo del año en el que los uruguayos bebimos agua salada.1 Con la llave en mano de los votos necesarios para darle mayoría al gobierno, el diputado de Cabildo Abierto, Álvaro Perrone, sugirió que el Ministerio de Ambiente (MA) debería desaparecer porque supone un gasto inútil y su partido también se ensañó con el target del momento: la Dirección Nacional de Cambio Climático (Dinacc) –a pesar de que una cabildante, Natalie Pareja, estuvo cuatro años en esa función en la administración pasada sin que se le conocieran actu...

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Scroll infinito

El 18 de febrero de 2026, vestido con un traje azul y una corbata gris que contrastaba con su piel clara y su característico cabello rizado rojizo, Mark Zuckerberg, fundador y director ejecutivo de Meta, tuvo que declarar ante el Tribunal Superior de Los Ángeles. Era la primera vez que la empresa tecnológica, propietaria de Facebook, Instagram y WhatsApp, junto con otras compañías del sector, era acusada de diseñar intencionalmente sus plataformas para ser adictivas. En la sala también estaba Kaley G. M., la principal querellante del juicio, una joven californiana de 20 años cuya relación con las redes sociales comenzó cuando estaba en la escuela primaria. A los 6 años comenzó a ver videos en YouTube, a los 9 abrió una cuenta de Instagram, a los 10 comenzó a usar Musical.ly –la plataforma ...

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El lado de Chifflet

Una tarde de abril de 1983, aún en dictadura, como integrante de la Asociación de Trabajadores de El Día, fui a un instituto de ayuda sindical ubicado en la calle Uruguay casi Gaboto para explicar la situación de inminente envío al seguro de paro por la que atravesábamos los empleados del diario fundado un siglo antes por José Batlle y Ordóñez.

En la vieja casona de altos donde funcionaba la Comisión de Estudios Sociales y Sindicales (CESS), conversaba un grupo de personas que yo –con mis veintipocos años de edad y una trayectoria limitada a las secciones de deportes y cultura– entonces no conocía: eran Víctor Vaillant, Ernesto de los Campos, José D’Elía, Andrés Toriani, Richard Read, Jorge Núñez y otros que no recuerdo.

Me sumé a la reunión y escucharon con atención mi versión de lo que ocurría en El Día, hasta que llegó otro «desconocido»: un hombre flaco y alto, buzo a rombos y saco a cuadros, pelo cano con flecos plateados. Empezó a hablar de un documento, algunas de cuyas páginas, que ya traía escritas, comenzó a leer a los presentes; narraban la historia de los mártires de Chicago.

Yo, educado bajo la censura de la dictadura, desconocía los detalles de aquel episodio de lucha popular que ese hombre elegante y de particular tono de voz –luego supe que estudió periodismo en Yugoslavia– narraba suave pero apasionadamente. Me emocioné cuando leyó la frase de August Spies: «Nuestro silencio será más poderoso que nuestras voces que estrangula la muerte».

LETRISTA DEL PIT

El documento lo tomó Read cuando la reunión se disolvía. Los más jóvenes, representantes de sus centros laborales, me invitaron a participar de otro encuentro en un lugar cercano. Mientras el barbado Toriani montaba su bicicleta, me metieron en la parte trasera de la combi pintada con antióxido que conducía Read para llevarme por Gaboto hasta la calle José Enrique Rodó.

En la casona donde funcionaba Acción Sindical Uruguaya había una veintena de dirigentes de las asociaciones profesionales que recientemente habían sido permitidas por la dictadura a través de una norma impulsada por el ministro de Trabajo, general Néstor Bolentini. El anfitrión del encuentro, Mitil Ferreira, explicó que nos reuníamos para organizar la conmemoración del Primero de Mayo.

Allí se constituyó una «mesa representativa» integrada por los principales sindicatos. Toriani por la salud, Read por la bebida y Carlos Pereyra por Funsa fueron tres de sus integrantes. Aquel documento leído en el CESS, que se había llevado Read, se lo quedó Pereyra y terminó siendo parte sustancial del manifiesto sindical al abrir el acto frente al Palacio Legislativo.

Desde el estrado, frente a miles de uruguayos, en aquel episodio clave de la lucha en contra de la dictadura, Carlitos Pereyra, la primera voz del Plenario Intersindical de Trabajadores (PIT), leyó palabras que había tecleado aquel hombre flaco y alto, buzo a rombos, saco a cuadros, pelo cano, flecos plateados y particular voz llamado Guillermo Chifflet. Lo escuché a él cuando citó a Spies.

EL «HERMANÍSIMO»

Por trabajar en «espectáculos» de El Día, antes que al Yuyo Chifflet, conocí a su esposa, Julia Amoretti, extraordinaria actriz y comediante. Y luego de aquella tarde en el CESS, con él pude compartir teclados y salas de redacción en publicaciones como Convicción, La Voz, Tiempo de Cambio, Alternativa y Brecha. Aprendí sobre periodismo, política y humanismo.

En Convicción, la publicación que funcionó como herramienta de organización y convocatoria del PIT, Chifflet fue una de las plumas de la formativa «Enciclopedia Sindical», que educó a buena parte de los nuevos dirigentes sindicales. En La Voz –continuidad de Convicción, tras su clausura– recuerdo su fuerte alegato por la liberación de Wilson Ferreira Aldunate, preso al volver del exilio.

Tiempo de Cambio fue un diario modelo que duró un suspiro; Alternativa un semanario oficial del Partido Socialista en el que Chifflet planteaba los temas que le ocupaban políticamente, y Brecha la escuela de un periodismo en el que se amoldaban aquellas firmas que habían escrito en Marcha con las de los jóvenes del 68 que volvían del exilio –o el insilio– y los más jóvenes de la naciente generación 83. Allí, Chifflet –con su «tuteo de usted» y aquel saludo: «¡Hermanísimo!»– rompía todas las barreras intergeneracionales y eventuales diferencias políticas o sindicales que pudieran distanciar a los integrantes de aquella redacción de escritores, revolucionarios, profesionales, académicos, militantes, sindicalistas, activistas o simples atrevidos, que pretendíamos ejercer el párrafo.

DEL LADO CORRECTO

En el llamado Archivo Berrutti se pueden ver las 148 menciones que los militares hicieron sobre Chifflet desde 1963, cuando aparecía en la Lista 4190 de la Unión Popular como suplente del entonces procurador Raúl Sendic, quien, a su vez, lo era del segundo candidato titular, Vivián Trías, en una lista a Diputados que encabezaba Enrique Erro.

Militante social desde la época de la revolución española, Chifflet ingresó en 1940 al Partido Socialista de Emilio Frugoni, donde fue secretario de Trías y edil departamental. Fundador del Frente Amplio, jamás dejó de participar en actos por pequeños o remotos que fueran, y separó siempre su actividad partidaria de su labor como periodista en Época, El Sol, El Oriental, Izquierda, Hechos y Marcha.

Los archivos de inteligencia policial o militar lo registran en buenas causas: abriendo Casa del Pueblo (1984), siendo electo como diputado (1990), militando por plebiscitar la ley de empresas públicas (1992), haciendo lo propio contra la presencia de Pinochet (1993), por el asilo de los vascos (1994), por la cuota femenina (1995), por las radios piratas, por reparar a militares demócratas (1996) y por las causas de derechos humanos en general.

Le adjudican a Leonard Cohen la frase «A veces uno sabe de qué lado estar simplemente viendo quiénes están del otro lado». En el caso de Chifflet, bastaría saber de qué lado estaba él para comprender cuál era el correcto, porque, durante los 93 años que vivió, siempre tomó posición y se comprometió con el lado que debía.

A 100 años de su nacimiento, sigo escuchando su voz.

Una droga que no se vende

Tres empresas de inteligencia artificial (IA) que compiten entre sí admitieron recientemente que no todo lo que una tecnología puede hacer tiene que hacerse a máxima velocidad y que el mercado por sí solo no va a ordenar eso. Pero, cuando la carrera dejó de ser solo entre empresas, y ya involucra a Washington y Pekín, aparece un problema que ninguna de ellas parece saber resolver: ¿cómo se desacelera una tecnología cuando cada potencia cree que detenerse antes que el rival significa perder? Para probar ese argumento no hace falta esperar ninguna superinteligencia: ya hay una industria más vieja que hace 15 años optimiza y monetiza la captura de nuestra atención. No pretende dominar el mundo ni reemplazar a nadie. Quiere algo bastante más sencillo: que no nos vayamos.

El scroll infinito no es una propiedad de internet ni una consecuencia de las pantallas táctiles. Es una decisión de diseño de producto tomada por las corporaciones. Las primeras interfaces web tenían final: uno llegaba abajo y había que apretar «página siguiente». Ese botón era malo para la empresa y bueno para el usuario, porque ahí aparecía la pregunta de si valía la pena seguir. Se decidió eliminarlo. La reproducción automática hizo lo mismo con la música y con los videos: borró el intervalo en el que uno podría decidir.

No es pensamiento conspiranoico, sino la constatación de un superrentable modelo de negocio. La notificación produce una vuelta, la vuelta una interacción, la interacción genera datos y esos datos mejoran la recomendación siguiente. La pantalla es el dispositivo, la atención el recurso y el tiempo la mercancía. La pregunta, entonces, no sería cuánto usamos una aplicación, sino quién decide cuánto nos cuesta irnos. Ya hay pruebas de que es reversible: los propios sistemas operativos móviles ya reponen, con unos segundos de pausa antes de abrir ciertas aplicaciones, el botón que la aplicación borró.

EUROPA MIRA A LA MÁQUINA

El Reglamento de Servicios Digitales europeo no regula contenidos, exige a las plataformas hacerse cargo de los riesgos sistémicos de su servicio. El 6 de febrero, la Comisión Europea concluyó de manera preliminar que TikTok lo incumple por su diseño adictivo de scroll infinito, reproducción automática, notificaciones y recomendación personalizada. No se afirmó que este sistema se asemejara a una droga, pero sí se dijo que sus características empujan al usuario a un uso excesivo y que los controles opcionales de tiempo de pantalla no alcanzan. El remedio que propone es desactivar el desplazamiento infinito e imponer pausas efectivas: no pedirle al usuario que se contenga, sino cambiar la máquina.

En julio se llegó a conclusiones similares respecto de Facebook e Instagram; la defensa de Meta ya se había oído en febrero, cuando Mark Zuckerberg declaró en un juicio en Estados Unidos que Instagram estaba diseñada para ser útil. Antes hubo procedimientos contra Shein por sus sistemas de puntos y recompensas. Tres rubros distintos, el mismo mecanismo. El 1 de setiembre empezó a funcionar en el Consejo de Europa un comité de 15 expertos, con mandato hasta 2027, para redactar una recomendación sobre adicciones digitales. Ya no se discute si el problema es «el celular», sino que se discute la arquitectura del software que utilizamos.

Debo hacer una precisión por temor a provocar pánico (o a que los lectores piensen: «A este no le gusta nada»): no todo uso intensivo es una adicción. Se pueden pasar ocho horas trabajando frente a una computadora sin problema alguno, y una hora y media haciendo scroll, atrapado en un patrón que no se controla. La Organización Mundial de la Salud reconoce el trastorno por videojuegos y el de juego de apuestas, pero ninguna categoría clínica llamada adicción a las redes sociales. El psicólogo estadounidense Jonathan Haidt sostiene que el teléfono reconfiguró la infancia y explica que hay un deterioro de la salud mental adolescente; sus colegas investigadores Amy Orben y Andrew Przybylski replican advirtiendo sobre los riesgos de convertir una preocupación cultural en diagnóstico (como ocurrió con la televisión, con la historieta, con el rock). Entiendo que tienen razón en algo: si llamamos adicción a todo, dejamos de saber de qué estamos hablando.

Quizá haya que hacerse otras preguntas. Cuánta gente tiene un trastorno es una pregunta netamente clínica. Qué hace una empresa para maximizar la permanencia es una pregunta de diseño, y esa ya tiene respuesta en la experiencia europea que señalaba más arriba. Y si el asunto es de diseño, parece de orden que los Estados lo evalúen y decidan si lo habilitan, si piden ajustes o si entienden que es incompatible con la salud de sus habitantes. Porque, aunque casi nadie lo diga con claridad, vivimos en una etapa del capitalismo centrada en la maximización de la riqueza vía control de la humanidad, y eso no se enfrenta con el argumento banal de que se trata de algo nuevo o difícil de incorporar para los gobiernos y parlamentos. Lo cierto es que, si no actuamos, seguramente seamos víctimas o cómplices. O, como dice un amigo: ¿Será que hemos caído en un masivo alzhéimer cultural?

URUGUAY NO ARRANCA DESDE CERO

Nuestro país ya dio dos veces peleas similares en política de drogas. Y cuando reguló el tabaco no le pidió al fumador más fuerza de voluntad, intervino sobre el producto, la cajilla, la presentación única, la publicidad. Philip Morris demandó al Estado uruguayo ante el Centro Internacional de Arreglo de Diferencias Relativas a Inversiones y el laudo de 2016 le dio la razón a Uruguay. Con el cannabis tampoco eligió entre prohibir y dejar hacer, eligió regular el diseño de un producto legal en lugar de responsabilizar a quien lo consume.

La Estrategia Nacional de Drogas 2026-2030 ordena la política de los próximos cinco años en siete ejes, con un plan de acción que por primera vez incorpora metas, responsables e indicadores. Si el país está definiendo ahora sus metas en comportamientos adictivos, corresponde seguramente preguntarse por qué los usos digitales problemáticos no figuran entre ellas.

El Instituto Nacional de Estadística (INE) y la Agencia de Gobierno Electrónico y Sociedad de la Información y del Conocimiento (Agesic) desarrollan, además, la Encuesta de Usos de Tecnologías de la Información y la Comunicación (Eutic), que releva acceso, usos, habilidades y comportamientos de la población de 14 años o más residente en el país. Pero mide qué hacemos con internet, no si algunos de esos usos se volvieron problemáticos. La diferencia se resuelve quizá añadiendo un módulo de pregunta sobre si la persona intentó reducir su uso y no pudo, si la tecnología interfiere con el sueño, el trabajo o el estudio, si le produce conflictos en la casa, si ciertas aplicaciones se usan para regular la ansiedad, el aburrimiento o la soledad. No es un test de adicción al celular. Entiendo que es información epidemiológica propia y muy valiosa antes de legislar.

Por otro lado, entre los 341 jóvenes que participaron este año en una consulta de UReport de Unicef, aparece la demanda de entender cómo funcionan los algoritmos y los diseños destinados a sostener la atención. La Universidad de la República (Udelar) ya investiga lo mismo; tal vez lo que falte no sea investigación, sino que las conclusiones lleguen a la política a tiempo.

Deseo advertir que, si aceptamos la idea de que ciertas tecnologías afectan nuestra capacidad de decidir, la tentación inmediata será resolverlo vigilando: verificación permanente de edad, registro de aplicaciones, perfiles de riesgo, sistemas que determinen quién está «demasiado conectado». Sería la misma arquitectura de control, pero con otros dueños. Antes de prohibir, medir; antes de vigilar, investigar; antes de responsabilizar al usuario, mirar también la máquina.

LA CAPACIDAD DE IRSE

El título de esta nota busca ser deliberadamente incómodo: las redes sociales no son drogas y convertir la metáfora en afirmación clínica sería un atrevimiento. Pero sirve para preguntar qué hace un Estado cuando una conducta puede producir dependencia sin que exista una sustancia ilegal que decomisar, cuando no hay bocas que allanar, cuando el objeto del problema no está en una esquina con championes atados colgando de los cables, sino en el bolsillo de casi toda la población, y cuando quien lo diseñó sabe mucho más que nosotros sobre cómo reaccionamos frente a él.

Los directores ejecutivos de las principales corporaciones que trabajan con inteligencia artificial están pidiendo que la industria vaya más despacio. No tengo dudas de que hay que hacerle el mismo planteo a la industria que hace 15 años afina algoritmos para ganar nuestra atención. Incluso esto parece resolverse con cosas baratas: un módulo de usos digitales problemáticos en la próxima Eutic, una meta explícita en el plan de acción de la Estrategia Nacional de Drogas o una mesa con el INE, Agesic, la Junta Nacional de Drogas, el Ministerio de Salud Pública y la Udelar antes de que alguien desde el simplismo proponga prohibir algo.

Nada de lo propuesto obliga a apagar el celular, sino algo mucho más modesto y seguramente más difícil: devolver una idea sencilla que el diseño digital fue borrando de a poco, la de que uno pueda decidir cuándo terminar. Y garantizar que, cuando uno decida irse, la máquina lo deje.

La noche de la seguridad

Los allanamientos nocturnos han vuelto. En realidad, nunca se fueron. Son una de esas ideas que la política uruguaya conserva en algún rincón del repertorio para desempolvar cuando los homicidios se acumulan, el narcotráfico vuelve a ocupar las primeras planas o simplemente hay que demostrar que se está dispuesto a hacer algo. Después de haber sido rechazados en las urnas, regresan por iniciativa del Partido Nacional y encuentran ahora un gobierno dispuesto a conversar. El presidente Yamandú Orsi no cierra la puerta y el ministro del Interior, Carlos Negro, admite que el asunto puede discutirse, aunque reconoce algo bastante más importante: no hay evidencia que permita afirmar que los allanamientos nocturnos mejoren la eficacia policial.

La constatación debería alcanzar para terminar la discusión antes de empezar. No porque las políticas públicas sean el resultado automático de evidencias científicas incontestables, sino porque el gobierno acaba de presentar un Plan Nacional de Seguridad Pública construido alrededor de una promesa diferente: abandonar las respuestas intuitivas, fragmentadas y coyunturales para avanzar hacia intervenciones basadas en evidencia, sometidas a evaluación y articuladas en una estrategia de largo plazo. Cuanto mayores sean los costos, los riesgos y la complejidad de una intervención, más sólida debería ser la evidencia que la justifique. Difícil imaginar una medida en la que este principio resulte más pertinente que aquella que habilita a agentes armados del Estado a ingresar de noche a los hogares.

Hay algo desconcertante en todo esto. El gobierno dedicó un enorme esfuerzo institucional a diagnosticar problemas, revisar antecedentes, consultar actores, establecer prioridades y ordenar una estrategia para los próximos años. Apenas unos meses después, la conversación pública vuelve a girar alrededor de una medida que no ocupa ningún lugar relevante en esa arquitectura y cuya efectividad ni siquiera quienes están dispuestos a discutirla pueden demostrar.

No es una contradicción menor. Son dos formas de imaginar la seguridad. Una pretende identificar problemas, mecanismos, actores, territorios y capacidades institucionales. La otra busca herramientas impactantes. Una pregunta qué produce la violencia y cómo intervenir sobre sus condiciones de reproducción. La otra pregunta qué nueva facultad puede otorgársele a la Policía. Una habla de inteligencia, investigación criminal, prevención, regulación de mercados, control de armas y persecución de activos. La otra imagina una puerta que se derriba en mitad de la noche. No hace falta demasiada imaginación para saber cuál de las dos imágenes tiene mayores posibilidades de imponerse en una sociedad asustada.

El problema de los allanamientos nocturnos nunca fue solo jurídico. Tampoco es estrictamente policial. Es político. Su extraordinaria persistencia revela hasta qué punto las políticas de seguridad están atrapadas en una concepción en la que cada fracaso del control debe resolverse ampliando las capacidades de control. Si la Policía no logra impedir determinados delitos, necesita más facultades. Si el narcotráfico continúa expandiéndose, hacen falta procedimientos más intrusivos. Si los homicidios no bajan, habrá que intensificar los operativos. Y si todo eso tampoco funciona, siempre quedará algún nuevo límite para correr.

El razonamiento tiene una ventaja formidable: nunca puede ser refutado. El fracaso de una política punitiva jamás demuestra que haya que cambiar de política, sino que todavía no hemos sido suficientemente punitivos. Uruguay lleva muchos años recorriendo ese camino. Ha aumentado las penas, multiplicado su población encarcelada, ampliado figuras delictivas, fortalecido dispositivos policiales e incrementado los controles. Al mismo tiempo, los homicidios crecieron y la violencia se volvió más intensa en determinados territorios. El problema no parece ser, precisamente, que el Estado uruguayo tenga pocas capacidades para castigar. Los allanamientos nocturnos son, en ese sentido, la expresión casi perfecta de una fuga hacia adelante.

Su argumento más repetido parece irrebatible porque es extraordinariamente sencillo: las bocas de venta de drogas funcionan de noche, por lo tanto, la Policía debe poder allanarlas de noche. Pero las políticas de seguridad suelen fracasar justo cuando una obviedad operacional se convierte en una estrategia. Una boca cerrada no es un mercado desarticulado. Una persona detenida no equivale a una organización neutralizada. Un cargamento incautado no supone que una economía ilegal haya dejado de ser rentable. Y 100 procedimientos exitosos pueden convivir perfectamente con la expansión del negocio que pretendían combatir.

La pregunta es otra: qué eslabones se persiguen, cuáles permanecen intactos, qué capacidad de sustitución tienen las redes, cómo circulan las armas, dónde se lava el dinero y en qué lugares se acumulan al final las ganancias. Para responder esas preguntas no hacen falta allanamientos a las tres de la mañana. Hacen falta inteligencia, investigación, regulación, coordinación estatal y voluntad de seguir las tramas económicas del delito más allá de sus expresiones territoriales visibles.

Aquí aparece otro problema. Los allanamientos nocturnos no son socialmente neutros. Podemos imaginar con perfección dónde se harán. No habrá grandes contingentes policiales irrumpiendo durante la madrugada en estudios jurídicos, empresas, establecimientos financieros o residencias de los barrios más ricos. La geografía de la sospecha ya está trazada. Los procedimientos se concentrarán allí donde desde hace años se concentran los controles, las detenciones, las persecuciones y buena parte de la violencia institucional; es decir, en los territorios más pobres. Esto no significa negar que allí existan mercados ilegales, armas y violencia homicida. Al contrario, implica tomarse esos fenómenos muy en serio como para reducirlos a una sucesión de irrupciones policiales.

Además, un allanamiento nocturno no es una abstracción jurídica. Es una intervención potencialmente violenta dentro de un espacio doméstico. Hay policías armados, personas que despiertan de manera abrupta, niños, adolescentes, errores de información, domicilios equivocados, reacciones imprevisibles, miedo. También hay funcionarios policiales expuestos a situaciones de riesgo. Todo procedimiento puede terminar bien. También puede terminar muy mal. Por eso resulta difícil comprender la voluntad de modificar una garantía constitucional sin poder demostrar cuáles son los beneficios adicionales que compensarían esos riesgos.

Pero hay algo todavía más profundo. Cuando el Estado entra de madrugada en una vivienda de un territorio castigado, no solo busca drogas o armas. Produce una relación social. Produce experiencias del Estado, memorias, humillaciones, temores y representaciones de la autoridad. Las políticas de seguridad también producen subjetividades. En lugares donde el Estado suele ser débil para garantizar derechos, errático para proteger y contundente para controlar, esas intervenciones pueden profundizar aquello que una política democrática debería intentar revertir: la distancia entre instituciones y ciudadanía.

La contradicción con el Plan Nacional de Seguridad Pública adquiere aquí toda su dimensión. El plan habla de prevención, policiamiento comunitario, investigación criminal, control de armas, persecución de redes y activos ilícitos, reducción del reclutamiento de adolescentes y presencia estatal en territorios críticos. Se podrán discutir muchas de esas medidas, y seguramente habrá que hacerlo, pero allí existe una intuición correcta: la violencia no se reduce acumulando procedimientos policiales.

La política de seguridad uruguaya está atravesada por una paradoja persistente. Cuanto más complejos se vuelven los problemas, más elementales parecen las respuestas. El narcotráfico se transnacionaliza y proponemos entrar de noche a las casas. Los mercados ilegales movilizan dinero a través de circuitos económicos y financieros, y discutimos horarios de allanamiento. Las armas circulan mediante cadenas difíciles de controlar y reforzamos operativos en los barrios. Los homicidios se concentran en redes, trayectorias y territorios marcados por acumulaciones de desigualdad y violencia, y volvemos a reclamar más Policía.

La discusión tiene ahora, sin embargo, un ingrediente nuevo. Uruguay dispone de un Plan Nacional de Seguridad Pública que, con todas sus limitaciones, ofrece una oportunidad para salir de esa trampa. El gobierno puede utilizarlo para disputar el sentido común de la seguridad o puede permitir que el sentido común termine devorándose al plan. La discusión sobre los allanamientos nocturnos debería servir, entonces, para establecer un límite. Y una izquierda que aspire todavía a construir una política de seguridad diferente debería ser capaz, alguna vez, de decir que no. Porque gobernar la seguridad no consiste en acumular todas las herramientas disponibles. Consiste también en saber cuáles no utilizar.

Sobre las declaraciones de Mónica Ferrero y la Fiscalía Especializada en Crímenes de Lesa Humanidad

Las organizaciones abajo firmantes, integrantes de Interiores en Red por Verdad, Memoria y Justicia y otros colectivos defensores de los derechos humanos, expresamos nuestra preocupación por las manifestaciones de la fiscal de Corte subrogante, doctora Mónica Ferrero, en el seno de la Comisión de Hacienda del Senado, el día 3 de setiembre pasado, en relación con la Fiscalía Especializada en Crímenes de Lesa Humanidad.

En esa oportunidad, la fiscal señaló que ante el desborde de casos que tienen a consideración las diferentes fiscalías, pensaba ampliar las competencias de la especializada en crímenes de lesa humanidad, debido al escaso número de causas que esta tendría a estudio.

Esta afirmación parece ignorar el marco legal (ley 19.550, de 2017) de creación de dicha fiscalía. La ley expresa que «la Fiscalía Especializada en Crímenes de Lesa Humanidad conocerá exclusivamente en todos los casos penales referidos a las violaciones de los derechos humanos ocurridos durante el período definido en la ley 18.596 de setiembre de 2009 (actuación ilegítima del Estado entre el 13 de junio de 1968 y el 26 de junio de 1973 y entre el 27 de junio de 1973 y el 28 de febrero de 1985, durante el terrorismo de Estado), que estén en trámite o se inicien en los juzgados de todo el territorio nacional» (los destacados son nuestros).

La afirmación, además, de que esta fiscalía tiene solamente 20 causas ha sido desmentida públicamente por su fiscal titular, el doctor Ricardo Perciballe. Este ha aclarado que tienen a estudio aproximadamente 150 causas, algunas bajo el viejo Código del Proceso Penal y otras bajo el actual código, lo que implica diversidad de procedimientos, además de recalcar el alcance nacional de esa fiscalía y del trabajo que realiza con el equipo de la Institución Nacional de Derechos Humanos abocado, por ley, a la búsqueda de personas detenidas desaparecidas. A esto se agrega la complejidad de la materia específica a investigar: crímenes perpetrados hace más de 40 años y con una documentación retaceada debido al ocultamiento de archivos pertenecientes a las fuerzas represivas.

La importancia del trabajo de esta fiscalía en la lucha contra la impunidad de los crímenes cometidos por las fuerzas coercitivas estatales durante la última dictadura civil y militar, y su previa, han quedado en evidencia en cada una de las causas que ha llevado adelante. Las investigaciones realizadas en el proceso han permitido sacar a la luz crímenes incluso invisibilizados, tal es el caso de la ampliación de la formalización de uno de los imputados en la causa (en curso) de Bella Unión por haber perpetrado delitos sexuales contra niños, hombres y mujeres que ni siquiera tenían vínculos políticos.

La Fiscalía Especializada en Crímenes de Lesa Humanidad actúa para dar cumplimiento a principios básicos que hacen al respeto de los derechos humanos contenidos en nuestra Constitución, así como para cumplir con las obligaciones internacionales contraídas por el Estado uruguayo de proceder a la investigación y el enjuiciamiento de personas responsables de haber cometidos crímenes de lesa humanidad.

El día 23 de setiembre próximo concurrirá a nuestro país la Corte Interamericana de Derechos Humanos para evaluar el cumplimiento de sus sentencias relacionadas con los casos Gelman y Maidanik (Muchachas de Abril), Tassino y González. Se encontrarán con el panorama de una fiscal de Corte subrogante que ha hecho en el ámbito legislativo esas afirmaciones, además de haberle restado personal técnico a dicha fiscalía.

Somos organizaciones de derechos humanos que hemos impulsado denuncias por crímenes de lesa humanidad y que hemos estado acompañando, y seguiremos haciéndolo, a las víctimas y los juicios: Juicio de Los Vagones en Canelones, San José (Batallón de Infantería 6), Treinta y Tres ( Batallón de Infantería 10), Tacuarembó (Regimiento de Caballería 5), Fusilados de Soca (Departamento III de Información de Defensa [SID]), pobladores de San Javier y caso Roslik (Batallón de Infantería 9 de Fray Bentos), Salto (Batallón de Infantería 7), Bella Unión (Regimiento de Caballería 10). Hemos vivido de cerca el accionar responsable, altamente técnico del equipo de fiscales, respetuoso de las víctimas y comprometido con los objetivos establecidos en su ley de creación. Por esto y por todos los juicios llevados adelante que han develado los horrores del terrorismo de Estado, así como sus vínculos y accionar internacionales, y por todo lo que aún queda por investigar y penalizar, es que deploramos las expresiones de la fiscal de Corte subrogante, doctora Mónica Ferrero, y manifestamos nuestro absoluto respaldo a la existencia –en los términos establecidos por su ley de creación– y actuación de la Fiscalía Especializada en Crímenes de Lesa Humanidad, por considerar que es una herramienta fundamental de nuestro Estado para acercarnos al horizonte deseado, por toda sociedad democrática, de verdad y justicia.

Asociación «Ágora» Identidad, Derechos Humanos y Memoria Canaria
Colectivo Nueva Helvecia por Verdad y Justicia
Colectivo por la Memoria, Verdad y Justicia de Tacuarembó
Colectivo Pro Sitio de Memoria de Treinta y Tres
Comisión de Derechos Humanos de Río Negro
Comisión de Memoria de Paysandú
Comisión Memoria, Justicia y contra la Impunidad-Soriano
Comisión por la Memoria de los Fusilados de Soca
Comisión Sitios de Memoria Lavalleja
Grupo de Trabajo por Verdad y Justicia de Bella Unión
Intersocial de San José
Memorias de la Costa

El Flaco, un faro en la lucha por la liberación plena

Para un haitiano patriota y antimperialista, que comparte la lucha por el respeto a la soberanía y el derecho a la autodeterminación de todos los pueblos oprimidos, escribir acerca del centenario del nacimiento de Guillermo Chifflet, el Flaco, es un deber insoslayable. Como coordinador del Comité Democrático Haitiano en Argentina (CDH), tuve el honor de conocer personalmente a Guillermo en Montevideo, escuchar sus brillantes reflexiones sobre la historia y la realidad de mi país, y apreciar su amabilidad y sencillez. Me resulta extremadamente difícil encontrar las palabras exactas para agradecer su solidaridad plena para con la lucha del pueblo haitiano. Hoy, cuando el mundo asiste, prácticamente con indiferencia, al desarrollo de un genocidio planificado y silenciado en Haití, resuena con más fuerza en mi mente y mi corazón la última frase de la intervención de Guillermo en la Cámara de Diputados uruguaya en diciembre de 2005 para anunciar su renuncia cuando el Parlamento se disponía a votar la ampliación del contingente militar en Haití: «No voto, pero renuncio a la cámara. Renuncio. Quiero estar de acuerdo y respetar la voluntad de las mayorías, pero también quiero estar tranquilo con mi conciencia».

Aquella conducta ya histórica, basada en hechos concretos, revelaba que la Misión de las Naciones Unidas para la Estabilización de Haití (Minustah) era una fuerza de ocupación, no una misión de paz. Guillermo denunciaba también con claridad que la Minustah fue impuesta para sostener un orden de saqueo y depredación, violando, al mismo tiempo, principios internacionales, y la soberanía y el derecho a la autodeterminación del pueblo haitiano.

Cabe recalcar que Guillermo no actuaba así porque persiguiera notoriedad, sino, como bien lo aclaraba en su alocución con unas palabras que conmueven todavía, porque «ir a hacer el trabajo sucio del imperio a Haití es repugnante». Una muestra cabal de que él estaba en contra de la imposición de un tutelaje en Haití, demostrando toda la dimensión y convicción de un verdadero antimperialista y socialista.

Varios miembros de organizaciones populares y combativas haitianas, conscientes de la importancia de aquella manifestación de verdadera solidaridad, la primera de un alto funcionario de nuestra Abya Yala para con el pueblo haitiano, expresaron en distintas oportunidades que Guillermo Chifflet permanecerá para siempre en sus corazones. Estando en reuniones en Haití, escuché por parte de numerosos dirigentes la propuesta de erigir un monumento en honor a Guillermo luego del triunfo de la revolución en Haití. Otros querían designar un aula de la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad del Estado de Haití con el nombre de este uruguayo ejemplar.

Al escribir estas breves líneas, me vuelven a la memoria las imborrables y hermosas imágenes de la tarde
en la que en una sala del Parlamento uruguayo le rendimos un merecido homenaje por su coherencia y solidaridad. Estuvieron presentes varios patriotas uruguayos, entre los cuales se destacaban Eduardo Galeano y todos los miembros del Comité Uruguayo de Solidaridad con Haití, como así también algunos periodistas y militantes solidarios con Haití. Un comité que, hasta ahora, desarrolla actividades que comprueban que sus miembros siguen el camino trazado por Guillermo.

En este primer centenario del nacimiento de Guillermo Chifflet, no se trata de recordar una simple efeméride. Recordar al Flaco es más que un potente insumo para derrotar al neocolonialismo imperante en Haití y terminar con el dominio imperialista.

Por todo ello, mis últimas palabras son de profundo agradecimiento, no solo en mi nombre y del CDH, sino también del pueblo haitiano, a la familia de Guillermo y a todos los uruguayos y uruguayas del comité y demás patriotas de este país hermano.

Guillermo: sin duda alguna, al entrar con valor, modestia y sinceridad en nuestra historia, quedarás allí para siempre, y con la nacionalidad haitiana que te habíamos otorgado desde aquella tarde de reconocimiento. Nuestro compromiso contigo, entonces, es seguir luchando hasta conquistar nuestra libertad plena, tal como lo deseaste hasta tu último día entre nosotros.

¡Abrazo eterno! ¡Hasta la victoria siempre!


(Henry Boisrolin. Coordinador del Comité Democrático Haitiano en Argentina)

Recibimos & publicamos

Por el socialismo explícito: a 100 años del nacimiento de Guillermo Chifflet

La Coordinadora por el Retiro de las Tropas de Haití se honra de haber compartido ruta con el compañero Guillermo Chifflet; un hombre humano, verdadero revolucionario socialista e internacionalista, que para no traicionar sus principios éticos abandonó su banca en el Poder Legislativo. Chifflet se sensibilizó con la bicentenaria lucha del pueblo haitiano contra la esclavitud y la colonización y por la emancipación de todos los pueblos, como el de Palestina. Tuvo claro el papel mercenario y colonial de las Misiones de Paz de la Organización de las Naciones Unidas, y no solo en Haití. Se opuso a ello tenazmente, pero no fue escuchado por su fuerza política, el Frente Amplio (FA).

Junto con José Díaz o con Víctor Licandro, que compartieron los mismos principios, Chifflet ofreció una visión clara sobre el antimperialismo y la injerencia norteamericana e imperialista en nuestras naciones a través de las multinacionales, y se opuso a tal subordinación. Tampoco ellos fueron escuchados por el FA.

Haití, como otros países, es sometido a un genocidio silencioso. Estados Unidos lo ha convertido en un infierno, como a Gaza y Cuba. Los más humildes son sodomizados allí, nuestros amigos torturados y decapitados. Hoy queremos rendirles homenaje también a ellos, los mártires del Caribe y de toda América.

En tu centenario, Guillermo, nos comprometemos a seguir sembrando tu ejemplo de consecuencia; por tu vida jugada entre los humildes, por luchar en todo momento, sin importar las correlaciones de fuerza ni los cálculos políticos, por el socialismo explícito. La ética no es burguesa, es revolucionaria. La historia te absolvió, te dio la razón: socialismo o barbarie. ¡Por el socialismo siempre!

Coordinadora por el Retiro de las Tropas de Haití

Bajo doble llave

Tras el repliegue de las fuerzas yemeníes apoyadas por Arabia Saudita, el 11 de setiembre columnas hutíes desembarcaron en la isla de Perim, un pedazo de roca volcánica que divide en dos los carriles de navegación del estrecho de Bab el-Mandeb. Luego de tomar las localidades estratégicas de Moca, Hays, Al-Khawkhah y los archipiélagos de Hanish y Zuqar, el movimiento nacionalista yemení, en guerra contra fuerzas apoyadas por Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos, controla hoy la totalidad del litoral yemení en el mar Rojo. Apenas 20 quilómetros los separan ahora de la costa africana, a través de un paso incluso más angosto que el estrecho de Ormuz. Si bien los hutíes ya habían significado en el pasado un posible obstáculo al tráfico de bienes por esa vía, el control de esa zona costera lo...

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El origen

La paradoja resulta especialmente evidente si se observa la China actual. La economía, la sociedad, la estructura productiva, las relaciones internacionales y hasta buena parte de las condiciones de vida de sus ciudadanos se encuentran muy lejos de la China maoísta. Sin embargo, Mao continúa presente en Tiananmén, en los billetes, en el paisaje monumental de numerosas ciudades y en la memoria oficial del Partido Comunista de China (PCCh). No es una supervivencia puramente sentimental: sigue desempeñando una función en la comprensión que el propio sistema hace de su historia y, sobre todo, de su proceso de modernización.

La clave continúa siendo la resolución de 1981 sobre algunas cuestiones de la historia del PCCh desde la fundación de la república popular. Su fórmula, convertida en una especie de regla de equilibrio –los méritos de Mao fueron principales y sus errores secundarios, en la conocida proporción 70-30–, permitió resolver una cuestión tan extraordinariamente delicada como reconocer los desastres provocados por determinadas políticas sin poner en cuestión la legitimidad histórica de la revolución ni la continuidad del partido.

El Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural podían y debían ser criticados; Mao podía ser considerado responsable de graves errores. Pero esa crítica no podía convertirse en una impugnación del proceso histórico que había conducido a 1949. La operación tenía una enorme importancia política, separando al Mao histórico del Mao fundador, cuya centralidad debía permanecer intacta.

Deng Xiaoping necesitaba esa distinción para emprender las reformas. El denguismo suponía una ruptura profunda con numerosos aspectos de la experiencia maoísta, pero no podía presentarse como una negación de Mao ni de la revolución. La reforma y la apertura necesitaban, precisamente, legitimarse como una nueva etapa de la república popular y no como el comienzo de una nueva China.

TRES ETAPAS

Con Xi Jinping se ha producido, sin embargo, una recuperación mucho más visible de Mao y de determinados elementos de su pensamiento. No significa un regreso al maoísmo económico o social. Significa una reivindicación de la continuidad histórica. Mao, Deng y Xi aparecen cada vez más integrados en una misma secuencia: Mao funda la nueva China; Deng la reforma y desarrolla; Xi conduce su revitalización y su transformación en una gran potencia.

Mao no modernizó China en el sentido económico en que lo haría posteriormente Deng, pero creó las condiciones políticas y estatales desde las cuales esa modernización posterior pudo producirse. La revolución puso fin a la fragmentación política, consolidó la soberanía del Estado, reunificó el país y estableció un poder central capaz de movilizar recursos a una escala desconocida. La China que emprendió las reformas en 1978 no partía de cero al contar con una estructura estatal construida durante las décadas maoístas.

Aquí reside una de las claves de la memoria de Mao. Para una parte de la sociedad china, su atractivo tampoco procede necesariamente de una nostalgia por la economía planificada o por las condiciones sociales de aquella época. Mao representa, sobre todo, el momento en que China dejó de ser objeto de la historia para recuperar la condición de sujeto de su propio destino. Encierra la memoria de la soberanía recuperada, de la reunificación y del final del llamado siglo de humillación.

Esa dimensión explica que Mao pueda ser reivindicado incluso por generaciones que no vivieron la China maoísta. Para unos representa igualdad y justicia social frente a las desigualdades producidas por el enriquecimiento posterior; para otros, dignidad nacional y la demostración de que un país pobre y debilitado podía recuperar su posición en el mundo. Son significados diferentes, incluso contradictorios, pero todos contribuyen a mantener su capacidad simbólica.

SACRALIZACIÓN

Por eso resulta tan significativa la presencia material de Mao. Su retrato en Tiananmén, su mausoleo, las estatuas y su imagen en los billetes no son simples elementos decorativos. Constituyen parte de la iconografía fundacional de la república popular. El sistema puede condenar la Revolución Cultural y reconocer los errores del Gran Salto Adelante sin renunciar a esos símbolos porque, desde su propia lógica, no existe contradicción entre condenar determinadas actuaciones del fundador y reconocerle tal condición.

El caso del artista Gao Zhen, condenado este agosto por unas esculturas satíricas sobre Mao, ayuda a comprender dónde se encuentra hoy una de las fronteras. La crítica histórica puede ser aceptada dentro de ciertos límites; la ridiculización de la figura de Mao resulta mucho más problemática. Existe una suerte de sacralización política de su imagen. No porque el partido sostenga oficialmente que Mao fue infalible, sino porque su figura se encuentra estrechamente vinculada a la legitimidad histórica del Estado y del propio partido.

Cincuenta años después de su muerte, Mao sigue siendo, por tanto, mucho más que un personaje histórico. Es el primer capítulo de la narrativa oficial de la modernización china. La secuencia que conduce de la revolución a la reforma y de la reforma a la revitalización necesita un origen. Ese origen es Mao.

Quizá por eso la China de Xi no necesita volver al maoísmo para recuperar a Mao. Le basta con reivindicarlo como fundador de una trayectoria histórica que continúa. El mensaje es que las transformaciones de China no son sucesivas rupturas, sino etapas de un mismo proceso de reconstrucción nacional.

La verdadera vigencia de Mao, medio siglo después, reside precisamente ahí. No tanto en lo que China sigue siendo de Mao como en aquello que el partido sostiene que China ha llegado a ser gracias a la continuidad de la historia que él inauguró.

LA PARÁBOLA DEL VIEJO TONTO

Más allá de las enormes contradicciones y tragedias del maoísmo, en su pensamiento político ya estaba presente una determinada concepción de la transformación de China: la modernización como una tarea histórica de largo aliento, que exigía una voluntad colectiva capaz de afrontar obstáculos aparentemente insuperables.

Hay una parábola que permite aproximarse a esa idea con particular nitidez: la del Viejo Tonto que mueve las montañas (Yugong yishan), procedente de la tradición clásica china. Según el relato, un anciano decide retirar dos enormes montañas que dificultan el paso delante de su casa. Ante las burlas de quienes consideran absurda la empresa, responde que, aunque él no consiga terminarla, continuarán sus hijos, sus nietos y las generaciones posteriores. La montaña, por tanto, acabará desapareciendo.

Mao recuperó esta parábola en momentos decisivos. En 1945, poco antes de la victoria comunista, la utilizó para expresar una idea que trascendería el contexto revolucionario inmediato: las grandes transformaciones históricas exigen perseverancia, organización y confianza en la capacidad humana para modificar una realidad aparentemente inmóvil. No era solamente una metáfora sobre la revolución. Era también una determinada filosofía de la acción histórica.

Aquí podemos encontrar una de las conexiones más sugerentes con la modernización china posterior. La China que emerge de la revolución de 1949 heredaba un país extraordinariamente atrasado, fragmentado y debilitado tras décadas de guerras, intervención extranjera y convulsión política. La recuperación de la soberanía era inseparable de la recuperación de la capacidad para transformar el país. Modernizar China no podía ser, desde esa perspectiva, una operación limitada a la economía, pues implicaba reconstruir el Estado, transformar la sociedad, elevar la educación, desarrollar la ciencia y la industria, y recuperar una posición internacional acorde con su dimensión histórica.

El problema es que la voluntad transformadora del maoísmo acabó errando en varias ocasiones. El Gran Salto Adelante constituye probablemente el ejemplo más dramático. La convicción de que la voluntad política podía superar los límites económicos y materiales condujo a una movilización cuyos costos humanos y económicos fueron enormes. La Revolución Cultural llevó todavía más lejos esa lógica al considerar que la propia sociedad podía ser remodelada mediante una movilización ideológica permanente, incluso contra las instituciones, el conocimiento especializado y buena parte de la propia tradición cultural china.

LÍMITES

La paradoja es significativa. La misma cultura política que podía proporcionar una extraordinaria capacidad de perseverancia podía alimentar también una peligrosa confianza en la omnipotencia de la voluntad política. El Viejo Tonto podía representar la paciencia de las generaciones, pero también podía ser interpretado como una invitación a ignorar los límites de la realidad.

Después de la muerte de Mao, la modernización china experimentaría una profunda rectificación. Deng Xiaoping no abandonó la idea de la transformación del país, pero modificó radicalmente sus instrumentos. La prioridad pasó de la lucha de clases al desarrollo económico; de la movilización ideológica a la experimentación; de la ruptura con la tradición a la recuperación de elementos útiles del pasado, y de la voluntad de transformar inmediatamente la sociedad a la construcción gradual de las capacidades materiales necesarias para hacerlo.

En cierto sentido, el Viejo Tonto regresaba, pero con una lectura diferente. La montaña ya no tenía necesariamente que ser derribada de una vez: podía ser rodeada, perforada, atravesada o removida poco a poco. La modernización china posterior a 1978 fue, en buena medida, un aprendizaje sobre cómo convertir la voluntad transformadora en un proceso más pragmático, experimental y acumulativo.

Esto ayuda también a comprender la continuidad entre etapas políticas que a veces se presentan como radicalmente contrapuestas. Mao, Deng y Xi representan modelos muy diferentes de ejercicio del poder y distintas fases de la modernización, pero comparten la convicción de que China debe recuperar, mediante una acción deliberada y sostenida, su capacidad de desarrollo y su posición en el mundo. La diferencia fundamental reside, en buena medida, en la respuesta a una misma pregunta: ¿cómo se mueve la montaña?

El denguismo confió especialmente en el crecimiento, la apertura y la experimentación. A partir de los noventa, la integración económica internacional se convirtió en una poderosa palanca de transformación. Con Xi Jinping reaparece con fuerza la dimensión estratégica y nacional de la modernización. La innovación tecnológica, la seguridad económica, la reducción de las vulnerabilidades externas, la revitalización rural, la prosperidad común o la construcción de un país fuerte forman parte de un proyecto que vuelve a subrayar la necesidad de una dirección política capaz de mantener el rumbo durante décadas.

Por eso resulta interesante contemplar los 50 años de la muerte de Mao como una ocasión para preguntarnos qué permanece de aquella concepción de la transformación. La China tecnológica de las inteligencias artificiales, los vehículos eléctricos, los trenes de alta velocidad o la exploración espacial parece muy alejada del país rural y empobrecido de 1949. Y, sin embargo, detrás de esa extraordinaria transformación existe una cultura política que concede enorme importancia a la planificación, a la continuidad histórica, a la movilización de recursos y a la capacidad de perseguir objetivos durante largos períodos.

También existen importantes zozobras. La historia china del último siglo demuestra que la voluntad de modernizar puede producir avances extraordinarios, pero también costos inmensos cuando carece de contrapesos, de información fiable o de capacidad para corregir los errores. Esa es quizá una de las grandes lecciones que separan la experiencia maoísta de la posterior, pues no basta con saber adónde se quiere llegar: hay que saber medir el camino, reconocer los obstáculos y rectificar cuando sea necesario.

El Viejo Tonto, finalmente, no es tanto el símbolo de un hombre que consigue mover una montaña como el de una sociedad que acepta que determinadas empresas históricas no se completan en una sola generación. La modernización china puede leerse así como una sucesión de generaciones que reciben una tarea, la modifican, la corrigen y la transmiten a la siguiente.

UNA EMPRESA TRANSGENERACIONAL

La revolución liderada por Mao pretendía cambiar China en una generación; la modernización descubrió que cambiar China era, en realidad, una tarea de generaciones. Y la parábola del Viejo Tonto, mucho más antigua que el maoísmo, continúa ofreciendo una imagen poderosa de esa larga marcha que no aporta la certeza de que la montaña desaparecerá mañana, sino la convicción de que merece la pena empezar a moverla hoy.

Mao aporta muy tempranamente la idea de la transformación como empresa histórica intergeneracional, pero el maoísmo incurre en la tentación de acelerar artificialmente ese proceso; Deng introduce la paciencia, la experimentación y el pragmatismo, mientras que Xi recupera una visión más estratégica y deliberada de la modernización.



(Xulio Ríos. Fundador y director emérito del Observatorio de la Política China)

Tejiendo memoria y caminando justicia

«Lo soñé. Lo veía en un potrero inmenso, boca arriba y sangrando por la boca. Lo sentía en mi cuerpo como si fuera real», relata Doris Tejada, madre de Óscar Alexander Morales Tejada, desaparecido el 31 de diciembre de 2007 y asesinado el 16 de enero de 2008. «Desperté a mi esposo y le dije que estaba teniendo un sueño tan tremendo que sentía que de mi vientre me salía un dolor enorme y era la vida que se le estaba yendo. Ese sueño me llevó a reunir a mi familia y decirles que iba a buscarlo.» A poco de desaparecer Óscar, Doris pudo ver por tevé cómo un grupo de madres en Ocaña, departamento de Norte de Santander, rescataban de la tierra los cuerpos de sus hijos. «Sentía que eso me estaba sucediendo a mí. Esos chicos estaban en una fosa común porque el ejército los había asesinado.» Doris ...

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Punto y seguido

Una entrega dedicada a las maneras de mostrar (y no mostrar y negar) el genocidio en Gaza y castigar a quienes lo denuncian.

Censura en la televisión francesa No diga genocidio Los uruguayos que tienen cable pueden ver todos los martes de noche entre setiembre y julio por el canal internacional francés TV5 Monde La Grande Librairie, un programa literario inspirado en el legendario Apostrophes de muchos años atrás. Pues bien, la última entrega no la podrán ver ni los uruguayos ni nadie porque la televisión pública francesa decidió no retransmitirla por su canal internacional y retirarla de internet. Apenas pudieron apreciarla, en directo, los franceses, el 9 de setiembre. Las autoridades de France 5, el canal público que la emite todas las semanas, consideraron que una de las par...

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Un gaucho y un desconcierto

Si bien hoy en día resulta difícil conseguir un ejemplar de la novela de Güiraldes, en Argentina aún es posible obtener –más allá de las sucesivas publicaciones, incluidas las piratas– alguna copia de un par de ediciones importantes, caso de la de Editorial Universitaria de Buenos Aires de 2012, que agrega estudios literarios a la recuperación del texto y que favorece una mejor lectura. Pero no siempre fue así. A escasos cuatro años de la aparición de Don Segundo Sombra, mientras el poeta franco-rumano Benjamin Fondane buscaba convencer a Victoria Ocampo sobre coescribir un guion cinematográfico transponiendo la novela al entonces recién propagado cine sonoro, en Uruguay, Alberto Lasplaces incluía un fragmento de la obra –al que le inventó el título de «Los cangrejales»– en su libro Lectur...

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Oído absoluto para la ausencia

La quietud de un crucero solitario por el Mediterráneo marca el comienzo de todo. La atención flotante hace de la escritura un ir y venir entre la contemplación de paisajes brumosos, la relectura de A la búsqueda del tiempo perdido y el recuerdo de un primer amor, un «amor-cataclismo». Imposible decir en unas pocas líneas de qué trata ¡Oh, soledad! (y si es una novela): el imperativo de contar una historia se desvanece, como la propia geografía, por el fraseo de una prosa en deriva rítmica y proliferación constante. Melancólica, sí, pero al mismo tiempo fecunda en la alegría que le dan algunos libros, algunas películas, algunos cuadros.

Conviene, entonces, renunciar de entrada a una paráfrasis demasiado detallada. ¡Oh, soledad! evoca una vida que se balancea entre inmersiones en mundos extranjeros y regresos al país natal como tierra de nadie. La alternancia mortal entre amores y soledades, distancias y cercanías. Quien escribe se reconoce, de repente, en el «Nunca más quizá» cantado por una mujer en una película de Béla Tarr. Encuentra que ese puede ser el epitafio de un amor. «A veces me imagino como un espeleólogo, bien sujeta a la cuerda de la pluma», afirma sobre su propia concepción de la escritura, y da cuenta de la estrecha relación entre el explorador de cuevas, que ausculta el espacio interior del mundo, abisal y asfixiante, y la escritura como experiencia de riesgo.

Para Millot hay un misterio: el de «la transmutación de la angustia, siempre relacionada con el vértigo y el pozo». El amor como mal sagrado, pozo de agonías y resurrecciones a través de la palabra. En esa inmensidad del monje al borde del mar de Friedrich, se deja ir en lejanos recuerdos amorosos o se demora en la descripción de una pintura, ensaya sobre el ideal de vida y la lectura en Barthes o cuenta su proyecto de escribir una biografía sobre un amigo escritor sin obra. También se extiende largamente sobre su fascinación por Hudson y su errancia patagónica. El fondo del libro dibuja una gran congregación de soledades. Con un oído absoluto para la ausencia, Millot encuentra en el susurro del lenguaje el fluir melódico para un estado de soledad feliz. Busca preservarse para sí un retiro que, aunque no total, suponga un «nada que hacer» de la escritura. «La escritura es una operación solipsista. Estoy escribiendo un libro que espero sea leído por cientos de miles de personas, de manera que debo aislarme de todos», escribió Walter Ong.1 De la misma forma, el espeleólogo se abisma en esa otra cara del mundo sin perder conciencia de la cuerda-pluma que, aunque artificial, intensifica su vida interior al tiempo que establece una distancia insalvable con lo conocido.

CON BARTHES Y HUDSON

Al pensar la relación entre escritura y muerte, Ong recuerda que el poeta Robert Browning dedicó algunos versos a la práctica de colocar flores frescas entre las páginas de los libros impresos. Sin embargo, la flor muerta, en su tonalidad amarillenta y marchita, anuncia el rebrote de la lectura más allá de la mortalidad de las cosas. Asumido su riesgo de aprender para el vacío, ¡Oh, soledad! es una iluminación perenne para aquel que permanece bien sujeto a la cuerda de la ausencia. Como la linterna del espeleólogo, cuyo haz es ideal para viajes largos en zonas oscuras y escarpadas, Millot deja impresas sus reflexiones interiores sobre el nudo que mantiene al lector sostenido en el abismo, lanzado al riesgo de la quietud contemplativa y al balanceo de vértigo que lo lleva a alcanzar las huellas en cavidades subterráneas. En esa experiencia el lector siempre está solo, y «la soledad le es necesaria a quien quiera pensar libremente», sentencia. El título del libro puede sugerir cursilería o cierto grado de afectación: nada de eso hay entre sus páginas. La soledad de la que se habla evoca la dicha, pero también «su faz negra, la que toma el rostro del abandono».

Al final, el libro también puede ser el encandilamiento de una lectora fascinada. En ¡Oh, soledad!, Barthes y Hudson ofician como maestros escriturales: «Dos figuras de la soledad. A Barthes, la celda, el estrecho espacio que protege y aísla del mundo. Al hombre de las altas mesetas de la Patagonia, los grandes espacios desérticos que parecen extenderse al infinito». Para Beatriz Vegh, responsable de la muy cuidada traducción, se trata de «un sorpresivo y sugerente paralelo».2 En definitiva, Millot traza algunas líneas de confluencia inéditas que consuman la gran utopía barthesiana: una puesta en común de las distancias. Se inventa para sí una comunidad de solitarios consagrada a la escritura, esa que posibilita una introspección cada vez más articulada, aunque no por eso menos dolorosa y cambiante, en torno a la preparación o el despertar a una posible «vida nueva». La escritora se sabe ella misma en un umbral que va más allá del comienzo de esas vacaciones, de ese crucero entre islas: «Mi vida estaba ante mí como un horizonte vacío donde nada detenía la mirada, lo que me hacía experimentar una peculiar impresión de alivio, evasión y absoluta libertad». Momento para un desprendimiento definitivo de las obligaciones sociales: consumación final de la escritora-isla, prudencialmente distanciada de los estremecimientos del mundo.

  1. Walter Ong, Oralidad y escritura: tecnologías de la palabra, Fondo de Cultura Económica, 2011. ↩︎
  2. Beatriz Vegh, «La lección de Roland», Brecha, 6-VIII-15. ↩︎

Yo nací libre

Haga la prueba. Busque a un amigo suyo que haya leído el Quijote y pregúntele qué le pareció el monólogo de Marcela. A pesar de lo impactante que es la mera existencia de ese personaje en una obra del siglo XVII y de la contundencia de su alegato, hay una enorme probabilidad de que su amigo no lo recuerde. Marcela es una muchacha muy hermosa de la que tenemos noticia porque en el capítulo XII unos cabreros les cuentan a don Quijote y a Sancho que, al día siguiente, será el entierro de Grisóstomo, un estudiante enamorado de ella que se quitó la vida al ser rechazado. Todos sienten una gran curiosidad por asistir al entierro y allí se dirigen, y se encuentran por el camino con otros pastores y gentiles hombres que confluyen hacia el lugar donde se cavará la tumba. Por el camino y mientr...

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Una vieja carpeta de color lonja

La posición de todo biógrafo suele ser complicada. Al tiempo de investigación sobre la vida y la obra de un artista (el trasiego de fuentes, las largas horas de consulta en bibliotecas y hemerotecas, las entrevistas con familiares, testigos y allegados, la exégesis de la creación del biografiado y un largo etcétera), hay que sumarle las repercusiones que tendrá el volumen resultante en el público y la crítica, especialmente si existen abordajes previos sobre el protagonista de la pesquisa y, ni hablemos, si posteriormente aparece otra biografía sobre el mismo individuo. La exhumación de nuevos datos, el peritaje y el contraste de otros testimonios y la necesidad de aprehender la verdad definitiva sobre el sujeto de marras pueden volver incompleta u obsoleta una biografía previa o, como suele ser recurrente, obligar a su autor a publicar una versión aumentada, a la luz de nuevos hallazgos (propios o ajenos). En la base de todo esto se encuentra, desde luego, la imposibilidad de fijar entre las tapas de un libro la particularidad de una existencia, por lo que toda biografía necesariamente representa un recorte, un montaje armado con tal o cual material que desmiente desde el vamos la condición de «definitiva» que muchos de estos libros ostentan en las banditas con frases entrecomilladas.

Alrededor de las biografías del más variado tenor que pueblan estantes y anaqueles, y ubicados por cercanía y cierta afinidad en el mismo compartimento, conviven esos libros escritos por allegados al artista (un hijo, un hermano, un amigo, etcétera), que no despliegan el rigor investigativo del biógrafo profesional, sino que asientan su valor en la propia cercanía del autor con el biografiado, no tan atentos al completismo y la precisión factual, sino a su propia interacción con el personaje central del relato. En esa sección bibliófila hay que ubicar el flamante libro El Viejo Osiris, del profesor Horacio Soares de Lima (1969), dedicado a enhebrar una suma de anécdotas y recuerdos de su amistad con Osiris Rodríguez Castillos (1925-1996).

Como se sabe, la figura de Osiris Rodríguez Castillos ocupa una posición problemática dentro de esa entelequia conocida como canto folclórico o, si se prefiere, canción nacional: autor de piezas indestructibles del cancionero uruguayo, tales como «Gurí pescador», «La galponera», «Domingo de agua» y «Camino de los quileros», respetado, destacado y versionado por muchos cantores en su país y también en otros, en 1981 partió exiliado voluntariamente a España, donde vivió 12 años. Su regreso al país, a finales de 1992, no tuvo nada de la mítica tributada a la vuelta de otros artistas, y vivió sus últimos años en condiciones por momentos precarias, recibiendo del gobierno una pensión graciable y un cargo menor en la Biblioteca Nacional, y prácticamente sin contacto con los escenarios y sin ver concretada una proyectada gira por todo el país.

Soares de Lima conoció a Rodríguez Castillos a su regreso definitivo a Uruguay, cuando era un joven estudiante de Letras en la Facultad de Humanidades. Durante casi cuatro años lo trató de forma cercana (oficiando en ocasiones de chofer y de secretario) y en El Viejo Osiris ha dejado plasmado un rico anecdotario que presenta al complejo artista que fue Rodríguez Castillos bajo una luz más cercana, de entrecasa.

El libro no sigue una progresión cronológica y va atando anécdotas y vivencias de manera caprichosa –no es esto un demérito, sino, al contrario, un gran logro compositivo del volumen–, ambientadas algunas en las diferentes viviendas donde paró Rodríguez Castillos en Montevideo (desde una casa muy precaria cercana a la avenida Giannattasio, que compartía con una mujer llamada María y el hijo de esta, Christopher, apodado el Cristo por el cantor, a la pensión de la calle Gaboto, donde vivió sus últimos días, previo a su fallecimiento el 10 de octubre de 1996 en el Hospital Pasteur) y otras captadas en plena carretera, como el relato del periplo emprendido en 1994, en auto, por el autor y su esposa junto a Osiris rumbo a Entre Ríos, donde este último sería homenajeado por la Federación de Entidades Culturales y Tradicionalistas de Entre Ríos.

En el prólogo, Soares de Lima cuenta que muy temprano durante su amistad comenzó a guardar en «una vieja carpeta de color lonja» diversos materiales que el propio Rodríguez Castillos le iba pasando (cartas, canciones manuscritas, fotos, programas de conciertos, etcétera) y que, con el paso de los años y tras la muerte del autor del «Romance del Malevo», se convertirían en la base emotiva y documental de este volumen.

UN «POETA HEPÁTICO»

Son muchos los recuerdos que atraviesan El Viejo Osiris, destinados a subrayar la complejidad de un hombre que podía resultar de trato difícil, pero que, al mismo tiempo, lo daba todo por sus afectos más cercanos; un artista con conocimiento cabal de la obra que había dejado tras de sí y que sintió en carne propia el olvido de sus compatriotas (vale leer al respecto los preparativos de «la gira del regreso», que nunca se pudo concretar, y que Soares de Lima relata con lujo de detalles). Entre las anécdotas que pueden espigarse en el acotado espacio de esta nota, mencionaré el frustrado periplo para recuperar, en Madrid, las herramientas de luthier que habían sido de Osiris (que incluyó el contacto con una naviera con sede en Bilbao) y uno de los tantos almuerzos compartidos en la casa del autor, donde el cantor definió su arte en función de un mal de salud: «Hace mucho padezco una disfunción en el píloro. Y según me dijo un médico alemán que sabía tanto o menos que una vieja curandera que había allá por la laguna del Agua Sucia, esa estenosis de mi píloro no es causa sino consecuencia de una falla hepática de origen… y, claro, yo empecé a escribir cuando empecé a leer y eso ocurrió porque el hígado no me dejaba dormir… así que, no hay vuelta: soy un poeta hepático».

Una mención aparte merece la transcripción que Soares de Lima realiza de las palabras que algunos legisladores manifestaron sobre Osiris Rodríguez Castillos en julio de 1993, al momento de votarse por unanimidad en la Cámara de Senadores el otorgamiento de la pensión graciable para el cantautor. Hablaron en la oportunidad Carlos Julio Pereyra, Reinaldo Gargano, Carlos Bouzas y Julián Olascoaga. Las expresiones de los cuatro senadores revelan no solamente un conocimiento profundo de la obra de Rodríguez Castillos («De acuerdo con mis recuerdos, hizo su aparición en el campo de la poesía, con repercusión nacional, al ganar un concurso con la presentación de un Romance al general Juan Antonio Lavalleja, cuando se celebraron los 200 años de su nacimiento», expresó Pereyra en un momento), sino que, además, leídas desde el presente, no hacen más que subrayar la decadencia expresiva e intelectual de nuestra actual clase política, más interesada en los exabruptos discursivos que en las bondades de la lectoescritura.

Mucho más que todo

En medio de esa intensidad visual, el silencio llama la atención. En ese ensamblaje se acumula también el tiempo. Lo que alguna vez circuló entre exposiciones, shows, fiestas, apariciones públicas y encuentros vuelve ahora bajo una forma distinta. ¿Cuándo una escena empieza a convertirse en archivo? ¿Cuándo una fiesta empieza a ser documento? Esta retrospectiva1 de Dani Umpi, curada por Rodrigo Barcos, parte de esa distancia. Reúne 30 años de una práctica en la que las cosas cambian de uso y conservan algo de los anteriores. Ahora, quieta y junta, podemos observarla. A comienzos de los dos mil, Dani Umpi se movía entre escenas que todavía no estaban demasiado separadas entre sí. En el 2000 participó de Invisible :) en el Centro Cultural de España junto con Martín Sastre, Paula Delgado...

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